"Es lo único que nos
queda después del viaje por la vida: las historias. Somos nuestras historias, y
así, cuando morimos, con suerte, la única manera de conservar la inmortalidad
es quedar atrapado en algún relato."
Es lo que me dijo Manuel,
al que conocí en un bar de la barriada La Milagrosa, en Málaga, donde estaba el
colegio en el que recién acababa de comenzar mi carrera docente. La historia
que sigue es su trocito de inmortalidad prendida en los que aún continuamos
vivos.
Obrero de campo, Manuel, era padre de dos
jóvenes pizpiretas. Se vino a Málaga a comienzos de los setenta gracias a que
un primo le buscó trabajo de albañil. Atrás quedaba Villanueva de la Concepción
y su penoso oficio de jornalero. Su vida y la de su familia cambió a mejor en
Málaga sin las penurias de estar bajo el encargado de turno que le estaba
agriando el carácter. En la Granja de Suárez, un núcleo de población que crecía
como una pedanía de Málaga, apartada lo suficiente y desconectada de un
urbanismo racional, con la ayuda del primo, logró hacerse de una casa con un
patinillo, sin porqueriza para criar el cochino, más salubre.
Por aquella época,
Málaga absorbía una inmigración de los pueblos que necesitaba viviendas. Crecían
barriadas populosas donde familias numerosas buscaban acomodo, sin las infraestructuras
necesarias, calles sin asfaltar, desmontes por los que cruzaban vías sin
iluminación, arroyos secos llenos de basura, huertas abandonadas esperando
edificaciones… Málaga crecía y crecía, en desorden, desbordada y sin
planificación como una planta parásita que lo quiere abarcar todo.
También se industrializaba.
Fábricas de incontables trabajadores en cadenas de montaje, grandes almacenes,
conductores. Rótulos en los portones de entrada con relojes donde había que
fichar como en las películas americanas. Se laboraba bajo techo, sin sabañones
y sin partirte los riñones por un mísero jornal. A los dos años, Manuel lo
admitieron en CITESA, una empresa de telefonía con 2.400 empleados cuyo primer
producto eran los teléfonos que exportaban a todo el mundo. Su trabajo estar
sentado montando teléfonos, ¡sentado!, no daba crédito. Un oficio de habilidad
repetida y mecánica que le permitía ensoñar.
Málaga es el paraíso,
pensaba. Una ciudad de ensueño, con grandes tiendas, galerías comerciales y tantísima
gente. Todas las viviendas tenían baños, picaportes en las puertas. Había artefactos
que hacían la vida más cómoda. En el pueblo se quedó el humazo de chimenea, la
pila en el patio, las heladas, las tiriteras, las caras largas y andar siempre
a la cuarta pregunta.
Me contó que lo primero
que notó en la ciudad era que había vagos que no se iban a morir de hambre por
no trabajar. Que echándole cara te podías buscar la vida. Le gustaba ir con su
familia y después de una caminata hasta llegar al Caminos de Suárez, subir en
el autobús dirección al centro de la ciudad y a la playa de la Malagueta.
¡Cuántas extranjeras rubias con ropas ligeras! Terrazas donde te tomabas una
cerveza mientras sus hijas se bañaban.
"Yo ayude al Lute. Se
había fugado. La Guardia Civil daba por hecho que buscaría ayuda de su hermano." -Me dijo, con notable orgullo-
Su historia quedó
guardada en mi memoria. Han pasado varias decenas de años. Ya nada queda. En
aquel momento, nunca pensé que llegaría a escribir sobre lo que me contó. Solía
tomar café en el bar. Lo más industrioso que se hacía era jugar al dominó. Los
parroquianos golpeaban con las fichas la mesa. Manuel miraba. El soniquete del
juego te sumía en un barrizal de ignorancia y abandono mental. No recuerdo qué
dio pie a su historia.
Dos casas más abajo, hoy convertida en un
solar, vivía la familia del Lute: el hermano, esposa e hijos. Famoso por sus fugas.
