miércoles, 30 de diciembre de 2020

Crecer hacia atrás (Parte IV)

 

El comedor del colegio se instaló en las viviendas de los maestros para lo que se unieron dos casas a las que mi madre, que era la encargada, accedía por el patio de la nuestra. Allí se habilitó en los salones, poco espaciosos, y en el resto de las habitaciones, aún menos, las mesas para los comensales. El resto servía de almacenaje donde se apilaban los alimentos que eran enviados por la Ministerio, todo de un tamaño gigantesco para un niño: latas de chorizo en manteca, cajas de madera de pasas, sacos de arroz, latas de sardinas, aceite…  Los comensales imagino que becados por motivos netamente humildes. También el hijo de la cocinera; una mujer con un rodete, viuda, vestida de negro por el luto de su viudez, pero a la que la vida le había regalado un hijo, compañero de clase, con el alma tan oscura como la ropa de su madre, Barragán.

Madre e hijo vivían por encima de una confitería en calle Mesones, que era como vivir cerca del paraíso para un niño de entonces. Un edificio de tres pisos de ladrillo redondeado por la esquina. Allí echaba también horas lo cual propiciaba que Barragán disfrutase de una dieta rica en bollos y una gran variedad de melindres, adquiriendo una fisonomía de peonza.


En el comedor, mientras los demás niños nos acompañábamos con agua, su madre se acercaba a él y le traía su recipiente con una pequeña asita por la que la agarraba y se escanciaba el vino con la mirada entre la sorpresa y el deseo de los demás niños. Aquello era de una anormalidad que no nos espantaba. Barragán se deleitaba mirándonos haciéndonos ver que entre él y el resto de nosotros había diferencias, las mismas que podía haber entre la plebe y él el hijo del señor feudal.

Barragán un niño poco común. Parco en palabras, las pocas que gastaba era para zaherir y menospreciar a algún compañero. El espíritu de su madre tras él, era como me los imaginaba, en alianza, ajena a sus malandanzas, orgullosa de su vástago que le servía de remedo, quizá, de su pobre y difunto marido. Conmigo concentraba sus destrezas de avasallador a la sombra. Evitando ser descubierto, cuando veía mi vulnerabilidad para amargarme por los medios que su etílica capacidad le permitía, empleando su frase más gastada de que te crees muy listo porque eres el hijo del director.

Don Andrés, nuestro maestro de tercero de EGB, tenía una colección a sus espaldas de su mesa de varas de distinto calibre y maderamen, supuestamente para atemperarnos y de que aún coleaba en el magisterio lo de la letra con sangre entra. Pero aparte de realizar el mismo prodigio que una imagen religiosa cuando su sola contemplación te invita a evitar el pecado, nunca las llegó a usar; es más, era un maestro bueno, de los que empleaban su autoridad sin cóleras. Les gustaba motivarnos y valoraba que adornásemos los dictados o copiados del libro con dibujos de nuestra creación.

Santiago era mi compañero de pupitre sentados en aquellos bancos de madera para dos con un agujero esquinado en el tablero de la época cuando se escribía con tinta, asilados del suelo por una tarima de tablas; una pieza robusta como hecha con los restos de un galeón. Otorgándole la posición ideal para chincharnos, detrás se sentaba Barragán con otro niño.

El maestro nos pidió que dibujásemos un ave. Santiago hablando para él, dijo -voy a dibujar un buitre- Inmediatamente se escuchó a nuestras espaladas - ¿sí, y tú has visto alguna vez un buitre? - Santiago respondió que sí, que una vez vio uno encima de un borrico muerto.

Lo más cómodo para Barragán es que tú mismo le dieses las palabras con las que darte la estocada -tú sí que eres un borrico muerto-, le soltó con una risita socarrona a la que se le unió la del compañero. -A ver, ¿cómo tiene el pico? - le preguntó a Santiago. Entonces intervine yo -como el tuyo- respondí. El compañero soltó una carcajada que se escuchó en toda la clase y Barragán no supo qué decir. Al poco rato escuché una voz que me decía te vas a enterar cuando salgamos.

Pensé que una buena vara me vendría bien para defenderme, esperé a quedarme el último en salir y cogí una de aquellas que el maestro tenía en su armero. Era una vara de avellano, fuerte y bien curada. En la puerta del colegio me esperaba Barragán. A medida que me acercaba, lo vi mover la cabeza como hablándose a sí mismo o quizá a aquella madre enlutada que me imaginaba que siempre iba con él, y se puso a caminar. El ir dando varazos al aire como un espadachín loco había surtido efecto.

Al día siguiente, a la entrada a clase, don Andrés miraba su panoplia de varas. Que una hubiese desaparecido y las circunstancias no le preocupó tanto como el hueco que quedaba en su colección. Con voz firme nos anunció -mañana quiero una como la que tenía aquí- No le faltaron donde escoger. El maestro se lo merecía.

 

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Crecer hacia atrás (Parte III)

 

             Muy de mañana, mi padre ya llevaría un buen rato en el colegio. De mis dos opciones de ir al colegio: caminando por el filo de la tapia o por el borde de la carretera nacional, había escogido la segunda, más sensata y no menos peligrosa para un niño de tercero de EGB.

Subía la cuesta y estaba dispuesto a entrar al recinto escolar cuando me quedé remoloneando entre un grupo de alumnos mayores, todos de mi padre, que ese día estaban planeando no entrar y hacer la rabona. Me uní a ellos no porque tuviera ganas ni porque en el colegio me lo pasara mal, simplemente por cierto magnetismo al pandillaje. El líder era mi amigo Mancha, el carbonero, que apenas ya iba al colegio porque tenía que ayudar en el negocio de vender carbón. La madre, viuda con siete hijos, preconizaba el futuro tan negro que le esperaba si se volvía un analfabeto obligándolo a asistir con una intermitencia que de nada servía, pues Mancha, autodidacta callejero, la mayoría de los días torcía el camino en el último momento en el parecía que se dirigía diligentemente al colegio y ponía una muesca más en su bastón de ignorante irredento.

Amparado por mi amigo logré que me admitieran en el grupo malhechor. Ni siquiera se me pasó por la cabeza pensar que mi padre me echaría de menos, o que el maestro, don Andrés, preguntaría por mí. Desconocía cómo se podía organizar una escapada, hacer novillos. Me pegué a mi amigo que tramaba en voz baja. Sólo entendí que había que esperar agazapados tras el muro de entrada a que los niños cantaran el himno para huir. Despertaríamos sospechas si alguien viese a una tropa de zangolotinos escamoteándose de la escuela, así que nos escabulliríamos calle abajo, cruzaríamos la carretera nacional, que era la frontera entre el pueblo y el campo, la línea que nos separaba del sometimiento y la anhelada libertad, hasta llegar a los andurriales donde ocultarnos de nuestra deserción.

                Nos asentamos en mitad de un sembrado de trigo aplastando la siembra, sentándonos en círculo como si fuésemos una tribu de indios. El objetivo era perder la mañana y no hacer nada; cosa fácil de lograr. Mancha sacó un paquete de tabaco y repartió un pitillo a todos, salvo a mí. “Tú no, que luego te huele tu madre y te chivatas”, me dijo. Quedaban tres horas por cubrir de jornada extraescolar. Me habían excluido de fumar porque no soportaría un interrogatorio de novel fumador y porque los delataría, lo más seguro. Mancha, implacable conversador, mientras exhalaba el humo, comenzó a contar una de sus historias.

-Ya tengo más datos del amigo encerrado en la cueva de Garabato- dijo y añadió esperando que alguno le preguntara.

Nadie le preguntó temiendo la que se avecinaba.

-Es Fumanchú -y continuó - Por lo visto estaba de tratos con él. Robaba a las extranjeras en Sevilla, las engatusaba y cuando se dejaban, él les limpiaba el dinero y las joyas.

