jueves, 30 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XIV)


Trigésimo segundo día.

            Mi abuela entró en un cuartito que tenía en el zaguán de su casa, vio un saco, miró dentro. No podía creer lo que veía, así que, según relató después, lo cogió y lo arrojó fuera. El contenido rodó calle abajo.

            Dos días antes, me había acercado a un grupo de muchachos mayores, entre los que estaba un primo mío, y les escuché hablar acerca un lugar misterioso al que pensaban ir para buscar indicios claros de la represión durante la Guerra Civil. Sería una expedición a un edificio ruinoso, tapiado, que seguramente ocultaba claves en la cripta que sirvió de osario que darían más luz de dónde habían ido a parar muchos de los restos de los represaliados en la Guerra Civil. Que yo me uniera al grupo, era lo de menos para ellos en una época en la que nadie te preguntaba los años, y menos sí tus padres sabían algo
.
            La salida se programó para las dos de la madrugada. Cogí la linterna, a sabiendas que en esa partida el jolgorio se impondría a la vertiente científica, histórica y documental que  le presuponían. Me acerqué a ellos mientras ultimaban los últimos preparativos. Para el caso podía haber ido con un bebé en brazos, ya que nadie me preguntó ni echó cuentas de qué pintaba allí. Se recordó una vez más la norma elementa para que no levantáramos sospechas de la nocturna empresa, porque si alguien nos veía, quizá se le pasara por la cabeza preguntarse adónde van seis muchachos de madrugada acompañados de un niño que iría encendiendo y apagando una linterna.

            Aquel gigantesco edificio, un monasterio en sus inicios allende los siglos, abandonado, usado como fábrica de jabones y grupo escolar hasta su cierre y decadencia, con insondables misterios, a todos los niños nos atraía con aprensión por los misterios y las leyendas que circulaban en torno a él. El edificio más imponente del pueblo. Su historia se pierde en los anales y es fuente de infinitos estudios, narraciones y cuentos de viejas.

            Saltamos una tapia, una de tantas barreras que esa noche íbamos a jalonar. Cruzamos el patio con una fuente en el centro, una inmensa parra salvaje y un burro. El cuadro que se contemplaba venía directamente del romanticismo; el resplandor de la luna, el claustro, la parra, el cri-cri de los grillos… y nuestras cautelosas sombras moviéndose como si estuviesen invitadas a un aquelarre. Al burro nuestra presencia no le pareció ni bien ni mal. Quizá nos tomara por espíritus, fantasmas inquietos a los que estaría acostumbrado ver salir las noches de luna llena. Caminábamos con mucho sigilo, pendientes del más mínimo ruido. ¡Sssss!, decía alguno, y todos poníamos el oído en  alerta apagando las linternas, hasta que alguien rompía el silencio con un ¡Uuuuu! Esa iba a ser la tónica: muchos ruiditos y gracejos. No veíamos bien lo que pisábamos, lo que ayudaba a carecer de escrúpulos cuando trepamos  por un muro derruido para adentramos en la iglesia. Con la linterna alumbramos retablos carcomidos, imágenes de santos desfigurados, el altar con las maderas podridas donde moraría una fauna atiborrándose de despistados palomos. Desde  el techo  éramos observados por toda una corte celestial surcada por murciélagos hiperactivos de ángeles decapitados, mutilados de alas, cabezas etéreas, filigranas, desconchones y rajas que apuntaban a derrumbe. Detrás del altar, retirando unos tablones, se abría un agujero a la cripta por la que nos descolgamos apenas un metro para asentar los pies en el osario. Caminábamos por una montaña de huesos agachado la cabeza para no darnos con el techo, escuchando el traqueteo que producen nuestras pisadas al entrechocar de los restos. Nos agachábamos y cogíamos una calavera y como si estuviésemos representando a Hamlet, mirándola por si se veía alguna marca de disparo, el agujero del tiro de gracia, la prueba inequívoca de que estábamos en el lugar donde habían ido a parar muchos de los represaliados. Las calaveras que cogimos y nos parecieron oportunas a nuestras disparatadas tesis las metimos en un saco hasta llenarlo. Cargamos con él y salimos del osario. En la iglesia de nuevo el ¡Ssssss! Nuestros corazones ya estaban al límite cuando nos pareció oír golpes, susurros, ecos… Salimos corriendo, en el derribo por el que habíamos entrado a la iglesia el que llevaba el saco rodó con él por los escombros, pero ya era tarde para socorrer a nadie. Cruzamos por el patio con la fuente como almas que lleva el diablo, pasamos junto al burro y esperamos al que traía el saco.

            No sabía nada de dónde había ido a parar el material hasta que vi entrar a mi abuela en casa quejándose del aterrador hallazgo. La suerte que corrieron cuando fueron arrojadas a plena calle sigue al día de hoy siendo un misterio.

martes, 28 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XIII)


Trigésimo primer día


            En las vacaciones del verano dos niños venían a pasar unos días en familia a la casa de su abuelo. Desde nuestra perspectiva, por su atuendo, el pelo sin greñas y peinados, limpios como si se hubiesen recién lavado, la ropa sin manchas ni zurcidos, zapatos de cordones, estaba claro que eran niños ricos de los que teníamos constancia la existencia. Sus juguetes no tenían nada que ver con aquellos restos de Reyes que estarían por algún rincón abandonados. Al atardecer, hora conveniente para salir con los amigos para este tipo de niños, sacaban a jugar algún artilugio que nos hacía pellizcarnos sí lo que veíamos era de verdad. Ante nuestros ojos  un vehículo espacial articulado que funcionaba con pilas subía por un montículo de tierra, un cohete al que podías desmontar y ver los entresijos donde se movían los astronautas. Tampoco se olvidaban de restregarnos unos preciosos libros con ilustraciones de animales de la selva, vehículos, oficios... Los sábados podían comprarse el cómic correspondiente. Lo mostraban y a su alrededor nos amontonábamos, mirándonos por el rabillo del ojo a sabiendas la admiración que despertaban al saber que posees un bien preciado, permitiéndote que te parases más de la cuenta en alguna viñeta antes de pasar a la página siguiente. Nos atraían sus juguetes y a ellos nuestra expansión y naturaleza silvestre.

Aparentemente el abuelo era gustoso de darle un paseo en su vehículo a los amiguetes de sus nietos, aunque fuese con la única motivación de que sirviésemos de compañía. La selección para formar parte de la comitiva la soportábamos estoicamente como esos obreros que esperan en la puerta de una fábrica a que salga el jefe y señale a los elegidos que podrían ganarse un jornal. Previa selección de los acompañantes, nos metíamos en su vehículo hasta bosar de cabezas. El abuelo nos observaba impasible, como quien tiene encomendado el traslado de unos fardos. Vasallos a merced de sus principescos nietos.

            Igual que todos, mi deseo era estar entre los escogidos. Me había construido una fantasía de cuento. El lugar de la excursión lo habían apodado “los castillos”. Las mentes a nuestra edad se procuraban primero de las palabras que enmarcarían la actividad para que después todo fuese, una vez titulada, a donde había que dirigir la imaginación. Llegamos al lugar, apretados en el asiento trasero, mientras los dos señoritos se sentaban al lado del conductor. Cuando nos bajamos, la vista se nos perdía por un pedregal, con unos pocos arbustos de linderos y repleto de mojones de piedras que algún labriego había acumulado para limpiar el terreno y convertirlo en una futura viña. Aún quedaba trabajo por hacer. Se supone que construiríamos nuestro propio fortín, pero el abuelo no paraba de señalarnos que nos aprovisionáramos de los materiales esparcidos y el lugar propicio para su construcción. Pensaría que el sentido práctico no estaba reñido con el disfrute lúdico.

