domingo, 28 de julio de 2024

Sofía. La buena de Sofía. (Final)

 

Antes, ahora y después, sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo. De qué me iba a sorprender que me ocurriera cualquier cosa impensable. Al garete con mis días sosegados de jubilado. ¿Por qué pisaría yo aquel infausto gimnasio?

Justiniano me envío un sobre mediante mensajería. En el wsap estaban las fotos suyas con Sofía en actitud de pareja autorretratada. Ninguna en mallas gimnásticas. Me daba sucintas instrucciones de qué debía de hacer para introducirme en el gimnasio y espiarla. Tenía que sacar la matrícula y apuntarme a las mismas clases que ella. Los nombres me sonaban a chino. Me aconsejó que me pusiese en forma, a pesar de que me había encontrado bien, decía que no me vendría mal rebajar algo la cintura. Todos los gastos que se me originaran él vería la forma de compensarlos.

Señaló en una hoja de calendario los días que asistía y el tipo de clase que daba. Para colmo del cinismo decía que lo iba a pasar de maravilla y pretendía tranquilizarme que todo quedaría en nada.

Llegó el día de marras. Días antes estuve ejercitándome. Me medía el diámetro de la cintura. Hice series de abdominales en el intento de rebajarla. No quedaba tiempo. Lo mejor era pasar desapercibido colocándome en un lugar promisorio de información y oculto a las miradas escrutadoras de novatos con las fuerzas de un mosquito.

Enseguida reconocí a Sofía. Sus labios rojos, pómulos de melocotón, cintura, glúteos… en un abrir y cerrar de ojos me pareció una mujer de matrícula. Su pelo natural cayendo en cascada. Una sonrisa de sílfide. Contrastaba con algunas hembras con labios de bótox de los que han sido perfilados para lúbricas escenas. Rubias de bote y reconstruidas de liposucciones que reían como pencos. Comprendía a Justiniano, de aquella prenda no me hubiera separado ni un minuto.

Fue toda una sorpresa, aunque realmente la sorpresa la di yo.

Comenzó la clase. La abigarrada monitora fue planteando los ejercicios seguidos, sin dar respiro. Hasta el momento no había observado nada inusual. Estas clases están atiborradas de féminas. Son pocos los hombres. De mi edad solo estaba yo que destacaba por dos asuntos: la vestimenta retro y la edad a pesar de que en un alarde de rebajar años me había dejado la gorra puesta.

Íbamos haciendo series. A los pocos minutos me había trasegado toda el agua de mi botellita. Empapado en sudor, sentía las piernas congestionadas. Procuraba rebajar el número de repeticiones. Como si mis pulmones necesitasen todo el oxígeno que allí se estaba mal gastando por aquella recua de yeguas y potros rebosantes de salud. A la primera ocasión que tenía inspiraba queriendo no dejar gota de aire en la sala. Quizá fuera la hiperventilación o exceso de ritmo cardíaco, el caso es que caí desplomado al suelo.

Desperté. A mi alrededor, una pléyade de ojos me observaban consternados. Retazos de fragmentos de frases entraban como brasas en mi aturdida conciencia. Cuando escuché de una boca “es mayor” hizo que me incorporara como un resorte. “Ya estoy bien”, balbucí, y marché a la cafetería a recuperar el resuello. La sesión continuó sin mí.

Mientras esperaba a que terminase la clase; quería, al menos, cumplir con  Justiniano y contarle que todo había ido bien, que podía vivir tranquilo y disfrutar de su morrocotonuda suerte. Cavilaba en decirle que sus celos eran propios de ceporros con pretensiones, cuando veo que Sofía se acerca a mí.

Cogí la Coca-Cola y me la llevé a los labios. Pretendía ocultarme tras ella. Me preguntó si me encontraba ya bien. “Sí, le dije. Es que el desayuno se me ha cortado”, me justifiqué. La invité a sentarse. Nos presentamos. Pidió un agua, qué otra cosa podía pedir una deportista, pensé, mientras yo me embaulaba una bebida colmada de azúcar. Le dije que con toda probabilidad no volvería. “Probaré con otras actividades, quizá algo que se haga sentado o tumbado”. Le hizo gracia. Tras sus labios se escondía un cofre de perlas.

