sábado, 16 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XXIII) Final


Cuadragésimo día

            El día que nos encontramos la acompañada su hermano. Un joven alto y con cara de no dejar pasar ni una. Nos saludamos y el hermano se entretuvo hablando con unos amigos. Yo no paraba de mirarlo de reojo. Temía que en de un momento a otro me levantara por mi camisa muy bien planchada de bolsillos con trinchas y me advirtiera de algo.

            Su sonrisa, el pelo, aquel desparpajo hablándome, me tenía cegado. La miraba y la miraba, y en un descuido me tocó con la mano el hombro y me dijo que para qué quería tantos bolsillos y que le gustaban. Me prometí a mí mismo nunca quitármela, dormir con ella puesta y cuando se deshiciera en pedazos buscarme otra camisa igual como el que se acoge a una orden monacal y viste un hábito para siempre.

            La romería a la ermita era a media noche. La dejarían ir acompañada de aquel severo guardián. Yo podría caminar junto a ella mientras que aquel policía de hermanas menores no observara ningún peligro viendo que yo la rondaba como un sabueso.

            Entre tanto, mis amigos habían planeado una subida iniciática como romeros. Se agenciaron una botella de ginebra y refrescos. Tomarían unos tragos y se lo pasarían de muerte. Aquello era algo así como echarle nitroglicerina a un seiscientos para que te llevara a dar un paseo por una campiña. El peligro de explosión era evidente.

            Esperándola en el paseo del pueblo con las órbitas de los ojos desencajadas de tanto mirar fuera a pasar y no verla entre tanto gentío, en esto que veo acercarse a mi pandilla muy alegre e inquieta. Mi primo portaba la botella de ginebra medio oculta por eso de que los niños estaba mal visto que bebieran. La  mirada vidriosa y una sonrisa mitad majadero mitad inconsciente delataba que la botella iría al menos por la mitad. En esto que apareció ella. Por un momento tuve la ensoñación de que venía sola. Su hermano, acompañado de la que sería su pareja, caminaba a unos pasos. El grupo de amigos, se comportó como se esperaba; si sobrios eran unos inconscientes, pimplados eran de vergüenza. Comenzaron a hacer morisquetas y darse besitos. Niñatos, dije. Los dejamos. Emprendimos la subida a la ermita por aquel sinuoso camino bajo la única luz que resplandecen los enamorados y que proviene de su nimbo de ventura.

            Pasada la mitad de la subida, cerca de las murallas que rodean el recinto donde está situada la ermita, ya atesoraba varios trofeos. Acercaba mi mano a la suya, y con el corazón a mil, la tomaba. Ella la apretaba y la soltaba, vaya que el guardia de vista nos pillase. El camino dejaba a un lado la Torre del Homenaje, vi con estupor como  estaban allí mis amigos encaramados como si defendiesen  aquel bastión de una horda enemiga que los apedreaba. La gente pasaba de largo porque no iba con ellos y temían recibir una pedrada. Pasé cerca con la desazón de que los abandonaba a su suerte.


            Pero yo me sentía otro ser  y quizá aquella dantesca escena estaba dispuesta para que me mirase en el espejo de semejantes irresponsables y hacerme sentir como alguien que ha pasado de la inmadurez a la madurez en la distancia de un kilómetro. Prefería estar con ella, reluciente, contándole toda una colección de magnificas aventuras para impresionarla; imaginándome un mañana juntos y sintiendo el desconsuelo de tener que cargar de por vida con aquel intransigente hermano al que no me atrevía a mirar a la cara vaya que leyese alguna aviesa intención en mi rostro.

            Y hasta aquí esta serie de “Lo que éramos”. Mi intención ha sido compartir con quien me haya leído cómo fue la infancia y a ser posible traerle gratos recuerdos de la suya.  La memoria es un ejercicio curioso; cuando evocas los recuerdos puedes hilvanar las historias y destacar, obviando los momentos tristes, al fin y al cabo,  que todas las personas con las que te relacionaste hicieron posible que la vida tuviera  el toque mágico de divertida comedia. Gracias.

jueves, 14 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XXII)


Trigésimo noveno día

(Continuación desde la parte XVIII)

            Desde aquel día las cartas llegaron con una frecuencia de metrónomo. Las fui guardando en una caja secreta junto con otras bagatelas muy importantes y que tenía que poner a resguardo del pillaje familiar. Mi mente efervescente no paraba de planear cómo sería el encuentro. El cineasta de mi subconsciente no dejaba de hilvanar las escenas románticas más trilladas del cine, a las que se le olvidaba el metraje más interesante porque ni siquiera tenía conciencia de cómo podrían ser.

