Trigésimo segundo día.
Mi abuela
entró en un cuartito que tenía en el zaguán de su casa, vio un saco, miró
dentro. No podía creer lo que veía, así que, según relató después, lo cogió y
lo arrojó fuera. El contenido rodó calle abajo.
Dos
días antes, me había acercado a un grupo de muchachos mayores, entre los que
estaba un primo mío, y les escuché hablar acerca un lugar misterioso al que
pensaban ir para buscar indicios claros de la represión durante la Guerra
Civil. Sería una expedición a un edificio ruinoso, tapiado, que seguramente
ocultaba claves en la cripta que sirvió de osario que darían más luz de dónde
habían ido a parar muchos de los restos de los represaliados en la Guerra Civil.
Que yo me uniera al grupo, era lo de menos para ellos en una época en la que nadie
te preguntaba los años, y menos sí tus padres sabían algo
.
La salida
se programó para las dos de la madrugada. Cogí la linterna, a sabiendas que en
esa partida el jolgorio se impondría a la vertiente científica, histórica y
documental que le presuponían. Me
acerqué a ellos mientras ultimaban los últimos preparativos. Para el caso podía
haber ido con un bebé en brazos, ya que nadie me preguntó ni echó cuentas de
qué pintaba allí. Se recordó una vez más la norma elementa para que no
levantáramos sospechas de la nocturna empresa, porque si alguien nos veía, quizá
se le pasara por la cabeza preguntarse adónde van seis muchachos de madrugada
acompañados de un niño que iría encendiendo y apagando una linterna.
Aquel
gigantesco edificio, un monasterio en sus inicios allende los siglos,
abandonado, usado como fábrica de jabones y grupo escolar hasta su cierre y
decadencia, con insondables misterios, a todos los niños nos atraía con
aprensión por los misterios y las leyendas que circulaban en torno a él. El edificio
más imponente del pueblo. Su historia se pierde en los anales y es fuente de
infinitos estudios, narraciones y cuentos de viejas.
Saltamos
una tapia, una de tantas barreras que esa noche íbamos a jalonar. Cruzamos el
patio con una fuente en el centro, una inmensa parra salvaje y un burro. El
cuadro que se contemplaba venía directamente del romanticismo; el resplandor de
la luna, el claustro, la parra, el cri-cri de los grillos… y nuestras cautelosas
sombras moviéndose como si estuviesen invitadas a un aquelarre. Al burro
nuestra presencia no le pareció ni bien ni mal. Quizá nos tomara por espíritus,
fantasmas inquietos a los que estaría acostumbrado ver salir las noches de luna
llena. Caminábamos con mucho sigilo, pendientes del más mínimo ruido. ¡Sssss!,
decía alguno, y todos poníamos el oído en
alerta apagando las linternas, hasta que alguien rompía el silencio con
un ¡Uuuuu! Esa iba a ser la tónica: muchos ruiditos y gracejos. No veíamos bien
lo que pisábamos, lo que ayudaba a carecer de escrúpulos cuando trepamos por un muro derruido para adentramos en la
iglesia. Con la linterna alumbramos retablos carcomidos, imágenes de santos
desfigurados, el altar con las maderas podridas donde moraría una fauna atiborrándose
de despistados palomos. Desde el techo éramos observados por toda una corte celestial
surcada por murciélagos hiperactivos de ángeles decapitados, mutilados de alas,
cabezas etéreas, filigranas, desconchones y rajas que apuntaban a derrumbe. Detrás
del altar, retirando unos tablones, se abría un agujero a la cripta por la que nos
descolgamos apenas un metro para asentar los pies en el osario. Caminábamos por
una montaña de huesos agachado la cabeza para no darnos con el techo,
escuchando el traqueteo que producen nuestras pisadas al entrechocar de los
restos. Nos agachábamos y cogíamos una calavera y como si estuviésemos
representando a Hamlet, mirándola por si se veía alguna marca de disparo, el agujero
del tiro de gracia, la prueba inequívoca de que estábamos en el lugar donde
habían ido a parar muchos de los represaliados. Las calaveras que cogimos y nos
parecieron oportunas a nuestras disparatadas tesis las
metimos en un saco hasta llenarlo. Cargamos con él y salimos del osario. En la
iglesia de nuevo el ¡Ssssss! Nuestros corazones ya estaban al límite cuando nos
pareció oír golpes, susurros, ecos… Salimos corriendo, en el derribo por el que
habíamos entrado a la iglesia el que llevaba el saco rodó con él por los
escombros, pero ya era tarde para socorrer a nadie. Cruzamos por el patio con
la fuente como almas que lleva el diablo, pasamos junto al burro y esperamos al
que traía el saco.
No
sabía nada de dónde había ido a parar el material hasta que vi entrar a mi
abuela en casa quejándose del aterrador hallazgo. La suerte que corrieron
cuando fueron arrojadas a plena calle sigue al día de hoy siendo un misterio.


