sábado, 31 de agosto de 2024

Viaje portugués. (Primera parte)

 


Viaje portugués. Primera parte.

         Uno es viajero o turista, es la pregunta. Viaja como turista, pero en el fondo lo que le gustaría ser viajero, ir por las carreteras secundarias, tomar por caminos que no sabe dónde le van a llevar, pararse en las ventas, charlar en las tabernas de los pueblos con los aldeanos… Sí, así sería, si uno aún viviera en los años ochenta, cuando la vida se preparaba para cerrar el ciclo de nuestros padres y abuelos del que apenas queda rastro.

         La primera etapa del viaje es Salamanca. Va a ser la entrada a Portugal por la que el viajero piensa adentrarse en una de las zonas más pintorescas –de haber sido en los años ochenta, habría ido a buscar lo singular del subdesarrollo en la región de Trás os Montes- El viajero hará todo el trayecto desde Málaga de un tirón. Huye del sofocante calor de este verano y del sufrimiento que le provocan las picaduras del mosquito tigre.

         Al viajero no le importa madrugar, con tal de salir lo antes posible y avanzar camino con las respectivas paradas que se irán sumando a medida que hace kilómetros para desesperación de su compañera.

         En Salamanca piensa pernoctar y al día siguiente salir para Bragança. Como llega agotado, prolonga otra noche la estancia, y no se arrepiente, porque por fin siente el deseado frescor. Es tal el contento que se dispone a correr por un frondoso parque. ¿En Málaga quién es el valiente que se echa a la calle a las seis de la tarde? La fronda del parque con sus fuentes y senderos cuidados, le parece de otro mundo. Ahora de lo único que tiene que cuidarse es de no lesionarse con la euforia.


         De noche en la Plaza Mayor, después de haber caminado por las calles con las respectivas fachadas de la Catedral, Casa de las Conchas, Universidad…  No hay tanto turista para una ciudad tan monumental. La noche es un encanto con una temperatura de dieciocho grados, justo en el punto que se lamenta de no haber echado una rebeca. Los jóvenes y lugareños están ajenos el fresco. ¿Es posible que el viajero se esté quejando de que siente frío?

         Al día siguiente, repiten lo mismo. Otro día más en Salamanca y terminará sacándole defectos, piensa para sus adentros. Lo mejor es machar para Bragança. Antes hay que subir al campanario de la Catedral porque le gusta disfrutar de las panorámicas. Quizá sea lo más anecdótico de toda la estancia cuando al subir por las escaleras en espiral de la torre, con la energía que le caracteriza, se mareó y tuvo que desistir para vergüenza propia y ajena. Picado del amor propio lo intentó de nuevo esta vez alcanzando la meta. Como hazaña es ridícula. Le ha quedado un poso de inseguridad porque algo de poca monta le suponga tal esfuerzo de control mental. Aviados vamos si nuestro aventurero se va arredrar a las primeras de cambio simplemente por subir unas escaleras empinadas y estrechas provocándole angustia.

         Parte para Bragança. Sin mapa, con el navegador está más pendiente de la pantalla para no despistarte que del paisaje. Cruza la frontera pasando de una carretera de doble sentido a una autovía. Apenas sólo transitan enormes camiones. El navegador le lleva por el sitio más corto y rápido. La geografía se resume en carteles con los nombres de las localidades y alguna reseña de un monumento que se va a perder al paso.

         El hotel es un edificio moderno, feo como la misma modernidad. No falto de instalaciones que son el disfrute de los turistas. Al viajero le va a importar poco pues lo que desea es estar cómodo. Aunque lo eligió porque estaba apartado de la ciudad y evitar el problema del aparcamiento, se siente satisfecho de la elección con su gimnasio, piscina y spas, incluidos en el precio. Piensa aprovecharlo todo. En la piscina solo hay niños bañándose. Los adultos están en las hamacas porque el agua está muy fría. En el gimnasio traba amistad con Luis, portugués, de su misma edad, pero con una fortaleza asombrosa. Realiza los abdominales más fuertes visto en su vida. Sobre una rueda cogida con ambas manos se tumba en el suelo y se levanta. Intenta imitarlo. Siente como los músculos del abdomen van desgajarse y eso que lo hace con las rodillas en el suelo.  

