sábado, 7 de febrero de 2026

Proyectos

 

Así que del contento, en los últimos meses cuando se acercaba mi jubilación, de aquellos anhelos y felicidad de no tener que ir más a trabajar, de tener que dejar de levantarme con la machacona idea de que lo mejor que me podía pasar en la escuela era que no me pasara nada, con el estado continuo de alerta y el cortisol en sangre haciendo de las suyas; a medida que iba llenándolo de esperanza y que sería un triunfo vital, de lo que menos me podía esperar es que acudiría al poco tiempo de mi estreno al psiquiatra para que me diera una explicación y una cura al porqué yo no me sentía feliz y sí ansioso.

Una etiqueta psiquiátrica se daba por sentado que tendría efectos consoladores y curativos en pleno 2020. A falta de no encontrarme ninguna dolencia significativa y con la recién estrenada jubilación, el diagnóstico somero de añorar el mundo laboral ni siquiera encajaba en un cuadro de depresión. No era una patología. Correspondía más a un estado de ánimo. No había medicación, ni etiquetaje, salvo que me hundiera más en el pozo de la nostalgia. El sano remedio era que encontrase algo útil que hacer. Ir a su consulta por aquella nimiedad era de gente aburrida. Obvié esta digresión cundo se lo refería a algún conocido. La sensación era de ridículo ante el doctor y más cuando en la sala de espera a los pacientes si se les notaba un verdadero sufrimiento.

Busqué en las redes de Internet para abrir el espacio mental. Aparecieron todo tipo de consejos, actividades, libros, corrientes new age. El canto de las lamentaciones se convirtió en el centro de cualquier charla con amigos y familiares. Daba la tabarra de que la jubilación no era un parque temático de tiempo y actividades aparcadas, sino un bosque de sombras del que me iba a costar salir. Hasta que no tuve más remedio que abandonar la canción porque la gente se cansó de escuchar aquel desconsuelo y lamentos injustificados. Me estaba convirtiendo en ser insoportable.

Había pagado a un profesional para que con una simple obviedad me despachase. Quería que me dijera que me sentía deprimido por haberme jubilado porque la jubilación, en sí misma, deprimía a gentes sensibles y tan realizadas. Recuerdo que en filosofía esto se llama una tautología.

¡ Menudo descubrimiento!

Para salir indemne de la tautología debía embarcarme en una empresa que me ocupara. Crear o convertir algo en un proyecto de vida que consumiera mi finito tiempo. Así que decidí hacerme con la casa de mis padres y revertirla en el proyecto de mis sueños.

Una casa más alta que ancha. De tres plantas, con un patio en alto. Llena de espacios y oquedades. Obsoleta. Donde me podía dedicar sesiones sabatinas a reparaciones pues todo allí era susceptible o bien de mejora o de una radical transformación. Muebles, los pocos que quedaban, para lo único que servían era para hacer una pira en el patio. Una casa imposible de calentar, en la que se podía instalar una chimenea. Quién no ha idealizado el calor de un hogar, su cálido fuego, la leña apilada. Una casa que rezuma emociones, sentimientos. En la que por la escalera llegaría el apetitoso olor a comida recién hecha. El cubo de latón en el patio con los geranios. El lustroso jazmín. El gotear del grifo de la pila que no cierra.

Veía, en mi imaginación, cada detalle que era capaz de cruzar con los ojos cerrados los espacios donde me esperaban mil faenas entretenidas, manipulativas y subyugantes. La casa de fantasía se había hecho acogedora en mi mente, sin mover un solo músculo. El tratamiento ideal para la depresión y la ansiedad por jubilación, pensaba.

La realidad era que quería convertir un capricho, cuya base siempre iba a ser una idea arbitraria o insensata, como obra de arte en que el ingenio o fantasía romperían la observancia de las estrictas reglas que conllevan las reparaciones de albañilería, fontanería, electricidad… Que con independencia del dinero que derroches, resultaría siempre inacabada, parcheada y vulgar. Los problemas estaban enraizados en su propia naturaleza y solo con mirar viga tras viga el alma se te debía caer a los pies.

                ¿Quién podía vivir día tras día entre los errores de su imaginación materializados en algo tan sólido como el ladrillo? Volviendo a las tautologías: la casa se arreglaría y sería más cómoda en la media que no terminara nunca de repararla. ¡Un disparate!

