El universo se está expandiendo. La luz recorre nueve y medio billones de kilómetros al año. Donde acaba la luz, termina el universo observable.
Una salida nocturna el día de mi cumpleaños a la Sierra de Gibalto a contemplar y divagar sobre nuestro firmamento. Vino mi amigo Juande desde Málaga para tan fantástico propósito y a las doce de la noche emprendimos la subida. Con luna llena, apenas nos servían las linternas. A las cuatro estaba de regreso de un paseo de licántropos.
Mi primo dice que nos hemos salvado de morir tiroteados por los de cazadores furtivos que aprovechan las noches de luna llena para hacer recechos a los jabalíes. “Si nos os pegaron un tiro es porque creerían que era la Guardia Civil, el Seprona, por las luces y el poco sigilo. Quién se puede imaginar que son dos majaras haciendo senderismo nocturno. Seguro que a la mañana siguiente más de uno comentó el miedo que pasó al ver a la pareja de la Guardia Civil montaña arriba y que por eso se metió de lleno en un zarzal, para que no lo pillasen cometiendo tan flagrante delito.”
Ya subimos otra vez a la Sierra de Gibalto, pero de día. Aquella vez si nos tirotearon, no a conciencia, sino porque la sierra es todo un coto de caza, y una partida de cazadores disparaban a diestro y siniestro sin saber que un grupo de senderista les espantaba las piezas. El encargado del coto se cruzó con nosotros y nos recomendó que la próxima vez pidiésemos permiso, por nuestro interés.
El caso es que ir a la Sierra de Gibalto, durante el día o de noche con luna llena, a contemplar las increíbles vistas que desde lo alto se ven de toda la comarca, es un peligro: cazadores con permiso o furtivos, da igual; un tiro es un tiro.
Manolo, un amigo que lleva años con el firme propósito de quitarse de fumar cuando terminan unas fiestas, la última la feria del pueblo, ha ido al médico de cabecera a pedirle consejo. El doctor le ha dicho esto:
-La vez que he estado más tiempo sin fumar fueron cinco horas, lo que tardó una conferencia médica.
-No viajo en avión, ya sabes la causa.
-Cuando hago guardia, me planteo fumarme un cigarro cada hora. A las cuatro horas me fumo cuatro cigarros seguidos.
Mi primo el naviero, el que está construyéndose un barco en mitad de la sierra de Archidona, un barco como los barcos que apoyan a los grandes balleneros del Mar del Norte, una nave auxiliar, de siete metros de eslora, con una cabina para el piloto como la de una atracción de un tiovivo, ha descubierto, según nos contó la otra noche, un negocio redondo: las palmeras. Parece ser que alguien le ha hecho ver que la palmera enorme que tiene en la terraza del bar situada a espaldas de la pequeña ermita de Santo Cristo vale tres mil euros. El valor en alza del árbol palmáceo a medida que sus palmas se elevan al cielo lo ha trastornado y ha vislumbrado el negocio del siglo.
-Primo, yo no sabía que valían tanto. Estoy reventado, pues he estado sembrando todo el día los hijuelos de la palmera –me dijo con los ojos brillándole de codicia.
Como persona exigente y de mente preclara, le ha pedido a su compañera que le dé todos los huesos de los dátiles que se coma, con o sin ganas, para aumentar la extensión del palmeral y los pingües beneficios. De salirle bien esta nueva empresa, la Sierra de Archidona, dentro de unas decenas años, tendrá una riqueza árborea comparable a la de un jardín de Elche. Hoy, solo unos esmirriados y enfermos pinos copan la ladera del cerro. “Años atrás -me contó- llegó a las puertas de mi casa un camión cargado de cientos de platones para la repoblación de una gran zona que no tiene ni un árbol. Los descargaron y dos semanas después llegó una compañía de trabajadores para plantarlos, pero aquellos vegetales estaban condenados de antemano, algunos se secaron en los semilleros y yo quise salvarlos regándolos pero el encargado me lo prohibió. No lo entiendo –me dice-, la sensación era de que se perdiesen para acarrear otro camión.” Eran los fondos FEDER, dineros de Europa que se vaciaban a jarrillos con la sensación de que muchos se despilfarraban y a las autoridades les importaba poco. Doce maravillosas especies de árboles que de haber agarrado por todo el cerro habrían conformado un paisaje nuevo. Por lo visto sólo se han salvado unos pocos algarrobos.
La otra noche, en ese alarde que tienen siempre los progenitores de hablarle a los hijos de la escasez en la que vivieron, de que sus tiempos fuero duros, pero más auténticos que los de ahora; mi amigo Juan y yo nos perdimos por los pasajes de la memoria y contamos cómo fue nuestra infancia de austera a diferencia del bienestar con el que se vive ahora. Varios ejemplos: ningún niño de Archidona tenía por aquel entonces una bicicleta; en todo el pueblo, como mucho, había dos balones de cuero; la marca universal de calzado deportivo eran unas zapatillas de lona con una suela de goma que en verano los píes se te picaban y en invierno se te congelaban. Entonces, uno de los jóvenes que nos escuchaban, dijo algo muy significativo: “Cuando tenga vuestra edad, le contaré las mismas batallitas a mis hijos –imitando nuestra afectación- , les diré: mis padres me compraron la Play II cuando ya estaba en el mercado la III, la bicicleta era del de Carrefour, los balones nunca fueron los oficiales de la liga y las zapatillas deportivas eran una marca del Decathlon”.
Estos días está haciendo verdadero calor. Que yo conozca, jamás a finales de agosto el termómetro ha estado por encima de los treinta grados.
¿Qué es un queso? Una agrupación de electrones, de energía. Su sabor, el olor, su textura, no son más que ideas mentales, no existen como entidades concretas. La materia es energía. Nosotros somos energía. Entonces, no nos podemos sorprender del grado de desconocimiento que tenemos de gran cantidad de fenómenos que ocurren a nuestro alrededor donde interviene esa fuerza constitutiva del universo; y no me extraña, porque antes de las vacaciones fui a una sanadora. Me palpó todo el cuerpo con las manos, sintiendo cómo estaban mis órganos. Aparte de algunas cosillas más, me dijo que a un riñón le faltaba energía. Al finalizar de aplicarme su técnica de desbloqueo, me dijo que poco a poco volvería a su normal funcionamiento. En dos años me habré realizado cinco analíticas y pruebas muy puntillosas que deberían haber cantado algo, y siempre dieron resultados normales. Nunca había sentido nada, hasta hace unos días, dos meses después, que empecé a echar arenilla por la orina.
El veinticuatro de agosto fue mi cumpleaños. Paseando con un amigo me encontré a una conocida que iba con su hijo, nos saludamos y me contó que cumplía ese mismo día trece años.
-Hombre –le dije al chaval-, llevo toda la vida queriendo conocer a alguien que haya nacido el mismo día que yo.
La madre, en broma, me dijo que si cumplía también trece.
-No –le contesté-, cumplo veinte más veintinueve, pero te puedo decir un motón de cualidades que tienen los que hemos nacido hoy y con la edad de tu hijo. Tú me dices si acierto o no.
Le enumeré las cualidades que tenemos los nacidos en el veinticuatro de agosto cuando tenemos trece años (contrastadas con la madre que dijo que sí a todas): somos madreros, habilidosos con las manos, observadores, aventureros, reservados…
Mi amigo, harto de tanto autopiropo, me dijo que también dijera algún defecto para ver si coincidíamos.
Le contesté que los defectos son exclusivo patrimonio de los adultos, que muy mal andaríamos si tachásemos a algún niño de trece años de defectuoso, entonces las consecuencias cuando fuese adulto serían imprevisibles.
Un amigo de mi hijo José Manuel se ha comprado un Corvette. "Desde niño -me contó- mi sueño era poseer uno, un icono de una época, un mito". Lo cuida como a un niño pequeño. Cuando lo saca de paseo para desentumecerle los pistones, el coche ronronea como una bestia del Jurásico.
El universo se expande y se sabe porque los telescopios han detectado que en el espectro de luz que emiten las estrellaa, a medida que se observa la misma estrella a más años luz, el azul se mueve hacia el rojo. Cuando se expanda hasta no poder más, implosionará.
sábado, 28 de agosto de 2010
lunes, 23 de agosto de 2010
Romerías memorables
El “Pienso, luego existo” de Descartes es una de las mayores patochadas. Eso es lo que nos amarga la existencia, creer que porque pensamos existimos. Pensar se ha vuelto una enfermedad. La mente se ha apoderado de nuestro cuerpo, y son los pensamientos los que nos dirigen, los que con su continuo runrún no dejan de agobiarnos la existencia.

Cuando era niño subir de madrugada a la ermita lo vivías como una maravillosa aventura: la emoción de estar levantado hasta la madrugada, cometerte unos chumbos, los churros de la vuelta, elegir el regalo en la caseta de los turroneros, casi siempre una escopeta que te comprarían si te ponías lo suficientemente pesado. Te acostabas y al poco rato oías la música de una charanga callejera que hacía un pasacalle acompañada siempre por el mismo hombre simplón bailando como un oso, Miguelón. Hoy uno va a regañadientes a la feria y el rostro lo delata. Te dejas llevar por ese río de cosas que se hacen porque sí, que tenían un sentido cuando eras niño porque todo era nuevo, recién estrenado, pero que ahora son una carga repetida y agotadora. Entre huraño y un ser social, uno ha escogido el anodino camino de en medio, el peor, ser escéptico y no creer. Es feria, sí, pero por qué.Siendo un preadolescente mis padres de mis andanzas sabían por el aspecto con el que regresaba a casa. Gracias a esa gran intuición que tienen nuestros progenitores, les bastaba mirarte para saber qué habías hecho y con quién. Era muy sencillo; que volvía a casa limpio y reluciente, no había hecho nada malo; que regresaba como un pordiosero, en algún lío me había metido; que regresaba más tarde de lo estipulado, entonces se encendían las alarmas de que tenían que actuar de forma contundente antes de que fuera demasiado tarde y me perdiese para siempre. Así que más de una vez, antes de pasar revista, he entrado como una exhalación al cuarto de aseo para quitar las huellas que me delatase de mis correrías.
Una noche de romería hicimos acopio de una botella de ginebra y varias de refresco para el camino y ponernos a la altura del resto de las pandillas de jóvenes. Como todo, aquello era un juego, un juego que imitábamos a ser mayores. Superamos la revalida, algunos con nota, como mi primo Gaspar. No habíamos andado la mitad del camino cuando teníamos todos una descomunal borrachera, el que más mi primo que se puso malísimo y lo tuvimos que arrastrar a su casa. Lo dejamos encima de la cama de matrimonio convertido en una piltrafa. Su madre al ver el regalo no reaccionó hasta que descubrió la mancha de orina, entonces explotó maldiciéndolo, recriminándole lo guarro que era y asestándole golpes para que despertase. El resto asistimos a la escena estupefactos y con el temor seguro de que cuando mi tía terminase con mi primo la emprendería a golpes con sus solidarios amigos, nos escurrimos dejando al desdichado a su suerte. Mi primo dormía la mona del siglo, la prueba es que al día siguiente no se acordaba de nada, ni de cómo cogió la cogorza ni de por qué tenía la cara amoratada.
Otra vez, no me acuerdo del orden, no sé si fue antes o después de la peregrinación alcohólica, es lo de menos, lo interesante es que aquella noche de romería bien podría pasar a la historia como el último asedio que se vivió en el castillo después de que lo conquistasen los cristianos. Marchábamos y antes de llegar a coronar el cerro donde está la ermita hicimos una parada en el recinto amurallado, los restos del antiguo castillo árabe, en el que aún se conserva las barbacanas y torres homenaje, como la de la Puerta del Sol a la que trepamos subiendo por un muro semiderruido y muy peligroso. Nuestra intención era observar desde aquella atalaya a la gente que iba y venía por el camino, el firmamento, charlar amigablemente, pero uno de nosotros portaba una enorme linterna para alumbrarse y en plena oscuridad pronto descubrimos una actividad más emocionante y gratificante. Las mujeres entraban en un pasadizo debajo del torreón que se abría a espaldas del camino a orinar, nunca podían imaginar que por encima de ellas, a una altura de unos diez metros y de sus traseros al aire, había una cuadrilla de muchachos asomando sus cabezas con una enorme linterna esperando que se bajaran las bragas y que tranquilamente se aliviaran. Cuando ya estaba acomodadas, encendíamos el potente foco y veíamos cómo salían corriendo, chillando, con las bragas a medio subir y la meada cortada de la impresión al desconocer de dónde procedía aquella luz. Así estuvimos, espantando meonas y revolcándonos de la risa, hasta que empezaron a volar las primeras piedras sobre nuestras cabezas. Alguien había corrido la voz de que un grupo de gamberros molestaba a las novias y hermanas en sus privacidades. Nuestra salvación fue que podíamos tumbarnos a salvo detrás de un murete que bordeaba la terraza del torreón y esconder la cabeza para que no nos la abrieran de una pedrada. Bajamos cuando se cansaron del asedio. El enemigo se había replegado. Un mensajero nos dijo que se estaban organizando para darnos caza y escarmentarnos. Mientras el resto de las personas subían el camino, entraban en la ermita, le rogaban a la Patrona del pueblo y regresaban a sus casas con la paz del espíritu, unos cuantos lobatones con ganas de diversión, dos o tres años mayores que nosotros, daban batidas para encontrarnos. Así que nos pasamos toda la noche corriendo, abandonados a las risotadas, caídas, con el corazón, a veces, en un puño, escondiéndonos entre los pinos como una cuadrilla de maquis perseguidos por la Guardia Civil, soliviantando a las parejas que se estaban dando el lote en la oscuridad y con una pinta cada vez más zarrapastrosa.
Entre unas cosas y otras, las vacaciones vuelan. Quedan dos semanas para volver a Málaga y mi cuerpo comienza a manifestar los primeros síntomas de rebeldía.El bar de la golondrina con patas apenas ha hecho negocio esta feria. Se las prometían felices y la clientela le ha dado las espaldas. Me da lástima porque es un matrimonio joven y aunque saben de hostelería lo que yo de micología, tienen mi apoyo. De los cuatro días, dos llovió e hizo frío. Unas tormentas de verano, como eran antes, tiraron los farolillos de papel al suelo, igual que el ánimo de los feriantes. Por la tarde se levantaba una rasca que invitaba a no asomar por la feria. La última noche, a la una de la madrugada, se lanzaron los fuegos artificiales, y al día siguiente hizo un sol radiante y de nuevo calor.
Yo sigo subiendo a la ermita todas las tardes. Siempre encuentro a alguien con quien hago el camino y el recorrido se me hace cortísimo y ameno. Cuando no tengo a nadie, también somos dos los que subimos, mi parlanchina mente y yo. Entonces, hago una cosa, la observo, la dejo hablar, parlotear sin parar, decirme esto o aquello, prevenirme del futuro o recordarme el pasado, advertirme de alguna pequeña molestia que tengo y convertírmela en venidera enfermedad… Me canso de oírla y mi vista se pierde por el paisaje. Ella permanece callada unos instantes, lo que dura mi evasión.
miércoles, 18 de agosto de 2010
La era de las piscinas de aguas cristalinas


Fui con mi hermano y su familia a la alberca de las Lolas.
En la era de las piscinas de aguas artificiales, bañarse en una alberca es un lujo, un viaje en el tiempo a la edad de cuando tenía doce años y en el campo no existía el exacerbado instinto de propiedad cercándolo todo.
A las seis de la tarde y con cuarenta grados, el vehículo no puede seguir el camino, por lo que tenemos que andar un gran trecho polvoriento en plena solanera pasando junto a un aprisco de cabras y ovejas, cruzando un puente sin pretiles y sin la más mínima sombra hasta que alcanzamos la selvática fronda que crece alrededor de la alberca. El recinto presenta ese rústico abandono de los empeños cuyos comienzos están desbordados de proyectos, pero que declinan por agotamiento de las fuerzas o bien porque la ilusión se atasque o por el normal cansancio de todas las empresas humanas o porque te quedas sin dinero. Conserva el flemático abandono que nos habla del ocaso de su época dorada cuando las propietarias lo decoraron con piedras de molino, plantaron una vegetación frondosa y extraña, entre las que se haya un pinsapo de tres metros, se construyó una gran cubierta para dar sombra a una enorme mesa redonda de azulejos y de dos metros de diámetro, rodeada de bancos de mampostería. En un lateral se eleva una gran barbacoa con capacidad para asar un búfalo. Ahora las dueñas le prestan poca atención: cuidan las plantas, quitan los hierbajos y sacan los cadáveres de los pequeños animales que flotan en el agua.
Mis sobrinos están criados en el arrojo y el valor, así que no es de extrañar que mientras cavilaba si meterme en ese caldo primigenio, ellos ya llevaban un rato chapoteando.
Héctor, de tres años, con su lenguaje de gran verbosidad para su edad y a medio construir, hizo todo el camino de mi mano contándome que la tarde antes su padre había sacado un ratón ahogado.
