miércoles, 15 de diciembre de 2021

Rosas de abril VII "El subversivo"

 

            Los últimos rescoldos del régimen, antes de la llegada de la democracia, se apagaban en la asignatura de Formación del Espíritu Nacional de primero de BUP. A punto de extinguirse, como se extinguió el trilobites, el profesor intentaba por todos los medios aleccionarnos con los dogmas de la falange, de las bonanzas de aquella ideología que se había impuesto por la fuerza y que, según él, había traído tanta paz y prosperidad a los españoles. En fin, qué otra cosa podía decir el hombre.

Para hacernos una idea objetiva del ambiente estudiantil, decir que éramos una generación idealista; en aquella época se consumían los ideales como ahora las zapatillas deportivas. La avanzadilla de todos los cambios que vendrían a los que ya no se le podía imponer por la fuerza las ideas porque habían aprendido a preguntar y cuestionar lo que nunca fue opinable. A los adolescentes no les gusta el mundo que les toca. En aquella época para cambiarlo existía un abanico de corrientes socio políticas que voceaban en nuestras cabecitas que estaban limpias, bien conservadas y dadas a las ensoñaciones. Alguno que otro se envalentonó, levantó el puño y se puso de lado del proletariado, sin ser proletario se pasaba el día hablando de la lucha obrera y luciendo la hoz y el martillo como luciría un beato un escapulario; otros venteaban ideas más comunitarias con la ilusión de formar una comuna en la que todos arrimaban el hombro, todo era compartido y practicando el amor libre -sin duda ya sabíamos cuál iba a ser nuestra ocupación predilecta- sería el germen de una sociedad más justa; siempre era mejor ser revolucionario de algo, aunque también quedaba un grupo no definido de chicos y chicas que no tenían ningún interés por pensamientos “políticos”, aleccionados, imagino, por sus familias para no señalarse y sobrevivir en lo que deparasen los tiempos.

El profesor, un hombre fornido, que no paraba de fumar Winston, con un anillo en forma de sello, con el que golpeaba la mesa para apuntalar la idea que tenía acerca de algo, intentaba imponerse en aquel batiburrillo ideológico con su visión política del trabajo, de la familia y señalando quiénes eran los enemigos de todo esto. ¿Cómo conseguimos que aquella asignatura se convirtiera en un debate sobre los usos y costumbres sexuales, oprobiosos para el profesor, que nada tenían que ver con el programa? El valiente que se autoinmoló fue un compañero protocomunista y liberal sin emancipar que hablaba y cuestionaba sin pelos en la lengua de cosas que nos encendían las mejillas al tiempo que tapábamos con las manos nuestras bocas para que no se nos escaparan las risas nerviosas. El profesor con ánimo peleón y de no aburrirse explicando lo mismo de siempre se envalentonaba y cogió la costumbre de polemizar con el protocomunista, encajando e intentando responder las preguntas más inverosímiles, atrevidas y procaces que se pudieran hacer en aquellos tiempos por muchachos de quince años sobre la libertad y prácticas sexuales. Su dogma era que aquel libertinaje lo habían traído los degenerados “rojos” infestando el matrimonio, institución sagrada y que estábamos corrompidos si todos teníamos las mismas ideas que el compañero. Sobre las prácticas sexuales permitidas solo en el matrimonio,  decía que "las guarrerías no se le hacen a la esposa, la madre de tus hijos”, a la vez que golpeaba con su sortija la mesa y remataba que todo lo que no fuera lo "clásico" eran “cochinadas” y que eso era el comunismo, “hacerle guarrerías a las mujeres”

Como tenía enfilado al desvergonzado compañero al que dejaba que preguntara cuanto quería; pero que de buena gana lo habría convencido con otros métodos, un día, a la entrada del instituto, mientras permanecíamos aletargados esperando que llamaran para entrar en clase, los vimos que se dirigía con paso enérgico hacia nosotros. Directo para el “libertino” le arrancó de las manos un libro de Marta Marta Harnecker que estaba muy de moda en los estudiantes de izquierdas y que era literatura “subversiva”. Mirándole a la cara mientras lo hacía pedazos, le advirtió de no lo viese más leyendo guarrerías. El protocomunista se amilanó, pues estaba claro que de haberle replicado su cabeza bien podía haber sido el tablero de la mesa del aula contra la que descargaba el anillo.