-A mi marido no le gusta el deporte. –dijo con un mohín preocupada y absorta-  Le vendría bien, para que se relajase. Es veinte años mayor y está hecho una bomba con el colesterol por las nubes, aparte de la artrosis y el estrés. Está obsesionado por el control y la seguridad. –En su expresión se podía ver preocupación, como cuando se habla de la enfermedad-.

Y así, como quien abre la espita de un motor ahogado, me dibujó un retrato nada halagüeño de mi amigo. Estaba cansada de su obsesión por controlarla. Sospechaba que la seguían. Que alguna que otra vez había contratado a alguien para espiarla. “Estamos nadando en dinero. La casa de Marbella lleva un búnker antirrobo. Le tuve que fidelizar mi amor con un contrato absurdo en el que me gratificará por cada año que viva a su lado cuando enviude, como quien ha invertido en un plan financiero a largo plazo si pretende conseguir una gran rentabilidad. -Se expresaba en un tono más lastimero que vindicativo-.

“Aparte de guapa, es conversadora. Esta mujer no se merece las suspicacias del cantamañanas de Justiniano”, pensaba ya perdido en el mapa de su rostro. 

-¿Dónde queda el matrimonio que va envejeciendo en la tranquilidad por el océano de la vida en sosegada calma con la compresión y el cariño sorteando la mar encabritada y peligrosos arrecifes? -concluyó con esta metafórica alusión y riéndose de ella misma.

Cambiamos de tema y desvié la conversación utilizando un personaje novelesco, y de ahí a hablar de libros fue todo uno. También era lectora. Como quien le tiende una alfombra al genio de la lámpara, me pude lucir y recuperar, creo, algo de la patética imagen que había dado cuando un rato antes me derrumbé en el suelo.

 Llegó la hora de despedirnos y lo hicimos con un hasta que nos veamos.

Regresé a mi domicilio con la bolsa de deporte como quien porta un fardo de ignominias, vituperios, secretillos e ilusas esperanzas; decidido a borrar a Justiniano de mi lista de amigos. Sofía quedaría a merced de mis sueños.

jueves, 25 de julio de 2024

Sofía (2ª parte: La misión)

 

Uno siempre espera comportarse de manera que produzca el bien o tratando de evitar un mal. Esa es mi forma de ser. Lo que no entiendo por qué me dejé llevar a sabiendas de que estaba haciendo algo que me perjudicaba. La razón irrazonable de dejarme convencer por Justiniano de que siguiera a Sofía en algunas de sus salidas de la manera más vulgar como espía doméstico, era algo apartado del sentido común del que un jubilado debe hacer gala. ¿Acepté por ayudar a un amigo, por el simple hecho de que mi vida era demasiado aburrida y buscaba darle un punto de emoción? Será que tengo menos sesos que un muñeco.

Había recibido un wsap de Justiniano pocos días después de encontrarnos en el Corte Inglés y contarme qué había sido de su vida. Me habló de Sofía, su actual esposa a la que le lleva veinte años. De su absoluto bienestar económico lo deduje por los signos externos y de cómo habló de pasada de sus negocios. Así que al menos cuento con un amigo rico, que yo sepa –pensé-. Él podía vivir tranquilo agradecido a su buena suerte, pero un desasosiego se movía en el fondo de sus pensamientos, me dejó entrever. Sofía no era el bálsamo para su proterva edad. “Amigo –me dijo cariacontecido-, tendría motivos para estar despreocupado, pero dedico mi tranquilidad a una intranquilidad propiciada por tener una mujer de bandera más joven y que por culpa de la funesta biología humana la estoy desatendiendo.”