Al llegar, su gran ilusión fue mostrarme el reseco cadáver. Me senté en el borde fijándome en todo lo que flotaba. Mi hermano, por la espalda, me empujó y caí al agua vestido. De no haber sido así, estaría todavía pensándomelo. Para que mi mente no hiciese conjeturas de qué se podía esconder en aquellas aguas abisales, me subía a un murete y me lanzaba haciendo la bomba.¡Ah, qué felicidad! Volar, caer y tocar con los pies el suelo cubierto de un légamo resbaladizo para volver a impulsarme y salir del agua como un cohete. Un truco de cobardica, la mente la tenía distraída en el trajín de los saltos y no reparaba en lo que podía estar compartiendo al mismo tiempo aquella verdosa y aterciopelada sopa. Cualquier sensación en el cuerpo dentro del agua la amplificaba y la imagen del ahogado ratón bañista no dejaba de agobiarme.
El pueblo se está preparado para la feria. Durante la siesta –siempre en la siesta- han estado descargando sillas, mesas y mostradores exteriores para el bar de la golondrina con patas. Quiere esto decir que piensan montar una barra en la calle para aprovechar el invento de la feria de día. No van a ser días tranquilos.
En la biblioteca, uno de los investigadores del pueblo me mostró un documento del año 1581 cómo un archidonés dejaba en testamento un esclavo morisco.
Sobre las conversaciones en la biblioteca:
“En mi instituto, cuando una alumna quiere irse sin permiso, dice que va a abortar. No nos cabe más remedio que dejarla que se marche. La ley la ampara”
“Leerme el Ulises de Joyce, fue todo un reto. Creo que es lo más heroico que he realizado en mi vida”
“Es increíble que la biblioteca no tenga más dinero para ventiladores”
“Nadie dice que Blas Infante se convirtió al Islam”
Sobre películas:
Good Bay Lenin.
La vida de los otros.
Sobre escándalos del pueblo:
Una separación. En este caso es posible que ella le haya dejado a él por ser un tío tacaño. En mi pueblo hay muchos hombres que son abandonados por sus parejas no por machistas, sino por escatimosos.
Esta noche es la romería al Santuario de la Virgen de Gracia. Tradicionalmente a veces subo y otras no, depende de las ganas.
En casa de mi suegra estamos todos: mis hijos y sus invitados, mi cuñado con su familia y los asiduos. Como la tercera planta está enterrada en polvo debido a la obra, faltan camas.
En casa de mis padres se ha instalado mi hermano Valeriano y su numerosa familia. Llegan, viven, ensucian y se van. Después mi padre encarga que limpien y ordenen la casa, y el ciclo vuelve a empezar.
Volviendo a la romería, diré que todos los años es lo mismo. Al subirse de madrugada los dos kilómetros de empinada cuesta, soy hombre muerto. Hay tres noches al año en las que padezco un sueño terrible: la noche del veinticuatro y treinta y uno de diciembre, y la del catorce de agosto, el día de la romería. Son las tres noches que se supone que uno debe tener el cuerpo para lo que le echen, y yo no sirvo para nada. A raíz de la muerte de mi madre, las dos primeras las he suprimido definitivamente, me dan igual las tradiciones, la familia y las Pascuas. Sólo me queda la romería y pienso cumplir con ella. Dormiré una reparadora siesta y a eso de la doce de la noche, emprenderé la ascensión al cerro y le rogaré a la Virgen por todos.
Este año me detendré en la terraza que tiene mi primo el naviero en mitad de la sierra para prevenir que no me ocurra lo de todos los años que subía con los ojos medio cerrados de sueño y a rastras. Mi plan es tomarme alguna bebida energizante, con alcohol, que despabile y euforice.
Mañana contaré.
lunes, 9 de agosto de 2010
Un astillero en la sierra de Archidona

El viajero que suba caminando a la ermita de la Virgen, puede hacer una parada en una pequeño edificio que hay a mitad de camino, la ermita de Santo Cristo. Puede aprovechar el descanso para refrescarse en la terraza de un bar instalado detrás del edificio mientras contempla las maravillosas vistas de la vega de Archidona con la Peña de los Enamorados al fondo; pero el viajero, sin duda, quedará sorprendido por la presencia de un barco a semejante distancia del mar y al que le falta poco para su botadura.
Este verano, con el atardecer, uno de mis paseos favoritos es subir el cerro y contemplar la puesta de sol. Son cerca de dos kilómetros de empinada cuesta. Suelo hacer la primera parada en Santo Cristo y echarle la vista al pueblo. Es una pequeña ermita con la casa del santero adosada a sus espaldas. Desde hace bastante tiempo es la vivienda de un familiar. La casa, al principio, fue cedida como estudio de pintura a mi tío Manuel. Un hijo suyo, Manolo, que por circunstancias de la vida la necesitó como vivienda para su recién creada familia, se instaló y acometió una reforma de ampliación, pues el espacio era ínfimo. Con el paso del tiempo acotó más terreno como patio y montó un bar con terraza. Ayer, mi primo estaba regando las plantas cuando vio que subía con dos amigos más y nos invitó a tomar algo.
Manolo tuvo un accidente de tráfico del que salió con un collarín y que lució hasta que cobró una indemnización. Invirtió todo el dinero cobrado en el sueño de su vida: poder navegar. Como no le alcanzaba para costearselo, con su definido carácter autodidácta, se puso manos a la obra. El barco lo ha hecho sin ayuda, con planos y su práctica de marinero de sierra, empleando todo el tiempo en soldar y en adquirir piezas de desgüaces: motor, ojos de buey... El diseño, según él, se basa en un tipo de barco que se utiliza en el Mar del Norte como barco de apoyo para la pesca de la ballena, por eso tiene un proa muy alta y con doble casco, para las embestidas de las grandes olas. La sala del timonel da la impresión de ser un poco estrecha, allí no cabe un marinero de pie, a no ser que el patrón vaya sentado o de rodillas. Con una eslora de unos cuatro metros, se da por sabido que no sirve para cargar con una ballena. Han sido unos cuantos años dedicado en cuerpo y alma a su empresa, achicharrándose con la soldaduras. Ahora, permanece encallado sostenido por maderos, como si fuese un motivo de decoración, sin más, a la sombra de unos pinos. Uno se pregunta si ese barco, de llegar a estar terminado, podría navegar; si los someros croquis utilizados en su construcción son fiables; si se han realizado los oportunos cálculos de resistencia de materiales y estructuras. Cuando le pregunté si pensaba terminarlo me contestó que por supuesto y me hizo ese gesto tan universal tipo mudra que menciona el dinero sin nombrarlo. Entonces es preceptivo preguntarle cómo lo va a sacar de allí, ¿volando?
-Qué va, primo. Con una grúa tipo pluma lo sacas. Quizá tenga que talar algunos árboles, pero nada más. También puedo esperar que las aguas suban por el calentamiento del planeta y lleguen hasta aquí.

De la vida errante de mi primo no puede dar cuenta ni él mismo. Ayer, antes de verlo, creía que el actual propietario no era él, pues me han llegado noticias de que el negocio lo había traspasado; seguramente por el método primitivo del apretón de manos, coger el dinero y metérselo en el bolsillo, ya que ni la casa es de su propiedad, ni las obras que ha realizado han contado con los permisos pertinentes, ni las ampliaciones posteriores, ni el bar, amén del barco. Él es un auténtico antisistema, vive de manera única y hace lo que le da la gana. El anterior alcalde quiso doblegarlo al imperio de la ley, con es prurito que le pica a los que ejercen la autoridad en contra de los rebeldes, tampoco es que le cayera muy simpático, así que procuró amargarle la vida echándole a los municipales encima y quién se la amargó fue mi primo a él. Cuando la policía subía a acosarlo, él se defendía en su bastión con la Constitución en la mano y alguna que otra pedrada. No tuvo más remedio que defenderse de semejante atropello y emprender una campaña informativa en todo el pueblo en descrédito del alcalde y del partido que representaba llenando de frases las fachadas. El pintaba de noche, cuando el alcalde estaba en los brazos de Morfeo y por la mañana ya podías leerlas si te dabas prisa, porque más prisa se daban los empleados del Ayuntamiento en taparlas con las escobinas y la cal. Un día, cuando la plaza estaba a rebosar de gente sentada tomando copas, apareció él con varios amigos vestidos de luto, portando un ataúd y simulando un entierro. La gente asistió atónita a la escena, y allí, en mitad del bullicio, mi primo pidió silencio a toda la concurrencia porque iban a proceder a dar sepultura al alcalde y sus bellacas maquinaciones. Leyó un manifiesto en contra de la represión, del abuso de autoridad y demás felonías cometidas por el alcalde y recibió los aplausos de la concurrencia. Aquello fue sonadísimo y mi primo consiguió fama, admiración y un inmenso odio.
Desde el entierro de mi madre no lo he vuelto a ver. Lo vi acercarse con su melena y su barba de náufrago, me abrazó y no dijo nada. Se había vestido de traje, camisa blanca y corbata.
Hace unos días, subiendo a la ermita, cuando ya había pasado por donde está el astillero de mi primo, escuché una voz que me llamaba a grito pelado. Volví la cabeza y vi a un hombre que subía como un poseso la cuesta en ropa deportiva. Por la forma de gritarme, por su paso y por ser quien es, intuí que algo le pasaba. Y vaya que le pasaba.
-Salgo a caminar porque me voy a volver loco –me dijo.
Conozco su historia personal. Trabaja en Málaga. Se levanta a las seis todos los días y regresa a Archidona en torno a las siete de la tarde. Está exasperado de conducir. Apenas duerme y vive amargado, pues ya se siente sin fuerzas para continuar con esa forma de vida que le ha tocado. Que su vida da pena, él da cuenta de ella.
-Yo sé que tú me entiendes. Contigo puedo hablar. Tú no eres como la gente de aquí que le dices lo que te pasa y se ríe en tus narices –me dice compungido.
Empezó a narrarme cuál era su sueño de cómo sería feliz: tener una casa en mitad del campo, viviendo con su familia, cultivando un huerto, con animales… Pero no tengo dinero, todo lo he invertido en una casa aquí en el pueblo. Dejar el trabajo por otro menos esclavizante. Tener tiempo… Poder dormir.
-Los domingos por la noche, cuando veo que tengo que madrugar sabiendo lo que me espera ya toda la semana: el tráfico, el jefe… mi cabeza está a pique de estallar y me invade un estado de ansiedad que me lleva pensar en cosas desagradables –habla de manera atropellada, en parte porque estamos subiendo la cuesta y le falta la respiración- Pienso que las personas que se han suicidado son auténticos héroes, unos valientes.
-No –le contesto-, de valientes nada. Nadie puede juzgarlos, pero de valientes nada. Aquí viene uno a vivir. Estamos programado para desear vivir y es un privilegio y un disfrute poderlo hacer –qué otra cosa le podía decir.
Me acordé de mi promesa de no intervenir en la vida de nadie durante el verano, que quien lo necesitase que leyese libros de autoayuda, pero cómo lo que menos me importan son las promesas que me hago a mí mismo, me la salto y santas pascuas. Así que le dí unos sabios consejos de manual:
-La solución está en ti: nadie viene con un maletín cargado de euros y te lo da para que cumplas tus sueños.
-Tus sueños son una creación de escape a tu también creada infelicidad.
-Detén el discurso que tienes en el cerebro dictándote que eres un desgraciado a todas horas y cámbialo. ¿Cómo? Pues igual que has hecho con el que tienes, hablándote a ti mismo. Lo escribes, me lo enseñas y te diré si te va a servir. Lo repites como un mantra.
Y así estuve hasta que se convenció que todo era cuestión de enfoque.
El hombre me dio la mano para despedirse y me dijo sentirse muy aliviado. Su cara así lo manifestaba, al menos eso me pareció.
Mi primo, que lo conoce, dice que me ha engañado como a un pardillo. Que malgasté mi tiempo con él y me contó algunas excelencias suyas que no vienen al caso pero que no lo dejan muy bien parado.
La mujer de mi primo ha estado varios días con su hija en la costa, bañándose y descansando. Mi primo dice que él es como el indio Jerónimo, capaz de sobrevivir con un cuchillo en medio de la naturaleza, que no necesita a nadie, que él solo se basta. Ha coincidido el regreso de su mujer estando yo en su casa. La primera frase que ha dicho mi primo, después de saludarla y darle la bienvenida, es propia de un indio: “la nevera está vacía”.
viernes, 6 de agosto de 2010
Notas veraniegas

Mi tío me ha dicho que el apartamento lo ha alquilado. Eso quiere decir que la lista de los enseres que me dejó para que se la pasase al ordenador, no sé cuántos días hace ya, debería estar en sus manos, pero no me ha dicho nada. Él es un hombre prudente. Es posible que aún piense que no la he hecho porque he tenido asuntos más importantes.
El saber no ocupar lugar, pero menos ocupa el no saber. Esta sentencia me la dijo el otro día un amigo en contradicción con lo que quería expresarme de verdad: con su edad y teniendo la subsistencia asegurada no pensaba preocuparse de estudiar nada más.
He vuelto a ver la película “El tercer hombre”. Todos los fotogramas son auténticas joyas. La escena del comienzo y el final transcurre en el camino de un cementerio de Viena, con los árboles perdiendo las hojas.
Listado para hoy:
-Renovarme el carnet de conducir, llevo seis meses con él caducado.
-Huir lejos del polvo.
Los albañiles que están haciendo un cuarto de aseo más accesible para ser usado este inverno por mi suegra, han subido a las cámaras a retirar un escayola del techo que se había resquebrajado y han descubierto, para horror de los moradores, que una viga del tejado está partida. Ya empezamos. Lo sabíamos. Cuando en una casa como esta entran para un arreglillo, lo que era para pocos días, termina convirtiéndose en una reforma de varios miles de euros. Que se lo digan a la vecina o al farmacéutico o al abogado o…
Mientras, la tila se hace por barriles para mi suegra.
La casa de mis padres, otra que igual baila. Mi padre llamó por teléfono desde Málaga para decirnos que había una tubería rota y que avisásemos a Paquillo, el albañil de confianza.
Estuve con mis compañeros de senderismo, Juande y José Antonio, en Sierra Nevada y subimos al el Elorrieta, el tercer pico más alto. El sendero había desaparecido debido a los neveros que este extraordinario año de lluvias hace que aún, a finales de julio, persistan. Cruzamos por una empinadísima vereda abierta en la nieve por senderistas con cierto peligro clavando los bastones y cuidando dónde pisábamos. Lo bautizamos como el barranco de la muerte (nos gusta darle un toque de emoción a nuestros paseos), porque cuando te parabas y mirabas dónde caías si resbalabas, de allí te tendría que sacar un helicóptero y no precisamente vivo. Los tres lo salvamos con el corazón en la boca. El caso es que nos cruzamos con un grupo de jóvenes equipados como si fuesen al instituto, con zapatillas deportivas, sin mochilas, sin nada que tuviese que ver con los pertrechos mínimamente necesarios que se suelen llevar cuando uno va a una agreste sierra. Trocharon por nuestro recién bautizado precipicio de la muerte como si fuesen gamos en estampida, tan seguros que les daba igual lo que había en la hondonada del despeñadero, groseros peñascos o mullidos colchones.
Me encontré con una antigua profesora de cuando cursaba el bachiller. Se acordaba perfectamente de mí y me nombró por mi nombre. Después de tantos años y de tantísimos alumnos, me agradó el detalle, a pesar del enorme cargo de conciencia que tengo con ella. Con una extraordinaria capacidad para enseñar, de enorme paciencia, lo único que recuerdo es que me pasé todas sus clases riéndome a mandíbula batiente con el compañero de pupitre. De qué me reía. De todo. Creo que acumulé risotadas para el resto de mi vida. Cuando la clase terminaba yo no me había enterado ni pizca. Aprobé, como tantas cosas, con una nota que no se correspondía con mi minúsculo esfuerzo, inflada más bien por su carácter bondadoso que por los conocimientos que demostré.
Aquel compañero de pupitre padece hoy una extraña enfermedad, según me refirió un amigo común que al verme en ropa de deporte me dijo que así es cómo le gustaba que estuviesen sus amigos, sanos y fuertes. Lo saludé y le contesté que se trataba más de cuestión de imagen que de estado. Me comentó lo que le ocurría a mi compañero de risas: algo andaba trastornándose en su cerebro y estaba de baja laboral, pues le había incapacitado para conducir. ¡Uf!
Que el universo comenzó y que tiene que finalizar es el producto de nuestra construcción sintáctica de las cosas, de cómo nuestra inteligencia entiende que todo es un proceso de nacimiento, desarrollo y fin. Como el universo, la obra en casa de mi suegra se inició y terminó. Como el universo, esta obra no es más que una fluctuación en la variedad de intensidades de lo que no tiene fin; pero al menos, en nuestra observación podemos decir que: ¡La obra ha terminado! Hoy, viernes, con la última cuba de escombro se han marchado los albañiles. La casa está como un patatal. Todos tenemos una pátina blanca del polvo. Mi suegra no deja de manosear la cartilla de sus ahorros viendo cómo han menguado. Lo mejor de todo ha sido que una pequeña rata que se coló por el caño ha sido exterminada, pues no hay nada que te vuelva más paranoico que un bicho de semejante mala calaña.