Me encontraba en ese indemne espacio de que no sabía para qué es la vida ni qué hacer con ella. Era como si me hubiesen vuelto a destetar y nadie me llevase de la mano. Necesitaba llenar el tiempo de algo manual y darle un valor productivo. Aburrirme con la rutina es la mejor aspiración. Llenar un número apacible de horas mientras no nos arruine la artritis, el Alzheimer…  Pensaba beberme experiencias saludables. Mover sacos, pintar puertas, enlucir, arreglar grifos... Antes de que continuara con la inacabable lista mental aparecía una fatiga crónica que me desvelaba de mis ensoñaciones. Si yo vivía mucho mejor entre mis adquiridas y agradables hábitos, a qué venía esas obligaciones desbordadas de credulidad. Impostaba una seguridad que vendía sin proponérmelo a los demás como un engreimiento.

Cuando me puse manos a la obra me sentí anegado de sentimentalismo. El único acicate para tamaña locura. La casa de mi infancia, hasta que marché a la universidad, completaba un ciclo temporal del ayer y el hoy de manera enrevesada en la mente. Cualquier espacio, objeto, puerta, peldaño, tabique... estaba tan inmerso de recuerdos que me paralizaban en la labor dejando mis manos quietas. Al poco tiempo paré las idealizaciones y pude verla como en lo que realmente se había convertido: una empresa que a falta de un tejido familiar y social había dejado de sujetarme desde que fallecieron mis padres.

Con esa extraña capacidad que tengo de no cumplir lo que había prometido y teniendo que dar la cara a los que alguna vez se creyeron mis promesas, abandoné el proyecto dispuesto a dejar de concretar un sueño sin sentido que estaba fuera ya del espacio y del tiempo que aún me quede por vivir.

martes, 25 de febrero de 2025

Yo ayudé al Lute

 

"Es lo único que nos queda después del viaje por la vida: las historias. Somos nuestras historias, y así, cuando morimos, con suerte, la única manera de conservar la inmortalidad es quedar atrapado en algún relato."

Es lo que me dijo Manuel, al que conocí en un bar de la barriada La Milagrosa, en Málaga, donde estaba el colegio en el que recién acababa de comenzar mi carrera docente. La historia que sigue es su trocito de inmortalidad prendida en los que aún continuamos vivos.

 Obrero de campo, Manuel, era padre de dos jóvenes pizpiretas. Se vino a Málaga a comienzos de los setenta gracias a que un primo le buscó trabajo de albañil. Atrás quedaba Villanueva de la Concepción y su penoso oficio de jornalero. Su vida y la de su familia cambió a mejor en Málaga sin las penurias de estar bajo el encargado de turno que le estaba agriando el carácter. En la Granja de Suárez, un núcleo de población que crecía como una pedanía de Málaga, apartada lo suficiente y desconectada de un urbanismo racional, con la ayuda del primo, logró hacerse de una casa con un patinillo, sin porqueriza para criar el cochino, más salubre.

Por aquella época, Málaga absorbía una inmigración de los pueblos que necesitaba viviendas. Crecían barriadas populosas donde familias numerosas buscaban acomodo, sin las infraestructuras necesarias, calles sin asfaltar, desmontes por los que cruzaban vías sin iluminación, arroyos secos llenos de basura, huertas abandonadas esperando edificaciones… Málaga crecía y crecía, en desorden, desbordada y sin planificación como una planta parásita que lo quiere abarcar todo.

También se industrializaba. Fábricas de incontables trabajadores en cadenas de montaje, grandes almacenes, conductores. Rótulos en los portones de entrada con relojes donde había que fichar como en las películas americanas. Se laboraba bajo techo, sin sabañones y sin partirte los riñones por un mísero jornal. A los dos años, Manuel lo admitieron en CITESA, una empresa de telefonía con 2.400 empleados cuyo primer producto eran los teléfonos que exportaban a todo el mundo. Su trabajo estar sentado montando teléfonos, ¡sentado!, no daba crédito. Un oficio de habilidad repetida y mecánica que le permitía ensoñar.

Málaga es el paraíso, pensaba. Una ciudad de ensueño, con grandes tiendas, galerías comerciales y tantísima gente. Todas las viviendas tenían baños, picaportes en las puertas. Había artefactos que hacían la vida más cómoda. En el pueblo se quedó el humazo de chimenea, la pila en el patio, las heladas, las tiriteras, las caras largas y andar siempre a la cuarta pregunta.

Me contó que lo primero que notó en la ciudad era que había vagos que no se iban a morir de hambre por no trabajar. Que echándole cara te podías buscar la vida. Le gustaba ir con su familia y después de una caminata hasta llegar al Caminos de Suárez, subir en el autobús dirección al centro de la ciudad y a la playa de la Malagueta. ¡Cuántas extranjeras rubias con ropas ligeras! Terrazas donde te tomabas una cerveza mientras sus hijas se bañaban.