Era la comidilla de toda la nación. La prensa le dedicaba las primeras planas.
El antihéroe. Un hombre producto de la miseria que ridiculizaba a la Guardia
Civil y al sistema cada vez que se escapaba. En las fotos del periódico
aparecía con mirada de perro apaleado. Los hombres como Manuel leían entre
líneas que tras aquellos estragos y hecatombe humana, solo había una gran injusticia
social, mala suerte y desgracia. Flaco y con los ojos llenos de resentimiento la
vida lo había arrojado para triturarlo y servir de escarnio. Él lo admiraba
calladamente. En la fábrica, después a la par que hablar de fútbol se apostaba
por cuándo caería. Cuándo se cubrirían las portadas con su imagen maltrecha por
las palizas.
Camino del trabajo, al amanecer, desde la
Granja de Suárez, marchaba andando hasta CITESA. El trayecto, la mayor parte,
hasta el Camino de Suárez, eran un descampado lleno de escombreras. Le
desagradaba tanta fealdad. La ciudad pujante tiraba donde primero pillaba la
basura. Una mañana, amanecía cuando un Land-Rover de la Guardia Civil le salió
al paso. Los guardias, con sus
tricornios, le miraron. Él apenas levantó la cabeza. Ya estaba al tanto de que
el Lute podría andar por Málaga. Siguió su camino desándole toda la suerte del
mundo.
Al regreso de la
fábrica, sus niñas se abrazaron a él." Papá, unos hombres con escopetas
han estado entrando en todas las casas.", le dijeron saltándole encima. Estaban
impresionadas. Los guardias civiles con sus capotes, volteándolos el viento,
aquellos rostros curtidos y poco amistosos, habían registrado una por una cada
casa con malos modos.
“Lo habían condenado a
muerte en un Consejo de Guerra. ¿Qué guerra? Si él no había participado en
ninguna. Los humillados guardias civiles cuando lo volvieran a atrapar se iban
a cebar con él y más habiéndose negado a firmar su sentencia de muerte.
Analfabeto. Valiente para mostrar arrestos y con las ansias de libertad de alguien
que ya nada tiene que perder.” –me lo decía abatido, como si la malandanza del
Lute le podía haber ocurrido a él-
Una mañana arreciaba un
viento de levante. En el descampado, entre los montones de escombro, se
levantaba remolinos de polvo. Alguna que otra vez se había cruzado con la
pareja de la Guardia Civil con sus mosquetones al hombro y aquellos capotes que
tanta gracia les hicieron a sus hijas.
El Ayuntamiento había dispuesto
de encauzar el Arroyo del Cuarto. Unas enormes tuberías de cemento estaban
apiladas a espera de la maquinaria pesada. ¡Qué ocurrencia! se decía a sí
mismo. Mejor que nadie lo supiese porque se iban a reír y la Guardia Civil si
lo descubrían, nada amiga de las gracias, le iban a quitar las ganas de ayudar
a un fugitivo. Dejó el almuerzo que llevaba en su capacha tapado y protegido
con unas tablas en uno de los tubos. “Ya se las apañaría en la cantina de la
empresa”. Al día siguiente no quedaba ni rastro de la comida, el botellín de
cerveza “El Águila”, vacío. Así estuvo varios días hasta que se encontró que
nadie había tocado las viandas.
La noticia saltó a los
pocos días. El Lute había sido “capturado” en un pueblo de Extremadura. En su
declaración -bajo tortura- dijo que estuvo escondido unos días cerca de la casa
del hermano en Málaga en una tubería. Cómo sobrevivió esos días que permaneció
escondido, quién le ayudo, descartada la familia, nunca se averiguó.
Dejé de ver a Manuel. Nunca más me volví a
encontrar con él. De la casa del hermano del Lute solo queda un solar tapiado.
Quizá sea cierto lo que me dijo. “Somos historias, y si tenemos suerte, nuestra
inmortalidad depende de que alguien las recuerde”.

