sábado, 27 de enero de 2024

Un perro para toda la familia. ( Octava parte de "Mi pueblo")


 

Según mi amo soy un perro pastor. Qué más da lo que sea. De tamaño no soy muy grande, tengo el pelo largo de color blanco, lo cual es un engorro por la suciedad. Soy muy ágil y de buenos reflejos. En general soy el perro ideal para este nuevo dueño y su familia.

Él cree que me ha adoptado. La verdad es que a mi anterior dueña la he dejado porque no la soportaba. Soy un animal con ansias de libertad. Me gusta rodearme de personas, que me comprendan y me mimen. Pero sobre todo siento unas ganas enormes de conocer mundo. Así que me dejé encontrar por este simpático hombre una Navidad. Su hija me acarició y me preguntó si estaba abandonado. Como no es cuestión de ponerse a hablar, la miré, y con ese lenguaje que sabemos utilizar tan bien los perros con los humanos, le dije que era un animal desvalido que buscaba un hogar. El padre de la criatura se conformó en llevarme. Se lo agradecí dándole unos lametones y saltos. Jugué con la hija que dispuso a ponerme un nombre. Me llamaron Santa, por Santa Claus. Ese nombre me favorecía más que el anterior.

Comenzó una vida de emociones, expansión y donde gozaba de una extraordinaria libertad sin recriminaciones. Cualquier cosa que hiciese les parecía graciosa y de animal inteligente. Así que aprovechando esta capacidad que tengo para sacarle provecho a las bondades de la vida, estuve atento a cualquier ocasión donde ampliase mis conocimientos y experiencias perrunas.

Vivíamos en un piso bajo que compartía patio vecinal. Me era fácil entrar a la vivienda de los vecinos por el patio. Saltaba las macetas y entraba en la casa. Solía acercarme a un hombre que estaba sentado en un sillón con la mirada ida. Sus manos posadas en los reposabrazos estaban quietas. Me sentaba a su lado poco tiempo. Notaba que su corazón latía más deprisa. Escuchaba abrirse la puerta y salía corriendo. Un día olí que ya no estaba, que se había marchado. Desde entonces dejé de colarme.

En verano nos íbamos a Archidona. El viaje en coche era lo peor que llevaba. Soy un animal sensible. Me mareo. Incluso llegué a vomitar. Cuando bajaba tenía libertad para recorrer las calles. Es un pueblo ideal para los perros. La gente es amable. Había infinidad de perras, así que me enamoré de todas cuantas pude. En el momento que abrían la puerta de la casa por la mañana, mi primera salida era husmear dónde encontrar el amor. Desayunaba en casa de unos familiares. Llamaba a la puerta con mis patas y unos ladridos. Escuchaba decir: “abrirle a Santa”. Sin esperar me iba directo para el frigorífico para que me regalaran con alguna golosina: una loncha de algo apetecible. Tenía toda la mañana para mí. Solía acompañar a la señora de la casa a misa. Entraba con ella. La gente la miraba. Cuando me cansaba salía a tomar el fresco. Los perros no somos religiosos. Sí somos respetuosos con las costumbres de nuestros amos.

También iba a la biblioteca. Aquel sitio me encantaba. No entendía muy bien qué se hacía allí, pero algo me decía que a pesar de no hacer nadie gran cosa, la gente se lo pasaban bien. Era el hermano de mi dueño. De vez en cuando me miraba, y veía su expresión de estar satisfecho de que estuviese a su lado. Dejaba caer su mano y me acariciaba la cabeza. Lo hacía porque estaba contento. A todos les comentaba las cualidades que tenía como perro. Lo inteligente que era. A lo que contestaban que estaba claro. A qué perro le gusta pasar el tiempo en una biblioteca.

Por la tarde solíamos ir a bañarnos. ¿Se puede ser más feliz? En una alberca de un cortijo. Podía corretear lagartijas, oler rastros de animales de campo. Mis instintos atrofiados de vivir entre humanos se despabilaban. Había olores que me remontaban a mis ancestros: el olor de los conejos, de los jabalís, ciervos, zorros, cabras, ovejas, reptiles… llegaban a marearme. El hijo más pequeño descubrió un día un ratón ahogado flotando. En un arranque de valentía me lancé al agua y lo saqué.

