Querido amigo: En tu carta me dices que andas ocioso, que te gusta leerme porque tienes pocas cosas que hacer, pequeños compromisos y que ni siquiera tus aficiones las llevas con la ilusión como cuando trabajabas. La jubilación es un oasis de tranquilidad, pero gasta cuidado, el cuerpo es perezoso. La evolución nos preparó para ahorrar energía y no malgastarla. Ir arrastrándote al gimnasio por las mañanas, es ya un logro encomiable. Verás que te habitúas, tu cuerpo te lo agradecerá, aunque el resto del día lo pasas recuperándote del esfuerzo. Es muy llamativo que apenas haya hombres de tu edad en las actividades, que son solo mujeres. Esto me hace pensar: los hombres son débiles, menos esforzados y tú no ibas a ser menos.
En fin, a lo que íbamos. Te sigo contando las andanzas con mi expareja, Luisa, la que me endosó mi prima María José.
Conoces por las dos cartas precedentes que el tiempo que estuvimos casados, como la mayoría de las parejas disfuncionales, nunca se sabe quién es el más necesitado de la relación. El matrimonio forma una argamasa que te inmoviliza y convierte tu vida en una ruina emocional. Descartamos tener hijos porque queríamos dedicarnos a nosotros dos. Tener el suficiente tiempo para que la relación creciera. Logramos lo contrario: menguar. A los dos años, daba por hecho que ella podía largarse en cualquier momento. El destrozo se avecinaba. Mi gran temor es que tendría que volver a la vida de antes. ¿Y qué vida tenía antes? Volver a la casilla de salida es más difícil cuando los jugadores han cambiado.
Ahora que todo ha pasado, divorciado, soy más fuerte. ¿En qué se nota? ¿Acaso soy mejor persona? Es como debería de ser. Tienes que convertirte en alguien distinto. Aparcar el matrimonio fallido y abrirte, me decía a mí mismo.
En esto que aparece de nuevo mi prima en mi vida. Alguien le había hablado que ya no seguía con Luisa. Me llamó por teléfono y quedamos para vernos. Después de tanto tiempo, mostraba la misma frescura y belleza que tenía cuando me fui con su familia porque en mi pueblo, abandonado de la mano de Dios, no había instituto. El amor nos fija una impresión y el tiempo que transcurre sin ver al objeto amado la afianza en sus formas como esculpida en mármol. Ella tenía que notar la cara de arrobamiento que puse. Le hablé de la experiencia matrimonial a la que ella nos había conducido sin animadversión, haciéndome el fuerte, como alguien que ha vadeado un río tempestuoso. Pasé de reprocharle haber unido a dos personas tan dispares como “la que va a la batalla”, y yo.“Un hombre que afronta los vaivenes de la vida con entereza y asume sus errores para crecer. “, le dije sin creerme una palabra. Esto en apariencia. Por dentro temblaba. Sentía unas enormes ganas de abrazarla y declararle la pasión secreta que padecí mientras me acogieron en su casa y que nunca la había olvidado. Por falta de valentía, si me hubiese declarado no habría desperdiciado aquellos años
Guardé silencio. “A mí tampoco me ha ido bien”, me dijo. Sentí que se me abrían las puertas de la Gloria al escucharla. Algo morboso, un sentimiento mezcla de alegría y venganza quiso manifestarse. Logré disimularlo con un rostro compungido: el que ponen los amigos cuando le cuentas una desgracia y contienen los músculos de la risa por la alegría que les produce saber que te ha tocado a ti y no a ellos. Respiré. “Esta es tu ocasión. Ahora la vida te va a poner en bandeja restañar la equivocación. El amor de mi vida. Con quien deseo estar. La misma que me equivocó.”, pensé para mis adentros.
Ella hablaba. Apenas escuchaba retazos de lo que me contaba porque mi cerebro sólo podía pensar cómo iba a seducirla definitivamente. Sentía cómo el campo para desarrollar mi estrategia estaba expedito. En la colina que relucía tras la batalla, la veía derrotada y rendirse a mí, un Napoleón apostado con su catalejo.
-Me estás escuchando. Es que pareces distraído- me llamó la atención.
-Te he dicho que ahora estoy con una nueva pareja. Soy muy feliz.
Mi cara ocultó el dolor y la rabia contenida en la misma expresión de pazguato falsario que se alegra.
Siguió contándome lo bien que le trataba la vida. El tal compañero no ponía las cosas fáciles para satisfacer un futuro, cercano y deseado descompromiso. Tenía dinero, lo que le otorgaba un plus para defenderse en la vida de los diluvios porque ya tenía la barca; por lo tanto, es más difícil que un desastre trastoque a alguien caballero en peón. Yo aún no he levantado la cabeza de peón.
Y ya está bien. No pienso seguir quemándome mis cejas para que tú con tu filosofía de alma de cántaro digas que necesito una camisa de fuerza por pesado. Peor porque pienso seguir en mis trece. Ya me tienes pensando cómo la voy a ganar para mi causa. Soy como aquel que decía cuando tenía un examen sin haber estudiado “me expongo a que me aprueben”. Igual digo: “me expongo a que de una vez se enamore de mí”.
Espero tu respuesta. Me da igual que esté llena de vituperios. A los amigos conviene dejarlos hablar, aunque sea ladrando.
Un abrazo.