En Archidona faltan estudios de antropología urbana. Aquí debería venir un antropólogo y estudiar por qué la gente se emborracha tanto. El estudio sería pagado por la Diputación, y el investigador, aparte de coger alguna que otra borrachera de campo, confeccionaría inútiles estadísticas.
lunes, 2 de agosto de 2010
La calle
Hubo una pelea en la puerta del bar de la golondrina con patas. Era lo más previsible cuando a las cuatro de la tarde, en plena canícula y hora de la siesta en toda España, los clientes que desde las doce del mediodía se han quedado pegados a la barra están encendidos como antorchas. Me asomé al balcón, pues la disputa era de tipo dialéctico entre dos hombres que siempre se les ve acodados y con un vaso en la mano. Uno, a grito pelado, le oí decir al otro: con esa cara que tienes, si fueras un cochino, te afeitaba el culo para que caminases para atrás. El otro le contestó con una expresión local: pega un barrigazo, mientras se alejaba, imagino, camino a su casa. Si es que a este bar con esa clientela no se le puede pedir más. Cualquier día se monta un tiroteo y saldrá la calle en las noticias de la televisión. Si me ponen el micrófono por delante diré lo que dice todo el mundo cuando le preguntan por un percance: “Jamás se escuchó una disputa. Los clientes eran normales. Es un local como otro cualquiera. Es increíble que hayan matado a cinco personas”.
Ya dije que mi suegra se había contagiado de la epidemia que corre por la calle de hacer reformas en sus casas. Primero fue el farmacéutico. Hablé con él y me dijo lo arrepentido que estaba pues es la tercera vez que entran los albañiles por la puerta. Primero fue el tejado; luego, la tercera y segunda planta. Ahora, la planta baja donde está instalada farmacia.
-Yo si que empecé la casa por el tejado cuando lo que debería de haber hecho es echarla abajo y hacerla nueva. Que arrepentido estoy –me dijo, mirando con rabia a la casa.
Le sigue la casa de la señora Conchita, colindante con la nuestra. Los albañiles llegaron para hacer unos arreglos. Llevan ya dos meses y han gastado dos camiones de materiales. El abogado, actual propietario de la casa que en su día fue de mis tíos, se ha propuesto acabar con la humedad. Los albañiles, con martillos neumáticos, están echando toda la fachada abajo. Hay otras obras en la misma calle, pero me niego a dar cuenta de ellas. Mi suegra ha dispuesto de hacer un cuarto de aseo para su uso y no tener que subir las escaleras a la primera planta. El maestro de obra nos explicó que sus albañiles trabajan desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde porque el convenio les prohíbe otro horario diferente en verano. Es lógico, se aprovecha el fresco de la mañana, los trabajadores no mueren de calor y nosotros, a las seis y media, cuando el sol aún no ha salido, estamos levantados dispuestos a huir del polvo y del ruido. La suerte es que es una obra menor y en pocos días va a estar despachada, a no ser que nos pase como a la vecina y se complique la cosa. Por cierto, los albañiles de la señora Conchita no se rigen por el mismo convenio que los nuestros, trabajan desde el amanecer hasta que anochece, sábados incluidos, aporreando las paredes colindantes con nuestro dormitorio.

En la imagen podemos observar cómo en casa de la señora Conchita (la nuestra es la de abajo) se arrojan objetos inútiles por el último balcón, concretamente van a tirar un carrito de bebé. Después de decenas de años acumulando trastos ha llegado la hora de tirar algunos. En la panorámica se ven las numerosas obras veraniegas.
Mi tío Miguel, que viene a pasar las vacaciones a un piso que tiene cerca de nuestra casa, me pidió que le pasase al ordenador un listado de objetos que tiene en un apartamento para cuando lo alquile. Con mis deseos de servirle le dije que sí y ahora corro cada vez que lo veo, pues aún no he tocado la lista porque cuando la cojo me sale sarpullido y siempre me monto una excusa para hacerla más adelante –ahora mismo podría estar escribiéndola, y no que ando divagando con el blog-. Ya van ocho días que me la entregó. Son cuatro folios por las dos caras donde se hace una relación tan pormenorizada de lo que contiene el apartamento que no sé cómo le ha faltado poner la cantidad de baldosas con las que está enlosado.
A mi tío no le van los cantamañanas, y yo, que represento para él la imagen de un sobrino servicial y formal, me la estoy ganando. Cuando nos vemos no me dice nada, pero hay silencios muy elocuentes. ¡Ah!, por cierto, dónde he puesto la maldita lista con tanto follón de obra. ¡Cómo se haya perdido, adiós!
Por la noche, Madita y yo salimos a dar un paseo. Solemos ir a visitar a mi primo. La escena suele variar de los siguientes modos acerca de lo que está haciendo el matrimonio cuando llegamos.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo navega en Internet.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo cena.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo despotrica contra alguien.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo me dice que me va a pegar dos hostias como escriba mal de él en el blog.
A mi amigo Joaquín le gusta venir a visitarme cuando le apetece. Se desplaza desde Antequera en su moto y caminamos charlando por las calles del pueblo. Para él, Archidona es una ciudad muerta. No tiene vida. Hubo un alcalde, el último del franquismo, que cuando le preguntaban cómo estaba Archidona, se refería: Archidona, Archidona está muerta, moría y matá. Así que esto viene de muy atrás.
Mi padre se ha quedado solo en Málaga. No quiere venir al pueblo, dice que está más cómodo en su piso, con el aire acondicionado y teniéndolo todo a mano. De vez en cuando llama y nos cuenta que está melancólico. Normal, el verano pasado lo pasó con mi madre aquí en su casa. Ahora, permanece cerrada. Ningún hermano mío asoma por ella. Me he dado cuenta que yo procuro también evitarla. Mi subconsciente siempre me ha demostrado que es muy listo, mucho más que mi conciencia, pues sabe trazar un itinerario por donde mi estado emocional no llegue a quebrarse.
Ayer hubo casting. Mi suegra quiere contratar a una mujer que la cuide en el invierno y no tener que venirse con nosotros a Málaga. La comprendo, y es lo mejor, pues yo me quedaría aquí también. Iría a Málaga a trabajar y a mis clases de yoga. Durante todo el día acudieron mujeres para presentarse y negociar las condiciones. Todas extranjeras, todas paraguayas. No sabía que hubiese una colonia tan grande de paraguayos en mi pueblo. Educadas, agradables y vistosas, mi suegra, agotada, a la última le dijo que de ser posible las contrataba a todas, que todas le habían parecido estupendas. Hoy anda agotada, y sin saber por quién se va a decidir. Yo no puedo opinar porque incluiría un sesgo como hombre nada conveniente. Mi mujer me observó cuando ella estaba conversando con una y dice que la miré de arriba abajo. Le expliqué, para que aprendiese algo más de los hombres, que cuando miramos de esa manera no es que nos seduzca, sino todo lo contrario, miramos porque algo no nos encaja; así, cuando no miramos, es cuando verdaderamente miramos porque nos atrae. Total, un embrollo verbal que no acabó de creerse.
Y ahora, en lugar de confeccionarle la lista del apartamento a mi tío, para despejarme, me iré a caminar.
Ya dije que mi suegra se había contagiado de la epidemia que corre por la calle de hacer reformas en sus casas. Primero fue el farmacéutico. Hablé con él y me dijo lo arrepentido que estaba pues es la tercera vez que entran los albañiles por la puerta. Primero fue el tejado; luego, la tercera y segunda planta. Ahora, la planta baja donde está instalada farmacia.
-Yo si que empecé la casa por el tejado cuando lo que debería de haber hecho es echarla abajo y hacerla nueva. Que arrepentido estoy –me dijo, mirando con rabia a la casa.
Le sigue la casa de la señora Conchita, colindante con la nuestra. Los albañiles llegaron para hacer unos arreglos. Llevan ya dos meses y han gastado dos camiones de materiales. El abogado, actual propietario de la casa que en su día fue de mis tíos, se ha propuesto acabar con la humedad. Los albañiles, con martillos neumáticos, están echando toda la fachada abajo. Hay otras obras en la misma calle, pero me niego a dar cuenta de ellas. Mi suegra ha dispuesto de hacer un cuarto de aseo para su uso y no tener que subir las escaleras a la primera planta. El maestro de obra nos explicó que sus albañiles trabajan desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde porque el convenio les prohíbe otro horario diferente en verano. Es lógico, se aprovecha el fresco de la mañana, los trabajadores no mueren de calor y nosotros, a las seis y media, cuando el sol aún no ha salido, estamos levantados dispuestos a huir del polvo y del ruido. La suerte es que es una obra menor y en pocos días va a estar despachada, a no ser que nos pase como a la vecina y se complique la cosa. Por cierto, los albañiles de la señora Conchita no se rigen por el mismo convenio que los nuestros, trabajan desde el amanecer hasta que anochece, sábados incluidos, aporreando las paredes colindantes con nuestro dormitorio.

En la imagen podemos observar cómo en casa de la señora Conchita (la nuestra es la de abajo) se arrojan objetos inútiles por el último balcón, concretamente van a tirar un carrito de bebé. Después de decenas de años acumulando trastos ha llegado la hora de tirar algunos. En la panorámica se ven las numerosas obras veraniegas.
Mi tío Miguel, que viene a pasar las vacaciones a un piso que tiene cerca de nuestra casa, me pidió que le pasase al ordenador un listado de objetos que tiene en un apartamento para cuando lo alquile. Con mis deseos de servirle le dije que sí y ahora corro cada vez que lo veo, pues aún no he tocado la lista porque cuando la cojo me sale sarpullido y siempre me monto una excusa para hacerla más adelante –ahora mismo podría estar escribiéndola, y no que ando divagando con el blog-. Ya van ocho días que me la entregó. Son cuatro folios por las dos caras donde se hace una relación tan pormenorizada de lo que contiene el apartamento que no sé cómo le ha faltado poner la cantidad de baldosas con las que está enlosado.
A mi tío no le van los cantamañanas, y yo, que represento para él la imagen de un sobrino servicial y formal, me la estoy ganando. Cuando nos vemos no me dice nada, pero hay silencios muy elocuentes. ¡Ah!, por cierto, dónde he puesto la maldita lista con tanto follón de obra. ¡Cómo se haya perdido, adiós!
Por la noche, Madita y yo salimos a dar un paseo. Solemos ir a visitar a mi primo. La escena suele variar de los siguientes modos acerca de lo que está haciendo el matrimonio cuando llegamos.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo navega en Internet.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo cena.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo despotrica contra alguien.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo me dice que me va a pegar dos hostias como escriba mal de él en el blog.
A mi amigo Joaquín le gusta venir a visitarme cuando le apetece. Se desplaza desde Antequera en su moto y caminamos charlando por las calles del pueblo. Para él, Archidona es una ciudad muerta. No tiene vida. Hubo un alcalde, el último del franquismo, que cuando le preguntaban cómo estaba Archidona, se refería: Archidona, Archidona está muerta, moría y matá. Así que esto viene de muy atrás.
Mi padre se ha quedado solo en Málaga. No quiere venir al pueblo, dice que está más cómodo en su piso, con el aire acondicionado y teniéndolo todo a mano. De vez en cuando llama y nos cuenta que está melancólico. Normal, el verano pasado lo pasó con mi madre aquí en su casa. Ahora, permanece cerrada. Ningún hermano mío asoma por ella. Me he dado cuenta que yo procuro también evitarla. Mi subconsciente siempre me ha demostrado que es muy listo, mucho más que mi conciencia, pues sabe trazar un itinerario por donde mi estado emocional no llegue a quebrarse.
Ayer hubo casting. Mi suegra quiere contratar a una mujer que la cuide en el invierno y no tener que venirse con nosotros a Málaga. La comprendo, y es lo mejor, pues yo me quedaría aquí también. Iría a Málaga a trabajar y a mis clases de yoga. Durante todo el día acudieron mujeres para presentarse y negociar las condiciones. Todas extranjeras, todas paraguayas. No sabía que hubiese una colonia tan grande de paraguayos en mi pueblo. Educadas, agradables y vistosas, mi suegra, agotada, a la última le dijo que de ser posible las contrataba a todas, que todas le habían parecido estupendas. Hoy anda agotada, y sin saber por quién se va a decidir. Yo no puedo opinar porque incluiría un sesgo como hombre nada conveniente. Mi mujer me observó cuando ella estaba conversando con una y dice que la miré de arriba abajo. Le expliqué, para que aprendiese algo más de los hombres, que cuando miramos de esa manera no es que nos seduzca, sino todo lo contrario, miramos porque algo no nos encaja; así, cuando no miramos, es cuando verdaderamente miramos porque nos atrae. Total, un embrollo verbal que no acabó de creerse.
Y ahora, en lugar de confeccionarle la lista del apartamento a mi tío, para despejarme, me iré a caminar.
viernes, 30 de julio de 2010
Reformas en verano
Como una plaga de langosta se han extendido las reformas en el vecindario. Lo que al principio era sólo la de la farmacia, luego vinieron unos pequeños arreglos en casa de la señora Conchita que se prolongarán en el tiempo porque cuando una cuadrilla de albañiles entre en un caserón como ese, es muy difícil que su faena pueda parar; ahora, otro vecino, abogado, que le compró la casa a mi tío Paco y mi tía Conchita, se ha propuesto acabar con la humedad, y le están picando con martillos neumáticos la fachada, pues cree que el mal asilamiento es la causa de que le salgan a las paredes unas vegosas costras.
Es un caserón un tanto especial, como lo son todos los de esta calle. Yo he pasado muchos ratos en ella, pues siempre me llevé muy bien con mi tío Paco, relojero y joyero de profesión, y mi tía Conchita, obsesionada con la limpieza y la buena presencia de su aparatoso hogar. Con mi tío echaba muy buenos ratos mientras el trabajaba en el arreglo de un reloj o fabricando una joya; conversábamos sin prejuicios de la edad, con el afecto y la experiencia que emana de una vida con una filosofía de la que sabía extraer el goce de su artesano trabajo, a la vez que no despreciaba el placer de las cosas terrenas.
En el pueblo hay varias casas de este estilo. Son muy aparentes, pero muy incómodas para sus moradores, no solo por el trabajo que hay que dedicarles, sino por la misma organización de los espacios. Los veranos se pasan frescos, pero en el invierno la temperatura corre pareja a la de la calle. La distribución de las habitaciones gira en torno a un pasillo con baranda a un ojo patio cerrado y que recibe la luz de la gran lucerna del tejado. La planta baja está destinada a la galería adornada con grandes macetones de aspidistras y de costillas de adán. La presencia es fabulosa, el trabajo de mantenerla limpia y vistosa, encomiable. El sentido práctico perdido por el gusto de los espacios adornados con vetustos arcones, sillas donde nadie se sienta y una vegetación improductiva y necesitada de mimos exquisitos. Que las costumbres han cambiado, nadie lo duda, pero siempre queda algún romántico que pretende redimir con su adquisición al propietario, eso sí, a precio de ganga, como mi vecino el abogado.
Alguien perdió la cabeza con semejante diseño. Como muchas viviendas, la construcción al estar sobre una ladera, aprovechando la orografía, tiene excavado un sótano en el subsuelo sobre el que se montan los cimientos de la casa de encima. El sótano de la casa de mi tío era un lugar espacioso, con una pequeña ventana en alto por donde entraba muy poca luz y que estaba a ras del suelo de una calleja empinada. Allí tenía instalada toda la maquinaria pesada para trabajar el dúctil oro. Unos pocos gramos sometido a las tensiones de aquellas máquinas preparaba un fino alambre que le servía para fabricar un cordón o cualquier joya que se le preciara. Existía una prolongación del sótano, anejo a la sala de trabajo, que estaba siempre a oscuras y cuya finalidad era guardar cajas cuyos contenidos a nadie interesaba y donde se podía haber instalado a vivir una familia de elfos, con agua incluida. En un lateral de ese añadido estaba la cavernosa oquedad cerrada con una portezuela para evitar peligros, estaba el pozo. Yo, cuando entraba a acompañar a mi tío y lo observaba en sus faenas, miraba de reojo a aquel especio, con angustia. De vez en cuando mi tío se refería a él y hablaba como si tuviese vida a pesar de que él mismo, según me decía, llevaba años sin asomarse y no sabía ni tan siquiera dónde se encontraba la llave; se expresaba con la condescendencia que se puede aludir a un amigo del que no sabemos cómo le va la vida. Yo le oía como si me estuviese contando algo intrascendente, pero dentro de mí se producía un inevitable malestar al mirar de reojo a la cueva, la siniestra oscuridad; y aquel acuoso hálito que salía de allí se me instalaba en el pensamiento. No me recuperaba hasta que volvía a salir al exterior y respiraba profundamente.
