sábado, 22 de julio de 2023

Viaje en un seiscientos.

 

Un presentimiento vago pero categórico: en septiembre mi libertad se vería reducida a pocas horas y espacios limitados. Se avecinaba una época de esfuerzos titánicos a la luz de un flexo y una angustiosa vigilancia paternal para que mi rendimiento no rodase cuesta bajo en primero de BUP. Mi amigo no bebía de esa pócima de angustia. Su vida se encaminaba con estudios de trámite al mundo laboral. Ambos teníamos por delante horas y horas de plena libertad. Fue el último verano de hacer autostop.

         Hoy día es muy extraño ver a alguien señalando con el dedo pulgar y el movimiento del brazo invocando una solidaridad y confianza en una carretera. A finales de los años setenta era muy común. Veías gente de todo tipo: bohemios, turistas mochileros, vecinos que iban de un lado para otro… y adolescentes sin dinero. Te paraba alguien conocido o cualquiera que tenía por costumbre subir a los autoestopistas. La desconfianza llegaría pocos años más tarde.

Nuestros destinos solían ser Antequera, Salinas, las pedanías y la laguna. Probábamos con todos los vehículos que pasaban; daba igual que fuese furgoneta, camión, coche… hasta que alguno paraba.

Muchas veces dejábamos que el destino lo marcase el propio conductor según el lugar que le pillase de paso. La laguna era el preferido en verano porque podíamos valernos del autostop para regresar o volver en el autobús de línea en Salinas a la caída de la tarde por veinte pesetas.

Después del almuerzo emprendimos el camino para ir a la laguna. Al poco rato se detuvo un seiscientos con tres ocupantes. Todos nos conocíamos de vista. El chófer, regentaba una pequeña taberna; los otros dos ocupantes, amigos de farra, como ocurre en los pueblos, también nos eran conocidos. Suponían, y suponían bien, que íbamos camino de la laguna a bañarnos bajo a aquel sol inclemente. Mi amigo y yo nos apretamos atrás.

Su dirección era un cortijo que estaba de paso. El tabernero propuso que cuando terminase de hacer “unas cosas” podíamos ir todos a bañarnos, que era cuestión de poco tiempo.

Desvió el seiscientos a la entrada de un camino que a medida que te internabas se iba poblando de matojos resecos hasta el punto de desaparecer. Subimos una loma y ante nosotros apareció un caserón a la que se le adosaban dos construcciones anejas. Un gran portón en medio, a un lado una caseta de obra para el perro sin perro, todo a la solana. Nos bajamos. Una parra de racimos resecos, mientras abría una portezuela, nos protegía de aquel paisaje recién salido del horno. Entramos a un corredor que daba a un patio rodeado con un muro de piedra donde dos cabras seguían nuestros pasos con manifiesta curiosidad.

El casetón encalado con la puerta metálica en el patio declaraba que allí estaba el tesoro. Un tonel, “el abuelo” y tres barricas, “los nietos” componían la modesta bodega de la que surtía la taberna.  En medio una mesa de tablas y unas banquetas para dar servicio de catadura. Todo en una semioscuridad y frescura de iglesia medieval a la que te ibas acostumbrando a medida que te impregnabas del olor a vinazo. 

La faena consistió en trasegar un vino de unos barriles, el tabernero lo llamaba los nietos, a otro “gran reserva”, el abuelo. ¿O era a la inversa? 

Cogió un cubo y un embudo. Después de varias operaciones de llenar y vaciar, sacó una enorme bota de vino y la llenó según él del “superior”. Nos la pasamos para darle buenos tiento, costándome un gran esfuerzo sostenerla del peso y apuntar el chorro a la boca. Apetecía calmar la sed. Los ojos nos comenzaron a brillar como ascuas de brasero.

Desandamos el camino hasta el coche sin saber dónde pisábamos. El seiscientos no arrancaba. “La batería, está mal”, nos comunicó el conductor. Así que el bodeguero se subió mientras los demás entre risas comenzamos a empujar hasta que el motor se puso en marcha.

El trayecto a la laguna era de unos tres kilómetros por un camino rural. Cogió una trocha que según él conocía muy bien. Paramos en un pilón en el que nos refrescamos y saciamos la sed. El seiscientos comenzó a subir la pendiente a espasmos y a pique de desguazarse hasta que el bodeguero expedicionario dijo “aquí se queda”. Le dimos otro tiento a la bota de vino para coger fuerzas y emprendimos la marcha camino del edén.

La laguna apareció con el atractivo de un espejismo en el desierto rodeada de juncos y orillada por ovas. La zona del baño eran unos riscos a los que se llegaba por un pequeño sendero. Desde allí, sin pensárnoslo nos arrojamos a la legamosa agua de una oscuridad abisal. La salinidad del agua te permitía flotar sin grandes esfuerzos. El efecto del vino en el cerebro te impedía ver el grado de temeridad a la que te arrojabas.

Atardeció. Los colegas de baño exprimieron las últimas gotas de la bota y se dispusieron a echar una cabezadita. El sol se ocultó tras los montes al tiempo que la temperatura refrescaba. Una luna creciente nos miraba como un ojo impasible a lo que ve. La noche se anunció por un coro ingente de ranas que comenzaron una estruendosa sinfonía que les sirvió de nana a los durmientes. El cielo de infinitas estrellas recortaban las siluetas de los álamos que hundían sus raíces en el légamo de la orilla. Todo muy contemplativo y de placentera calma.

Como si alguien les estuviese llamando desde su profunda inconsciencia, uno a uno, fueron despertando y preguntando la hora. Regresamos al coche en silencio. La única frase que se escuchó fue cuando alguien preguntó que de dónde habían salido tantas ranas. Como la batería estaba muerta, lo pondríamos en marcha empujándolo cuesta abajo. Logramos enderezarlo enfilando la pendiente. La luna iluminaba convertida en linterna. El seiscientos poco a poco fue ganando velocidad atentos a que no se saliera del carril. Con la velocidad metida, el tabernero soltó el embrague y el motor, como si de un animal herido se tratase hizo un amago por arrancar y se volvió a parar. Quedaba poca pendiente cuando logró por fin poner en marcha el motor. Nos subimos y emprendimos el regreso al pueblo.

A unos dos kilómetros del pueblo, el coche comenzó a tironear hasta que se paró en seco. El tabernero dijo que si fuera de día lo arreglaba, que era algo de los cables. Lo dejamos a un lado de la carretera.

Entré en casa a la hora sensata de poder cenar los restos que me habían dejado con las fuerzas justas sólo para masticar.