viernes, 26 de mayo de 2023

Colonias de verano. 1ª Parte

 

Eran las primeras colonias de verano a las que asistía. Estaba en séptimo curso de EGB, y mi padre, director del colegio, vio la ocasión para que el alumnado tuviese una experiencia enriquecedora, divertida y poco costosa para las economías familiares, imagino tal como detallaba la información que le llegó. El lugar era en un pueblecito pintoresco de la Axarquía malagueña. Mi padre iba al frente de la expedición. El grupo lo formábamos quince niños y tres niñas. Estábamos becados por algún organismo con una aportación por parte de las familias de trescientas pesetas.

El día de partida, las madres se despedían de sus hijos. El autobús se puso en marcha. Íbamos a la aventura, pletóricos. Ya de por sí, sólo el hecho de salir del pueblo lo iba a convertir en algo inolvidable. La falta de costumbre hizo que durante el trayecto algunos se marearan. A las pocas horas, el autobús se apartó de la carretera pareja al mar y comenzó a subir por una más estrecha y con curvas. Ante nosotros apareció un edificio grande con muchos ventanales alzándose en un promontorio.

Bajamos del autobús. Una monja y dos hombres salieron a recibirnos. Mi padre habló con la monja. Terminada la conversación mi madre me daba un beso advirtiéndome de que comiera. Ni siquiera los vi irse porque mi atención estaba en cuanto me rodeaba, dándome cuenta de que si mirabas al edificio principal te llegaba una sensación de que iba a pasar unos días confortables. Girando la cabeza no me agradó tanto lo que vi. Un edificio en obras y junto a él un pabellón alargado con la apariencia de aulas de colegio. Del edificio en construcción se veía la estructura como una osamenta. Una grúa se elevaba sobre él.

Seguía observando todo cuanto había a mi alrededor y me fije en otros muchachos y muchachas compañeros de colonias. Y me asaltaron algunos interrogantes. ¿Por qué no miraban de manera tan penetrante y reían por lo bajini? Nosotros que vestíamos con la mejor ropa que habían dispuesto nuestras madres para que causáramos buena impresión nos parecía que estábamos haciendo el ridículo como un rebaño de ovejas rodeado de famélicos lobos. ¿Por qué tenían ese aspecto diferente, salvaje? Las pocas chicas que había si cruzabas la mirada con ellas te mostraban la lengua. En esas estaba cuando sonó un silbato y escuchamos la voz un joven dando la orden de que nos colocásemos en fila, cosa que sabíamos hacer a la perfección. La soldadesca monja se dirigió a las chicas y les dijo “las niñas conmigo” y enfilaron camino del edificio de grandes ventanales.

Se acercaron dos hombres, el joven con ademanes chulescos y otro mayor con pinta bonachona. Nos dieron la bienvenida y se presentaron. 

El joven nos pidió que hiciéramos una fila y acto seguido se puso a gritar las prohibiciones: prohibido esto, prohibido lo otro, horarios del desayuno, almuerzo, merienda, cena, siesta, acostarse… Tantas normas que lo único que retuve fue que había que ir a misa los domingos. Terminó diciendo con cierta sonrisa irónica que el resto de actividades ya las iríamos descubriendo sobre la marcha.

 “Seguidme, pero sin romper la fila”, dijo.

 Nos llevó a unas casas matas al solaz del edificio en construcción y que eran simplemente aulas a las cuales las habían despojado de los pupitres y sillas colocando literas de dos en filas. A mi grupo se nos asignó la que quedaba vacía. Entramos sin rechistar. Estábamos tan apabullados que hubiera dado lo mismo que nos instalasen al raso. Todos llevábamos maletas como si nos fuésemos al extranjero. Habían colocado unas taquillas que no se podían cerrar. Las maletas feas y deslucidas no había modo de que entraran en las taquillas. Las colocamos debajo de las literas sin molestarnos siquiera en sacar la ropa. El resto, unas sillas, algún pupitre que se les olvidaría retirar, la mesa y sillón del profesor junto a un armario vaciado del que se apropiaron los más rápidos para acoplar la infausta maleta. Las ventanas sin persianas por las que entraba toda la luminaria del día y que desde la primera noche, experimentaríamos como el cielo estrellado y la luna rociaría una pátina de brillo e irisaciones sobre unas cabezas de adolescente maquinadores. Un cubo cuya función era para el que no quisiera salir al descampado a hacer aguas menores.