Otras veces, entraba con el firme propósito de no mirar en la dirección del pozo, pero me podía la tentación. Mi tío me cogía desprevenido y daba un giro a la conversación para referirse a él.
-Este año, con lo poco que ha llovido, lo más seguro es que esté seco –me decía.
Entonces mi imaginación destilaba una sima profunda que se abría a las entrañas de la tierra por la que podía uno caer o ser arrojado, y aquel vacío me hacía subir el ritmo de mi respiración y las pulsaciones de forma imperceptible para mi tío.
Ya son cinco las obras en un tramo de calle de cien metros. ¡Lo que faltaba! Mi suegra se ha unido a la epidemia y dos albañiles se afanan en construir un cuarto de aseo. De esta empresa doy cuenta aparte, pues merece un profundo análisis.
Es un caserón un tanto especial, como lo son todos los de esta calle. Yo he pasado muchos ratos en ella, pues siempre me llevé muy bien con mi tío Paco, relojero y joyero de profesión, y mi tía Conchita, obsesionada con la limpieza y la buena presencia de su aparatoso hogar. Con mi tío echaba muy buenos ratos mientras el trabajaba en el arreglo de un reloj o fabricando una joya; conversábamos sin prejuicios de la edad, con el afecto y la experiencia que emana de una vida con una filosofía de la que sabía extraer el goce de su artesano trabajo, a la vez que no despreciaba el placer de las cosas terrenas.
En el pueblo hay varias casas de este estilo. Son muy aparentes, pero muy incómodas para sus moradores, no solo por el trabajo que hay que dedicarles, sino por la misma organización de los espacios. Los veranos se pasan frescos, pero en el invierno la temperatura corre pareja a la de la calle. La distribución de las habitaciones gira en torno a un pasillo con baranda a un ojo patio cerrado y que recibe la luz de la gran lucerna del tejado. La planta baja está destinada a la galería adornada con grandes macetones de aspidistras y de costillas de adán. La presencia es fabulosa, el trabajo de mantenerla limpia y vistosa, encomiable. El sentido práctico perdido por el gusto de los espacios adornados con vetustos arcones, sillas donde nadie se sienta y una vegetación improductiva y necesitada de mimos exquisitos. Que las costumbres han cambiado, nadie lo duda, pero siempre queda algún romántico que pretende redimir con su adquisición al propietario, eso sí, a precio de ganga, como mi vecino el abogado.
Alguien perdió la cabeza con semejante diseño. Como muchas viviendas, la construcción al estar sobre una ladera, aprovechando la orografía, tiene excavado un sótano en el subsuelo sobre el que se montan los cimientos de la casa de encima. El sótano de la casa de mi tío era un lugar espacioso, con una pequeña ventana en alto por donde entraba muy poca luz y que estaba a ras del suelo de una calleja empinada. Allí tenía instalada toda la maquinaria pesada para trabajar el dúctil oro. Unos pocos gramos sometido a las tensiones de aquellas máquinas preparaba un fino alambre que le servía para fabricar un cordón o cualquier joya que se le preciara. Existía una prolongación del sótano, anejo a la sala de trabajo, que estaba siempre a oscuras y cuya finalidad era guardar cajas cuyos contenidos a nadie interesaba y donde se podía haber instalado a vivir una familia de elfos, con agua incluida. En un lateral de ese añadido estaba la cavernosa oquedad cerrada con una portezuela para evitar peligros, estaba el pozo. Yo, cuando entraba a acompañar a mi tío y lo observaba en sus faenas, miraba de reojo a aquel especio, con angustia. De vez en cuando mi tío se refería a él y hablaba como si tuviese vida a pesar de que él mismo, según me decía, llevaba años sin asomarse y no sabía ni tan siquiera dónde se encontraba la llave; se expresaba con la condescendencia que se puede aludir a un amigo del que no sabemos cómo le va la vida. Yo le oía como si me estuviese contando algo intrascendente, pero dentro de mí se producía un inevitable malestar al mirar de reojo a la cueva, la siniestra oscuridad; y aquel acuoso hálito que salía de allí se me instalaba en el pensamiento. No me recuperaba hasta que volvía a salir al exterior y respiraba profundamente.
Otras veces, entraba con el firme propósito de no mirar en la dirección del pozo, pero me podía la tentación. Mi tío me cogía desprevenido y daba un giro a la conversación para referirse a él.
-Este año, con lo poco que ha llovido, lo más seguro es que esté seco –me decía.
Entonces mi imaginación destilaba una sima profunda que se abría a las entrañas de la tierra por la que podía uno caer o ser arrojado, y aquel vacío me hacía subir el ritmo de mi respiración y las pulsaciones de forma imperceptible para mi tío.
Ya son cinco las obras en un tramo de calle de cien metros. ¡Lo que faltaba! Mi suegra se ha unido a la epidemia y dos albañiles se afanan en construir un cuarto de aseo. De esta empresa doy cuenta aparte, pues merece un profundo análisis.
lunes, 26 de julio de 2010
Avanza julio
Tal como dice el budismo, el sufrimiento forma parte de la vida, tiene una causa y a nosotros nos compete romper la cadena de la causalidad para evitarlo; y por supuesto, lo más importante: somos nosotros quienes nos debemos ejercitar en alcanzar la ruptura. Dice más cosas, como que todos somos responsables de lo que hacemos, cuyas consecuencias no sabremos cuánto tiempo tardarán en manifestarse ni de qué forma lo harán cuando llegue el momento. Que si hacemos el bien serán cosas buenas las que nos ocurran y al contrario, lo que cabe esperar es el sufrimiento. Ya lo tengo claro: haré el bien no porque sea el bien, sino por lo provechoso de la situación.
El pueblo padece, de un tiempo a esta parte, una enorme transformación en las cosas más peregrinas. Antes la gente iba en masa a los bares. Cuando tenía quince años era muy normal que nos aposentáramos en la barra de un bar y nos bebiéramos unas cervezas, eso sí, con tapa. Los mayores no se despegaban. Las noches del verano la gente se quedaba hasta la madrugada sentada en las terrazas al fresco. Ahora, todo el mundo se recoge para las doce. Es un pueblo con hábitos de ciudad. Ya nadie se sienta de noche con sus sillas en las aceras a dar cabezadas. Entran en casa, encienden el aire acondicionado y se absorben viendo la televisión por cable.
Más cambios:
-En casi todas las casas hay aparatos de aire acondicionado, salvo en la nuestra, que utilizamos el tradicional método de las corrientes que entran por las rendijas.
-No hay suficientes aparcamientos en el centro, como en cualquier gran ciudad del orbe.
-Al atardecer, antes, un hombre regaba las calles con una gran goma que lanzaba un chorro portentoso y una cuadrilla de niños jugaba a su alrededor para ver si los empapaba. Desde hace unos años, la limpieza está mecanizada y la suciedad es perenne.
-Los vecinos se quejan continuamente del calor y de los políticos, en verano; en invierno, sólo del frío.
El otro día hubo una corrida de toros en la Plaza Ochavada. Hará unos pocos meses, el director de la oficina donde tengo la hipoteca del apartamento quiso venderme las entradas. Le dije que era muy pronto, pues no sabía si estaría de viaje. La corrida la han televisado por el Canal Sur, y a mí, que no tengo nada en contra de la fiesta nacional, me desagradó, al contrario que el resto de la gente. Según un familiar metido en la política, es la forma de más rentable de promocionar Archidona. Yo, que con estos calores desbarro mentalmente, tenía programado salir al campo coincidiendo con la hora en la que los toreros iban a ir a la iglesia a rezar, supongo, en un carruaje de caballos y de allí partirían al coso (las seis de la tarde). El sol achicharraba y no tuve más remedio que refugiarme en casa de mi primo y ver con él la defunción de los tres primeros toros.
La corrida es lo que al uso suelen llamar goyesca. Todo el personal, toros y gente auxiliar, visten como bandoleros un domingo. Muchos vecinos participaron en los más variopintos papeles, ataviados con sus atavíos daban la misma impresión que un mecánico vestido de traje. Lo más pintoresco y gracioso fue la actuación que hizo un vecino en el papel de alguacil. El hombre, vendedor de electrodomésticos, en sus ratos libres es caballista. Como muchos a los que veías en las más diversas funciones, salvo de toreros, su cometido concreto era salir en el desfile del comienzo de la corrida a caballo, dar una vuelta y para casa. El caballo no estaba muy ducho en su labor y cuando se vio en la plaza rodeado de ingente multitud y la banda de música con el consabido tintirintín, el animal reculó contra las tablas y de forma indecorosa limpió media plaza. El dueño, poco hábil, tiraba de las riendas como si fuese un caballito de feria. Uno de los locutores de la televisión le recriminaba que tratase así al caballo, intercalando una frase muy expresiva: “Que ruina tienes, chaval”. Quizá la faena de los toreros no pasen a los anales de la tauromaquia, pero será muy difícil borrar el rato tan entretenido que nos hizo pasar nuestro conciudadano y su hermoso caballo.
Sólo ha habido un día de tregua. Ayer, el cielo se nubló y pude ir a pasear a las siete de la tarde, y sin gorra. Antes quedé con mi amigo Manolo. Cuando llegué a su casa de Manolo a por él, tal como habíamos quedado, estaba durmiendo la siesta. Se da la circunstancia que por la mañana, a eso de las once, quiese que nos tomáramos un café y también dormía. Manolo lleva queriéndose quitar del tabaco desde que lo conozco. Esperé a que se levantara y lo vi llegar con el paquete de tabaco en la mano.
-Ven, vamos a tomarnos un café –me dijo mientras encendía el cigarro.
-Hoy no puede ir contigo. Mañana. –y me ofreció unas cuantas razones de gran peso.
Yo le dije: Manolo, que así empezamos todos los veranos. Te doy tres avisos, como en los toros, y no te busco más para hacer ejercicio.
-Vale, pero el de hoy no cuenta.
Así que hemos quedado para hoy.
Con Eusebio, mi primo, la cosa cambia. Él es deportista de condición y es muy difícil que te falle. Con él me fui a la sierra por el camino de La Hoya. Es un camino que en su cota más alta llega a tener un desnivel de más del veinticuatro por ciento. Lo peor es que muere entre olivos y sierra. Existen unas veredas que te llevan al pueblo, pero el poco uso y la maleza las ha borrado. No hay una vez que cojas ese dichoso camino y termines dando saltos por un lapiaz, llenándote de pinchos y lamentando tu decisión. Al final, el último trayecto hasta el pueblo, tuvimos que hacerlo corriendo porque la noche nos mordía los talones.
Y para terminar, visita a casa de mi primo. Estuvo de lo más lucido. Le dijo a la mujer que tenía ganas de irse a la cama para berraquearla. Expresión soez, de poca capacidad seductora si no se conoce el significado; si se conoce, como le ocurre a la mujer, las consecuencias pueden ser imprevisibles.
Mañana será otro día parecido. Los albañiles de la casa de la señora Conchita comenzarán a dar porrazos a las ocho de la mañana; luego eso de quedarse sobándola en la cama queda descartado. Martillean el tabique medianero nada más llegar, nos despabilan y pasan a otra cosa. Creo que lo hacen con guasa. Desde que tengo memoria, no ha existido ningún verano que algún vecino acometa una obra y nos dé la siesta con la el tac tac del martillo compresor o de la hormigonera. Ahora, para colmo, el bar de la cigüeña con patas, que se lo traspasó a una familia de voceros, nos ameniza con una algarabía de borrachos comandados por un vecino, al que el anterior propietario lo tenía atado en corto prohibiéndole coger cogorzas en su bar, pero que a estos nuevos propietarios se le ha subido a la parra y no hay un día que no pille un cebollón, chille como un energúmeno y se asome a la puerta del bar para ver con quién se mete. Es de esos hombres que el vino lo transforma en un demonio y que despabila la borrachera calentando a la mujer.
El pueblo padece, de un tiempo a esta parte, una enorme transformación en las cosas más peregrinas. Antes la gente iba en masa a los bares. Cuando tenía quince años era muy normal que nos aposentáramos en la barra de un bar y nos bebiéramos unas cervezas, eso sí, con tapa. Los mayores no se despegaban. Las noches del verano la gente se quedaba hasta la madrugada sentada en las terrazas al fresco. Ahora, todo el mundo se recoge para las doce. Es un pueblo con hábitos de ciudad. Ya nadie se sienta de noche con sus sillas en las aceras a dar cabezadas. Entran en casa, encienden el aire acondicionado y se absorben viendo la televisión por cable.
Más cambios:
-En casi todas las casas hay aparatos de aire acondicionado, salvo en la nuestra, que utilizamos el tradicional método de las corrientes que entran por las rendijas.
-No hay suficientes aparcamientos en el centro, como en cualquier gran ciudad del orbe.
-Al atardecer, antes, un hombre regaba las calles con una gran goma que lanzaba un chorro portentoso y una cuadrilla de niños jugaba a su alrededor para ver si los empapaba. Desde hace unos años, la limpieza está mecanizada y la suciedad es perenne.
-Los vecinos se quejan continuamente del calor y de los políticos, en verano; en invierno, sólo del frío.
El otro día hubo una corrida de toros en la Plaza Ochavada. Hará unos pocos meses, el director de la oficina donde tengo la hipoteca del apartamento quiso venderme las entradas. Le dije que era muy pronto, pues no sabía si estaría de viaje. La corrida la han televisado por el Canal Sur, y a mí, que no tengo nada en contra de la fiesta nacional, me desagradó, al contrario que el resto de la gente. Según un familiar metido en la política, es la forma de más rentable de promocionar Archidona. Yo, que con estos calores desbarro mentalmente, tenía programado salir al campo coincidiendo con la hora en la que los toreros iban a ir a la iglesia a rezar, supongo, en un carruaje de caballos y de allí partirían al coso (las seis de la tarde). El sol achicharraba y no tuve más remedio que refugiarme en casa de mi primo y ver con él la defunción de los tres primeros toros.
La corrida es lo que al uso suelen llamar goyesca. Todo el personal, toros y gente auxiliar, visten como bandoleros un domingo. Muchos vecinos participaron en los más variopintos papeles, ataviados con sus atavíos daban la misma impresión que un mecánico vestido de traje. Lo más pintoresco y gracioso fue la actuación que hizo un vecino en el papel de alguacil. El hombre, vendedor de electrodomésticos, en sus ratos libres es caballista. Como muchos a los que veías en las más diversas funciones, salvo de toreros, su cometido concreto era salir en el desfile del comienzo de la corrida a caballo, dar una vuelta y para casa. El caballo no estaba muy ducho en su labor y cuando se vio en la plaza rodeado de ingente multitud y la banda de música con el consabido tintirintín, el animal reculó contra las tablas y de forma indecorosa limpió media plaza. El dueño, poco hábil, tiraba de las riendas como si fuese un caballito de feria. Uno de los locutores de la televisión le recriminaba que tratase así al caballo, intercalando una frase muy expresiva: “Que ruina tienes, chaval”. Quizá la faena de los toreros no pasen a los anales de la tauromaquia, pero será muy difícil borrar el rato tan entretenido que nos hizo pasar nuestro conciudadano y su hermoso caballo.
Sólo ha habido un día de tregua. Ayer, el cielo se nubló y pude ir a pasear a las siete de la tarde, y sin gorra. Antes quedé con mi amigo Manolo. Cuando llegué a su casa de Manolo a por él, tal como habíamos quedado, estaba durmiendo la siesta. Se da la circunstancia que por la mañana, a eso de las once, quiese que nos tomáramos un café y también dormía. Manolo lleva queriéndose quitar del tabaco desde que lo conozco. Esperé a que se levantara y lo vi llegar con el paquete de tabaco en la mano.
-Ven, vamos a tomarnos un café –me dijo mientras encendía el cigarro.
-Hoy no puede ir contigo. Mañana. –y me ofreció unas cuantas razones de gran peso.
Yo le dije: Manolo, que así empezamos todos los veranos. Te doy tres avisos, como en los toros, y no te busco más para hacer ejercicio.
-Vale, pero el de hoy no cuenta.
Así que hemos quedado para hoy.
Con Eusebio, mi primo, la cosa cambia. Él es deportista de condición y es muy difícil que te falle. Con él me fui a la sierra por el camino de La Hoya. Es un camino que en su cota más alta llega a tener un desnivel de más del veinticuatro por ciento. Lo peor es que muere entre olivos y sierra. Existen unas veredas que te llevan al pueblo, pero el poco uso y la maleza las ha borrado. No hay una vez que cojas ese dichoso camino y termines dando saltos por un lapiaz, llenándote de pinchos y lamentando tu decisión. Al final, el último trayecto hasta el pueblo, tuvimos que hacerlo corriendo porque la noche nos mordía los talones.
Y para terminar, visita a casa de mi primo. Estuvo de lo más lucido. Le dijo a la mujer que tenía ganas de irse a la cama para berraquearla. Expresión soez, de poca capacidad seductora si no se conoce el significado; si se conoce, como le ocurre a la mujer, las consecuencias pueden ser imprevisibles.
