sábado, 30 de diciembre de 2023

Hay un hombre que... (Cuarta parte de "Mi pueblo")

 Hay un hombre que...


            Amanece y una niebla que ha estado sumergiendo al pueblo durante la noche comienza a levantarse. Las torres de las iglesias son las primeras en asomar. El vetusto edificio de Los Escolapios se deshace de los jirones como de gasas. Cualquiera que estuviese en la ermita, a bastante más altura que nuestro hombre, cosa improbable por la hora, tendría una visión de postal. La niebla baja está a una cota, lo que permite que la sierra con su ermita y el castillo emerja como una isla de un mar de nubes. Por encima de aquel ensueño luce un sol y una luz que nada tenía que ver con la grisura y humedad que se traspira abajo y que convierte a los pocos transeúntes que van por las calles en seres fantasmales. Dentro de pocas horas, quizá a media mañana, el cielo estará ya despejado. Muchos buscarán las resolanas para calentarse. En este momento neblinoso, un hombre, de unos cuarenta años, que viste un buen traje, camisa, abrigo de lana… una indumentaria de categoría, se dirige a su oficina. La bruma no le permite aclarar sus pensamientos. Su oficina bancaria está siendo auditada. - ¿Cómo voy a salir de esta? -, va pensando.

         Al mediodía de la niebla no queda nada. El sol brilla más que cualquier día de invierno. A pesar del frío, en las esquinas muchos hombres con sus zamarras y las cabezas gachas sostienen apenas conversaciones. Algunos se han calentado el cuerpo con una copa de aguardiente. Como son las fiestas de Navidad, poco hay que hacer. Un perro se les arrima buscando el calor.

Para el hombre que viste un buen abrigo, a estas horas los auditores han terminado su trabajo. Existe un déficit de caja. La responsabilidad es definitiva. Se negocia, si la palabra puede ser negociar, una salida decorosa y el despido. Otra no queda.  

         Un día como este, las encinas no saben de frío, ni el romero, el brezo, el lentisco, la aulaga, el tomillo… Tampoco entiende de alambradas, de cotos, de guardas. Hay un hombre que pasea por el campo sin importarle la temperatura que haga. Pero ahora se le hace más difícil porque el camino ha sido cerrado por el dueño de una finca y lo ha adornado con un Prohibido el Paso. Indignado, no le queda otra que cambiar el recorrido y tener que pasar por el feo y desalmado polígono de naves comerciales que hay a las afueras del pueblo. Su ánimo cae en picado mientras cruza por esta fea estampa del progreso.

         La escarcha no tiene intención de desaparecer de las umbrías y lugares donde no pasa nadie. La humedad del ambiente se convertirá de nuevo en escarcha cuando llegue la noche y la temperatura caiga varios grados. Habrá zonas que tenga la apariencia de haber nevado. Si caminas sobre ella, el suelo cruje de cristales. El frío traspasa tus suelas. Las huellas de las pisadas quedan marcadas. Ha sido una noche que los termómetros han marcado tres grados bajo cero. El agua de las pilas en los patios de las casas aún sigue congelada.

 Hay un hombre al que no le importa este frío. Su calor viene desde dentro. Lo produce las ansias de ganar dinero. Compró unas tierras de secano lindando con el pueblo a precio de ganga. En el último plan de urbanismo se recalificaron como suelo urbanizable porque el pueblo necesita más espacio para edificar. Sabe que va a construir por poco y va a ganar mucho. -Bastante miseria pasé cuando niño-, piensa. -Voy a ser el más rico de este pueblo piojoso-, se reafirma.

