viernes, 30 de julio de 2010

Reformas en verano

Como una plaga de langosta se han extendido las reformas en el vecindario. Lo que al principio era sólo la de la farmacia, luego vinieron unos pequeños arreglos en casa de la señora Conchita que se prolongarán en el tiempo porque cuando una cuadrilla de albañiles entre en un caserón como ese, es muy difícil que su faena pueda parar; ahora, otro vecino, abogado, que le compró la casa a mi tío Paco y mi tía Conchita, se ha propuesto acabar con la humedad, y le están picando con martillos neumáticos la fachada, pues cree que el mal asilamiento es la causa de que le salgan a las paredes unas vegosas costras.
Es un caserón un tanto especial, como lo son todos los de esta calle. Yo he pasado muchos ratos en ella, pues siempre me llevé muy bien con mi tío Paco, relojero y joyero de profesión, y mi tía Conchita, obsesionada con la limpieza y la buena presencia de su aparatoso hogar. Con mi tío echaba muy buenos ratos mientras el trabajaba en el arreglo de un reloj o fabricando una joya; conversábamos sin prejuicios de la edad, con el afecto y la experiencia que emana de una vida con una filosofía de la que sabía extraer el goce de su artesano trabajo, a la vez que no despreciaba el placer de las cosas terrenas.
En el pueblo hay varias casas de este estilo. Son muy aparentes, pero muy incómodas para sus moradores, no solo por el trabajo que hay que dedicarles, sino por la misma organización de los espacios. Los veranos se pasan frescos, pero en el invierno la temperatura corre pareja a la de la calle. La distribución de las habitaciones gira en torno a un pasillo con baranda a un ojo patio cerrado y que recibe la luz de la gran lucerna del tejado. La planta baja está destinada a la galería adornada con grandes macetones de aspidistras y de costillas de adán. La presencia es fabulosa, el trabajo de mantenerla limpia y vistosa, encomiable. El sentido práctico perdido por el gusto de los espacios adornados con vetustos arcones, sillas donde nadie se sienta y una vegetación improductiva y necesitada de mimos exquisitos. Que las costumbres han cambiado, nadie lo duda, pero siempre queda algún romántico que pretende redimir con su adquisición al propietario, eso sí, a precio de ganga, como mi vecino el abogado.
Alguien perdió la cabeza con semejante diseño. Como muchas viviendas, la construcción al estar sobre una ladera, aprovechando la orografía, tiene excavado un sótano en el subsuelo sobre el que se montan los cimientos de la casa de encima. El sótano de la casa de mi tío era un lugar espacioso, con una pequeña ventana en alto por donde entraba muy poca luz y que estaba a ras del suelo de una calleja empinada. Allí tenía instalada toda la maquinaria pesada para trabajar el dúctil oro. Unos pocos gramos sometido a las tensiones de aquellas máquinas preparaba un fino alambre que le servía para fabricar un cordón o cualquier joya que se le preciara. Existía una prolongación del sótano, anejo a la sala de trabajo, que estaba siempre a oscuras y cuya finalidad era guardar cajas cuyos contenidos a nadie interesaba y donde se podía haber instalado a vivir una familia de elfos, con agua incluida. En un lateral de ese añadido estaba la cavernosa oquedad cerrada con una portezuela para evitar peligros, estaba el pozo. Yo, cuando entraba a acompañar a mi tío y lo observaba en sus faenas, miraba de reojo a aquel especio, con angustia. De vez en cuando mi tío se refería a él y hablaba como si tuviese vida a pesar de que él mismo, según me decía, llevaba años sin asomarse y no sabía ni tan siquiera dónde se encontraba la llave; se expresaba con la condescendencia que se puede aludir a un amigo del que no sabemos cómo le va la vida. Yo le oía como si me estuviese contando algo intrascendente, pero dentro de mí se producía un inevitable malestar al mirar de reojo a la cueva, la siniestra oscuridad; y aquel acuoso hálito que salía de allí se me instalaba en el pensamiento. No me recuperaba hasta que volvía a salir al exterior y respiraba profundamente.
Otras veces, entraba con el firme propósito de no mirar en la dirección del pozo, pero me podía la tentación. Mi tío me cogía desprevenido y daba un giro a la conversación para referirse a él.
-Este año, con lo poco que ha llovido, lo más seguro es que esté seco –me decía.
Entonces mi imaginación destilaba una sima profunda que se abría a las entrañas de la tierra por la que podía uno caer o ser arrojado, y aquel vacío me hacía subir el ritmo de mi respiración y las pulsaciones de forma imperceptible para mi tío.

