El comedor del colegio se instaló
en las viviendas de los maestros para lo que se unieron dos casas a las que mi
madre, que era la encargada, accedía por el patio de la nuestra. Allí se
habilitó en los salones, poco espaciosos, y en el resto de las habitaciones,
aún menos, las mesas para los comensales. El resto servía de almacenaje donde se
apilaban los alimentos que eran enviados por la Ministerio, todo de un tamaño
gigantesco para un niño: latas de chorizo en manteca, cajas de madera de pasas,
sacos de arroz, latas de sardinas, aceite… Los comensales imagino que becados
por motivos netamente humildes. También el hijo de la cocinera; una mujer con
un rodete, viuda, vestida de negro por el luto de su viudez, pero a la que la
vida le había regalado un hijo, compañero de clase, con el alma tan oscura como
la ropa de su madre, Barragán.
Madre e hijo vivían por encima de una confitería en calle Mesones, que era como vivir cerca del paraíso para un niño de entonces. Un edificio de tres pisos de ladrillo redondeado por la esquina. Allí echaba también horas lo cual propiciaba que Barragán disfrutase de una dieta rica en bollos y una gran variedad de melindres, adquiriendo una fisonomía de peonza.
En el comedor, mientras los demás
niños nos acompañábamos con agua, su madre se acercaba a él y le traía su
recipiente con una pequeña asita por la que la agarraba y se escanciaba el vino
con la mirada entre la sorpresa y el deseo de los demás niños. Aquello era de
una anormalidad que no nos espantaba. Barragán se deleitaba mirándonos haciéndonos
ver que entre él y el resto de nosotros había diferencias, las mismas que podía
haber entre la plebe y él el hijo del señor feudal.
Barragán un niño poco común. Parco
en palabras, las pocas que gastaba era para zaherir y menospreciar a algún
compañero. El espíritu de su madre tras él, era como me los imaginaba, en
alianza, ajena a sus malandanzas, orgullosa de su vástago que le servía de
remedo, quizá, de su pobre y difunto marido. Conmigo concentraba sus destrezas
de avasallador a la sombra. Evitando ser descubierto, cuando veía mi
vulnerabilidad para amargarme por los medios que su etílica capacidad le
permitía, empleando su frase más gastada de que te crees muy listo porque eres
el hijo del director.
Don Andrés, nuestro maestro de
tercero de EGB, tenía una colección a sus espaldas de su mesa de varas de
distinto calibre y maderamen, supuestamente para atemperarnos y de que aún coleaba
en el magisterio lo de la letra con sangre entra. Pero aparte de realizar el
mismo prodigio que una imagen religiosa cuando su sola contemplación te invita
a evitar el pecado, nunca las llegó a usar; es más, era un maestro bueno, de
los que empleaban su autoridad sin cóleras. Les gustaba motivarnos y valoraba que
adornásemos los dictados o copiados del libro con dibujos de nuestra creación.
Santiago era mi compañero de pupitre
sentados en aquellos bancos de madera para dos con un agujero esquinado en el
tablero de la época cuando se escribía con tinta, asilados del suelo por una
tarima de tablas; una pieza robusta como hecha con los restos de un galeón. Otorgándole
la posición ideal para chincharnos, detrás se sentaba Barragán con otro niño.
El maestro nos pidió que
dibujásemos un ave. Santiago hablando para él, dijo -voy a dibujar un buitre- Inmediatamente
se escuchó a nuestras espaladas - ¿sí, y tú has visto alguna vez un buitre? -
Santiago respondió que sí, que una vez vio uno encima de un borrico muerto.
Lo más cómodo para Barragán es
que tú mismo le dieses las palabras con las que darte la estocada -tú sí que
eres un borrico muerto-, le soltó con una risita socarrona a la que se le unió
la del compañero. -A ver, ¿cómo tiene el pico? - le preguntó a Santiago.
Entonces intervine yo -como el tuyo- respondí. El compañero soltó una carcajada
que se escuchó en toda la clase y Barragán no supo qué decir. Al poco rato escuché
una voz que me decía te vas a enterar cuando salgamos.
Pensé que una buena vara me
vendría bien para defenderme, esperé a quedarme el último en salir y cogí una de
aquellas que el maestro tenía en su armero. Era una vara de avellano, fuerte y
bien curada. En la puerta del colegio me esperaba Barragán. A medida que me
acercaba, lo vi mover la cabeza como hablándose a sí mismo o quizá a aquella
madre enlutada que me imaginaba que siempre iba con él, y se puso a caminar. El
ir dando varazos al aire como un espadachín loco había surtido efecto.
Al día siguiente, a la entrada a
clase, don Andrés miraba su panoplia de varas. Que una hubiese desaparecido y
las circunstancias no le preocupó tanto como el hueco que quedaba en su
colección. Con voz firme nos anunció -mañana quiero una como la que tenía aquí-
No le faltaron donde escoger. El maestro se lo merecía.