Habíamos quedado en una cafetería frente a la Catedral de Málaga. Los naranjos con su flor de azahar exhalaban un perfume que invitaba a la seducción, al amor, a la expansión de los sentidos. La naturaleza estaba en plena ebullición fecundadora. Desde mi lugar solo tenía la vista en las mujeres que pasaban con sus piernas tornasoladas, mientras mi amigo se debatía en los celos que le sobrevolaban en círculo como buitres conocedores de su debilidad y esperando probar fortuna.

-Así que esto es lo que te propongo. Como tienes tiempo de sobra, el ejercicio que tengas que hacer lo haces siguiendo a Sofía. De lo único que me tienes que dar cuenta es de sus movimientos y decirme con quién habla y la manera de hablarle. Yo te mando un wsap para que te pongas en acción. Tú la esperas. Quedaremos aquí, que no es mal sitio, para darme cuenta de qué hace.

-Ni hablar –le dije firme- No cuentes conmigo. Contrata a un detective profesional si quieres espiarla. Además, de qué te sirve. ¿Puedo hablarte con total confianza? ¿Me prometes no enfadarte, te diga lo que te diga?

Y le solté el manido discurso que suele venir gratis en los tabloides para atraer la atención del lector e inundarle de publicidad. Estadísticas acerca de las infidelidades, el abanico de relaciones entre parejas entre las que podía elegir, cuando él quería optar por la más tradicional y en completa decadencia. Una relación basada en la confianza dejaba al albur de las vicisitudes lo que tuviese que llegar, pero nunca imaginando y provocando escenarios que destruirían su felicidad. Que el control era un producto de su inseguridad y no valorar lo que esa persona le estaba dando. Terminé mi exposición con: a la postre, ojos que no ven, corazón que no siente. Quise reírme, pero la expresión amargada de su rostro me lo impidió.

Al final hubo una rebaja en mi cometido de espía de pacotilla. Sólo tendría que apuntarme al gimnasio que ella iba. Era como un muestreo de campo. Si no había gato encerrado, podía correlacionarse con los demás ámbitos y exonerarla de fantasiosos descarríos. Acepté.

Estuvimos dando un paseo por alrededores de la catedral. Él me hablaba de una casa que se estaba construyendo en Marbella, piscina, jardines… Hacía como que le atendía, pero mi vista iba a la caza de aquellas extranjeras de muslos prietos como jamones de rifa de Navidad a los que daba la gana acariciar si uno tuviese la suerte de que le tocasen. ¡Un búnker! Esa palabra me hizo reparar, porque para qué quería un refugio. ¿Acaso esperaba que se produjera un desastre nuclear?

-Ya te contaré cuando quedemos para que me digas cómo te han ido las pesquisas. –soltó una risa y dudó un momento de la palabra a emplear para no provocar de nuevo mi rechazo- Tú diviértete. Tómatelo en plan aventurero y pasa de moralinas. Si quieres te pago un curso de detective y te quitas el prurito de ser un gafapasta.

Sin saber lo que me había querido llamar, nos despedimos quedando a la espera de recibir el mensaje que me pusiese en marcha. Mi conciencia andaba difusa entre lo que debía o no debía hacer.  Salí de divagaciones al fijarme en un cielo luminoso, pronto estaríamos en Semana Santa. A mi alrededor, se convocaba una manifiesta invitación a la concupiscencia, a distraerse de los sinsabores, a celebrar la vida produciendo más vida. Empecé a relativizar el asunto en el momento que mi vista se fue tras, como nunca lo había hecho, de las treintañeras sacándole ese punto de madurez que se vislumbra cuando se estaban apagando los últimos vestigios de la juventud.

 Acaso las sospechas de mi amigo en torno a su turgente esposa habían despertado mi libido y lascivia. Lo que me faltaba, con lo tranquila que llevaba mi jubilación.

(Continuará)

domingo, 21 de julio de 2024

Sofía

 

            Lo malo de haberte casado con una mujer veinte años más joven es que cuando crees que te haría rejuvenecer, consigues sentirte cada vez más viejo.

