La carretera Jerez Cartagena era
la frontera entre el pueblo y el campo. Más allá de aquella vía sólo divisaba
enormes campos de cereales, monumentales eras, unas montañas desdibujadas por
la lejanía y en las noches oscuras de verano, las luces de unos pueblos que
aparecían como cúmulos de estrellas en el firmamento.
Vivía en
aquel límite en una de aquellas casitas en formación al borde de la carretera,
separadas por un desnivel que permitía a los moradores contemplar el tráfico
pesado y lento de camiones; una rampa de pocos metros sembrada de unas estoicas
y agrestes plantas que soportaban todos los rigores, siempre de un verde oscuro,
y que cuando caminaba pisándolas le hacía ir dando saltos con la molesta
sensación en los tobillos del roce como de largas uñas. La floración era como
esas insignias que llevan los prohombres en su pechera y aparecían en aquel
manto verde desperdigadas comunicándole una sensación de extravío y angustia en
un mar de garras.
¿Qué ocurre antes de cumplir los
cinco años? No recuerdo nada. Al no tener recuerdos de antes podría asegurar
que vine al mundo con cinco años y gracias a un suceso que para nada altero el
curso de los tiempos, pero que a me supuso marcar una fecha como el
principio de mi existencia. Hasta ese señalado día, desde que nací, seguramente
estaría en forma de sopa de recuerdos en el limbo del subconsciente y que
probablemente se habrían estado destilando el resto de mi vida en neblinosos pensamientos
que condicionaron los actos, gustos y sensibilidades, que me harían mostrarme,
según soplase el freudiano viento, de manera humilde, arrogante, levantisca,
sumisa… Todo se lo debo a mi madre que fue la que me ayudó a que tomase la forma
de un niño real hecho de carne y sentimientos, el día que acompañado de mi hermana fui por una tarta apalabrada con el confitero para celebrar que cumplía cinco años un agosto de mil novecientos
sesenta y tantos. Por la tarde, a pleno sol, subiemos por las empinadas callejas
hasta el obrador. El pastelero nos contó que se había ido la luz y que el
encargo no lo había podido realizar. Por aquella época eran frecuentes los
cortes de electricidad con las tormentas; en pleno verano no había alguna
razón. En el rostro del confitero no se vio en ningún momento una expresión de
consuelo, era más bien como quien despachaba un asunto sin más emoción que la
de acabar y olvidarlo pronto. Mi hermana de ocho años y yo, nos convirtimos en
una parodia atemporal de Hansel y Gretel. Estaba claro que en una familia
numerosa las celebraciones ocupaban otro orden de prioridades.
Los adultos valoraban que fuese
poco hablador, mandadero y que no importunara. Deseoso por descubrir con sus
ojos cuanto le rodeaba como si el mundo y las cosas fuesen cogiendo forma y
existencia en la mediad que reparaba en ellas, era capaz de pasarme las horas ensimismado
mirando por la ventanilla de un coche pasar el paisaje, hipnotizado con el
fondo de una alberca donde las ovas habían construido un mundo submarino en el
que se perdían insectos acuáticos, tumbado en el suelo de una piscina vacía
masticando regaliz con la vista perdida en las nubes, columpiándome en unas
robustas cortinas, haciendo equilibrios por una tapia, escalando los muros de
los patios del vecindario, ideando como entrar en sus casas… experimentando,
investigando y callado. Desarrollé el instinto
reservado para los que están en medio de una prole de hermanos y se libran de
la observancia y presión emocional que tiene el primogénito por ser el primero
y el último por ser el último; la habilidad de no hacerse notar, de pasar de
refilón entre los mayores, de invisibilidad, de existir sin que se note para
desaparecer cuando le convenía. Un niño con gustos caprichosos que sabía que
pedirlos era para nada y que tendría que desarrollar los ardides de un
superviviente en un naufragio para conseguirlos, pero que tenía claro que mis padres tenían que estar descansando en el consuelo de que era normal.
