martes, 31 de marzo de 2020

Hombre con perro.


Decimosexto día

            No ha dejado de llover en toda la noche. Esta mañana nos despertamos sobresaltados porque escuchamos llamar el timbre. Eran las diez de la mañana y aún permanecíamos dormidos. Salí del dormitorio como alguien que huye de algo y pone todo su empeño en salvarse. A través de la mirilla, no vi nada, lo cual me hizo pensar que alguien estaría intentando evitar aparecer en mí campo de visión y tramando algo. Mi mente empezó a fantasear que nada bueno podía ser. Abrí con mucha precaución y allí estaba en el suelo: un paquete de Amazón, mojado. El repartidor ya se había marchado.

            No quiero ponerme machadiano con eso de la lluvia tras los cristales, pero es que no hay otra. Llueve y afortunadamente lo veo tras los cristales. Tampoco me agrada que una pareja vaya caminando deprisa tapándose con paraguas, casi seguro en dirección al hospital.

En el parque hay un solitario hombre con su perro. Él se guarece de la lluvia con un paraguas, mientras el perro está calándose hasta los huesos.

Hago un esfuerzo por construir frases largas y resplandecientes, con sus sujetos y complementos, atendiendo a la puntuación, obedeciendo  la gramática y la sintaxis en lo que doy de sí,  y siento, cuando no me sale lo que quiero expresar, como si algo se estuviese enroscando en mi mente deglutiendo las pocas expresiones que produzco.  Es como si un viento interior, el mismo que escuchas en los desapacibles días como hoy, aventase las palabras en remolinos sin orden ni estructura alguna y yo, sin apenas fuerzas, tuviera que salir tras ellas para organizarlas y asentarlas en el cuaderno.

 A medida que transcurren los días, y este propósito, sin ninguna duda,  altruista y encomiable, de dar cuenta en el blog con una sencilla crónica de cuanto siento y pienso, veo preocupado, cómo me crecen los textos poco concordantes y mestizos, sin hilazón alguna y desperdigados como niños en un patio de recreo. El resultado se podría considerar como óptimo, siempre que un batiburrillo de escritos eclécticos y disonantes, llenos de palabras altisonantes, como las que acabo de poner, al propio autor no se les resquebrajara la conciencia de que podía poner más leña en el asador.

Ya está haciendo falta salir y empaparme de realidad, como hoy el perro en el parque.

lunes, 30 de marzo de 2020

Decimoquinto día


Decimoquinto día.

            Hoy me he retrasado en mi crónica de Voces de Chernóbil. He oído cómo la gente aplaude y veo una vez más que los vecinos negacionistas de lo que podía  ocurrir no salen a su terraza. Lo más que hacen es asomarse a escondidas y mirar por una ventana. Es una actitud correcta, y me aclaro en lo que digo. Antes del confinamiento me encontré al matrimonio en la calle. Tengo la costumbre de pararme a hablar con todo el mundo. Comentamos, él, porque ella asentía, lo que estaba pasando. Me dijo que todo era un montaje, una mentira. Muy bien, el tema se ponía interesante. ¿Y?, le invité a que continuase dando más información. ¡Ya está! Él había concluido y el tema para estaba suficientemente claro, bastante había hecho con pararse y hablar conmigo desvelándome el meollo del asunto. Otro vecino lo tiene muy claro. Opta por una visión marxista del asunto, eso dice él. Utiliza expresiones rimbombantes de capitalismo y la lucha de clases. “Todo es un pretexto para socavar el bienestar de los trabajadores y hundirnos más.”, concluye.

            En estos tiempos parece que las cosas y tradiciones duraderas y eternas se van a extinguir. Muchas se vuelven anacrónicas y dejan de tener uso o valor en un santiamén. Otras, en cambio, parecen que han venido para quedarse siempre. La radio, por ejemplo, cuando apareció la televisión mucha gente creía que tenía los días contados.

Recuerdo que nunca les pregunté a mis padres cuándo compraron el primer televisor, un General Eléctrica Española. Un aparato admirable que cada dos por tres un técnico le cambiaba una lámpara. Los niños no dejábamos de movernos alrededor del técnico que escudriñaba con cara de no saber mucho de qué iba aquello de las ondas y rayos catódicos. Lo que yo quería conseguir a toda costa era la lámpara fundida. Era como una bombilla alargada y que encerraba una pequeña escultura futurista.

