Así que del contento, en los
últimos meses cuando se acercaba mi jubilación, de aquellos anhelos y felicidad
de no tener que ir más a trabajar, de tener que dejar de levantarme con la
machacona idea de que lo mejor que me podía pasar en la escuela era que no me
pasara nada, con el estado continuo de alerta y el cortisol en sangre haciendo
de las suyas; a medida que iba llenándolo de esperanza y que sería un triunfo
vital, de lo que menos me podía esperar es que acudiría al poco tiempo de mi estreno
al psiquiatra para que me diera una explicación y una cura al porqué yo no me
sentía feliz y sí ansioso.
Una etiqueta psiquiátrica se daba
por sentado que tendría efectos consoladores y curativos en pleno 2020. A falta
de no encontrarme ninguna dolencia significativa y con la recién estrenada
jubilación, el diagnóstico somero de añorar el mundo laboral ni siquiera encajaba
en un cuadro de depresión. No era una patología. Correspondía más a un
estado de ánimo. No había medicación, ni etiquetaje, salvo que me hundiera más
en el pozo de la nostalgia. El sano remedio era que encontrase algo útil que
hacer. Ir a su consulta por aquella nimiedad era de gente aburrida. Obvié esta
digresión cundo se lo refería a algún conocido. La sensación era de ridículo
ante el doctor y más cuando en la sala de espera a los pacientes si se les
notaba un verdadero sufrimiento.
Busqué en las redes de Internet para
abrir el espacio mental. Aparecieron todo tipo de consejos, actividades,
libros, corrientes new age. El canto
de las lamentaciones se convirtió en el centro de cualquier charla con amigos y
familiares. Daba la tabarra de que la jubilación no era un parque temático de
tiempo y actividades aparcadas, sino un bosque de sombras del que me iba a
costar salir. Hasta que no tuve más remedio que abandonar la canción porque la
gente se cansó de escuchar aquel desconsuelo y lamentos injustificados. Me
estaba convirtiendo en ser insoportable.
Había pagado a un profesional
para que con una simple obviedad me despachase. Quería que me dijera que me
sentía deprimido por haberme jubilado porque la jubilación, en sí misma,
deprimía a gentes sensibles y tan realizadas. Recuerdo que en filosofía esto se
llama una tautología.
¡ Menudo descubrimiento!
Para salir indemne de la
tautología debía embarcarme en una empresa que me ocupara. Crear o convertir
algo en un proyecto de vida que consumiera mi finito tiempo. Así que decidí hacerme
con la casa de mis padres y revertirla en el proyecto de mis sueños.
Una casa más alta que ancha. De
tres plantas, con un patio en alto. Llena de espacios y oquedades. Obsoleta.
Donde me podía dedicar sesiones sabatinas a reparaciones pues todo allí era
susceptible o bien de mejora o de una radical transformación. Muebles, los pocos
que quedaban, para lo único que servían era para hacer una pira en el patio.
Una casa imposible de calentar, en la que se podía instalar una chimenea. Quién
no ha idealizado el calor de un hogar, su cálido fuego, la leña apilada. Una
casa que rezuma emociones, sentimientos. En la que por la escalera llegaría el
apetitoso olor a comida recién hecha. El cubo de latón en el patio con los
geranios. El lustroso jazmín. El gotear del grifo de la pila que no cierra.
Veía, en mi imaginación, cada
detalle que era capaz de cruzar con los ojos cerrados los espacios donde me
esperaban mil faenas entretenidas, manipulativas y subyugantes. La casa de
fantasía se había hecho acogedora en mi mente, sin mover un solo músculo. El
tratamiento ideal para la depresión y la ansiedad por jubilación, pensaba.
La realidad era que quería
convertir un capricho, cuya base siempre iba a ser una idea arbitraria o
insensata, como obra de arte en que el ingenio o fantasía romperían la
observancia de las estrictas reglas que conllevan las reparaciones de
albañilería, fontanería, electricidad… Que con independencia del dinero que
derroches, resultaría siempre inacabada, parcheada y vulgar. Los problemas
estaban enraizados en su propia naturaleza y solo con mirar viga tras viga el
alma se te debía caer a los pies.
¿Quién podía vivir día tras día
entre los errores de su imaginación materializados en algo tan sólido como el
ladrillo? Volviendo a las tautologías: la casa se arreglaría y sería más cómoda
en la media que no terminara nunca de repararla. ¡Un disparate!
Me encontraba en ese indemne
espacio de que no sabía para qué es la vida ni qué hacer con ella. Era como si
me hubiesen vuelto a destetar y nadie me llevase de la mano. Necesitaba llenar
el tiempo de algo manual y darle un valor productivo. Aburrirme con la rutina
es la mejor aspiración. Llenar un número apacible de horas mientras no nos
arruine la artritis, el Alzheimer… Pensaba beberme experiencias saludables. Mover
sacos, pintar puertas, enlucir, arreglar grifos... Antes de que continuara con
la inacabable lista mental aparecía una fatiga crónica que me desvelaba de mis
ensoñaciones. Si yo vivía mucho mejor entre mis adquiridas y agradables
hábitos, a qué venía esas obligaciones desbordadas de credulidad. Impostaba una
seguridad que vendía sin proponérmelo a los demás como un engreimiento.
Cuando me puse manos a la obra me
sentí anegado de sentimentalismo. El único acicate para tamaña locura. La casa
de mi infancia, hasta que marché a la universidad, completaba un ciclo temporal
del ayer y el hoy de manera enrevesada en la mente. Cualquier espacio, objeto,
puerta, peldaño, tabique... estaba tan inmerso de recuerdos que me paralizaban
en la labor dejando mis manos quietas. Al poco tiempo paré las idealizaciones y
pude verla como en lo que realmente se había convertido: una empresa que a
falta de un tejido familiar y social había dejado de sujetarme desde que fallecieron
mis padres.
Con esa extraña capacidad que
tengo de no cumplir lo que había prometido y teniendo que dar la cara a los que
alguna vez se creyeron mis promesas, abandoné el proyecto dispuesto a dejar de
concretar un sueño sin sentido que estaba fuera ya del espacio y del tiempo que
aún me quede por vivir.



