Iba a continuar con su disertación cuando uno le espetó -Pero si a Fumanchú lo veo todos los domingos en la puerta del cine cogiendo las entradas.

Mancha, molesto por la interrupción, se quiso imponer subiendo el tono de voz y con aspavientos, señalándose el brazo, gritó -Ese es su hermano gemelo, que estás tonto, o no te has dado cuenta que no tiene los tatuajes en el brazo de cuando se fue a la legión porque lo buscaba la Guardia Civil. El auténtico, al que tiene en la mazmorra del castillo que se llega desde la cueva de Garabato, es el legionario y ya se va a quedar como esos esqueletos que sale en los libros. Lo más seguro que Garabato lo haya matado ya de hambre atado con cadenas y pesas en los pies.

Después cayo en un silencio de meditación y con la mirada perdida en sus cavilaciones propuso -Debemos ir a rescatarlo.

A partir de ahí, la controversia y las bromas de cómo íbamos a liberarlo se alzaron en una algarabía de risas y voces quedando en suspenso por la sobrecarga de propuestas y disparates para otro momento.

Y yo encantado.

            Aquella mañana provechosa llegó a su fin y todos no esparcimos como gorriones de campo en busca de nuestra casa. Era la hora del almuerzo.

             Se repetía la escena. Mi madre nos llenaba el plato uno a uno a todos los hermanos, mientras mi padre no reparaba en la existencia de ninguno porque como casi siempre estaba con la mente puesta en los asuntos del colegio, a no ser que alguno masticara haciendo ruido, entonces no lo soportaba. Y allí estaba yo, rumiando en un silencio espeso. Mi padre levantó la cabeza del plato, mirándome. Lo que yo hubiese hecho esa jornada, daba igual, pero que masticase como un herbívoro, lo sacaba de sus casillas.

           ¿O se estaría preguntando si se le habría pasado escolarizarme?

 

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

Crecer hacia atrás (Parte II)

 

              Amanecía, apenas entraban los primeros rayos por la ventana y mi padre ya llevaba un rato en el cuarto de aseo haciendo toda clase de ruidos. Esperaría para darme un somero lavado, unas cuantas pasadas de peine, tomarme el desayuno y salir para el colegio. Mi padre como director, se sentía en la obligación y el gusto de llegar antes que nadie para organizar y disponer la jornada escolar.

Al colegio llegaba de dos formas. Una, si salía por la puerta de la casa y caminando un trecho siguiendo la carretera, torcía por una calle en pendiente y allí, por un portalón, entraba como todos los niños y maestros.  La otra forma era por el patio de mi casa. Un murete separaba el patio de una finca donde había borregos, cabras, pollos y unos cerdos enormes que imponían por el tamaño y que gruñían enfurecidos sin motivo aparente. Disfrutaba de la autonomía de ir y volver de la escuela escogiendo la opción que más me apeteciera.  Por el murete llegaba hasta que terminaba en el parapeto del patio del colegio y lo escalaba por un contrafuerte que tenía los huecos que hacían de escalones donde bajaban y subían los niños para recuperar los balones que caían a la granja. Aparecía de sopetón en el patio como un alumno más. Formaba en la fila de tercero con los demás niños alienados en orden de estatura. Los maestros, en el centro mi padre, se disponían delante de las filas para presidir el izado de la bandera al tiempo que el que el alumnado vociferaba el himno.

                Un amigo, Antonio Mancha, de la clase de los mayores, los veteranos, dejó de asistir al colegio porque había fallecido su padre y ahora él tenía que atender, junto con su madre, la carbonería. El mayor de siete hermanos, tres niños y tres niñas, a los que veía moverse entre el polvo de picón como enanos cavadores en una mina. Para mí que él llevaba la mejor vida que se puede llevar: sin tener que ir al colegio, vendiendo carbón por todo el pueblo con un mulo de pelo negro que portaba la carga en sacos embutidos en dos inmensos serones. Un animal parco, acostumbrado al duro trabajo, pero que infundía respeto en su robustez de bestia aplicada. Alguna que otra tarde, cuando pasaba por la puerta de mi casa me invitaba a irme con él. Trepaba con su ayuda hasta sentarme a horcajadas, agarrándome a la montura.  

Nadie echaba cuentas de dónde había ido. Cabalgaba y con paso cansino recorría las calles sintiendo la envergadura del animal de carga, el resoplar en las cuestas y cómo se azoraba cuando pasaba de tarde en tarde un vehículo a su lado al ver que las orejas se le ponían de punta, como si le hubiesen interrumpido una meditación peripatética

Lo que duraba el paseo de venta de carbón, con las riendas en la mano, andando a la par del mulo, Antonio no paraba de hablar.  Sus historias siempre empezaban por un “atiende”, y a continuación exponía el núcleo y la prevención que debía tener. “Cuando te cruces con ese hombre, gástate mucho cuidado. La gente cuenta de que tiene encerrado a su mejor amigo. Le pagan por ser su carcelero”. Fabulador, ahora sé que llenaba los tiempos muertos de sus caminatas contándose a sí mismo historias inverosímiles, pero que su gran pasión era soltárselas a alguien. Con la práctica había aprendido a despertar interés desde el principio, al igual que esos grandes comienzos de las novelas que te atrapan.. Mesándose la barbilla y con los ojos mirando hacia arriba como si sus pensamientos estuviesen revoloteando por encima de su cabeza, mira por donde el personaje central de la historieta aparecía ajeno a la comedilla de un carbonero. Enfilaba la mirada al objetivo y proseguía con una intrascendente pregunta para relacionarte de alguna manera con una  trama que ni él sabía los derroteros que tomaría. “¿Tú le compras a Garabato?”. Asentía con la cabeza mientras Garabato aparecía en mi campo de visión con su carretilla de chucherías. Yo solo veía a un hombre mayor vapuleado por la vida, con el misterio que sobrepasa a cualquier persona callada y que se puede confundir con su misma sombra, que vivía en una semicueva en lo que quedaba de la ladera de la sierra en la calle Sol despachando su mercancías por un ventanuco por el que apenas descubrías el escaso ajuar, un hornillo, una mesa y poco más. Los domingos empujaba su carretilla donde se mecía la quincallería de juguetes de poco valor, cuesta arriba, cojo de una pierna que era una rémora más y que la movía a impulsos dando la sensación que se le iba a salir del cuerpo. Se colocaba a la salida de misa y le comprábamos golosinas

 “Lo tiene encerrado en su cueva. Atado con cadenas. Es lo que dice la gente. Yo estoy seguro que es verdad.” Acostumbrado a sus fantasías, yo asentía, con cierto repelús, no porque tuviese al amigo encadenado, simplemente porque sentía mío el esfuerzo que hacía aquel hombre para llevar aquella pierna que parecía ir en contra de su dueño y que le haría trastrabillar y caerse en cualquier momento. “En su cueva tiene pasadizos secretos que comunican con las mazmorras del castillo. Otro día te contaré quién era el amigo” Concluía, y los tres, Antonio, el mulo y yo, permanecíamos en silencio cada uno con sus cavilaciones el resto del camino.  El recorrido terminaba en la casa donde tenían el negocio familiar de venta y almacenaje de carbón. La madre le regañaba porque le echaba la culpa de que yo fuese tiznado hasta las cejas. “Parece que vas a salir en la cabalgata como un paje negro”, me decía, al tiempo que me agarraba de la mano y en el patio, delante de la pila, restregándome con un paño iba descubriendo mi rostro. “Tu madre te va a matar, y luego debería de matar a este sin luces. ¡Cabeza de chorlito!”, le increpaba a Antonio. Él mientras nos observaba descascarillando con sus uñas negras un huevo duro de merienda.

