Un camello decapitado con unas alforjas y un hueco en las jorobas donde se
introduce un mechero: un camello encendedor, de unos quince centímetros de
altura, con la cabeza y parte del cuello partidas, es el recuerdo del profesor de
religión. Un cura de sotana, hombre afable y paciente, con un magisterio de
homilía y una bonhomía que desperdiciaba entre tantos adolescentes a los que su
didáctica y evangelio solo les servía para polemizar, cuestionándole todos los misterios
religiosos, “que qué hicieron Adán y Eva en el paraíso para enfadar a Dios” “que
por qué los curas no se casan” “que por qué había que llegar virgen al
matrimonio”. Hablase de lo que hablase, siempre conducíamos la clase a aquellas
polémicas para reírnos y de reojo observar con concupiscentes miradas a las
chicas.
El camello me lo dio para
que se lo arreglara. No sé cómo le llegó a él la información que tenía buenas
manos para reparar objetos. Me encomendó la tarea advirtiéndome de su importancia
pues era un recuerdo al que le tenía especial aprecio. “Sí, le prometí. Tenía fácil solución. Como el camello estaba hueco se trataba de introducirle
un vástago que uniera la cabeza con el resto y taparlo con escayola y pintarlo”
El hombre admirado de mi capacidad teorizante de arreglarlo me lo dio con una bendita
confianza. Hice un solo intento de arreglo. Le coloqué un trozo de madera corto
encajándole las partes separadas. Cogí un pegamento y le vacié una buena
cantidad. El adhesivo corroyó el material que debía ser algún tipo de plástico duro
que imitaba el metal. Rápidamente lo limpié antes que el daño fuera mayor y lo
dejé en la repisa junto a otras figuras decorativas avisando a mi madre de por
qué estaba aquel maltrecho objeto allí.
El buen sacerdote iba a ir
perdiendo la confianza en recuperarlo a medida que me preguntaba cuando me pillaba
desprevenido que para cuándo estaría el arreglo. Le contestaba siempre que
estaba ya en fase de devolvérselo. Entonces llegaba a casa y contemplaba el estropicio.
Tan fácil no era. Aquello sólo se arreglaría chapuceramente, y yo no era ningún
chapuzas. Con la imaginación veía cómo quedaría un trabajo bien terminado, pero
era incapaz de ponerme manos a la obra. Maldita sea. ¿Acaso no iba a ser capaz?
Prometiéndome que le metería mano y que en cuestión de poco tiempo volvería a su
dueño, fue pasando el curso entre meditaciones y angustias. El profesor me
suplicó que se lo devolviese, que me liberaba de la empresa. Le mentí y le dije
que ya estaba casi terminado. En su mirada relampagueó el brillo de la ilusión
cuando alguien cree que le hablan desde el noble corazón.
El profesor tuvo una idea acogida
con enorme ilusión por todos. La clase iría a la ermita a rendirle culto a la
Virgen, rezar y hacerle una ofrenda, un pergamino del que me encargué en copiar
un texto y adornarlo. Una excursión campestre que nos libraría de dar clase por
la tarde. Como estaba en aquel empeño, el hombre no me atosigó con el camello y
al ver que respondí con el trabajo y quedar satisfecho por el resultado, sentí
como aún la planta marchita de su deseo tuvo un brote de esperanza de que
recobraría su ansiado objeto. Gracias a Dios se jubiló el siguiente curso.
El colmo es que mientras
viví en casa de mis padres la figura se interponía en mi camino como una
pesadilla y me la quitaba cuando me mentía a mí mismo de que en cualquier
momento la dejaría nueva y se la llevaría a su domicilio. Se la daría, cuándo,
¿después de dos, tres… años? Imaginaba cómo
me miraría. La decepción con que la cogería reprobándome haberle privado tanto
tiempo de su querido camello encendedor. Definitivamente, era mejor olvidarla.
Cuarenta y siete años
después, ya mis padres no están. En la casa familiar la huella del descuido de
todos los hermanos sigue acumulándose en el polvo, desconchones, maderas rotas…
Hay grietas que piden una rápida reparación. La misma desidia que tuve por el
camello del que solo he encontrado el cuerpo. La cabeza anda perdida.