            Una vez escrito lo anterior, me viene a la memoria las palabras de un amigo, una persona de encomiable sabiduría. Me dice que la vida de los hombres se divide en dos partes: la primera, en la que escribes sobre los que vives; la segunda, en la que escribes sobre lo que recuerdas. Le pregunto si lo que me quiere decir es que me repito porque ya no tengo experiencias que contar o que no pierda el tiempo escribiendo y que acumule experiencias. Además, le digo, si estamos encerrados, lo mejor en este caso sería escribir sobre lo que desees, ¿no crees? También añade que no me envalentone escribiendo cosas terribles que puedan sobrevenir, que es como invocarlas. Le digo que la realidad está siendo bastante motivadora para no meterme yo también a analista, pero como no tengo muy claro lo que pienso de todo el asunto, por eso les pido a mis vecinos su opinión y me hago una idea caprichosa de lo que ocurre, y así, lo relativizo con el único de pasar el rato.  
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domingo, 29 de marzo de 2020

Decimocuarto día


Decimocuarto día
           
            Cuando la historia personal está desequilibrada y se cruza con la historia general que anda  trastornada, es seguro que se distorsione aún más. Es como si  uno fuera un aparato de radio y dejara de sintonizar bien las emisoras, porque las ondas que nos llegan del exterior viene crepitando y en nuestra visión se forman aquellas rayas que veíamos de niños en los televisores cuando la antena, no se sabe cómo, perdía la señal.

            Ayer, desde una ventana, vi a los legionarios haciendo ronda por el parque. Tranquilos y desarmados, como si estuviesen esperando a desfilar en una procesión de Semana Santa. Que el ejército esté en la calle es algo que puede parecer pintoresco, pero no deja de ser alarmante. Imagino que los militares han supuesto ya escenarios catastrofistas: motines, revueltas, vandalismo… y no quieren que los pillen con las manos en los bolsillos. Ahora todos somos muy proclives a plantearnos distopías. Tenemos una gran cultura cinéfila en las mismas. Me ha parecido algo curioso en el cine de Hollywood en una situación apocalíptica, las repetidas escenas de  una turbamulta asalta un comercio de electrodomésticos y arrampla con los televisores. La muchedumbre sale con las cajas y corre entre cascotes, coches incendiados, edificios en llamas; todos tienen la sensación de que el mundo se acaba, y ellos, venga, a por la ganga. La idea de que el mundo se va al traste y hay que salvar la tele tiene que tener motivaciones más profundas que no alcanzo a comprender.

            Todos y cada uno de nosotros nos vemos como si anduviéramos buscando una infinidad  de  santos Griales por el empeño y las energías que gastamos. Somos los modernos hiperactivos Indiana Jones y todos los obstáculos en nuestras aventuras son los malvados nazis que nos obstaculizan en el frenesí de alcanzarlos. Ya de noche, cuando me dedico a la eutrapelia, al disfrute moderado, abro la portezuela del lugar donde en casa guardamos los restos de bebidas que se compraron para Navidad y de las que, mira por dónde, me he vuelto a acordar para autoinvitarme a una eutrapélica copichuela que me lleve a la cama con el optimismo de que estoy a una cuarta de mano de conseguir alguno. Así, hasta que acabe con todas las reservas y la próxima Navidad empecemos de cero.



sábado, 28 de marzo de 2020

Decimotercer día



Decimotercer día

            Es este de los días que te levantas y tienes la sensación de ponerte una ropa que no es de tu talla, que te estás vistiendo con el jersey y el pantalón que te ponía tu madre heredado de tu hermano cinco años mayor, al que ella, diligentemente, le metía los bajos y le arremangaba los puños para que no parecieras un títere. Una ropa que cuando te vestías después de lavarte los sábados en un barreño comunal, la sentías fresca y dura, como si fuese de cartón, raspándote tu entumecido cuerpo. Lo único que querías después del aseo y de que te calzaran a tirones tu vestimenta limpia, era buscar un rincón donde solearte y recobrar la temperatura de tu cuerpo mientras observabas tu sombra temblar.

