martes, 25 de febrero de 2025

Yo ayudé al Lute

 

"Es lo único que nos queda después del viaje por la vida: las historias. Somos nuestras historias, y así, cuando morimos, con suerte, la única manera de conservar la inmortalidad es quedar atrapado en algún relato."

Es lo que me dijo Manuel, al que conocí en un bar de la barriada La Milagrosa, en Málaga, donde estaba el colegio en el que recién acababa de comenzar mi carrera docente. La historia que sigue es su trocito de inmortalidad prendida en los que aún continuamos vivos.

 Obrero de campo, Manuel, era padre de dos jóvenes pizpiretas. Se vino a Málaga a comienzos de los setenta gracias a que un primo le buscó trabajo de albañil. Atrás quedaba Villanueva de la Concepción y su penoso oficio de jornalero. Su vida y la de su familia cambió a mejor en Málaga sin las penurias de estar bajo el encargado de turno que le estaba agriando el carácter. En la Granja de Suárez, un núcleo de población que crecía como una pedanía de Málaga, apartada lo suficiente y desconectada de un urbanismo racional, con la ayuda del primo, logró hacerse de una casa con un patinillo, sin porqueriza para criar el cochino, más salubre.

Por aquella época, Málaga absorbía una inmigración de los pueblos que necesitaba viviendas. Crecían barriadas populosas donde familias numerosas buscaban acomodo, sin las infraestructuras necesarias, calles sin asfaltar, desmontes por los que cruzaban vías sin iluminación, arroyos secos llenos de basura, huertas abandonadas esperando edificaciones… Málaga crecía y crecía, en desorden, desbordada y sin planificación como una planta parásita que lo quiere abarcar todo.

También se industrializaba. Fábricas de incontables trabajadores en cadenas de montaje, grandes almacenes, conductores. Rótulos en los portones de entrada con relojes donde había que fichar como en las películas americanas. Se laboraba bajo techo, sin sabañones y sin partirte los riñones por un mísero jornal. A los dos años, Manuel lo admitieron en CITESA, una empresa de telefonía con 2.400 empleados cuyo primer producto eran los teléfonos que exportaban a todo el mundo. Su trabajo estar sentado montando teléfonos, ¡sentado!, no daba crédito. Un oficio de habilidad repetida y mecánica que le permitía ensoñar.

Málaga es el paraíso, pensaba. Una ciudad de ensueño, con grandes tiendas, galerías comerciales y tantísima gente. Todas las viviendas tenían baños, picaportes en las puertas. Había artefactos que hacían la vida más cómoda. En el pueblo se quedó el humazo de chimenea, la pila en el patio, las heladas, las tiriteras, las caras largas y andar siempre a la cuarta pregunta.

Me contó que lo primero que notó en la ciudad era que había vagos que no se iban a morir de hambre por no trabajar. Que echándole cara te podías buscar la vida. Le gustaba ir con su familia y después de una caminata hasta llegar al Caminos de Suárez, subir en el autobús dirección al centro de la ciudad y a la playa de la Malagueta. ¡Cuántas extranjeras rubias con ropas ligeras! Terrazas donde te tomabas una cerveza mientras sus hijas se bañaban.

"Yo ayude al Lute. Se había fugado. La Guardia Civil daba por hecho que buscaría ayuda de su hermano." -Me dijo, con notable orgullo-

Su historia quedó guardada en mi memoria. Han pasado varias decenas de años. Ya nada queda. En aquel momento, nunca pensé que llegaría a escribir sobre lo que me contó. Solía tomar café en el bar. Lo más industrioso que se hacía era jugar al dominó. Los parroquianos golpeaban con las fichas la mesa. Manuel miraba. El soniquete del juego te sumía en un barrizal de ignorancia y abandono mental. No recuerdo qué dio pie a su historia.

 Dos casas más abajo, hoy convertida en un solar, vivía la familia del Lute: el hermano, esposa e hijos. Famoso por sus fugas. Era la comidilla de toda la nación. La prensa le dedicaba las primeras planas. El antihéroe. Un hombre producto de la miseria que ridiculizaba a la Guardia Civil y al sistema cada vez que se escapaba. En las fotos del periódico aparecía con mirada de perro apaleado. Los hombres como Manuel leían entre líneas que tras aquellos estragos y hecatombe humana, solo había una gran injusticia social, mala suerte y desgracia. Flaco y con los ojos llenos de resentimiento la vida lo había arrojado para triturarlo y servir de escarnio. Él lo admiraba calladamente. En la fábrica, después a la par que hablar de fútbol se apostaba por cuándo caería. Cuándo se cubrirían las portadas con su imagen maltrecha por las palizas.

 Camino del trabajo, al amanecer, desde la Granja de Suárez, marchaba andando hasta CITESA. El trayecto, la mayor parte, hasta el Camino de Suárez, eran un descampado lleno de escombreras. Le desagradaba tanta fealdad. La ciudad pujante tiraba donde primero pillaba la basura. Una mañana, amanecía cuando un Land-Rover de la Guardia Civil le salió al paso.  Los guardias, con sus tricornios, le miraron. Él apenas levantó la cabeza. Ya estaba al tanto de que el Lute podría andar por Málaga. Siguió su camino desándole toda la suerte del mundo.

