sábado, 26 de agosto de 2023

Mi padre

 

No supe nada hasta el día siguiente. La llamada anunciándolo se había producido cuando dormía momentos antes de entrar a quirófano. Desperté y le conté a Madi lo que acababa de soñar: “Mi padre ha estado aquí conmigo. Lo he visto cómo te veo ahora a ti. De pie, observándome y sin decirme nada, acompañándome". Le dije. Ella asintió y cambió de conversación. “El abuelo acababa de fallecer”, fue lo que le había dicho mi hijo por teléfono.

  Lo vi y sigo viéndolo tal como se presentó aquel día sin la sonda ni el deterioro que su enfermedad le había producido a lo largo de cinco años. Conservo aquellas imágenes como de cualquier visita que me hicieron después amigos y familiares. No habló. Yo le miraba esperando que dijera alguna palabra, una premonición favorable que me hiciera mantener la esperanza de que la operación iba a salir bien; el comportamiento que se espera de todo el que visita a un enfermo. Quizá eso fue lo que hizo que abriera los ojos con las ganas de escucharle un “Tranquilo, pronto estarás recuperado, no tienes nada que temer”, o un simple “Ya mismo estarás bien”.

Después de contarlo, lo interpreté motivo por la salud y el deterioro que llevaba soportando desde que le detectaron el cáncer de garganta. Pensé que estaría en su casa preocupado por no poder estar allí conmigo, lo que me producía, unido a la incertidumbre de lo que me esperaba, más desasosiego a las puertas de la operación.

Nadie puede medir el tiempo una vez despierto que dura un sueño, pues sólo nos vienen estelas, fragmentos desbaratados que en la conciencia intentamos dar sentido y que son apenas el reflejo de lo que experimentamos de manera inconsciente.

Lo vi y sigo viéndolo. Vestido a su estilo, un pantalón beig y una camisa. Más joven, era como si se hubiera desprendido de treinta años. Su cuerpo estaba liberado de los ingenios médicos que habían ido facultando funciones para su supervivencia que lo convirtieron en un hombre limitado, dependiente de una asistencia continua con dolores y controles médicos.

A la mañana siguiente, ya operado, sin apenas molestias, sondado y con la vía en vena por la que entraba en mi cuerpo un río de calmantes, Madi, me dio la noticia. Estuve un tiempo en silencio, sin saber qué expresar, emoción, dolor…La cortisona me evitaba el dolor físico también atenuaban el emocional. Vagaba sobre una nube con el recuerdo, ahora ya determinante en su desenlace, en el que un pesimismo me envolvía por todo lo que me estaba ocurriendo. Le otorgué a aquel silencio de mi padre la carga de no querer comunicarme que allí no se iban a terminar las dolencias como si en su nuevo estado de hombre que aparece en sueños él no pudiera hacer nada más de lo que hizo: venir a despedirse.

 El entierro fue esa mañana junto con los restos de mi madre en el pueblo.

Como una conciencia que vela del estado inconsciente, en alerta por lo que pudiera ocurrir, me deslicé por una cascada de imágenes y vivencias entremezcladas en lugares y tiempos. Cerré los ojos y me dormí.

Soñé que mi padre conducía su Seat 127 acompañado de mi madre y yo atrás. Los dos más jóvenes que yo, como si estuviesen en plenitud de sus vidas llevando de paseo a su hijo mayor que ellos. No hablamos, pero por el trazado de la carretera, el abrupto paisaje, vi que estábamos camino del pantano de Iznájar. Mi padre mostraba una conducción suelta y ligera, de alguien con seguridad y experiencia. Todo lo contrario de lo que fue en su vida. Los precipicios por los que te podías despeñar y caer al pantano me producían malestar y pasé de los peligrosos barrancos para adentrarnos en una carretera recta por una larga planicie bordeada de hileras de frondosos árboles que dejaban pasar una luz primaveral, clara y agradable. El coche sigue su camino. Ya no es el Seat 127, es otro más grande, amplio y cómodo. A lo lejos comienza a dibujarse una gran ciudad: Sevilla. Cruzamos un enorme puente sobre un río de aguas parduzcas y profundas. Lo siguiente estamos mi madre y yo sentados en una plaza tomando un refresco esperándolo. El motivo del viaje está justificado por la necesidad de resolver algún asunto administrativo de la dirección del colegio de Estepa. Sin continuidad, lo veo sentado en el sofá de la entrada de la casa del pueblo. Lee el periódico. Miro y reparo en una foto en la que está dando una charla de pie tras una mesa alargada sobre un entarimado con una mano a medio alzar que da realce a su exposición en un salón lleno de gente. Sentados a ambos lados están las personalidades del pueblo: el alcalde, el vicario… Mi padre es un hombre joven rebosante de vida y de proyectos. Yo aún no existo, ni siquiera como idea futura, sólo soy el hombre mayor que le mira sin saber qué dice sentado entre el público en el que reconozco caras conocidas, todas ya desaparecidas. En el sueño ha entrado un cansino tac-tac-tac. Es el sonido del teclado de la máquina de escribir. Las copias de los listados de alumnos para entregárselos a los maestros al comienzo del curso escolar se apilan a un lado. El tac-tac se hace más fuerte.

