miércoles, 20 de septiembre de 2023

Mi madre.

 

            Si hubiera sido por mi madre, me tendría que haber dedicado a curandero. Me dijo que había llorado en su vientre lo que me capacitaba para imponer las manos y aliviar el dolor o padecimiento de la persona que se prestara. He vivido con esa potencia y no le he sacado ningún partido salvo para presumir cuando llegado el caso en una conversación de tema esotérico he acaparado la atención acerca de mi don con las sencillas palabras: “lloré en el vientre de mi madre…” Lloré en el vientre de feto y fuera siendo niño, pero ocultándome de la vista de todos porque en mi casa no se les prestaba atención a los llantos. Éramos muchos y las circunstancias imposibilitaban dedicar esfuerzos a sentimentalismos, a no ser que las lágrimas las produjera alguna caída o golpe, entonces sí te socorrían y consolaban.

         Mi madre sí tenía especiales poderes y no porque llorara en el vientre de la suya. Su talento era indudable para pronosticar, anticipar o vaticinar sucesos. A dichas capacidades precognitivas o premonitorias me he acercado algunas veces con bastante atino quedando asombrado por el acierto. Otras he fallado, lógico. En una mente racional no caben supersticiones, todo obedece a una cuestión probabilística, matemática; pero era tan extraordinarias y tan determinantes que incluso me hacían dudar de si sería alguien especial. De existir mi madre, corroboraría que lo era porque creía en los dones. Ella sí dio muestras de tenerlos.

         Leía las caras de las gentes y afinaba en la psicología oculta por las falsas imposturas. Lo que mejor se le daba era tratar con los listillos, sabihondos, mujeres chismosas o envidiosas. En cualquier charla rápida y fugaz les dejaba claro que les había leído las intenciones, que se la podían pegar a otro, casi siempre a mi padre, pero nunca a ella y los ponía en su sitio. Estaba claro, con esta mujer, pensaban, negocias, te rindes, huyes o estás perdido.

         Defendía a ultranza a los de su sangre y en especial a los que creía más vulnerables. Qué nadie osara meterse con uno de los suyos y menos aún con los que ya no estaban en este mundo. Al maldiciente antes de que abriera la boca ya le había soltado una andanada que le dejaba estupefacto, porque sólo el que iba a hablar sabía lo que tenía en mente y mi madre se le había adelantado leyéndole el pensamiento antes de soltarlo. Su magnífica memoria y rapidez le permitía a la velocidad del rayo endilgarle algo turbio de su vida personal que le dejaba temblando con la conciencia apestada porque aquello el tiempo aún no lo hubiese borrado. Estaba claro, con esta mujer, pensaban, mejor no enfrentarse. Desparecían para el resto de la existencia y con ellos sus intenciones de hacer daño a la familia.

         Solía mi padre, hombre templado, reflexivo y atado a las correcciones, dejarla a su albur cuando algo se tenía que solucionar por la vía rápida y con métodos drásticos. Saltándose a la torera los convencionalismos y las esperas, sin reparo en hablar con quien fuese necesario, con su presencia de señora, correcta, era capaz de teatralizar en cualquier despacho, frente a cualquier autoridad o persona con tal conseguir lo que deseaba.

         Como en todos los pueblos y lugares la difamación es una actividad que se hacía sin base, por el simple placer de hacer daño. A la gente chismosa no les cuesta trabajo otorgarle carácter de verdad a un comentario cuando quien oye es de la misma calaña que el difamador. Alguien había extendido una calumnia a una prima hermana, mocita, bellísima, que pronto se casaría con un hombre mayor y de buena posición económica. El foco donde se cocía la deshonra era la taberna que frecuentaba mi tío, el padre. Por lo visto, entre sornas, los borrachines hacían risas e insinuaciones acerca de la malandanza de su hija. Lo puso en conocimiento de mi madre. Ella fue tirando del hilo de uno en uno. “Tú has dicho esto, ahora mismo me dices de quién ha partido”. La madeja se fue deshaciendo hasta que llegó al origen.

Una tarde invitó a una fulana a merendar. La mujer ajena a lo que le esperaba y chismosa por naturaleza aceptó. Delante de una taza de café con unas magdalenas en un plato, sin más preámbulos, la puso en antecedentes de lo que estaba ocurriendo y de cómo, nombrando desde el primero hasta el último, había ido desenredando el ovillo de las falsedades que circulaban sobre su sobrina hasta que dio con la única donde convergían los señalamientos.  La cara de la mujer se descompuso. No esperaba semejante encerrona. Mi madre, impasible, vio cómo se derrumbó. Aceptó la culpa y confesó que la había movido la envidia. Llorando y apelando a la sensiblería, dijo que lo había hecho porque no soportaba la suerte de mi prima cuando ella tenía una hija a la que los novios que le salían eran todos unos pelagatos.