La noche era para descansar. Acostumbraba toda la familia ir a tomarse algo a la terraza de un bar. Yo aprovechaba para andar por el pueblo. Era el único perro suelto. Los que estaban en las casas me olían y ladraban. Unos de coraje, otros de admiración. Los gatos me miraban con recelo. Sabían de mi afición a espantarles la caza. Sus arteras formas de cacería no las compartía, en especial cuando los veía merodeando por los árboles en busca de nidos. Les ladraba y los ponía nerviosos.

Cogí afición a subir por un camino que iba a un castillo. Desde allí contemplaba la panorámica. En el silencio de la noche, acompañado de los grillos, escuchaba al autillo saludarme.


A mi hermano Valeriano, gracias a él todos disfrutamos de Santa. 

sábado, 13 de enero de 2024

Vino y heroína (Séptima parte de "Mi pueblo")

 

Aquellos hombres parecía que eran de zinc por dentro. Cada día, la taberna cerca de mi casa abría en dos turnos, mañana y tarde. Los primeros beodos estaban rondándola antes de que el tabernero quitara el pestillo de la puerta. Los veías con la ansiedad del que está a la espera de un suceso importante. Fumando a la desesperada. Era una época que beber era lo único que se podía hacer. Esa era la impresión.

Los negocios de romper vidas y de estropear la salud, estaban repartidos por todas las zonas del pueblo. Cada una tenía su propia clientela fija, como si fuesen socios de un club. Ninguna gozaba de estima, ni siquiera entre sus propios parroquianos. Eran odiados por las esposas y madres. Mi abuela decía que quien se llevase un vaso de vino a la boca le debían cortar las manos. Sería, por mi abuela, un pueblo de mancos. Todos, ningún hombre se salvaría. Hasta mi padre, que no soportaba nada el alcohol, hizo algún alarde de convertirse en un hombre de taberna tomándose un vasito de vino mientras hacía tiempo antes del almuerzo. Era cuando venía mi tío que estaba en Barcelona de vacaciones. Los dos creían encontrar un ratito de evasión tomándose un “ligaillo”, que era como llamaban al vino mezcla de blanco y dulce. Entraba como una ambrosía. Te abría el espíritu en los primeros tragos. Luego, era cuestión de cómo lo destilasen tus órganos. Qué iba a haber de malo. Salvo para mi padre. Aparte de soportar las diatribas de mi abuela, le sentaba fatal. Por su propia naturaleza nunca se podría haber tirado al vino. Su hígado era de los que te la devolvían a la primera. Hay personas en las que no pueden agarrar los vicios porque en la memoria, antes que los momentos de placer, se asientan los efectos de los pesares.

Los clientes sabían que bebían vinazo.  Por aquel precio, el dueño no les podía dar nada mejor que aquel brebaje infame, barato y etílico. Sólo los ricos bebían vinos embotellados, en catavinos y no en jarritas de lata.

El vocerío inundaba la calle. De noche, acostado, te llegaba aquel rumor de colmena borracha y te dormías. Alguna que otra vez, debajo de tu balcón se paraban dos contertulios puestos hasta la coronilla polemizando sobre algo que habían comenzado con el vaso en la mano y que continuaban porque no eran capaces de concluir. Como no se sostenían, terminaban por despedirse. Cada uno se marchaba para su casa dando tumbos. Día tras día. Año tras año. Hasta que los hábitos fueron cambiando por la propia evolución de la vida. Las tabernas cerraban. La clientela o ya no existía o se había reformado. Eran nuevos tiempos. Entonces una plaga sustituyó a otra. Esta vez sobre la juventud y de manera letal: la heroína.

Una generación de jóvenes se vio inmersa en aquel infierno. Muchas familias entraron en el túnel de enfrentarse a un hijo drogadicto. La gente sabía quiénes la vendía. Daba igual, de no ser esos serían otros. Impasibles y sin fuerzas, esperaban que aquella epidemia se agotase por sí sola. Soportaban las diabluras que acometían para agenciarse dinero con el costearse la droga. Los veías con sus cuerpos agotados, siempre veloces, en un continuo moverse cuando estaban sedientos por el “pico”. Fueron cayendo por el sumidero de enfermedades terribles. Aquellos chicos y chicas iban desapareciendo como soldados enviados a la guerra. A los pocos años, aquel tremedal se había tragado un montón de vidas. Muchachos con los que habías jugado, compartido colegio o peleado. Sus existencias dejaron un poso de recuerdos, de impotencia y compasión.

Evocar aquellos años, tan emotivos y felices, te hace pasar de puntillas por estos recuerdos. Ahí están.