         De noche, a la hora del paseo, en Bragança apenas se ve gente para lo que son estas fechas. Ya está habituado a visitar ciudades cuyos cascos antiguos están en decadencia. Le es muy llamativo tantas casas y locales comerciales cerrados, abandonados, con los letreros deteriorados en los que lee los oficios en portugués: sapateiro, funileiro, tecidos… Imaginar lo que serían esas calles, el bullicio de gente, los negocios. Todo es tranquilidad, soledad, salvo en un pequeño bar donde unos hombres toman café expreso, algo muy habitual entre los portugueses a cualquier hora. El viajero sabe que de imitar esta costumbre no pegaría ojo.

         En la Plaça de Sé en pleno centro, hay más movimiento. El Café Chave d’ Ouro, uno de los reclamos que aparecen en Internet como más típico, está cerrado. En el centro de la plaza se alza una picota. A la acompañante las vistas le defraudan hasta el punto de expresar que Internet ha valorado algunas cosas al alza.

                                                                  (Continúa)

 

miércoles, 14 de agosto de 2024

La casa y sus espíritus.

 


            Quizá sea lo menos apropiado para un cónclave de espíritus hacer la reunión a las doce de la noche vísperas de feria en el pueblo. Acordamos este momento porque cada uno anda a sus cosas. Antes me presentaré.

          Mi nombre es Salvador. Fallecí exiliado en Francia en el 1938. Estoy enterrado en el mismo cementerio en la ciudad de Colliure en Francia, donde está también el poeta Antonio Machado. Bueno, allí están mis restos. Me vine aquí a la casa de mi madre al quedar vacía porque Pura y Francisco se marcharon a Málaga para no volver. Es donde nací, me críe y de la que partí para Francia y de ahí a la eternidad. Ya lo dijo el poeta, la patria de uno es la infancia, la mía es Archidona y la casa. Después de deambular por infinidad de sitios, aquí es donde me encuentro a gusto.   

         Como entelequia o espíritu llevo una vida tranquila. Francisco y Pura ya no están con sus seres queridos. Ellos apenas se dejan ver por aquí. Del mundo físico, del material, sólo alguna que otra vez, me encuentro con sus hijos y sobrinos. Vienen a llevarse algo, traer, hacer algún arreglo o simplemente a recordar momentos. Me entretienen cuando llegan. Son ruidosos, van de un lado para otro, como si aún pretendieran encontrar el oro que se escondió cuando marchamos todos los hermanos, ya mayores, cogidos a la falda de mamá porque aquí teníamos los días contados cuando estalló la Guerra Civil.  Oro que yo sé dónde está y que alguno ha andado cerca de encontrarlo. Me entristece contemplar que los recuerdos y las añoranzas los dejan ensimismados con la mirada perdida en un objeto o espacio. Les escucho hablar consigo mismos en baja voz y suspirar.

Cuando llega la noche suelen aparecer más familiares. Deambulan por la casa. También sienten y discuten como lo hicieron en vida. La matriarca de todos sigue siendo la abuela Pura. Les gusta revivir momentos pasados. Aconseja, pelea, colabora… Pasarse todo el eviterno mano sobre mano no es lo suyo. La Gloria puede ser muy aburrida para una mujer que llevó una vida tan intensa.

Hoy han entrado el nieto de Pura con un amigo. Me han interrumpido mi descanso –jajaja- Andaba vagando de un lado a otro cuando oí abrirse la cancela. Fui tras ellos escuchando los encomios a la casa y los desagrados. Planta por planta, habitación por habitación han entrado en todas. En la que da a la calleja, donde está el cierro, al salir les he puesto una silla. “Seguro que la verán al bajar de la tercera planta.” –he pensado con ganas de pasar un rato divertido- Qué sería de la no vida que llevo si no me permite dar algunas humoradas. Además, algo tendré que contar en la próxima asamblea para la noche del catorce de agosto. Seguro que reirán la ocurrencia. Me pregunto al poner la silla, cómo de impresionables son estas criaturas.

Mientras han estado en la última planta, el amigo comenta que le encantan las vistas: la parte baja del pueblo, la vega, los montes de olivos. Le desagrada algo tan feo como los huertos solares que no dejan de crecer y están apagando los colores de las estaciones en el campo. “Es una casa portentosa, algo ruinosa, pero linda”, ha dicho. Han continuado el periplo, hasta que al bajar han visto la silla en medio obstaculizando la entrada a la habitación. Se han preguntado uno al otro quién la habían puesto, sí era por gastarse una broma. Los dos lo han negado. El misterio les lleva a solapar la creencia de que ha sido un fenómeno paranormal, obra de un espíritu. Sus rostros están algo desencajados, lástima que no sea de noche porque les iba a quitar la impavidez con un somero ruido de puerta que se cierra.