            Hablando de sombras, dónde se han ido en estos días que no veo ninguna. No os confiéis y encontrarla. ¿Qué intenciones tienen? Todo puede ser que estén confabulando contra nosotros; ya puestos, si confabulan los chinos, los americanos, los coreanos, los islamistas, los rusos… las sombras no iban a ser menos. Siempre nos daremos explicaciones que serán más complicadas que la verdad. Todos tenemos una hipótesis acerca de lo que está ocurriendo. La mía se inclina por la confabulación de los murciélagos. Son ellos, agazapados en la noche, como vampiros, los que han tramado terminar con nuestro estilo de vida. Estamos en la era Google, y la podemos ya nombrar la Era de que Cualquier Cosa Puede Pasar.

            Ya puestos,  lo mejor es desconfiar. Desconfía de  cuando crees que se han cumplido tus predicciones. Si buscas en tu memoria encontrarás que también presagiaste lo contrario. Desconfía de los que son alguien y como son alguien les puedes contar un secreto y siempre tienen un alguien a quien pasarle la información. Desconfía de los que se preocupan de tus pesares, porque es mejor que nadie se anime con tu mala racha, es lo que decía el padre de un amigo, “que se diviertan de su madre”. Desconfía de la publicidad de mantenerte siempre joven, feliz, bello, rico… y por supuesto, también de que la sabiduría se alcanza con la madurez, de la entropía majestuosa que deslizan los cuerpos hacía el final, de la tranquilidad de una vida austera, de dejar pasar las pasiones amorosas.

            Desconfía de todas las patrañas: ufólogos; negacionistas del Holocausto, del cambio climático, de la evolución; de los creyentes y montajistas religiosos, veganos, kármicos, antivacunas; de los comerciales de magnetoterápias, de puertas blindadas, de cerrojos de siete llaves; de los viajes espaciales, de las puertas en el espacio tiempo que nos permitirán abandonar este mundo; de las bulliciosas abejas en un  prado; de los políticos borricos, también.

 La Era de la Desconfianza

viernes, 27 de marzo de 2020

Duodécimo día


Duodécimo día

            Muchos de nosotros somos hipersensibles a los más leves cambios atmosféricos, a la efervescencia de las plantas en primavera, a los ronchones de los mosquitos, al ruido del ambiente, al olor del gasoil, al apretujamiento en los autobuses, a la fina capa de polvo que vemos en el salpicadero del coche… capaces de oír los ecos del Big Bang viajando por el espacio. En fin, un rosario de incomodidades que convierten la vida en un espionaje de todo lo que nos pueda resultar molesto. Una turba de maniáticos a los que ya lo único que les faltaba era una plaga semejante para ponernos más histéricos estando encerrados como el Conde de Montecristo a la espera de que la libertad llegue pronto.

             Varios amigos coinciden que cuando salen a la compra van con pavor. Caminan desconfiando de todo cuanto tocan y si se les acerca alguien están dispuestos a marcarle la distancia con una pica de las que utilizaban los Tercios de Flandes. También, me cuentan, que cuando llegan a casa, a la más mínima tos o carraspera presienten que el virus está ya aposentado en su organismo dedicado a su nefasta empresa y pasan gran parte del tiempo escuchando los rumores que destilan diversas partes de su organismo, hasta que agotados piensan que lo que tenga que ser, será.

            Ahora, cuando caminamos por las sombras del pasado, cuando apenas sabemos cómo la humanidad se las ingeniaba para sobrevivir sin tantos recursos, porque ya no nos interesa la Historia; ahora, es cuando tenemos una mayor ignorancia de quiénes somos. Imagino que cuando la humanidad creía en un noventa y nueve por ciento que la Tierra era plana, tendrían preocupaciones semejantes, porque siempre hemos sido los mismos, con las mismas preguntas, miedos e igual de ignorantes en lo fundamental, por mucho conocimientos que hayamos alcanzado. (Alguien puede decirme que este párrafo se ha quedado bastante cojo, pues le invito a que lo complete. Uno de mis propósitos es no hablar de religión y decir que muchas respuestas que el hombre del pasado tenía fácil y a mano era por su fe en sus dioses).