De regreso a casa, entraba por la tapia del patio. Allí estaba un rato, como si no me hubiese movido del sitio. Sentados a la mesa, todos los hermanos, mi madre servía a cada uno en su plato con la satisfacción de tenernos a todos reunidos. Mi padre comía ausente, seguramente pensando en algún asunto del colegio.

               

 

martes, 27 de octubre de 2020

Crecer hacia atrás

 

La carretera Jerez Cartagena era la frontera entre el pueblo y el campo. Más allá de aquella vía sólo divisaba enormes campos de cereales, monumentales eras, unas montañas desdibujadas por la lejanía y en las noches oscuras de verano, las luces de unos pueblos que aparecían como cúmulos de estrellas en el firmamento.

                Vivía en aquel límite en una de aquellas casitas en formación al borde de la carretera, separadas por un desnivel que permitía a los moradores contemplar el tráfico pesado y lento de camiones; una rampa de pocos metros sembrada de unas estoicas y agrestes plantas que soportaban todos los rigores, siempre de un verde oscuro, y que cuando caminaba pisándolas le hacía ir dando saltos con la molesta sensación en los tobillos del roce como de largas uñas. La floración era como esas insignias que llevan los prohombres en su pechera y aparecían en aquel manto verde desperdigadas comunicándole una sensación de extravío y angustia en un mar de garras.

¿Qué ocurre antes de cumplir los cinco años? No recuerdo nada. Al no tener recuerdos de antes  podría asegurar que vine al mundo con cinco años y gracias a un suceso que para nada altero el curso de los tiempos, pero que a me supuso marcar una fecha como el principio de mi existencia. Hasta ese señalado día, desde que nací, seguramente estaría en forma de sopa de recuerdos en el limbo del subconsciente y que probablemente se habrían estado destilando el resto de mi vida en neblinosos pensamientos que condicionaron los actos, gustos y sensibilidades, que me harían mostrarme, según soplase el freudiano viento, de manera humilde, arrogante, levantisca, sumisa… Todo se lo debo a mi madre que fue la que me ayudó a que tomase la forma de un niño real hecho de carne y sentimientos, el día que acompañado de mi hermana fui por una tarta apalabrada con el confitero para celebrar que cumplía cinco años un agosto de mil novecientos sesenta y tantos. Por la tarde, a pleno sol, subiemos por las empinadas callejas hasta el obrador. El pastelero nos contó que se había ido la luz y que el encargo no lo había podido realizar. Por aquella época eran frecuentes los cortes de electricidad con las tormentas; en pleno verano no había alguna razón. En el rostro del confitero no se vio en ningún momento una expresión de consuelo, era más bien como quien despachaba un asunto sin más emoción que la de acabar y olvidarlo pronto. Mi hermana de ocho años y yo, nos convirtimos en una parodia atemporal de Hansel y Gretel. Estaba claro que en una familia numerosa las celebraciones ocupaban otro orden de prioridades.

Los adultos valoraban que fuese poco hablador, mandadero y que no importunara. Deseoso por descubrir con sus ojos cuanto le rodeaba como si el mundo y las cosas fuesen cogiendo forma y existencia en la mediad que reparaba en ellas, era capaz de pasarme las horas ensimismado mirando por la ventanilla de un coche pasar el paisaje, hipnotizado con el fondo de una alberca donde las ovas habían construido un mundo submarino en el que se perdían insectos acuáticos, tumbado en el suelo de una piscina vacía masticando regaliz con la vista perdida en las nubes, columpiándome en unas robustas cortinas, haciendo equilibrios por una tapia, escalando los muros de los patios del vecindario, ideando como entrar en sus casas… experimentando, investigando y callado.  Desarrollé el instinto reservado para los que están en medio de una prole de hermanos y se libran de la observancia y presión emocional que tiene el primogénito por ser el primero y el último por ser el último; la habilidad de no hacerse notar, de pasar de refilón entre los mayores, de invisibilidad, de existir sin que se note para desaparecer cuando le convenía. Un niño con gustos caprichosos que sabía que pedirlos era para nada y que tendría que desarrollar los ardides de un superviviente en un naufragio para conseguirlos, pero que tenía claro que mis padres tenían que estar descansando en el consuelo de que era normal.

La primera casa de maestros donde viví estaba a pocos metros de distancia de la carretera. De una sola planta, con una distribución moderna, mi madre había reservado la habitación más grande para las visitas. Quería representar en aquel salón lo que estaba patente que no podría por culpa de tantos hijos conseguir en el resto de la casa: la imagen del orden y de la decencia. Un espacio donde los pretenciosos muebles y objetos los acercaran al estatus que se merecía la familia por tener a un padre director de un colegio, marido y padre, con una imagen en el pueblo de hombre serio, capacitado y trabajador, al que no le faltaban los requerimientos que iban desde estar en la directiva del casino, dar clase en un colegio mayor, llevar la contabilidad de una fábrica de mantecados y participar en actos sociales. Un sofá de color marfil lleno de botones, imitación a piel, sobre una alfombra que no se le podía ocurrir pisar, un mueble bar donde veía una vajilla en el que se guardaban las bebidas espirituosas, las mismas con las que se echaba a morir mi padre cuando en la calentura de la charla se le olvidaba que le sentaba fatal el alcohol y casi se moría con los ojos traspuestos del malestar. Todos los miembros nos sentíamos orgullosos de tener en casa aquel salón tan primoroso. Un lugar sagrado en mitad de la desolación y desorden que había en el resto de la vivienda.

                El mobiliario lo completaban dos amplios sillones, una mesita baja y un bodegón con un paisaje de árboles cobrizos, un río de aguas oscuras, un sendero que se adentraba por las boscosas espesuras. Lo miraba y sentía como mis pasos se perdían por el camino a algún paraje oculto y misterioso. Un gran ventanal con postigos y las cortinas de visillos daban una atmósfera de sala acogedora para departir con las amistades en la comodidad y mullido envoltorio de aquel mobiliario. Sólo en días contados allí eran recibidas las amistades, maestros y maestras con sus conyugues. Todos los hijos estábamos aleccionados de que nos comportaráramos quitándonos de la vista y atentos a que el hermano deficiente no se colase en el ágape y arrasara con las viandas dispuestas para el tapeo como si no hubiese comido en meses. Clausurado para la familia, sólo lo podía entrever desde la puerta entornada cuando la madre se afanaba dentro. El resto de la vivienda se distribuía al uso de la época y del poco espacio:  todos los varones, cuatro, en un dormitorio y la niña aparte. Un cuarto de aseo pequeño, una cocina pequeña y una habitación que hacía de sala de estar y comedor, también pequeña. Un enorme patio en dos alturas nos redimía de aquel sacrificio del mejor y más amplio espacio donde se figuraban todos los anhelos y sueños.  Las macetas de geranios en el de abajo y una planta con ínfulas de árbol en el centro del de arriba, bordeados de una tapia por la que trepaba con facilidad y escapaba por ella sin control al no tener necesidad de cruzar la casa.

Las casas de los maestros estaban en límite del pueblo y la carretera hacía de frontera entre lo urbano y lo rural. A los ojos de los que habitábamos se extendían una vasta llanura, convertidas en verano en secarrales, en primavera un manto de trigales verdes que iban amarilleando hasta que eran cosechados y extendidos en las eras para ser trillados.  La vista se perdía en aquella campiña de terruños, eriales y sembrados con una cantera abandonada que daba una nota como de portal de Belén de gigantes. Cruzaba la carretera como si fuera el pasillo de casa, adentrándome en los trigos por los que abría senderos sin que apenas la coronilla sobrepasase la vegetación. Los días de invierno salía a tomar el sol y marchaba con todos los hermanos a una era. Allí reverberaba mejor la luz y hacía más calor. La calefacción en casa era un brasero que palidecía a medida que se consumía.  En verano veía pasar los camiones, lentos y cargados de remolacha de la campiña de Sevilla en infinita procesión en dirección a la azucarera de Antequera. Circulaban de noche en largas caravanas como animales herrumbrosos que migraban a otras tierras. Aquel tráfago le arrullaba en el sueño. Ya de día recogía alguna que otra remolacha caída de los remolques.