Ya son cinco las obras en un tramo de calle de cien metros. ¡Lo que faltaba! Mi suegra se ha unido a la epidemia y dos albañiles se afanan en construir un cuarto de aseo. De esta empresa doy cuenta aparte, pues merece un profundo análisis.

lunes, 26 de julio de 2010

Avanza julio

Tal como dice el budismo, el sufrimiento forma parte de la vida, tiene una causa y a nosotros nos compete romper la cadena de la causalidad para evitarlo; y por supuesto, lo más importante: somos nosotros quienes nos debemos ejercitar en alcanzar la ruptura. Dice más cosas, como que todos somos responsables de lo que hacemos, cuyas consecuencias no sabremos cuánto tiempo tardarán en manifestarse ni de qué forma lo harán cuando llegue el momento. Que si hacemos el bien serán cosas buenas las que nos ocurran y al contrario, lo que cabe esperar es el sufrimiento. Ya lo tengo claro: haré el bien no porque sea el bien, sino por lo provechoso de la situación.

El pueblo padece, de un tiempo a esta parte, una enorme transformación en las cosas más peregrinas. Antes la gente iba en masa a los bares. Cuando tenía quince años era muy normal que nos aposentáramos en la barra de un bar y nos bebiéramos unas cervezas, eso sí, con tapa. Los mayores no se despegaban. Las noches del verano la gente se quedaba hasta la madrugada sentada en las terrazas al fresco. Ahora, todo el mundo se recoge para las doce. Es un pueblo con hábitos de ciudad. Ya nadie se sienta de noche con sus sillas en las aceras a dar cabezadas. Entran en casa, encienden el aire acondicionado y se absorben viendo la televisión por cable.
Más cambios:
-En casi todas las casas hay aparatos de aire acondicionado, salvo en la nuestra, que utilizamos el tradicional método de las corrientes que entran por las rendijas.
-No hay suficientes aparcamientos en el centro, como en cualquier gran ciudad del orbe.
-Al atardecer, antes, un hombre regaba las calles con una gran goma que lanzaba un chorro portentoso y una cuadrilla de niños jugaba a su alrededor para ver si los empapaba. Desde hace unos años, la limpieza está mecanizada y la suciedad es perenne.
-Los vecinos se quejan continuamente del calor y de los políticos, en verano; en invierno, sólo del frío.

El otro día hubo una corrida de toros en la Plaza Ochavada. Hará unos pocos meses, el director de la oficina donde tengo la hipoteca del apartamento quiso venderme las entradas. Le dije que era muy pronto, pues no sabía si estaría de viaje. La corrida la han televisado por el Canal Sur, y a mí, que no tengo nada en contra de la fiesta nacional, me desagradó, al contrario que el resto de la gente. Según un familiar metido en la política, es la forma de más rentable de promocionar Archidona. Yo, que con estos calores desbarro mentalmente, tenía programado salir al campo coincidiendo con la hora en la que los toreros iban a ir a la iglesia a rezar, supongo, en un carruaje de caballos y de allí partirían al coso (las seis de la tarde). El sol achicharraba y no tuve más remedio que refugiarme en casa de mi primo y ver con él la defunción de los tres primeros toros.
La corrida es lo que al uso suelen llamar goyesca. Todo el personal, toros y gente auxiliar, visten como bandoleros un domingo. Muchos vecinos participaron en los más variopintos papeles, ataviados con sus atavíos daban la misma impresión que un mecánico vestido de traje. Lo más pintoresco y gracioso fue la actuación que hizo un vecino en el papel de alguacil. El hombre, vendedor de electrodomésticos, en sus ratos libres es caballista. Como muchos a los que veías en las más diversas funciones, salvo de toreros, su cometido concreto era salir en el desfile del comienzo de la corrida a caballo, dar una vuelta y para casa. El caballo no estaba muy ducho en su labor y cuando se vio en la plaza rodeado de ingente multitud y la banda de música con el consabido tintirintín, el animal reculó contra las tablas y de forma indecorosa limpió media plaza. El dueño, poco hábil, tiraba de las riendas como si fuese un caballito de feria. Uno de los locutores de la televisión le recriminaba que tratase así al caballo, intercalando una frase muy expresiva: “Que ruina tienes, chaval”. Quizá la faena de los toreros no pasen a los anales de la tauromaquia, pero será muy difícil borrar el rato tan entretenido que nos hizo pasar nuestro conciudadano y su hermoso caballo.