            Más pronto que tarde, uno del grupo se peleó con un pipiolo. Apenas lo toco, pero lo suficiente para exagerárselo a su padre, el cual quiso amonestar al ultrajador. Fue en su búsqueda y avisado de las intenciones, el amigo, fue verlo aparecer y poner los pies en polvorosa. El señor se prestó a correr tras él, y detrás del de detrás, comenzamos a correr todos a ver qué pasaba. La gente veía a un muchacho a la velocidad de un tren huyendo de un hombre sofocado a punto de la cogestión que a la vez parecía huir de una bandada  de zagales que le perseguían. Ya en las afueras del pueblo el vengador desistió y regresó sobre sus pasos. Lo oíamos rezongar: lo denuncio, lo denuncio.           
           


domingo, 26 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XII)


Trigésimo día.


Como en todos los colegios, en el mío también se realizaban excursiones. La mayoría habíamos salido poco o nada, y aquellos viajes suponían una indiscutible aventura. Dos autobuses partían a alguna de las ciudades más monumentales, Granada, Sevilla o Córdoba,  a una hora excesivamente madrugadora. Felices e inquietos, los efectos del madrugón se hacía notar pronto; los cuerpos sometidos a los vaivenes de le pintoresca carretera nacional acababan por soltar lo ingerido de desayuno. Los maestros no daban abasto dando bolsas y preguntándose qué demonios habían comido aquellas bestezuelas tan temprano. Los maestros justificaban el poco aguante a que nuestras familias no eran viajeras.

            Cuando llegábamos a la ciudad el aspecto que presentábamos era más de un batallón dado a la fuga con unas ganas tremendas de bajarnos y respirar. Nos hacían ponernos en formación. El traqueteo del viaje nos había secado las fuerzas y tardaríamos algún tiempo en recuperarnos. A
dvertidos de que evitásemos arrastrar el buen nombre del colegio por el fango, pronto se nos olvidaba la promesa.

 Siempre había una catedral que visitar y el maestro con una pedagógica voluntad de hierro nos explicaba tal figura, sillería, fuste a la par que nos regañaba. Recorríamos los espacios con impaciencia, atragantándonos de palabrería y con la mirada en dirección contraria a donde nos señalaba. Regresábamos al autobús camino de algún parque con fuente para que los que no llevaban nada de dinero pudieran aplacar la sed y poder comernos el bocadillo. Correteábamos y nos gastábamos el poco dinero en alguna fruslería inútil. De regreso, muchos dormitaban.

Más adelante, algunos de los que compartimos aquellas excursiones nos embarcamos en un viaje más lejano en distancia y más prolongado en el tiempo. Al frente iba un profesor que nos encandiló con lo que sería una maravillosa experiencia autosuficiente en plena naturaleza. Una Babel de muchachos y algunas chicas, invitados externos, veteranos repetidores con la voz cantante y el resto novatos de primer curso, nos subimos a un autobús con menos asientos que viajeros, por lo que los novatos  hicimos las infinitas horas de carretera sentados en el suelo. En el lugar de acampada, orillando un embalse, cada cual dispuso la tienda como quiso. Mi grupo estaba compuesto por cuatro en una tienda para tres.

 La experiencia de niños montaraces nos sirvió bastante para mantenernos vivos y divertirnos. Desde el primer día echamos mano de todas nuestras tretas para no pasar más hambre de la que podríamos soportar, porque los víveres escasearon, lo mismo que las ganas de cocinar. A todos nos salvó una cantina de un pequeño pueblo a unos dos kilómetros de carretera. La peregrinación fue continua, hasta el punto que hubo días que no te movías de los alrededores esperando que llegase la hora de comer y no tener que pegarte la caminata.

 Al profesor que nos embarcó en la aventura, cuando te cruzabas con él, se le veía un aspecto desmañado y con ganas de tirarnos al pantano. Era un hombre que había perdido la fe. El avistamiento de animales era el objetivo principal; a eso habíamos ido. Desde el primer instante se formaron subgrupos para todo. Cada uno salía como le parecía por las sierras sin rumbo ni concierto al avistamiento de alguna pieza de la rica fauna. Caminábamos con nuestros prismáticos colgados al cuello, y lo más que llegábamos a ver era alguna rapaz en el cielo, ardillas y un rebaño de cabras montesas a una distancia planetaria. En una de aquellas correrías, mi primo –él no era alumno, pero como gran entusiasta de la vida salvaje se apuntó-, dio la señal para que todos nos agacháramos. ¡Un ciervo!, dijo. Cuando llevábamos un buen rato de estar mirando por los prismáticos empezó a vacilar la idea que un animal pudiera pasarse tanto tiempo como si de una escultura se tratase. Un murmullo se fue extendiendo hasta que uno le lanzó una pedrada. El tronco con pinta de ciervo permaneció impertérrito. 




jueves, 23 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte XI)

Vigésimo noveno día

            El cirujano era un hombre corpulento. Me preguntaron mi nombre y si me gustaba el colegio. A las pocas horas, despertaba en la habitación acompañado de mi madre con mi brazo conectado a una sonda que salía de la bolsa colgada en algo parecido a una percha con ruedas.

            Al sexto día de hospitalización, mi padre fue a recogernos. Sentado en la parte de atrás, apoyaba la frente en la ventanilla, miraba en silencio las cunetas de la carretera tapizadas de enormes jaramagos, inmensos remansos en los llanos de la vega, las ventrudas nubes que no dejaban ver el sol, los caminos embarrados con las rodelas de las máquinas encharcadas, cuando escuché hablar a mi padre y decir que iba a ser un verano precioso, sólo había que mirar cómo estaba el campo. Después de seis días hospitalizado, en los que mi madre no se separó ningún momento de mi lado, con aquel vendaje que tapaba la cicatriz y al que una enfermera monja me levantaba para sanearlo, gimoteando al atardecer para que me procurara la monja enfermera aquella inyección que me colocaba en un estado de bienestar y sueño, la placidez de ver a tu madre junto a ti siendo el centro de toda su atención, merecedor de los cuidados y cariños como un soldado herido en una batalla. A las horas de las visitas, los maestros del colegio pasaron a verme y me traían regalos, entre ellos “El Diario de Daniel”, que leí sin pestañear, al que siguió el que me compró mi madre, “El Diario de un Chico de Preu”. Con aquellas lecturas me estaba especializando en los avatares de los adolescentes, que serían los míos, y me entraron ganas de escribir mi propio diario. Por mí hubiera prolongado la estancia hasta el verano, y no sin razón, porque aquel percance me había llegado en el momento que quedaban dos meses para terminar el colegio.

            Una vez repuesto, me incorporé al curso, y la maestra me pidió disculpas, la misma que me regañó el día que me dio aquel tremendo dolor que acarreó la operación de urgencia. Ella veía a al alumno de siempre, excusándose de forma burda y manida de que se encontraba indispuesto porque no quería que le tomaran la lección, cuando la contrastable verdad que le habían enseñado su años de docencia era que no había dado un palo al agua. La perdoné, pero sobre su conciencia aquel suceso tuvo tanto peso que seguramente para descargarla dejó de acosarme con las tareas deslizando el dedo por la lista de la clase para saltarme, temiendo, creo, que era capaz de provocarme otra patología antes que declarar que no había estudiado. Oh, había merecido la pena.