Madi es quien me ha despertado anunciándome que le ha dicho la enfermera que me va a visitar el doctor porque está haciendo la ronda a sus pacientes.

 El doctor entra en la habitación y lo primero que hace es darme el pésame. La enfermera le había puesto en antecedentes del fallecimiento. Le conté la experiencia del día antes, la visita de mi padre en el momento justo de terminar su vida.

 Sin mostrar sorpresa, como alguien que ha sido testigo de fenómenos que son habituales en pacientes, a pesar de lo sorprendente para quien lo ha vivido, de manera profesional y objetiva, respondió que lo que le había contado era algo muy frecuente en la conexión entre padres e hijos.

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lunes, 14 de agosto de 2023

La verbena

 

   El parque, conocido por "el paseo", con su forma trapezoidal, un acceso en cada lado, arranca desde lo alto de la calle a ras del suelo para ir ganando en altura de más de dos metros al final. Rodeado de una jardineras de las que con regularidad se elevan unos pilares que sostienen las farolas y maceteros decorativos, bancos de madera, palmeras y árboles en dos hileras: lugar ideal de encuentro para jugar, las parejas y cualquiera que no tenga prisa. Núcleo de confluencia de la gente, un espacio que se aprovecha para festejos y celebrar las verbenas durante los días de feria.

En él se instalaba un escenario con sus luces y atrezo de aparatos, altavoces y focos; los farolillos de papel, las banderitas, las luminarias, el servicio de bar… Todo el recinto se cercaba con una valla de rejillas de madera en la que te podías agarrar muy bien para saltarla. Los policías municipales hacían ronda por el alrededor para que nadie se colase trepando. El único acceso de entrada y salida era vigilado por los porteros que cogían la entrada y si alguien quería salir se la devolvían. Había un continuo entrar y salir. Llegado el caso, si alguien tenía una urgencia podía usar el servicio de los bares de los alrededores o en una calleja cercana. La verbena era la culminación de cada día de feria, el gran broche. Junto con la romería a la Virgen, lo más deseado y celebrado. El éxito de público siempre estaba asegurado tanto que con la venta de entradas el Ayuntamiento sufragaba los  gastos del resto de festejos.

 A las diez se desalojaba el parque para que los camareros dispusieran las sillas y las mesas. Sólo los músicos que llegaban con la suficiente antelación para ir probando el sonido podían entrar. Dos conjuntos musicales la amenizaban hasta cerca del amanecer.  Algún que otro músico aprovechaba el telón de fondo para cambiarse en privacidad. Comenzaban a tocar a las doce. Una hora antes, podías acceder con tu  entrada a reservar un buen sitio para familiares o amigos. Padres con sus hijos, parejas de novios y grupos que se formaban como peñas solo para disfrutar de las verbenas iban colonizando todos los espacios.

 Mi primera verbena por libre, con trece años, tres horas antes, me uní al grupo que comandaba un primo que planeó ahorrarse la entrada ocultándose bajo el escenario en estoica espera. Con sigilo nos deslizamos en aquella oscuridad, acomodándonos en el suelo sucio y cuidando de no darte en la cabeza con el armazón que sostenía los tablones. Así nos dispusimos a pasar el tiempo, tres horas,  hasta que pudiéramos salir sin ser descubiertos.

Mi primo, como era el mayor de todos y creía que él era el que había ideado algo tan brillante no se mostró nada contento de que nos juntásemos pasando la decena. Éramos muchos, según él. “Verás cómo alguno mete la pata”, dijo desanimado.

 Llevábamos apenas media hora escondidos y ya sabíamos que toda nuestra suerte dependía de que alguien le diese por chivarse o que alguno de nosotros tirase la toalla presa del nerviosismo. Mientras mi primo fumaba como un carretero, los demás hablábamos a susurros y sentíamos que el tiempo se había parado para siempre demostrándose que la eternidad existía y se manifestaba bajo los escenarios de las ferias de los pueblos a los que intentaban colarse sin pagar. Cuando escuchábamos a alguien hablando cerca enmudecíamos con el corazón a mil por hora. De vez en cuando, alguno asomaba la cabeza entre el cortinaje y daba noticias de lo que veía.