Sólo ha habido un día de tregua. Ayer, el cielo se nubló y pude ir a pasear a las siete de la tarde, y sin gorra. Antes quedé con mi amigo Manolo. Cuando llegué a su casa de Manolo a por él, tal como habíamos quedado, estaba durmiendo la siesta. Se da la circunstancia que por la mañana, a eso de las once, quiese que nos tomáramos un café y también dormía. Manolo lleva queriéndose quitar del tabaco desde que lo conozco. Esperé a que se levantara y lo vi llegar con el paquete de tabaco en la mano.
-Ven, vamos a tomarnos un café –me dijo mientras encendía el cigarro.
-Hoy no puede ir contigo. Mañana. –y me ofreció unas cuantas razones de gran peso.
Yo le dije: Manolo, que así empezamos todos los veranos. Te doy tres avisos, como en los toros, y no te busco más para hacer ejercicio.
-Vale, pero el de hoy no cuenta.
Así que hemos quedado para hoy.

Con Eusebio, mi primo, la cosa cambia. Él es deportista de condición y es muy difícil que te falle. Con él me fui a la sierra por el camino de La Hoya. Es un camino que en su cota más alta llega a tener un desnivel de más del veinticuatro por ciento. Lo peor es que muere entre olivos y sierra. Existen unas veredas que te llevan al pueblo, pero el poco uso y la maleza las ha borrado. No hay una vez que cojas ese dichoso camino y termines dando saltos por un lapiaz, llenándote de pinchos y lamentando tu decisión. Al final, el último trayecto hasta el pueblo, tuvimos que hacerlo corriendo porque la noche nos mordía los talones.

Y para terminar, visita a casa de mi primo. Estuvo de lo más lucido. Le dijo a la mujer que tenía ganas de irse a la cama para berraquearla. Expresión soez, de poca capacidad seductora si no se conoce el significado; si se conoce, como le ocurre a la mujer, las consecuencias pueden ser imprevisibles.

Mañana será otro día parecido. Los albañiles de la casa de la señora Conchita comenzarán a dar porrazos a las ocho de la mañana; luego eso de quedarse sobándola en la cama queda descartado. Martillean el tabique medianero nada más llegar, nos despabilan y pasan a otra cosa. Creo que lo hacen con guasa. Desde que tengo memoria, no ha existido ningún verano que algún vecino acometa una obra y nos dé la siesta con la el tac tac del martillo compresor o de la hormigonera. Ahora, para colmo, el bar de la cigüeña con patas, que se lo traspasó a una familia de voceros, nos ameniza con una algarabía de borrachos comandados por un vecino, al que el anterior propietario lo tenía atado en corto prohibiéndole coger cogorzas en su bar, pero que a estos nuevos propietarios se le ha subido a la parra y no hay un día que no pille un cebollón, chille como un energúmeno y se asome a la puerta del bar para ver con quién se mete. Es de esos hombres que el vino lo transforma en un demonio y que despabila la borrachera calentando a la mujer.