 El curso finalizó y en mis manos estaba el boletín de notas infladas por compasión. En mi cabeza aún no se habían disuelto lo que había anunciado mi resignado padre aquel día lluvioso y gris cuando salí del hospital camino de casa: “con tanta agua, va a ser un verano muy bueno”

            Las calificaciones permanecían ya en el cajón del olvido cuando un vecino, que se había comprado un destartalado SEAT 600  y sin edad para tener carnet de conducir, con el  objetivo de practicar para cuando llegara el momento de examinarse del carnet tener el suficiente dominio al volante que le evitara gastarse el dinero en una costosa autoescuela, nos invitó a otro amigo y a mí a dar un paseo por los caminos rurales. Para aquel propósito le había quitado las dos puertas, para estar más frescos, según él. A pesar que nos faltara años para ni tan siquiera plantearnos la necesidad del permiso, nos dejó conducir y circular levantando unas tremendas polvaredas que se metían dentro del coche y apenas nos dejaba ver por dónde íbamos. Decidimos ir a lavarlo al río. Cuando llegamos, no le apreciamos mucho caudal, así que tomamos la decisión de lanzarnos desde lo alto del camino para cruzarlo por la vaguada asfaltada. El vecino, al volante, como si manejara un todo terreno, aceleró cogiendo tal velocidad que el poco caudal hizo de pared y no estampamos contra él. El agua entraba por una puerta y salía por la otra corriendo por nuestros pies, al tiempo que la fuerza provocaba que el coche se fuese escorando en la dirección del río. A pocos metros, la vaguada se cortaba y el agua caía a una  poza a un metro de altura. Eso es lo que nos esperaba si no poníamos empeño en salir pronto: ahogarnos montados en aquel trasto. Al final, logramos sacarlo con muchísimos apuros. Regresamos al pueblo pensando que lo mejor del paseo era que aún seguía vivo, porque quedaban muchas vacaciones por delante para haberlas malogrado tan pronto.
           


lunes, 20 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte X)


Vigésimo octavo día

            Aquel verano fue el primero que vi a mi padre hacer ejercicio. Tomó la saludable costumbre de hacer una especie de tabla de gimnasia que aprendería, imagino, de niño en el seminario. Un barreño en el patio había estado al sol toda la tarde,  le servía para darse una ducha al final de su sesión gimnástica. Milagrosamente, yo había aprobado el curso y eso bastaba en mi casa para otorgarme un salvoconducto y poder respirar los aires de libertad que tanto me llamaban. Ya no íbamos al río a bañarnos. Los dos amigos cogíamos el autobús después de comer con destino a Málaga, pagábamos un billete hasta una pedanía a diez kilómetros. A esas calcinantes horas, el núcleo de casas eran más el decorado de un pueblo abandonado en el que el único signo de vida era un perro buscando una sombra.

 Nos apeábamos y emprendíamos la marcha, sin el menor atisbo de sombra, de más de dos kilómetros hasta tomar un camino por medio de una finca de sedientos almendros. Al llegar a lo alto de la loma aparecía la laguna, majestuosa, inaccesible, cercada por pastizales de juncos y con un collar de ovas por todo el perímetro en las zonas poco profundas que se adentraba como una manta extendida en la oscura y secreta profundidad. La zona de baños desde la que podías acceder estaba delimitada por un promontorio que terminaba en pendiente en busca del agua y con salientes desde los que te lanzabas. Teníamos la laguna para nosotros. En la absoluta confianza de nuestras fuerzas, nos fuimos convirtiendo en animales acuáticos, dando brazadas sobre una negrura en la que flotaba alguna ova desprendida enredándose en las manos. Cansado, si querías recuperar las fuerzas te girabas y flotabas en el agua salobre, notando cómo el espíritu se desprendía del cuerpo: sólo el alma perdiéndose en el incandescente cielo.

 Los días festivos coincidíamos con otros bañistas que ambientaban el paraje con un radiocasete gigante del que no parabas de oír al grupo Triana. Aquella melodía que decía  “Yo quisiera saber si tu alma es igual a la de cualquier mujer…cada noche mi vida es para ti como un juego cualquiera y nada más… nararanana eeheheh… cada noche mi vida….”   Una melodía que tenía la propiedad de convertir aquella cegadora luz, al agua como tinta, la vegetación pajiza, la mirada desconfiada de una tortuga que asomaba la cabeza,  las huidizas fochas en el extremo opuesto, el vuelo de los abejarucos con su plumaje tropical, en un edén; el paraíso del que teníamos que marcharnos para no perder el autobús de regreso exponiéndonos a tener que caminar varias horas de noche hasta el pueblo.

            Regresábamos. En la pedanía, a la espera del autobús, siempre nos quedaba tiempo para entrar en un solitario bar atendido por un hombre mayor al que le preguntábamos si tenía zumos. Él respondía que sí, que los tenía de pera, piña y “maracatón”. Nos mirábamos conteniendo la risa, al tiempo que empinábamos el botijo de agua fresca y gratis. Al  pobre señor se le quedaba la expresión congelada de si le estaríamos tomando el pelo a la vista que siempre preguntábamos lo mismo y no consumíamos.

            En el patio de mi casa, aún quedaba cantidad en el barreño para quitarme los sahumerios pegados a mi piel de aguas pantanosas y caminatas.

viernes, 17 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte IX)


             
 Vigésimo séptimo día            


             En mi familia se exageraban las historias, no cabe duda; pero estar inmerso en narraciones truculentas y fantásticas, era algo que alimentaba la pasión por vivir, y de ser tan pasionales terminamos siendo únicos. A las sucesivas generaciones sólo nos dejaron las historietas de familiares donde no sabías distinguir lo real, lo exagerado, lo épico y la mentira, como esas novelas juveniles que se pusieron de moda en los ochenta donde tú podías escoger el final de cada capítulo entre varias alternativas para que la historia tomara por derroteros diferentes. 

              El cine, cuando todos los hermanos íbamos los domingos por la tarde y veíamos una de aquellas películas donde los malos eran perversamente malos y no terminaban bien; me servía para cuando oía las mismas historias de parientes, que ya no estaban entre nosotros, ponerles la cara según los rasgos que se definían en mi mente de acuerdo a las maneras de comportarse buscándole semejanza con los actores del celuloide. Habría sido muy extraño que le colocase una cara redonda y bonachona a tal familiar egoísta y manipulador cuando escuchaba que le había pegado un tiro por el ojo de una cerradura a su suegro; el rostro con el que lo imaginaba era el del archivillano Fantomas.
             