Se han marchado, impresionados. Dudan de contarlo, porque a estas alturas quién se traga una historieta de fantasmas.

Mientras, están llegando ánimas de familiares. Todos han tenido una relación con esta casa o con la gente que la habitó. Son gustosos de llegarse por estas fechas del quince de agosto: día de la Patrona la Virgen de Gracia. Quizá estemos solos. Quizá vengan los nietos de Pura y Francisco. Quizá mañana tengan más historias de fantasmas.

         


viernes, 9 de agosto de 2024

Adiós Paloma. (Tercera parte)

 


            Han transcurrido cinco años desde que tuve aquel encuentro en el desabrido bar.  Me fui del apartamento y se lo dejé todo. Mi vida había cambiado de manera radical. Claudia y Paloma no se esperaban que fuese tan fácil, se instalaron y arrinconaron mis escasas pertenencias hasta que las arrojaron a la basura.

         Todo empezó cuando llegó la noche y decidí dar un paseo por el parque. No había forma de dormir. El termómetro marcaba treinta grados. El terral de Málaga que enajena las conciencias nublaba el razonamiento. Mi ánimo cambiaba a un ritmo de metrónomo: animoso, hundido, desesperado. Perdía la esperanza de tener fuerza para enfrentarme a Claudia y liberar a Paloma de su nocivo influjo. Porque una cosa si tenía clara o medio clara; o era lo que me reconfortaba: que Paloma estaba secuestrada emocionalmente.

No estaba para seguir lo ocurrido durante el día y que los noticiarios se habían hecho eco. Un objeto desconocido había estado surcando el firmamento. Mirar al cielo a plena luz incandescente no era de agrado, por lo que nadie hizo una observación puntual de qué era y se dejaban llevar por las noticias que bailaban entre un meteoro o artefacto espacial en desuso con trayectoria imprevisible. ¿Qué otra cosa podía ser? Tal como hizo su aparición, desapareció sin dejar rastro. Los más ufanos hablaban de ovni porque aún queda gente que cree en la vida extraterrestre. Referían haber visto una nave rojiza semejante a un bidón con un extremo encendido como un cigarro. El sentido común se imponía a los que decían semejante disparate y se les dejaba por fantasiosos delirios víctimas de la cuarta ola de calor que padecíamos.

         Salí a despejarme al parque. Caminaba ofuscado. La noche insoportable de calor, con una humedad pegajosa, que te hacía transpirar como si estuvieses corriendo, hizo que fuera buscando las umbrías, apartándome de los senderos. De vez en cuando me cruzaba con una pareja, un grupo de muchachos o alguien solitario que paseaba un perro. Eran más bien espectros que resoplaban. Mis pensamientos embadurnados de un fiero coraje iban desde las finas venganzas a las más groseras contra Claudia. La mente saltaba como un mono irritado. Caminaba con la sensación que da la seguridad de estar en un paraje urbano que tenía más que visto. Podía marchar con los ojos tapados y saber en qué lugar me encontraba.  Los árboles fueron cambiando de aspecto como salidos de una novela gótica. Bajo el efecto de la oscuridad espesándose fui adentrándome por un camino desconocido que se abría como una novedad en aquel paisaje trillado. La única referencia eran voces cada vez más lejanas de gente.

         Estaba seguro que no alucinaba. Acaso un camión con las luces encendidas, qué hacía allí en mitad de la noche y en la espesura. A medida que me acercaba entendí que aquello no era normal. Un silencio brusco. Unas luces ámbar a las que me dirigía y que se apagaron. Mis pasos se hicieron cada vez más lentos. Era como si de golpe la gravedad de la tierra hubiese cambiado y me impidiera caminar.

         Una puerta se abrió. La luz a sus espaldas que salía del compartimento me impedía verle el rostro. La forma era de un ser normal, quizá con los brazos y las piernas más largas. La cabeza… Del resto ya no me acuerdo.

         Pues sí. Hasta la fecha lo he guardado en secreto. Estáis en lo cierto. Fui abducido por los extraterrestres. Algo me tuvieron que hacer en aquella nave porque cuando desperté en mi cama era otro. Tenía la piel más joven, la mirada profunda, fuerza, ímpetu. La vida me iba a cambiar completamente porque era capaz. Ahora soy rico, atractivo y triunfo. Pude decir al día siguiente: adiós Paloma.   

                                     

                                      Debería continuar.