jueves, 22 de julio de 2010

A estas alturas del verano

A estas alturas del calendario, veintidós de julio, no hace falta que diga que me encuentro en Archidona. Sí, aquí estoy, en este oasis de paz, repitiendo las rutinas que he realizado los últimos treinta años, exceptuando que ya no salgo en bicicleta, hablo con unos, voy a la biblioteca, paseo…
El constructor, amigo de cuando salíamos a correr juntos y que me vendió el apartamento, dice que como los maestros no vive nadie.
-¡Eres la persona que más admiro! ¡Vives como te da la gana! –me dice cuando me ve- ¡Cómo os cuidáis!
Yo le respondo que es cierto pero que carecemos de liquidez para derrochar en tanto tiempo libre.
-¡Dinero! ¿Para qué quiere uno el dinero? Para esclavizarte, como estoy yo. Ahora, - me dice sulfurado y señalándome unos terrenos que tiene previsto edificar- tengo que pagar veinte mil euros de contribución urbana por esto.
Me dice que le llame para quedar en ir a correr mientras echa a andar. Le contesto que ya no corro, en todo caso podemos ir a caminar. Pero mi voz ya no la escucha. Está muy nervioso porque tiene que terminar de construir el nuevo recinto ferial del pueblo, y la fecha, el quince de agosto, la tiene ya encima.
Por lo demás las cosas no pintan bien en varios campos:
-mi suegra,
-mi primo,
-algunos amigos y otros.

Vayamos por partes.
Mi suegra esta harta de los dolores de la espalda. Sus previsiones para el verano se le han caído al suelo. Pensaba, en el nivel más alto de su optimismo, que caminaría como el verano pasado y podría salir con sus amigas, mal llamadas por mí “las gozilas”, a pasear y tomarse sus cervezas; en su sentimiento menos optimista, creía que al menos podría moverse por su “castillo” y ordenar a sus vasallos las veinte mil cosas que es capaz de mandar. La realidad, y lo lamento profundamente, es que la pobre está sentada frente a un ventilador quejándose del dolor y a base de calmantes. ¡Perra vida esta!
En otro orden de cosas la noche pasada tuve una conversación muy refrescante con mi primo Gaspar y su mujer. Intentaba yo demostrarle los efectos sanísimos del yoga mientras le hacía las asanas más comunes. Se convenció al instante que aquello no era para él, pues su problema textualmente según cuenta es: “el enorme barrigón que he heredado”.
-Primo, yo me voy a apuntar a un gimnasio –me dice, mientras mira a su mujer y le pregunta- ¿Tú que dices, Loly?
-Yo lo único que digo es por qué no te mueres -le contestó su mujer taxativamente.
Es bonito cómo una pareja llega a amarse con el paso del tiempo.
Mi primo está acostumbrado a estas respuestas y no les hace caso, es más, yo diría que les encuentra hasta cierta gracia. Mientras se frota el barrigón a dos manos y sopesa cómo podría bajar peso sin esfuerzos y sin dejar de comer, sigue con inusitado interés todas las noticias que salen en Internet o en televisión sobre medicamentos que reprograman las células gordinflonas para que dejen de almacenar inútil grasa. Un tiempo atrás, me acuerdo de lo bien que le sentó la noticia de una amigo suyo al que le habían introducido un balón inflable en el estómago y que lo transformó en un ser esbelto y grácil. Sólo le encontró un pequeño problema: que la intervención costaba varios miles de euros. A la vista de la frustración le recomendé que por qué no ingería menos:
-Esa no es la cuestión. Yo no puedo dejar de comer porque me da algo malo. El problema es de estos malditos médicos que no son capaces de sacar algo que haga que no engordes por más que comas –me contestó enfadado.