Sobre los tíos de mi madre se reescribía continuamente una historia que iba de lo mítico a lo esperpéntico, parando en la estación de lo melodramático. Hijos de la tatarabuela, una madraza y dulce (las fotos no le desmerecen), aquellos varones se entregaron a todo el espectro de conductas según soplaban los vientos narrativos y el ánimo de quien relatara. De las pocas pruebas documentales que podían constatarse, a los descendientes nos llegó medio testamento, ni siquiera entero, de unas cincuenta páginas con un sinfín de propiedades. Una herencia de sólo eso: un documento de cincuenta páginas  para nuestro asombro y perplejidad, y por qué no, coraje, al ver que ni una coma de lo que allí había escrito estaba en nuestras manos. La historia de cómo se dilapidó tanta casa y finca nunca fue exacta, y si tiene alguna importancia prestarle atención es para invocar un pasado en el que se mezclan una idea romántica de aquellos parientes con algo de pavor de que sus genes de malas cabezas anden rondándonos. Una versión es  que les sirvió para convertirlo en oro y salir huyendo de España a Francia y así protegerse de la carácter levantisco que mostraron durante la República y que en la Guerra Civil les iba a acarrear grandes desgracias; la otra explicación, era que la madre (la tatarabuela) no fue capaz de ponerles coto y les sufragó los vicios a aquellos hijos varones para que quemaran su salud en juergas y mujeres protegidos de pistoleros guardaespaldas, a la par que convertían en cenizas su patrimonio.  

Así visto, unas veces nuestros antepasados habían sido lo más parecido a héroes fundadores de una república allende los mares; otras, una pandilla de personas sin juicio víctimas de desaprensivos que los desplumaron; y los días nublados, cuando las cosas no pintaban bien, los culpables de todos los descalabros que la vida nos acarreaba.

Sin las propiedades que de aquel abultado testamento que volaron como hojas en otoño en sus manirrotas manos, y que por un cosa o por otra, nunca pensaron en conservarlo devorando hasta el último renglón escrito, el legado que llegó, fue,  milagrosamente, una máquina de coser de manilla, una cómoda y unos enormes cuadros de imágenes de santos. El debate y la negociación de quién heredaría aquel minúsculo patrimonio encendía los ánimos de las tres mujeres con intereses: mi abuela y sus dos hijas, mi tía y mi madre. Las tres entretenían las tardes de mano sobre mano para discutir, pelear y sobrevalorar aquel mobiliario, como si estuviesen hablando de fincas y cortijos, sin ponerse nunca de acuerdo de a quién le pertenecía por derecho y por qué lo tenía en usufructo.

Nadie podía poner paz en la discusión sin salir indemne. El desacuerdo era constante y ponía fin, hasta nuevo encuentro, con la abuela jurando que no pisaría más mi casa, mi tía que jamás le dirigiría la palabra a ninguna, y la otra  hija, mi madre, elevando el nivel de la representación como la que más tocada y a la que más daño le habían hecho las afrentas haciendo una de las suyas: tirarse al suelo y simular que era presa de un ataque dando pataletas.

Uno, en el desconocimiento por falto de experiencia, veía aquella inigualable escena angustiado y tomado partido por el sufrimiento que padecía su madre, sin saber que estaba frente una de magnífica representación teatral a la que la vida si le daba derecho. 


miércoles, 15 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte VIII)


Vigésimo sexto día.    

            Caminabas por aquellas calles con tiendas de comestibles, bares, comercios de todo tipo: zapaterías, ultramarinos, ferreterías, carnicerías, fruterías… un mercado de abastos. Contemplabas los locales de oficios singulares especializados en arreglar máquinas de coser, talabarteros, lateros, esparteros, lecheros, zapateros, carpinteros, traperos, carboneros, caleros; tiendas de muebles, de electrodomésticos, talleres de motos, de automóviles, de maquinaria pesada, bancos, gestorías, funerarias… Inmerso en ese bullir de actividad al que se unían los buhoneros de venta ambulante dando voces, los que arreglaban somieres, los que compraban cacharros viejos por cuatro perras, los que vendían  botijos, barreños, macetas, mantas, cortinas, ropa interior… Y en las afueras del pueblo, una gasolinera de trapos usados grasientos arrojados al suelo, atendida por el mismo empleado desde que tenías uso de razón, con su gorra de propaganda de abonos, un mono cubierto de manchas, una cartera cogida al cinto donde llevaba el dinero y un paño de usar y no lavar asomando por el bolsillo del mono.

            Un paisaje urbano por el que puedes pasear hoy sólo con la memoria, de la misma que te tienes que valer para reconocer el campo, los ríos, los valles, las sierras por las que anduviste. Hoy, muchos de los cortijos de tus andanzas están derruidos hasta quedar apenas montones de cascotes con sus eras ocultas entre la maleza. Las albercas donde te bañabas secas. Siguen las fuentes y los pozos pero de los que ya no se te ocurre probar ni gota y por todas partes cercados, puertas, vallas, letreros de prohibición.

En el recuerdo, veo un camino, ahora asfaltado, antes polvoriento, por él marchamos los cuatro miembros de la sociedad de espeleología para meternos de cabeza en una sima, boquete o agujero que estuviese en la geografía y en el límite de la resistencia física de caminantes de siete leguas. Pertrechados con las mochilas, una cuerda de grosor y dimensiones que sólo el cargar con ella ya era una proeza, los cascos de obra para la seguridad de no perecer descalabrados con algún saliente o roca desprendida y por eso de que el atuendo hace al hombre, cantimploras las menos, alguna linterna de petaca, un hacha y machetes. Disfrazados de tal forma que cuando nos cruzábamos con alguien nos era extraño que nos mirara asombrado: tanto valíamos para sacar un borrico de una acequia como para levantar la carpa de un circo.

            La primera salida de exploración la planificamos para ir cogiendo técnica, práctica. Sopesamos la ventaja de la proximidad. Una cueva en la cima de la sierra que colindaba con el pueblo. Subimos con todo nuestro atrezo  entre los peñascos, mortificados de los pinchazos de las ulagas. No era la primera vez que la rondábamos, salvo que ahora estábamos dispuestos a entrar. Un agujero de un metro escondido entre unos arbustos daba a una sala cuadrada de las dimensiones de un salón de una vivienda normal, con otra pequeña habitación a media altura del suelo. La entrada en vertical y de unos dos metros por la que sirviéndonos de la cuerda nos descolgamos. Cuando estábamos los cuatro dentro, medio a oscuras, relampagueando con la linterna y la bombillita del casco, alguien siseó, porque le parecía haber escuchado un ruido. Todos nos callamos. El silencio era completo, hasta que se escuchó  "yo me voy" y fue la señal para que todos quisiéramos salir el primero tropezando unos con otros. Mi primo, el más aguerrido hasta el momento, escaló por nuestras cabezas y logró salir al exterior primero. Una vez fuera, todo nos reíamos y bromeábamos. ¿Miedo? Imposible. Mal nos íbamos a ver si a la primera de cambio íbamos a correr como niñatos.

martes, 14 de abril de 2020

Lo que éramos. (Parte VII)


Vigésimo quinto día.

