Cuadragésimo día
El
día que nos encontramos la acompañada su hermano. Un joven alto y con cara de
no dejar pasar ni una. Nos saludamos y el hermano se entretuvo hablando con
unos amigos. Yo no paraba de mirarlo de reojo. Temía que en de un momento a
otro me levantara por mi camisa muy bien planchada de bolsillos con trinchas y
me advirtiera de algo.
Su
sonrisa, el pelo, aquel desparpajo hablándome, me tenía cegado. La miraba y la
miraba, y en un descuido me tocó con la mano el hombro y me dijo que para qué
quería tantos bolsillos y que le gustaban. Me prometí a mí mismo nunca quitármela,
dormir con ella puesta y cuando se deshiciera en pedazos buscarme otra camisa
igual como el que se acoge a una orden monacal y viste un hábito para siempre.
La
romería a la ermita era a media noche. La dejarían ir acompañada de aquel
severo guardián. Yo podría caminar junto a ella mientras que aquel policía de
hermanas menores no observara ningún peligro viendo que yo la rondaba como un
sabueso.
Entre
tanto, mis amigos habían planeado una subida iniciática como romeros. Se
agenciaron una botella de ginebra y refrescos. Tomarían unos tragos y se lo
pasarían de muerte. Aquello era algo así como echarle nitroglicerina a un
seiscientos para que te llevara a dar un paseo por una campiña. El peligro de
explosión era evidente.
Esperándola
en el paseo del pueblo con las órbitas de los ojos desencajadas de tanto mirar
fuera a pasar y no verla entre tanto gentío, en esto que veo acercarse a mi
pandilla muy alegre e inquieta. Mi primo portaba la botella de ginebra medio
oculta por eso de que los niños estaba mal visto que bebieran. La mirada vidriosa y una sonrisa mitad majadero
mitad inconsciente delataba que la botella iría al menos por la mitad. En esto
que apareció ella. Por un momento tuve la ensoñación de que venía sola. Su
hermano, acompañado de la que sería su pareja, caminaba a unos pasos. El grupo
de amigos, se comportó como se esperaba; si sobrios eran unos inconscientes,
pimplados eran de vergüenza. Comenzaron a hacer morisquetas y darse besitos.
Niñatos, dije. Los dejamos. Emprendimos la subida a la ermita por aquel sinuoso
camino bajo la única luz que resplandecen los enamorados y que proviene de su nimbo
de ventura.
Pasada
la mitad de la subida, cerca de las murallas que rodean el recinto donde está
situada la ermita, ya atesoraba varios trofeos. Acercaba mi mano a la suya, y
con el corazón a mil, la tomaba. Ella la apretaba y la soltaba, vaya que el
guardia de vista nos pillase. El camino dejaba a un lado la Torre del Homenaje,
vi con estupor como estaban allí mis
amigos encaramados como si defendiesen aquel
bastión de una horda enemiga que los apedreaba. La gente pasaba de largo porque
no iba con ellos y temían recibir una pedrada. Pasé cerca con la desazón de que
los abandonaba a su suerte.
Pero
yo me sentía otro ser y quizá aquella
dantesca escena estaba dispuesta para que me mirase en el espejo de semejantes
irresponsables y hacerme sentir como alguien que ha pasado de la inmadurez a la
madurez en la distancia de un kilómetro. Prefería estar con ella, reluciente, contándole
toda una colección de magnificas aventuras para impresionarla; imaginándome un
mañana juntos y sintiendo el desconsuelo de tener que cargar de por vida con
aquel intransigente hermano al que no me atrevía a mirar a la cara vaya que
leyese alguna aviesa intención en mi rostro.
Y hasta aquí esta serie de “Lo que éramos”.
Mi intención ha sido compartir con quien me haya leído cómo fue la infancia y a
ser posible traerle gratos recuerdos de la suya. La memoria es un ejercicio curioso; cuando evocas
los recuerdos puedes hilvanar las historias y destacar, obviando los momentos
tristes, al fin y al cabo, que todas las
personas con las que te relacionaste hicieron posible que la vida tuviera el toque mágico de divertida comedia. Gracias.