La casa sigue ahí donde siempre, dónde si no, por más que he evitado pasar
cerca de ella con la ingenua idea de que su tiempo había terminado cuando ya
mis padres no viven, así que para qué mostrar interés por ella. El enfado de mi
orfandad lo pagaba la casa con mi distanciamiento. Mientras tus padres están, vives
con una coraza para tu propia desaparición. Cuando ya no viven sólo te queda
exorcizar el miedo a la muerte. En lo más profundo de nuestros corazones, los hermanos quizá
estemos haciendo eso cuando hemos emprendido su restauración.
Aunque dentro no
quedara ya nada y estuviera totalmente vacía, el solo entrar por la puerta me
haría sentir un ataque de añoranza y cada espacio me llevaría a una suerte de
congoja y pena. Me he estado convenciendo que lo mejor es centrarte en el momento actual, en tus hijos, nietos y dejar el pasado en el pasado; pero me ocurría que cuando caminaba por la calle y pasaba junto a ella, la miraba de reojo pensando de qué
me iba a servir ahogarme en nostalgias cuando lo cómodo es que te las fuera solventando
con el desapego hasta que dejaran de incomodarme. Faltó que la casa hubiera
podido exhalarme un grito “desagradecido”
En un pueblo despoblándose, con un
patrimonio cada vez más devaluado de inmuebles que han ido pasando de padres a
hijos, y estos abandonando el pueblo a la capital, es un caserón más en un mar de aguas quietas de precios devaluándose y sin mercado.
Desde el fallecimiento de mi padre, a la casa
no se le ha hecho nada. De vez en cuando un hermano se pasaba por ella, mi hijo
o un sobrino, y daba cuenta del avance del deterioro. Si creíamos que iba a permanecer impasible al
tiempo, porque las cosas físicas tienen eso, que son físicas y deben durar más
que nosotros, no como nuestros organismos perentorios y condenados a caerse a
pedazos; nos equivocamos. Por más que intentes evitar algo que sabes que no te
agrada, tarde o temprano, si por algún designo, venga de donde venga, lo
tendrás que afrontar; pero en mi caso a remolque de mis hermanos con más
ímpetu, llegó el momento.
La casa, de tres plantas de alzado, hace esquina. La fachada que da la calle principal presenta balcones amplios; la de la calleja forma un sutil ángulo en el centro, un artificio inteligente en el diseño de primeros de siglo XX que refuerza su verticalidad para que no se venza por la altura y su extensión; una solución que le da solidez y que no he visto en ninguna casa más que haga esquina. En el centro, en la primera planta, se colocó un cierro en el balcón donde se sentaba mi abuela a hacer ganchillo y ver la gente pasar.
Entrando de la calle se pasa a un zaguán.
Una cancela de cristal traslucido lo separa de la sala en la que dan dos puertas, una
sale al patio y otra, bajando un escalón, al despacho de mi padre y las escaleras al piso superior. Un sofá, en su época moderno, de patas
metálicas y de un material resistente a la desidia, que servía de acomodo a cualquiera
que viniera a echar el rato ocupa la mayor parte del espacio. Los objetos, los muebles, el sofá, las repisas caídas,
figuras decorativas incólumes a los que nada les ha perturbado su sitio; un
cestillo con llaves -a saber para qué- las figuritas de adorno... Las paredes
con zonas descarnadas de pintura y todo revuelto en el suelo junto con las
cartas que el cartero metía bajo la puerta y alguien las fue amontando en la
mesa baja hasta que caían al suelo como hojas. En el despacho, la sala donde mi
padre gustaba de organizar sus asuntos y a mí me hacía sentarme los veranos
junto a él para armar mi intelecto, las estanterías que le fabriqué con tablas
de aglomerado de sapeli, se habían vencido, y aunque aún permanecían en pie, combadas
del peso de los libros y papeles amontonados, muchos esparcidos por el suelo.
Libros, documentos, carpetas... que la mano de mi padre clasificó, a los que les dio su
lugar e importancia y que ahora se arracimaban relegados a alimento de ácaros.
Todo cuanto viví desde los diez años,
estaban allí, entre aquellas paredes desconchadas, puertas que no cierran,
ventanas con marcos carcomidos… Los pocos objetos que han quedado, los que a
ningún hermano le llamaron la atención, con sus pátinas de rancios polvos.
Aquellas figuras que mi madre les gustaba tener y que respetábamos, aún permanecen
como reliquias venciendo las fuerzas soterradas del abandono. Vuelvo a caminar
por los suelos de mi infancia. ¿Qué queda de aquellos momentos tan triviales,
domésticos y rutinarios, que ahora me vienen como vivencias maravillosas?
Procuro no tocar nada, como el que visita un museo y lo único que tiene permitido
es pensar de lo que ve. Llenas tu cabeza de un tropel de emociones que te hace
respirar profundamente, con cuidado de no aspirar el letárgico polvo que se ha
ido depositando. Espacios donde se escuchaban voces, tropel de pasos, por los
que se pasó miles de veces la fregona, se recogieron y limpiaron para mantener
el hogar. Abro algún cajón, observando el desorden como si cien manos lo hubieran
removido y la más simple nadería me ubica la memoria en el espacio y tiempo de
algo tan particular y a la vista tan insignificante.
Entre la tristeza y la inquietud que te
provocan las sensación de que aquello que tocas o ves tiene un gran valor, a la vez que ya no es nada: las fotos aún en marcos, los cuadros que se compraban
porque eran decorativos, las láminas de santos y la figura de la Virgen de
Gracia en su pedestal.
Me preparo para subir a la primera planta.