            Mientras mi padre permanecía en silencio sin preguntar acerca de aquella oleada de correspondencia, mi madre, en cambio, adoptó una postura más pragmática y me compró ropa más impresionable que la vestimenta que me colocaba por la mañana con la única misión de no salir desnudo a la calle. Un pantalón corto con cuatro bolsillos y una camisa con dos y unas trinchas de cierre. Se ve que los bolsillos eran importantes en las prendas que debe vestir un galán. Podía haber completado el cuadro con un salacot y mandarme a Filipinas. Aquel vestuario de safari lo estrenaría el día de la romería de la Virgen, el primer día de la feria del pueblo. Era el momento previsto, tal como habíamos quedado, en el que un ángel tocaría tierra y nos encontraríamos.

            Jamás ha durado tanto un día con sus horas y minutos. El tiempo que quedaba hasta la fecha era imposible de soportar para dos almas que se veneraban por escrito. Un cupido ansioso hizo que quisiera adelantar el encuentro y vernos en la ciudad. Les pedí a mis padres irme unos días con los primos.¡No! Que me hubiese ido por mi cuenta y el recuerdo del verano pasado que me dejaron con ellos para pasar unos días, estaba en mi contra.  Los días que pasé con ellos fueron inolvidables. Al regreso en la piel traía las huellas de un niño curtido. El primer día estuvimos todos en la playa y las quemaduras solares me llevaron al borde del delirio la primera noche mientras mi tía me embadurnaba en pomada. La noche siguiente para evitar el calor sofocante de tantos metidos en la misma habitación nos subimos los colchones a la terraza de la casa mata y allí el mayor de mis primos, muy aficionado a la pesca, con su caña,  lanzaba el sedal a los tejados de los vecinos para pescar gatos. Entre sueños escuchaba el maullido de alguno que había mordido el anzuelo. Por los andurriales me alimenté de limones, higos, algarrobas, almendras. Buscábamos camaleones. Merendamos tortas de un obrador que las ponía a enfriar en un portón abierto después de sacarlas del horno. En un colegio entramos por una ventana y husmeamos por las clases abriendo cajones y llenándonos los bolsillos de lápices y gomas de borrar.  Hicimos excursiones a la playa a coger erizos bajo la única vigilancia del pescador de gatos, algo así como llevar al Pato Donald de tutor. Cuando regresé al pueblo despellejado como un pollo, fino como un niño del Biafra, mi madre prometió que nunca más en lo que me restaba de vida me apartaría de su lado.

            Llamé a mi amiga del alma para comunicarle la imposibilidad de ir a verla a sabiendas que la madre es la que cogería el teléfono. Ella lo tenía prohibido. Una voz fría preguntó quién era y para qué la quería. Trabuqué unas palabras sin sentido porque algo se me agarró al cuello asfixiándome. La buena mujer tuvo el detalle de llamarla. Lo único que recuerdo es mi voz como la de un muñeco roto le decía que no podía ir. Ella balbuceo una promesa. Su madre a la escucha coartaba la libertad.
           

domingo, 10 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XXI)


Trigésimo octavo día

(Continuación desde la parte XVIII y sucesivas)