El autoproclamado jefe dijo que tenía sed. ¿Sed? Fue decirlo y padecerla todos a la vez. Desesperado asomó la cabeza y logró llamar a un camarero amigo suyo. Le pidió tabaco y una cerveza, que ya se la pagaría. El camarero vislumbró los ojos de los que nos ocultábamos.

-¡Sois demasiados! Se van a dar cuenta cuando salgáis- dijo sorprendido.

-No he podido hacer nada. Cuando yo entré ya estaban todos estos. –respondió mi primo, señalándonos enfadado.

El tiempo transcurría con la misma angustia que si estuviésemos atrapados en un pozo.

Por fin, los músicos comenzaron a probar sus instrumentos y hacer pruebas de voz. Los primeros en llegar, los encargados de coger los mejores sitios, arrimaban mesas y sillas. Sólo era cuestión de esperar un poco más. Mi primo asomó la cabeza y dijo que todavía no, que se notaría mucho.

Un músico se puso a nuestra altura. Empezó a desvestirse. En un bolso de mano llevaba la ropa de gala. Se agachó y lo que vio le hizo exclamar riéndose: “¡Madre mía! Aquí hay más gente que fuera”

 Pensamos que todo se acababa de ir al traste. Ya sólo cabía esperar que avisasen a los policías municipales para hacernos salir doblados por la cintura del tiempo que llevábamos sentados, deslumbrados por la luminaria y a la vista de todo el mundo como pobretones que no se pueden pagar una entrada, además de descarados gorrones. ¡Menuda vergüenza!, pensé.  La gente arremolinada para entrar a la verbena, mi hermana con su novio y la familia de mi cuñado. Conocidos y familiares testigos preguntándose de cómo podía ser yo hijo de un hombre tan honorable como mi padre. ¿Qué culpa podía tener él de que su hijo le hubiese salido un pillo?

La orquesta comenzó a tocar. Habría una media entrada de público. Mi primo dio la orden cómo debíamos de salir: primero él, después, de uno en uno y cada vez por un lado diferente, nunca cuando los músicos parasen.

 Salí, respiré y acto seguido, sin mirar nada ni a nadie, me dirigí a los porteros y pedí mi entrada. Cuando la tuve en la mano, ya daba por hecho que las horas de sacrificio iban a dar un buen fruto con su venta a precio de competencia.

Al día siguiente, un policía municipal tuvo la precaución de asomarse antes de que se cerrasen las puertas y comprobar que no había nadie escondido bajo el escenario. 

Sólo quedó el remedio de poner a prueba el método de saltar la valla de manera olímpica para seguir con el negocio.  

 

lunes, 7 de agosto de 2023

El pavo real que quiso alcanzar las nubes

 

El caserón estaba y sigue estando en el centro del pueblo. Aprovechando el declive en ladera, la fachada, en la calle principal, tiene dos pisos con cuatro balcones miradores. Una puerta con un friso en la entrada. En el escudo heráldico que la corona, hay un león erguido sobre dos patas con sus genitales bien labrados. La cámara entre el tejado con cornisa y la segunda planta con ventanucos ovalados como ojos. Dos grandes chimeneas dan la idea de que allí no se pasa el frío que padecemos los archidoneses en el invierno.

 El único morador y dueño, es un hombre excéntrico, soltero, que le gusta pasar el tiempo como a los hidalgos del Siglo de Oro.  Entre sus quehaceres más notables está el de ir al casino del pueblo a leer la prensa, tomarse un vino, en su propio catavino apartado del resto que tiene en cualquier bar que frecuente, presumir de su enorme biblioteca y ser propietario de un pavo real. Sarcástico y bromista empedernido; sofrólogo, practica  la hipnosis y organiza bromas que él mismo costea dignas de aparecer en el Guinness; una vez que contrató a una cuadrilla de obreros para portar a un amigo que dormía una borrachera en su cama hasta los arrabales del pueblo y que despertase allí como si de una pesadilla se tratase.

Como todos los cuerpos en la vida a los que la luz le da resplandor, lo normal es que próximo a él se vislumbrase una negrura o sombra, cosa que ocurría, aunque en este caso solo se proyectase en forma mujer enlutada y cascarrabias que hacía de asistenta.

Madre soltera de un zangadullo, con ropas negras, siempre malhumorada y de lengua suelta, vivía con su hijo a espaldas del caserón en una casucha de una sola planta, algo así como si de un fornido tronco se hubiese desgajado una rama que le chupaba una savia inútil. La veías ir a la plaza del mercado y hablar con alguna conocida con el brazo en el cuadril. Cuando le preguntaban por dónde las llevaba el señor al que servía, contestaba que estaba liado con sus “cosas”, y de ahí no salía. Entraba a su casa a espaldas del caserón e inmediatamente salía por la puerta principal dejándote con la sospecha si no tendría una hermana gemela.

