miércoles, 30 de diciembre de 2020

Crecer hacia atrás (Parte IV)

 

El comedor del colegio se instaló en las viviendas de los maestros para lo que se unieron dos casas a las que mi madre, que era la encargada, accedía por el patio de la nuestra. Allí se habilitó en los salones, poco espaciosos, y en el resto de las habitaciones, aún menos, las mesas para los comensales. El resto servía de almacenaje donde se apilaban los alimentos que eran enviados por la Ministerio, todo de un tamaño gigantesco para un niño: latas de chorizo en manteca, cajas de madera de pasas, sacos de arroz, latas de sardinas, aceite…  Los comensales imagino que becados por motivos netamente humildes. También el hijo de la cocinera; una mujer con un rodete, viuda, vestida de negro por el luto de su viudez, pero a la que la vida le había regalado un hijo, compañero de clase, con el alma tan oscura como la ropa de su madre, Barragán.

Madre e hijo vivían por encima de una confitería en calle Mesones, que era como vivir cerca del paraíso para un niño de entonces. Un edificio de tres pisos de ladrillo redondeado por la esquina. Allí echaba también horas lo cual propiciaba que Barragán disfrutase de una dieta rica en bollos y una gran variedad de melindres, adquiriendo una fisonomía de peonza.


En el comedor, mientras los demás niños nos acompañábamos con agua, su madre se acercaba a él y le traía su recipiente con una pequeña asita por la que la agarraba y se escanciaba el vino con la mirada entre la sorpresa y el deseo de los demás niños. Aquello era de una anormalidad que no nos espantaba. Barragán se deleitaba mirándonos haciéndonos ver que entre él y el resto de nosotros había diferencias, las mismas que podía haber entre la plebe y él el hijo del señor feudal.

Barragán un niño poco común. Parco en palabras, las pocas que gastaba era para zaherir y menospreciar a algún compañero. El espíritu de su madre tras él, era como me los imaginaba, en alianza, ajena a sus malandanzas, orgullosa de su vástago que le servía de remedo, quizá, de su pobre y difunto marido. Conmigo concentraba sus destrezas de avasallador a la sombra. Evitando ser descubierto, cuando veía mi vulnerabilidad para amargarme por los medios que su etílica capacidad le permitía, empleando su frase más gastada de que te crees muy listo porque eres el hijo del director.

Don Andrés, nuestro maestro de tercero de EGB, tenía una colección a sus espaldas de su mesa de varas de distinto calibre y maderamen, supuestamente para atemperarnos y de que aún coleaba en el magisterio lo de la letra con sangre entra. Pero aparte de realizar el mismo prodigio que una imagen religiosa cuando su sola contemplación te invita a evitar el pecado, nunca las llegó a usar; es más, era un maestro bueno, de los que empleaban su autoridad sin cóleras. Les gustaba motivarnos y valoraba que adornásemos los dictados o copiados del libro con dibujos de nuestra creación.

Santiago era mi compañero de pupitre sentados en aquellos bancos de madera para dos con un agujero esquinado en el tablero de la época cuando se escribía con tinta, asilados del suelo por una tarima de tablas; una pieza robusta como hecha con los restos de un galeón. Otorgándole la posición ideal para chincharnos, detrás se sentaba Barragán con otro niño.

El maestro nos pidió que dibujásemos un ave. Santiago hablando para él, dijo -voy a dibujar un buitre- Inmediatamente se escuchó a nuestras espaladas - ¿sí, y tú has visto alguna vez un buitre? - Santiago respondió que sí, que una vez vio uno encima de un borrico muerto.

Lo más cómodo para Barragán es que tú mismo le dieses las palabras con las que darte la estocada -tú sí que eres un borrico muerto-, le soltó con una risita socarrona a la que se le unió la del compañero. -A ver, ¿cómo tiene el pico? - le preguntó a Santiago. Entonces intervine yo -como el tuyo- respondí. El compañero soltó una carcajada que se escuchó en toda la clase y Barragán no supo qué decir. Al poco rato escuché una voz que me decía te vas a enterar cuando salgamos.

Pensé que una buena vara me vendría bien para defenderme, esperé a quedarme el último en salir y cogí una de aquellas que el maestro tenía en su armero. Era una vara de avellano, fuerte y bien curada. En la puerta del colegio me esperaba Barragán. A medida que me acercaba, lo vi mover la cabeza como hablándose a sí mismo o quizá a aquella madre enlutada que me imaginaba que siempre iba con él, y se puso a caminar. El ir dando varazos al aire como un espadachín loco había surtido efecto.

Al día siguiente, a la entrada a clase, don Andrés miraba su panoplia de varas. Que una hubiese desaparecido y las circunstancias no le preocupó tanto como el hueco que quedaba en su colección. Con voz firme nos anunció -mañana quiero una como la que tenía aquí- No le faltaron donde escoger. El maestro se lo merecía.