            Se acercaba la feria de agosto. Al igual que se diluye un río en la lejanía del horizonte, el esfuerzo por tenerme sentado “aprovechando el verano” todas las tardes trabajando las matemáticas, fue decayendo hasta que ya ni siquiera se vislumbraba. El mérito era todo mío. Desde el principio acometí una labor concienzuda de rascar todo el tiempo posible en distracciones, en mostrar sin esfuerzo poco entendimiento a aquellos endiablados enunciados que acometía por ensayo y error, adornándolo con un nervioso mordisqueo de la punta del lápiz que sacaba de quicio a mi padre. Una labor de zapa que terminó con su paciencia y que dio las primeras señales de agotamiento cuando me vio con aquel libro de poesías entre las manos y no me pidió que abriera el tocho de matemáticas donde se atesoraban los mayores padecimientos que se le pueden infligir a un criatura en vacaciones.        
            Apenas llevaba pocos días con  los pies en el suelo cuando había llegado la carta y la cabeza se me fue muy muy a las nubes. No sé cómo ocurrió el flechazo, porque ni siquiera yo sabía qué era el amor, pero si una niña de tu edad te envía una cuartilla por correo en un sobre con tu dirección y el remite, donde te cuenta cómo se aburre en la capital y los deseos de regresar al pueblo para las fiestas, adornándola con infinidad de corazones en los que aparece tu nombre y el de ella, estaba claro que yo tenía que estar a la altura de las circunstancias, aún sin saber cuáles eran las particularidades del caso. El efecto fue que me provocó que se me despertara una pasión de la que carecía del lenguaje para expresarla, como si tuviese que hablar en un idioma recién inventado del que me eran ajenas las palabras y la sintaxis.

             Quise contestarle poniendo todo el esmero por parecer instruido escribiendo con letra pendolista.  Lo único que conseguí fue bloquear la inspiración romántica y me salió una especie de  informe en lo que empleaba el tiempo. Cuando terminé tenía claro que si leía aquella carta sus sentimientos rodarían por el abismo de la desilusión. No podía mostrarle aquella imagen de niño aplicado estudiando al lado de su padre. Busqué entre los libros y cogí las poesías completas de Ramón de Campoamor. Leí unos sonetos y llegué a la conclusión de que aquel lenguaje estaba vetado para alguien cuya principal habilidad era alargar las meriendas. Por qué tenía que complicarme la vida en fascinar a una niña que llena una hoja de corazones de colores, me preguntaba. Hice una lista de las palabras que entendía de algunos poemas: ilusión, boca, fresas, reír, estrellas y sueños. Del listado suprimí alguna que no vi oportuna; rubia, porque era muy morena, y la locución sin vergüenza, porque podía dar a malentendidos si la leías de corrido. Construí mi primera poesía. Versos de rima libre dentro de los cánones que Don Ramón no hubiera aprobado. Mi padre me miró y no dijo nada. Pensaría que le había salido un hijo tonto y poeta. Mandé la carta y me puse al acecho del cartero con el corazón en vilo cada vez que lo veía por la calle acercarse a mi casa.

            Coincidiendo con el cierre de la academia, terminó por finalizar aquel empeño tan infructuoso de dotarme de más sapiencia. De nuevo redimido de la falta de libertad,  ahora podría dedicar mis energías lo que restaba de mes a galantear si el objeto de mi amor se materializaba como prometía.

sábado, 9 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XX)


Trigésimo séptimo día

(Continuación de las partes XVIII y XIX)

            Cuando se está en el  centro del ojo del huracán y ni siquiera te has enterado de las fuerzas que giran a tu alrededor porque sólo ves la calma, hasta que una ligera brisa empieza a soplar y los nubarrones se aproximan, es cuando comienzas a ponerte nervioso y a darte cuenta de que sólo tienes un simple chubasquero para resguardarte de la que va a caer.

            Mi padre no me regañó por mi escapada con alevosía y nocturnidad a Málaga, simplemente me planteó un horario de estudio, de aprovechamiento del tiempo, de grilletes a una mesa donde él estaría trabajando confeccionando las interminables listas del alumnado del colegio para cuando comenzara el curso. Te vas a sentar a trabajar de cinco a siete de la tarde para repasar las  matemáticas, me dijo, y no te levantarás, sentenció. Asentí como si me hubiese dicho que acarrearía inmensas piedras sobre mis espaldas a una cima, cosa que hubiera preferido, llegado el caso. Ni siquiera se acordó de que la merienda caía en ese intervalo de tiempo.

            El viento huracanado vapuleaba mi vida veraniega. Días antes, iba por gusto a la academia donde mi padre daba clase a los que se iban a examinar de reválida, la mayoría contumaces repetidores. La academia tenía una sección de mecanografía, con horario libre, llegabas y si alguna máquina de escribir estaba desocupada, te ponías y tecleabas siguiendo el Método Caballero que constaba de tres libros. El último, cuando lo dominaras, te hacía merecedor de un diploma que demostraba la excelencia en la cantidad de pulsaciones por minuto y ya podías aspirar a trabajar en una gestoría bajo la luz de un fluorescente. Muchas veces cogí mi manual de mecanógrafo y me sirvió de coartada para perderme con mis amigos.