         A pocos kilómetros del pueblo, en una llanura que parece una estepa de Siberia, se ha reacondicionado un cortijo en prostíbulo. Cuando pasas por la carretera, un desvío toma el camino. De noche, en la oscuridad, unas luces de sala de fiesta parpadean para que los clientes no se pierdan. A la caída de la tarde, un grupo de mujeres se bajan de una furgoneta. El local está arreglado para no pasar frío. Las luces, la barra del bar, los rincones con sus mesas bajas… hace que parezca que estás en un pub. Un hombre conduce por milésima vez camino de aquellas luces como la polilla ciega por la luz de una farola. Recuerda su primera visita. Sólo fue a tomarse una copa. Desde entonces su vida ha caído en picado. Ya sólo vive por la pasión ciega. Por el embeleso de sus pulsiones de hombre desaforado. –Hoy va a ser el último día que vengo-, se promete a sí mismo. Al poco tiempo se le vuelve a olvidar su promesa.

 

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Algo que me llama (Tercera parte de "Mi pueblo")

 

En aquella época fue cuando la gente comenzó a ir acelerada. Y como todo comienzo, empezó adueñándose de una parte del día.

Así, mi padre se apresuraba por llegar al colegio antes que nadie. Yo debía apresurarme para que no me esperase. En la calle iba la gente apresurada a sus quehaceres.

Por poner ejemplos, el director de la Caja de Ahorros se apresuraba y cuando llegaba, su misión era comprobar que los empleados iban y venían apresurados. El encargado del taller de reparaciones de automóviles abría el portón para que sus empleados se apresuraran en comenzar a trabajar. El médico iba al dispensario para recetarle a los apresurados enfermos, entre otras cosas, que dejasen de fumar y beber para poder seguir con sus apresuradas vidas…

           La vida en el pueblo se modernizaba y corría en pos del futuro, acelerada. Los cambios eran rápidos y los habitantes tenían que ir con los tiempos. La calma se fue desvaneciendo como la niebla. Daba paso a una época de nervio y empuje. Los archidoneses se transformaban por la mañana en seres vitalistas y briosos.

         Mi padre, con la presión de los tiempos, cuando le fallaban las energías en el colegio, buscaba el empuje tomándose un café a media mañana. El efecto que le producía no era el que buscaba. La cafeína lo alteraba. Iba de un lado a otro, abriendo y cerrando cajones, moviendo papeles… Se disponía a poner algo al día, y sin darse cuenta saltaba a otro asunto que le absorbía unos instantes para dejarlo y pasar a otro. Y así transcurría la mañana. Acelerado, activo, enérgico. Pero nada resolutivo. Sabía que era el efecto del café aquella inquietud que lo dejaba exhausto. Pensaba que lo mejor era no tomarlo.

         “La imagen que daba a los demás - me contó-, era la de un hombre muy ocupado. Pero mi mente discurría de un tema a otro como un torbellino. Si llegaba un maestro y me hablaba de algún asunto importante, le atendía y quedaba que lo arreglaría. Al poco rato ya no me acordaba de qué era lo que tenía que hacer. Entonces me ponía a buscar algo… Abandonaba porque tampoco sabía qué estaba buscando.”  

         Y como si sonase una campana, a una señal imperceptible, todos nos desacelerábamos. Una legión de hombres, terminada la jornada de la mañana, se iban derechos a las tabernas y bares. De allí a sus casas. Las mujeres desaparecían de las calles esperándolos. Ir y volver. La tarde invitaba a estar más calmado. El director de la Caja de Ahorros podía reposar los pies en alto, dormitar con la televisión encendida. El jefe de taller se dedicaba a poner las facturas al día. Pedía que no le molestaran. El médico atendía por lo privado en su casa a los pacientes de manera más calmada…

A mi padre se le había pasado el efecto de la cafeína.

Caía la noche y la modorra invadía las calles. ¿Dónde estaba aquella pulsión por comerse el mundo? Las tabernas y los bares volvían a cobrar la inquietud. Pero ahora había menos fogosidad. Muchos ya no aguantaban más el día y optaban por irse a casa. A los niños el tiempo después del colegio era un visto y no visto. Quedaba poco para irte a la cama. Apenas quedaba nada para otro nuevo día y comenzar a apresurarte.