 Todo estaba por descubrir y el tiempo transcurría  cuando me embelesaba en cualquier nimiedad; ideando la manera de entrar en las casas de los maestros cuando se marchaban de vacaciones, caminando por los bordes de las tapias como un funambulista, abriéndome paso con un palo en una pradera de cardos como un si estuviese en la jungla, afinando la puntería tirándole a los ventanales... todo cuanto heido depositando en las formas físicas de los recuerdos que transcribo.

sábado, 16 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XXIII) Final


Cuadragésimo día

            El día que nos encontramos la acompañada su hermano. Un joven alto y con cara de no dejar pasar ni una. Nos saludamos y el hermano se entretuvo hablando con unos amigos. Yo no paraba de mirarlo de reojo. Temía que en de un momento a otro me levantara por mi camisa muy bien planchada de bolsillos con trinchas y me advirtiera de algo.

            Su sonrisa, el pelo, aquel desparpajo hablándome, me tenía cegado. La miraba y la miraba, y en un descuido me tocó con la mano el hombro y me dijo que para qué quería tantos bolsillos y que le gustaban. Me prometí a mí mismo nunca quitármela, dormir con ella puesta y cuando se deshiciera en pedazos buscarme otra camisa igual como el que se acoge a una orden monacal y viste un hábito para siempre.

            La romería a la ermita era a media noche. La dejarían ir acompañada de aquel severo guardián. Yo podría caminar junto a ella mientras que aquel policía de hermanas menores no observara ningún peligro viendo que yo la rondaba como un sabueso.

            Entre tanto, mis amigos habían planeado una subida iniciática como romeros. Se agenciaron una botella de ginebra y refrescos. Tomarían unos tragos y se lo pasarían de muerte. Aquello era algo así como echarle nitroglicerina a un seiscientos para que te llevara a dar un paseo por una campiña. El peligro de explosión era evidente.

            Esperándola en el paseo del pueblo con las órbitas de los ojos desencajadas de tanto mirar fuera a pasar y no verla entre tanto gentío, en esto que veo acercarse a mi pandilla muy alegre e inquieta. Mi primo portaba la botella de ginebra medio oculta por eso de que los niños estaba mal visto que bebieran. La  mirada vidriosa y una sonrisa mitad majadero mitad inconsciente delataba que la botella iría al menos por la mitad. En esto que apareció ella. Por un momento tuve la ensoñación de que venía sola. Su hermano, acompañado de la que sería su pareja, caminaba a unos pasos. El grupo de amigos, se comportó como se esperaba; si sobrios eran unos inconscientes, pimplados eran de vergüenza. Comenzaron a hacer morisquetas y darse besitos. Niñatos, dije. Los dejamos. Emprendimos la subida a la ermita por aquel sinuoso camino bajo la única luz que resplandecen los enamorados y que proviene de su nimbo de ventura.

            Pasada la mitad de la subida, cerca de las murallas que rodean el recinto donde está situada la ermita, ya atesoraba varios trofeos. Acercaba mi mano a la suya, y con el corazón a mil, la tomaba. Ella la apretaba y la soltaba, vaya que el guardia de vista nos pillase. El camino dejaba a un lado la Torre del Homenaje, vi con estupor como  estaban allí mis amigos encaramados como si defendiesen  aquel bastión de una horda enemiga que los apedreaba. La gente pasaba de largo porque no iba con ellos y temían recibir una pedrada. Pasé cerca con la desazón de que los abandonaba a su suerte.


            Pero yo me sentía otro ser  y quizá aquella dantesca escena estaba dispuesta para que me mirase en el espejo de semejantes irresponsables y hacerme sentir como alguien que ha pasado de la inmadurez a la madurez en la distancia de un kilómetro. Prefería estar con ella, reluciente, contándole toda una colección de magnificas aventuras para impresionarla; imaginándome un mañana juntos y sintiendo el desconsuelo de tener que cargar de por vida con aquel intransigente hermano al que no me atrevía a mirar a la cara vaya que leyese alguna aviesa intención en mi rostro.

            Y hasta aquí esta serie de “Lo que éramos”. Mi intención ha sido compartir con quien me haya leído cómo fue la infancia y a ser posible traerle gratos recuerdos de la suya.  La memoria es un ejercicio curioso; cuando evocas los recuerdos puedes hilvanar las historias y destacar, obviando los momentos tristes, al fin y al cabo,  que todas las personas con las que te relacionaste hicieron posible que la vida tuviera  el toque mágico de divertida comedia. Gracias.

jueves, 14 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XXII)


Trigésimo noveno día

(Continuación desde la parte XVIII)

            Desde aquel día las cartas llegaron con una frecuencia de metrónomo. Las fui guardando en una caja secreta junto con otras bagatelas muy importantes y que tenía que poner a resguardo del pillaje familiar. Mi mente efervescente no paraba de planear cómo sería el encuentro. El cineasta de mi subconsciente no dejaba de hilvanar las escenas románticas más trilladas del cine, a las que se le olvidaba el metraje más interesante porque ni siquiera tenía conciencia de cómo podrían ser.

            Mientras mi padre permanecía en silencio sin preguntar acerca de aquella oleada de correspondencia, mi madre, en cambio, adoptó una postura más pragmática y me compró ropa más impresionable que la vestimenta que me colocaba por la mañana con la única misión de no salir desnudo a la calle. Un pantalón corto con cuatro bolsillos y una camisa con dos y unas trinchas de cierre. Se ve que los bolsillos eran importantes en las prendas que debe vestir un galán. Podía haber completado el cuadro con un salacot y mandarme a Filipinas. Aquel vestuario de safari lo estrenaría el día de la romería de la Virgen, el primer día de la feria del pueblo. Era el momento previsto, tal como habíamos quedado, en el que un ángel tocaría tierra y nos encontraríamos.

            Jamás ha durado tanto un día con sus horas y minutos. El tiempo que quedaba hasta la fecha era imposible de soportar para dos almas que se veneraban por escrito. Un cupido ansioso hizo que quisiera adelantar el encuentro y vernos en la ciudad. Les pedí a mis padres irme unos días con los primos.¡No! Que me hubiese ido por mi cuenta y el recuerdo del verano pasado que me dejaron con ellos para pasar unos días, estaba en mi contra.  Los días que pasé con ellos fueron inolvidables. Al regreso en la piel traía las huellas de un niño curtido. El primer día estuvimos todos en la playa y las quemaduras solares me llevaron al borde del delirio la primera noche mientras mi tía me embadurnaba en pomada. La noche siguiente para evitar el calor sofocante de tantos metidos en la misma habitación nos subimos los colchones a la terraza de la casa mata y allí el mayor de mis primos, muy aficionado a la pesca, con su caña,  lanzaba el sedal a los tejados de los vecinos para pescar gatos. Entre sueños escuchaba el maullido de alguno que había mordido el anzuelo. Por los andurriales me alimenté de limones, higos, algarrobas, almendras. Buscábamos camaleones. Merendamos tortas de un obrador que las ponía a enfriar en un portón abierto después de sacarlas del horno. En un colegio entramos por una ventana y husmeamos por las clases abriendo cajones y llenándonos los bolsillos de lápices y gomas de borrar.  Hicimos excursiones a la playa a coger erizos bajo la única vigilancia del pescador de gatos, algo así como llevar al Pato Donald de tutor. Cuando regresé al pueblo despellejado como un pollo, fino como un niño del Biafra, mi madre prometió que nunca más en lo que me restaba de vida me apartaría de su lado.