Mañana será otro día parecido. Los albañiles de la casa de la señora Conchita comenzarán a dar porrazos a las ocho de la mañana; luego eso de quedarse sobándola en la cama queda descartado. Martillean el tabique medianero nada más llegar, nos despabilan y pasan a otra cosa. Creo que lo hacen con guasa. Desde que tengo memoria, no ha existido ningún verano que algún vecino acometa una obra y nos dé la siesta con la el tac tac del martillo compresor o de la hormigonera. Ahora, para colmo, el bar de la cigüeña con patas, que se lo traspasó a una familia de voceros, nos ameniza con una algarabía de borrachos comandados por un vecino, al que el anterior propietario lo tenía atado en corto prohibiéndole coger cogorzas en su bar, pero que a estos nuevos propietarios se le ha subido a la parra y no hay un día que no pille un cebollón, chille como un energúmeno y se asome a la puerta del bar para ver con quién se mete. Es de esos hombres que el vino lo transforma en un demonio y que despabila la borrachera calentando a la mujer.
jueves, 22 de julio de 2010
A estas alturas del verano
A estas alturas del calendario, veintidós de julio, no hace falta que diga que me encuentro en Archidona. Sí, aquí estoy, en este oasis de paz, repitiendo las rutinas que he realizado los últimos treinta años, exceptuando que ya no salgo en bicicleta, hablo con unos, voy a la biblioteca, paseo…
El constructor, amigo de cuando salíamos a correr juntos y que me vendió el apartamento, dice que como los maestros no vive nadie.
-¡Eres la persona que más admiro! ¡Vives como te da la gana! –me dice cuando me ve- ¡Cómo os cuidáis!
Yo le respondo que es cierto pero que carecemos de liquidez para derrochar en tanto tiempo libre.
-¡Dinero! ¿Para qué quiere uno el dinero? Para esclavizarte, como estoy yo. Ahora, - me dice sulfurado y señalándome unos terrenos que tiene previsto edificar- tengo que pagar veinte mil euros de contribución urbana por esto.
Me dice que le llame para quedar en ir a correr mientras echa a andar. Le contesto que ya no corro, en todo caso podemos ir a caminar. Pero mi voz ya no la escucha. Está muy nervioso porque tiene que terminar de construir el nuevo recinto ferial del pueblo, y la fecha, el quince de agosto, la tiene ya encima.
Por lo demás las cosas no pintan bien en varios campos:
-mi suegra,
-mi primo,
-algunos amigos y otros.
Vayamos por partes.
Mi suegra esta harta de los dolores de la espalda. Sus previsiones para el verano se le han caído al suelo. Pensaba, en el nivel más alto de su optimismo, que caminaría como el verano pasado y podría salir con sus amigas, mal llamadas por mí “las gozilas”, a pasear y tomarse sus cervezas; en su sentimiento menos optimista, creía que al menos podría moverse por su “castillo” y ordenar a sus vasallos las veinte mil cosas que es capaz de mandar. La realidad, y lo lamento profundamente, es que la pobre está sentada frente a un ventilador quejándose del dolor y a base de calmantes. ¡Perra vida esta!
En otro orden de cosas la noche pasada tuve una conversación muy refrescante con mi primo Gaspar y su mujer. Intentaba yo demostrarle los efectos sanísimos del yoga mientras le hacía las asanas más comunes. Se convenció al instante que aquello no era para él, pues su problema textualmente según cuenta es: “el enorme barrigón que he heredado”.
-Primo, yo me voy a apuntar a un gimnasio –me dice, mientras mira a su mujer y le pregunta- ¿Tú que dices, Loly?
-Yo lo único que digo es por qué no te mueres -le contestó su mujer taxativamente.
Es bonito cómo una pareja llega a amarse con el paso del tiempo.
Mi primo está acostumbrado a estas respuestas y no les hace caso, es más, yo diría que les encuentra hasta cierta gracia. Mientras se frota el barrigón a dos manos y sopesa cómo podría bajar peso sin esfuerzos y sin dejar de comer, sigue con inusitado interés todas las noticias que salen en Internet o en televisión sobre medicamentos que reprograman las células gordinflonas para que dejen de almacenar inútil grasa. Un tiempo atrás, me acuerdo de lo bien que le sentó la noticia de una amigo suyo al que le habían introducido un balón inflable en el estómago y que lo transformó en un ser esbelto y grácil. Sólo le encontró un pequeño problema: que la intervención costaba varios miles de euros. A la vista de la frustración le recomendé que por qué no ingería menos:
-Esa no es la cuestión. Yo no puedo dejar de comer porque me da algo malo. El problema es de estos malditos médicos que no son capaces de sacar algo que haga que no engordes por más que comas –me contestó enfadado.
Cuando se tiene una hija de veintidós años y un hijo de puta de treinta y tantos la seduce trastocándole la mollera, cómo se arregla eso.
En este confuso dilema se encuentra un amigo.
Yo le he pedido más datos, pues sé que la barrera de la edad no es óbice para una relación entre una mujer y un hombre.
Estos son los datos:
-El sujeto no tiene oficio ni beneficio reconocido.
-Tiene un amplio currículum de seducciones.
-Tuvo en BMW
-Tuvo una casa.
-Tuvo padre y madre.
-Ahora no tiene BMW, vive de alquiler y su padre y madre se separaron y cada uno tiró por donde quiso.
-Lo peor de todo: ¿de dónde ha salido este tío puñetero?
El caso es que mi amigo anda depre y no tiene ganas de nada. Su cabeza es un continuo runrún y cree que le va a estallar. Ha hablado con su hija comentándole lo que le está haciendo sufrir a él y a su madre. Ella, ciega de amor, le responde que es mayor y lo previsible en estos casos de ofuscación: que con su vida hace lo que quiere.
Yo, que me prometí que no iba a intervenir en la vida de nadie, que para eso estaban los libros de autoayuda, le digo que podemos hacerle una visita al seductor y hablarle claro, con educación, como un padre debe de actuar, para que él vea dónde a puesto la era y mi amigo tener una impresión más certera de dónde se ha metido su hija y no andar haciendo suposiciones porque va a terminar volviéndose loco. Creo que para concluir la hipotética conversación que tendríamos, le digo a mi amigo, deberíamos decirle: y ahora esta noche, cuando te acueste piensa en el daño que le estás haciendo a mi familia, y por eso espero que te mueras y mañana pueda mi hija ir a tu entierro, eso es lo único que pido. Y nos despedimos con total educación.
-Yo me pongo muy nervioso –me dice- y no es de extrañar que le pegue un puñetazo.
-No, eso nunca. Ya me encargaría yo, que tengo una capacidad increíble de quemarle las neuronas a base de razonamientos de culpabilidad, de moderar la conversación.
Me temo que mi papel no sirviese de nada, porque la fuerza de mi amigo es increíble. Sus manos pueden coger mi cabeza, y no exagero, y reventarla como si fuese una nuez. Es el único que le pegó y tumbó de un puñetazo a al tío más chulo y avasallador del pueblo, y todo porque le dijo que no le pagaba una factura. Con esas credenciales creo que sólo con ponerle las manos delante de la cara al patilludo que se ha ligado a su querida hija se echaría a temblar. Son manos como canastos llenos de morcillas. Ojalá que la hija recapacite y deje al mentecato antes de que el padre cometa un tropelía. Madita tiene muy poca fe en mi capacidad de agravios domésticos.
La vecina, doña Conchita, está haciendo obra en su casa. La hija, que cometió la equivocación de quedársela cuando repartieron la herencia entre los hermanos, nos comenta que nadie sabe lo arrepentida que está. La casa tiene usía. Los albañiles, estoy seguro de que entraron por la puerta para hacer unas pequeñas reparaciones y ya llevan meses. Cuando tocan un tabique, el del al lado se cae como una carta de naipes. Si ponen una viga para afirmar el suelo, traspasan a la nuestra porque el que hizo estas casas echó los restos en los muros maestros y los tabiques faltó ponerlos de papel de estraza. Ahora podemos comunicarnos asomando la cabeza por uno de los agujeros que han taladrado. Oímos los gritos de los trabajadores a la hora de la siesta avisando que algo está para caerse. Cuando subieron al tejado para ver cómo se encontraba, un obrero hizo un somero análisis de vigas maestras vencidas, caballetes sin encalar, canalones atorados, daños hechos por los palomos… Un camión ha descargado varias fanegas de arena para la obra en la misma puerta a merced del viento. No es de extrañar que la señora Conchita, sentada en su sillón, esté cubierta de dos dedos de polvo y un poco molesta por tanta inconveniencia. La calle parece sacada de una película del oeste del polvazo que hay en las aceras. Los albañiles, cuando terminan el tajo, apenas se les distinguen los ojos, parecen personas recién salidas de una mina.
El constructor, amigo de cuando salíamos a correr juntos y que me vendió el apartamento, dice que como los maestros no vive nadie.
-¡Eres la persona que más admiro! ¡Vives como te da la gana! –me dice cuando me ve- ¡Cómo os cuidáis!
Yo le respondo que es cierto pero que carecemos de liquidez para derrochar en tanto tiempo libre.
-¡Dinero! ¿Para qué quiere uno el dinero? Para esclavizarte, como estoy yo. Ahora, - me dice sulfurado y señalándome unos terrenos que tiene previsto edificar- tengo que pagar veinte mil euros de contribución urbana por esto.
Me dice que le llame para quedar en ir a correr mientras echa a andar. Le contesto que ya no corro, en todo caso podemos ir a caminar. Pero mi voz ya no la escucha. Está muy nervioso porque tiene que terminar de construir el nuevo recinto ferial del pueblo, y la fecha, el quince de agosto, la tiene ya encima.
Por lo demás las cosas no pintan bien en varios campos:
-mi suegra,
-mi primo,
-algunos amigos y otros.
Vayamos por partes.
Mi suegra esta harta de los dolores de la espalda. Sus previsiones para el verano se le han caído al suelo. Pensaba, en el nivel más alto de su optimismo, que caminaría como el verano pasado y podría salir con sus amigas, mal llamadas por mí “las gozilas”, a pasear y tomarse sus cervezas; en su sentimiento menos optimista, creía que al menos podría moverse por su “castillo” y ordenar a sus vasallos las veinte mil cosas que es capaz de mandar. La realidad, y lo lamento profundamente, es que la pobre está sentada frente a un ventilador quejándose del dolor y a base de calmantes. ¡Perra vida esta!
En otro orden de cosas la noche pasada tuve una conversación muy refrescante con mi primo Gaspar y su mujer. Intentaba yo demostrarle los efectos sanísimos del yoga mientras le hacía las asanas más comunes. Se convenció al instante que aquello no era para él, pues su problema textualmente según cuenta es: “el enorme barrigón que he heredado”.
-Primo, yo me voy a apuntar a un gimnasio –me dice, mientras mira a su mujer y le pregunta- ¿Tú que dices, Loly?
-Yo lo único que digo es por qué no te mueres -le contestó su mujer taxativamente.
Es bonito cómo una pareja llega a amarse con el paso del tiempo.
Mi primo está acostumbrado a estas respuestas y no les hace caso, es más, yo diría que les encuentra hasta cierta gracia. Mientras se frota el barrigón a dos manos y sopesa cómo podría bajar peso sin esfuerzos y sin dejar de comer, sigue con inusitado interés todas las noticias que salen en Internet o en televisión sobre medicamentos que reprograman las células gordinflonas para que dejen de almacenar inútil grasa. Un tiempo atrás, me acuerdo de lo bien que le sentó la noticia de una amigo suyo al que le habían introducido un balón inflable en el estómago y que lo transformó en un ser esbelto y grácil. Sólo le encontró un pequeño problema: que la intervención costaba varios miles de euros. A la vista de la frustración le recomendé que por qué no ingería menos:
-Esa no es la cuestión. Yo no puedo dejar de comer porque me da algo malo. El problema es de estos malditos médicos que no son capaces de sacar algo que haga que no engordes por más que comas –me contestó enfadado.
Cuando se tiene una hija de veintidós años y un hijo de puta de treinta y tantos la seduce trastocándole la mollera, cómo se arregla eso.
En este confuso dilema se encuentra un amigo.
Yo le he pedido más datos, pues sé que la barrera de la edad no es óbice para una relación entre una mujer y un hombre.
Estos son los datos:
-El sujeto no tiene oficio ni beneficio reconocido.
-Tiene un amplio currículum de seducciones.
-Tuvo en BMW
-Tuvo una casa.
-Tuvo padre y madre.
-Ahora no tiene BMW, vive de alquiler y su padre y madre se separaron y cada uno tiró por donde quiso.
-Lo peor de todo: ¿de dónde ha salido este tío puñetero?
El caso es que mi amigo anda depre y no tiene ganas de nada. Su cabeza es un continuo runrún y cree que le va a estallar. Ha hablado con su hija comentándole lo que le está haciendo sufrir a él y a su madre. Ella, ciega de amor, le responde que es mayor y lo previsible en estos casos de ofuscación: que con su vida hace lo que quiere.
Yo, que me prometí que no iba a intervenir en la vida de nadie, que para eso estaban los libros de autoayuda, le digo que podemos hacerle una visita al seductor y hablarle claro, con educación, como un padre debe de actuar, para que él vea dónde a puesto la era y mi amigo tener una impresión más certera de dónde se ha metido su hija y no andar haciendo suposiciones porque va a terminar volviéndose loco. Creo que para concluir la hipotética conversación que tendríamos, le digo a mi amigo, deberíamos decirle: y ahora esta noche, cuando te acueste piensa en el daño que le estás haciendo a mi familia, y por eso espero que te mueras y mañana pueda mi hija ir a tu entierro, eso es lo único que pido. Y nos despedimos con total educación.
-Yo me pongo muy nervioso –me dice- y no es de extrañar que le pegue un puñetazo.
-No, eso nunca. Ya me encargaría yo, que tengo una capacidad increíble de quemarle las neuronas a base de razonamientos de culpabilidad, de moderar la conversación.
Me temo que mi papel no sirviese de nada, porque la fuerza de mi amigo es increíble. Sus manos pueden coger mi cabeza, y no exagero, y reventarla como si fuese una nuez. Es el único que le pegó y tumbó de un puñetazo a al tío más chulo y avasallador del pueblo, y todo porque le dijo que no le pagaba una factura. Con esas credenciales creo que sólo con ponerle las manos delante de la cara al patilludo que se ha ligado a su querida hija se echaría a temblar. Son manos como canastos llenos de morcillas. Ojalá que la hija recapacite y deje al mentecato antes de que el padre cometa un tropelía. Madita tiene muy poca fe en mi capacidad de agravios domésticos.
La vecina, doña Conchita, está haciendo obra en su casa. La hija, que cometió la equivocación de quedársela cuando repartieron la herencia entre los hermanos, nos comenta que nadie sabe lo arrepentida que está. La casa tiene usía. Los albañiles, estoy seguro de que entraron por la puerta para hacer unas pequeñas reparaciones y ya llevan meses. Cuando tocan un tabique, el del al lado se cae como una carta de naipes. Si ponen una viga para afirmar el suelo, traspasan a la nuestra porque el que hizo estas casas echó los restos en los muros maestros y los tabiques faltó ponerlos de papel de estraza. Ahora podemos comunicarnos asomando la cabeza por uno de los agujeros que han taladrado. Oímos los gritos de los trabajadores a la hora de la siesta avisando que algo está para caerse. Cuando subieron al tejado para ver cómo se encontraba, un obrero hizo un somero análisis de vigas maestras vencidas, caballetes sin encalar, canalones atorados, daños hechos por los palomos… Un camión ha descargado varias fanegas de arena para la obra en la misma puerta a merced del viento. No es de extrañar que la señora Conchita, sentada en su sillón, esté cubierta de dos dedos de polvo y un poco molesta por tanta inconveniencia. La calle parece sacada de una película del oeste del polvazo que hay en las aceras. Los albañiles, cuando terminan el tajo, apenas se les distinguen los ojos, parecen personas recién salidas de una mina.
martes, 6 de julio de 2010
Antes de partir al pueblo
Día antes de vacaciones.
Cosas que no voy a hacer estas vacaciones:
-Leer libros de autoayuda.
-Intentar comprender mi vida.
-Explicarles a los demás qué les está ocurriendo, para eso están los libros de autoayuda.
