domingo, 30 de mayo de 2010

Finales de mayo

Estuvimos todos los hermanos y mi padre en la notaría para el testamento de mi madre. Mientras el notario daba lectura, escuchábamos serios, pues no deja de ser penoso que para beneficiarte de algo una persona ya no esté, a pesar de que nuestro rostro delataba cierto orgullo por haber tenido unos padres tan ahorrativos y que todas sus privaciones reviertan ahora sobre sus hijos. Después de oír lo que se testaba, mi hermano Valeriano me dijo: “Me apetece subirme a la mesa y ponerme a cantar bailando si yo fuera rico”.
Cuando terminamos nos fuimos a reponer fuerzas a la terraza de un bar. Pedimos unas tapas. Llegó el rumano con el acordeón y mi hermano Valeriano le pidió que tocase “si yo fuera rico”, y accedió gustoso. Valeriano, ni corto ni perezoso, se puso a danzar entre las mesas. Mi padre preguntaba a qué venía todo esto. La verdad es que no lo sabíamos bien. Quizás fuese mi madre la que estuviese detrás de nosotros alterando el curso de los actos serios para colocarlos en el punto que tiene que tener todo en la vida: convertirlos en un feliz sueño.
Terminamos todo por reírnos y el rumano feliz con su propina.

Se acerca el mes de junio, y al igual que los perros olfatean a la presa, yo venteo el horizonte de mi pueblo.

Mis propósitos para este verano son muy loables: escribiré hasta cansarme, pasearé hasta la extenuación, conversaré con mis amigos hasta hartarlos…

Otros propósitos loables pero que requieren un gran sacrificio:
Arreglar las sillas para el apartamento y así ahorrarme comprarlas en el Ikea. Han sido un regalo del profesor de yoga. Hasta las vacaciones permanecerán amontonadas en la casa de mi suegra.


Indicios para saber que se avecinaba la crisis:
El albañil que me reformó el cuarto de baño, en plena burbuja zapatera, me hizo una chapuza digna de una choza. Lo único que quería era cobrar cuanto antes, pues le urgía irse a relajarse a un spas con su señora. ¡Ojalá se hubiera ahogado en el jacuzzi!
Mi primo, con toda su ilusión y con la indemnización que le dieron a raíz de un tiro que le pegaron en el talón del pie y que le permitió librarse de seguir ganándose el sustento en un trabajo de esclavos, comenzó su proyecto en el que tanto había soñado: reformar su perrera en un centro bien acondicionado de cría de perros de caza. Hizo notables reformas: de seis perreras pasó a diez, al año siguiente ya podía atender cincuenta, y en plena cima económica, el doble. Un día me dijo, o se va Zapatero o tengo que empezar a comerme los perros.
La golondrina con piernas, dueño del bar de enfrente de la casa de mi suegra, se jubiló y el bar cambió de dueño. Las consumiciones se volvieron caras e incomestibles; da igual el orden.

El bar de la casa de enfrente ha vuelto a ser arrendado; lo ha alquilado una familia que quiere probar en el mundo de la hostelería. Le han dado otro enfoque al negocio. De local donde se tapeaba bien y se podía charlar, ahora se practica el cante. Es durante la siesta cuando los borrachos se desgañitan cantando. La especialidad de la casa se ha convertido en el grito pelado, atrayendo a una colosal clientela cantarina, vocinglera y de erráticas costumbres.
Mi suegra considera que es mejor así, pues un local abierto le da vida a la calle.

Desviarse del tema es un oxímoron.


Frases antológicas.

“Yo hago ventanas, no magdalenas” (Antonio Montero, herrero y especialista en carpintería del aluminio)
“No soy capaz de pegarle un tiro ni a un cura en un motón de cal” (Mi primo, cazador, con un tratamiento fortísimo para la hernia discal que le adormece el dolor y le nubla la puntería)
“Cuando me peleo con mi marido, en vez de castigarlo sin sexo le obligo a que cumpla el doble. Ese es el castigo que le impongo” (La Elo, mujer de mi amigo Alonso, que tamibén padece de prostatitis, como yo)

