martes, 21 de septiembre de 2021

Rosas de abril. IV parte "Tampoco hoy sabrás"

 

A la primera clase de Educación Física el profesor nos citó en el gimnasio. Antes había que cambiarse en el vestuario; pantalón azul corto y camiseta blanca, tanto los chicos como las chicas.

Entramos y nos fuimos amontonando a la entrada, pegados a la pared. Frente a nosotros se mostraba una panoplia de aparatos de industria tortuosa que sólo con verlos hacía que tembláramos. Las compañeras no se atrevían a moverse del sitio con sus brazos cruzados en los pechos y las piernas, resguardada una de la otra, como si sólo se sostuviesen sobre una intentando proteger sus cuerpos de nuestras sesgadas miradas de lobos hambrientos. También ellas sopesaban los nuestros y para que no repararan mucho en las imperfecciones, no paramos de movernos investigando en los artilugios con las velludas piernas unos y lampiñas otros. Trepábamos, saltábamos y caíamos como si fuésemos de trapo, disimulando que apenas nos escocía el golpe. Para muchos era la primera vez que intentaban sostenerse en la cuerda y apenas escalaban un metro, abandonaban el empeño; otros, llegaban a lo más alto y cuando tocaban el techo les fallaban las fuerzas y se escurrían quemándose las palmas de las manos. Para mí, trepar, sosteniéndome en el aire, era algo en lo que estaba muy ejercitado, así que fui ganando seguridad  labrándome la creencia que aquella asignatura sería coser y cantar.

Llegó el profesor. Un hombre del que circulaba la leyenda que había servido en la legión como sargento, por lo que le gustaba la vida aguerrida y era poco transigente con los que no se esforzaban; fornido y con unos cambios bruscos de humor que te hacían temblar. Aquel día lo vimos llegar con buen ánimo, saludando, pero a los pocos minutos algo se le torció y empezó a chillarnos. Creo que fue la imagen que vio de melindrosos apiñados, algunos vestidos de calle pues se le había olvidado la ropa, la que le provocó que nos dijera que nuestras disposiciones le daban mala espina, pues qué pensábamos al venir sin ropa, pero que le daba igual, que pensaba hacernos sudar. Fue subiendo el tono para concluir que por la pinta se nos veían los cuerpos atrofiados, mal alimentados, cabezudos en cuerpos raquíticos. A las chicas les soltó que tenían cara de abuelas asustadizas. La primera clase la dedicaría a ponderar nuestras cualidades físicas en un circuito, según él, muy sencillo y que le permitiría tasar nuestro grado de competencia o incompetencia porque “que otra cosa se podía esperar con semejante musculatura” al tiempo que pellizcaba el bíceps del que tenía cerca y que andaba distraído.

La prueba consistía en saltar el potro, dar una vuelta de campana en una granítica colchoneta, trepar por la cuerda hasta donde dieran las fuerzas, subir por una espaldera y agarrarse a una escalera que levitaba suspendida del techo por la que debías colgarte igual que un mono en la jungla, caminar como un funámbulo por la barra fija y, por último, salir al patio para darle tres vueltas a todo correr.

Comenzó a llamar por orden de lista. El primero fue un compañero apasionado por el cine; sabía de actrices, directores… Una mente privilegiada que seguramente era la primera vez que reparaba que su cuerpo le iba a ayudar poco en la asignatura. Lo primero que tenía que hace era saltar el potro; una corta carrera, un saltito sobre una rampa, posar las manos como en el juego de la piola y caer con gracia en la colchoneta en la que debería dar la voltereta. A la orden de salida se fue directo y lo embistió cayendo de espaldas al suelo. Las risas iban a echar el gimnasio abajo. Se levantó confundido mirando alrededor. El profesor le dijo que siguiera, pero que tenía un punto menos. Rodeó el potro y acometió la voltereta clavando la cabeza mientras que con las piernas daba como espasmos eternizándose en aquella grotesca postura. Los demás aguantábamos la risa porque el exlegionario acaba de expulsar a un compañero al vestuario señalándolo con “ya puedes coger la puerta y largarte”, así, sin más. Se dirigió al que estaba empeñado en dar la voltereta que acabó por hacer la croqueta y cambiando de humor le gritó “¿Qué has hecho todos estos años, hibernar como los osos?” Ahora sí se nos permitía reírnos, y vaya que lo hicimos.