"Yo ayude al Lute. Se había fugado. La Guardia Civil daba por hecho que buscaría ayuda de su hermano." -Me dijo, con notable orgullo-

Su historia quedó guardada en mi memoria. Han pasado varias decenas de años. Ya nada queda. En aquel momento, nunca pensé que llegaría a escribir sobre lo que me contó. Solía tomar café en el bar. Lo más industrioso que se hacía era jugar al dominó. Los parroquianos golpeaban con las fichas la mesa. Manuel miraba. El soniquete del juego te sumía en un barrizal de ignorancia y abandono mental. No recuerdo qué dio pie a su historia.

 Dos casas más abajo, hoy convertida en un solar, vivía la familia del Lute: el hermano, esposa e hijos. Famoso por sus fugas. Era la comidilla de toda la nación. La prensa le dedicaba las primeras planas. El antihéroe. Un hombre producto de la miseria que ridiculizaba a la Guardia Civil y al sistema cada vez que se escapaba. En las fotos del periódico aparecía con mirada de perro apaleado. Los hombres como Manuel leían entre líneas que tras aquellos estragos y hecatombe humana, solo había una gran injusticia social, mala suerte y desgracia. Flaco y con los ojos llenos de resentimiento la vida lo había arrojado para triturarlo y servir de escarnio. Él lo admiraba calladamente. En la fábrica, después a la par que hablar de fútbol se apostaba por cuándo caería. Cuándo se cubrirían las portadas con su imagen maltrecha por las palizas.

 Camino del trabajo, al amanecer, desde la Granja de Suárez, marchaba andando hasta CITESA. El trayecto, la mayor parte, hasta el Camino de Suárez, eran un descampado lleno de escombreras. Le desagradaba tanta fealdad. La ciudad pujante tiraba donde primero pillaba la basura. Una mañana, amanecía cuando un Land-Rover de la Guardia Civil le salió al paso.  Los guardias, con sus tricornios, le miraron. Él apenas levantó la cabeza. Ya estaba al tanto de que el Lute podría andar por Málaga. Siguió su camino desándole toda la suerte del mundo.

Al regreso de la fábrica, sus niñas se abrazaron a él." Papá, unos hombres con escopetas han estado entrando en todas las casas.", le dijeron saltándole encima. Estaban impresionadas. Los guardias civiles con sus capotes, volteándolos el viento, aquellos rostros curtidos y poco amistosos, habían registrado una por una cada casa con malos modos.

“Lo habían condenado a muerte en un Consejo de Guerra. ¿Qué guerra? Si él no había participado en ninguna. Los humillados guardias civiles cuando lo volvieran a atrapar se iban a cebar con él y más habiéndose negado a firmar su sentencia de muerte. Analfabeto. Valiente para mostrar arrestos y con las ansias de libertad de alguien que ya nada tiene que perder.” –me lo decía abatido, como si la malandanza del Lute le podía haber ocurrido a él-

Una mañana arreciaba un viento de levante. En el descampado, entre los montones de escombro, se levantaba remolinos de polvo. Alguna que otra vez se había cruzado con la pareja de la Guardia Civil con sus mosquetones al hombro y aquellos capotes que tanta gracia les hicieron a sus hijas.

El Ayuntamiento había dispuesto de encauzar el Arroyo del Cuarto. Unas enormes tuberías de cemento estaban apiladas a espera de la maquinaria pesada. ¡Qué ocurrencia! se decía a sí mismo. Mejor que nadie lo supiese porque se iban a reír y la Guardia Civil si lo descubrían, nada amiga de las gracias, le iban a quitar las ganas de ayudar a un fugitivo. Dejó el almuerzo que llevaba en su capacha tapado y protegido con unas tablas en uno de los tubos. “Ya se las apañaría en la cantina de la empresa”. Al día siguiente no quedaba ni rastro de la comida, el botellín de cerveza “El Águila”, vacío. Así estuvo varios días hasta que se encontró que nadie había tocado las viandas. 

La noticia saltó a los pocos días. El Lute había sido “capturado” en un pueblo de Extremadura. En su declaración -bajo tortura- dijo que estuvo escondido unos días cerca de la casa del hermano en Málaga en una tubería. Cómo sobrevivió esos días que permaneció escondido, quién le ayudo, descartada la familia, nunca se averiguó.

