miércoles, 26 de junio de 2024

La carta. "Nadie que tenga barca debe temer al Diluvio"

 

            Querido amigo: En tu carta me dices que andas ocioso, que te gusta leerme porque tienes pocas cosas que hacer, pequeños compromisos y que ni siquiera tus aficiones las llevas con la ilusión como cuando trabajabas. La jubilación es un oasis de tranquilidad, pero gasta cuidado, el cuerpo es perezoso. La evolución nos preparó para ahorrar energía y no malgastarla. Ir arrastrándote al gimnasio por las mañanas, es ya un logro encomiable. Verás que te habitúas, tu cuerpo te lo agradecerá, aunque el resto del día lo pasas recuperándote del esfuerzo. Es muy llamativo que apenas haya hombres de tu edad en las actividades, que son solo mujeres. Esto me hace pensar: los hombres son débiles, menos esforzados y tú no ibas a ser menos.

         En fin, a lo que íbamos. Te sigo contando las andanzas con mi expareja, Luisa, la que me endosó mi prima María José.

         Conoces por las dos cartas precedentes que el tiempo que estuvimos casados, como la mayoría de las parejas disfuncionales, nunca se sabe quién es el más necesitado de la relación. El matrimonio forma una argamasa que te inmoviliza y convierte tu vida en una ruina emocional. Descartamos tener hijos porque queríamos dedicarnos a nosotros dos. Tener el suficiente tiempo para que la relación creciera. Logramos lo contrario: menguar. A los dos años, daba por hecho que ella podía largarse en cualquier momento. El destrozo se avecinaba. Mi gran temor es que tendría que volver a la vida de antes. ¿Y qué vida tenía antes? Volver a la casilla de salida es más difícil cuando los jugadores han cambiado.

         Ahora que todo ha pasado, divorciado, soy más fuerte. ¿En qué se nota? ¿Acaso soy mejor persona? Es como debería de ser. Tienes que convertirte en alguien distinto. Aparcar el matrimonio fallido y abrirte, me decía a mí mismo.

         En esto que aparece de nuevo mi prima en mi vida. Alguien le había hablado que ya no seguía con Luisa. Me llamó por teléfono y quedamos para vernos. Después de tanto tiempo, mostraba la misma frescura y belleza que tenía cuando me fui con su familia porque en mi pueblo, abandonado de la mano de Dios, no había instituto. El amor nos fija una impresión y el tiempo que transcurre sin ver al objeto amado la afianza en sus formas como esculpida en mármol.  Ella tenía que notar la cara de arrobamiento que puse. Le hablé de la experiencia matrimonial a la que ella nos había conducido sin animadversión, haciéndome el fuerte, como alguien que ha vadeado un río tempestuoso. Pasé de reprocharle haber unido a dos personas tan dispares como “la que va a la batalla”, y yo.“Un hombre que afronta los vaivenes de la vida con entereza y asume sus errores para crecer. “, le dije sin creerme una palabra. Esto en apariencia. Por dentro temblaba. Sentía unas enormes ganas de abrazarla y declararle la pasión secreta que padecí mientras me acogieron en su casa y que nunca la había olvidado. Por falta de valentía, si me hubiese declarado no habría desperdiciado aquellos años 

         Guardé silencio. “A mí tampoco me ha ido bien”, me dijo. Sentí que se me abrían las puertas de la Gloria al escucharla. Algo morboso, un sentimiento mezcla de alegría y venganza quiso manifestarse. Logré disimularlo con un rostro compungido: el que ponen los amigos cuando le cuentas una desgracia y contienen los músculos de la risa por la alegría que les produce saber que te ha tocado a ti y no a ellos. Respiré. “Esta es tu ocasión. Ahora la vida te va a poner en bandeja restañar la equivocación.  El amor de mi vida. Con quien deseo estar. La misma que me equivocó.”, pensé para mis adentros.

Ella hablaba. Apenas escuchaba retazos de lo que me contaba porque mi cerebro sólo podía pensar cómo iba a seducirla definitivamente. Sentía cómo el campo para desarrollar mi estrategia estaba expedito. En la colina que relucía tras la batalla, la veía derrotada y rendirse a mí, un Napoleón apostado con su catalejo.

-Me estás escuchando. Es que pareces distraído- me llamó la atención.

-Te he dicho que ahora estoy con una nueva pareja. Soy muy feliz.

Mi cara ocultó el dolor y la rabia contenida en la misma expresión de pazguato falsario que se alegra.

Siguió contándome lo bien que le trataba la vida. El tal compañero no ponía las cosas fáciles para satisfacer un futuro, cercano y deseado descompromiso. Tenía dinero, lo que le otorgaba un plus para defenderse en la vida de los diluvios porque ya tenía la barca; por lo tanto, es más difícil que un desastre trastoque a alguien caballero en peón. Yo aún no he levantado la cabeza de peón.