Hace varios días, me encontré con una gran amiga a la que no veía desde hacía mucho tiempo. Me sorprendí gratamente cuando me dijo que se había curado de una enfermedad rarísima y muy peligrosa. El remedio lo había encontrado en el yoga. Increíble, le dije, si es lo que estoy haciendo. Entonces me dio un consejo que no sigo por pereza mental. Me dijo que le hablase a la parte del cuerpo enferma, en mi caso a la próstata. Que me hiciese amigo de ella, que le sonriese y notaría cómo el problema me desaparecería. Sé, viniendo de esta persona que tiene razón, así que este será una de mis actividades para este verano: dialogar con mi próstata en plan amigote. ( Espero no me esté escuchando y lo tome a mal, ahora que medio se está comportando)
Un amigo del yoga, especialista en fitoterapia, me recetó una serie de pócimas efectivas para la prostatitis. Son remedios sopesados en personas que como yo hemos acudido al urólogo y nos han sometido a todo tipo de profanaciones. Ahora tengo muy claro que creo antes en las hierbas que en la química de la industria farmacéutica. El día que entré por primera vez en la consulta del urólogo y vi una foto suya posando con un rifle sobre el cadáver de un búfalo de la pradera, lo mejor hubiera sido salir pitando. El hombre ha hecho todo lo que buenamente su experiencia le dictaba, pero no quita que las esperanzas que uno deposita superen la propia capacidad del doctor. La suerte es no haber acabado como el búfalo y otros trofeos que cuelgan en la consulta. ¿Es ético poner trofeos de caza en el recibidor de un médico? ¿Es ético que un doctor mientras te atiende tenga su atención puesta no en tus lamentaciones sino en recibir la contestación mediante fax de su inscripción en una montería? ¿Es posible que coincidan en tan corto espacio la misma necesidad humana pero en sentidos inversos: el deseo de curarse para ser feliz y la felicidad completa porque estás sano?
Algo parecido le ocurre a mi suegra. Ha pasado todo el año con nosotros reponiéndose de sus dolencias de la espalda. Por lo que tengo de experiencia y el yoga me lo ha confirmado, lo peor para las contracturas es la inmovilidad. El estarte quieto el cuerpo lo interpreta como signo de debilidad y te lo devuelve anquilosándote. Que te tienes que mover, luchar contra el apoltronamiento, es signo de vida. Mi suegra conserva en su celebro el adoctrinamiento de muchas ideas obsoletas, pero que para ella son dogmas: que estás enfermo, pues mucha cama, comida y a reponerte. Que te duele algo, te paras y a esperar que pase. La cuestión es que la pobre, deseando recuperarse para pasar un verano con sus amigas, temerosa del dolor que produce la movilidad en las contracturas, se paró, y ahora no hay quien la arranque. Así que aquí estamos, en Málaga, sin habernos ido aún al pueblo, esperando el milagro. Yo le he dicho que la cojo en brazos, pues apenas pesa, entre otras cosas que la poca masa muscular que le quedaba se ha ido al garete, y la llevo a Archidona aunque sea a cuestas.
Entre mi amiga y compañera Rosa y yo hemos corroborado los salutíferos efectos de una planta que es la panacea para todos los males que afronta la humanidad. La historia es como sigue:
Mi compañero Alonso padeció hace un tiempo unas calenturas que no había modo de quitárselas. La fiebre le subía al atardecer, desaparecía en la sombra de la noche y por la mañana la cara de mi amigo lo único que mostraba era la incertidumbre de qué los médicos no daban con lo que tenía y esperar a ver si ese día la fiebre no volvía. Después de infinidad de pruebas, y casi temiéndose algo grave, gracias al conocimiento popular y al instinto de su madre que le aconsejó que tomase un hierbas de la Sierra de la Nieves que un tío suyo, pastor, se procuraba para las calenturas; el caso es que las tomó, pues estaba ya desesperado y al tercer día resucitó. Yo, hipocondríaco por naturaleza, tomé nota, y le dije que esa hierba jamás la perdería de vista.
Transcurrieron los meses y a mi compañera Rosa le ocurre algo parecido. Se le presenta una febrícula intermitente. Los médicos le dicen lo primero que se les ocurre y le abren las puertas de la paciencia. Alonso le procuró las hierbas, y siguiendo la pauta que recomendó el pastor, a los pocos días se limpia de la fiebre. Yo, mostrando mi gran sabiduría, le pido que me dé a mí también y me las tomo sin tener fiebre. Sigo la pauta escrupulosamente y anoto los cambios que percibo en mí. Quien no diga que tengo mente de experimentador que diga que soy un inconsciente, para el caso es lo mismo.
Tampoco paro ahí, intuyo la importancia que tiene y decido ir a buscarla a la Sierra las Nieves. He realizado varias incursiones con mis compañeros de senderismo, y aquí le tengo que dar las gracias en especial a Juande y a José Antonio porque conocen cada uno de los rincones de la provincia, nombran los montes, montañas o cualquier elevación del terreno, como yo soy capaz de mentar el nombre de todas las mujeres que han significado algo en mi vida. Y gracias a ellos he dado con pequeños prados donde crece la bendita hierba. Hablando con un pastor que nos encontramos en la sierra, me dijo que la conocía, que no sabía si las personas la tomaban o no, pero que a las cabras les encantaba, que se la comían como si fuese una golosina. “Y si las cabras la comen es porque es buena, una cabra no se come nada que le siente mal”, afirmó, “salvo un hongo que crece en los pinsapos durante unos veinte días, y que las deja fulminadas”. Ah, que interesante el mundo animal, vegetal y los modos de vida ancestrales. Resulta que el pinsapo desarrolla un hongo que mata a nuestras queridas cabras, degustadoras de el exquisito bocado llamado planta del pastor, … cuyas propiedades sanadoras aún no han caído en manos de la codiciosa industria farmacéutica, o eso creía yo hasta que le mostré las fotos de la planta al amigo del yoga experto en fitoterapia y me contó la historia de la planta cuyos principios extrae un laboratorio, es más, no conforme, me narró la vida del fundador del laboratorio, a qué se dedicaba… y me dejó impresionado. “Se prescribe, en especial, para limpiar el hígado”, me dijo. Sin desmerecer su profesional opinión, creo que tiene más propiedades, entre las que destacaría: energizante, euforizante y optimizante; pues así es como me he sentido. Y no es de extrañar, porque hay algo mejor que tener un hígado limpio para sentirse bien. No le damos la importancia que tiene este órgano, en general, los occidentales solo le damos importancia al aspecto externo porque creemos que estando bien por fuera por dentro andamos de maravilla y es una supina equivocación. Una buena limpieza de hígado te pone a cien porque seguro que un hígado “sucio” está detrás de innumerables padecimientos que creemos curar acudiendo a la farmacia cada dos por tres.
Jugando un poco con la imaginación ya me veía yendo a la Sierra de las Nieves en septiembre, de noche y con luna llena, que es según Alonso cuando le ha dicho su tío que hay que recogerla para que conserve todas sus propiedades, para poder repartirla a quien padeciese alguna dolencia. Oh, que altruista me he vuelto desde que practico yoga.
He conocido una persona muy interesante en el yoga, bueno para ser sincero, he conocido a varias. Hay una muy especial, es italiana, de la Toscana y tiene nombre de flor, de una flor que aparece en primavera en los prados y que los enamorados deshojan.
Lo que más me llama la atención es su modo de vida. Está aquí en España, en Málaga, para aprender español junto con su pareja. Meses antes estuvo en Vietnam y España le sirve de puente para marcharse a Argentina. Yo que este verano iré a las playas de Tarragona de vacaciones, no tengo más remedio que quedarme sorprendido de lo pequeño que se le queda el mundo a unos y lo excesivamente grande que lo observamos otros. A mí la Toscana sólo me trae el recuerdo de varias películas que he visto con un transfondo de enamoramiento y la música de la película “La vida es bella”. Mi amiga me ha mostrado fotos y el paisaje se asemeja a zonas de Andalucía en la época previa a que los campos los achicharre el sol. Para confraternizar con ella le he dicho que los españoles amamos Italia, que los italianos nos caen muy bien y que sólo hay una nación a la que odiamos en el mundo: Francia.
Mi primo Gaspar dice que como en Archidona no se vive en ningún lugar del mundo, y es cierto para alguien cuyos confines terminan en Burgos y matando perdices.
Mi amigo Joaquín vuelve este verano a irse a un monasterio. Varios veranos seguidos nos estuvimos yendo juntos y las experiencias son inolvidables. No hay nada como levantarte a las seis de la mañana, maitines, y escuchar a lo monjes del monasterio de Leire cantar en gregoriano. Comer en el refectorio oyendo a un monje leer una especie de reglamento de la orden que dice cosas como que cuando una familia deja a su hijo en la orden la parte de su herencia que le corresponde también se queda allí.
Esta tarde tenemos previsto el éxodo para Archidona. Mi suegra está más conformada a subirse y marcharse. Le pedí que aplicase la técnica del pensamiento opuesto, muy práctica para estos casos. Consiste en pedirle a la persona negativa en cuestión que cada vez que le asalte un pensamiento piense en el contrario de forma positiva y lo diga en voz alta; desde entonces mi suegra no deja de decir que se siente mejor, que los dolores le están remitiendo y que está deseando regresar a su ruinosa casa.
Cosas que no voy a hacer estas vacaciones:
-Leer libros de autoayuda.
-Intentar comprender mi vida.
-Explicarles a los demás qué les está ocurriendo, para eso están los libros de autoayuda.
Hace varios días, me encontré con una gran amiga a la que no veía desde hacía mucho tiempo. Me sorprendí gratamente cuando me dijo que se había curado de una enfermedad rarísima y muy peligrosa. El remedio lo había encontrado en el yoga. Increíble, le dije, si es lo que estoy haciendo. Entonces me dio un consejo que no sigo por pereza mental. Me dijo que le hablase a la parte del cuerpo enferma, en mi caso a la próstata. Que me hiciese amigo de ella, que le sonriese y notaría cómo el problema me desaparecería. Sé, viniendo de esta persona que tiene razón, así que este será una de mis actividades para este verano: dialogar con mi próstata en plan amigote. ( Espero no me esté escuchando y lo tome a mal, ahora que medio se está comportando)
Un amigo del yoga, especialista en fitoterapia, me recetó una serie de pócimas efectivas para la prostatitis. Son remedios sopesados en personas que como yo hemos acudido al urólogo y nos han sometido a todo tipo de profanaciones. Ahora tengo muy claro que creo antes en las hierbas que en la química de la industria farmacéutica. El día que entré por primera vez en la consulta del urólogo y vi una foto suya posando con un rifle sobre el cadáver de un búfalo de la pradera, lo mejor hubiera sido salir pitando. El hombre ha hecho todo lo que buenamente su experiencia le dictaba, pero no quita que las esperanzas que uno deposita superen la propia capacidad del doctor. La suerte es no haber acabado como el búfalo y otros trofeos que cuelgan en la consulta. ¿Es ético poner trofeos de caza en el recibidor de un médico? ¿Es ético que un doctor mientras te atiende tenga su atención puesta no en tus lamentaciones sino en recibir la contestación mediante fax de su inscripción en una montería? ¿Es posible que coincidan en tan corto espacio la misma necesidad humana pero en sentidos inversos: el deseo de curarse para ser feliz y la felicidad completa porque estás sano?
Algo parecido le ocurre a mi suegra. Ha pasado todo el año con nosotros reponiéndose de sus dolencias de la espalda. Por lo que tengo de experiencia y el yoga me lo ha confirmado, lo peor para las contracturas es la inmovilidad. El estarte quieto el cuerpo lo interpreta como signo de debilidad y te lo devuelve anquilosándote. Que te tienes que mover, luchar contra el apoltronamiento, es signo de vida. Mi suegra conserva en su celebro el adoctrinamiento de muchas ideas obsoletas, pero que para ella son dogmas: que estás enfermo, pues mucha cama, comida y a reponerte. Que te duele algo, te paras y a esperar que pase. La cuestión es que la pobre, deseando recuperarse para pasar un verano con sus amigas, temerosa del dolor que produce la movilidad en las contracturas, se paró, y ahora no hay quien la arranque. Así que aquí estamos, en Málaga, sin habernos ido aún al pueblo, esperando el milagro. Yo le he dicho que la cojo en brazos, pues apenas pesa, entre otras cosas que la poca masa muscular que le quedaba se ha ido al garete, y la llevo a Archidona aunque sea a cuestas.
Entre mi amiga y compañera Rosa y yo hemos corroborado los salutíferos efectos de una planta que es la panacea para todos los males que afronta la humanidad. La historia es como sigue:
Mi compañero Alonso padeció hace un tiempo unas calenturas que no había modo de quitárselas. La fiebre le subía al atardecer, desaparecía en la sombra de la noche y por la mañana la cara de mi amigo lo único que mostraba era la incertidumbre de qué los médicos no daban con lo que tenía y esperar a ver si ese día la fiebre no volvía. Después de infinidad de pruebas, y casi temiéndose algo grave, gracias al conocimiento popular y al instinto de su madre que le aconsejó que tomase un hierbas de la Sierra de la Nieves que un tío suyo, pastor, se procuraba para las calenturas; el caso es que las tomó, pues estaba ya desesperado y al tercer día resucitó. Yo, hipocondríaco por naturaleza, tomé nota, y le dije que esa hierba jamás la perdería de vista.
Transcurrieron los meses y a mi compañera Rosa le ocurre algo parecido. Se le presenta una febrícula intermitente. Los médicos le dicen lo primero que se les ocurre y le abren las puertas de la paciencia. Alonso le procuró las hierbas, y siguiendo la pauta que recomendó el pastor, a los pocos días se limpia de la fiebre. Yo, mostrando mi gran sabiduría, le pido que me dé a mí también y me las tomo sin tener fiebre. Sigo la pauta escrupulosamente y anoto los cambios que percibo en mí. Quien no diga que tengo mente de experimentador que diga que soy un inconsciente, para el caso es lo mismo.
Tampoco paro ahí, intuyo la importancia que tiene y decido ir a buscarla a la Sierra las Nieves. He realizado varias incursiones con mis compañeros de senderismo, y aquí le tengo que dar las gracias en especial a Juande y a José Antonio porque conocen cada uno de los rincones de la provincia, nombran los montes, montañas o cualquier elevación del terreno, como yo soy capaz de mentar el nombre de todas las mujeres que han significado algo en mi vida. Y gracias a ellos he dado con pequeños prados donde crece la bendita hierba. Hablando con un pastor que nos encontramos en la sierra, me dijo que la conocía, que no sabía si las personas la tomaban o no, pero que a las cabras les encantaba, que se la comían como si fuese una golosina. “Y si las cabras la comen es porque es buena, una cabra no se come nada que le siente mal”, afirmó, “salvo un hongo que crece en los pinsapos durante unos veinte días, y que las deja fulminadas”. Ah, que interesante el mundo animal, vegetal y los modos de vida ancestrales. Resulta que el pinsapo desarrolla un hongo que mata a nuestras queridas cabras, degustadoras de el exquisito bocado llamado planta del pastor, … cuyas propiedades sanadoras aún no han caído en manos de la codiciosa industria farmacéutica, o eso creía yo hasta que le mostré las fotos de la planta al amigo del yoga experto en fitoterapia y me contó la historia de la planta cuyos principios extrae un laboratorio, es más, no conforme, me narró la vida del fundador del laboratorio, a qué se dedicaba… y me dejó impresionado. “Se prescribe, en especial, para limpiar el hígado”, me dijo. Sin desmerecer su profesional opinión, creo que tiene más propiedades, entre las que destacaría: energizante, euforizante y optimizante; pues así es como me he sentido. Y no es de extrañar, porque hay algo mejor que tener un hígado limpio para sentirse bien. No le damos la importancia que tiene este órgano, en general, los occidentales solo le damos importancia al aspecto externo porque creemos que estando bien por fuera por dentro andamos de maravilla y es una supina equivocación. Una buena limpieza de hígado te pone a cien porque seguro que un hígado “sucio” está detrás de innumerables padecimientos que creemos curar acudiendo a la farmacia cada dos por tres.
Jugando un poco con la imaginación ya me veía yendo a la Sierra de las Nieves en septiembre, de noche y con luna llena, que es según Alonso cuando le ha dicho su tío que hay que recogerla para que conserve todas sus propiedades, para poder repartirla a quien padeciese alguna dolencia. Oh, que altruista me he vuelto desde que practico yoga.
He conocido una persona muy interesante en el yoga, bueno para ser sincero, he conocido a varias. Hay una muy especial, es italiana, de la Toscana y tiene nombre de flor, de una flor que aparece en primavera en los prados y que los enamorados deshojan.
Lo que más me llama la atención es su modo de vida. Está aquí en España, en Málaga, para aprender español junto con su pareja. Meses antes estuvo en Vietnam y España le sirve de puente para marcharse a Argentina. Yo que este verano iré a las playas de Tarragona de vacaciones, no tengo más remedio que quedarme sorprendido de lo pequeño que se le queda el mundo a unos y lo excesivamente grande que lo observamos otros. A mí la Toscana sólo me trae el recuerdo de varias películas que he visto con un transfondo de enamoramiento y la música de la película “La vida es bella”. Mi amiga me ha mostrado fotos y el paisaje se asemeja a zonas de Andalucía en la época previa a que los campos los achicharre el sol. Para confraternizar con ella le he dicho que los españoles amamos Italia, que los italianos nos caen muy bien y que sólo hay una nación a la que odiamos en el mundo: Francia.
