Un presentimiento vago
pero categórico: en septiembre mi libertad se vería reducida a pocas horas y
espacios limitados. Se avecinaba una época de esfuerzos titánicos a la luz de
un flexo y una angustiosa vigilancia paternal para que mi rendimiento no rodase
cuesta bajo en primero de BUP. Mi amigo no bebía de esa pócima de angustia. Su
vida se encaminaba con estudios de trámite al mundo laboral. Ambos teníamos por
delante horas y horas de plena libertad. Fue el último verano de hacer
autostop.
Hoy
día es muy extraño ver a alguien señalando con el dedo pulgar y el movimiento
del brazo invocando una solidaridad y confianza en una carretera. A finales de los
años setenta era muy común. Veías gente de todo tipo: bohemios, turistas
mochileros, vecinos que iban de un lado para otro… y adolescentes sin dinero.
Te paraba alguien conocido o cualquiera que tenía por costumbre subir a los
autoestopistas. La desconfianza llegaría pocos años más tarde.
Nuestros destinos solían
ser Antequera, Salinas, las pedanías y la laguna. Probábamos con todos los
vehículos que pasaban; daba igual que fuese furgoneta, camión, coche… hasta que alguno paraba.
Muchas veces dejábamos que el destino lo marcase el propio conductor según el lugar que le pillase
de paso. La laguna era el preferido en verano porque podíamos valernos del autostop para regresar o volver en el autobús de línea en
Salinas a la caída de la tarde por veinte pesetas.
Después del almuerzo
emprendimos el camino para ir a la laguna. Al poco rato se detuvo
un seiscientos con tres ocupantes. Todos nos conocíamos de vista. El chófer,
regentaba una pequeña taberna; los otros dos ocupantes, amigos de farra, como
ocurre en los pueblos, también nos eran conocidos. Suponían, y suponían bien,
que íbamos camino de la laguna a bañarnos bajo a aquel sol inclemente. Mi amigo
y yo nos apretamos atrás.
Su dirección era un
cortijo que estaba de paso. El tabernero propuso que cuando terminase de hacer
“unas cosas” podíamos ir todos a bañarnos, que era cuestión de poco tiempo.
Desvió el seiscientos a
la entrada de un camino que a medida que te internabas se iba poblando de
matojos resecos hasta el punto de desaparecer. Subimos una loma y ante nosotros
apareció un caserón a la que se le adosaban dos construcciones anejas. Un gran
portón en medio, a un lado una caseta de obra para el perro sin perro, todo a
la solana. Nos bajamos. Una parra de racimos resecos, mientras abría una
portezuela, nos protegía de aquel paisaje recién salido del horno. Entramos a
un corredor que daba a un patio rodeado con un muro de piedra donde dos cabras
seguían nuestros pasos con manifiesta curiosidad.
El casetón encalado con
la puerta metálica en el patio declaraba que allí estaba el tesoro. Un tonel,
“el abuelo” y tres barricas, “los nietos” componían la modesta bodega de la que
surtía la taberna. En medio una mesa de
tablas y unas banquetas para dar servicio de catadura. Todo en una
semioscuridad y frescura de iglesia medieval a la que te ibas acostumbrando a
medida que te impregnabas del olor a vinazo.
La faena consistió en trasegar un vino de unos barriles, el tabernero lo llamaba los nietos, a otro “gran reserva”, el abuelo. ¿O era a la inversa?
Cogió un cubo y un
embudo. Después de varias operaciones de llenar y vaciar, sacó una enorme bota de
vino y la llenó según él del “superior”. Nos la pasamos para darle buenos
tiento, costándome un gran esfuerzo sostenerla del peso y apuntar el chorro a
la boca. Apetecía calmar la sed. Los ojos nos comenzaron a brillar como ascuas
de brasero.
Desandamos el camino
hasta el coche sin saber dónde pisábamos. El seiscientos no arrancaba. “La batería,
está mal”, nos comunicó el conductor. Así que el bodeguero se subió mientras
los demás entre risas comenzamos a empujar hasta que el motor se puso en
marcha.
El trayecto a la laguna
era de unos tres kilómetros por un camino rural. Cogió una trocha que según él
conocía muy bien. Paramos en un pilón en el que nos refrescamos y saciamos la
sed. El seiscientos comenzó a subir la pendiente a espasmos y a pique de
desguazarse hasta que el bodeguero expedicionario dijo “aquí se queda”. Le
dimos otro tiento a la bota de vino para coger fuerzas y emprendimos la marcha
camino del edén.
La laguna apareció con el
atractivo de un espejismo en el desierto rodeada de juncos y orillada por ovas.
La zona del baño eran unos riscos a los que se llegaba por un pequeño sendero.
Desde allí, sin pensárnoslo nos arrojamos a la legamosa agua de una oscuridad
abisal. La salinidad del agua te permitía flotar sin grandes esfuerzos. El efecto
del vino en el cerebro te impedía ver el grado de temeridad a la que te arrojabas.
Atardeció. Los colegas de
baño exprimieron las últimas gotas de la bota y se dispusieron a echar una
cabezadita. El sol se ocultó tras los montes al tiempo que la temperatura
refrescaba. Una luna creciente nos miraba como un ojo impasible a lo que ve. La
noche se anunció por un coro ingente de ranas que comenzaron una estruendosa
sinfonía que les sirvió de nana a los durmientes. El cielo de infinitas
estrellas recortaban las siluetas de los álamos que hundían sus raíces en el
légamo de la orilla. Todo muy contemplativo y de placentera calma.
Como si alguien les
estuviese llamando desde su profunda inconsciencia, uno a uno, fueron
despertando y preguntando la hora. Regresamos al coche en silencio. La única
frase que se escuchó fue cuando alguien preguntó que de dónde habían salido
tantas ranas. Como la batería estaba muerta, lo pondríamos en marcha
empujándolo cuesta abajo. Logramos enderezarlo enfilando la pendiente. La luna iluminaba
convertida en linterna. El seiscientos poco a poco fue ganando velocidad atentos
a que no se saliera del carril. Con la velocidad metida, el tabernero soltó el
embrague y el motor, como si de un animal herido se tratase hizo un amago por
arrancar y se volvió a parar. Quedaba poca pendiente cuando logró por fin poner
en marcha el motor. Nos subimos y emprendimos el regreso al pueblo.
A unos dos kilómetros
del pueblo, el coche comenzó a tironear hasta que se paró en seco. El tabernero
dijo que si fuera de día lo arreglaba, que era algo de los cables. Lo dejamos a
un lado de la carretera.
Entré en casa a la hora sensata de poder cenar los restos que me habían dejado con las fuerzas justas sólo para masticar.