        

sábado, 16 de diciembre de 2023

Algo que me llama. (Segunda parte de "Mi pueblo")

 

        En aquel momento, mi padre se tomaba una yema con coñac que le preparaba mi madre para que tuviera fuerzas. Mientras, yo me tomaba el desayuno mirando por la ventana de la cocina los montes de Sierra Arcas. A los que aún le faltaban más de treinta años para tener aerogeneradores.

         Dos casas más abajo, en aquel momento, el tendero de la casa que hacía esquina, comprobaba que le faltaba harina y moyuelo. A escasos veinte metros, el panadero se acercaba con su furgoneta Renault 4 con las banastas de pan y cajas de bollos de azúcar.

         En aquel momento, en otra casa de la misma calle, en la cuadra aneja, el hombre y padre de cinco hijos, cinchaba la mula aparejándola para salir, como todos los días, salvo los días festivos, a su huerta en las afueras del pueblo. En la capacha llevaba el almuerzo y una cerveza el Alcázar. Del agua se servía del nacimiento que llenaba una alberca.

         Tres horas más tarde, el alcalde, en la alcaldía, atendería a un padre de familia y vecino, que le solicitaría una vivienda para su incontable prole. El alcalde le prometería que mandaría al Maestro de la Villa para que le acotara una parcela en unos terrenos baldíos del Ayuntamiento donde se podría construir su casa respetando los linderos que se le marcase. El hombre agradecido le regalaría un pollo. El alcalde llamaría al jefe de los municipales para que se lo llevase a su casa.

         Aquella misma mañana, mientras el alcalde despacharía otros asuntos. un grupo de jornaleros, tenían previsto reunirse con el cura del pueblo para organizar una cooperativa. Sería la primera de tantas que acabarían con el paro y pocos ingresos de muchas familias. El cooperativismo era una forma para que los trabajadores se hiciesen con los medios de producción y manejar ellos los ingresos de la fuerza del trabajo. Pocos años más tarde, no quedaría nada de las cooperativas que con tanta ilusión se crearon. Desaparecieron por la fuerza del capitalismo, decían algunos. Otros, mal pensados, opinaban que la causa fue que todos querían mandar. “Porque mandar nos gusta a todos”, aseveraban.

         Regresemos a las horas previas de aquella mañana. A mi padre, cuando disponíamos a subirnos en el 127, aparcado en una cochera, se daba cuenta de que había olvidado las llaves del coche. Él se lo tomó de buen humor gracias a la energía extra de la yema de huevo con coñac.

En aquel momento, uno de los autobuses que hacía la ruta por las pedanías recogiendo alumnado para llevarlo al colegio, permanecía averiado en el garaje, a veinte de kilómetros, y no había modo de sustituirlo. Niños y niñas esperaban inquietos en los caminos. Su ausencia la notamos en el comedor escolar. La jefa de las cocineras nos forzaba a repetir el segundo plato. Huevos con salchichas y tomate frito.

En aquel momento, todavía faltaba una hora, después de habernos marchado para el colegio, para que mi abuela entrara por la casa y colaborar en las faenas. Dos horas para que un chacho, tío de mi madre, se llegase. Cuatro horas para que “el tío de los huevos” dejara un cartón de huevos. Y ocho horas para que mi padre y yo regresáramos del colegio.

 

domingo, 10 de diciembre de 2023

Mi pueblo "Algo que me llama" (Iª Parte)

 

Tres de cada cinco casas están deshabitadas. De esas tres, una está a un paso de ser una ruina convertida en un palomar. Ves entrar y salir a las aves dueñas por una ventana sin cristales. De cada tres palomares, tres están en viviendas ruinosas.

De cada diez casas con moradores, ocho son de pensionistas. Las hay en las que viven parejas ya sin hijos o con algún hijo que la vida lo ha devuelto al seno familiar. Separado. Sin vivienda, al calor de la pensión, lo ves por la calle con las manos en los bolsillos. Va a echar una bonoloto. El premio es un montón de miles de euros.