 Frente a las “auladormitorios” había una solar que hacía de campo deportivo con una caseta de vestuario y servicios. Gran parte del terreno baldío estaba ocupado por los materiales y herramientas de la obra sin delimitar la separación por ninguna vaya ni señal hasta el punto que muchas tardes jugamos entre los maderos, viguetas, hierros y nos colábamos en el edificio asomándonos por los huecos, escondidos entre los pilares, los palés de ladrillos y sacos, o revolcándonos en los amontonamientos de arena de obra.

Antes de entrar al comedor para la cena, ya pudimos entablar conversación con alguno de los muchachos. Eran de Málaga, de barriadas dispares, pues a pesar de que destacaban los que estaban más corridos, también había inocentones que habían ido a parar a aquellas colonias organizadas por unas monjas carceleras.

Llegó la primera noche. El cuerpo, después del día, pedía descanso. Alborotamos hasta que una voz desde un extremo dijo que ya no quería oír a nadie. Mientras, los malagueños vecinos de dormitorio estaban al acecho de que todo estuviese en silencio para darnos el recibimiento. Un grito de “¡A por los catetos!” nos sobresaltó al tiempo que recibíamos una andanada de golpes con almohadas. Al instante entró el joven que estaba a nuestro cargo dando pitidos. La turba corrió entre risas y caídas. Encendió las luces y dando voces nos hizo formar fuera de pie en silencio. Un escarmiento, tal como ya nos lo había advertido por la mañana. “Os voy a quitar las ganas de juergas de noche”, dijo. No sabíamos el tiempo que íbamos a estar. Aquel aspirante a guarda de campo de concentración quería demostrarnos que él podía estar toda la noche sin dormir vigilando que no nos moviéramos de la posición de firmes. No sé el tiempo que llevaríamos allí como palos cuando la tristeza y el cansancio mezclado con las decepciones formaron en mí la consabida amalgama en forma de llanto inconsolable que hizo que el joven guardián se conmoviera y nos levantase el castigo a todos. Así fue como la primera noche de colonias se convirtió en el bautismo de la amargura y el sentimiento de orfandad. 

Al día siguiente, después de la experiencia nocturna éramos más fuertes y nuestro rodaje de muchachos de pueblo, de compañeros y amigos, hizo que la conciencia de grupo se aquilataría para defendernos de aquellos malagueños que tenían más bagaje callejero y que estaba claro que su aburrimiento lo íbamos a pagar nosotros con sus gamberradas. También ellos iban a saber de lo que éramos capaces.

La otra persona encargada de vigilarnos era un maestro bonachón, la antítesis de joven. El buen hombre tenía unas palabras amables con todos. Ambos dormían en un aula solo para ellos, y no es que tuviesen más comodidades, salvo que no eran literas y que sus taquillas si se podían cerrar, en lo demás gozaban de las mismas comodidades que el resto. Nadie quedó a salvo de nuestras tropelías, así que en algún momento de taquilla abierta lo aprovechamos para hurgar en sus pertenencias y robarles alguna fruslería.

 De todos los malagueños, el único portador de un tesoro era Baldomero, bautizado por nosotros como “deogordo”. Un malagueño gigantesco que se pasaba la siesta leyendo los tebeos que guardaba bajo la cama en un bolso de cremallera. A nadie se los prestaba. Los disfrutaba él solo tumbado en su litera. Tomamos a diversión ir de noche cuando ya todos los malagueños dormían, levantar la sábana por los pies y observarle el tremendo dedo gordo del pie, mientras nos las arreglábamos para contener la risa y que no despertase.

 (Continúa)