            Los vientos del desarrollo llegaron. Cuadrillas de obreros fueron levantando calle por calle el suelo y se perdieron para siempre aquellos empedrados de cantos blancos; las farolas que se encendían al atardecer a cargo de un empleado municipal que portaba una vara con la que accionaba, una a una, el interruptor en las calles principales; en los callejones una esmirriada bombilla sujeta a algo parecido a un plato boca abajo, alumbraba apenas unos metros; también, el viento del progreso hizo que desaperecieran los dos hombres que arrastraban una enorme manguera todas las tardes de verano, abriendo las bocas de riego y enganchándola para baldear y refrescar. El agua describía un arco por el que los niños pasábamos y el regante, padre de familia numerosa, nos rociaba de agua regocijándose de la broma. Y no dejó de soplar hasta que un día mi abuela, que se sentaba todas las tardes en su puerta con las vecinas a hacer su labor de ganchillo, ya no se vio más. Hablando y ,entre ellas, acusándose de copiarse los patrones, como si de niñas de colegio se tratase, por ser quién hacía el paño más primoroso. Arrastró el aire a aquellos derrengados hombres que  las noches de calor se tumbaban en las aceras, las mismas que eran barridas una y otra vez por mujeres de mangas arremangadas y con beatas en las rodillas de fregar los suelos postradas; el retumbar de huestes de niños corriendo por las costanas de las calles, apareciendo en los lugares más remotos del pueblo y huyendo porque eran territorios vedados en guerra de pandillas por una enemistad que se fundamentaba en algo tan primitivo como el territorio. Giró la veleta hacia la dirección del progreso. Pasamos a costumbres más “modernas”. La televisión arrasó con el ajetreo nocturno en las calles. Las familias, pegadas al televisor,  hipnotizadas y descubriendo que las formas de vivir eran más anchas y que nuestras vidas mejorarían si las llenabas de un sinfín de necesidades.

 Entonces coincidió que Féliz Rodríguez de la Fuente nos mostró el mundo de  la naturaleza, los animales salvajes, las aves… y que allí, sin tener que ir lejos, en aquellos cerros tan cercanos podía tú mismo ser un Féliz. Siempre habías mirado aquellas sierras de la comarca como si la distancia las hiciese pertenecer a un país extranjero. Una pulsión en forma de jugo corría por tus venas pidiendo descubrirlas, que te convirtieras en un aventurero abriéndote a aquellos confines ignotos como si se tratase de descubrir el Orinoco.

Cuatro muchachos nos agenciamos una tienda de campaña, cuerdas, sacos de dormir y más pertrechos originales o caseros. Los curas del pueblo nos cedieron un local a trasmano de la Parroquía por el se accedía cruzando un callejón inmundo y oscuro. Allí montamos la sede. Lo llamamos club de espeleología; un cuartucho con un ventanuco y una puerta cerrada que daba a la sacristía y que se supone que no se podía abrir, cosa para nosotros imposible de soportar. El local constaba de una mesa, sillas y un armario donde guardábamos el material, todo viejo y que en su día sería el mobiliario humilde de alguien que habitó aquella morada. En el armario guardábamos los cascos de obra adaptados con un pequeño portalámparas y una pila de petaca para la espeleología, maromas de distinto tamaño, mochilas y otros enseres de dudosa utilidad, salvo la botella de Licor 43 que uno de los socios sisó del bar donde trabajaba su padre. Nuestras asambleas, con un vaso de aquella empalagosa bebida en la mano, emulaban a los personajes de las películas, ideando empresas y chifladuras, muchas de las cuales deberían estar en los manuales de las insensateces que los adolescentes son capaces de hacer a su libre albedrío.

 Mis padres, como siempre, no eran amigos de mis devaneos naturalistas porque me robaban horas de estudio, cosa que se constataba con unas notas suficientes pero en absoluto dignas. ¡Estudia!, me soltaban, cada vez que me veían tramar mi escapatoria. Algún que otro día, siempre con un examen a las puertas, se me hizo tarde mi regreso del club de inconscientes espeleólogos. Me encontraba con el pestillo de la puerta de entrada a casa ya echado. Mi madre abría un poco el postigo del balcón y me decía que a esas horas yo ya no vivía allí. ¿Dónde, pues? No me quedaba otra que buscar refugio en casa de mi abuela que me acogía como se debe de acoger al nieto pródigo. Una de tantas lecciones en toda regla que no aprendí definitivamente hasta que mi madre se presentó en el club un día que se nos había ido el santo al cielo amaestrando una culebra enorme y disfrutando viendo cómo se ponía a la altura de nuestras rodillas. Ni siquiera llamó a la puerta. Entró hecha una furia y con la mirada habría fulminado al asombrado reptil cuando vio el panorama. Mi vida iba a dar un giro completo. Se terminaron las tardes en el club. A partir de aquel día mis movimientos se parecerían más y mejor a los de aquel pobre ofidio para evitar la vigilancia a la que sería sometido en pos de aventuras.

sábado, 11 de abril de 2020

Lo que éramos. (Parte VI)


                                                  (El Torcal)
Vigésimo cuarto día

            La gente se ganaba la vida como podía. Todo el mundo tenía una actividad. Desde la perspectiva de niño, el mundo de los adultos era todo frenesí, movimiento, ir de aquí para allá y voces, muchas voces. Te despertaban los gritos de tu madre, los mismos que oías en forma de mil amenazas. Las tabernas estaban llenas de hombres vociferantes. El que vendía huevos a domicilio, gritaba desde el portal, con un punto de picardía, sí teníamos huevos. Las mujeres charlaban esperando su turno para comprar mientras se ponían al día.  Pasado el mediodía, la celeridad se iba frenando, como si las energías se estuviesen reponiendo. En mi familia las rutinas continuaban.

            En noviembre de 1975 el dictador falleció. Se declaró una semana de duelo, que traducido al argot de estudiante era que te regalaban un oasis de tiempo de infinita felicidad. Mi primo estaba haciendo ya sus pinitos en el mercado laboral. El primer día de luto nacional, estuve con él toda la mañana mientras ayudaba a su padre a empapelar una pared en un comercio de electrodomésticos. Su padre pretendía enseñarle el oficio. Él procuraba hacerlo lo peor posible quejándose todo el tiempo. Por algún motivo, nos quedamos solos y nos dedicamos a indagar entre los aparatos que por allí había. Buscábamos imanes. A los muchachos de mi generación los imanes nos atraían como las alhajas a las reinas. Sé que estropeamos unos altavoces que ya no funcionaban, suponíamos, para extraerlos. ¿De dónde procedía aquel ancestral apego a apropiarte de algo por el simple hecho de que estaba arrumbado y creías que ya no tenía utilidad?

            Aquella edad en la que los adultos comenzaban a perder la distancia hacia nosotros, pero aún mantenían ese brillo frío de estrellas en el firmamento, dejamos el colegio y el mundo, a los pocos meses,  se había transformado en otro muy diferente, que unido a los prodigiosos cambios que operaba la naturaleza en tu cuerpo, fueron los culpables de verte por la vida como una brújula sin norte.  Palpabas una neblina de objetivos de los que te tendrías que hacer responsable, cercándote en un mundo más estrecho de miras donde el juego había perdido su función vital. Es muy curioso que comiences a hacerte adulto en el mismo momento que la historia prepara un cambio cultural y social en la sociedad. No me refiero a que ya podías ver el primer pecho en papel cuché. La gente comenzó a ser más efusiva en sus declaraciones, aunque aún persistían en los más mayores las ganas de no comentar y de no meterse en camisa de once varas. El cambio a más libertad nos llegaba precisamente para facilitar una madurez con menos hipocresía. Pero todo poco a poco, como la humedad que se filtra de un pozo. Las generaciones que nos precedían y que nunca repararon en nuestra existencia, sembraban en nuestras conciencias de adolescentes los modos de ser rebelde en sus diferentes poses de cuestionar todo lo cuestionable. La solidez de los argumentos era lo que menos importaba. La rabia, el coraje, la lucha…, una dialéctica manoseada por todos y que dejó colgado para el resto de sus vidas a más de uno. Para una gran mayoría de aquellos jóvenes de barba y gafas de pasta dura era salir en la foto de los actores pujantes del cambio social llenando nuestras cabezas de baratijas teóricas hilvanadas entre bocanadas de humo de porros. Una perfidia más de aquellos pequeños burgueses con ropajes de mitificados revolucionarios. Nosotros los observábamos con el pragmatismo que aún nos duraba de la infancia de niños correosos, duros y de pedrada ligera. También nos adaptamos a los tiempos de idealistas calzando lo último en zapatillas Paredes y  niquis Fred Perry. Revolucionarios de marca liberados por fin del sentido práctico de  tu madre  para que vistieras los pantalones de campana y las camisas de cuello de pico con estampados de playa de tu hermano mayor que te hacían ir con cinco años de retraso de la fecha del calendario.