Y ya está bien. No pienso seguir quemándome mis cejas para que tú con tu filosofía de alma de cántaro digas que necesito una camisa de fuerza por pesado. Peor porque pienso seguir en mis trece. Ya me tienes pensando cómo la voy a ganar para mi causa. Soy como aquel que decía cuando tenía un examen sin haber estudiado “me expongo a que me aprueben”. Igual digo: “me expongo a que de una vez se enamore de mí”.

Espero tu respuesta. Me da igual que esté llena de vituperios. A los amigos conviene dejarlos hablar, aunque sea ladrando.

Un abrazo.

miércoles, 12 de junio de 2024

La carta: por qué me separé de Luisa.

 

        Querido amigo. Ya te advertí que tenía una buena provisión de sellos y sobres. No te queda más remedio que leer mis misivas. Con los amigos, te dije un día, hay que pagar ciertas servidumbres. La amistad se conserva cuando se hace de tripas corazón y aguanta los lamentos, las alegrías y los exabruptos con igual medida de perdón y caridad que un confesor se aplica con  los sueños pecaminosos de una beata.

         Acuérdate que mi matrimonio se fue a pique. A mi prima María José, de la que me había enamorado hasta el punto de quedar paralizado, le debía acabar de cónyuge con Luisa. Un inciso para satisfacer tu curiosidad: una de las raíces de la etimología de dicho nombre significa “la que va a la batalla”. A la batalla fuimos los dos con aquel despropósito de casorio. Cuando la efímera llama de la pasión se agotó, nos ocupamos de no perdernos el respeto. El estar solos uno al lado del otro nos provocaba tal hastío que siempre estábamos proponiendo viajar en grupo, salir con otras parejas, regresar tarde del trabajo… Habían transcurrido dos años y lo único que nos quedaba era mantener las formas el tiempo que nos quedara por permanecer en el mismo espacio. El pozo de los temas de conversación estaba seco. ¿Qué íbamos a decirnos? Ella andaba, imagino, enamoriscada de otro, alguien del trabajo, supongo. En cierta forma, me daba lo mismo. Sólo hacía falta la detonación para que todo volara por los aires. Llegó el día que propusimos cambiar la cocina.

         Es de risa, caro amigo. Sigue leyendo, te lo aconsejo, sacarás los conocimientos prácticos que siempre te han faltado por no haber tenido que enfrentarte a los azares e infortunios de un desencantado matrimonio. Qué suerte la tuya que estés jubilado con tiempo para leer estas letras de desahogo.

         Para el “arreglo” de la cocina, los azulejos, las tuberías, la instalación de la luz, podían haberse quedado como estaban, pero con los muebles nuevos, ya nada servía. Hicimos cuentas: marcas, modelos, electricista, fontanero… El presupuesto por las nubes. Para aflojar el gasto, se me ocurrió la idea de, si bien era incapaz de poner un tornillo, sí podía quitar los azulejos y las baldosas del suelo, dejarlo todo expedito para que los profesionales hiciesen su trabajo. Ella aceptó siempre que yo corriese con el empeño pues no era más que fruto de mi mezquina tacañería.

                   Me puse manos a la obra, o mejor dicho al destrozo.

                   Fui a un comercio y adquirí machota, cincel, mazo y una radial con la advertencia socarrona del empleado de que si no estaba ducho en su uso me podía amputar algún miembro. Sacos para descombrar. Una cuba que una empresa había depositado en la calle y a la que cualquiera, por deporte, arrojaba toda clase de desechos como si fuese del ayuntamiento.

                   Comencé por los marcos de las puertas, también se vio necesario cambiarlas. Fui bajando todo por el ascensor, con el consiguiente enfado de los vecinos por cómo lo dejaba de sucio. La encimera la tuve que trocear para poder manejarla. La cuba se llenó en un visto y no visto. Trajeron otra y dio para otra más. Con la radial, al principio con precaución, cortaba todo aquello que se resistía, azulejos cementados imposibles de despegar. Un polvo fino invadió todo el piso. Los libros, las camas, cortinas… se fueron cubriendo de una pátina grisácea que entró por todos los resquicios de armarios y cajones. Mi misión era romper, derribar y destruir. Y lo conseguí. No sólo dejé la concina echa ciscos, sino que Luisa dijo que el estropicio que había montado era la metáfora de nuestra relación: un desastre.

                   A los pocos meses, después de consumar el divorcio, logramos vender el piso. Había quedado inhabitable. La inmobiliaria a la que acudimos se hizo cargo de que la cocina estuviese destrozada, repercutiéndolo en el precio a la baja.