Cuando se tiene una hija de veintidós años y un hijo de puta de treinta y tantos la seduce trastocándole la mollera, cómo se arregla eso.
En este confuso dilema se encuentra un amigo.
Yo le he pedido más datos, pues sé que la barrera de la edad no es óbice para una relación entre una mujer y un hombre.
Estos son los datos:
-El sujeto no tiene oficio ni beneficio reconocido.
-Tiene un amplio currículum de seducciones.
-Tuvo en BMW
-Tuvo una casa.
-Tuvo padre y madre.
-Ahora no tiene BMW, vive de alquiler y su padre y madre se separaron y cada uno tiró por donde quiso.
-Lo peor de todo: ¿de dónde ha salido este tío puñetero?
El caso es que mi amigo anda depre y no tiene ganas de nada. Su cabeza es un continuo runrún y cree que le va a estallar. Ha hablado con su hija comentándole lo que le está haciendo sufrir a él y a su madre. Ella, ciega de amor, le responde que es mayor y lo previsible en estos casos de ofuscación: que con su vida hace lo que quiere.
Yo, que me prometí que no iba a intervenir en la vida de nadie, que para eso estaban los libros de autoayuda, le digo que podemos hacerle una visita al seductor y hablarle claro, con educación, como un padre debe de actuar, para que él vea dónde a puesto la era y mi amigo tener una impresión más certera de dónde se ha metido su hija y no andar haciendo suposiciones porque va a terminar volviéndose loco. Creo que para concluir la hipotética conversación que tendríamos, le digo a mi amigo, deberíamos decirle: y ahora esta noche, cuando te acueste piensa en el daño que le estás haciendo a mi familia, y por eso espero que te mueras y mañana pueda mi hija ir a tu entierro, eso es lo único que pido. Y nos despedimos con total educación.
-Yo me pongo muy nervioso –me dice- y no es de extrañar que le pegue un puñetazo.
-No, eso nunca. Ya me encargaría yo, que tengo una capacidad increíble de quemarle las neuronas a base de razonamientos de culpabilidad, de moderar la conversación.
Me temo que mi papel no sirviese de nada, porque la fuerza de mi amigo es increíble. Sus manos pueden coger mi cabeza, y no exagero, y reventarla como si fuese una nuez. Es el único que le pegó y tumbó de un puñetazo a al tío más chulo y avasallador del pueblo, y todo porque le dijo que no le pagaba una factura. Con esas credenciales creo que sólo con ponerle las manos delante de la cara al patilludo que se ha ligado a su querida hija se echaría a temblar. Son manos como canastos llenos de morcillas. Ojalá que la hija recapacite y deje al mentecato antes de que el padre cometa un tropelía. Madita tiene muy poca fe en mi capacidad de agravios domésticos.

La vecina, doña Conchita, está haciendo obra en su casa. La hija, que cometió la equivocación de quedársela cuando repartieron la herencia entre los hermanos, nos comenta que nadie sabe lo arrepentida que está. La casa tiene usía. Los albañiles, estoy seguro de que entraron por la puerta para hacer unas pequeñas reparaciones y ya llevan meses. Cuando tocan un tabique, el del al lado se cae como una carta de naipes. Si ponen una viga para afirmar el suelo, traspasan a la nuestra porque el que hizo estas casas echó los restos en los muros maestros y los tabiques faltó ponerlos de papel de estraza. Ahora podemos comunicarnos asomando la cabeza por uno de los agujeros que han taladrado. Oímos los gritos de los trabajadores a la hora de la siesta avisando que algo está para caerse. Cuando subieron al tejado para ver cómo se encontraba, un obrero hizo un somero análisis de vigas maestras vencidas, caballetes sin encalar, canalones atorados, daños hechos por los palomos… Un camión ha descargado varias fanegas de arena para la obra en la misma puerta a merced del viento. No es de extrañar que la señora Conchita, sentada en su sillón, esté cubierta de dos dedos de polvo y un poco molesta por tanta inconveniencia. La calle parece sacada de una película del oeste del polvazo que hay en las aceras. Los albañiles, cuando terminan el tajo, apenas se les distinguen los ojos, parecen personas recién salidas de una mina.

martes, 6 de julio de 2010

Antes de partir al pueblo

Día antes de vacaciones.

Cosas que no voy a hacer estas vacaciones:
-Leer libros de autoayuda.
-Intentar comprender mi vida.
-Explicarles a los demás qué les está ocurriendo, para eso están los libros de autoayuda.

Hace varios días, me encontré con una gran amiga a la que no veía desde hacía mucho tiempo. Me sorprendí gratamente cuando me dijo que se había curado de una enfermedad rarísima y muy peligrosa. El remedio lo había encontrado en el yoga. Increíble, le dije, si es lo que estoy haciendo. Entonces me dio un consejo que no sigo por pereza mental. Me dijo que le hablase a la parte del cuerpo enferma, en mi caso a la próstata. Que me hiciese amigo de ella, que le sonriese y notaría cómo el problema me desaparecería. Sé, viniendo de esta persona que tiene razón, así que este será una de mis actividades para este verano: dialogar con mi próstata en plan amigote. ( Espero no me esté escuchando y lo tome a mal, ahora que medio se está comportando)