Ya podía mi tío podía presumir de hija. Los falsos amigotes borrachines abandonaron las insinuaciones. Sobre mi tío se elevaba el manto protector de su hermana capaz de ponerlos de rodillas suplicando perdón si te metías con los suyos. Estaba claro, con esta mujer, pensaban, mejor no enfrentarse. Dejemos a este hombre en paz.

 

 

sábado, 9 de septiembre de 2023

Cháchara de verano

 

Todo empezó por un simple cruce de miradas cuando sentados en la barra de una cafetería, cercanos, ambos nos dimos cuenta como al descuido un señor bien trajeado frente a nosotros cogió el dinero que habían dejado abonando su consumición.

-Sé lo que le pasa a ese individuo. Yo he vivido en ese infierno –escuché su voz al tiempo que la miraba por si le estaba hablando a otro.  

Aclararé que una de mis debilidades es conversar con desconocidos. En estos tiempos las conversaciones con extraños se han reducido al mínimo. Es difícil entablar una charla con alguien que va a compartir un breve momento de tu existencia, y a veces hasta delicado porque la gente suele estar crispada y terminas condescendiendo en algún asunto del que sales enfurecido y arrepentido. Soy de los que comienzan hablando de algo intrascendente y logro conectar. A veces me he equivocado de interlocutor y he recibido un desplante en forma de gesto o parcas palabras. Esta vez fue ella quien sentía el deseo de hablar y no yo.

-Algún día tendría que ocurrir- dijo dirigiéndose a mí.

Sorprendido, permanecí en silencio, observándola. Mujer de edad que ningún hombre se atreve a estimar por cortesía. Si te pasas o te quedas corto, en tu cara se va a notar tus cálculos para que no se note mucho que mientes. Las mujeres escuchan lo que le dice un desconocido, leen tu expresión de la cara, la confrontan con lo que oyen y te etiquetan sin equivocarse. Ella tuvo que notar que me incomodaba pues de manera rápida miré algunos detalles que me compusieran la clase de persona que me estaba hablando. 

Observé su café a medio beber. Arreglada y de buen aspecto, aunque no era momento de buscarle las señales que orientan la edad, de manera rápida calibré que no le iba mal en la vida. Eso me dio seguridad.

 Me apartó la mirada y se concentró en los restos del café y como una sibila que va a profetizar algo, comenzó a contarme su historia. Más rápida en la valoraciones, sabía que había dado con un resignado oyente.

 Siguió después de aquella pausa.

-Frente a mí sentados tras una mesa, el gerente y el jefe de seguridad. Un aparato reproductor de video y televisión esquinado en la mesa. El jefe de seguridad le dio al encendido. En las imágenes se veía cómo entraba en la habitación de las taquillas donde el personal que trabajaba en el laboratorio guardaba sus pertenencias. El carro de la limpieza lo dejé obstaculizando la puerta para evitar sorpresas. Aquellas taquillas siempre estaban abiertas. Sabía las que tenía que registrar. Donde más me entretuve fue en los bolsos, pues tengo pasión por las cremas y la pintura de labios. Las carteras las abría y sustraía parte del dinero, no todo. No era tonta, aunque viéndome en el vídeo ocupaba el primer puesto en el podio de las más imbéciles a la que iban a despedir sin ningún derecho, calladita o “ya sabes” como me dijo el gerente con una sonrisa de satisfacción de haber cazado por fin a la ratera, “firmas o vas a saber cuál va a ser nuestro siguiente paso”.

 Aquella confesión me parecía muy personal, delicada, propia para no ir aireándolola a los cuatro vientos y menos a alguien que la casualidad ha sentado a tu lado. A pesar de lo que he dicho antes de mi debilidad porque los desconocidos me cuenten y charlen conmigo,  debería haberle advertido que podía arrepentirse. Incómodo, aún así seguí mostrando interés por la confidencia.

-Después de tres años y pocos meses perdía el empleo. En una esquina estaba de pie en la penumbra el granuja de mi jefe responsable de la limpieza de todo el edificio y de supervisar el trabajo. Lo único que dijo es que se sentía muy dolido y afectado porque “había quebrantado su confianza” ¡El muy chorizo! Él sabía lo que estaba ocurriendo. Si hizo la vista gorda es porque lo único que le interesaba era quedarse con el dinero que se le facturaba a la empresa por servicios que el personal que estaba a mis órdenes hacía de manera extra por miedo a represalias.