Estos hogares tienen un zaguán alicatado de entrada. De cada diez, ocho, la puerta es una cancela metálica con cristales monolíticos y mates que dejan pasar la luz y el frío. Un timbre pulsador que suena justo encima de la puerta. Una anciana que te abre y te deja pasar. Todas tiene un recibidor donde puedes dejar el abrigo o el paraguas. El abrigo es mejor que no te lo quites hasta que llegues a la salita de estar. La más pequeña de la casa.

En el pueblo todas las casas tienen mesa camilla con un foco de calor cubierto con las enaguas de invierno. Un tapete de ganchillo. Ahora ya te puedes desprender del abrigo o cazadora y echarte las enaguas.

Una de cada cinco casas, la puerta de la salita no se puede cerrar bien. Una baldosa lo impide. Si quieres encajarla debes levantarla un poco, aunque es mejor siempre dejarla con una abertura por eso de la ventilación.

Las fotos de los hijos de la primera comunión en grandes marcos como si fuesen santos. La foto de la boda del hijo que ha vuelto separado ya no está. En su lugar está la imagen de la patrona, la Virgen de Gracia.

En una de cada tres falta un miembro de la pareja. Casi siempre es el hombre. La viuda es una mujer religiosa, aunque vaya a misa sólo cuando es de algún difunto. Le gusta hacer la compra y charlar con otras vecinas. Sus faenas más trascendentes es hacer la comida y ocuparse del hijo que ha regresado sin pena ni gloria después de veinte años de casado.

Las escaleras son tortuosas, así que se ha dispuesto de un dormitorio en una salita interior, aneja, estrecha igual que una celda de clausura, con una pequeña ventanita a ras del techo, como si fuese la entrada a una colmena. Apenas tiene sitio para moverse, pero evita subir las tortuosas escaleras.

Arriba quedan los dormitorios. Vacíos, con sus camas vestidas. Otra de las labores es repasarlos. Tenerlos al día. La última vez que se usaron la casa rebosaba de vida. Han transcurrido veinte años. El dormitorio desordenado es el del separado. A él no le gustan que le toquen “sus cosas”.

La cama de matrimonio, el armario ropero, la cómoda y dos mesitas de noche. El armario conserva la ropa del difunto. El traje que llevó de novia está bien empaquetado con unas bolas de naftalina. El de él, lo estuvo utilizando hasta que se le quedó estrecho. -Esto tiene la vida de casado-, decía cada vez que quiso ponérselo y tenía que desistir. Lo vistió para la boda de un primo y se pasó todo el tiempo incómodo con el botón de la cintura del pantalón desabrochado. Cuando se animó a bailar sudó porque estuvo en un tris que el botón saltara por los aires. –Esto tiene la vida de casado-, es una frase que colaba desde entonces en sus conversaciones.

En cada calle hay, al menos, un perro por cada tres personas. Un gato por cada dos. Diez palomas por cada una. El pueblo se ha convertido en un gran palomar. De los balcones de los grandes edificios, debajo de las ménsulas, los aviones comunes, de la familia de los vencejos, todas las primaveras hacen sus nidos. Algunos lo intentan en los aleros de las casas. Sólo prosperan en las que no haya una dueña que mande encalar la fachada aprovechando el verano.

Apenas hay un centenar de árboles en el casco urbano. No cabe división posible entre habitantes. Quien quiera árboles que pasee por las afueras. Por la sierra o la ribera del río. Pero sí hay fuentes. Fuentes sin agua potable. Decorativas. Crees que continúan para que a ti te evoquen la nostalgia de lo que fueron cuando el ganado abrevaba y los niños jugábamos en ellas.