            A partir de aquel día acompañaría a mi padre de nueve a doce. Era la reeducación del réprobo por antonomasia. Estaba claro que sabía lo que hacía: impediría que me convirtiera en un tonto por desuso. Todos aquellos deseos de la libertad, de calle, de juegos y de amigos, me los iban a templar con conocimientos dispuestos en horarios carcelarios.

            Las mañanas fueron llevaderas. Escribir a máquina, levantándote cada vez que querías, echando competiciones a ver quién terminaba antes un párrafo con menos errores, metiéndote en las conversaciones de  los alumnos veteranos que salían a fumar al patio como uno más, era divertido. Por la tarde, después de que escuchara las voces para que me sentase de una vez a trabajar, allí empezaba mi penitencia frente a un manual de matemáticas que iba desde la aritmética al cálculo infinitesimal. Frente a él me sentía como el que coge un mapa, señala su vivienda perdida en un pueblo y traza una línea viajera hasta Tasmania obligándo a memorizar los nombres de los ríos, ciudades, montañas, valles… por los que pasa. Cada lección traía una relación de ejercicios graduados en dificultad que iban de lo difícil con apariencia de sencillo a lo incognoscible. Los atascos en la resolución cuando me ponía  le habrían puesto los pelos de punta al pedagogo más confiado en el potencial de los niños. Mi padre perdía la paciencia repitiéndome que el mínimo común múltiplo eran los comunes y no comunes con mayor exponente. Al día siguiente vuelta a empezar.

            Sólo me salvaba la voz de mi madre cuando me llamaba para merendar. Subía las escaleras y lo que nunca había hecho antes, masticaba el bocadillo hasta la última miga con parsimonia y mirando como las manecillas del reloj apenas avanzaban. Bajaba otra vez a sentarme como un galeote. Apenas ya quedaba tiempo para nada. Recogía los pertrechos de trabajo, colocaba el tocho matemático en el estante, y volvía a escuchar la voz de mi padre al advertirme que mañana tardara menos en merendar porque había aprovechado muy poco el tiempo.


viernes, 8 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XIX)


Trigésimo séptimo día

(Continuación de la parte XVIII)

            Lo irracional debería ser del mundo de los sueños. Cuando desperté en el piso de estudiantes, creía estar en casa, porque el sol había salido por donde correspondía, los pájaros trinaban… En cambio, en aquel dormitorio cuartelero, con una mesita de noche llena de quemaduras de cigarro, un calcetín asomando debajo de una silla y los extraños ruidos que se escuchaban por las paredes y que venían de la calle, me indicaba que todo lo irracional de aquella aventura se había metido por una grieta de la realidad al mundo racional, al real. Y en el real la situación no pintaba nada bien.

            De camino al pueblo, el guardia no paraba de contar hechos heroicos. Varias menciones honoríficas daban prueba de su participación en la detención de peligrosos delincuentes. El hermano, sentado delante, con la mejilla todavía roja, lo miraba con admiración. A mí, entre las palabras del agente, se colaban las frases de mi madre que me iba a gritar cuando entrara por la puerta de mi casa. El cristal de la ventanilla, donde se reflejaba mi rostro, me devolvía una expresión que no era la mía, era la de mi otro yo asintiendo a los funestos pensamientos y las terribles consecuencias que me esperaban. Aquel otro me bisbiseaba que mi padre en aquel justo momento estaría descargando su ira aporreando la máquina de escribir mientras urdía el castigo. Entre tanto, mi madre estaría entretenida afilando la zapatilla para zurrarme.

            A mi primo todo aquello le traía al fresco, salvo el hambre. No paraba de decir lo que pensaba comer cuando llegara, como si su familia lo fuese a recibir con una comilona para celebrar su regreso, un festín de manjares. Como si flotara, al bajarme del coche sentí que mis pies no tocaban el suelo. Tanta era la tensión en mi cabeza que la sangre no me llegaba a las extremidades.