 

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Crecer hacia atrás (Parte III)

 

             Muy de mañana, mi padre ya llevaría un buen rato en el colegio. De mis dos opciones de ir al colegio: caminando por el filo de la tapia o por el borde de la carretera nacional, había escogido la segunda, más sensata y no menos peligrosa para un niño de tercero de EGB.

Subía la cuesta y estaba dispuesto a entrar al recinto escolar cuando me quedé remoloneando entre un grupo de alumnos mayores, todos de mi padre, que ese día estaban planeando no entrar y hacer la rabona. Me uní a ellos no porque tuviera ganas ni porque en el colegio me lo pasara mal, simplemente por cierto magnetismo al pandillaje. El líder era mi amigo Mancha, el carbonero, que apenas ya iba al colegio porque tenía que ayudar en el negocio de vender carbón. La madre, viuda con siete hijos, preconizaba el futuro tan negro que le esperaba si se volvía un analfabeto obligándolo a asistir con una intermitencia que de nada servía, pues Mancha, autodidacta callejero, la mayoría de los días torcía el camino en el último momento en el parecía que se dirigía diligentemente al colegio y ponía una muesca más en su bastón de ignorante irredento.

Amparado por mi amigo logré que me admitieran en el grupo malhechor. Ni siquiera se me pasó por la cabeza pensar que mi padre me echaría de menos, o que el maestro, don Andrés, preguntaría por mí. Desconocía cómo se podía organizar una escapada, hacer novillos. Me pegué a mi amigo que tramaba en voz baja. Sólo entendí que había que esperar agazapados tras el muro de entrada a que los niños cantaran el himno para huir. Despertaríamos sospechas si alguien viese a una tropa de zangolotinos escamoteándose de la escuela, así que nos escabulliríamos calle abajo, cruzaríamos la carretera nacional, que era la frontera entre el pueblo y el campo, la línea que nos separaba del sometimiento y la anhelada libertad, hasta llegar a los andurriales donde ocultarnos de nuestra deserción.

                Nos asentamos en mitad de un sembrado de trigo aplastando la siembra, sentándonos en círculo como si fuésemos una tribu de indios. El objetivo era perder la mañana y no hacer nada; cosa fácil de lograr. Mancha sacó un paquete de tabaco y repartió un pitillo a todos, salvo a mí. “Tú no, que luego te huele tu madre y te chivatas”, me dijo. Quedaban tres horas por cubrir de jornada extraescolar. Me habían excluido de fumar porque no soportaría un interrogatorio de novel fumador y porque los delataría, lo más seguro. Mancha, implacable conversador, mientras exhalaba el humo, comenzó a contar una de sus historias.

-Ya tengo más datos del amigo encerrado en la cueva de Garabato- dijo y añadió esperando que alguno le preguntara.

Nadie le preguntó temiendo la que se avecinaba.

-Es Fumanchú -y continuó - Por lo visto estaba de tratos con él. Robaba a las extranjeras en Sevilla, las engatusaba y cuando se dejaban, él les limpiaba el dinero y las joyas.

Iba a continuar con su disertación cuando uno le espetó -Pero si a Fumanchú lo veo todos los domingos en la puerta del cine cogiendo las entradas.

Mancha, molesto por la interrupción, se quiso imponer subiendo el tono de voz y con aspavientos, señalándose el brazo, gritó -Ese es su hermano gemelo, que estás tonto, o no te has dado cuenta que no tiene los tatuajes en el brazo de cuando se fue a la legión porque lo buscaba la Guardia Civil. El auténtico, al que tiene en la mazmorra del castillo que se llega desde la cueva de Garabato, es el legionario y ya se va a quedar como esos esqueletos que sale en los libros. Lo más seguro que Garabato lo haya matado ya de hambre atado con cadenas y pesas en los pies.

Después cayo en un silencio de meditación y con la mirada perdida en sus cavilaciones propuso -Debemos ir a rescatarlo.

A partir de ahí, la controversia y las bromas de cómo íbamos a liberarlo se alzaron en una algarabía de risas y voces quedando en suspenso por la sobrecarga de propuestas y disparates para otro momento.

Y yo encantado.

            Aquella mañana provechosa llegó a su fin y todos no esparcimos como gorriones de campo en busca de nuestra casa. Era la hora del almuerzo.

             Se repetía la escena. Mi madre nos llenaba el plato uno a uno a todos los hermanos, mientras mi padre no reparaba en la existencia de ninguno porque como casi siempre estaba con la mente puesta en los asuntos del colegio, a no ser que alguno masticara haciendo ruido, entonces no lo soportaba. Y allí estaba yo, rumiando en un silencio espeso. Mi padre levantó la cabeza del plato, mirándome. Lo que yo hubiese hecho esa jornada, daba igual, pero que masticase como un herbívoro, lo sacaba de sus casillas.

           ¿O se estaría preguntando si se le habría pasado escolarizarme?