Si hubiera sido por mi madre, me tendría
que haber dedicado a curandero. Me dijo que había llorado en su vientre lo que
me capacitaba para imponer las manos y aliviar el dolor o padecimiento de la
persona que se prestara. He vivido con esa potencia y no le he sacado ningún
partido salvo para presumir cuando llegado el caso en una conversación de tema
esotérico he acaparado la atención acerca de mi don con las sencillas palabras:
“lloré en el vientre de mi madre…” Lloré en el vientre de feto y fuera siendo
niño, pero ocultándome de la vista de todos porque en mi casa no se les
prestaba atención a los llantos. Éramos muchos y las circunstancias imposibilitaban
dedicar esfuerzos a sentimentalismos, a no ser que las lágrimas las produjera
alguna caída o golpe, entonces sí te socorrían y consolaban.
Mi
madre sí tenía especiales poderes y no porque llorara en el vientre de la suya. Su talento era indudable para pronosticar, anticipar o vaticinar sucesos. A
dichas capacidades precognitivas o premonitorias me he acercado algunas veces
con bastante atino quedando asombrado por el acierto. Otras he fallado, lógico.
En una mente racional no caben supersticiones, todo obedece a una cuestión
probabilística, matemática; pero era tan extraordinarias y tan determinantes
que incluso me hacían dudar de si sería alguien especial. De existir mi madre, corroboraría que lo era porque creía en los dones. Ella sí dio muestras de
tenerlos.
Leía
las caras de las gentes y afinaba en la psicología oculta por las falsas
imposturas. Lo que mejor se le daba era tratar con los listillos, sabihondos,
mujeres chismosas o envidiosas. En cualquier charla rápida y fugaz les
dejaba claro que les había leído las intenciones, que se la podían pegar a
otro, casi siempre a mi padre, pero nunca a ella y los ponía en su sitio.
Estaba claro, con esta mujer, pensaban, negocias, te rindes, huyes o estás
perdido.
Defendía
a ultranza a los de su sangre y en especial a los que creía más vulnerables.
Qué nadie osara meterse con uno de los suyos y menos aún con los que ya no
estaban en este mundo. Al maldiciente antes de que abriera la boca ya le había
soltado una andanada que le dejaba estupefacto, porque sólo el que iba a hablar
sabía lo que tenía en mente y mi madre se le había adelantado leyéndole el
pensamiento antes de soltarlo. Su magnífica memoria y rapidez le
permitía a la velocidad del rayo endilgarle algo turbio de su vida personal que
le dejaba temblando con la conciencia apestada porque aquello el tiempo aún no
lo hubiese borrado. Estaba claro, con esta mujer, pensaban, mejor no
enfrentarse. Desparecían para el resto de la existencia y con ellos sus
intenciones de hacer daño a la familia.
Solía
mi padre, hombre templado, reflexivo y atado a las correcciones, dejarla a su
albur cuando algo se tenía que solucionar por la vía rápida y con métodos
drásticos. Saltándose a la torera los convencionalismos y las esperas, sin
reparo en hablar con quien fuese necesario, con su presencia de señora, correcta,
era capaz de teatralizar en cualquier despacho, frente a cualquier autoridad o persona con tal conseguir lo
que deseaba.
Como
en todos los pueblos y lugares la difamación es una actividad que se hacía sin
base, por el simple placer de hacer daño. A la gente chismosa no les cuesta
trabajo otorgarle carácter de verdad a un comentario cuando quien oye es de la
misma calaña que el difamador. Alguien había extendido una calumnia a una prima
hermana, mocita, bellísima, que pronto se casaría con un hombre mayor y de
buena posición económica. El foco donde se cocía la deshonra era la taberna que
frecuentaba mi tío, el padre. Por lo visto, entre sornas, los borrachines hacían
risas e insinuaciones acerca de la malandanza de su hija. Lo puso en
conocimiento de mi madre. Ella fue tirando del hilo de uno en uno. “Tú has
dicho esto, ahora mismo me dices de quién ha partido”. La madeja se fue
deshaciendo hasta que llegó al origen.
Una tarde invitó a una
fulana a merendar. La mujer ajena a lo que le esperaba y chismosa por
naturaleza aceptó. Delante de una taza de café con unas magdalenas en un plato,
sin más preámbulos, la puso en antecedentes de lo que estaba ocurriendo y de
cómo, nombrando desde el primero hasta el último, había ido desenredando el
ovillo de las falsedades que circulaban sobre su sobrina hasta que dio con la
única donde convergían los señalamientos. La cara de la mujer se descompuso. No esperaba
semejante encerrona. Mi madre, impasible, vio cómo se derrumbó. Aceptó la culpa
y confesó que la había movido la envidia. Llorando y apelando a la sensiblería,
dijo que lo había hecho porque no soportaba la suerte de mi prima cuando ella tenía
una hija a la que los novios que le salían eran todos unos pelagatos.
Ya podía mi tío podía
presumir de hija. Los falsos amigotes borrachines abandonaron las
insinuaciones. Sobre mi tío se elevaba el manto protector de su hermana capaz
de ponerlos de rodillas suplicando perdón si te metías con los suyos. Estaba
claro, con esta mujer, pensaban, mejor no enfrentarse. Dejemos a este hombre en paz.