            Llamé a mi amiga del alma para comunicarle la imposibilidad de ir a verla a sabiendas que la madre es la que cogería el teléfono. Ella lo tenía prohibido. Una voz fría preguntó quién era y para qué la quería. Trabuqué unas palabras sin sentido porque algo se me agarró al cuello asfixiándome. La buena mujer tuvo el detalle de llamarla. Lo único que recuerdo es mi voz como la de un muñeco roto le decía que no podía ir. Ella balbuceo una promesa. Su madre a la escucha coartaba la libertad.
           

domingo, 10 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XXI)


Trigésimo octavo día

(Continuación desde la parte XVIII y sucesivas)

            Se acercaba la feria de agosto. Al igual que se diluye un río en la lejanía del horizonte, el esfuerzo por tenerme sentado “aprovechando el verano” todas las tardes trabajando las matemáticas, fue decayendo hasta que ya ni siquiera se vislumbraba. El mérito era todo mío. Desde el principio acometí una labor concienzuda de rascar todo el tiempo posible en distracciones, en mostrar sin esfuerzo poco entendimiento a aquellos endiablados enunciados que acometía por ensayo y error, adornándolo con un nervioso mordisqueo de la punta del lápiz que sacaba de quicio a mi padre. Una labor de zapa que terminó con su paciencia y que dio las primeras señales de agotamiento cuando me vio con aquel libro de poesías entre las manos y no me pidió que abriera el tocho de matemáticas donde se atesoraban los mayores padecimientos que se le pueden infligir a un criatura en vacaciones.        
            Apenas llevaba pocos días con  los pies en el suelo cuando había llegado la carta y la cabeza se me fue muy muy a las nubes. No sé cómo ocurrió el flechazo, porque ni siquiera yo sabía qué era el amor, pero si una niña de tu edad te envía una cuartilla por correo en un sobre con tu dirección y el remite, donde te cuenta cómo se aburre en la capital y los deseos de regresar al pueblo para las fiestas, adornándola con infinidad de corazones en los que aparece tu nombre y el de ella, estaba claro que yo tenía que estar a la altura de las circunstancias, aún sin saber cuáles eran las particularidades del caso. El efecto fue que me provocó que se me despertara una pasión de la que carecía del lenguaje para expresarla, como si tuviese que hablar en un idioma recién inventado del que me eran ajenas las palabras y la sintaxis.

             Quise contestarle poniendo todo el esmero por parecer instruido escribiendo con letra pendolista.  Lo único que conseguí fue bloquear la inspiración romántica y me salió una especie de  informe en lo que empleaba el tiempo. Cuando terminé tenía claro que si leía aquella carta sus sentimientos rodarían por el abismo de la desilusión. No podía mostrarle aquella imagen de niño aplicado estudiando al lado de su padre. Busqué entre los libros y cogí las poesías completas de Ramón de Campoamor. Leí unos sonetos y llegué a la conclusión de que aquel lenguaje estaba vetado para alguien cuya principal habilidad era alargar las meriendas. Por qué tenía que complicarme la vida en fascinar a una niña que llena una hoja de corazones de colores, me preguntaba. Hice una lista de las palabras que entendía de algunos poemas: ilusión, boca, fresas, reír, estrellas y sueños. Del listado suprimí alguna que no vi oportuna; rubia, porque era muy morena, y la locución sin vergüenza, porque podía dar a malentendidos si la leías de corrido. Construí mi primera poesía. Versos de rima libre dentro de los cánones que Don Ramón no hubiera aprobado. Mi padre me miró y no dijo nada. Pensaría que le había salido un hijo tonto y poeta. Mandé la carta y me puse al acecho del cartero con el corazón en vilo cada vez que lo veía por la calle acercarse a mi casa.

            Coincidiendo con el cierre de la academia, terminó por finalizar aquel empeño tan infructuoso de dotarme de más sapiencia. De nuevo redimido de la falta de libertad,  ahora podría dedicar mis energías lo que restaba de mes a galantear si el objeto de mi amor se materializaba como prometía.

sábado, 9 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XX)


Trigésimo séptimo día

(Continuación de las partes XVIII y XIX)

            Cuando se está en el  centro del ojo del huracán y ni siquiera te has enterado de las fuerzas que giran a tu alrededor porque sólo ves la calma, hasta que una ligera brisa empieza a soplar y los nubarrones se aproximan, es cuando comienzas a ponerte nervioso y a darte cuenta de que sólo tienes un simple chubasquero para resguardarte de la que va a caer.

            Mi padre no me regañó por mi escapada con alevosía y nocturnidad a Málaga, simplemente me planteó un horario de estudio, de aprovechamiento del tiempo, de grilletes a una mesa donde él estaría trabajando confeccionando las interminables listas del alumnado del colegio para cuando comenzara el curso. Te vas a sentar a trabajar de cinco a siete de la tarde para repasar las  matemáticas, me dijo, y no te levantarás, sentenció. Asentí como si me hubiese dicho que acarrearía inmensas piedras sobre mis espaldas a una cima, cosa que hubiera preferido, llegado el caso. Ni siquiera se acordó de que la merienda caía en ese intervalo de tiempo.

            El viento huracanado vapuleaba mi vida veraniega. Días antes, iba por gusto a la academia donde mi padre daba clase a los que se iban a examinar de reválida, la mayoría contumaces repetidores. La academia tenía una sección de mecanografía, con horario libre, llegabas y si alguna máquina de escribir estaba desocupada, te ponías y tecleabas siguiendo el Método Caballero que constaba de tres libros. El último, cuando lo dominaras, te hacía merecedor de un diploma que demostraba la excelencia en la cantidad de pulsaciones por minuto y ya podías aspirar a trabajar en una gestoría bajo la luz de un fluorescente. Muchas veces cogí mi manual de mecanógrafo y me sirvió de coartada para perderme con mis amigos.

            A partir de aquel día acompañaría a mi padre de nueve a doce. Era la reeducación del réprobo por antonomasia. Estaba claro que sabía lo que hacía: impediría que me convirtiera en un tonto por desuso. Todos aquellos deseos de la libertad, de calle, de juegos y de amigos, me los iban a templar con conocimientos dispuestos en horarios carcelarios.

            Las mañanas fueron llevaderas. Escribir a máquina, levantándote cada vez que querías, echando competiciones a ver quién terminaba antes un párrafo con menos errores, metiéndote en las conversaciones de  los alumnos veteranos que salían a fumar al patio como uno más, era divertido. Por la tarde, después de que escuchara las voces para que me sentase de una vez a trabajar, allí empezaba mi penitencia frente a un manual de matemáticas que iba desde la aritmética al cálculo infinitesimal. Frente a él me sentía como el que coge un mapa, señala su vivienda perdida en un pueblo y traza una línea viajera hasta Tasmania obligándo a memorizar los nombres de los ríos, ciudades, montañas, valles… por los que pasa. Cada lección traía una relación de ejercicios graduados en dificultad que iban de lo difícil con apariencia de sencillo a lo incognoscible. Los atascos en la resolución cuando me ponía  le habrían puesto los pelos de punta al pedagogo más confiado en el potencial de los niños. Mi padre perdía la paciencia repitiéndome que el mínimo común múltiplo eran los comunes y no comunes con mayor exponente. Al día siguiente vuelta a empezar.