 Dejé de ver a Manuel. Nunca más me volví a encontrar con él. De la casa del hermano del Lute solo queda un solar tapiado. Quizá sea cierto lo que me dijo. “Somos historias, y si tenemos suerte, nuestra inmortalidad depende de que alguien las recuerde”.

domingo, 16 de febrero de 2025

Instrucciones para jubilados. ¡Habrase visto!

 




Instrucciones para jubilados.

De locos y majaras puedo dar cuenta de que conozco varios. Yo mismo me declaro loco, loco a media jornada. Sin llegar a ser paranoico o trastornado mental, tengo que ejercer de majareta para soportar incordios. Soy más bien parecido al soldado que para librarse de la guerra dice a sus superiores que le falta un tornillo por lo que lo tienen que dar de baja. Entonces lo mandan de cabeza a la lucha porque está sano. Nadie en su sano juicio quiere que le maten.

De gente que te saca de quicio está el mundo lleno. El caso más flagrante lo está viviendo un primo mío que sin comerlo ni beberlo tiene a un chiflado continuamente siguiéndolo y grabándolo con móvil. Las autoridades lo saben, aconsejándole que no le haga caso y que ellos no pueden actuar. Él sale de casa y cree que ese día se va a librar cuando percibe que le sigue un vehículo y que dentro está el pirado. Para y el anormal sigue la marcha.

No podemos fiarnos. El exceso de confianza te puede cegar, creer que estás frente a Teresa de Calcuta y lo que te ocurre es que estás sufriendo el síndrome del pavo en Navidad. Te engordan en la creencia que cuidan de ti. Cada vez le tienes más confianza al carnicero. Lo ves como amigo, alguien que te mima. Hasta que llega el día.

Todo se arreglaría, para el pavo también, si fuéramos inmortales. El único problema es que tendríamos que predecir el futuro. Saber de antemano qué nos iba a ocurrir para anticiparnos. Vencer lo improbable y aleatorio con que se mueve todo. Esto en lugar de ser una ventaja, -hay que dar las gracias porque sea también una quimera- lo único que lograría, aparte de que lleváramos una vida aburrida sin la salsa de la vida que son los sobresaltos; lo que digo, es que no iríamos debilitando, esponjando.

¿Pecaríamos? No podríamos. Tampoco me fio de alguien que dice que nunca ha pecado. De los que nunca se han jugado la piel. Los que dan consejos. Urbanitas sabelotodo con sus discursos a los confusos, tristes y decaídos que hoy día son legión. Los que tienen habla directa con dios y dios les dice que hay que reprimir a las mujeres, perseguir a los homosexuales y cuantas cosas se le ocurran para amargarnos porque dios se lo manda. Y esa retórica llega a los oídos de los más tontos para volverse fanáticos. Encima si los mandas a freír espárragos, te llaman intolerante. ¡Habrase visto! Cuando lo único que estamos haciendo es expresar el horror que sentimos.

Recuerdo cuando en el instituto casi todos éramos antimaterialistas utópicos. ¿Qué nos queda de aquel idealismo? Una buena dosis de cinismo y reconocer que cuando hemos perjudicado a alguien por una equivocación, siendo nosotros responsables, si nos ha perdonado, su generosidad tan asombrosa nos ha hecho ver que realmente merece la pena que esté en nuestra vida.


viernes, 31 de enero de 2025

Reflexiones de un jubilado




 

Reflexiones de un jubilado.

Uno de los objetivos que debes plantearte en la jubilación es fortalecer tu cuerpo, fortalecer los huesos. El único remedio es someterlo a estresores, diferente de buscar estrés que nos enferme. Antes que acomodarte a lo suave, digestivo y falto de tono, debes ejercitarte. Comer aquello que te haga más resistente, como quien se toma un poco de veneno para hacerse inmune a la larga. Quizá por eso acudo a una cafetería que tengo cerca de casa y pido unos churros a sabiendas que por muy apetitosos que sean tiene algo de pócima que a la larga me harán más fuerte y a la corta más feliz.

Esto me hace pensar que son los contratiempos son los que nos dan un extra de motivación y ejercitan la fuerza de voluntad. Y que poco nos gustan cuando estamos acomodados a lo digestivo, suave, a lo predecible, a nuestra hegemónica forma de pensar de creer en las experiencias vividas del pasado nos hacen ir sobre seguro y que cuanto ocurrió tiene ahora una razonable explicación y sirven de guía para conducirse.