 Los compañeros que venían de otras localidades sin instituto a estudiar se hacían pasar por mundanos cosmopolitas, cuando en sus casas todavía se hacía matanza por San Martín. Los mirabas y los detestabas por la tremenda suerte de liberarse de sus familias,  de  no padecer aquella vigilancia que no cejaba las veinticuatro horas para echarte en cara que no habías tocado un libro.
           

viernes, 10 de abril de 2020

Lo que éramos. (Parte V)


Vigésimo segundo día

            Mención aparte merecen algunas de los edificios que formaban el paisaje urbano. Muchos, ya abandonados a la decadencia y ruina, a la lepra de las fachadas, los tejados abombados ajardinados de hierbajos, higueras y parras asilvestradas en los patios, suelos de barro, paredes con cenefas torcidas, alacenas con familias de ratones, cabeceros de cama sin somier, puertas desvencijadas, lebrillos con lañas, cables sueltos y troneras en los tejados donde cada año  la pertinaz lluvia se colaba embarrando. La casa que lindaba con la mía enarbolaba aquel destino silencioso y miserable del que se habían adueñado los gatos que se solazaban en los alféizar de las ventanas con postigos desportillados de pesarosas digestiones o los veías con su parsimonia y circunspectos pasear por el derruido tejado.

La mayoría de las casas de la acera donde estaba la mía, al estar construidas en la ladera, era normal que tuvieran varios niveles descendentes a medida que entrabas por la puerta camino de patio. Cerca, un caserón llamativo por su enormidad deshabitada, bien conservado pero con la huella del tiempo en sus repetidos encalados y parches de revoques. Desde una ventana de mi casa, la misma que te mostraba las ampulosas vistas de la vega, veías una terraza que estaba en la planta baja y construida sobre unos pilares de rasillas que se elevaban desde un enorme solar a una altura que nadie con conocimiento habría aprobado como segura y resistente. De aquella terraza, rodeada de barandas en las que en su tiempo colgaban macetas de geranios, se abría una puertecilla de la que partía una escalera con la misión de comunicar un patio de enormes proporciones donde prosperaba un tupido herbazal de medradores yerbajos, capaz de guarecer una tribu de la Amazonias. Aquel turbio edén estaba separado por un altísimo muro por donde asomaba la cabeza cuando me subía a la pila encastrada en él. La altura era suficiente para que tu caída pasara desapercibida y desaparecieras para siempre, quizás devorado por gatos como tigres y otros espeluznantes monstruos y, paradójicamente, tan cerca de los que te buscarían por el polvo de la tierra. Era mirar y angustiarme cuando me fijaba en la escalera que se interrumpía antes de llegar al suelo como si algún endriago la hubiese arrancado. Aquella malograda obra que debía de conectar una plácida terraza con aquel lugar de pesadilla, producía escalofríos a una mente soñadora.

Más adelante, en la esquina, estaba la vivienda de un hombre anciano, solitario, cetrino y que evitaba mirarte, del que se decía que había asesinado a su mujer antes de la guerra. Lo veíamos acercarse y se nos cortaba la respiración, no fuera que sus instintos se despertaran. Doblabas y subías por la calleja en cuesta para asomarte a un ventanuco a ras de la calle por donde  traspiraba una gruta excavada de orígenes remotísimos, la cual era una de tantas que en la plaza del pueblo, situada a una decena de metros por debajo del nivel de la casona, se adentraban aprovechando la ladera de la sierra y que sirvieron para tantos menesteres. Él último conocido, fue de discoteca. Por la noche veías como destellaban luces a través de  aquella oquedad. Era como si en el infierno estuviesen de fiesta.

Con el tiempo llegó la renovación. Las propiedades fueron pasando a otras manos y se derribaron algunas para construir, de acuerdo al canon de la época, edificios sin personalidad llenos de barandajes, ventanales, zócalos con terrazos  y colores de buhardillas.

Quien compró la casa vecina, no tuvo otra ocurrencia que parar la construcción con la estructura hecha y dejarla en condominio para mis juegos. El acceso a la obra era inexpugnable, salvo para mí.  Saltaba por mi patio a un tejado y de allí pasaba a la obra. Fabriqué con los ladrillos destinados a la tabiquería, junto con mi primo, que también le cogió gusto al sitio, un habitáculo en la parte más alta. Un día escuché a mi madre dar voces en la calle llamándome. Momentos antes me había negado mi demanda de irme a jugar con su determinante y manida palabra ¡estudia! ¿Por dónde me había escapado, si la puerta de la calle estaba cerrada ?  se preguntaba. Regresé sobre mis pasos con la premonición de que más pronto que tarde me descubrirían y perdería mi ínsula de promesas de aventuras.

jueves, 9 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte IV)


Vigésimo primer día

            Todas las culturas, al menos las antiguas, parece ser que tenían un rito iniciático en la vida que marcaba un antes y un después. El mío fue con diez años.

            El día señalado, sin preparación y con la conciencia de un niño sensible, mi madre me pidió que le diese un beso de despedida a un amiguito en la frente.

            Un día antes, su madre le había dado el dinero para ir a la piscina. Festivo en el almanaque, la mayoría de los niños no íbamos porque se abarrotaba de gente y  la entrada costaba más cara unas pesetas. Un hombre fuerte y buceador lo encontró. En aquellas aguas sin tratamiento, la oscuridad era total en el momento que te sumergías. Nadie se había dado cuenta que llevaba horas ahogado en la parte más profunda.  
          
El fin de una vida, el final de alguien que estaba empezando. El amigo con el que el día antes habías estado correteando y que ahora posaba en su cama vestido como si fuese a dar un paseo mientras lo velaban mujeres rotas, en aquella casa donde no dejaban de entrar y salir gente con los ojos enrojecidos. A los compañeros de juegos, en silencio e intimidados, nos habían vestido con la ropa del domingo porque lo acompañaríamos llevando de las manos unas cintas amarradas al blanco féretro. Con una curiosidad que te sobrecogía, formábamos en la puerta de la entrada de la casa donde las madres nos habían aparcado.  Era lo dispuesto. Hombres y mujeres pasaban a nuestro lado y nos miraba con tristeza. El padre nos vio y se acercó entre lágrimas, con la mano temblando empezó a frotarnos la cabeza a cada uno. La caricia más triste que jamás recibiríamos.

Ninguno era capaz de expresar nada.  Apenas teníamos vocabulario para redactar aquella odiosa narración que nos pedían los maestros al volver de vacaciones, cómo íbamos a encontrar palabras para manifestar lo que sentíamos si nuestra capacidad de verbalizar se limitaba a dar voces, a hacer  aspavientos mientras corrías, saltabas o te revolcabas de la risa. Lo más duro de la vida a lo que nos habíamos enfrentado hasta el momento eran las magulladuras, alguna herida reparada a base de puntos y que te dejaba una gloriosa cicatriz, un brazo durante una temporada en cabestrillo o tener una pierna o un brazo escayolado.