 -Lo que más sentí en aquel momento –continuó- era que ya no podría satisfacer aquel subidón de adrenalina que me producían registrar los bolsos, aparte de que aquellas miserables de compañeras lo celebrarían. Y con razón, pues las había tiranizado hasta los límites de la servidumbre, en especial a las novatas que venían con contratos temporales.

La historia me disgustaba. Era la confesión de una ladrona y mis juicios de valor tendría que callármelos. Soy muy complaciente, pero tengo un límite y hay temas que me desagradan vengan de donde vengan. Estaba por despedirme cuando me miró y sonriendo me dijo que aquello lo había superado como alguien que te cuenta una película convertida en historia pasada. ¿Algún mensaje o propósito escondía dándome a entender que tuviera  paciencia pues sólo era una larga introducción al núcleo del tema principal?

 -Una veterana avisaba a las nuevas de que cómo me las gastaba. La desmesura que tenía por guindar –paró un momento y sonriendo aclaró- Esta palabra era la que utilizaba mi pareja de entonces cuando me recogía del trabajo y me preguntaba qué había guindado hoy.

-Alguna vez, me serví de la novata de turno para que vigilara. Le decía que me avisara si venía alguien. Se quedaba de piedra.

Se dirigió esta vez mirándome y me preguntó qué cómo llegó a tener esa impunidad a pesar de que ya era vox populi su comportamiento. La gente es muy extraña. ¿Sabían lo que hacía y me dejaban? -Como era una pregunta retórica esperé a que ella me diera las razones, y continuó- Es la relación jefe trabajador corrompida en la pirámide de los más afortunados, arriba, los más desafortunados, abajo.  El encargado, yo, el contrato con la empresa a la baja… y miedo; miedo a señalarse, delatar, verse comprometida… eso les pasaba a todas: la maldita supervivencia de mantenerte y no caer.

La interrumpí y le dije que sabía lo que me quería decir. Que ambos habíamos actuado como cobardes por no haberle llamado la atención al tipo que se ha llevado el dinero dejándolo que se marchara. Aunque lo que me cuentas no es lo mismo que llevarte unas monedas de una cafetería.

-Es posible, pero creo que no me equivoco si te digo que ese sujeto padece el mismo problema y a saber lo que estará haciendo en otros lugares-  y continúo.

-El dichoso papel de renuncia ni siquiera lo leí. Para qué, sé que no podía negociar nada. Defenderme habría sido un absurdo. El encargado de seguridad mostraba una sonrisa de satisfacción por un trabajo que le valdría un reconocimiento a nivel profesional. Me mostró una carpeta que, según él, contenía la confesión de algunas empleadas que habían estado a mi cargo. Era un farol, allí no tenía nada.

-Cuando finalizó y apagaron el vídeo, ensoñé que me daba un desmayo, un infarto, y me tenían que me ingresar en la UVI. Era la forma que se me ocurría de devolverles el mal rato que estaba pasando. En el colmo de mi ensoñación me vi hurgando en sus pertenencias mientras ellos se empeñaban en salvarme la vida. Mi avatar les limpiaba los bolsillos y me entró la risa.

- ¿Qué podía decir yo en mi defensa? Que también había sufrido. Que durante días tuve retortijones porque les dio a aquellas malditas por ponerme Evacuol en mi comida para que tuviera las tripas sueltas y tener que cambiarme de bragas varias veces. Y lo peor aquel retardante que utilizaron para que me hiciera efecto horas después y un día le puse el coche a mi expareja para tirarlo a la basura. Me llegaron a poner de cebo una crema para el cutis de la cara de una marca carísima. La habían rellenado con Nivea mezclada de azafrán. Tuve la cara amarilla una semana. Decía que era una reacción de mi piel a unas pastillas cuando me preguntaban por aquella amarillez.

-El encargado de seguridad enumeró lo que le constaba que me había llevado: artículos de limpieza, de higiene, batas, montañas de papel higiénico… Con sorna me preguntó si en mi casa teníamos las tripas tan sueltas, o es que tenía negocios con un chino para vendérselo al por mayor- y continuó enumerando, basándose, eso sí, en las inexistentes acusasiones que tenía por escrito. Terminó. Lo sentí algo abatido, porque sabía que la única prueba era aquel vídeo donde no se veía que me guardase nada y en el que parecía estar buscando algo perdido.

Firmé.