A la primera clase de Educación
Física el profesor nos citó en el gimnasio. Antes había que cambiarse en el
vestuario; pantalón azul corto y camiseta blanca, tanto los chicos como las
chicas.
Entramos y nos fuimos amontonando a la entrada, pegados a la pared. Frente a nosotros se mostraba una panoplia de aparatos de industria tortuosa que sólo con verlos hacía que tembláramos. Las compañeras no se atrevían a moverse del sitio con sus brazos cruzados en los pechos y las piernas, resguardada una de la otra, como si sólo se sostuviesen sobre una intentando proteger sus cuerpos de nuestras sesgadas miradas de lobos hambrientos. También ellas sopesaban los nuestros y para que no repararan mucho en las imperfecciones, no paramos de movernos investigando en los artilugios con las velludas piernas unos y lampiñas otros. Trepábamos, saltábamos y caíamos como si fuésemos de trapo, disimulando que apenas nos escocía el golpe. Para muchos era la primera vez que intentaban sostenerse en la cuerda y apenas escalaban un metro, abandonaban el empeño; otros, llegaban a lo más alto y cuando tocaban el techo les fallaban las fuerzas y se escurrían quemándose las palmas de las manos. Para mí, trepar, sosteniéndome en el aire, era algo en lo que estaba muy ejercitado, así que fui ganando seguridad labrándome la creencia que aquella asignatura sería coser y cantar.
Llegó el profesor. Un hombre del que circulaba la leyenda que había servido en la legión como sargento, por lo que le gustaba la vida aguerrida y era poco transigente con los que no se esforzaban; fornido y con unos cambios bruscos de humor que te hacían temblar. Aquel día lo vimos llegar con buen ánimo, saludando, pero a los pocos minutos algo se le torció y empezó a chillarnos. Creo que fue la imagen que vio de melindrosos apiñados, algunos vestidos de calle pues se le había olvidado la ropa, la que le provocó que nos dijera que nuestras disposiciones le daban mala espina, pues qué pensábamos al venir sin ropa, pero que le daba igual, que pensaba hacernos sudar. Fue subiendo el tono para concluir que por la pinta se nos veían los cuerpos atrofiados, mal alimentados, cabezudos en cuerpos raquíticos. A las chicas les soltó que tenían cara de abuelas asustadizas. La primera clase la dedicaría a ponderar nuestras cualidades físicas en un circuito, según él, muy sencillo y que le permitiría tasar nuestro grado de competencia o incompetencia porque “que otra cosa se podía esperar con semejante musculatura” al tiempo que pellizcaba el bíceps del que tenía cerca y que andaba distraído.
La prueba consistía en saltar el
potro, dar una vuelta de campana en una granítica colchoneta, trepar por la
cuerda hasta donde dieran las fuerzas, subir por una espaldera y agarrarse a
una escalera que levitaba suspendida del techo por la que debías colgarte igual
que un mono en la jungla, caminar como un funámbulo por la barra fija y, por último, salir al
patio para darle tres vueltas a todo correr.
Comenzó a llamar por orden de
lista. El primero fue un compañero apasionado por el cine; sabía de actrices,
directores… Una mente privilegiada que seguramente era la primera vez que
reparaba que su cuerpo le iba a ayudar poco en la asignatura. Lo primero que
tenía que hace era saltar el potro; una corta carrera, un saltito sobre una
rampa, posar las manos como en el juego de la piola y caer con gracia en la
colchoneta en la que debería dar la voltereta. A la orden de salida se fue
directo y lo embistió cayendo de espaldas al suelo. Las risas iban a echar el
gimnasio abajo. Se levantó confundido mirando alrededor. El profesor le dijo
que siguiera, pero que tenía un punto menos. Rodeó el potro y acometió la
voltereta clavando la cabeza mientras que con las piernas daba como espasmos
eternizándose en aquella grotesca postura. Los demás aguantábamos la risa
porque el exlegionario acaba de expulsar a un compañero al vestuario señalándolo
con “ya puedes coger la puerta y largarte”, así, sin más. Se dirigió al que
estaba empeñado en dar la voltereta que acabó por hacer la croqueta y cambiando
de humor le gritó “¿Qué has hecho todos estos años, hibernar como los osos?”
Ahora sí se nos permitía reírnos, y vaya que lo hicimos.
A la vista de las sucesivas caídas
y porrazos, cambió las normas y ya cada uno podía hacer lo que fuera capaz,
saltándose lo que le diese miedo, pasando al siguiente, eso sí, penalizado por
cada deserción.
Terminamos y saliendo en fila,
marchábamos cabizbajos camino del vestuario con algún que otro moratón. El
profesor repasaba nuestras puntuaciones moviendo la cabeza en un gesto que
presagiaba que a la vista de las destrezas que demostramos sería de extrañar
que la puntuación estuviese ni siquiera en la media de lo corriente.