miércoles, 22 de mayo de 2024

Todo lo que quedó.

 

            


          Quedó un sillón con mando eléctrico y el reposapiés recogido, ya para siempre, sin su propietario.

        La mesa enfrente con el mando de la televisión, una carpeta de documentos con recetas, medicamentos esparcidos. Quedó el sofá, los cuadros, las lámparas... Quedó un mueble de cajones llenos de cartas, de recibos y objetos que no sirven.

         Quedó el dormitorio con la cama articulada, el pijama bajo la almohada, la mesita de noche con su lamparita. La ventana abierta ventilando la habitación. El armario ropero. Quedó la ropa: interior, pantalones, camisas… la de vestir y la de estar en casa.

         Quedó el baño: la espuma de afeitar, la cuchilla, la loción, el peine… en el plato ducha la silla de sentarse; la jabonera, el espejo, los accesorios del cuarto, las repisas con el cepillo de dientes y muchos frascos.

         Quedó la cocina: los muebles, la encimera, las cajoneras, el ajuar de ollas, platos, vasos, sartenes… La mesa de roble macizo, al igual que las sillas. Quedó el frigorífico con los yogures, la fruta, la leche, medicamentos que debían conservarse a determinada temperatura. Quedó la batidora con el vaso para triturarle los alimentos, batidos y sobres con aportes extras de nutrientes.

         Quedó su despacho: donde él pasaba muchos ratos entretenido. Los archivadores con toda la documentación al día de impuestos, declaraciones de Hacienda, cuentas bancarias. Álbumes de fotos donde estamos todos mis hermanos en diferentes momentos de nuestras vidas: nacimientos, primeras comuniones, bodas… Fotos de los nietos, del homenaje en su jubilación, de su noviazgo, de mi madre, abuelos, parientes, primos… familiares desconocidos por los que había que preguntar quiénes eran. Mi libro de escolaridad, resguardos de periódicos con noticias de su aparición en algún acto público, reseñas de revistas científicas de artículos de mi hermano científico…

Las agendas en las que pormenorizaba los gastos, sus ingresos, con sus asientos del Debe, Haber, Saldo. Había tiques de gastos que quedarían para siempre por apuntar.

El cajón del escritorio con los útiles de escritura de reserva, folios, sobres, grapas, clips, hojas cortadas para notas. Una lámpara de sobremesa con una lupa incorporada que apenas usaba porque le gustaba más la de mano. En una bandeja estaba el reloj que anunciaba a voz la hora. “Son las 14 horas y 34 minutos”, decía.

La estantería con una máquina de escribir, un ordenador en desuso, libros docentes, una enciclopedia de tres tomos de pedagogía y didáctica.

Quedó una carpeta de poesías escritas a mano mezcladas con los primeros dibujos realizados por los nietos.

domingo, 19 de mayo de 2024

Estampas de un jubilado. Cinco. "Lecciones paleolíticas"


         Un matrimonio no debe durar más de ocho años. Me explico. Nuestros ancestros, y me remonto, por poner una fecha, a hace dos millones de años, en el Pleistoceno, íbamos de un lado para otro, la vida duraba lo justo para reproducirte una vez alcanzada la madurez. Las condiciones eran muy duras y la supervivencia se convertía en un prodigio de casualidades y fortuna. Los seres humanos tenían ocho años como mucho para conocerse, aparearse y tener descendencia antes de que uno de los dos desapareciera. Qué casualidad que es el tiempo que los estudiosos del amor llaman el periodo romántico de la pareja. Ese plazo se grabó en nuestra genética.

         Todo cambió en el neolítico. La invención de la agricultura dio al traste con aquel modo de vida poliamoroso. Debido, en especial, a la necesidad de legar la propiedad a nuestros descendientes y asegurarles la supervivencia, surgieron las sociedades con sus leyes y la moralidad que vigilaba por su cumplimiento. En nuestro cerebro paleolítico, que aún conservamos, sigue la fecha del vencimiento después del cual se desea abrirse a una nueva relación.

             También ocurre con nuestro afán de viajar, de no parar, de ir de un sitio para otro. Parece que es una moda, que la sociedad de consumo la ha impuesto para hacernos creer que somos más felices, cuando obedece a una causa ontogenética.

           La explicación la encontramos en cómo tuvimos que vivir durante miles de años, en el dichoso paleolítico. Un grupo de familias cazadoras recolectoras se asienta en un lugar para proveerse de alimentos. El ciclo de la naturaleza les marca que de no moverse pronto tendrán problemas para subsistir. Había que ponerse en marcha. Así fue como salimos de África. En una caminata continua buscando recursos. En la actualidad lo damos por algo que nos apetece, que gusta por el cariz de nueva experiencia, pero en el fondo estamos atendiendo a otra pulsión de nuestro paquete genético de especie.