                   Amigo del alma, desde tu altura moral, si quieres sacar alguna moraleja, es que cuando dos se odian con ganas, una reforma doméstica se usa como Estados Unidos usó el Vietnam: para arrasarlo sin que quede ni una brizna. En la vivienda, junto con los cascotes por retirar, las paredes ulceradas de los mamporrazos y el insidioso polvo, quedaron para barrer las cenizas del matrimonio.

                   Espero que haya una próxima carta. Mientras, cuídate y sube esto, si te parece, a tu chispeante blog. Un abrazo.

miércoles, 5 de junio de 2024

La carta

 


Querido amigo: Aquí tienes la primera carta. En estos tiempos de descrédito y abulia, escribirte en papel te parecerá extraño. Sabes que soy muy tradicional, y disiento de utilizar esos artefactos que nos traen locos. Me he aprovisionado de sellos y sobres. Como sé que te has jubilado y que andas algo desorientado con lo que puedes hacer con tanto ocio, te contaré, por que tus humanos ojos se distraigan, algo de mi vida que a ser sincero ni yo me lo esperaba. De tu discreción me has dado siempre muestras. A estas altura de la vida me da igual que se airen mis afilados secretos. Siempre me has demostrado amistad contándome confidencias que al lado de las que yo te cuente van a tener el mismo peso que las un niño de párvulos a su maestra.

Sabes que me fui a vivir a Archidona con mi tío Indalecio para cursar el bachiller. En mi pueblo, pequeño y atrasado, no había instituto. Que me enamoré de mi prima, su hija. Pero por no tener la valentía ni las ganas de enfrentarme a mi tío, que nunca hubiera esperado de mí tal abuso de confianza, estuve simulando la pasión, hasta el punto de convertirme para ella en alguien desabrido y seco, agarrotado en expresiones cortas que cualquiera hubiera interpretado por un muchacho torpe y obtuso, cuando era que me temblaba el alma de la irreflexiva pasión. Presentía que los ojos de mi tío me escrutaban desde la sombra alertados de ante cualquier gesto o carantoña hacía ella  que evitara la catástrofe de que dos primos se aparearan. Tampoco quería pagar con semejante profanación su humanidad. Me habían acogido con todo el cariño para que cursara el bachillerato. Participaba de la vida familiar y me enamoré rendidamente de María José. ¡Qué podía hacer! El sobrino de la hermana de su padre, viuda a la que había que echar una mano: un chicho callado y apocado, al que no le veía, seguramente, la gracia por ningún lado.

En aquella época, y te hablo de mediados de los setenta, cuando cursábamos bachiller, yo ya andaba perdido por María José. Estaba rodeado por decenas de muchachas; ninguna llamaba mi atención. Vivía en secreto un enamoramiento que destilaba en soporíferas poesías.

 Lo que te cuento y apuesto que te reirás, olvidé a mi prima y me dejé ennoviar para acabar en un desgraciado matrimonio.

La que es mi esposa y que dejó de serlo a los pocos años de casados, tenía una amiga íntima que no dejaba de entrometerse para que se echara un novio. La amiga resultó ser María José. Le habló, sin yo saberlo ni conocer de su existencia, contándole que me gustaba. Que yo deseaba que nos presentasen.

Iba y le decía, “Tengo que darte una noticia. Te vas a caer de la silla cuando lo sepas. Mírala, quién se lo podía esperar, tan calladita y despertando pasiones”. La mantuvo un tiempo sin soltarle prenda, hasta que la pobre estalló y le suplicó que se lo dijese de una vez. Así fue como se enteró de que andaba colado por ella.

Yo recibía los mismos crípticos mensajes.  Cualquier alabanza que no fuera de ella, de nada me servía para sofocar el fuego que me corroía por dentro. Pero la curiosidad y el halago pudieron más.  “A que no sabes quién se ha fijado en ti. Que le gustas. Que no deja de preguntarme cómo eres”, me soltaba como quien tira una piedra a un estanque y espera que las ondas llegaran a mi indispuesta alma.

Trasladé el objeto de mi amor a aquella muchacha a la que al verla y saber que le gustaba, ponderé al alza, muy al alza, sus prendas. Los mismo le ocurrió a ella conmigo. Así es como dos cuerpos que estuvimos orbitando uno al lado del otro el tiempo justo hasta que salimos proyectados a órbitas opuestas porque ambos habíamos caído en la misma trampa.

Ya te relataré cosas que te harán reír más. Y por lo que a mí respecta, si te apetece contarlo en tu mañoso blog, hazlo. No me digas que no te ha entusiasmado leer esta tradicional carta que nos aparta de costumbres tan necias de los correos electrónicos y de ese demonio de wsaps.

Un abrazo para mi leal y paciente amigo.