            En las calles del pueblo, cojeando porque no podía apoyar bien el pie derecho en el suelo por culpa del agujero en la suela, la imagen que daba era la de un muchacho sin energías para soportar el peso de su cuerpo y que por su fisonomía más bien parecía que había escapado de la mansión de los horrores, cuando ocurría todo lo contrario, me dirigía a ella por la sencilla razón de que aún no estaba despedazado.

            Mientras cavilaba que no me hubiera importado que me hubiesen secuestrado para llevarme a una isla, abandonado, donde pudiera empezar una vida desde cero, la salvación llegó de la mano de mi abuela que salía de casa y nada más verme me dijo que me fuera con ella hasta que todo pasara. Respiré. ¿Quién ha dicho que el cielo no se abre para los infelices?

            Estuve dos días en su casa, a pocos metros de la mía, como un exiliado en un país extranjero, hasta que las ganas de ajusticiarme se fueron debilitando. En mi familia, como en muchas, con paciencia y evitando la visibilidad, la tensión se iba liberando en otros asuntos y pendencias. Ventaja que había aprendido a aprovechar como el cazador cuando espera que su presa esté más despistada para abatirla, fui incorporándome a la vida deslizándome como una sombra, huyendo de mi padre antes de que reparara en mi presencia y con todos los sentidos en alerta. Aquella quietud tampoco presagiaba nada bueno.

jueves, 7 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVIII)


Trigésimo sexto día

            Por qué una idea peregrina, que minutos antes era una suposición, pasa el plano ejecutivo y te ves en un coche en dirección a Málaga haciendo autostop.  Y sí, que vale, a Málaga. Qué más daba, si alguien se ofrecía para llevarte, por qué no, alguien también te traería de regreso.

            Así fue como mi primo, un amigo y yo terminamos bajándonos en Ciudad Jardín sobre las doce de la mañana. Una hora antes caminábamos por el arcén de la carretera extendiendo  el brazo como gracia, hasta que un vehículo se detuvo. El conductor nos dijo que se dirigía a Málaga, nos miramos y arriba. Una aventura, una formidable aventura nos esperaba.

            No íbamos desamparados del todo, porque una hermana y un hermano de mi primo compartían un piso con más estudiantes en El Ejido. El plan era el siguiente: deambularíamos por Málaga, iríamos al piso a comer porque el dinero no era suficiente ni para coger el autobús de línea de regreso al pueblo, y nos pondríamos a hacer otra vez autostop para regresar a casa donde nadie sospecharía de mis andanzas.

            Ni cien nómadas del desierto en cien camellos, habrían caminado más que nosotros aquel día. Cuando pisamos el suelo de Málaga, comenzamos a caminar en dirección al centro de la ciudad. De sobra se sabe el atractivo que tienen los barcos en los muchachos de interior. Desde Ciudad Jardín fuimos al puerto. Después de marinarnos, hambrientos y sin apenas dinero, nos fuimos al piso de estudiantes. Allí las penurias se masticaban. Como buenos anfitriones, estábamos de suerte porque varios de los inquilinos estaban ausentes y  el condumio se hacía para todos. Nos sentamos a la mesa. Para aquel día el plato principal era hamburguesa con pan, escasas patatas y una naranja. Entré en la cocina cuando vi como el cocinero recortaba cada hamburguesa haciéndola del tamaño de una Hostia. Los recortes se los zampaba allí mismo. Se sirvieron los platos y la sobremesa no se hizo esperar.

            Tuve una agorera premonición. Mis padres me habrían echado de menos a la hora del almuerzo por lo que salí para llamar en una cabina. Papá, que estoy en Villanueva de Tapias con mi amigo L., le dije. Mentira, te has ido a Málaga, contestó mi padre. Que mis padres siempre fuesen unos pasos por delante de mí es algo que escapaba a mi comprensión, pero en aquel momento no me preocupó tanto cómo se habían enterado, sino que a partir de aquel día tenían otro motivo más para desconfiar de un hijo tan malvado. Regresé al piso y les dije que nos fuéramos deprisa, a ver si evitaba lograba disminuir las consecuencias mi escapada.