           Siguiendo con el apasionante tema, las comunidades de vecinos son un campo abonado para los que tenemos esta imperiosa curiosidad por descubrir otras relaciones que son la base de las conductas, los enraizados comportamientos que enmascaramos y sus solapamientos. Como estudioso de campo he logrado establecer paralelismos singulares. Presentaré dos casos. El  primero, sobre el sentimiento tan arraigado de pertenencia al grupo, grabado “a fuego” en nuestro cerebro. Un sólido ejemplo: en un bloque de vecinos se estableció para el uso de unas instalaciones comunes, y evitar aglomeraciones, dividirlos en dos, etiquetándolos: los azules y los verdes, por la sencilla razón que los verdes daban al jardín y los azules a la avenida. Con el tiempo, crecieron unas alianzas secretas en el seno de cada grupo cuya misión era incordiar al otro bando. Las rencillas, suspicacias, bulos y sabotajes aumentaron entre cada facción de manera alarmante. Al día de hoy hay varias denuncias cruzadas.

              El otro caso es sobre los comportamientos que nos posibilitaban tener el valor y el coraje de enfrentarnos por nuestro espacio. Como homínidos, descendientes de primates somos muy susceptibles a mostrar la debilidad. En juego está perder el territorio y los recursos. Llegado el caso tendremos que mostrar el lado más “mono”. Alzamos la voz, gesticulamos y nos ponemos a saltar para hacer retroceder al enemigo cuando es una amenaza para nuestros intereses.

             Otro valioso ejemplo, para el caso: en una reunión comunitaria de vecinos, en el orden del día, alguien hace una propuesta. Te enrabias porque le ves un perjuicio a tus intereses. Planteas llevar tu posición razonable, y sientes como estás solo porque al resto le da igual. Entonces desearías correr, saltar, golpear, gritar e imponerte como aquellos ancestros tuyos hacían en los árboles. Soltarle un mamporro al imbécil que te lleva la contraria y callarlo de una vez. Gruñes en silencio. Asintiendo con corrección falsa lo que en otro tiempo “salvaje” se habría resuelto de manera más expeditiva.

                    

sábado, 4 de mayo de 2024

Estampas de un jubilado. Cuatro.

 Estampas de jubilado. Cuatro.


 

    La mayor fuerza de voluntad la debes de emplear en levantarte de nuevo al amanecer. Te acicalas y piensas que el día va a dar para un montón de actividades. La primera es ir al gimnasio. Escaneas el cuerpo y buscas algún dolorcillo que ha estado agazapado. No está. Pero en su lugar hay otro, y otro… no son gran cosa, salvo si lo fuerzas podían ser invalidantes, piensas. Te asalta el dilema si sería mejor descansar, vaya a empeorar. Decaen las ganas porque la noche la has pasado inquieto a causa de la cena. La pereza empieza el primer asalto.

    Coges la bolsa de deporte. El pabellón deportivo es un sitio desangelado. Ves cómo llega el resto, la mayoría mujeres que no sienten el frío, en tirantes, en un silencio de mañana sin sol, porque el sol está fuera, en la orilla de la playa, en las sierras, y no bajo una techumbre. Realizas el calentamiento. Siempre con precauciones porque arrastras en pocas semanas un catálogo de pequeñas lesiones musculares que te señalan que o te lo tomas con paciencia o vas directo al desguace.

      La sesión ha terminado. No ha ido tan mal. Estás con energía, pero con un hambre de lobo. Debes cuidar lo que comes. Este es uno más de los axiomas que portas en tu maleta de jubilado vayas a donde vayas. Supone que debes torturarte sin contemplaciones, privarte de lo que antes hacías sin cortapisas porque ahora adquiere un peso específico en las analíticas que te haces anuales. No quieres traspasar la barrera del asterisco, ese que señala que te has pasado y que vas por mal camino. Nunca antes habías reparado en que el cuerpo está regido por tantas reacciones y que cualquiera tiene un efecto dominó de desastres impensables.

                Te vuelves a sacrificar. Esta vez con el desayuno de media mañana. En su lugar tomas un desabrido yogur natural. Como no te aguantas, también coges un puñado de almendras, y ya puestos un plátano que es rico en potasio para recuperarte mejor.

      Es el momento de lo intelectual. Estás cansado, a medio comer.  Coges el teléfono y lees los titulares de la prensa. Acabas disgustado por cómo está todo. El odio y la ira está en estrecha relación con tus tripas que siguen sin estar saciadas. Intentas leer. Tu mente está en todo menos en la lectura. ¿Escribes?

        Lo mejor es pasar la mañana en la calle, tomando el sol. Sales y te encuentras que no tienes ningún objetivo, solo deambular. Estar fuera de casa porque sí, es algo que se te antoja absurdo. Te encuentras a una amiga. El médico le ha recomendado primero que deje de fumar, lo ha hecho; que camine, piensa hacerlo… Entonces saco mi batería de consejos. Le comento, si desea caminar, cosa sumamente aburrida, lo haga realizando pequeñas compras a largas distancias. La mente creerá que está haciendo algo con sentido y no te dará la brasa para que desistas. –Ese es mi método-

    -Sales de casa. Te vas al centro a comprar algo que estimes. Regresas caminando. Ves qué fácil –le digo-

   No le convence. El centro de Málaga le agobia.

  Tiene una vecina que también está como ella. Intentará ponerse de acuerdo para caminar juntas.

  Quizá porque aún no se me ha quitado el hambre después del ejercicio o porque me gusta que me den la razón, le digo que lo más probable es que le contagie su pereza y que lo más lejos que van a llegar es a una cafetería a merendar.