Mi primo Gaspar dice que como en Archidona no se vive en ningún lugar del mundo, y es cierto para alguien cuyos confines terminan en Burgos y matando perdices.
Mi amigo Joaquín vuelve este verano a irse a un monasterio. Varios veranos seguidos nos estuvimos yendo juntos y las experiencias son inolvidables. No hay nada como levantarte a las seis de la mañana, maitines, y escuchar a lo monjes del monasterio de Leire cantar en gregoriano. Comer en el refectorio oyendo a un monje leer una especie de reglamento de la orden que dice cosas como que cuando una familia deja a su hijo en la orden la parte de su herencia que le corresponde también se queda allí.
Esta tarde tenemos previsto el éxodo para Archidona. Mi suegra está más conformada a subirse y marcharse. Le pedí que aplicase la técnica del pensamiento opuesto, muy práctica para estos casos. Consiste en pedirle a la persona negativa en cuestión que cada vez que le asalte un pensamiento piense en el contrario de forma positiva y lo diga en voz alta; desde entonces mi suegra no deja de decir que se siente mejor, que los dolores le están remitiendo y que está deseando regresar a su ruinosa casa.
lunes, 28 de junio de 2010
Llegando julio
Se acerca Julio.
Con el calor los espíritus tienden a dejar de manifestarse, excepto el de mi madre. Según una amiga vidente, mi abuela Pura, que falleció a los noventa y dos años, y fue toda una institución familiar, es el espíritu que me protege. Para mí es de una enorme satisfacción que una de mis abuelas me acompañe cuando me encuentro en apuros. Ahora que lo pienso, es a quien más me parezco: la paz, las rutinas, el orden, la regularidad de horarios… Su vida estuvo sobresaltada de acontecimientos muy duros de los que se sobrepuso y hoy, uno solo de ellos, nos mandaría a cualquiera al psiquiátrico durante una larga temporada. Madita no se cansa de repetir que las personas mayores de ahora no son como las de antes. Mi abuela, tres años antes de fallecer, en un solo día le llegaron a dar siete infartos de los que salió y volvió a casa contando excelencias de las enfermeras que la atendieron y todo porque la recogieron del suelo cuando estando en la UVI se había caído de la cama al querer ir al baño para evitar molestarlas. Amante de la soledad, como yo, dormía sola en su casa -hoy ya no se conserva- y que distaba pocos metros de la de mis padres, digna de estudio para algún aficionado al urbanismo y a la fantasía. Ayudaba a mi madre en las tareas domésticas y se quedaba al cuidado de mi hermano Ramón Jesús cuando mis padres salían a pasear.
Era en los calores de los veranos, cuando mi hermano Francisco alimentaba sus instintos de investigador vaciando una gota de leche condensada en una botella de cristal para que acudiesen cientos de hormigas, después la cerraba y colocaba en un rincón del patio a pleno sol; un acto científico en toda regla que tenía una lamentables consecuencias para las hormigas; entonces, digo, era un periodo fructífero en peleas por cualquier trivialidad, por ejemplo: a quién iba a dejar la máquina de coser la abuela en herencia. Todos, mis hermanos y yo, asistíamos a una encarnizada pelea dialéctica entre madre e hija. Mi abuela anunciaba que arrojaba la toalla batiéndose en retiraba con su manida frase: “Me muero, antes de volver a poner un pie en esta casa.” Mi madre chillaba enrabietada viendo cómo con su cortitos y ligeros pasos cruzaba la calle a refugiarse en su casa. Estoy seguro que de no ser unos niños con un buen sentido de la comedia, estaríamos ahora todos un poco chalados de presenciar tanto melodrama veraniego. Con todo, yo, más sensible y madrero, tomaba partido y juraba venganza contra la abuela cuando veía a mi madre sufrir por su culpa. Esa es la justificación que le doy a un anónimo que le envié y se lo eché por debajo de la puerta de su casa donde se leía: “muerte segura”, en el que me afané en el dibujo realista de una calavera.
Ah, la felicidad del verano, de las vacaciones, del sol de justicia y de los ánimos encendidos. Mi madre volvía loco a mi padre con los celos, y cuando ya lo tenía al borde del disparate, ella corría y se escondía en casa de mi abuela. Nadie se libraba. Yo, mientras, evitaba mostrarme a determinadas horas porque mi padre reparaba en que tenía un hijo y me pedía que me sentara frente a él repasando los contenidos del curso que se avecinaba. Lo que hubiese significado partir con ventaja respecto a los demás niños de la clase que con total seguridad no habrían dedicado ni un solo minuto de su tiempo de vacaciones a semejante esfuerzo. Un horror. Dilapidar el tiempo en algo que no fuese provechoso sacaba de sus casillas a mi padre. Mientras, en el polo opuesto de la coerción habitaba mi primo Gaspar que disfrutaba de una libertad absoluta a todas horas. Para él no existía el horario de la siesta en la que no sé por qué decreto los niños debíamos acostarnos a dormir. A esa delicada hora lo veía a través de la ventana callejear y por señas me invitaba a irme con él. Yo le mostraba el cuaderno de ejercicios y notaba cómo le recorría un escalofrío por el cuerpo. Custodiado por mi padre y realizando ejercicios de mínimo común múltiplo y máximo común divisor, aderezados de un coscorrón cuando me equivocaba porque mi padre no tenía otro blanco más cercano donde descargar su inquina por la briega que le daba mi madre, nunca el tiempo transcurrió más despacio. Alguna tarde logré evadirme; por mucha vigilancia a la que me sometiera, yo procuraba aprovechar cualquier resquicio para evitar el suplicio, a pesar de saber las terroríficas consecuencias que suponía saltarme aquella sacrosanta norma doméstica, abría la puerta de la calle y escapaba en pos de la libertad y aventura con mi primo que no comprendía las normas de mi familia. Entonces era hacer algo sencillo y sin previsibles consecuencias: un juego, un paseo por las afueras del pueblo, ir a ver un accidente, como aquel camión que volcó lleno de latas de conservas a unos cuantos kilómetros del pueblo y en torno a las reventadas y ventrudas latas se arracimó algo así como la mitad de la gente del pueblo. Nuestra expedición regresó con las manos vacías; lo único que hubiera hecho falta es que a la caminata tan tremenda le hubiésemos añadido el sobrepeso del porte de unos cuantos kilos de conservas. La mayoría de las veces y a hechos consumados siempre nos habíamos expuesto a algún peligro, volvíamos con algún daño, ofendidos, heridos o causantes de un destrozo. Gaspar asentaba su inmerecida fama de niño granuja, salvaje y que había que moler a palos, y vaya que se los daba su madre. Yo le juraba a la mía que nunca más me iría con él, es más, que nunca volvería siquiera a tratarlo ni mirarlo, y con esta hipocresía infantil salvé muchas veces el pellejo.
La temperatura se iba suavizando con el declinar de la tarde y a eso de las ocho, cuando ya se podía vivir, te dabas un baño en un barreño en el patio, donde mi padre andaba ya más sereno y lo veía ejecutar una tabla de ejercicios gimnásticos de tipo sueco. Mi madre sonreía y era muy frecuente que salieran de noche a tomarse una cerveza. La abuela tenía el cometido de atendernos y ponernos la cena.
Corrían los años setenta, cuando la familia era un sinfín de personas: abuelas, tíos, primos… Hoy, con una generación perdida completamente, la familia ha crecido de modo exponencial, pero ya existen hijos de primos a los que no conozco. Tengo la certeza de que esto antes no ocurría. Los parientes emigraban a Bilbao o a Mollet del Vallés y seguían manteniendo el contacto con la familia del pueblo. Regresaban para la feria de agosto y no había ningún problema de que se alojaran en tu casa. Los primos dormíamos como las sardinas, unos a los pies y otros a la cabecera de la cama. Archidona aumentaba su población como un pueblo de la costa, y los que un día se fueron a la emigración volvían ufanos a sus orígenes orgullosos de que la vida les marchase bien.
Yo tendría unos once años y sobre mi infancia poseía poderes plenipotenciarios y la convertí en mi única patria tal como dice el poeta. Anduve tan ensimismado en el juego hasta el punto de que ni siquiera me alimentaba. Un verano, mi madre, preocupada por mi delgadez, me daba para merendar un bocadillo de embutido, yo lo escondía debajo de un arcón que servía de frontera para que no subiésemos a las cámaras. Cuando retiraron el arcón y aparecieron enteras las meriendas, mi madre quedó desconsolada; los bocadillos, algunos ni tan siquiera con la señal de haberlos probado. Para reponerme de mi delgadez se granjeó a una buena mujer para que sacara por el seguro unas ampollas de vitaminas. Aquellos vitrales con un líquido de sabor a golosina y que me estuve bebiendo no sé cuánto tiempo, fueron la base para abrirme un poco más el apetito y coger peso para que no me arrastrase el viento de lo escuchimizado que estaba. Mi primo era todo lo contrario, sus gustos gastronómicos y apetito lo demostraba cuando era capaz de comerse los brotes de los juncos del río, los cangrejos tal como los atrapaba en el agua, la resina de los árboles la degustaba porque se parecía a la gelatina que aún nadie había probado, las almendras verdes o cualquier vegetal verde (lo tuvieron que operar de apendicitis de un atracón de almendras verdes)… y los frutos secos del vecino que tenía un puesto ambulante, un carro para ser exactos, que vendía avellanas, catufas y cuatro cosas más para poder alimentar una familia. Creo que mi primo llegó a comerse las ganancias de esa pobre gente entrando a hurtadillas en la casa, entonces las puertas de las casas no se cerraban como ahora, y metiendo las manos en los sacos se llenaba los bolsillos a la vez que la boca. Yo le acompañé alguna que otra vez a aquel hurto, por mi afán de niño aventurero antes que por apetito. No era raro que estando con mi primo el masticase con fruición un puñado de gratuitas catufas. Como niño inteligente y de catadura de hormiga, se aprovisionaba para épocas de escasez. La de veces que mi madre me conminó a “dejar las junteras del primo” o molerme a palos. No podía evitarlo, pero un rato con él equivalía a tener una experiencia memorable.
Puedo hacer una clasificación de los niños de mi generación, partiendo de que todos éramos auténticos niños callejeros, de rodillas con postillas, chifarradas, que nos acostábamos con mugre y que nos poníamos enfermos los sábados después de bañarnos y colocarnos la ropa limpia que tendríamos toda la semana; no sabría dónde encasillar a Gaspar. Dios que demonio de niño. Cuando todos nos disponíamos a jugar, él, sobre la marcha, creaba alguna variante en el juego para darle algo de emoción. Era muy frecuente que de sus juegos, alguien saliese escalabrado, magullados siempre, o perseguidos por un adulto o pandilla rival, o apedreados, o denunciados. No es de extrañar que los nietos de un respetuoso médico que pasaban algunos días en el pueblo, se desviviesen por participar en nuestros juegos y ponerse a las órdenes de los designios de mi primo. Como no tenían la prebenda de la que gozábamos el resto, la de estar en la calle hasta que nuestras madres corriesen la voz de que nos buscaban por eso de que era tardísimo, de ahí que hubiesen desarrollado gustos y modales que a nosotros nos llamaba la atención; en especial disfrutar con los juegos de mesa y estrenar juguetes en cualquier momento del año cuando los demás recibíamos nuestros juguetes solo en Reyes Magos. A mi primo le echaron los reyes repetidas veces par de pistolas y un tablero para jugar por una cara a la oca y por la otra al parchis. Las pistolas duraban lo que duraban los detonantes. El tablero servía para arrojárselo a algún hermano a la cabeza. Como digo, esos niños educados y de padres con dinero, participaban alguna que otra vez en nuestro mundo salvaje de pequeños forajidos, y como miembros de pleno derecho, también sufrían de algún percance, una caída, un tortazo, una broma cruel. Entonces, el abuelo, con todos sus conocimientos de medicina práctica, pedía un castigo ejemplar para quien fuese el culpable. En estas no es de extrañar que más de una vez el señor fuese a casa de alguno para poner al corriente a los padres del daño y pedir la reparación pertinente. Salvo cuando era mi primo, entonces el buen hombre intentaba cobrarse en especie. Un día ocurrió que vi al médico correr a espeta perros tras Gaspar hasta que mi primo se paró contra una pared e intentó defenderse argumentando algo a favor suyo, como hacen lo chiquillos de hoy, cuando el médico sin pensárselo dos veces le arreó una patada. Gaspar con los reflejos del rayo la esquivó y el buen médico estrelló el pie contra la pared. Aquello se había puesto más enmarañado aún, y lo que valía era perder el culo corriendo. En ese momento cualquiera que estuviese en la calle se habría asombrado de ver a un hombre mayor y de notable reputación corriendo cojo detrás de un indefenso niño.
Mi madre intentaba por todos los medios “cortar la amistad”. Jamás le hice caso. Aquellas trapisondas son lo mejor que guardo en el cofre de la infancia y no las dejé pasar a pesar de que tenía el conflicto de también querer ser un niño obediente y orgullo para sus padres, las correrías ejercían un efecto magnético sobre mi persona dándome cierta pátina de niño rebelde que se deja manipular por un vástago del infierno. Tampoco lograba ganar méritos con las notas del Colegio, las cuales eran harto mediocres; mejor, eso demuestra que la escolaridad no es síntoma de nada. Que ser un buen escolar solo sirve para la escuela. Mal andaríamos si aquella pléyade de chiquillos con los que conviví y que cargaron injustamente con el fracaso escolar a las espaldas, fuesen hoy los hombres que son por el papel que les dejaron que hicieran en la escuela. El estar bajo la férula de mi padre, maestro y para colmo director de los dos colegio por los que transitó mi educación, complicaba más el asunto porque se me pedía que fuera algo así como un pequeño Newton y a lo más que llegaba era a trepar por el árbol de las manzanas. Que tu padre sea maestro en el colegio donde estés puede arruinar una gran parte del tiempo donde transcurre tu infancia: la escuela; que además sea el director, engorda la desdicha. Ventajas, cero. Todo hubiera cambiado si en lugar de ser un niño con tendencias de perro callejero, como le dijo uno de mis maestros a mi padre para explicarle cuáles eran mis motivaciones en la vida, yo me hubiese aplicado en los estudios. Así, cuando mi padre me preguntaba por quincuagésima vez cómo se calculaba el mínimo común múltiplo lo habría resuelto con pericia. Qué gran satisfacción, y no que erraba de cada tres veces dos, lo que demostraba que dejaba mis contestaciones al azar en lugar de a la reflexión lógico matemática. Otra de mis peculiares características y que seguro despistó bastante a los que esperaban catalogarme de algo era mi mutismo cuando estaba con adultos, el cual se basaba en mi capacidad de observación y la poca gracia que me hacía hablar. Los adultos en general no te aportaban nada. Te pedían que les correspondieses como si fueses un hombrecillo, nadie trataba tu infinita capacidad de imaginación y curiosidad. Simplemente, no existías, o si existías era porque estorbabas. Cuando encontrabas a un adulto que te caía bien, era por la sencilla razón de que era tan niño como tú. Procurabas acercarte lo menos posible porque casi siempre que se entablaba una conversación entre un adulto y un niño era para reprocharle algo al niño. Gracias a esa actitud todos teníamos un enemigo común y contra el cual uníamos nuestras emotivas fuerzas: los mayores. Había uno en especial: Serón. Cerca del pueblo estaban las huertas. La de Serón se convirtió en el blanco de todos nuestros asaltos, y era porque Serón, un hombre mayor y con muy mala leche, disparaba con su honda a matar. Robarle habas era de un absurdo peligro porque te podía arrancar la cabeza de una pedrada. Por su falta de consideración y su desmedida maldad contra la niñez, él ocupó el primer lugar en nuestra pirámide de conspicuos enemigos. No sufrimos ninguna baja en nuestros asaltos. La única de todos no tuvo que ver nada con Serón ni con sus pedradas. Una baja tremenda y definitiva: uno de nuestros amigos, un día de verano, con diez años, su madre le hizo el atillo para que se bañase en la piscina municipal y se ahogó. Aunque parezca increíble por aquellos tiempos nuestras madres nos dejaban ir solos a la piscina municipal que tenía una profundidad de cinco metros en la parte más honda. No sé si se habían inventado las depuradoras o si tan siquiera se conocían, el caso es que a los pocos días de llenarse el agua estaba completamente verde y no llegabas a verte los pies. Sandrini, un hombre bajo y de una fuerza hercúlea lo encontró buceando. A los pocos años Sandrini rescató otro niño ahogado. Paradojas del destino, Sandrini murió ahogado un día que vino de excursión a la playa de la Carihuela. Mi madre, tan práctica como siempre, me hizo que me despidiese de mi amigo amortajado en la cama. Le di un beso en la frente. Una experiencia que me marcó para siempre al ser el primer beso a un difunto, amigo y con diez años. Aquel día maduré tanto que podía haberme alistado en la legión extranjera. Todos sus amigos asistimos al duelo y portamos las coronas de flores. Memoricé el número del nicho en el cementerio, el 818, y siempre, desde entonces, cada vez que he ido a un entierro le he hecho una visita. Existe una foto donde se recoge a gran parte de los niños y niñas de aquella época: un cumpleaños. Nos amontonábamos alrededor de una tarta y unos platos con dulces. Estuve buscando a mi malogrado amigo y di con él. Mi primo Manolo lo tapaba y su imagen sale en la foto porque aparece reflejado en un espejo a la espalda de todos. Salir en una foto porque tu imagen se ve en un espejo es algo muy curioso y da que pensar que lo de Alicia es cierto.