            Ya no sé si llevo un rato, un día, un mes encerrado. Sé que fuera el tiempo continúa. La naturaleza sigue con su ciclo de renacimiento y vida, que el sol sale después de la noche, que Venus resplandecerá al anochecer con su eterno día de un año, que los días son cada vez más largos; también, que andamos perdidos en un laberinto de amor y pena, de energía y desgana, de confianza y miedo. Nada nuevo.


jueves, 26 de marzo de 2020

Undécimo día



Undécimo día

            Hablo con mi primo. Su tos entrecorta la conversación y me cuenta que llamó al teléfono para ver si estaba infectado. Le atendió una máquina, según sus propias palabras. La máquina después de varias preguntas le diagnosticó un simple resfriado y le aconsejó que si se sentía peor que  llamase a su médico de cabecera. Cuando colgó, me lo imagino, frunciendo  el ceño y rascándose la cabeza, al saber que una máquina velaba por su salud.

            Mira por donde los humanos nos encontramos en esa encrucijada donde el ayer no significa nada y sospechamos que nos va a servir muy poco para construir el mañana. El carácter efímero que le hemos otorgado a todo, como esas fotos que se hacen y pierden su valor al día siguiente por mucho que se posteen (dudo de que exista el verbo postear), cargándonos de impresiones que van a la papelera de nuestra conciencia nada más entrarnos, nos están dejando las conexiones nerviosas enganchadas a continuos estímulos. Expuestos a una información tan contradictoria que nuestra mente no deja de formar un batiburrillo de imágenes, de dictados  y personajes, por lo que no me extrañaría que por mi cerebro anduviese ya mismo Darlh Vader con su espada láser dándome indicaciones de cómo erradicar la pandemia.

            Con otro amigo he quedado en recordar todo los motes de los colegas con los que salíamos en bicicleta. No es que lo hiciéramos con ganas de menospreciar a nadie, es que los dos debemos padecer un singular defecto de no acordarnos de los nombres y en cambio no olvidábamos nunca el apodo; como eran tantos y nos veíamos sólo los fines de semana, es fácil de entender. Además, había muchos Pacos y hubiera sido excesivo acordarse también del apellido. Según tengo entendido es un recurso memorístico para ejercitarse en el recuerdo: asociar una característica llamativa de la persona a como le pusieron en la pila bautismal para facilitar la evocación. Yo lo he practicado y al final sólo me quedo con el sobrenombre. La lista tampoco la hemos podido hacer larga. ¡Válgame Dios, también los alias se olvidan! Así, con gran esfuerzo, sólo no hemos acordado de Stoichkov, que en la primera salida nos llamó endebles archidoneses, el Bimbo, Molondrón, Alcaudón y su hermano Alcaudón Real, el terrible Matapobres que te apretaba cuando te veía flojear para dejarte tirado: el Almorranas, porque un día se quejó de las mismas y su mujer Claudia Schiffer, que no salía en bicicleta pero ya puestos a motear; el Belga venido a menos, por su parecido con un famoso ciclista de nacionalidad belga; el Perkins, dueño de un taller donde arreglaban camiones con motores Perkins y por último, Treinta y Siete Quintos, dado que era capaz él solo de beberse una caja de treinta quintos de cerveza, más siete de regalo.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Décimo día


Décimo día

            El asunto del cartel a mi primo se le está yendo de las manos. Dice que la gente no entiende el dibujo del virus con ventosas y ha tenido que poner uno menos gráfico y directo: “Perros sueltos y virus”.

            Tengo la impresión que hemos estado viviendo un poco como el Coyote de los Looney  Tunes  cuando corre por el vacío de un precipicio y cae en picado en el momento de mirar al fondo. Me siento como un sonámbulo que se despierta en la noche a mitad del sueño y descubre que se pone a caminar por un paisaje desconocido.

            Todos estos días de confinamiento lo estamos viviendo en la creencia y descreencia, en el escepticismo de las informaciones que nos dan de cómo vamos a salir de la pandemia. Intentamos sobreponernos con humor, pero debajo hay un halo de tristeza e inseguridad.