Un amigo del yoga, especialista en fitoterapia, me recetó una serie de pócimas efectivas para la prostatitis. Son remedios sopesados en personas que como yo hemos acudido al urólogo y nos han sometido a todo tipo de profanaciones. Ahora tengo muy claro que creo antes en las hierbas que en la química de la industria farmacéutica. El día que entré por primera vez en la consulta del urólogo y vi una foto suya posando con un rifle sobre el cadáver de un búfalo de la pradera, lo mejor hubiera sido salir pitando. El hombre ha hecho todo lo que buenamente su experiencia le dictaba, pero no quita que las esperanzas que uno deposita superen la propia capacidad del doctor. La suerte es no haber acabado como el búfalo y otros trofeos que cuelgan en la consulta. ¿Es ético poner trofeos de caza en el recibidor de un médico? ¿Es ético que un doctor mientras te atiende tenga su atención puesta no en tus lamentaciones sino en recibir la contestación mediante fax de su inscripción en una montería? ¿Es posible que coincidan en tan corto espacio la misma necesidad humana pero en sentidos inversos: el deseo de curarse para ser feliz y la felicidad completa porque estás sano?

Algo parecido le ocurre a mi suegra. Ha pasado todo el año con nosotros reponiéndose de sus dolencias de la espalda. Por lo que tengo de experiencia y el yoga me lo ha confirmado, lo peor para las contracturas es la inmovilidad. El estarte quieto el cuerpo lo interpreta como signo de debilidad y te lo devuelve anquilosándote. Que te tienes que mover, luchar contra el apoltronamiento, es signo de vida. Mi suegra conserva en su celebro el adoctrinamiento de muchas ideas obsoletas, pero que para ella son dogmas: que estás enfermo, pues mucha cama, comida y a reponerte. Que te duele algo, te paras y a esperar que pase. La cuestión es que la pobre, deseando recuperarse para pasar un verano con sus amigas, temerosa del dolor que produce la movilidad en las contracturas, se paró, y ahora no hay quien la arranque. Así que aquí estamos, en Málaga, sin habernos ido aún al pueblo, esperando el milagro. Yo le he dicho que la cojo en brazos, pues apenas pesa, entre otras cosas que la poca masa muscular que le quedaba se ha ido al garete, y la llevo a Archidona aunque sea a cuestas.

Entre mi amiga y compañera Rosa y yo hemos corroborado los salutíferos efectos de una planta que es la panacea para todos los males que afronta la humanidad. La historia es como sigue:
Mi compañero Alonso padeció hace un tiempo unas calenturas que no había modo de quitárselas. La fiebre le subía al atardecer, desaparecía en la sombra de la noche y por la mañana la cara de mi amigo lo único que mostraba era la incertidumbre de qué los médicos no daban con lo que tenía y esperar a ver si ese día la fiebre no volvía. Después de infinidad de pruebas, y casi temiéndose algo grave, gracias al conocimiento popular y al instinto de su madre que le aconsejó que tomase un hierbas de la Sierra de la Nieves que un tío suyo, pastor, se procuraba para las calenturas; el caso es que las tomó, pues estaba ya desesperado y al tercer día resucitó. Yo, hipocondríaco por naturaleza, tomé nota, y le dije que esa hierba jamás la perdería de vista.
Transcurrieron los meses y a mi compañera Rosa le ocurre algo parecido. Se le presenta una febrícula intermitente. Los médicos le dicen lo primero que se les ocurre y le abren las puertas de la paciencia. Alonso le procuró las hierbas, y siguiendo la pauta que recomendó el pastor, a los pocos días se limpia de la fiebre. Yo, mostrando mi gran sabiduría, le pido que me dé a mí también y me las tomo sin tener fiebre. Sigo la pauta escrupulosamente y anoto los cambios que percibo en mí. Quien no diga que tengo mente de experimentador que diga que soy un inconsciente, para el caso es lo mismo.
Tampoco paro ahí, intuyo la importancia que tiene y decido ir a buscarla a la Sierra las Nieves. He realizado varias incursiones con mis compañeros de senderismo, y aquí le tengo que dar las gracias en especial a Juande y a José Antonio porque conocen cada uno de los rincones de la provincia, nombran los montes, montañas o cualquier elevación del terreno, como yo soy capaz de mentar el nombre de todas las mujeres que han significado algo en mi vida. Y gracias a ellos he dado con pequeños prados donde crece la bendita hierba. Hablando con un pastor que nos encontramos en la sierra, me dijo que la conocía, que no sabía si las personas la tomaban o no, pero que a las cabras les encantaba, que se la comían como si fuese una golosina. “Y si las cabras la comen es porque es buena, una cabra no se come nada que le siente mal”, afirmó, “salvo un hongo que crece en los pinsapos durante unos veinte días, y que las deja fulminadas”. Ah, que interesante el mundo animal, vegetal y los modos de vida ancestrales. Resulta que el pinsapo desarrolla un hongo que mata a nuestras queridas cabras, degustadoras de el exquisito bocado llamado planta del pastor, … cuyas propiedades sanadoras aún no han caído en manos de la codiciosa industria farmacéutica, o eso creía yo hasta que le mostré las fotos de la planta al amigo del yoga experto en fitoterapia y me contó la historia de la planta cuyos principios extrae un laboratorio, es más, no conforme, me narró la vida del fundador del laboratorio, a qué se dedicaba… y me dejó impresionado. “Se prescribe, en especial, para limpiar el hígado”, me dijo. Sin desmerecer su profesional opinión, creo que tiene más propiedades, entre las que destacaría: energizante, euforizante y optimizante; pues así es como me he sentido. Y no es de extrañar, porque hay algo mejor que tener un hígado limpio para sentirse bien. No le damos la importancia que tiene este órgano, en general, los occidentales solo le damos importancia al aspecto externo porque creemos que estando bien por fuera por dentro andamos de maravilla y es una supina equivocación. Una buena limpieza de hígado te pone a cien porque seguro que un hígado “sucio” está detrás de innumerables padecimientos que creemos curar acudiendo a la farmacia cada dos por tres.
Jugando un poco con la imaginación ya me veía yendo a la Sierra de las Nieves en septiembre, de noche y con luna llena, que es según Alonso cuando le ha dicho su tío que hay que recogerla para que conserve todas sus propiedades, para poder repartirla a quien padeciese alguna dolencia. Oh, que altruista me he vuelto desde que practico yoga.