Allí perdido, en el sanjuán de la casa, sentí como me cogían de la mano y me llevaban hasta el velatorio por las habitaciones llenas de adultos que me miraban curiosos. Un niño, sensible e impresionable, estaba a un instante de  recibir un golpe de efecto que marcaría el antes y el después que le ha acompañado toda la vida en un recuerdo por la entereza de autómata que mostró y por el gesto de su madre de fortaleza ante las desgracias cuando le pidió que se despidiese de su amigo con un beso en la frente.

Años después, en verano, la vida aún no se había sobrepuesto en aquel hogar. Las noches de calor abrían la ventana de par en par del salón que daba a la calle, podías mirar y  aún ver su retrato grande en la pared de cuando hizo la primera comunión. Entonces, la memoria te llevaba a aquel día de fiesta, el intenso calor del verano y al ajetreo que de pronto se levantó en la vecindad. Te ves a ti mismo como permaneciste en silencio cuando unos gritos rotos te llegaban y no eras capaz de comprender la causa. El paseo final cogiendo con la mano la cinta que estaba atada a la caja blanca. El beso.


martes, 7 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte III)


Stonehegen

Vigésimo día

Quién podía pensar que íbamos al río a bañarnos, si ni siquiera nosotros lo sabíamos momentos antes. El río estaba a unos dos kilómetros del pueblo en caída libre. Llegábamos en poco tiempo por una pendiente de secarrales y con los oídos perforados del canto achicharrante de las cigarras. El sol por encima de nuestras molleras, recalentándo los pocos sesos que teníamos. Cuando te encontrabas ya frente al remanso, zambullías tu esmirriado cuerpo en calzoncillos, mirando de reojo las orillas con sus oscuridades y oquedades que no presagiaban nada bueno. Al regreso, el hambre y el cansancio nos mortificaba. Una cuerda de niños tostados como granos de café, subíamos la pendiente camino del pueblo con un paso mortecino, sin fuerzas, arrastrando los pies dentro de unas sandalias.

En casa te esperaba la misma pregunta. ¿De dónde vienes, que parece que te has estado revolcando por el suelo? Apenas tenías energía para llevarte la cuchara a la boca y no estabas para muchas explicaciones.

 Cuando abrieron la piscina municipal, ya no tenían sentido los baños naturistas. Les pedíamos a nuestras madres el dinero de la entrada infantil.  Provistos de  una toalla y con aquellos bañadores que gastábamos confeccionados de retales de sombrillas de playa, teníamos tiempo hasta la hora del almuerzo; otros, en cambio, podían estar hasta el cierre al atardecer.

¿Es extraño que te dejaran ir sólo? No, porque en cierta forma tu madre confiaba que siempre estabas tutelado por alguien. Un hermano mayor, un primo, o la misma idea gregaria de que como ibas en grupo  estabas bien  acompañado y protegido. Entrabas pagando en taquilla tu tique y por un sendero ibas al vestuario, un chambado donde estabas obligado a dejar tus pocas pertenencias atendido por un señor, vestido con unos enormes calzones de baño de los que sobresalía una oronda barriga, cogía tus pertenencias y  te entregaba un chapita con número atravesada de un imperdible para que te lo engancharas en el bañador como aquellos colgantes que veíamos en las películas de guerra cuando se los arrancaban del cuello a los soldados caídos en combate. La visión de cerca de la piscina lograba que una sensación incierta y poco placentera te subiera por la boca de estómago, porque tenías el suficiente conocimiento de saber que estabas excluido de los niños que se contaban con los dedos de una mano que sabían nadar y cuya mejor muestra de competencia natatoria era estar metido todo el tiempo en el agua hasta que tu piel adquiría la textura de un pollo desplumado, lanzándote a las profundidades, emerger y agarrarte al borde antes de que te faltara la respiración; de la visión del vaso de unas dimensiones oceánicas para nuestro tamaño; de que te podías resbalar en el borde y desnucarte para siempre; que la parte más profunda llegaba hasta los cinco metros y así se evitaba que los que se tiraban de uno de los tres trampolines con una altura de rascacielos no se clavaran en el fondo; que el agua tenía una temperatura de glaciar pues venía directamente del nacimiento en una ladera de la montaña y salía por los rebosaderos camino de las huertas del pueblo; que todo lo que se sumergiera más de un metro ya era invisible a los ojos de cualquiera... En definitiva, que o eras un valiente o para qué habías ido.

           Tampoco podías contar con el socorrista, un hombre lobo apostado la mayor parte del tiempo en el mostrador del bar dedicado a trasegar cerveza y vigilar especialmente a las bañistas. Para él, el resto apenas existíamos, a no ser que tiraras algún papel al suelo o te pusieras a hacer el ganso. Rara vez nos advertía que estabas metiéndote en una zona que no hacías pie y te advertía que allá tú si te ahogabas.

De regreso a casa, sin ninguna sombra, con hambre de siete perros y calcinados hasta las entrañas, aún nos quedaban energías para adentrarnos en  algún descampado o derrumbe, hurgar entre la maleza, aprovisionarnos de un palo y llegar a casa con él como si de una báculo se tratara.


lunes, 6 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte II)


Decimonoveno día.

            Llegaba el verano y con él las vacaciones. Ningún niño tenía programado nada, así que se presentaban por delante una eternidad de días sin contenido, de existencia errante con unas horas fijas de presencia en tu casa en la que tenías que estar: almorzar, cenar y la siesta. Como patio de recreo gozabas de varios kilómetros del pueblo a la redonda. Te despertaba el trajín de la calle. Escuchabas las voces pregonando chumbos, el coche que vendía “pollos de las patas gordas”, que también llevaba patos pequeñitos que se convertían a las pocas semanas en animales voraces y con un destino incierto porque lo ponían todo perdido de excrementos. Nadie te llamaba para salir de la cama. No aguantabas más, te llegaba el olor de los tejeringos que tu madre había traído y un café de cebada recién hecho entraba por el dormitorio comunal de todos los hermanos. Desayunabas. Te acicalabas al estilo de la época, escurriéndote a la calle disimuladamente y evitando tropezar con tu padre o tu madre. A esas horas ellos llevaban un buen rato en sus faenas. Mi padre con su obsesivo sentido del aprovechamiento del tiempo, enfrascado en la organización del colegio a la vuelta de las vacaciones, lo último que quería ver era a un hijo inactivo y sin nada aprovechable que hacer. Corrías el riesgo de que te sentara a repasar matemáticas a su lado. Albergaba la sospecha de que eras un negado y todo el repaso de la materia sería poco para sacarte del pozo de la ignorancia. La mañana se podía convertir en un auténtico infierno si no lograbas darle esquinazo. Mi madre, en compañía de mi abuela que le ayudaba en la logística familiar, pasaba la mañana en el trajín de las tareas domésticas.