 

domingo, 28 de noviembre de 2021

Rosas de abril. VI "Lo aprendido"

 

               La asignatura se llamaba por las siglas EATP (Educación Artística Técnico…) Un compendio de saberes prácticos y teóricos de la enseñanza profesional que nos no sirvió para nada, pues solo ojeamos el libro, salvo para sopesar que más allá de los vastos conocimientos que debíamos acaparar en BUP, se abría un océano de ignotos conocimientos que eran los que realmente necesitaba el mundo para que no se parase y de los que nos distanciaríamos, cada vez más, navegando en una balsa de contenidos inútiles.

Tampoco es que diéramos muchas horas de clase; completas, pocas. El profesor de la asignatura era el director y aprovechaba el único momento de la semana para vernos las caras y apostrofarnos acerca de la manada de salvajes que éramos, con razón o sin ella. Su discurso favorito decía algo así como que individualmente le caíamos bien, pero en grupo nos convertíamos en detestables, auténticos hijos de madres desconocidas. “Una pena, porque conozco a vuestros padres y no entiendo cómo habéis salido así”, decía con una falsa aflicción dejando entrever la clase ínfima de seres que éramos. Y en eso transcurría casi siempre la clase, mejor dicho, la media clase, porque incontables veces en pleno apoteosis de regañinas venía el conserje y le avisaba de que le llamaban con urgencia. Entonces nos dejaba bajo la amenaza de que aún no había terminado y que esperáramos a ver qué querían de él. Con mucha astucia se dejaba el paquete de Winston y el encendedor encima de la mesa del profesor para hacernos creer que no tardaría en regresar. “Ahora vuelvo. Poneros a estudiar, banda de vagos. A ver qué tripa se le ha roto ahora al que sea”, decía saliendo por la puerta.

Las primeras veces picamos. Hasta que nos dimos cuenta que formaba parte de su manera de enseñar y aprovechando la ocasión, el más valiente rompió el silencio y nada más irse se levantó, asomándose a la puerta a ver si era un truco y estaba allí agazapado para pillarnos, la cerró, se subió a la tarima del profesor, cogió el paquete de tabaco, sirviéndose un pitillo y arrimándole fuego con el encendedor, comenzó, al tiempo que exhalaba el humo con gran vigor, a imitar al director. “Lo que yo os digo, sois un asco, unos niñatos de mierda, hijos sin padres; pero colectivamente aún peor: una manada de viciosos a los que les voy a echar las muelas abajo a hostias”  Pronto, en las siguientes clases, no faltaron voluntarios para arrendarlo, por lo que se llegó a establecer un reglamento: todo aquel que saliera a imitarlo tenía derecho a servirse un cigarro y un comité de compañeras puntuaría quien era el que mejor lo hacía y el más divertido, mientras, uno permanecía vigilante para dar el aviso por si aparecía; hecho que nunca ocurrió.

 En el cambio de clase se llegaba el conserje a por el paquete, al que apenas le quedaban cigarrillos, y el encendedor. Los cogía y nos dedicaba una sonrisa cómplice.

            Las pocas clases que dimos, el libro tenía temas para todos los gustos, lo que nos propuso fue que los "aparcáramos"  y comenzáramos abriéndolo por el que según él era el más importante e interesante, y más adelante ya veríamos el resto. Así pues, el día que venía cargado de energía pedagógica porque su reserva de improperios estaba seca, lo dedicaba a explicarnos su monotema que dominaba con profusión: el motor de explosión de un vehículo con sus distintas partes, bielas, válvulas, pistones, tiempos, bujías… Sin llegar a verlo, sin más conocimientos, y sólo imaginando aquello de lo que nos hablaba por los recuerdos que teníamos cuando nos habíamos asomado al capó abierto de un coche y habíamos vito un amasijo de bloques, cables y piezas inextricables, asentíamos como futuros mecánicos en ciernes cuando lo que realmente hacíamos era dormitar con los ojos abiertos, reservando fuerzas y con el deseo de que el conserje nos librara de una vez por todas del aburrido motor y poder desahogarnos de aquella pesadilla de asignaturas y profesorado en la que se había convertido nuestra vida.