¿Por qué este desvarío de argumentos? Están basados en la incontrastable fuerza de la naturaleza para librarnos su particular guerra y que todo lo que creemos direccional caiga por el precipicio del azar y tengamos que decirnos que “nunca me había pasado algo así”. La biología va a ganar la batalla a todos los que vamos al gimnasio, levantamos pesas, corremos… Qué decir de los que se exceden descompensados sobrepasando los límites.

         Lo último es perder la capacidad de reaccionar a lo que nos maltrata, ya sea física o emocionalmente. Volvernos incapaces de huir de la agitación. Dios nos libre del amor tormentoso, de las rencillas familiares, de aferrarnos de manera obsesiva a ponernos a los pies de los caballos.

Huir de las obsesiones que se alimentan de la energía de nuestros pensamientos. A medida que más tiempo se les dedica más fuertes se hacen y más te dominan. El mejor paliativo es fomentar la curiosidad, el interés. Leer. Leer libros desacreditados. Alguien que lance una crítica furibunda contra un libro, abre las puertas del interés. A veces es un truco para ganarse la fama, pero provocar celos es señal de que las cosas le están saliendo bien. Que hablen mal de ti no debe decepcionarte cuando quieras alcanzar tus objetivos. Si eres incapaz de provocar envidias por tu independencia y libertad, es señal de que tienes que andar cuidando la imagen. Yo me visto como me apetece y mi esposa anda a las greñas conmigo por mi inadecuación cuando asisto a algún acto social. Dicho queda.

Si alguien se ha cruzado en mi camino con la intención de perjudicarme, me he crecido. Me hizo un favor, pues tenía que esforzarme y aprender otros recursos para hacerme más sagaz. Abandonarse a la buena vida, al confort, provoca que nos vayamos desajustando y envejeciendo. Vivimos más pero cada vez estamos más enfermos. El mito de los cazadores-recolectores del Paleolítico me llevaría a creer que todo es debido al exceso de bienestar en esta sociedad obsesiva en el autocuidado. En esa época nos habríamos librado de la superabundancia de nombres para todos los estados, síntomas y padecimientos del ser humano. De las incontables emociones, cuando los únicos estados de las personas son el hambre, el deseo y el miedo. Es nuestro paquete básico. Tristeza o alegría.

Necesitamos un continuo suministro de justificaciones y explicaciones para nuestros elementales actos. En este aspecto me gustaría parecerme más a una lavadora, con sus programas y botones, interruptores. Dejar de ser biológico y dependiente de infinidad de causas y efectos en un mundo tan complejo y encima querer comprenderme cuando los cambios de estado de ánimo, la ansiedad, falta de energía, el humor otoñal... forman parte de nuestra variabilidad humana.

En mi trabajo como maestro, entendí que era lo situacional lo que permitía mejor y mayor aprendizaje. Aprender palabras fuera del contexto donde tenían sentido servía para bien poco.

 Desprendemos de la tiranía de los malos hábitos. Poner en marcha el detector del aburrimiento.

 Fortalecer los huesos, que es lo único que evita el envejecimiento, cargando con las bolsas del supermercado y así ahorrar en mancuernas.

Y que no se diga que pienso demasiado y que hago muy poco.

jueves, 7 de noviembre de 2024

Misceláneas viajeras.

 


Misceláneas viajeras.

Capri

El viajero no debe de pasar más de un día en Capri.  

Partimos desde el puerto de Nápoles. Ves aparecer la isla como en una película: un barco que va la deriva que se encuentra con una montaña que emerge del mar con roncos acantilados y las cumbres cubiertas de nubes.

 Nada más desembarcar, una plétora de comerciales pretenden que compres un pasaje para darte un paseo en una barcaza alrededor de la isla. Es lo que menos apetece, bajarte de uno y subirte a otro. Capri es turística al cien por cien. Allí se va a hacer turismo. ¿Qué tipo de turismo? Depende del dinero que pienses gastarte. Pronto ves un bulle-bulle de gente de un lado para otro aflojando la cartera. Lo primero es pagar por llegar al pueblo desde el puerto. Tienes varias opciones y escoges la más típica y económica: subir en funicular. El dinero les cae como mamá del cielo a los nativos.


La vida es cara. Es territorio para millonarios, actores, políticos, empresarios… emperadores. Todo aquel que tenga el dinero por castigo.

 La miríada de turistas de medio pelo que desembarcamos no nos queda más remedio que contemplar los maravillosos acantilados al Mediterráneo, lo bien que están organizadas las villas en las laderas, la angostura de las calles, el sube y baja para llegar a cualquier sitio, los jardines, los escaparates de primerísimas marcas donde una chaqueta, pantalón, camisa… se lleva el sueldo de un mes.

