Según mi amo soy un
perro pastor. Qué más da lo que sea. De tamaño no soy muy grande, tengo el pelo
largo de color blanco, lo cual es un engorro por la suciedad. Soy muy ágil y de
buenos reflejos. En general soy el perro ideal para este nuevo dueño y su
familia.
Él cree que me ha
adoptado. La verdad es que a mi anterior dueña la he dejado porque no la
soportaba. Soy un animal con ansias de libertad. Me gusta rodearme de personas,
que me comprendan y me mimen. Pero sobre todo siento unas ganas enormes de
conocer mundo. Así que me dejé encontrar por este simpático hombre una Navidad.
Su hija me acarició y me preguntó si estaba abandonado. Como no es cuestión de
ponerse a hablar, la miré, y con ese lenguaje que sabemos utilizar tan bien los
perros con los humanos, le dije que era un animal desvalido que buscaba un
hogar. El padre de la criatura se conformó en llevarme. Se lo agradecí dándole
unos lametones y saltos. Jugué con la hija que dispuso a ponerme un nombre. Me
llamaron Santa, por Santa Claus. Ese nombre me favorecía más que el anterior.
Comenzó una vida de
emociones, expansión y donde gozaba de una extraordinaria libertad sin
recriminaciones. Cualquier cosa que hiciese les parecía graciosa y de animal
inteligente. Así que aprovechando esta capacidad que tengo para sacarle
provecho a las bondades de la vida, estuve atento a cualquier ocasión donde
ampliase mis conocimientos y experiencias perrunas.
Vivíamos en un piso bajo
que compartía patio vecinal. Me era fácil entrar a la vivienda de los vecinos por
el patio. Saltaba las macetas y entraba en la casa. Solía acercarme a un hombre
que estaba sentado en un sillón con la mirada ida. Sus manos posadas en los
reposabrazos estaban quietas. Me sentaba a su lado poco tiempo. Notaba que su
corazón latía más deprisa. Escuchaba abrirse la puerta y salía corriendo. Un
día olí que ya no estaba, que se había marchado. Desde entonces dejé de
colarme.
En verano nos íbamos a
Archidona. El viaje en coche era lo peor que llevaba. Soy un animal sensible.
Me mareo. Incluso llegué a vomitar. Cuando bajaba tenía libertad para recorrer
las calles. Es un pueblo ideal para los perros. La gente es amable. Había infinidad
de perras, así que me enamoré de todas cuantas pude. En el momento que abrían
la puerta de la casa por la mañana, mi primera salida era husmear dónde
encontrar el amor. Desayunaba en casa de unos familiares. Llamaba a la puerta
con mis patas y unos ladridos. Escuchaba decir: “abrirle a Santa”. Sin esperar
me iba directo para el frigorífico para que me regalaran con alguna golosina: una
loncha de algo apetecible. Tenía toda la mañana para mí. Solía acompañar a la
señora de la casa a misa. Entraba con ella. La gente la miraba. Cuando me
cansaba salía a tomar el fresco. Los perros no somos religiosos. Sí somos
respetuosos con las costumbres de nuestros amos.
También iba a la
biblioteca. Aquel sitio me encantaba. No entendía muy bien qué se hacía allí,
pero algo me decía que a pesar de no hacer nadie gran cosa, la gente se lo
pasaban bien. Era el hermano de mi dueño. De vez en cuando me miraba, y veía su
expresión de estar satisfecho de que estuviese a su lado. Dejaba caer su mano y
me acariciaba la cabeza. Lo hacía porque estaba contento. A todos les comentaba
las cualidades que tenía como perro. Lo inteligente que era. A lo que
contestaban que estaba claro. A qué perro le gusta pasar el tiempo en una
biblioteca.
Por la tarde solíamos ir
a bañarnos. ¿Se puede ser más feliz? En una alberca de un cortijo. Podía
corretear lagartijas, oler rastros de animales de campo. Mis instintos
atrofiados de vivir entre humanos se despabilaban. Había olores que me
remontaban a mis ancestros: el olor de los conejos, de los jabalís, ciervos, zorros,
cabras, ovejas, reptiles… llegaban a marearme. El hijo más pequeño descubrió un
día un ratón ahogado flotando. En un arranque de valentía me lancé al agua y lo
saqué.
La noche era para
descansar. Acostumbraba toda la familia ir a tomarse algo a la terraza de un bar. Yo
aprovechaba para andar por el pueblo. Era el único perro suelto. Los que
estaban en las casas me olían y ladraban. Unos de coraje, otros de admiración. Los
gatos me miraban con recelo. Sabían de mi afición a espantarles la caza. Sus
arteras formas de cacería no las compartía, en especial cuando los veía
merodeando por los árboles en busca de nidos. Les ladraba y los ponía
nerviosos.
Cogí afición a subir por
un camino que iba a un castillo. Desde allí contemplaba la panorámica. En el
silencio de la noche, acompañado de los grillos, escuchaba al autillo
saludarme.
A mi hermano Valeriano, gracias a él todos disfrutamos de Santa.