         Esas fueron las palabras de mi amigo Justiniano, compañero del instituto en Archidona, dejó caer cuando nos encontramos después de tantos años en el Corte Inglés. Fue pura casualidad. Él estaba en la sección de perfumería. Acaba de pagar una cantidad muy respetable por una colonia. Ambos tenemos 63 años, a pesar de la metamorfosis en nuestro aspecto, logramos reconocernos y con la alegría de ver antiguos amigos y compañeros, después de evaluarnos uno al otro quién se conservaba mejor, con las correctas hipocresías de dejarlo en tablas con un te veo estupendamente y un yo a ti también, me invitó a la cafetería.

            Ya sentados, le conté a rasgos generales lo que había sido mi vida: el magisterio, la familia y cómo no, a qué dedicaba el tiempo de la jubilación. Cuando empezó a hablar de la suya hubo un salto cualitativo. Nadaba en dinero. Se había separado, y tenía dos hijos de la primera mujer. A su pareja de ahora, Sofía, le llevaba veinte años. Empecé a sentir cierto empequeñecimiento, como si sus palabras me estuviesen jibarizando. Puse el rictus que se suele utilizar en estos casos de condescendencia, de estar a la altura y no sentir las puñaladas de la envidia en el costado, hasta que soltó la frase con la que he comenzado: lo malo de haberte casado con una mujer más joven… Fue cuando respiré porque en el éxito también hay zonas de penumbra y frías umbrías.

         -La conocí en una reunión de negocios –continuó mientras miraba los posos del café como una pitoniso-. Era la amiga de la hija de un empresario. El caso es que me quedé prendado de ella. En un visto y no visto, me separé y mis dos hijos me retiraron la palabra. Mi ex me odia hasta la exacerbación y me desea todo lo peor.

         Estuvo un breve tiempo como ausente con el pensamiento en otro lugar, meditando. Su interior se había llenado de palabras que debía de vaciarme como a un confesor. Por mi parte, nunca había escuchado nada parecido. La órbita de seres en los que me muevo no dan tanto juego. Sus vidas son tan planas, comparándolas con las de mi antiguo compañero, como la mía. Quizá sea lo mejor después de lo que me siguió contando.

         -Para asegurarme hice separación de bienes. Si una mujer preciosa, joven, busca a un hombre maduro que siente dolores en las articulaciones por el simple hecho de bajarse del coche, lo lógico es asegurarse. Ella respondió que le daba igual. Que estaba enamorada. Mi propuesta fue generosa –y soltó una risas-: conseguiría una renta en caso de enviudar, la cual iría aumentando cada año que sobreviviera en matrimonio conmigo. Con esta propuesta que aceptó yo conseguía que le fuese rentable continuar a mi lado.

Para que viese que le seguía, a pesar de mi perplejidad, le dije que me parecía muy inteligente. Nunca he sido de los que desmerecen los ingenios prácticos que se montan algunos en esta vida para asegurarse la supervivencia.

-Mis hijos temerosos de perder su herencia me propusieron que me no me casase, que probase un tiempo. Los mandé a freír espárragos. Sofía tiene cuarenta y tres. Los hombres se la comen con los ojos, y yo qué puedo hacer. –entraba en un terreno de pesadumbre y sufrimiento- Me entran ganas de ir detrás de ella y decirle al baboso qué puñetas mira. Lo llevo mal. Si vamos a algún acto, es un imán para los varones que son los hijos jóvenes de mi círculo de amistades que rondan mi edad. Las esposas la miran con un odio cerril.

-Ella me quiere. Y me da muestras. Está todo en mi cabeza.  Me está costando llevar este matrimonio. No estoy a la altura, la diferencia de edad la noto día a día. Las pastillas para dar la talla las tengo prohibidas por eso de la tensión. Así que te puedes imaginar el numerito.