Pero uno no va de viaje para coger complejos. Estés donde esté, y llegues a donde llegues, sabes valorar lo que ves sin que te afecte ningún sentimiento de inferioridad. Por algo uno ha desarrollado mecanismos de convencimiento. ¿A ver, qué sacaría uno de vivir en Capri? Si se necesita ser medio escalador para subir y bajar tanta cuesta por la que solo pueden circular vehículos estrechos que parecen tomados de un tiovivo. ¿Cómo te la apañarías para ir de compras al supermercado, suponiendo que des con alguno?  ¿Hay algún medio de escapar de esta famosa isla cuando el mar está embravecido? ¿Quién demonios es capaz de vivir en semejante encierro?

Estás cuestiones sólo se le plantean a los que nunca han vivido en la opulencia, o no son hijos de los nativos isleños; a los que llegamos en barco para hacernos fotos y nos marchamos al anochecer; a los que antes de sentarse en una mesa en la pequeña plaza para tomarse un simple capuchino deciden que no piensan que le tomen el pelo cuando ven lo que les van a cobrar; a los que disfrutan comiéndose un bocadillo contemplando los acantilados, sin la presión de un camarero que piensas que te ha calado.

Sí, uno tiene suficientes recursos para mantener la dignidad de clase trabajadora y no salirse de sus estándares de vida. Al fin y al cabo, lo mejor, prodigioso y gratis, son las fantásticas vistas con su puesta de sol, la misma que disfrutaría el emperador Tiberio, el viaje de ida y vuelta a Nápoles en barco y haber estado, en definitiva, en Capri.


Sorrento

Lo mejor de ir a Sorrento en tren es que vas y regresas sentado sabiendo que a la vuelta y pasar por Pompeya, decenas de turistas que esperan regresar a Nápoles, no tendrán más remedio que ir de pie apretados como ya te tocó a ti. Ahora son los otros los que te miran con rabia.


Cafeterías y restaurantes.

En Nápoles el café expreso está instaurado a cualquier hora del día. Los napolitanos están vacunados de los efectos insomnes de la cafeína. No se desayuna con pan, a no ser que quieras pizza. Los camareros cuando reciben propina te lo agradecen al límite de quererte abrazar.

En el restaurante que cenábamos, el camarero debía atender las comandas y a la vez captar comensales. El encargado lo vituperaba cada dos por tres porque la gente no se sentaba. Entonces decidimos echarle una mano. Cuando alguien miraba la carta expuesta dudando, le hacíamos señas de que las pizzas eran riquísima. Un americano que hablaba italiano se dejó convencer por nuestros gestos y se sentó a nuestro lado. El hombre viajaba solo y no paró de charlar.

Breve resumen de lo que contó el americano.

Hasta la fecha no había estado nunca en Nápoles. Viajaba de turista. Tenía un amigo en Roma. Era padre de tres lindas hijas. Estaba jubilado. Vivía en Bruselas. Las hijas, casadas, estaban por no darle nietos. Nápoles le parecía una ciudad caótica, pero interesante. A Pompeya no había ido ni pensaba ir. Cuando terminase su periplo en Nápoles se iría a casa de su amigo en Roma…

Nos despedimos como si nos conociéramos desde hacía una eternidad.

Marchamos para recogernos en el hotel. Como era ya costumbre teníamos que pasar por medio de la tribu de negros vociferantes que a esa hora estaba en plena juerga. Las cafeterías recogían las mesas y baldeaban el interior con cubos de agua jabonosa. El recepcionista nos recibió con un lacónico “buona notte”.



            Apuntes en el Museo Arquológico y Nápoles por el autor.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Pompeya. "Huir o quedarme"

 



Nápoles. La excursión más deseada: Pompeya.

De haber vivido dos días antes de la erupción del Vesubio, como ciudadano romano en Pompeya y siendo propietario de una buena villa, rodeado de las comodidades de la época, dedicando las mañanas a mis negocios, a ir al foro a participar de la vida política, con mis sirvientes, con mi abono al teatro y un buen lugar en el anfiteatro para ver las luchas de gladiadores…  Todo eso mientras el Vesubio comenzaba a dar muestras de que no se iba a andar con bromas. ¿Qué habría hecho? ¿Huir o quedarme?

Cómo iba abandonar una villa que tanta felicidad me procuraba; con sus fuentes, pinturas, vistas a la costa. Aquel peristilo de columnas que se ve desde la calle como señal de posición... ni loco. Dos mil y pico años después aparecería mi molde para espanto de los miles de turistas que acudirían en masa a visitar lo que quedó de tanta opulencia. Los arqueólogos habrían retirado las montañas de escombros volcánicos que el malvado Vesubio arrojó con una fiereza y encono de mil demonios.




