En aquella época, como en todas, había gente con avidez por el dinero, enemiga de todo, salvo de ellos mismos.
Ocurría por aquel entonces, primavera de 1981, que muchas personas enfermaron sin saber qué la producía. Todos los días los noticiarios se dedicaban a hablar de aquella extraña enfermedad que se extendía en los barrios más populares de algunas ciudades. Una ola de pánico sacudía el país, a pesar de que la “epidemia” estaba circunscrita a unas zonas muy determinadas y los focos que aparecían no se expandían como algo que se contagiase por aire o por el contacto entre personas. En la televisión la imagen de cómo los sanitarios se protegían con mascarillas y guantes no era nada tranquilizadora. Al tiempo que los gobernantes no cejaban de explicar que se estaba intentando dar con la causa, comenzaron a cundir bulos acerca de qué era lo que la producía. Infundios que la gente alimentaba por la ignorancia, el miedo e incluso en la maldad del daño por el daño.
Se empezaron a señalar las causas. Circulaban rumores de todo tipo y te llegaban los que copaban la cima del infundio, como cuando les tocó a los pájaros que dio lugar a que más de uno le abriera la jaula al canario por prevención. Los puestos del mercado indicaban con una brutal caída del precio a qué producto le había tocado estar señalado como sospechoso del mal. Como estudiantes, supervivientes de magras becas, hijos de padres trabajadores que ya hubieran querido para ellos una vida tan “regalada”, no tuvimos más remido que adaptarnos a las circunstancias, a la oferta y demanda, dicho en términos de mercado.
Para el almuerzo, aprovechando el derrumbe de algunos precios, un dispuesto compañero de piso, estudiante del último curso de Historia, se hizo cargo de comprar los productos estigmatizados y realizar comidas comunales atendiendo a que diera para algún plato principal acompañado de postre o un plato único. Un ciclo en el que se alternamos comer pollo y de postre fresas o sólo las fresas que amontonadas en una fuente las comíamos emborrizadas en azúcar y saciaban nuestro apaetito.
En junio, coincidiendo con el final de curso, se descubrió la causa y ya no coló ningún bulo más. Quedaban pocos días para terminar y fue cuando dí con una dieta de ardilla que se alimentara de las sobras de un ermitaño: nueces y queso.