        

martes, 6 de agosto de 2024

¿Qué pasó, Paloma? (2ª Parte)

 

En la madrugada el dolor de la ausencia de Paloma lo comunicaba el gato de la vecina: unos maullidos plañideros que se escuchaban como salidos de debajo de mi cama y rebotaban en el silencio del apartamento. Sabía por la dueña que al gato no le pasaba nada. “En la última analítica estaba muy bien de salud, es cosa de que es muy sensible a los sentimientos de los demás” la oí una vez comentar en el descansillo excusándose de las molestias con otro vecino. ¿Podía el gato estar sintiendo mi desdicha?

Llamé al trabajo para excusarme de que no iría porque estaba enfermo. El compañero que cogió el teléfono dijo algo como “allá tú” que en otras circunstancias me habría inquietado. Ahora me daba igual. Había quedado con la amiga en un bar cercano a su vivienda. Actuaría de mediadora, según ella. Paloma ya nada quería tener que ver conmigo.

Llegué a una barriada de bloques apelmazados, todos iguales, con calles estrechas y sofocantes. Los vehículos aparcados de cualquier manera invadiéndolo todo, con un calor de horno. En un impersonal bar, estaba esperándome. El verano se disponía a destrozar el poco ánimo de los escasos malagueños que pisaban el asfalto. El sudor, la camisa pegada… cuando entré una bocanada de aire glacial puso el contrapunto, aunque tampoco era para saltar de contento. Claudia, la amiga, me señaló dónde sentarme; frente a ella.

Después de unos parcos saludos, y mirándome de través, me dijo que sería breve, porque para qué iba a alargar algo que ya tenía las palabras contadas y exactas.

Con la corrección que me caracteriza, le di las gracias por reunirse. Dijo que me las ahorrara. Abrió el bolso y sacó una hoja de papel que desdobló. Creí que era el listado de peticiones: ropa, libros, utensilios…  que se supone me pediría para que se los empaquetara y llevárselos. Claudia, clavándome la mirada, ( yo veía sólo fechas escritas), de forma contundente, habló:

-Te vas a marchar del apartamento. Lo necesitamos. Esperaremos unos días; los justos hasta que te largues. Estos son los plazos para que saques tus cosas y no quede rastro de ti.

Me negué. Tenía que hablar con Paloma. Ella tendría que darme razones de por qué era tan dura. Podíamos llegar a un acuerdo, como personas que han convivido juntas. El rostro de Claudia era de alguien desquiciada, loca de atar. En ningún momento cambió su expresión cínica y malvada; de alguien que disfruta con el malestar y sufrimiento ajeno. Noté que algo se me removió dentro, como si me hubiese crecido un órgano nuevo y biloso. No pensaba decirle amén, aquello era una locura. Con una rabia contenida, siguió:

-Paloma no te conocía, alma de cántaro. Soy quien le ha abierto los ojos. Le mostré la clase de hombre que eres: un ser ridículo, achicado, insignificante, sin logros en la vida… -miré alrededor pensé que tampoco era ella un modelo de triunfadora, y curiosamente logré arrojárselo a la cara. Esta vez si fui capaz, lo que provocó que se le encendiese aún más la llama de la ira:

-Aquí donde me ves carezco de escrúpulos. Así que no me lo pongas difícil. He estado vigilándote, imbécil. Te conozco mejor que tú a ti mismo. El trabajo, tus rutinas… -caviló un momento, como pensando la velada amenaza y con la misma  conmiseración de un verdugo, concluyó-, enfadada soy terrorífica.

Me sulfuraba que aquella mujer fuese la que había dinamitado mi relación, mandando a hacer puñetas el equilibrio, la seguridad y tranquilidad de mi vida con Paloma. Sus insidias que había sembrado de mí en su cabecita. Aquel fiero y chusco ataque, y la absurda idea de que me fuera del apartamento para que lo tomaran ellas dos, me revolvieron las tripas y con una valentía desconocida, le solté:

-Lo siento, pero si te crees que te puedes aprovechar de mí, estás equivocada. –le dije al tiempo que me marchaba-

-También yo, cuando dejó de amar, soy capaz de dejar sitio para el odio. Enteraros.

 

                                      Continúa.

 

sábado, 3 de agosto de 2024

Dónde estás, dóndes estás, Paloma.