            Sólo me salvaba la voz de mi madre cuando me llamaba para merendar. Subía las escaleras y lo que nunca había hecho antes, masticaba el bocadillo hasta la última miga con parsimonia y mirando como las manecillas del reloj apenas avanzaban. Bajaba otra vez a sentarme como un galeote. Apenas ya quedaba tiempo para nada. Recogía los pertrechos de trabajo, colocaba el tocho matemático en el estante, y volvía a escuchar la voz de mi padre al advertirme que mañana tardara menos en merendar porque había aprovechado muy poco el tiempo.


viernes, 8 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XIX)


Trigésimo séptimo día

(Continuación de la parte XVIII)

            Lo irracional debería ser del mundo de los sueños. Cuando desperté en el piso de estudiantes, creía estar en casa, porque el sol había salido por donde correspondía, los pájaros trinaban… En cambio, en aquel dormitorio cuartelero, con una mesita de noche llena de quemaduras de cigarro, un calcetín asomando debajo de una silla y los extraños ruidos que se escuchaban por las paredes y que venían de la calle, me indicaba que todo lo irracional de aquella aventura se había metido por una grieta de la realidad al mundo racional, al real. Y en el real la situación no pintaba nada bien.

            De camino al pueblo, el guardia no paraba de contar hechos heroicos. Varias menciones honoríficas daban prueba de su participación en la detención de peligrosos delincuentes. El hermano, sentado delante, con la mejilla todavía roja, lo miraba con admiración. A mí, entre las palabras del agente, se colaban las frases de mi madre que me iba a gritar cuando entrara por la puerta de mi casa. El cristal de la ventanilla, donde se reflejaba mi rostro, me devolvía una expresión que no era la mía, era la de mi otro yo asintiendo a los funestos pensamientos y las terribles consecuencias que me esperaban. Aquel otro me bisbiseaba que mi padre en aquel justo momento estaría descargando su ira aporreando la máquina de escribir mientras urdía el castigo. Entre tanto, mi madre estaría entretenida afilando la zapatilla para zurrarme.

            A mi primo todo aquello le traía al fresco, salvo el hambre. No paraba de decir lo que pensaba comer cuando llegara, como si su familia lo fuese a recibir con una comilona para celebrar su regreso, un festín de manjares. Como si flotara, al bajarme del coche sentí que mis pies no tocaban el suelo. Tanta era la tensión en mi cabeza que la sangre no me llegaba a las extremidades.

            En las calles del pueblo, cojeando porque no podía apoyar bien el pie derecho en el suelo por culpa del agujero en la suela, la imagen que daba era la de un muchacho sin energías para soportar el peso de su cuerpo y que por su fisonomía más bien parecía que había escapado de la mansión de los horrores, cuando ocurría todo lo contrario, me dirigía a ella por la sencilla razón de que aún no estaba despedazado.

            Mientras cavilaba que no me hubiera importado que me hubiesen secuestrado para llevarme a una isla, abandonado, donde pudiera empezar una vida desde cero, la salvación llegó de la mano de mi abuela que salía de casa y nada más verme me dijo que me fuera con ella hasta que todo pasara. Respiré. ¿Quién ha dicho que el cielo no se abre para los infelices?

            Estuve dos días en su casa, a pocos metros de la mía, como un exiliado en un país extranjero, hasta que las ganas de ajusticiarme se fueron debilitando. En mi familia, como en muchas, con paciencia y evitando la visibilidad, la tensión se iba liberando en otros asuntos y pendencias. Ventaja que había aprendido a aprovechar como el cazador cuando espera que su presa esté más despistada para abatirla, fui incorporándome a la vida deslizándome como una sombra, huyendo de mi padre antes de que reparara en mi presencia y con todos los sentidos en alerta. Aquella quietud tampoco presagiaba nada bueno.

jueves, 7 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVIII)


Trigésimo sexto día

            Por qué una idea peregrina, que minutos antes era una suposición, pasa el plano ejecutivo y te ves en un coche en dirección a Málaga haciendo autostop.  Y sí, que vale, a Málaga. Qué más daba, si alguien se ofrecía para llevarte, por qué no, alguien también te traería de regreso.

            Así fue como mi primo, un amigo y yo terminamos bajándonos en Ciudad Jardín sobre las doce de la mañana. Una hora antes caminábamos por el arcén de la carretera extendiendo  el brazo como gracia, hasta que un vehículo se detuvo. El conductor nos dijo que se dirigía a Málaga, nos miramos y arriba. Una aventura, una formidable aventura nos esperaba.

            No íbamos desamparados del todo, porque una hermana y un hermano de mi primo compartían un piso con más estudiantes en El Ejido. El plan era el siguiente: deambularíamos por Málaga, iríamos al piso a comer porque el dinero no era suficiente ni para coger el autobús de línea de regreso al pueblo, y nos pondríamos a hacer otra vez autostop para regresar a casa donde nadie sospecharía de mis andanzas.

            Ni cien nómadas del desierto en cien camellos, habrían caminado más que nosotros aquel día. Cuando pisamos el suelo de Málaga, comenzamos a caminar en dirección al centro de la ciudad. De sobra se sabe el atractivo que tienen los barcos en los muchachos de interior. Desde Ciudad Jardín fuimos al puerto. Después de marinarnos, hambrientos y sin apenas dinero, nos fuimos al piso de estudiantes. Allí las penurias se masticaban. Como buenos anfitriones, estábamos de suerte porque varios de los inquilinos estaban ausentes y  el condumio se hacía para todos. Nos sentamos a la mesa. Para aquel día el plato principal era hamburguesa con pan, escasas patatas y una naranja. Entré en la cocina cuando vi como el cocinero recortaba cada hamburguesa haciéndola del tamaño de una Hostia. Los recortes se los zampaba allí mismo. Se sirvieron los platos y la sobremesa no se hizo esperar.

            Tuve una agorera premonición. Mis padres me habrían echado de menos a la hora del almuerzo por lo que salí para llamar en una cabina. Papá, que estoy en Villanueva de Tapias con mi amigo L., le dije. Mentira, te has ido a Málaga, contestó mi padre. Que mis padres siempre fuesen unos pasos por delante de mí es algo que escapaba a mi comprensión, pero en aquel momento no me preocupó tanto cómo se habían enterado, sino que a partir de aquel día tenían otro motivo más para desconfiar de un hijo tan malvado. Regresé al piso y les dije que nos fuéramos deprisa, a ver si evitaba lograba disminuir las consecuencias mi escapada.

            Otra tremenda caminata, y para nada. Estuvimos el tiempo llamando la atención de lo conductores  hasta que nos dimos por vencidos. Fuimos a la gasolinera de La Tana y  nos invitaron a que nos largásemos. ¿Quién iba coger a tres zagales a la salida de una ciudad? Descorazonados, la única solución era ir a ver al hermano del amigo, guardia civil en El Palo, a otra distancia kilométrica, y rogarle por Dios que nos llevara al pueblo. Perdimos la noción de lo que llevábamos andado y el tiempo; quizá le estuviésemos dando la vuelta a la provincia. Cuando nos plantamos en la puerta del cuartel lo primero que hizo el guardia civil cuando salió a recibirnos fue darle un guantazo a su hermano y decirle que pensaba matarlo allí mismo. Mi primo y yo nos miramos aterrados. Mientras el amigo se tocaba la mejilla enrojecida, el guardia nos miraba. Los dos con el brazo preparado por si había que parar el golpe, después de nuestras súplicas, lo escuchamos decir:

-Bien, esto es lo que vamos a hacer. Mi hermano se queda conmigo y ustedes, él ya sabía lo del piso de estudiantes, os marcháis al piso a dormir. Mañana os llevaré al pueblo.

            Tuvo la compasión de dejarnos en el centro de Málaga. Cuando llegamos al piso la cena ya había concluido. Mi primo y yo nos comimos un salchichón que alguien tenía escondido. Al quitarme los zapatos para dormir, descubrí que tenía la suela perforada. Aquel ominoso agujero me intranquilizó por lo que me depararía el día siguiente.

domingo, 3 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVII)


Trigésimo quinto día

            Cualquier persona mayor que te cruzaras cuando íbamos de expedición por el campo intuía que no tramábamos nada bueno, por lo que siempre evitábamos ser vistos, tanto a la ida, que todavía llevábamos las manos vacías, o a la vuelta, cuando volvíamos con el botín. Además, el mundo era más pequeño que ahora. Todo el mundo se conocía, y como ya conté en otra  de esta saga de anécdotas, las noticias llegaban a tus padres antes de que entraras por la puerta de tu casa.