Miró el reloj. Le dio premura por contarme más, pero empezó a inquietarse. Le sugerí si tenía que marcharse que por mí no había problema. Que nos diésemos los números de teléfono y así estaríamos en contacto. Eso hicimos.

Ya de pie, me dijo:

-Hubo un tiempo con Sofía que todo iba bien, nunca muy bien, solo bien. Fui perdiendo la esperanza de alcanzar la gloria. Amigo, quemé mis naves. Ya solo me quedaba seguir adelante: Sofía y los negocios. A veces me siento que estoy embarcado en un trasatlántico, que soy el único pasajero, sin tripulación, a la deriva…

Antes de que siguiese por ese derrotero que seguro que acabaría en naufragio, para quitarle dramatismo le insinué que al menos el barco iba repleto de provisiones e imagino de comodidades.

Nos despedimos con la descreída ilusión de que seguiríamos en contacto. 

Mi sorpresa fue que a los pocos días recibí un mensaje suyo para quedar de nuevo.

(Continuará)

domingo, 14 de julio de 2024

La carta. "Un hombre insignificante" Final.

 

Estimado amigo:

Sé que estás ansioso por saber qué me traigo entre manos con mi prima María José. Si habré salido de este laberinto emocional que me tiene el cuerpo desencajado como armario en mudanza. Tú, mientras, te solazas en el ir y venir al gimnasio, en pasear por librerías, en tus lecturas… ¡Vaya, para quejarse! A ti te daba yo una pasión amorosa que te sacase de ese amodorramiento que dices que tienes. Que la novelería del siglo diecinueve que tanto te gusta la vivieses en tus propias carnes. Pero volviendo al tema central, te contaré las últimas novedades.  

         Me llamó mi prima María José. Le era muy urgente hablar conmigo, pues tenía que aclarar un tema importante. ¿Qué sería?, me preguntaba. Por el tono de la conversación entreveía que era algo poco favorable para mi causa. Quizá tuviese que ver con su familia, o con la garduña de pareja que tenía y al que le había puesto los puntos.

         Lo más curioso es que tenía que trasladarme a Archidona, a casa de sus padres, el lugar donde se había incubado mi pasión, amor, encandilamiento o las mil maneras que hay de llamarlo. Fuese para lo que fuese, pensaba aprovechar la ocasión y poner las cartas sobre la mesa.

         Llegué a Archidona. La reunión la tenía en casa de mi tío Indalecio, el padre de María José, me recibió con cara desabrida preguntándome cómo me iba la vida, dejando caer, un “aunque ya lo sé, qué me vas a contar”.

         Aquel tonito no me gustó nada. ¿A qué venía ese retintín? Me temía lo peor y lo peor se produjo al poco rato.

         María José entró con un ordenador portátil encendido. Iba yo a hablar y me dijo que esperara. Tecleó y vi unos escritos. No entendía nada. Por si fuéramos pocos en ese momento apareció la garduña, el tal Luis, con su porte mayestático de camisa planchada y sonrisa de alcancía repleta de monedas.

-¿Me puedes explicar esto?.-me reconvino mi prima, con la impresión de ser sojuzgado por un tribunal.

         Tenía la sensación de haberme bajado de un avión y ser informado que el piloto era un chimpancé. Algo absurdo y mareante. Preferí mantener el silencio el tiempo que mis neuronas destilaran qué estaba ocurriendo. La meliflua sonrisa de estar pasándoselo bien del pajarraco de Luis no contribuía a calmarme.

         -Así que te has dedicado a airear lo que tú llamas pasión amorosa a los cuatro vientos. –mi prima se expresaba con la vehemencia, y algo de sarcasmo, de un fiscal frente a un timador de viejas- Explícame, zoquete –a fe mía que lo dijo con cierto toque de gracia- quién es ese amigo al que le confiesas todas tus melonadas y él no tiene otra cosa que hacer que publicarlas en su blog. ¡Dios los cría y ellos se juntan! –continúo con la filípica- Gracias a tu estimado y querido amigo –e hizo un inciso-, así es como encabezas tus cartas, en Archidona todo el mundo se deleita con tus patrañas y no hay nadie ya que no sepa de tus chifladuras. A Luis lo llaman garduña, y a mí me señalan como una desaprensiva que te ha estado torturado.