He conocido una persona muy interesante en el yoga, bueno para ser sincero, he conocido a varias. Hay una muy especial, es italiana, de la Toscana y tiene nombre de flor, de una flor que aparece en primavera en los prados y que los enamorados deshojan.
Lo que más me llama la atención es su modo de vida. Está aquí en España, en Málaga, para aprender español junto con su pareja. Meses antes estuvo en Vietnam y España le sirve de puente para marcharse a Argentina. Yo que este verano iré a las playas de Tarragona de vacaciones, no tengo más remedio que quedarme sorprendido de lo pequeño que se le queda el mundo a unos y lo excesivamente grande que lo observamos otros. A mí la Toscana sólo me trae el recuerdo de varias películas que he visto con un transfondo de enamoramiento y la música de la película “La vida es bella”. Mi amiga me ha mostrado fotos y el paisaje se asemeja a zonas de Andalucía en la época previa a que los campos los achicharre el sol. Para confraternizar con ella le he dicho que los españoles amamos Italia, que los italianos nos caen muy bien y que sólo hay una nación a la que odiamos en el mundo: Francia.
Mi primo Gaspar dice que como en Archidona no se vive en ningún lugar del mundo, y es cierto para alguien cuyos confines terminan en Burgos y matando perdices.

Mi amigo Joaquín vuelve este verano a irse a un monasterio. Varios veranos seguidos nos estuvimos yendo juntos y las experiencias son inolvidables. No hay nada como levantarte a las seis de la mañana, maitines, y escuchar a lo monjes del monasterio de Leire cantar en gregoriano. Comer en el refectorio oyendo a un monje leer una especie de reglamento de la orden que dice cosas como que cuando una familia deja a su hijo en la orden la parte de su herencia que le corresponde también se queda allí.

Esta tarde tenemos previsto el éxodo para Archidona. Mi suegra está más conformada a subirse y marcharse. Le pedí que aplicase la técnica del pensamiento opuesto, muy práctica para estos casos. Consiste en pedirle a la persona negativa en cuestión que cada vez que le asalte un pensamiento piense en el contrario de forma positiva y lo diga en voz alta; desde entonces mi suegra no deja de decir que se siente mejor, que los dolores le están remitiendo y que está deseando regresar a su ruinosa casa.