            Otra tremenda caminata, y para nada. Estuvimos el tiempo llamando la atención de lo conductores  hasta que nos dimos por vencidos. Fuimos a la gasolinera de La Tana y  nos invitaron a que nos largásemos. ¿Quién iba coger a tres zagales a la salida de una ciudad? Descorazonados, la única solución era ir a ver al hermano del amigo, guardia civil en El Palo, a otra distancia kilométrica, y rogarle por Dios que nos llevara al pueblo. Perdimos la noción de lo que llevábamos andado y el tiempo; quizá le estuviésemos dando la vuelta a la provincia. Cuando nos plantamos en la puerta del cuartel lo primero que hizo el guardia civil cuando salió a recibirnos fue darle un guantazo a su hermano y decirle que pensaba matarlo allí mismo. Mi primo y yo nos miramos aterrados. Mientras el amigo se tocaba la mejilla enrojecida, el guardia nos miraba. Los dos con el brazo preparado por si había que parar el golpe, después de nuestras súplicas, lo escuchamos decir:

-Bien, esto es lo que vamos a hacer. Mi hermano se queda conmigo y ustedes, él ya sabía lo del piso de estudiantes, os marcháis al piso a dormir. Mañana os llevaré al pueblo.

            Tuvo la compasión de dejarnos en el centro de Málaga. Cuando llegamos al piso la cena ya había concluido. Mi primo y yo nos comimos un salchichón que alguien tenía escondido. Al quitarme los zapatos para dormir, descubrí que tenía la suela perforada. Aquel ominoso agujero me intranquilizó por lo que me depararía el día siguiente.

domingo, 3 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVII)


Trigésimo quinto día

            Cualquier persona mayor que te cruzaras cuando íbamos de expedición por el campo intuía que no tramábamos nada bueno, por lo que siempre evitábamos ser vistos, tanto a la ida, que todavía llevábamos las manos vacías, o a la vuelta, cuando volvíamos con el botín. Además, el mundo era más pequeño que ahora. Todo el mundo se conocía, y como ya conté en otra  de esta saga de anécdotas, las noticias llegaban a tus padres antes de que entraras por la puerta de tu casa.

            Mi primo y yo teníamos pasión por los palomas zuritas, no la bravía, dócil y acomodaticia a la vida holgada en parques y tejados de los pueblos. Una especie silvestre, más fina, gustosa de vivir en libertad, en los cortijos abandonados, en las ruinosas murallas o en los tajos. Sus irisaciones verdes y púrpuras del cuello, las pinceladas rosas en el pecho como si se le hubiese derramado pintura y el pico rojo y amarillo, la convertían en una dama o señor de la mejor alcurnia.

            Nos pusimos en marcha. El cortijo abandonado estaba a varios kilómetros. Habíamos pasado junto a él en alguna ocasión y teníamos claro que iríamos a por una remesa de palomos. Soñábamos con fabricarnos nuestro propio palomar, construírselo con cuatro maderas, colgándolo de una pared y disfrutar de la belleza de sus vuelos por el cielo del pueblo viendo como regresaban agradecidos a su nueva y cómoda casa donde tendrían trigo y agua. 
 
            Los palomos entraban y salían por un agujero en la techumbre en la parte trasera del cortijo. Saltamos la tapia a un patio con dos cabras que nos observaron. Tenían las ubres llenas y no muy lejos estaba el cubo del ordeño. Visto y no visto, mi primo se abalanzó y agarró una, se agachó y como si bebiera de un porrón la ordeñaba atrapando los chorros con su boca. La cabra se dejaba hacer Yo decliné la invitación. Saciado el apetito, nos pusimos a abrir el portalón de la entrada a la vivienda a base de empujar y hacer palanca con pequeñas piedras planas que metíamos en la ranura que se iba abriendo, hasta que cedió. El olor a hoguera de la chimenea con los restos de candela, una mesa arrinconada, varias sillas de enea sucias, un cuadro con el marco roto, un calendario de 1971 y varias botellas vacías  de cerveza El Águila, era el marco doméstico. Subimos las escaleras hasta llegar a lo que sería el dormitorio principal desde el que oíamos el arrullo por encima del techo hecho de cuarterones por dónde se había caído el enlucido asomando el cañizo.