 No para todos fue divino y mágico el estreno de la vida.

 

miércoles, 10 de enero de 2024

El candidato. (Sexta parte de "Mi pueblo")

 

        Que era un hombre versátil, no tenía duda. Frente al espejo la única promesa que le quedaba por cumplir y la que veía más difícil de lograr era perder peso. Ya le pondría solución. Paso a paso.

         Pronto serían las elecciones municipales. Con treinta y cinco años, después de haberse procurado sinecuras toda su vida, ahora lo tenía más claro. Llevaba unos años afiliado al partido esperando la ocasión. Se había inscrito como el que se inscribe en un club de campo para ver qué satisfacciones le podían dar. Evolucionar desde los principios que los demás son un medio para tus fines a otros más altruistas y solidarios, era su conflicto que llevaría de modo particular y secreto. Se entrenó en soltar frases manidas repitiéndolas igual que un mantra. A ver si así terminaba por creérselas como el agnóstico que a base de rezar procura abrirse las puertas de la Gloria.

 –Ha llegado el momento de cambiar. El pueblo necesita un buen empujón-, apostillaba cada vez que se metía en un tinglado dialéctico de político sin formación ni complejos. Fue la manera de iniciar su propia promoción a presentarse como candidato.

         Lo peor de los pueblos, pensaba, es que la gente te conoce. A no ser que hayas estado metido en un agujero o vengas de fuera. Me van hacer pagar mis excesos. A su mente llamaban muchas turbias acciones y empresas que había cometido él y con sus compinches. Luego, había un montón de gente que lo tenía calado. Sabían de su obsesión por el dinero. Su afán de conseguirlo sin esfuerzo. Esperaba que ya nadie se acordara de la vez que se hizo cargo de una asociación y vació la tesorería con gastos ficticios y facturas infladas. En connivencia con los proveedores, urdió mil triquiñuelas que le reportaron ganancias extras a la gratificación, ya muy inflada, que se había puesto como presidente. Se veía a sí mismo como un tipo listo y preparado para la lucha de la vida. El reloj de quinientos euros que portaba daba cuenta. El problema era que ahora todos los que estuvieron en connivencia con él iban, si llegaba a ser alcalde, a echarle el brazo por encima y pedirle “favores”.

 –Va a ser de manual-, rumiaba.

 –Si logro salir, en mi desempeño intentando salvar la imagen de hombre íntegro, tendré que pasar por un cedazo de componendas y chantajes sin que se me note-, cavilaba con las neuronas de devanarse los sesos.

         En su partido no tuvieron problemas para que fuese en la lista el primero. Cualquiera habría sido mejor, pero su voluntarioso esfuerzo acalló las ganas. Quizás con suerte lo lograse. Ufano, comenzó su campaña en torno a convencer a los vecinos de algo que ni siquiera él estaba convencido: que era capaz de resucitar al pueblo. Levantar la economía, hacerlo atractivo. Una Arcadia en la sierra norte de la provincia. Si lo lograba o no, -este era su auténtico ideario político privado-. al menos él sí progresaría. Con la llave de la alcaldía abriría alguna puerta que diese a un porvenir en un despacho de pocos esfuerzos y muchas ventajas.

En un debate en la televisión local junto con los otros candidatos, fuese el tema que fuese, siempre colaba la muletilla como el estribillo de una canción manida: -Este pueblo debe ya dejarse de siglas y votar a las personas. Lo que se necesita es un gestor. Alguien que se deje de ideologías y abrace la única, la del progreso, antes que el pueblo esté definitivamente muerto-. Había momentos en los que se le veía dudar dando la sensación de estar reflexionando. El motivo es que perdía su propia atención a lo que decía porque no lograba quitarse de la cabeza a más de uno que de las risas estaría al borde de padecer un síncope. Incluso a él le entraban ganas de perder la compostura y comenzar a reírse.

 –Cómo voy hacer que la gente me crea, si me conocen desde la escuela. Maldito pueblo pequeño-, rezongaba para adentro y volvía a repetir lo de “Este pueblo debe ya…”, pero ahora con más inseguridad y temblándole el labio.

Los demás candidatos le miraban con sorna. “Valiente, elemento”, pensaban. “Hay que tener cara dura, conociéndolo como lo conocemos desde la cuna”, les faltó replicarle. Pero en el juego de la política cada uno tenía preparado su particular discurso de politicastro.