            Mi primo y yo teníamos pasión por los palomas zuritas, no la bravía, dócil y acomodaticia a la vida holgada en parques y tejados de los pueblos. Una especie silvestre, más fina, gustosa de vivir en libertad, en los cortijos abandonados, en las ruinosas murallas o en los tajos. Sus irisaciones verdes y púrpuras del cuello, las pinceladas rosas en el pecho como si se le hubiese derramado pintura y el pico rojo y amarillo, la convertían en una dama o señor de la mejor alcurnia.

            Nos pusimos en marcha. El cortijo abandonado estaba a varios kilómetros. Habíamos pasado junto a él en alguna ocasión y teníamos claro que iríamos a por una remesa de palomos. Soñábamos con fabricarnos nuestro propio palomar, construírselo con cuatro maderas, colgándolo de una pared y disfrutar de la belleza de sus vuelos por el cielo del pueblo viendo como regresaban agradecidos a su nueva y cómoda casa donde tendrían trigo y agua. 
 
            Los palomos entraban y salían por un agujero en la techumbre en la parte trasera del cortijo. Saltamos la tapia a un patio con dos cabras que nos observaron. Tenían las ubres llenas y no muy lejos estaba el cubo del ordeño. Visto y no visto, mi primo se abalanzó y agarró una, se agachó y como si bebiera de un porrón la ordeñaba atrapando los chorros con su boca. La cabra se dejaba hacer Yo decliné la invitación. Saciado el apetito, nos pusimos a abrir el portalón de la entrada a la vivienda a base de empujar y hacer palanca con pequeñas piedras planas que metíamos en la ranura que se iba abriendo, hasta que cedió. El olor a hoguera de la chimenea con los restos de candela, una mesa arrinconada, varias sillas de enea sucias, un cuadro con el marco roto, un calendario de 1971 y varias botellas vacías  de cerveza El Águila, era el marco doméstico. Subimos las escaleras hasta llegar a lo que sería el dormitorio principal desde el que oíamos el arrullo por encima del techo hecho de cuarterones por dónde se había caído el enlucido asomando el cañizo.

            En una esquina, una portezuela daba a la cámara alta. La estrategia estaba clara, entrar, tapar la salida y coger los que pudiéramos. Logramos atrapar cuatro, dos para cada uno. El problema fue que nos ocupaban las dos manos. Escuchamos un ruido. Alguien estaba merodeando por el patio. Mi primo y yo con el corazón en los pies y las dos manos sosteniendo el botín, mirábamos aterrados por un ventanuco. Un hombre miraba a la cabra y se rascaba la cabeza preguntándose, imagino, por qué una ubre estaba vacía. Los dos nos miramos porque sabíamos que ese sería el último día de nuestra existencia. Nos metimos los palomos por debajo de la camisa. Una tortura: un palomo me arañaba con las patas y picoteaba mi vientre por pura diversión; el otro, por su posición, movía las patas raspando la tela dando la sensación de que un ser monstruoso te iba a salir de las entrañas.


            El hombre ordeñó a las cabras y vació la leche en una botella de La Casera. Se marchó echando la llave al portón que daba al patio. Esperamos todavía un tiempo prudente para salir. Antes de escapar de allí, escuché a mi primo decir, secas, se las ha dejado secas.
           


sábado, 2 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVI)


Trigésimo cuarto día.


            La forma de aparecer mi primo en escena y cómo se trastocaba todo, cambiando el orden y concierto de tu mundo de infancia al verte inmerso en algo que superaba el juego predecible y sensato, era el resultado de una imaginación libre, sin control de los adultos,  que nunca veía lo imposible, fundamentada en la base que la creatividad podía abordar cualquier proyecto inundándolo de optimismo.

            Así fue como urdió montar un circo donde las actuaciones correrían a cargo de unos pocos que haríamos de presentador, graciosos y con el número de adiestramiento de perros a cargo de promotor del espectáculo. A falta de carpa, se escogió un solar amplio del que aún quedaba los restos de una pequeña bodega excavada en la montaña. Se hizo todo lo posible por anunciar el espectáculo en el que el número principal correría a cargo de mi primo con sus asilvestrados perros. Mis funciones eran más bien recaudatorias. El presentador también haría payasadas para solaz del público. El precio de la entrada se estableció en dos reales, cincuenta céntimos, una moneda que tenía un agujerito en el centro y que daba para comprar cinco pequeños caramelos masticables o un polo de agua con anís.

            Acudió un nutrido número de niños y una niña con su hermano pequeño cogido de la mano. A todos los unía el mismo afán: que su inversión monetaria se rentabilizara de algún modo y dispuestos a no dejarse engañar. No todos pagaron. La taquilla fue asaltada por los que no pensaron soltar la moneda y a cambio se ofrecieron para alguna actuación.  De este modo se fueron incrementando las actuaciones, pero sin perder de vista que la principal eran los perros salvajes que iban a ser domados por un furioso primo que veía como el público no era respetuoso con los actores, ni siquiera los mismos actores se respetaban entre ellos. Los empujones se sucedían por ofrecer lo más granado. Ya salía el que bailaba un trompo con una punta de acero que rompía las losas, el que tiraba piedras a un bote sin atinar ni una sola vez, el mismo que probó con la navaja en un tablón y tampoco logro clavarla, otro que contó chistes indecentes para semejante público… y así hasta que se llegó al número estelar. Los perros estaban tan mosqueados como el público. Sus ladridos salían de la caverna como si fuese de las profundidades de la tierra y se imponían al griterío donde se entremezclaban las  voces de fraude  y las reclamaciones de la devolución de la entrada.

            Mi primo se había agenciado un palo y una cuerda que simulaba un látigo. Pidió silencio. De un momento a otro retiraría los tablones de la cueva y saldría la jauría para que la pusiera firme. Los perros tuvieron que presentir algo cuando solo se escuchaban sus pasos como de tigres enjaulados. Quitó el tablón que sostenía el falso portón, y los perros, medio ciegos, salieron en estampida corriendo por el patio mientras el público se revolcaba de risa. El domador con el palo y la cuerda intentaba disponer a las fieras en la zona delimitada de pista. Quedaron sólo dos animales, el resto alcanzó la calle y se perdieron, a los que les obligaba a sentarse, tumbarse y, el más difícil todavía,  les metía la mano en sus hocicos arriesgándose a un mordisco.

            Terminado el espectáculo, los dos perros se fueron calle abajo, se contó la recaudación y a propuesta del domador, se compró un paquete de tabaco de la marca “Goya”, porque según él teníamos lo justo. Parte del público se unió a la celebración.

viernes, 1 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XV)


Trigésimo tercer día.


            Nunca entenderemos las motivaciones que esconden los actos de los niños. Recuerdo que cuando cumplí diez años, a mi familia, a medida que pasaban las horas, se les estaba olvidando felicitarme. Entonces, para llamar la atención y que aquello tuviera un efecto de alerta sobre lo que realmente importaba, me encerré en el cuarto de aseo. Transcurrió el tiempo suficiente para que mi madre se preocupara y preguntará por qué llevaba tanto tiempo allí metido. No le contestaba. Aporreó la puerta llamándome; por su cabeza pasaba que estaría con alguno de mis peligrosos inventos: mezclando detergentes, sacando la pasta dentífrica del tubo o manipulando los botones de la lavadora, cualquier cosa menos lo que pretendía, sencillamente  que se fijara en el calendario y cayera en la cuenta de que era mi décimo cumpleaños.