            En una esquina, una portezuela daba a la cámara alta. La estrategia estaba clara, entrar, tapar la salida y coger los que pudiéramos. Logramos atrapar cuatro, dos para cada uno. El problema fue que nos ocupaban las dos manos. Escuchamos un ruido. Alguien estaba merodeando por el patio. Mi primo y yo con el corazón en los pies y las dos manos sosteniendo el botín, mirábamos aterrados por un ventanuco. Un hombre miraba a la cabra y se rascaba la cabeza preguntándose, imagino, por qué una ubre estaba vacía. Los dos nos miramos porque sabíamos que ese sería el último día de nuestra existencia. Nos metimos los palomos por debajo de la camisa. Una tortura: un palomo me arañaba con las patas y picoteaba mi vientre por pura diversión; el otro, por su posición, movía las patas raspando la tela dando la sensación de que un ser monstruoso te iba a salir de las entrañas.


            El hombre ordeñó a las cabras y vació la leche en una botella de La Casera. Se marchó echando la llave al portón que daba al patio. Esperamos todavía un tiempo prudente para salir. Antes de escapar de allí, escuché a mi primo decir, secas, se las ha dejado secas.
           


sábado, 2 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XVI)


Trigésimo cuarto día.


            La forma de aparecer mi primo en escena y cómo se trastocaba todo, cambiando el orden y concierto de tu mundo de infancia al verte inmerso en algo que superaba el juego predecible y sensato, era el resultado de una imaginación libre, sin control de los adultos,  que nunca veía lo imposible, fundamentada en la base que la creatividad podía abordar cualquier proyecto inundándolo de optimismo.

            Así fue como urdió montar un circo donde las actuaciones correrían a cargo de unos pocos que haríamos de presentador, graciosos y con el número de adiestramiento de perros a cargo de promotor del espectáculo. A falta de carpa, se escogió un solar amplio del que aún quedaba los restos de una pequeña bodega excavada en la montaña. Se hizo todo lo posible por anunciar el espectáculo en el que el número principal correría a cargo de mi primo con sus asilvestrados perros. Mis funciones eran más bien recaudatorias. El presentador también haría payasadas para solaz del público. El precio de la entrada se estableció en dos reales, cincuenta céntimos, una moneda que tenía un agujerito en el centro y que daba para comprar cinco pequeños caramelos masticables o un polo de agua con anís.

            Acudió un nutrido número de niños y una niña con su hermano pequeño cogido de la mano. A todos los unía el mismo afán: que su inversión monetaria se rentabilizara de algún modo y dispuestos a no dejarse engañar. No todos pagaron. La taquilla fue asaltada por los que no pensaron soltar la moneda y a cambio se ofrecieron para alguna actuación.  De este modo se fueron incrementando las actuaciones, pero sin perder de vista que la principal eran los perros salvajes que iban a ser domados por un furioso primo que veía como el público no era respetuoso con los actores, ni siquiera los mismos actores se respetaban entre ellos. Los empujones se sucedían por ofrecer lo más granado. Ya salía el que bailaba un trompo con una punta de acero que rompía las losas, el que tiraba piedras a un bote sin atinar ni una sola vez, el mismo que probó con la navaja en un tablón y tampoco logro clavarla, otro que contó chistes indecentes para semejante público… y así hasta que se llegó al número estelar. Los perros estaban tan mosqueados como el público. Sus ladridos salían de la caverna como si fuese de las profundidades de la tierra y se imponían al griterío donde se entremezclaban las  voces de fraude  y las reclamaciones de la devolución de la entrada.

            Mi primo se había agenciado un palo y una cuerda que simulaba un látigo. Pidió silencio. De un momento a otro retiraría los tablones de la cueva y saldría la jauría para que la pusiera firme. Los perros tuvieron que presentir algo cuando solo se escuchaban sus pasos como de tigres enjaulados. Quitó el tablón que sostenía el falso portón, y los perros, medio ciegos, salieron en estampida corriendo por el patio mientras el público se revolcaba de risa. El domador con el palo y la cuerda intentaba disponer a las fieras en la zona delimitada de pista. Quedaron sólo dos animales, el resto alcanzó la calle y se perdieron, a los que les obligaba a sentarse, tumbarse y, el más difícil todavía,  les metía la mano en sus hocicos arriesgándose a un mordisco.