 

viernes, 8 de octubre de 2021

Rosas de abril. V Parte "Todo quedará atrás"

 

            Un camello decapitado con unas alforjas y un hueco en las jorobas donde se introduce un mechero: un camello encendedor, de unos quince centímetros de altura, con la cabeza y parte del cuello partidas, es el recuerdo del profesor de religión. Un cura de sotana, hombre afable y paciente, con un magisterio de homilía y una bonhomía que desperdiciaba entre tantos adolescentes a los que su didáctica y evangelio solo les servía para polemizar, cuestionándole todos los misterios religiosos, “que qué hicieron Adán y Eva en el paraíso para enfadar a Dios” “que por qué los curas no se casan” “que por qué había que llegar virgen al matrimonio”. Hablase de lo que hablase, siempre conducíamos la clase a aquellas polémicas para reírnos y de reojo observar con concupiscentes miradas a las chicas.

            El camello me lo dio para que se lo arreglara. No sé cómo le llegó a él la información que tenía buenas manos para reparar objetos. Me encomendó la tarea advirtiéndome de su importancia pues era un recuerdo al que le tenía especial aprecio. “Sí, le prometí. Tenía fácil solución. Como el camello estaba hueco se trataba de introducirle un vástago que uniera la cabeza con el resto y taparlo con escayola y pintarlo” El hombre admirado de mi capacidad teorizante de arreglarlo me lo dio con una bendita confianza. Hice un solo intento de arreglo. Le coloqué un trozo de madera corto encajándole las partes separadas. Cogí un pegamento y le vacié una buena cantidad. El adhesivo corroyó el material que debía ser algún tipo de plástico duro que imitaba el metal. Rápidamente lo limpié antes que el daño fuera mayor y lo dejé en la repisa junto a otras figuras decorativas avisando a mi madre de por qué estaba aquel maltrecho objeto allí.

            El buen sacerdote iba a ir perdiendo la confianza en recuperarlo a medida que me preguntaba cuando me pillaba desprevenido que para cuándo estaría el arreglo. Le contestaba siempre que estaba ya en fase de devolvérselo. Entonces llegaba a casa y contemplaba el estropicio. Tan fácil no era. Aquello sólo se arreglaría chapuceramente, y yo no era ningún chapuzas. Con la imaginación veía cómo quedaría un trabajo bien terminado, pero era incapaz de ponerme manos a la obra. Maldita sea. ¿Acaso no iba a ser capaz? Prometiéndome que le metería mano y que en cuestión de poco tiempo volvería a su dueño, fue pasando el curso entre meditaciones y angustias. El profesor me suplicó que se lo devolviese, que me liberaba de la empresa. Le mentí y le dije que ya estaba casi terminado. En su mirada relampagueó el brillo de la ilusión cuando alguien cree que le hablan desde el noble corazón.

            El profesor tuvo una idea acogida con enorme ilusión por todos. La clase iría a la ermita a rendirle culto a la Virgen, rezar y hacerle una ofrenda, un pergamino del que me encargué en copiar un texto y adornarlo. Una excursión campestre que nos libraría de dar clase por la tarde. Como estaba en aquel empeño, el hombre no me atosigó con el camello y al ver que respondí con el trabajo y quedar satisfecho por el resultado, sentí como aún la planta marchita de su deseo tuvo un brote de esperanza de que recobraría su ansiado objeto. Gracias a Dios se jubiló el siguiente curso.

            El colmo es que mientras viví en casa de mis padres la figura se interponía en mi camino como una pesadilla y me la quitaba cuando me mentía a mí mismo de que en cualquier momento la dejaría nueva y se la llevaría a su domicilio. Se la daría, cuándo, ¿después de dos, tres… años?  Imaginaba cómo me miraría. La decepción con que la cogería reprobándome haberle privado tanto tiempo de su querido camello encendedor. Definitivamente, era mejor olvidarla.