Y allí estábamos nosotros, y otros cientos de turistas venidos de todas las partes del mundo, contemplando lo que quedó de una ciudad tan organizada, de estatuas imponentes, con todo el equipamiento que los romanos la dotaron:  teatros, foros, templos, ingeniería, comercio... Solo quedaba el reflejo de aquellas pobres gentes, de su modo de vivir, sentir. Sombras bajo cientos o miles de toneladas de materiales volcánicos.

         Año 79 D.C. Horas antes de la erupción.

A medida que pasa el tiempo, solo, estoy tumbado en el triclinio. Ya no se escucha el rumor de la fuente en el centro del peristilo porque el agua ha dejado de manar. Tengo la vista puesta en la cima del Vesubio y las laderas incendiadas. En la penumbra, arden los candiles encendidos en las hornacinas de los dioses. Siento leves y continuos temblores de tierra. Los cortinajes de las dependencias que dan al patio se mueven con una brisa suave. En la calle se escucha el incesante tráfico de carruajes, voces, borrachos, ladrones.

Cerca, uno de tantos prostíbulos permanece abierto. La pintura de Príapo que mandé hacer a la entrada, después de traspasar el cubil del portero, se enseñorea con su gran pene. En el foro, por la mañana, escuché que en las cisternas quedaba agua para dos días porque una parte del acueducto que viene desde los Apeninos se había derrumbado; ya se había dispuesto para su reparación. Que no se aconsejaba beber agua porque salía sulfurosa.

Acaso, digo, ¿por qué me iban a abandonar mis dioses que tenía por todo el domus a los que había colmado de ofrendas?

 Sí, yo sería de los que se habrían quedado petrificados para la eternidad. La gente del futuro se preguntaría quién era aquel infeliz. ¿Por qué no huyó como habría sido lo oportuno? Los arqueólogos en su empeño de argumentar qué pintaba yo allí después de retirar los seis metros de ceniza volcánica, propondrían varias hipótesis: la más plausible, según ellos, era que fuese un esclavo que se quedó al cuidado por orden del  dueño; otra, que era un caco que aprovechando el lío le pillo una ola piroclasto; otra, que me torcí un tobillo; y así tantas como ocurrencias den para imaginar a alguien que su molde aparece solo, sin más nadie, porque mi familia, estoy seguro, más sensatos, se marcharon cuando presintieron el desastre que se avecinaba. ¡Ahí te quedas al cuidado! ¡Ya nos contarás!, me dirían mientras los veía trasponer junto con otros cientos de pompeyanos por una de las puertas de la ciudad.


Año 2024 D.C.

Los dioses cuando de verdad te abandonan es a la vuelta de Pompeya de regreso a Nápoles. Estamos desde las once de la mañana y aún nos quedan lugares por visitar, cuando suena un pitido en las ruinas que crees que es la alarma de un coche. Son las seis de la tarde Es para que vayas marchándote. Está añocheciendo. Una marabunta de turistas nos vamos agolpando en la estación. Llega el tren que viene de Sorrento ya cargadito. Entramos a empujones. No apto para quien sufra de claustrofobia, apretamiento o simplemente crea que viajar así no es humano. El tren para en cada estación, apeadero. Un regreso de pie de cerca de una hora. Miras con rabia a los que van sentados. Ellos desvían la mirada.

                            Continúa...

                 

miércoles, 30 de octubre de 2024

Nápoles. "Maradona"

 

El autor con Diego Armando Maradona. (Nápoles)

        Pronto cambiarán de nuevo la hora y cuando sean las ocho de la noche deberían ser las nueve.

    La zona donde está el hotel Edén en Nápoles nos advirtieron de que no era segura. Al llegar de mañana, el taxi que cogimos en el aeropuerto nos dejó cayéndonos un agua torrencial a dos metros de un voladizo. Nápoles nos recibía con el diluvio universal. El taxista había cobrado a la partida. A los ocho ocupantes nos apremió a bajarnos. No podía perder tiempo.


         El hotel, próximo a la estación Garibaldi, es un edificio antiguo que da a una avenida donde la circulación se atasca porque alguien aparca y cierra el paso en la rotonda a los autobuses. La solución es dar marcha atrás. Por un gran ventanal se deja ver el cielo. No ha vuelto a llover y luce un sol de verano media hora después de llegar al hotel empapados.