            Que aquel día memorable pasara inadvertido me enseñó dos cosas; una, que mis padres tuviesen cinco hijos y ocupar el lugar del medio, requería de mejores estrategias para hacerte notar y sacar provecho; la otra, que era mejor irte acostumbrando  a las frustraciones con la única vacuna para estos casos de depender lo menos posible de la voluntad de los adultos.

            Nadie aprende con diez años. Querer ser el centro de atención de tu madre entre la infinidad de demandantes que la rodeaban, requería de un gran observación de cuál era su punto débil. Creí haber dado con él y puse otro plan en marcha. Sabía que cuando enfermaba ella se desvivía por atenderme. Me traía yogurt, vitaminas -tenía un acuerdo con una mujer a cambio de comprar en su puesto de frutas, ella le daba unas vitaminas en ampollas para que me fortalecieran y me sacaran de mi endeblez-  Claro, eso ocurría cuando realmente estaba enfermo, pero las simulaciones de niño absorbente y madrero a ella no se las colaba.

               Una tarde, maravillosa tarde para estar en la calle jugando con los amigos, la propia, porque otra con un tiempo inclemente no sería tan dramática, le dije que me acostaba porque me sentía enfermo. Una enfermedad de difícil  diagnóstico cuando me tocó la frente y ni siquiera cogió el termómetro. Por mucho que simulase un padecimiento, su instinto estaba por encima y sabía que era más un malestar del alma que del cuerpo. Para tormento escuchaba los compañeros de juegos en la calle. Las voces felices llegarían a los oídos de mis padres, pensaba, y convertirían mi sufrimiento en algo más palpable. A las tres horas de estar tumbado, mirando el techo, olvidado, comencé a sentir un hambre atroz que se unió a mis ilusorios síntomas convirtiéndolos en reales. Si aquello no era padecer, que venga Dios y lo vea. Al dormitorio comenzó a llegar el olor de la cena desde la cocina situada una planta más abajo. Un emisario se llegó y me dijo que si pensaba cenar que bajara a la cocina. Era el colmo, al menos podía haberme enviado una bandeja con una frugal comida para su hijo moribundo. Como la inapetencia es el primer síntoma de una enfermedad atroz y creyendo que sería el punto de inflexión para que se interesara de una vez por mí, yo seguí en mis trece y le dije que no tenía apetito. Me llegó la voz de mi hermano cuando dijo, “no tiene hambre”. Pensé que lo mejor era desfallecer de una vez, que me encontraran sin conocimiento, en el límite de la vida, y todo por ser descuidada y no haber atendido a su hijo en sus últimos suspiros. En mi imaginación, con las tripas gritando que dejara de una vez ya la comedia y bajara a cenar, ya no sólo sufriría mi madre, sino que todos padecerían remordimientos que nos les dejaría el resto de sus días vivir en paz.

            La cabeza empezó a darme vueltas. No aguante más y antes de que me comiera las manos, bajé las escaleras. Sentados a la mesa estaban mis hermanos dando cuenta de la cena. Ocupé mi asiento y me serví con un apetito de náufrago. Desde un extremo de la cocina escuché una voz que preguntó si ya estaba mejor. Asentí con la cabeza, con la sensación de haber aprendido también algo ese día.
           

jueves, 30 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XIV)


Trigésimo segundo día.

            Mi abuela entró en un cuartito que tenía en el zaguán de su casa, vio un saco, miró dentro. No podía creer lo que veía, así que, según relató después, lo cogió y lo arrojó fuera. El contenido rodó calle abajo.

            Dos días antes, me había acercado a un grupo de muchachos mayores, entre los que estaba un primo mío, y les escuché hablar acerca un lugar misterioso al que pensaban ir para buscar indicios claros de la represión durante la Guerra Civil. Sería una expedición a un edificio ruinoso, tapiado, que seguramente ocultaba claves en la cripta que sirvió de osario que darían más luz de dónde habían ido a parar muchos de los restos de los represaliados en la Guerra Civil. Que yo me uniera al grupo, era lo de menos para ellos en una época en la que nadie te preguntaba los años, y menos sí tus padres sabían algo
.
            La salida se programó para las dos de la madrugada. Cogí la linterna, a sabiendas que en esa partida el jolgorio se impondría a la vertiente científica, histórica y documental que  le presuponían. Me acerqué a ellos mientras ultimaban los últimos preparativos. Para el caso podía haber ido con un bebé en brazos, ya que nadie me preguntó ni echó cuentas de qué pintaba allí. Se recordó una vez más la norma elementa para que no levantáramos sospechas de la nocturna empresa, porque si alguien nos veía, quizá se le pasara por la cabeza preguntarse adónde van seis muchachos de madrugada acompañados de un niño que iría encendiendo y apagando una linterna.

            Aquel gigantesco edificio, un monasterio en sus inicios allende los siglos, abandonado, usado como fábrica de jabones y grupo escolar hasta su cierre y decadencia, con insondables misterios, a todos los niños nos atraía con aprensión por los misterios y las leyendas que circulaban en torno a él. El edificio más imponente del pueblo. Su historia se pierde en los anales y es fuente de infinitos estudios, narraciones y cuentos de viejas.

            Saltamos una tapia, una de tantas barreras que esa noche íbamos a jalonar. Cruzamos el patio con una fuente en el centro, una inmensa parra salvaje y un burro. El cuadro que se contemplaba venía directamente del romanticismo; el resplandor de la luna, el claustro, la parra, el cri-cri de los grillos… y nuestras cautelosas sombras moviéndose como si estuviesen invitadas a un aquelarre. Al burro nuestra presencia no le pareció ni bien ni mal. Quizá nos tomara por espíritus, fantasmas inquietos a los que estaría acostumbrado ver salir las noches de luna llena. Caminábamos con mucho sigilo, pendientes del más mínimo ruido. ¡Sssss!, decía alguno, y todos poníamos el oído en  alerta apagando las linternas, hasta que alguien rompía el silencio con un ¡Uuuuu! Esa iba a ser la tónica: muchos ruiditos y gracejos. No veíamos bien lo que pisábamos, lo que ayudaba a carecer de escrúpulos cuando trepamos  por un muro derruido para adentramos en la iglesia. Con la linterna alumbramos retablos carcomidos, imágenes de santos desfigurados, el altar con las maderas podridas donde moraría una fauna atiborrándose de despistados palomos. Desde  el techo  éramos observados por toda una corte celestial surcada por murciélagos hiperactivos de ángeles decapitados, mutilados de alas, cabezas etéreas, filigranas, desconchones y rajas que apuntaban a derrumbe. Detrás del altar, retirando unos tablones, se abría un agujero a la cripta por la que nos descolgamos apenas un metro para asentar los pies en el osario. Caminábamos por una montaña de huesos agachado la cabeza para no darnos con el techo, escuchando el traqueteo que producen nuestras pisadas al entrechocar de los restos. Nos agachábamos y cogíamos una calavera y como si estuviésemos representando a Hamlet, mirándola por si se veía alguna marca de disparo, el agujero del tiro de gracia, la prueba inequívoca de que estábamos en el lugar donde habían ido a parar muchos de los represaliados. Las calaveras que cogimos y nos parecieron oportunas a nuestras disparatadas tesis las metimos en un saco hasta llenarlo. Cargamos con él y salimos del osario. En la iglesia de nuevo el ¡Ssssss! Nuestros corazones ya estaban al límite cuando nos pareció oír golpes, susurros, ecos… Salimos corriendo, en el derribo por el que habíamos entrado a la iglesia el que llevaba el saco rodó con él por los escombros, pero ya era tarde para socorrer a nadie. Cruzamos por el patio con la fuente como almas que lleva el diablo, pasamos junto al burro y esperamos al que traía el saco.

            No sabía nada de dónde había ido a parar el material hasta que vi entrar a mi abuela en casa quejándose del aterrador hallazgo. La suerte que corrieron cuando fueron arrojadas a plena calle sigue al día de hoy siendo un misterio.