            Al mediodía de ayer hice una sesión de aeróbic, bastante sencilla y ambientado con la música disco de los años noventa. Aún recuerdo los pasos que aprendí en el gimnasio de mi barriada a cargo de un preparador sacado de los años 70 de un  asombroso parecido a Burt Reynolds y con unas manos como tenazas. Nunca olvidaré del día que me dio un masaje en las plantas de los pies, porque entre sus muchas acreditaciones, estaba la reflexología. Burt, usaba como guía de reflexólogo, un plano colgado en la pared de su estrecho despacho con camilla de tortura, de las plantas de los pies coloreadas como un mapa de geografía y señalados con números romanos y etiquetas de las dolencias que se reflejaban en tal porción del pie para  ser masajeado. Aquel día aprendí que siempre es mejor padercer una molestia que pasar por un dolor voluntario. Por supuesto, la dolencia continuó pero ya no tueve más ganas de sesiones.

            ¿Si nos dejaran en una isla desierta a todos nosotros, urbanitas modernos e incapaces de sobrevivir sin abrir la nevera, cómo nos la apañaríamos? Es uno de los pensamientos que me vienen a la cabeza cuando voy al supermercado a comprar, con más precauciones que un astronauta pisando por primera vez Marte. Hacer la compra, algo para mí tedioso y que he intentado siempre evitar, se ha convertido en una aventura. Salgo a la calle y  lo observo todo, como si fuese un extraterrestre en misión de exploración. La gente con sus guantes, los pocos automóviles que circulan con el conductor con mascarilla, las ambulancias… Siento que todo es muy extraño y en  mi cerebro de terrícola oigo cómo traquetean algunos engranajes desajustándose porque algún tornillo se está soltando.

martes, 24 de marzo de 2020

Noveno día


 Noveno día

            Ayer la vecina que coloca los altavoces en la terraza para acompañar con música las palmas no salió. Todo nos hace suponer que no se encuentra bien. Vive en un bloque distinto del nuestro, lo suficiente para que cumpla la condición de conocida y a la vez extraña, como hoy somos todos.

Algo difícil hoy de explicar a nuestros jóvenes es que antes, en nuestra infancia, nadie era tan desconocido ni ajeno. Que la geografía sea  la misma y las distancias entre las personas haya aumentado tanto, es algo que a los de nuestra generación nos tienen muy escamados. No tenemos apenas familiares mayores y quizá sea una de las causas: la suma de tantas pérdidas.

 Mi familia era numerosísima cuando estaban mis padres. Los tíos de mi madre eran muchos y la mayoría vivían en el mismo pueblo. Los lazos de parentesco los animaba a realizarnos frecuentes visitas. Llegaban a la hora que les pareciera oportuna y se hacía un alto en las faenas, pues ninguna en aquel tiempo tenía el carácter de urgencia que ha adquirido hoy todo. Mientras, mis hermanos y yo revoloteábamos a su alrededor y apenas nos fijábamos en el hombre o mujer vestidos de ropas muy antiguas y poco vistosas; con sus gorras, sus lutos y toquillas, que llevaban cosido en la solapa un enigmático botón negro. Viudos y viudas, todos reunían esa condición. Es como si de cada pareja de tíos de mis padres la cláusula que había puesto la vida es que quedara un superviviente en nuestra infancia de numerosa de almas.

Una vez acomodados en el sillón destinado a los mayores, se interesaban por nuestros asuntos y nadie tenía prisa por irse. Hablaban con parcas palabras, escuchando y asintiendo. Una conversación sin principio ni fin, con la intención de saber unos de otros y por la que se deslizaban apuntes que recordaban a los que ya no estaban. Entre tanto, nos llegaban a los oídos nombres de bisabuelas que habían criado una prole infinita de hijos, de familiares tarambanas que varias generaciones después se replicarían en un su sosias del mismo carácter y malandanzas. Parientes a los que mi madre recurría cuando la desquiciaba y decía que era igual que tal o cual por mi comportamiento de niño malvado vaticinándome un futuro que acabaría como él si no me enmendaba. También los había con habilidades extraordinarias  de los que también teníamos la suerte de ser herederos de sus especiales capacidades creativas para el dibujo, las manualidades, o de sus humanas cualidades de bondad y capacidad de renuncia, frente a los colectivos de parientes desnortados dados al vino, a las mujeres, que se fundieron buenos capitales en una vida de holganza y sin malgastar ningún sacrificio.