Con el calor los espíritus tienden a dejar de manifestarse, excepto el de mi madre. Según una amiga vidente, mi abuela Pura, que falleció a los noventa y dos años, y fue toda una institución familiar, es el espíritu que me protege. Para mí es de una enorme satisfacción que una de mis abuelas me acompañe cuando me encuentro en apuros. Ahora que lo pienso, es a quien más me parezco: la paz, las rutinas, el orden, la regularidad de horarios… Su vida estuvo sobresaltada de acontecimientos muy duros de los que se sobrepuso y hoy, uno solo de ellos, nos mandaría a cualquiera al psiquiátrico durante una larga temporada. Madita no se cansa de repetir que las personas mayores de ahora no son como las de antes. Mi abuela, tres años antes de fallecer, en un solo día le llegaron a dar siete infartos de los que salió y volvió a casa contando excelencias de las enfermeras que la atendieron y todo porque la recogieron del suelo cuando estando en la UVI se había caído de la cama al querer ir al baño para evitar molestarlas. Amante de la soledad, como yo, dormía sola en su casa -hoy ya no se conserva- y que distaba pocos metros de la de mis padres, digna de estudio para algún aficionado al urbanismo y a la fantasía. Ayudaba a mi madre en las tareas domésticas y se quedaba al cuidado de mi hermano Ramón Jesús cuando mis padres salían a pasear.
Era en los calores de los veranos, cuando mi hermano Francisco alimentaba sus instintos de investigador vaciando una gota de leche condensada en una botella de cristal para que acudiesen cientos de hormigas, después la cerraba y colocaba en un rincón del patio a pleno sol; un acto científico en toda regla que tenía una lamentables consecuencias para las hormigas; entonces, digo, era un periodo fructífero en peleas por cualquier trivialidad, por ejemplo: a quién iba a dejar la máquina de coser la abuela en herencia. Todos, mis hermanos y yo, asistíamos a una encarnizada pelea dialéctica entre madre e hija. Mi abuela anunciaba que arrojaba la toalla batiéndose en retiraba con su manida frase: “Me muero, antes de volver a poner un pie en esta casa.” Mi madre chillaba enrabietada viendo cómo con su cortitos y ligeros pasos cruzaba la calle a refugiarse en su casa. Estoy seguro que de no ser unos niños con un buen sentido de la comedia, estaríamos ahora todos un poco chalados de presenciar tanto melodrama veraniego. Con todo, yo, más sensible y madrero, tomaba partido y juraba venganza contra la abuela cuando veía a mi madre sufrir por su culpa. Esa es la justificación que le doy a un anónimo que le envié y se lo eché por debajo de la puerta de su casa donde se leía: “muerte segura”, en el que me afané en el dibujo realista de una calavera.
Ah, la felicidad del verano, de las vacaciones, del sol de justicia y de los ánimos encendidos. Mi madre volvía loco a mi padre con los celos, y cuando ya lo tenía al borde del disparate, ella corría y se escondía en casa de mi abuela. Nadie se libraba. Yo, mientras, evitaba mostrarme a determinadas horas porque mi padre reparaba en que tenía un hijo y me pedía que me sentara frente a él repasando los contenidos del curso que se avecinaba. Lo que hubiese significado partir con ventaja respecto a los demás niños de la clase que con total seguridad no habrían dedicado ni un solo minuto de su tiempo de vacaciones a semejante esfuerzo. Un horror. Dilapidar el tiempo en algo que no fuese provechoso sacaba de sus casillas a mi padre. Mientras, en el polo opuesto de la coerción habitaba mi primo Gaspar que disfrutaba de una libertad absoluta a todas horas. Para él no existía el horario de la siesta en la que no sé por qué decreto los niños debíamos acostarnos a dormir. A esa delicada hora lo veía a través de la ventana callejear y por señas me invitaba a irme con él. Yo le mostraba el cuaderno de ejercicios y notaba cómo le recorría un escalofrío por el cuerpo. Custodiado por mi padre y realizando ejercicios de mínimo común múltiplo y máximo común divisor, aderezados de un coscorrón cuando me equivocaba porque mi padre no tenía otro blanco más cercano donde descargar su inquina por la briega que le daba mi madre, nunca el tiempo transcurrió más despacio. Alguna tarde logré evadirme; por mucha vigilancia a la que me sometiera, yo procuraba aprovechar cualquier resquicio para evitar el suplicio, a pesar de saber las terroríficas consecuencias que suponía saltarme aquella sacrosanta norma doméstica, abría la puerta de la calle y escapaba en pos de la libertad y aventura con mi primo que no comprendía las normas de mi familia. Entonces era hacer algo sencillo y sin previsibles consecuencias: un juego, un paseo por las afueras del pueblo, ir a ver un accidente, como aquel camión que volcó lleno de latas de conservas a unos cuantos kilómetros del pueblo y en torno a las reventadas y ventrudas latas se arracimó algo así como la mitad de la gente del pueblo. Nuestra expedición regresó con las manos vacías; lo único que hubiera hecho falta es que a la caminata tan tremenda le hubiésemos añadido el sobrepeso del porte de unos cuantos kilos de conservas. La mayoría de las veces y a hechos consumados siempre nos habíamos expuesto a algún peligro, volvíamos con algún daño, ofendidos, heridos o causantes de un destrozo. Gaspar asentaba su inmerecida fama de niño granuja, salvaje y que había que moler a palos, y vaya que se los daba su madre. Yo le juraba a la mía que nunca más me iría con él, es más, que nunca volvería siquiera a tratarlo ni mirarlo, y con esta hipocresía infantil salvé muchas veces el pellejo.
La temperatura se iba suavizando con el declinar de la tarde y a eso de las ocho, cuando ya se podía vivir, te dabas un baño en un barreño en el patio, donde mi padre andaba ya más sereno y lo veía ejecutar una tabla de ejercicios gimnásticos de tipo sueco. Mi madre sonreía y era muy frecuente que salieran de noche a tomarse una cerveza. La abuela tenía el cometido de atendernos y ponernos la cena.
Corrían los años setenta, cuando la familia era un sinfín de personas: abuelas, tíos, primos… Hoy, con una generación perdida completamente, la familia ha crecido de modo exponencial, pero ya existen hijos de primos a los que no conozco. Tengo la certeza de que esto antes no ocurría. Los parientes emigraban a Bilbao o a Mollet del Vallés y seguían manteniendo el contacto con la familia del pueblo. Regresaban para la feria de agosto y no había ningún problema de que se alojaran en tu casa. Los primos dormíamos como las sardinas, unos a los pies y otros a la cabecera de la cama. Archidona aumentaba su población como un pueblo de la costa, y los que un día se fueron a la emigración volvían ufanos a sus orígenes orgullosos de que la vida les marchase bien.
Yo tendría unos once años y sobre mi infancia poseía poderes plenipotenciarios y la convertí en mi única patria tal como dice el poeta. Anduve tan ensimismado en el juego hasta el punto de que ni siquiera me alimentaba. Un verano, mi madre, preocupada por mi delgadez, me daba para merendar un bocadillo de embutido, yo lo escondía debajo de un arcón que servía de frontera para que no subiésemos a las cámaras. Cuando retiraron el arcón y aparecieron enteras las meriendas, mi madre quedó desconsolada; los bocadillos, algunos ni tan siquiera con la señal de haberlos probado. Para reponerme de mi delgadez se granjeó a una buena mujer para que sacara por el seguro unas ampollas de vitaminas. Aquellos vitrales con un líquido de sabor a golosina y que me estuve bebiendo no sé cuánto tiempo, fueron la base para abrirme un poco más el apetito y coger peso para que no me arrastrase el viento de lo escuchimizado que estaba. Mi primo era todo lo contrario, sus gustos gastronómicos y apetito lo demostraba cuando era capaz de comerse los brotes de los juncos del río, los cangrejos tal como los atrapaba en el agua, la resina de los árboles la degustaba porque se parecía a la gelatina que aún nadie había probado, las almendras verdes o cualquier vegetal verde (lo tuvieron que operar de apendicitis de un atracón de almendras verdes)… y los frutos secos del vecino que tenía un puesto ambulante, un carro para ser exactos, que vendía avellanas, catufas y cuatro cosas más para poder alimentar una familia. Creo que mi primo llegó a comerse las ganancias de esa pobre gente entrando a hurtadillas en la casa, entonces las puertas de las casas no se cerraban como ahora, y metiendo las manos en los sacos se llenaba los bolsillos a la vez que la boca. Yo le acompañé alguna que otra vez a aquel hurto, por mi afán de niño aventurero antes que por apetito. No era raro que estando con mi primo el masticase con fruición un puñado de gratuitas catufas. Como niño inteligente y de catadura de hormiga, se aprovisionaba para épocas de escasez. La de veces que mi madre me conminó a “dejar las junteras del primo” o molerme a palos. No podía evitarlo, pero un rato con él equivalía a tener una experiencia memorable.
Puedo hacer una clasificación de los niños de mi generación, partiendo de que todos éramos auténticos niños callejeros, de rodillas con postillas, chifarradas, que nos acostábamos con mugre y que nos poníamos enfermos los sábados después de bañarnos y colocarnos la ropa limpia que tendríamos toda la semana; no sabría dónde encasillar a Gaspar. Dios que demonio de niño. Cuando todos nos disponíamos a jugar, él, sobre la marcha, creaba alguna variante en el juego para darle algo de emoción. Era muy frecuente que de sus juegos, alguien saliese escalabrado, magullados siempre, o perseguidos por un adulto o pandilla rival, o apedreados, o denunciados. No es de extrañar que los nietos de un respetuoso médico que pasaban algunos días en el pueblo, se desviviesen por participar en nuestros juegos y ponerse a las órdenes de los designios de mi primo. Como no tenían la prebenda de la que gozábamos el resto, la de estar en la calle hasta que nuestras madres corriesen la voz de que nos buscaban por eso de que era tardísimo, de ahí que hubiesen desarrollado gustos y modales que a nosotros nos llamaba la atención; en especial disfrutar con los juegos de mesa y estrenar juguetes en cualquier momento del año cuando los demás recibíamos nuestros juguetes solo en Reyes Magos. A mi primo le echaron los reyes repetidas veces par de pistolas y un tablero para jugar por una cara a la oca y por la otra al parchis. Las pistolas duraban lo que duraban los detonantes. El tablero servía para arrojárselo a algún hermano a la cabeza. Como digo, esos niños educados y de padres con dinero, participaban alguna que otra vez en nuestro mundo salvaje de pequeños forajidos, y como miembros de pleno derecho, también sufrían de algún percance, una caída, un tortazo, una broma cruel. Entonces, el abuelo, con todos sus conocimientos de medicina práctica, pedía un castigo ejemplar para quien fuese el culpable. En estas no es de extrañar que más de una vez el señor fuese a casa de alguno para poner al corriente a los padres del daño y pedir la reparación pertinente. Salvo cuando era mi primo, entonces el buen hombre intentaba cobrarse en especie. Un día ocurrió que vi al médico correr a espeta perros tras Gaspar hasta que mi primo se paró contra una pared e intentó defenderse argumentando algo a favor suyo, como hacen lo chiquillos de hoy, cuando el médico sin pensárselo dos veces le arreó una patada. Gaspar con los reflejos del rayo la esquivó y el buen médico estrelló el pie contra la pared. Aquello se había puesto más enmarañado aún, y lo que valía era perder el culo corriendo. En ese momento cualquiera que estuviese en la calle se habría asombrado de ver a un hombre mayor y de notable reputación corriendo cojo detrás de un indefenso niño.
Mi madre intentaba por todos los medios “cortar la amistad”. Jamás le hice caso. Aquellas trapisondas son lo mejor que guardo en el cofre de la infancia y no las dejé pasar a pesar de que tenía el conflicto de también querer ser un niño obediente y orgullo para sus padres, las correrías ejercían un efecto magnético sobre mi persona dándome cierta pátina de niño rebelde que se deja manipular por un vástago del infierno. Tampoco lograba ganar méritos con las notas del Colegio, las cuales eran harto mediocres; mejor, eso demuestra que la escolaridad no es síntoma de nada. Que ser un buen escolar solo sirve para la escuela. Mal andaríamos si aquella pléyade de chiquillos con los que conviví y que cargaron injustamente con el fracaso escolar a las espaldas, fuesen hoy los hombres que son por el papel que les dejaron que hicieran en la escuela. El estar bajo la férula de mi padre, maestro y para colmo director de los dos colegio por los que transitó mi educación, complicaba más el asunto porque se me pedía que fuera algo así como un pequeño Newton y a lo más que llegaba era a trepar por el árbol de las manzanas. Que tu padre sea maestro en el colegio donde estés puede arruinar una gran parte del tiempo donde transcurre tu infancia: la escuela; que además sea el director, engorda la desdicha. Ventajas, cero. Todo hubiera cambiado si en lugar de ser un niño con tendencias de perro callejero, como le dijo uno de mis maestros a mi padre para explicarle cuáles eran mis motivaciones en la vida, yo me hubiese aplicado en los estudios. Así, cuando mi padre me preguntaba por quincuagésima vez cómo se calculaba el mínimo común múltiplo lo habría resuelto con pericia. Qué gran satisfacción, y no que erraba de cada tres veces dos, lo que demostraba que dejaba mis contestaciones al azar en lugar de a la reflexión lógico matemática. Otra de mis peculiares características y que seguro despistó bastante a los que esperaban catalogarme de algo era mi mutismo cuando estaba con adultos, el cual se basaba en mi capacidad de observación y la poca gracia que me hacía hablar. Los adultos en general no te aportaban nada. Te pedían que les correspondieses como si fueses un hombrecillo, nadie trataba tu infinita capacidad de imaginación y curiosidad. Simplemente, no existías, o si existías era porque estorbabas. Cuando encontrabas a un adulto que te caía bien, era por la sencilla razón de que era tan niño como tú. Procurabas acercarte lo menos posible porque casi siempre que se entablaba una conversación entre un adulto y un niño era para reprocharle algo al niño. Gracias a esa actitud todos teníamos un enemigo común y contra el cual uníamos nuestras emotivas fuerzas: los mayores. Había uno en especial: Serón. Cerca del pueblo estaban las huertas. La de Serón se convirtió en el blanco de todos nuestros asaltos, y era porque Serón, un hombre mayor y con muy mala leche, disparaba con su honda a matar. Robarle habas era de un absurdo peligro porque te podía arrancar la cabeza de una pedrada. Por su falta de consideración y su desmedida maldad contra la niñez, él ocupó el primer lugar en nuestra pirámide de conspicuos enemigos. No sufrimos ninguna baja en nuestros asaltos. La única de todos no tuvo que ver nada con Serón ni con sus pedradas. Una baja tremenda y definitiva: uno de nuestros amigos, un día de verano, con diez años, su madre le hizo el atillo para que se bañase en la piscina municipal y se ahogó. Aunque parezca increíble por aquellos tiempos nuestras madres nos dejaban ir solos a la piscina municipal que tenía una profundidad de cinco metros en la parte más honda. No sé si se habían inventado las depuradoras o si tan siquiera se conocían, el caso es que a los pocos días de llenarse el agua estaba completamente verde y no llegabas a verte los pies. Sandrini, un hombre bajo y de una fuerza hercúlea lo encontró buceando. A los pocos años Sandrini rescató otro niño ahogado. Paradojas del destino, Sandrini murió ahogado un día que vino de excursión a la playa de la Carihuela. Mi madre, tan práctica como siempre, me hizo que me despidiese de mi amigo amortajado en la cama. Le di un beso en la frente. Una experiencia que me marcó para siempre al ser el primer beso a un difunto, amigo y con diez años. Aquel día maduré tanto que podía haberme alistado en la legión extranjera. Todos sus amigos asistimos al duelo y portamos las coronas de flores. Memoricé el número del nicho en el cementerio, el 818, y siempre, desde entonces, cada vez que he ido a un entierro le he hecho una visita. Existe una foto donde se recoge a gran parte de los niños y niñas de aquella época: un cumpleaños. Nos amontonábamos alrededor de una tarta y unos platos con dulces. Estuve buscando a mi malogrado amigo y di con él. Mi primo Manolo lo tapaba y su imagen sale en la foto porque aparece reflejado en un espejo a la espalda de todos. Salir en una foto porque tu imagen se ve en un espejo es algo muy curioso y da que pensar que lo de Alicia es cierto.
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