A la vista de las sucesivas caídas y porrazos, cambió las normas y ya cada uno podía hacer lo que fuera capaz, saltándose lo que le diese miedo, pasando al siguiente, eso sí, penalizado por cada deserción.

Terminamos y saliendo en fila, marchábamos cabizbajos camino del vestuario con algún que otro moratón. El profesor repasaba nuestras puntuaciones moviendo la cabeza en un gesto que presagiaba que a la vista de las destrezas que demostramos sería de extrañar que la puntuación estuviese ni siquiera en la media de lo corriente.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Rosas de abril. III Parte. "Los lados del polígono"

 

Las vocaciones apuntaban ya sus formas en el grupo de primero de BUP. Los que lo tenían más claro era los que querían ser periodistas, y terminaron siéndolo. El resto conservábamos aprensivas dudas de si seríamos capaces algún día de salir de aquellas paredes por nuestros méritos, así que para qué íbamos a preocuparnos de lo que nos depararía el futuro.

Recuerdo como el tiempo se eternizaba en las aulas. Los exámenes entraban en torrente y cuando menos lo pensabas llevabas un retraso para ponerte al día insoportable que te mantenía en un estado de alerta, en una agonía que iba calándote gota a gota como un grifo averiado. El profesorado a veces comprensivo, como alguien que al salir de misa, henchido de gracia por tener a su cargo un grupo que salvaba su crédito de buen magisterio, sobrado de caridad, como si le diese al pobre de la puerta una limosna, gastaba con nosotros aquellos restos de benevolencia "sacándonos a la pizarra" para preguntarnos, pensando que aquel día nos sabríamos el tema, y le devolvíamos las gracias con cara de trapacera pena, mostrándole nuestros muñones de ignorancia y poca dedicación, de abulia y cinismo, de hipocresía y flojera mental, justificándonos que ese día por mil avatares no nos lo sabíamos, desesperándolo y notando como su cara se transformaba en ira al comprobar que de nada servía su caridad, que para qué ayudarnos, si al final nos íbamos a comportar como aquel pobre sentado en el escalón de la iglesia gastándose el limosneo en corrosivo vino.

Pasaban los días, encerrados entre aquellas paredes, mirando el horario y temblando porque la asignatura siguiente era la yuxtaposición de estar encadenado con un mazo partiendo piedras. Esperando el timbre que diera fin a aquel suplicio, veías las estaciones perderse por los grandes ventanales: el invierno con sus dulces lluvias y frescos vientos, la calidez de la primavera con el revoloteo de una pajarería en celo, la luz cálida sobre los tejados del pueblo donde arrullaban las palomas libres, las voces de la gente, los megáfonos de los automóviles de venta ambulante…  De pronto, un silencio presagiaba lo peor: el profesor acaba de entrar con mal gesto. 

Las tardes las consumías en el paseo del pueblo, tonteando con las compañeras que iban a la zaga de un historial académico penoso. Llegabas a casa con la sensación de que deberías poseer una máquina del tiempo que te permitiera volver al comienzo del curso con el propósito de no perderte ni un solo día de apuntes, de repasos, de llevar los ejercicios al día, de atender, preguntar y evitar agachar la cabeza y mimetizarte con el aire para que el profesorado no te dirigiera ninguna pregunta. Entonces serías sumamente feliz, tal como hacían los compañeros estudiosos, y te librarías de aquellas jornadas inagotables de horas fingiendo y disimulando, con el corazón destrozado, viviendo una agonía que te gastaban las energías perdiéndote en  laberintos mentales, en otra dimensión del espacio tiempo mientras el profesor explicaba y el resto, salvo tú, atendía.

Si había alguna máquina cerca, era la maquinaria de los reproches directos al principio y disimulados por agotamiento más delante de tus padres. Veteranos en criar hijos, sabían de mis pasos sólo con mirarme a la cara. Aquella torreta de libros encima de mi mesa de estudio, junto al flexo, que los barajaba según tocaban en clase al día siguiente y que devolvía a su larvado estado, señalaban la cantidad de horas que debía dedicarle frente a las largas ausencias desaparecido. Entrar a la habitación y verlos, era igual que mirar una montaña a la que se enfrenta un solo hombre con un pico para excavarla. Terminé por colocarlos en una pequeña mesita junto a mí, ocultándolos en la misma penumbra que escondía a mis padres cómo me iba en el instituto.