 Con tal batiburrillo de datos, no me extraña que tenga una idea de aquellos parientes como personajes novelescos que completarían una saga familiar de hombres y mujeres que hicieron con su vida lo que les dio la gana  y que le han legado a sus descendientes del futuro, a sabiendas de que estarían  desprovistos de tal pintoresquismo, el consuelo de haber participado en su mitificación. 

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lunes, 23 de marzo de 2020

Octavo día


Octavo día

            Ha amanecido lloviendo. Observo desde mi ventana como un hombre camina deprisa con una bolsa de plástico a modo de gorro. Una mujer le sigue, también ella lleva una bolsa de plástico en la cabeza.

            Me he dedicado esta mañana a dibujar el paisaje que veo desde la terraza. Al rato tuve frío y me fui al dormitorio, allí permanecí de pie dibujando a mano alzada el parque solitario y escuchando como repiqueteaba el agua tras los cristales.


Es como cuando subía al tercer piso en la casa de mis padres en el pueblo aquellas tardes noches y abría la ventana para que me diese el frescor y escuchaba la lluvia cómo gorgoteaba y resbalaba por los canalones. Las luces del pueblo con una áurea de niebla. El campo todo negrura, salvo alguna luz de un automóvil que circulaba como una estrella errante. Allí me pasaba mis buenos ratos, a expensas de no estar haciendo alguna de las mil tareas del bachiller. Respiraba y sentía desde aquella atalaya un enardecimiento de mi ánimo, algo así como un emocionante apetito por digerir toda aquella belleza y sensualidad.

Hoy mi impresión ha sido especial. He visto un parque que cualquier día es una perrera, una calle sin tráfico, sin gente; sólo la fina lluvia cayendo con su indolencia y mi mirada absorta en los espacios vacíos. El fino hilo de la memoria remontando el espacio-tiempo y por unos momentos yo estoy asomado en aquella ventana de mi adolescencia viendo un parque solitario, edificios y escuchando la lluvia, mientras a la luz del flexo había un cuaderno abierto esperando recibir la traducción aún sin hacer.

En el pueblo hoy llueve como aquí. La temperatura será más baja. La casa de mis padres cerrada, sin calor alguno. La ventana a las que me asomaba da al mismo paisaje. La noche irá cubriéndolo todo de aquella negrura. Las luces de los automóviles se han multiplicado por una autovía. El resplandor de las luces de las pedanías y de localidades que apenas conocíamos de su existencia se ven ahora como galaxias del firmamento marcando el límite del horizonte. El silencio del vacío, en oposición al silencio de la calma, mientras, un ejército oculto de seres encomendados a su labor ciega y destructora destartalando muebles, agujereando vigas, percutiendo, fracturando, hendiendo y destrozando todo cuanto ha quedado. La casa como un galeón a la deriva en una calle en la que ya apenas queda un niño y que tan ni siquiera es ya  cómoda para que la habite algún espíritu.
           

domingo, 22 de marzo de 2020

Día séptimo


Día séptimo.

Me levanto con el propósito de escribir, más como prueba de mi capacidad de constancia que de ganas. Entre otras cosas qué puedo poner, si mi vida como la de tantos está a merced de lo que los medios de comunicación digan, de seguir el Wsap los mensajes de los grupos a los que pertenezco  y de las rutinas domésticas. ¿Qué puedo escribir? Que pongo el lavavajillas, que dibujo, que leo, que voy a la compra y la mitad de las cosas que me han encargado se me olvidan de la prisa que llevo y las ganas de salir del supermercado nada más de entrar.