Estuvo largando sin parar. Terminó para darse un reposo. Mí tío y “el otro”, no es cosa de seguir moteándolo, les notaba las ganas contenidas de estrangularme.

No me salía la voz del cuerpo. Fui capaz de decir un parco y desafinado “lo siento”, como si alguien lo dijese desde la profundidad de un pozo. Aquello había sido una encerrona con todas las de la ley en el lugar de origen y desenlace definitivo del enredo que yo solito había creado. Bueno, yo solo no, con tu ayuda. Porque ahora que lo pienso tu vanidad es la que lo ha provocado. ¿Para qué puñetas tenías que publicar mis cartas en el blog? Tan cortito eres que no veías que podían llegar a ella.

Falta lo mejor. Si la cosa no estaba clara, María José le pidió a su padre y “al otro” que salieran, pues iba a hablar conmigo a solas. Nos dejaron solos.

Temblaba por dentro. La sangre se me había ido toda a los pies. En una foto seguro que aparecería como un muñeco de trapo al que van a amortajar.

Habló María José. La expresión de su rostro oscilaba entre la afabilidad y la recriminación, entre el regocijo y la pesadumbre. Si hubo debajo de todo un sentimiento, aunque pequeño, de mujer halagada, lo encubrió muy bien.

 “Cabeza de chorlito, siempre supe que estabas colado por mí. Por qué crees que te desvié la atención con mi amiga Luisa. Pues para quitarte de encima. La intuición femenina me decía que nunca llegarías a ser alguien importante, que irías por la vida dando tumbos. Acaso yo quería ser la mujer de uno que no tuviese donde caerse muerto. Aquí en Archidona los llaman “pelamimbres”. No. Yo quería un hombre no solo que me bailase el agua sino que me hiciese una reina. ¿Acaso tú habrías podido? Eres idiota y no sabes de la misa ni la media. Las mujeres que somos así Dios lo quiso. Abomino de los hombres que nos engalanan de palabras, que están dándonos todo el tiempo la lata, y que lo único que buscan, en el fondo, es arrimarnos el … -no fue capaz de decirlo- Prefiero tener el … en paz antes que cargar con alguien como tú que me arruine la vida”

 

Y ahora, amigo, te pido que lo publiques, que no se pierda ni una coma. Es la única forma de venganza que le queda a un hombre preterido por ser insignificante.

Un abrazo.

 

 

                  

domingo, 7 de julio de 2024

La carta. "Resentimiento, mucho resentimiento" (Cuarta parte)

 

Estimado amigo:

         Que estés ocioso en tu jubilación no significa que los demás tengamos la obligación de entretenerte. Ocúpate en algo provechoso y no andes de aquí para allá molestando a los amigos que están en sus quehaceres. Me pides que no deje de darte cuenta de mi vida y obra con María José. Aquí las has dado. Pues es en lo tocante a ese tema se ha vuelto el centro donde gasto todas mis energías.

Desde tu peana, me dices que el amor es una fuerza inconsútil –siempre te gustó utilizar un vocabulario de novela del diecinueve- que lo más improbable lo convierte en probable. Eres muy iluso si piensas que estar perdidamente enamorado me va a llevar a cometer alguna locura. No paras de repetírmelo. Con tu verbigracia de escritorzuelo bloguero crees que las llamas del fracaso le hacen a uno perder todo le pragmatismo y sensatez. ¡Qué risa! Si estás en lo cierto. Y te cuento.

No ha pocos días, paseaba y me encontré a María José con su nueva y flamante pareja sentados en la terraza de una cafetería. Te acuerdas que me lo vendió como el hombre de su vida. Pues mi único objetivo a partir de ahora es defenestrarlo con sumo gusto. María José, que me conserva el cariño que se le tiene a un primo, al verme me llamó e invitó a sentarme con ellos.