Al regreso de la fábrica, sus niñas se abrazaron a él." Papá, unos hombres con escopetas han estado entrando en todas las casas.", le dijeron saltándole encima. Estaban impresionadas. Los guardias civiles con sus capotes, volteándolos el viento, aquellos rostros curtidos y poco amistosos, habían registrado una por una cada casa con malos modos.

“Lo habían condenado a muerte en un Consejo de Guerra. ¿Qué guerra? Si él no había participado en ninguna. Los humillados guardias civiles cuando lo volvieran a atrapar se iban a cebar con él y más habiéndose negado a firmar su sentencia de muerte. Analfabeto. Valiente para mostrar arrestos y con las ansias de libertad de alguien que ya nada tiene que perder.” –me lo decía abatido, como si la malandanza del Lute le podía haber ocurrido a él-

Una mañana arreciaba un viento de levante. En el descampado, entre los montones de escombro, se levantaba remolinos de polvo. Alguna que otra vez se había cruzado con la pareja de la Guardia Civil con sus mosquetones al hombro y aquellos capotes que tanta gracia les hicieron a sus hijas.

El Ayuntamiento había dispuesto de encauzar el Arroyo del Cuarto. Unas enormes tuberías de cemento estaban apiladas a espera de la maquinaria pesada. ¡Qué ocurrencia! se decía a sí mismo. Mejor que nadie lo supiese porque se iban a reír y la Guardia Civil si lo descubrían, nada amiga de las gracias, le iban a quitar las ganas de ayudar a un fugitivo. Dejó el almuerzo que llevaba en su capacha tapado y protegido con unas tablas en uno de los tubos. “Ya se las apañaría en la cantina de la empresa”. Al día siguiente no quedaba ni rastro de la comida, el botellín de cerveza “El Águila”, vacío. Así estuvo varios días hasta que se encontró que nadie había tocado las viandas. 

La noticia saltó a los pocos días. El Lute había sido “capturado” en un pueblo de Extremadura. En su declaración -bajo tortura- dijo que estuvo escondido unos días cerca de la casa del hermano en Málaga en una tubería. Cómo sobrevivió esos días que permaneció escondido, quién le ayudo, descartada la familia, nunca se averiguó.

 Dejé de ver a Manuel. Nunca más me volví a encontrar con él. De la casa del hermano del Lute solo queda un solar tapiado. Quizá sea cierto lo que me dijo. “Somos historias, y si tenemos suerte, nuestra inmortalidad depende de que alguien las recuerde”.

domingo, 16 de febrero de 2025

Instrucciones para jubilados. ¡Habrase visto!

 




Instrucciones para jubilados.

De locos y majaras puedo dar cuenta de que conozco varios. Yo mismo me declaro loco, loco a media jornada. Sin llegar a ser paranoico o trastornado mental, tengo que ejercer de majareta para soportar incordios. Soy más bien parecido al soldado que para librarse de la guerra dice a sus superiores que le falta un tornillo por lo que lo tienen que dar de baja. Entonces lo mandan de cabeza a la lucha porque está sano. Nadie en su sano juicio quiere que le maten.

De gente que te saca de quicio está el mundo lleno. El caso más flagrante lo está viviendo un primo mío que sin comerlo ni beberlo tiene a un chiflado continuamente siguiéndolo y grabándolo con móvil. Las autoridades lo saben, aconsejándole que no le haga caso y que ellos no pueden actuar. Él sale de casa y cree que ese día se va a librar cuando percibe que le sigue un vehículo y que dentro está el pirado. Para y el anormal sigue la marcha.

No podemos fiarnos. El exceso de confianza te puede cegar, creer que estás frente a Teresa de Calcuta y lo que te ocurre es que estás sufriendo el síndrome del pavo en Navidad. Te engordan en la creencia que cuidan de ti. Cada vez le tienes más confianza al carnicero. Lo ves como amigo, alguien que te mima. Hasta que llega el día.

Todo se arreglaría, para el pavo también, si fuéramos inmortales. El único problema es que tendríamos que predecir el futuro. Saber de antemano qué nos iba a ocurrir para anticiparnos. Vencer lo improbable y aleatorio con que se mueve todo. Esto en lugar de ser una ventaja, -hay que dar las gracias porque sea también una quimera- lo único que lograría, aparte de que lleváramos una vida aburrida sin la salsa de la vida que son los sobresaltos; lo que digo, es que no iríamos debilitando, esponjando.

¿Pecaríamos? No podríamos. Tampoco me fio de alguien que dice que nunca ha pecado. De los que nunca se han jugado la piel. Los que dan consejos. Urbanitas sabelotodo con sus discursos a los confusos, tristes y decaídos que hoy día son legión. Los que tienen habla directa con dios y dios les dice que hay que reprimir a las mujeres, perseguir a los homosexuales y cuantas cosas se le ocurran para amargarnos porque dios se lo manda. Y esa retórica llega a los oídos de los más tontos para volverse fanáticos. Encima si los mandas a freír espárragos, te llaman intolerante. ¡Habrase visto! Cuando lo único que estamos haciendo es expresar el horror que sentimos.

Recuerdo cuando en el instituto casi todos éramos antimaterialistas utópicos. ¿Qué nos queda de aquel idealismo? Una buena dosis de cinismo y reconocer que cuando hemos perjudicado a alguien por una equivocación, siendo nosotros responsables, si nos ha perdonado, su generosidad tan asombrosa nos ha hecho ver que realmente merece la pena que esté en nuestra vida.