sábado, 7 de febrero de 2026

Proyectos

 

Así que del contento, en los últimos meses cuando se acercaba mi jubilación, de aquellos anhelos y felicidad de no tener que ir más a trabajar, de tener que dejar de levantarme con la machacona idea de que lo mejor que me podía pasar en la escuela era que no me pasara nada, con el estado continuo de alerta y el cortisol en sangre haciendo de las suyas; a medida que iba llenándolo de esperanza y que sería un triunfo vital, de lo que menos me podía esperar es que acudiría al poco tiempo de mi estreno al psiquiatra para que me diera una explicación y una cura al porqué yo no me sentía feliz y sí ansioso.

Una etiqueta psiquiátrica se daba por sentado que tendría efectos consoladores y curativos en pleno 2020. A falta de no encontrarme ninguna dolencia significativa y con la recién estrenada jubilación, el diagnóstico somero de añorar el mundo laboral ni siquiera encajaba en un cuadro de depresión. No era una patología. Correspondía más a un estado de ánimo. No había medicación, ni etiquetaje, salvo que me hundiera más en el pozo de la nostalgia. El sano remedio era que encontrase algo útil que hacer. Ir a su consulta por aquella nimiedad era de gente aburrida. Obvié esta digresión cundo se lo refería a algún conocido. La sensación era de ridículo ante el doctor y más cuando en la sala de espera a los pacientes si se les notaba un verdadero sufrimiento.

Busqué en las redes de Internet para abrir el espacio mental. Aparecieron todo tipo de consejos, actividades, libros, corrientes new age. El canto de las lamentaciones se convirtió en el centro de cualquier charla con amigos y familiares. Daba la tabarra de que la jubilación no era un parque temático de tiempo y actividades aparcadas, sino un bosque de sombras del que me iba a costar salir. Hasta que no tuve más remedio que abandonar la canción porque la gente se cansó de escuchar aquel desconsuelo y lamentos injustificados. Me estaba convirtiendo en ser insoportable.

Había pagado a un profesional para que con una simple obviedad me despachase. Quería que me dijera que me sentía deprimido por haberme jubilado porque la jubilación, en sí misma, deprimía a gentes sensibles y tan realizadas. Recuerdo que en filosofía esto se llama una tautología.

¡ Menudo descubrimiento!

Para salir indemne de la tautología debía embarcarme en una empresa que me ocupara. Crear o convertir algo en un proyecto de vida que consumiera mi finito tiempo. Así que decidí hacerme con la casa de mis padres y revertirla en el proyecto de mis sueños.

Una casa más alta que ancha. De tres plantas, con un patio en alto. Llena de espacios y oquedades. Obsoleta. Donde me podía dedicar sesiones sabatinas a reparaciones pues todo allí era susceptible o bien de mejora o de una radical transformación. Muebles, los pocos que quedaban, para lo único que servían era para hacer una pira en el patio. Una casa imposible de calentar, en la que se podía instalar una chimenea. Quién no ha idealizado el calor de un hogar, su cálido fuego, la leña apilada. Una casa que rezuma emociones, sentimientos. En la que por la escalera llegaría el apetitoso olor a comida recién hecha. El cubo de latón en el patio con los geranios. El lustroso jazmín. El gotear del grifo de la pila que no cierra.

Veía, en mi imaginación, cada detalle que era capaz de cruzar con los ojos cerrados los espacios donde me esperaban mil faenas entretenidas, manipulativas y subyugantes. La casa de fantasía se había hecho acogedora en mi mente, sin mover un solo músculo. El tratamiento ideal para la depresión y la ansiedad por jubilación, pensaba.

La realidad era que quería convertir un capricho, cuya base siempre iba a ser una idea arbitraria o insensata, como obra de arte en que el ingenio o fantasía romperían la observancia de las estrictas reglas que conllevan las reparaciones de albañilería, fontanería, electricidad… Que con independencia del dinero que derroches, resultaría siempre inacabada, parcheada y vulgar. Los problemas estaban enraizados en su propia naturaleza y solo con mirar viga tras viga el alma se te debía caer a los pies.

                ¿Quién podía vivir día tras día entre los errores de su imaginación materializados en algo tan sólido como el ladrillo? Volviendo a las tautologías: la casa se arreglaría y sería más cómoda en la media que no terminara nunca de repararla. ¡Un disparate!

Me encontraba en ese indemne espacio de que no sabía para qué es la vida ni qué hacer con ella. Era como si me hubiesen vuelto a destetar y nadie me llevase de la mano. Necesitaba llenar el tiempo de algo manual y darle un valor productivo. Aburrirme con la rutina es la mejor aspiración. Llenar un número apacible de horas mientras no nos arruine la artritis, el Alzheimer…  Pensaba beberme experiencias saludables. Mover sacos, pintar puertas, enlucir, arreglar grifos... Antes de que continuara con la inacabable lista mental aparecía una fatiga crónica que me desvelaba de mis ensoñaciones. Si yo vivía mucho mejor entre mis adquiridas y agradables hábitos, a qué venía esas obligaciones desbordadas de credulidad. Impostaba una seguridad que vendía sin proponérmelo a los demás como un engreimiento.

Cuando me puse manos a la obra me sentí anegado de sentimentalismo. El único acicate para tamaña locura. La casa de mi infancia, hasta que marché a la universidad, completaba un ciclo temporal del ayer y el hoy de manera enrevesada en la mente. Cualquier espacio, objeto, puerta, peldaño, tabique... estaba tan inmerso de recuerdos que me paralizaban en la labor dejando mis manos quietas. Al poco tiempo paré las idealizaciones y pude verla como en lo que realmente se había convertido: una empresa que a falta de un tejido familiar y social había dejado de sujetarme desde que fallecieron mis padres.

Con esa extraña capacidad que tengo de no cumplir lo que había prometido y teniendo que dar la cara a los que alguna vez se creyeron mis promesas, abandoné el proyecto dispuesto a dejar de concretar un sueño sin sentido que estaba fuera ya del espacio y del tiempo que aún me quede por vivir.