  (A mi sobrino Antonio, amante incansable de Archidona)

domingo, 3 de diciembre de 2023

Crónicas de los 70

 

        Soltando las amarras de las nostalgias, dejándome llevar por las evocaciones y la de una querencia afectiva que tiene la memoria, era una época en la que el rango social estaba dictaminado entre tener coche o no tenerlo. Mis padres no tenían, mis amigos tampoco. Sólo había dos coches en la familia, un Seat 850 y un Simca 900. Un paseo en coche era la máxima aspiración de mi infancia desmotorizada. En el primero no me subí nunca, en el segundo sí, cuando los veranos mis tíos venían de Barcelona e íbamos a la venta “El Puente” a bañarnos en la piscina de aguas primigenias. Subirte y pasear en un radio de diez kilómetros, apretado con más niños, primos o conocidos, era por lo que estabas dispuesto a dar tu vida.

Como éramos tantos niños y niñas, cuando se disponía a ocupar las plazas siempre se sacrificaban unos cuantos. Los adultos no tenían remilgo; en el coche cabían tantos, y el que se quedara en tierra, allá él. La idea de consolación estaba ausente en estos casos.

Rezabas por estar entre los elegidos. Veías como los demás, acomodados entre empujones en el asiento trasero, ni siquiera se compadecían de ti en caso de quedarte en tierra. Te quedabas solo, acompañado de unos mocosos de menor edad que la tuya. Entre los que casi siempre había una niña que se sabía descartada de antemano. Por supuesto, pensabas, ellos sí debían de quedarse fuera, ¿pero tú, por qué? Al abandonarte un odio al mundo se exacerbaba en el interior de tu cuerpo. Cuando te elegían, te mostrabas igual de frío con los descartados. Tampoco sabías lo que significaba ser egoísta.

Era una época sin apenas coches. Las calles estaban tomadas por miríadas de gente y niños. Existía una pugna gregaria entre los barrios o zonas del pueblo. La mía colindaba con la plaza de las Pescarías, la medianía de la calle Salazar hasta el convento de Santo Domingo y la calleja que iba a la parte baja del pueblo y finalizaba en la carretera nacional. En cada una comandaba una patrulla de muchachos de afinidades e intenciones tan aviesas como las nuestras. Con todas nos llevábamos a muerte. En cualquier momento te veías asaltado por una pandilla que te apedreaba o perseguía. Los mayores no se metían en nuestros asuntos. Te adentrabas si ibas acompañado. Solo no te atrevías porque te exponías a que tuvieras que salir huyendo buscando amparo. Tramábamos razias de venganza. Asaltándolos por sorpresa. Las batallas se terminaban pronto, porque enseguida algún vecino decía que iba a llamar a los “municipales”. Entonces nos disolvíamos. Vivía con el temor de que tu padre se enterara.

En mi “territorio” no todos los niños eran unos callejeros irredentos. Los había a los que sus padres los tenían más “sujetos”. Estudiosos y labrándose desde la infancia un porvenir. Ayudaban en las labores familiares. Mis padres los ponían de ejemplo. Yo aspiraba a la libertad que daba el callejeo, sin estar sujeto a horarios, con mis primos y amigos, labrándome otro tipo de futuro. Urdiendo aventuras que la mayoría de las veces terminaban en un despropósito. Por suerte, nunca estuve en las más notables. Esas que terminaron con algún primo mío en el juzgado.  

Especial inquina se les tenía a los niños de la calle céntrica del pueblo. Estaban etiquetados de “señoritos” porque eran hijos de “señoritos” ya que sus familias eran, en la realidad o de apariencia, más pudientes. Sólo por aquella distinción merecían se castigados. Era un odio de clase. Iban al colegio más distinguido, “Jeromín”. El resto nos repartíamos por los colegios del “Molino Juan” y el mío, del que mi padre era director, “San Sebastián”, que recogía a todo el alumnado de las pedanías y cortijos de Archidona. En boca de un maestro de la época el alumnado se repartía del siguiente modo y orden: lo mejor a “Jeromín”, la chusma al “Molino Juan” y los cortijeros en el mío.