 De vez en cuando miro por el ventanal del salón y apenas sale ya nadie a pasear al perro. Los primeros días del confinamiento había mucha gente jugando con sus animales y a algunos se les veía charlar entre ellos agradecidos de tener un pretexto con el que salir y relacionarse. Ahora se les ve solos y con prisas, porque alguien que vaya demorándose en el quehacer de su mascota es sospechoso de aprovecharse y a todos, poco a poco, se nos está ensanchando por dentro  un resentimiento y ofuscación que deseamos pagar con alguien.

Ayer por la tarde intenté ejercitarme subiendo y bajando las escaleras del bloque de cuatro plantas donde vivo. Mi vivienda está en la segunda, que viene a ser una tercera porque hay una entreplanta. Me puse como límite bajar y subir hasta la mía, porque sé de dos vecinos del bloque que tosen, uno en la tercera y otro en la cuarta. Durante la noche se escuchan sus toses y uno tiene la capacidad de situarlas, ponerle caras y saber que están bregando solos con la infección. Todos los del bloque nos conocemos desde hace muchos años y tenemos una clara idea del tipo de vida que llevamos. Este  ejercicio de rastreo en aras de la supervivencia no es difícil porque las toses convulsas y perrunas nos ponen los vellos de punta en el silencio nocturno.

A la segunda vez de mi práctica deportiva comencé a fijarme en los rincones, en la baranda, en los resquicios… allí debían morar patógenos de toda laya y corté la ejercitación. No fue buena idea porque no puedes subir y bajar las escaleras sin que tus pisadas sean insonoras y que alguien te sorprenda entregado a semejante ridiculez.

Rápidamente cuajó otra brillante idea. Me fabriqué un banco sueco con una repisa y unos cubos muy prácticos que diseñé yo mismo y me los hizo un talabartero. Estuve menos de diez minutos subiendo y bajando, alternando los pies, como alguien que sube a una escalera infinita y hoy siento las piernas duras como si hubiese dado un paseo por todas las sierras de la provincia.

sábado, 21 de marzo de 2020

Sexto día del confinamiento.


Día sexto del confinamiento.

Es mi hijo Francisco quien me ha sugerido que abriera un blog que con el nombre de Voces del Ciprés, inspirándome en el título de la novela de Svetlana Alexiévich “Voces de Chernóbil”.

Nada es casual. Días antes compré la novela de la Premio Nobel bielorrusa, porque creía que era un tiempo muy propio para su lectura. Y no es que me esté portando como un catastrofista, es que Chernóbil es hoy. No vamos a morir de radiación del uranio, plutonio y cesio derramado por todo el orbe, pero sí nos vamos a enfrentar de nuevo a algo que nos va a causar mucho dolor y sufrimiento por la arrogancia, fatuidad y avaricia.
Ahora cuando escribo esto, precisamente a las ocho de la tarde, los vecinos de todas las barriadas baten palmas y se escucha la canción Imagine de Jonh Lenon. La gente se ha emocionado desde sus ventanas y balcones. Es el sexto día de confinamiento por culpa de la pandemia que nadie quiso ver llegar. Nuestro modesto y particular Chernóbil, salvando las terribles distancias por las que pasaron los bielorrusos.
El título de Voces de Ciprés viene al caso porque vivo en la calle Ciprés de Málaga, lugar de mi confinamiento junto con mi familia.

 

Si me pidieran que es lo más atrevido o emocionante  que he hecho estos días, diría que los minutos que he logrado desentenderme de la continua tormenta de informaciones, es decir, no oír. Todos se quejan, pero nadie se separa del televisor o de las redes. La ventaja es que no te sientes aislado, pero pagas un precio muy alto de intranquilidad.

Todas las tardes llamo a mi primo y el suele darme su opinión acerca del porqué estamos en este pandemónium. Habla del egoísmo como materia prima de la catástrofe  y dice que ha puesto un cartel en el camino de su casa del campo con algo así parecido a un globo con ventosas, una reproducción somera del virus con la palabra peligro, con el que pretende espantar a los que se quieran acercar. También suelo llamar a mi amigo Joaquín que vive tranquilo y desde que le dije mis pronósticos sobre esta pandemia, dice que la próxima vez nos veamos será en la calle Larios para merendar chocolate con churros. Apostilló que cuando quiera padecer de insomnio ya se procurará él mismo el material.