         En la acera del hotel Edén se asientan unas mujeres enormes de raza negra. Esperamos que el recepcionista del hotel las espantara porque se habían refugiado de la lluvia con sus productos bajo la marquesina. Cuando descampó, abrieron unos maletones enormes llenos de extrañas mercancías: bolsas con  raíces, en otras unas "habichuelas" del tamaño del dedo pulgar, abalorios, unas cajitas que a mí me da por pensar que contenían un meollo vigorizante…

         El hotel Edén tiene algo de paraíso venido a menos. La habitación es de techo alto, un ventanal con postigos y celosías de madera, el cuarto de aseo con un enorme lavabo y una bañera desportillada… Lo mejor es su localización: cerca de la estación, del metro, cafeterías… y de una tribu de africanos que de noche se emborrachan con la cerveza patria Peroni, fuman marihuana y gritan como energúmenos.

         Cerca hay un gran parque para disfrute de actos vandálicos y grafiteros, por el que no nos atrevemos a cruzar. Pocos metros más allá, dos vehículos militares están aparcados. Un grupo de soldados patrullan por las mediaciones. Llevan armas de asalto. Se les ve tranquilos, como cumpliendo con una rutina, absortos en sus pensamientos. Les hago una foto y no se molestan. Cada dos por tres te encuentras un montículo de basura que recogen de noche y crece de manera espontánea en el mismo lugar durante el día. A pocos metros están los contenedores para echarlas clasificadas. Los pasos de cebra apenas se notan. ¿Dónde están los semáforos para los peatones? Cruzar una calle es arriesgado. Te lanzas con el corazón sobrecogido. Es cuestión de habituarte.

         De la estación Garibaldi parten los trenes para las próximas excursiones que pensamos realizar: Pompeya y Sorrento. A la isla de Capri se va en barco. Lógico. Cogemos el metro para descubrir Nápoles, regresamos en metro… La estación se vuelve nuestra segunda morada.

         Como debemos aprovechar el día, la primera salida la hacemos al Nápoles clásico; el original, el de cine, donde está el barrio del cuartel español “Quartieri Spagnoli” con una enorme pintura de Diego Maradona vestido con equipación del Nápoles. El dios para los napolitanos.




Las calles son empinadas, angostas. De cualquier callejón, en un instante, sale una Vespa pitando para que te apartes. Caminas de sobresalto en sobresalto. Aun así, es todo un espectáculo. Los edificios son altos de cinco y hasta siete plantas, imagino que la mayoría sin ascensor. Miras para arriba y ves balcones con tendederos abarrotados de ropa, mujeres que sueltan un canasto atado a una cuerda para que alguien les eche la compra. No hay ningún edificio nuevo o pintado, todo está desconchado, ennegrecido, mugriento, pero habitado. Los locales comerciales son pequeños. Se ven herrerías, carpinterías… autosuficientes. Muchos negocios viven del turismo. La marca es Maradona. Toda una infinidad de artículos desde las camisetas de fútbol, bebidas, refrescos y todo tipo de recuerdos. En el frenesí de gente haciéndose fotos frente al mural del astro del fútbol, están los motorizados napolitanos y napolitanas abriéndose paso con sus Vespas a todo trapo.


 Con mi camiseta de Maradona bajo el brazo, regresamos al hotel.       

         Abro el ventanal en la habitación y observo el trajín napolitano que es como el ajetreo malagueño o de cualquier gran ciudad. Lo mejor es que no hay que calentarse la cabeza para buscar donde tomarse un café o comer. En la calle, cruzando por la tribu de los bebedores de cerveza y fumadores de marihuana a la vista, están los restaurantes. El olor a pizza está por todas partes. Todo gira en torno a la pasta. ¡Menudo descubrimiento!

         Pronto nos hacemos habituales de la misma cafetería y restaurante. Si te atienden bien, el precio es módico y la pasta está rica, para qué vamos a probar suerte en otros. Así evitamos desengaños.

         La noche cae y se llena de seres sospechosos. Los mismos que de día no te acongoja su presencia, a la escasa luz de las farolas piensas que tienen el propósito de atracarte. Es lo malo de haber leído antes de venir el libro de Roberto Saviano “Gomorra”. Vienes con le mente de una Nápoles delictiva, llena de drogadictos y en manos de la mafia. Puede ser. Imagino que la presencia del ejército y tanta policía pone coto a la maldad que imperaba.  De todas formas, las caminatas te tienen agotado y la digestión de tanta pasta te adormece y pide cama.   

                                            (Continúa)