 

Cuando regresé al apartamento no encontré señales de ella. Paloma había recogido de prisa y corriendo la ropa necesaria. Encima de la mesa encontré una nota en la que decía que me avisaría cuando una persona de “confianza” se llegara para recoger sus enseres y el resto de vestimentas. Antes me enviaría por correo electrónico lo que debía prepararle. “Así que por favor; es lo último que te pido, compra unas cuantas cajas para poder recogerlo y organizarlo" -Con esta explícita orden terminaba-

Mire a mi alrededor como alguien que no cree dónde está. Acaso estaba soñando. Volví leerla.

La llamé por teléfono y la señal que daba era de estar fuera de cobertura. Me dispuse a esperar. “Es una mujer consecuente, y para nada impulsiva. Seguro que dentro de poco entra por la puerta”. Quería convencerme. Mientras la carcoma de la soledad, a medida que transcurrían las horas, me pintó las escenas más truculentas. Ya os podéis imaginar. Caminaba de un lado a otro como un león desquiciado en el carromato de un circo. Abría y cerraba cajones. Buscaba indicios, señales que me diesen norte del porqué.

Otro día de terral no ayudaba. El cerebro con aquel bochorno lo tenía embotado. Por la ventana observé en el parque los pocos que paseaban al perro se refugiaban bajo las acacias. En el cielo unas nubes oscuras cercaban la ciudad que la cubrirían en poco tiempo de un manto gris. Las gaviotas volaban a refugiarse y graznaban con risas estentóreas, como si se estuvieran carcajeando de lo que me acaba de ocurrir.  Las nubes comenzaron a descargar. El calor iba a dar una tregua. La tarde se hizo oscura, como mis pensamientos. Por la calle unos riachuelos de agua sucia buscaban las bocas de las alcantarillas colmadas de basura. La gente corría a refugiarse chorreando. Que en Málaga arrecie la lluvia en el mes de agosto es tan inusual como que en Navidad las calles se cubran de blanco.

Pude calmarme. La lluvia había traído algo de sosiego a mis pesares. En la penumbra, era la imagen del abandono, del desterrado que mira a un punto inasible. A mi alrededor, los objetos susurraban entre ellos en conciliábulo, conjurando con quién se quedarían, si con ella o conmigo. Qué poco se necesita para volverte paranoico. Se levantó un viento que al poco rato había barrido todas las nubes. En el parque cercano comenzaron a salir gente deseosa de respirar la oloriza de la hierba agostada empapada de agua, ya olvidada por los malagueños llenos de nostalgias. Creía escuchar el rumor de los pensamientos de Paloma, allá donde estuviera, entre las ramas de los árboles mecidas por el viento, como si se hubieran quedado prendidos y desearan pasar la noche allí cobijados.  Los mismos que me estaban perforando las meninges intentado descrifrarlos. Se acercaba la noche y aún no había probado bocado desde el desayuno. Hice una frugal cena con bocados tristes y sin gusto, como quien degusta un trozo de pared.

         Sin ser capaz de acostarme, vaya que de un momento a otro la puerta pudiera abrirse y Paloma apareciera, sentado en mi sillón, me venció un sueño inquieto, como si montase en un tiovivo de imágenes con una carraca de música de fondo, Quizá fuese motivo de aquel ajetreo de mal dormir, recuerdo que me asomé a la ventana que da a la avenida y creí ver a alguien que se movía entre las sombras.

         A la mañana siguiente, ajado, pesaroso y sin ánimo, marché al trabajo. Allí me esperaba una mañana incapacitante a medida que transcurrieran las horas; el cerco de los ojos, mi patibularia expresión, iban a ser la comidilla de los compañeros, que bien podía haber sido justificado por haber pasado la noche de farra, pero eso nadie lo iba a creer conociendo el estilo de vida que llevaba.

El encargado, jefe de departamento, me preguntó por cómo me encontraba. Le dije que unas almejas me habían sentado mal, que andaba indispuesto y si podía dejar que me marchase antes. No siendo una característica del lugar que trabajo la compasión, ni los miramientos y sensiblerías, pues el axioma es que los trabajadores somos unos aprovechados, vagos irredentos que buscamos mil formas de escaquearnos; pero cómo me vería, que me dejaron ir dos horas antes.

"A veces sólo valoramos las personas que tenemos cuando las perdemos". Me dijo la amiga de Paloma cuando después de varios intentos me cogió por fin el teléfono. De manera distanciada, a cada pregunta mía ella respondía con la misma evasiva:  que ella tendría sus motivos y que ya me los diría. Creía oír risas solapadas en sus cortas frases. Sospechando de que Paloma fuese la que se reía, le grité que se pusiera, que sabía que estaba con ella. Y me colgó.


                (Continúa)