Con todos los sentidos en alerta, escapabas. Una confluencia de callejones y su conexión con el núcleo principal del pueblo, la plaza, convertía la calle donde vivías en una de las más transitadas en las que se desarrollaba una actividad humana difícil hoy de imaginar. Los negocios iban desde zapateros de vaso lleno de vino, tiendas de comestibles, lecherías, droguería; en varios portales se vendían hortalizas, melones y sandías, alfalfa fresca para los conejos, casi todo de las propias huertas del pueblo. La calle estaba sumida en un fragor de ruidos; voces, del cansino paso de bestias de carga, la marcha de algún que otro vehículo. Te cruzabas con una reata de mulas cargadas con serones llenos de escombro de alguna obra camino del vertedero como una caravana del desierto, el puesto del  hombre con cuchillo en ristre y su capacho de su mercancía gritando a pleno pulmón ¡chumbos!, el mismo que te llegaba en el duermevela momentos antes como un gallo de corral y una ingente columna de amas de casa que venía del mercado con un cesto donde casi siempre asomaba un ramillete de acelgas. Te apartabas para que pasara la furgoneta de venta ambulante que apenas podía circular. Un bullicio ideal  para camuflarte y pasar desapercibido.

 Los amigos llegaban de manera pausada sin número fijo, ni siquiera el lugar estaba determinado, aunque casi siempre coincidíamos en el escalón de un portal de la plaza. Un día éramos cinco, seis, y otro estabas tú solo. Observábamos el trajín de la vida como insectos, pues  nadie reparaba en analizar lo que veía y hacer metafísica, por algo éramos niños operativos, con la lógica de una sencilla máquina cuyos engranajes vitales lo único que pedían era ejercicio. Mientras el desayuno se asentaba, gozábamos de la vista del mundo moviéndose a nuestro alrededor con el soniquete de fondo de la “sulfurera”, la única industria encastrada en el pueblo que nos acompañaba todo el año con su ruido de válvulas de vapores y cuya chimenea, símbolo del frustrado progreso, desapareció en los años ochenta. A las dos de la tarde, su sirena se oía varios kilómetros a la redonda y nos advertía del poco tiempo que nos quedaba para regresar a casa a almorzar, allá donde estuvieses.

La forma en que se decidía que aquel día íbamos a ir a bañarnos al río, como quijotes sin raciocinio en pos de aventuras, estaba fuera de toda lógica. 

sábado, 4 de abril de 2020

Lo que éramos (Parte I)


Decimoctavo día

            En verano solían llevarnos mi padre y un tío mío a una piscina, en una venta a unos siete kilómetros del pueblo a la orilla del río Guadalhorce, con forma de riñón y un pequeño trampolín de obra y de escasa altura, pero la suficiente para tener la sensación de levitar cuando te arrojabas. Marchábamos en un Simca Novecientos de mi tío, un gran utilitario para la época, donde cabíamos, aparte de los adultos, una infinidad de cabezas en frenético júbilo. Vestidos ya de bañistas, cuando llegábamos no lanzábamos al agua helada, cosa que no era de extrañar pues ninguna piscina en la infancia tuvo la temperatura cálida, y de un color verde sombrío, de agua abisal. Lo mejor de todo es que apenas sabíamos nadar, flotar sí. Los niños nunca mostramos el menor reparo en tirarnos y chapotear. Dentro del agua tiritaba de frío, fuera seguía tiritando arropado con una pequeña toalla y apacentándome al sol como un pajarillo caído del nido. Rodeando las instalaciones dedicadas al baño había una hermosa alameda por la que se veía discurrir el río y allí estaban colocadas unas mesas y sillas de hierro en las que mi padre y mi tío, felices, se tomaban una cerveza con unas patatas fritas.

            Todos llevábamos un pequeño hatillo con un bocadillo, lo más seguro de mortadela o salchichón, y una pera. Como ya íbamos en bañador, regresábamos con el puesto, con los ojos vidriosos y el pelo aún mojado. El desfase notable entre calorías ingeridas y las consumidas, nos convertía en la sombra de los que horas antes marchaban con toalla al hombro.

En aquella época aún no conocíamos las piscinas públicas, y menos los cursos de verano para aprender a nadar. Pertenecimos a una generación de aprendizajes espontáneos, por imitación y sin conciencia del peligro. Si hemos llegado vivos a adultos es más por una combinación entre el instinto de conservación, suerte y el continuo entrenamiento de las destrezas motrices.  Nos escolarizaban a los seis años. Una gran suerte porque todo ese tiempo antes de entrar en la escuela lo dedicamos a la exploración, tomándole el pulso a la vida. Cuando pisamos el colegio se había desarrollado el alma del pionero, la búsqueda incansable de la libertad y de aventuras. Nuestros adultos velaban por nosotros haciéndonos recaer la responsabilidad de lo que nos pasara y de las consecuencias . El objetivo principal cuando estábamos enfrascados en un juego (hoy día sería difícil catalogar muchos de ese modo) era que a ellos no les llegase información censurable de nuestras correrías. Cosa harto difícil pues estábamos cercados por infinidad de ojos que nos vigilaban, fueses a donde fueses. En cualquier momento te cruzabas con un familiar, la vecina, el conocido del amigo del pariente y ya estabas perdido. La delación, el inmiscuirse en nuestras vidas, era algo que les apasionaba a los mayores. La noticia, antes de que entraras por la puerta de tu casa, llegaba con todo lujo de detalles. Tu madre recibía los datos exhaustivos que en tal sitio, haciendo tal cosa y acompañado de los que no debías, estabas labrándote un futuro de marginal.

jueves, 2 de abril de 2020

Deportes de salón

            Decimoséptimo día

            Estoy recogiendo cómo se ejercitan estos días mis amigos para no anquilosarse encerrados en casa. El muestro es suficiente para extrapolarlo a la población, no digo ya a nivel mundial, pero al menos sirve para tener una idea suficiente. Podría clasificarlos en tres categorías: los que tienen espacio suficiente para moverse y no tienen que echar mano de algún artilugio, los que contaban con algún aparato y son asiduos de la práctica deportiva y, por último, los que han desempolvado una máquina en estado óptimo y piensan amortizar ahora la inversión. Yo soy de los que, precisamente ahora,  lo único que me apetece es jugar al tenis. El tenis es un deporte que se para a cada instante. Das tres pelotazos y te comes un plátano. El resto no te dan tantos momentos para sentarte en una silla y beberte un refresco. En el extremo opuesto está el ciclismo: un deporte para sufridores, mártires, de bárbaros.

            Siempre he considerado que es muy buena señal de inteligencia por los amigos que tienes y que puedes ser muy torpe en función de los enemigos que eliges. Escoger un enemigo requiere un sistema, una habilidad. Yo no tengo enemigos declarados, espero que tampoco ocultos, pero sí hago un gran esfuerzo por ser amigo de personas talentosas del tipo que sea, vale para cambiar una rueda, arreglar el calentador o escribir una novela. La ambición material la detesto. Por suerte, ambición y talento son incompatibles, así que lo tengo muy fácil. Y qué decir de cuando derrochando humildad llegamos a admitir como nuestro único defecto es el orgullo y lo que hacemos es convertirlo en virtud. Visto así, soberbia tampoco nos falta.

Esta noche, como vengo haciendo todas, haré la ronda por mis amigos y familiares. Charlaremos sobre las lecturas, las salidas a por víveres, desavenencias con vecinos hostiles... Las cosas son como se comentan, juzgan, archivan y olvidan. Es muy saludable en estos tiempos cambiar de opinión tantas veces como se considere porque los acontecimientos evolucionan de manera imprevista y sin aparente control. Lo que nos pondría de peor humor es tener alguna idea, un dogma y no tener a quien soltársela, a pesar de que al poco rato sabemos de inmediata caducidad.