El resultado fue estrepitoso. Nunca nadie había obtenido tan pocos votos en unas elecciones municipales. Ni siquiera los afines le votaron.

Tampoco es que las cosas hayan cambiado a mejor.

jueves, 4 de enero de 2024

El emprendedor (Quinta parte de "Mi pueblo")

 

Un tiempo de expansión económica.  La población crecía, el número de viviendas crecía… Los colegios estaban a rebosar de alumnado. La gente iba y venía en un continuo trajín buscándose la vida. Un lugar, como tantos en aquella época, para instalarse y sostener a tu familia. 

Con las ilusiones del emprendedor, llegó un hombre maduro con su familia dispuestos a abrir un negocio. Todo lo ahorrado, con la ayuda de un préstamo y con el ímpetu de un pionero del oeste, aterrizó en este pueblo que se levanta en la falda de una sierra coronada por un castillo en ruinas. Si le hubieran preguntado cómo era, quizá habría dicho que era grande para ser pueblo y pequeño para ciudad.

Siempre los comienzos son difíciles. Fue bien acogido. Lo peculiar y extraño fue que al poco tiempo alguien le advirtiera sobre la reacción que con los foráneos tenían los que iban a ser vecinos y clientes. Le advirtió que no se fiara. Que los había de cuidado disfrutando en ver cómo todo lo que se propusiera se torciera. Que los había en este pueblo que viendo a alguien progresar los mataba del disgusto.

De tarde en tarde, aquel comentario le provocaba zozobra. Le costaba trabajo creerlo. El negocio marchaba viento en popa. Se compró un vehículo nuevo, una furgoneta y pudo adquirir un local en propiedad. Todo en un tiempo récord según sus vigilantes paisanos. Se había ganado una fama. Muchos clientes los trataban como amigo. Tenían cuentas abiertas a débito. Algunas eran cantidades importantes.

A los dos años de afanoso bienestar, en el frío invierno, sin saber nadie cómo, habían comenzado a germinar las malevolencias: los supuestos hechos acerca de su negocio, de su vida y matrimonio. Gracias al recoveco sucio del alma donde se aposenta el placer por las desgracias que le ocurren a otros. Se fantaseaba. Cualquiera lo sabía porque alguien lo sabía. Fabulaciones a cuál más vil y canalla. Creerlas no costaba ningún esfuerzo. Los comentarios se soltaban como piedras en un lago en calma. -Estaba prosperando demasiado deprisa. - ¿Tanto vendía? Nadie, por mucho que se esforzara, compraba un local, ampliaba el negocio, furgoneta…Seguro que tendría otros negocios oscuros, delictivos y estaba utilizando de tapadera el abierto al público-, comentaban.

Cuando vives ufano de lo que realmente ocurre, tiene la desventaja que no ves acercarse los nubarrones hasta que descarga el primer rayo. El rayo llegó en forma de anónimo. Con ánimo de ponerlo al corriente, uno que se autodefinía “el justiciero”, le informaba de cuantas mentiras se decían de él, su mujer y cómo había prosperado. Puras calumnias. A sabiendas de que eran falsedades, tenía que darse cuenta de que sus convecinos eran todos unos ruines y embusteros. -Unos falsos. –le advertía-.

Después de leerlo, dijo en voz alta -Me equivoqué al venir aquí-

Indagó sobre los cometarios. A los que le preguntaba, se mostraban condolidos. Todos coincidían que no hiciese caso. Los hechos le darían la razón. Paciencia. Escuchó frases como: “Este pueblo se las gasta así” “La puñetera envidia”.

Logró salir adelante, aunque nunca olvidaría cómo pretendieron hundirlo. Los infundios volaron.

Años más tarde, nadie podría pensar que se produciría un punto de inflexión en la economía local. Las ventas habían caído. Él resistía como tantos. A pesar de que el pueblo creció en extensión, se sostenía con mucha menos población. La gente joven se marchaba a buscarse la vida a cualquier otra parte. Los colegios cerraron aulas. Las calles, a muchas horas del día, parecían un decorado de película. Abrir un negocio era abocarte al fracaso sin necesidad de exponerte a los celos de los que llevan mal el acenso en la vida de un paisano.

A la hora de definirlo, cualquiera que llegara a instalarse, opinaría que es un pueblo que parece grande pero que está empequeñeciendo. Aunque todavía se espera el progreso que atraiga población. Así y todo, se siguen conservando las tradiciones, quedan niños que van a los colegios. Puedes tomarte un café… Aún existe.