La primera casa de maestros donde
viví estaba a pocos metros de distancia de la carretera. De una sola planta,
con una distribución moderna, mi madre había reservado la habitación más grande
para las visitas. Quería representar en aquel salón lo que estaba patente que
no podría por culpa de tantos hijos conseguir en el resto de la casa: la imagen
del orden y de la decencia. Un espacio donde los pretenciosos muebles y objetos
los acercaran al estatus que se merecía la familia por tener a un padre director
de un colegio, marido y padre, con una imagen en el pueblo de hombre serio,
capacitado y trabajador, al que no le faltaban los requerimientos que iban
desde estar en la directiva del casino, dar clase en un colegio mayor, llevar
la contabilidad de una fábrica de mantecados y participar en actos sociales. Un
sofá de color marfil lleno de botones, imitación a piel, sobre una alfombra que
no se le podía ocurrir pisar, un mueble bar donde veía una vajilla en el que se
guardaban las bebidas espirituosas, las mismas con las que se echaba a morir mi padre cuando en la calentura de la charla se le olvidaba que le sentaba fatal
el alcohol y casi se moría con los ojos traspuestos del malestar. Todos los
miembros nos sentíamos orgullosos de tener en casa aquel salón tan primoroso. Un
lugar sagrado en mitad de la desolación y desorden que había en el resto de la vivienda.
El mobiliario
lo completaban dos amplios sillones, una mesita baja y un bodegón con un
paisaje de árboles cobrizos, un río de aguas oscuras, un sendero que se
adentraba por las boscosas espesuras. Lo miraba y sentía como mis pasos se perdían por el camino a algún paraje oculto y misterioso. Un gran
ventanal con postigos y las cortinas de visillos daban una atmósfera de sala acogedora
para departir con las amistades en la comodidad y mullido envoltorio de aquel
mobiliario. Sólo en días contados allí eran recibidas las amistades, maestros y
maestras con sus conyugues. Todos los hijos estábamos aleccionados de que nos comportaráramos quitándonos de la vista y atentos a que el hermano deficiente no se
colase en el ágape y arrasara con las viandas dispuestas para el tapeo como si
no hubiese comido en meses. Clausurado para la familia, sólo lo podía entrever
desde la puerta entornada cuando la madre se afanaba dentro. El resto de la
vivienda se distribuía al uso de la época y del poco espacio: todos los varones, cuatro, en un dormitorio y
la niña aparte. Un cuarto de aseo pequeño, una cocina pequeña y una habitación
que hacía de sala de estar y comedor, también pequeña. Un enorme patio en dos
alturas nos redimía de aquel sacrificio del mejor y más amplio espacio donde se
figuraban todos los anhelos y sueños. Las macetas de geranios en el de abajo y una
planta con ínfulas de árbol en el centro del de arriba, bordeados de una tapia
por la que trepaba con facilidad y escapaba por ella sin control al no tener
necesidad de cruzar la casa.
Las casas de los maestros estaban en límite del pueblo y la carretera hacía de frontera entre lo urbano y lo rural. A los ojos de los que habitábamos se extendían una vasta llanura, convertidas en verano en secarrales, en primavera un manto de trigales verdes que iban amarilleando hasta que eran cosechados y extendidos en las eras para ser trillados. La vista se perdía en aquella campiña de terruños, eriales y sembrados con una cantera abandonada que daba una nota como de portal de Belén de gigantes. Cruzaba la carretera como si fuera el pasillo de casa, adentrándome en los trigos por los que abría senderos sin que apenas la coronilla sobrepasase la vegetación. Los días de invierno salía a tomar el sol y marchaba con todos los hermanos a una era. Allí reverberaba mejor la luz y hacía más calor. La calefacción en casa era un brasero que palidecía a medida que se consumía. En verano veía pasar los camiones, lentos y cargados de remolacha de la campiña de Sevilla en infinita procesión en dirección a la azucarera de Antequera. Circulaban de noche en largas caravanas como animales herrumbrosos que migraban a otras tierras. Aquel tráfago le arrullaba en el sueño. Ya de día recogía alguna que otra remolacha caída de los remolques.
Todo estaba por descubrir y el tiempo transcurría cuando me embelesaba en cualquier nimiedad; ideando la manera de entrar en las casas de los maestros cuando se marchaban de vacaciones, caminando por los bordes de las tapias como un funambulista, abriéndome paso con un palo en una pradera de cardos como un si estuviese en la jungla, afinando la puntería tirándole a los ventanales... todo cuanto heido depositando en las formas físicas de los recuerdos que transcribo.