Todo el que había visitado la casa del señor encumbraba el gusto de los antepasados por el lujo y los útiles refinados. Referían los techos del salón que ocupaban toda la fachada principal estaban pintados con motivos clásicos, enmarcados en molduras doradas con lámparas de lágrimas de cristal, muebles clásicos, casi todo ya envuelto en telas para evitar su deterioro. Un gabinete con estantes llenos de libros de esmeradas encuadernaciones. El copero vacío, una coqueta que fue de la madre con sus estuches para arreglos femeninos, el gavetero donde guardarían lo que pensaban que alguna vez iba a servir… El tiempo, implacable, hacía sus estragos en aquellos muebles palaciegos comparados con los de nuestras familias.

En la calle de atrás, por encima de un muro como de si de una fortaleza se tratase, tenía un jardín en terraza del que se escuchaba un sonido de animal jurásico y que no era más que el solitario pavo real. Una puerta desde la calle daba a la escalinata de acceso. Anejo, un casetón con un portón de cochera, la vivienda de la guardesa y casualidades de la vida, colindando con el jardín el patio de la casa de un amigo que conocía la forma de entrar en él.

 Salvando un tejado, descendiendo por una reja dejada olvidada en la pared que nos servía de escala, lográbamos colarnos. La primera vez que pisamos el jardín, al instante volvimos a trepar para ponernos a salvo. Le teníamos pavor a la guardesa y al hijo. En nuestra imaginación habían brotado mil ardides para pillar a cualquier intruso que osase entrar.  Fuimos perdiendo el miedo y saltábamos, correteábamos al pavo que con su glugluteo parecía querer avisar de nuestra intromisión, hasta que presentíamos que alguien nos observaba desde una ventana y huíamos hasta la reja por la que trepábamos para ponernos a salvo.

 El jardín estaba en franca decadencia, aunque todavía conservaba el encanto romántico con el que se diseñó. Carecía de un esfuerzo por mantenerlo, interés y manos expertas. La huella del tiempo iba lacerando los azulejos que adornaban los bancos y los de una fuente en el centro de la que manaba un pequeño chorro de agua que bosaba en la pila; las palmeras necesitaban de una poda, algunos maceteros estaban agrietados por la fuerza de las raíces de la planta. El olor a floresta, a azahar, a dama de noche con sus campánulas… los senderos entre los parterres, las rosas trepadoras, una alberca de poco fondo y junto a ella la enorme pajarera sin puerta para el pavo real.

         Las plumas del pavo nos fascinaron desde el primer momento. Nos divertía hacerlo corretear, que perdiese alguna y cogerla como un tesoro, hasta que un día la puerta que de la casa al jardín estaba medio abierta y se coló por ella desapareciendo de nuestra vista. Escuchamos algunos ruidos que nos parecieron objetos rompiéndose al caer. Lo siguiente que vimos fue verlo encaramado a un ventanal abierto en el primer piso. Desde allí, con un impulso de animal que más que volar parece estar ensayando llegó hasta el tejado.

         Huimos. En la calle se despertó una especial conmoción. La gente miraba al tejado del caserón y señalaba al pavo que displicente se movía y abría de vez en cuando su cola jactándose de quienes lo contemplaban.

Mi amigo y yo nos unimos al grupo cada vez más numeroso de vecinos que ideaban soluciones para hacerlo bajar; la guardesa y su hijo entre ellos. En algún momento sentí que clavaba sus ojos en mí. A su lado estaba su hijo grandullón como a la espera de retorcerle el pescuezo a quien ella señalase.

El señor de la casa salió y enseguida se rodeó de un corrillo de vecinos. Mostrando una sonrisa, se le notaba feliz. La ocurrencia del pavo le parecía una buena humorada. Dijo que ya se cansaría porque era un animal de costumbres, “como yo” y soltó una carcajada.  “No es más que un animal aburrido que con toda seguridad estaba atravesando un periodo de melancolía”, añadió. Nuestras conciencias se calmaron.

Mientras, el pavo removía las tejas. Su aspecto o gestos, si se puede expresar de esta forma, era de un animal envalentonado, orgulloso, a mi parecer, del paso que había dado para lograr un sueño: alcanzar las nubes. Disfrutaba de ser el centro de atención y de unas vistas que a ras de tierra nunca hubiera imaginado. Fue atardeciendo, el cansancio hizo mella en la gente y se retiraron a sus hogares.

Ya de noche, con la luna de fondo, su silueta se veía recortada en el cielo como un signo de interrogación.

 Amaneció y el pavo no estaba.

Días después, la reja por la que nos colábamos la habían quitado. Desde la altura, lo vimos pasar caminando de manera más pausada, la misma que mostraría alguien que ha acumulado más sabiduría por una sencilla experiencia que le ha demostrado lo imposibles que son algunos sueños.  Se despidió desplegando su magnífica cola.