miércoles, 26 de mayo de 2010

26 de mayo

Parte primera.
Han transcurrido tres meses desde la creación del diario de Semana Santa. Volver sobre lo que conté me va a costar trabajo, porque algunos asuntos han evolucionado lo suficiente para llenar varios cuadernos. No quiero defraudar al pequeño número de seguidores, pues sé que a pesar de haber leído el blog por amistad, tienen una sana curiosidad por conocer cómo han terminado algunas de las historias que comencé. Noventa días dan para mucho, o para nada, según se cuente. Alguien me dijo que prefería llevar una vida ameboidea. Alguien, por supuesto, inteligente, partiendo del supuesto que la humanidad entera es estúpida o es inteligente. Las dos aseveraciones tienen sentido. Yo, a veces, me siento ameba. Enormes espacios de tiempo aparecen sin contenido. ¿Es que no he hecho nada durante ellos? En cambio noto a mi alrededor un bullebulle que me permite localizar mis pasos; así, de modo tan sencillo como cuento, sé que tal día estaba sentado frente a mi primo en su casa porque el discutía con su mujer acerca de, y cito frase textual: “estaba harto de chupópteros”, refiriéndose al yerno. O cómo pase la mañana de tal sábado en el taller de mi amigo porque llegó su cuñado cabreado, y cito, de nuevo, frase textual: “ya me he enterado de cómo mi mujer me ha puesto los cuernos”. Mi amigo y yo, intentamos calmarlo con mentiras del calibre: “Mujeres hay cuantas quieras” Y la mayor: “Igual a tu mujer encuentras mañana cien” Una cosa es quererlo calmar y otra tomarle el pelo. Su mujer era una “real hembra”, como dice Pepe el de la Fuente la Lana. Pepe puede utilizar esa expresión porque es un hombre rotundo. No se traga el rollo de que alguna vez existieron los “rinosaurios”, según él, porque nadie los ha visto. También cuenta que las estrellas se están muriendo, porque cada vez se ven menos de noche en los cielos, o que nunca ha habido hombres primitivos, pues no traga que “un orangután con una piedra en la mano, sea, por que lo digan los cintíficos nuestro abuelo”, proclama. Es también sabio. La crisis la predijo hace dos años, y a pesar de su robustez de ideas, no se ha equivocado en nada. Anunciaba un cataclismo económico porque los borregos costaban menos de lo que valía su producción, y todo porque había que mantener a una pandilla de señoritingos en sus despachos. Yo también sabía que la cosa terminaría desquiciándose cuando el arrendatario del bar de enfrente de la casa de mi suegra casó a su hija y se visitó de frac; parecía una golondrina con piernas. Un hombre que en su vida se había colocado una chaqueta y lo más lejos que había ido era al Mercadona, lo vistieron de esa guisa para mofa de todo el vecindario.
Bueno, volvamos al tema que nos ocupa. ¿Qué ha ocurrido desde que escribí el diario de Semana Santa? Los hechos son los siguientes, pero no en este orden.
Mi sobrina ya la han operado del pecho, y el bulto es inofensivo.
La casa de mi suegra está donde la dejamos.
Las presencias de los difuntos se están atenuando, ya no se aparecen tan frecuentemente, salvo mi madre.
Mi padre ha encontrado varios miles de euros de mi madre repartidos por los bolsos.
Me ejercito con el yoga.

Parte segunda.
Gracias a mi amiga Paqui practico yoga. Tuvo la delicadeza de acompañarme los primeros días de clase para ir introduciéndome. No me ha costado ningún trabajo, pues el ambiente es lo que estaba buscando: tranquilidad, ejercicio, buena gente y de paso encontrar algo de espiritualidad en el pozo seco de mi alma. Madita me observa de reojo, ella sabe que las novedades me causan auténtica emoción en los comienzos y voy por ahí predicando su excelencias. Hace tan solo unos meses hablaba maravillas del gimnasio Inacua y convencí a varias amigos y amigas para que se inscribieran. Ahora digo pestes. No soporto un lugar donde el deporte que más se practica es el individualismo. No puedes entablar una amistad con nadie pues los horarios tan flexibles no te lo permiten y nunca coincides con las mismas personas, y eso que éramos alrededor de ocho mil. Hay tantas actividades que nos sabes cuál vas a realizar y terminas por meterte en el jacuzzi. Lo pruebas todo y nada te satisface. Hubo días que por mi indolencia terminé con la piel fofa de tanto tiempo que pasé en el jacuzzi. No se me borrará nunca de la memoria la patética imagen de decenas de personas sobre las máquinas con los cascos puestos, yo entre ellos.
El yoga es diferente. Con mi esterilla al hombro marchó al centro y allí en un edificio antiguo, cerca de la Catedral, está la sala de yoga. Me reconforta caminar con tranquilidad, sin vehículo. Suelo llegar de los primeros, coloco mi esterilla y espero el comienzo de la clase en la posición del zapatero indio, la cual, según el profesor, es la que me va a fortalecer el suelo pélvico y me arreglará la próstata. La clases es dura, pues de lo que se trata es de poner en funcionamiento lo que lleva años sin moverse. Las corvas me duelen a rabiar. Cuando doblo la cintura para tocar el suelo con las manos me quedo a dos cuartas. Mis articulaciones se han endurecido a base de no estirarlas y mis órganos internos los siento gemir con las asanas más básicas. Voy de lunes a jueves, lo cual no es desaprovechar el tiempo. Regreso a casa en torno a las nueve de la noche cargado de energía a la vez que muy relajado. A ver cuánto me dura la fiebre.
Mi amigo Joaquín me ha dejado bien claro que el yoga no me sentará bien, pues nada se puede esperar de algo que viene de un país de gente que van tapados con una túnica y le pegan a la mujer y a los hijos con una caña. Él ya lo ejercitó durante cuatro años y sacó unas cuantas hernias en la columna de las que se tuvo que operar.
En el pueblo han ocurrido otras cosas:
-Mi amigo Juan se quedó parado.
-El mismo encontró trabajo.
-El yerno de mi primo sigue sin dar un palo al agua.
-Mi primo le echa la culpa a Zapatero de no vender ni un puñetero perro.
-Zapatero le echa la culpa a la crisis global que mi primo no venda ni un perro.