            Terminado el espectáculo, los dos perros se fueron calle abajo, se contó la recaudación y a propuesta del domador, se compró un paquete de tabaco de la marca “Goya”, porque según él teníamos lo justo. Parte del público se unió a la celebración.

viernes, 1 de mayo de 2020

Lo que éramos (Parte XV)


Trigésimo tercer día.


            Nunca entenderemos las motivaciones que esconden los actos de los niños. Recuerdo que cuando cumplí diez años, a mi familia, a medida que pasaban las horas, se les estaba olvidando felicitarme. Entonces, para llamar la atención y que aquello tuviera un efecto de alerta sobre lo que realmente importaba, me encerré en el cuarto de aseo. Transcurrió el tiempo suficiente para que mi madre se preocupara y preguntará por qué llevaba tanto tiempo allí metido. No le contestaba. Aporreó la puerta llamándome; por su cabeza pasaba que estaría con alguno de mis peligrosos inventos: mezclando detergentes, sacando la pasta dentífrica del tubo o manipulando los botones de la lavadora, cualquier cosa menos lo que pretendía, sencillamente  que se fijara en el calendario y cayera en la cuenta de que era mi décimo cumpleaños.

            Que aquel día memorable pasara inadvertido me enseñó dos cosas; una, que mis padres tuviesen cinco hijos y ocupar el lugar del medio, requería de mejores estrategias para hacerte notar y sacar provecho; la otra, que era mejor irte acostumbrando  a las frustraciones con la única vacuna para estos casos de depender lo menos posible de la voluntad de los adultos.

            Nadie aprende con diez años. Querer ser el centro de atención de tu madre entre la infinidad de demandantes que la rodeaban, requería de un gran observación de cuál era su punto débil. Creí haber dado con él y puse otro plan en marcha. Sabía que cuando enfermaba ella se desvivía por atenderme. Me traía yogurt, vitaminas -tenía un acuerdo con una mujer a cambio de comprar en su puesto de frutas, ella le daba unas vitaminas en ampollas para que me fortalecieran y me sacaran de mi endeblez-  Claro, eso ocurría cuando realmente estaba enfermo, pero las simulaciones de niño absorbente y madrero a ella no se las colaba.

               Una tarde, maravillosa tarde para estar en la calle jugando con los amigos, la propia, porque otra con un tiempo inclemente no sería tan dramática, le dije que me acostaba porque me sentía enfermo. Una enfermedad de difícil  diagnóstico cuando me tocó la frente y ni siquiera cogió el termómetro. Por mucho que simulase un padecimiento, su instinto estaba por encima y sabía que era más un malestar del alma que del cuerpo. Para tormento escuchaba los compañeros de juegos en la calle. Las voces felices llegarían a los oídos de mis padres, pensaba, y convertirían mi sufrimiento en algo más palpable. A las tres horas de estar tumbado, mirando el techo, olvidado, comencé a sentir un hambre atroz que se unió a mis ilusorios síntomas convirtiéndolos en reales. Si aquello no era padecer, que venga Dios y lo vea. Al dormitorio comenzó a llegar el olor de la cena desde la cocina situada una planta más abajo. Un emisario se llegó y me dijo que si pensaba cenar que bajara a la cocina. Era el colmo, al menos podía haberme enviado una bandeja con una frugal comida para su hijo moribundo. Como la inapetencia es el primer síntoma de una enfermedad atroz y creyendo que sería el punto de inflexión para que se interesara de una vez por mí, yo seguí en mis trece y le dije que no tenía apetito. Me llegó la voz de mi hermano cuando dijo, “no tiene hambre”. Pensé que lo mejor era desfallecer de una vez, que me encontraran sin conocimiento, en el límite de la vida, y todo por ser descuidada y no haber atendido a su hijo en sus últimos suspiros. En mi imaginación, con las tripas gritando que dejara de una vez ya la comedia y bajara a cenar, ya no sólo sufriría mi madre, sino que todos padecerían remordimientos que nos les dejaría el resto de sus días vivir en paz.

            La cabeza empezó a darme vueltas. No aguante más y antes de que me comiera las manos, bajé las escaleras. Sentados a la mesa estaban mis hermanos dando cuenta de la cena. Ocupé mi asiento y me serví con un apetito de náufrago. Desde un extremo de la cocina escuché una voz que preguntó si ya estaba mejor. Asentí con la cabeza, con la sensación de haber aprendido también algo ese día.