-Este es Luis –me presentó y pensé mientras le sostenía una mano de garra de pajarraco: ¡Qué predilección tenía mi prima por los Luises y Luisas para torpedear mi felicidad!

Era la ocasión de evaluar qué tenía él que yo no tuviese. Estudiarlo y ver cómo podía arruinar la relación. Espero que no seas escrupulosillo por lo que vas a leer. Con el tiempo me ha ido creciendo un resentimiento producto de mi frustración amorosa o sexual, llámalo como quieras, y que da lugar a un estado casi depresivo que me llama a la venganza en frío o caliente. Imaginación que ve, corazón que siente.

María José, pude traslucir, se comportaba como un papanatas. La veía embelesada cada vez que la garduña hablaba. Éste, con su pose de hombre seguro de sí mismo, con la camisa abotonada que mostraba un torso de gimnasio y bajo en calorías –me arrepentí de ir en pantalón corto, camisa floreada y zapatillas deportivas-, me perdonaba la vida simplemente por el hecho de estar allí desaprovechando un trozo de su precioso tiempo con alguien que veía, seguramente, inferior a él. ¡Ah, cuánto resentimiento! Cuando me dirigía la palabra miraba a un punto entre mi entrecejo, como si leyera mis profundos pensamientos y no se la pudiese pegar que padecía un trastorno de amante despechado.

-Pues es lo que te digo… entre un Audi y un Mercedes… siempre el buceo… la noche, como la noche en la playa… -apenas escuchaba retazos de lo que decía el tal Luis porque la mente resentida destilaba un odio infinito, de energía de agujero negro, al tiempo que mantenía la expresión de estar atendiendo aquellas simplezas de bobalicón ajeno a cualquier clase de amarguras. La sabandija nadaba en las aguas del éxito material.

Mientras él no paraba de hablar, yo permanecía absorto en cómo descubrirlo para que mi prima se diese cuenta la clase de infraser había debajo de aquella máscara de dinero y torneado cuerpo. Pronto, debía atacar, dejar en evidencia a aquel pelagatos. Quise redirigirlo a algún tema en el que poder arruinarle la autoestima. ¿Cuál? Me era muy difícil, pues llevo vida de anémona arrastrada por la corriente. Un erizo de mar tiene más experiencias que contar dentro de su espinosa concha. Habló mi prima:

- Luis, deja a mi primo que cuente cómo le va. -y soltó una risilla, mientras la garduña volteaba las llaves de un portentoso vehículo a la espera de que dijese algo interesante; pero yo no podía apartar la vista del rutilante llavero.

-Bien, prima, muy bien. Estoy en una fase que no quiero ataduras, lo que se dice libre, sin compromisos. –y recurrir a los manidos tópicos de los solteros irredentos- Acumulo experiencias, viajes, buenas lecturas, las amistades… -recité el catecismo del autoengañado condenado a la mísera soledad.

El pajarraco me miraba igual que se mira a un bacilo por el microscopio, con la precaución que produce el pavor de que lo mío fuese contagioso.

Mi prima se despidió con dos besos y él apretó mi mano con su garra.

¡Ah, amigo! Por hoy ya está bien. Aconséjame desde tu poltrona de hombre sin preocupaciones, que sabe de las pasiones por tanto mamotreto que has leído. Dime cómo recuperar el orgullo que se me ha esfumado como la gaseosa. Pero olvídate de que no persista en mi intento de perseguir mi quimera. Antes, temprano que tarde, con mis artes, María José descubrirá que detrás de esa fachada de tanta fortuna se esconde un farsante, engreído y fatuo: un miserable.  En ello voy a poner tanto tiempo del que se supone que disfruto para experiencias, si por experiencias se entiende acumular resentimiento, mucho resentimiento.

Un abrazo.