            Cuarenta y siete años después, ya mis padres no están. En la casa familiar la huella del descuido de todos los hermanos sigue acumulándose en el polvo, desconchones, maderas rotas… Hay grietas que piden una rápida reparación. La misma desidia que tuve por el camello del que solo he encontrado el cuerpo. La cabeza anda perdida.

martes, 21 de septiembre de 2021

Rosas de abril. IV parte "Tampoco hoy sabrás"

 

A la primera clase de Educación Física el profesor nos citó en el gimnasio. Antes había que cambiarse en el vestuario; pantalón azul corto y camiseta blanca, tanto los chicos como las chicas.

Entramos y nos fuimos amontonando a la entrada, pegados a la pared. Frente a nosotros se mostraba una panoplia de aparatos de industria tortuosa que sólo con verlos hacía que tembláramos. Las compañeras no se atrevían a moverse del sitio con sus brazos cruzados en los pechos y las piernas, resguardada una de la otra, como si sólo se sostuviesen sobre una intentando proteger sus cuerpos de nuestras sesgadas miradas de lobos hambrientos. También ellas sopesaban los nuestros y para que no repararan mucho en las imperfecciones, no paramos de movernos investigando en los artilugios con las velludas piernas unos y lampiñas otros. Trepábamos, saltábamos y caíamos como si fuésemos de trapo, disimulando que apenas nos escocía el golpe. Para muchos era la primera vez que intentaban sostenerse en la cuerda y apenas escalaban un metro, abandonaban el empeño; otros, llegaban a lo más alto y cuando tocaban el techo les fallaban las fuerzas y se escurrían quemándose las palmas de las manos. Para mí, trepar, sosteniéndome en el aire, era algo en lo que estaba muy ejercitado, así que fui ganando seguridad  labrándome la creencia que aquella asignatura sería coser y cantar.

Llegó el profesor. Un hombre del que circulaba la leyenda que había servido en la legión como sargento, por lo que le gustaba la vida aguerrida y era poco transigente con los que no se esforzaban; fornido y con unos cambios bruscos de humor que te hacían temblar. Aquel día lo vimos llegar con buen ánimo, saludando, pero a los pocos minutos algo se le torció y empezó a chillarnos. Creo que fue la imagen que vio de melindrosos apiñados, algunos vestidos de calle pues se le había olvidado la ropa, la que le provocó que nos dijera que nuestras disposiciones le daban mala espina, pues qué pensábamos al venir sin ropa, pero que le daba igual, que pensaba hacernos sudar. Fue subiendo el tono para concluir que por la pinta se nos veían los cuerpos atrofiados, mal alimentados, cabezudos en cuerpos raquíticos. A las chicas les soltó que tenían cara de abuelas asustadizas. La primera clase la dedicaría a ponderar nuestras cualidades físicas en un circuito, según él, muy sencillo y que le permitiría tasar nuestro grado de competencia o incompetencia porque “que otra cosa se podía esperar con semejante musculatura” al tiempo que pellizcaba el bíceps del que tenía cerca y que andaba distraído.

La prueba consistía en saltar el potro, dar una vuelta de campana en una granítica colchoneta, trepar por la cuerda hasta donde dieran las fuerzas, subir por una espaldera y agarrarse a una escalera que levitaba suspendida del techo por la que debías colgarte igual que un mono en la jungla, caminar como un funámbulo por la barra fija y, por último, salir al patio para darle tres vueltas a todo correr.

Comenzó a llamar por orden de lista. El primero fue un compañero apasionado por el cine; sabía de actrices, directores… Una mente privilegiada que seguramente era la primera vez que reparaba que su cuerpo le iba a ayudar poco en la asignatura. Lo primero que tenía que hace era saltar el potro; una corta carrera, un saltito sobre una rampa, posar las manos como en el juego de la piola y caer con gracia en la colchoneta en la que debería dar la voltereta. A la orden de salida se fue directo y lo embistió cayendo de espaldas al suelo. Las risas iban a echar el gimnasio abajo. Se levantó confundido mirando alrededor. El profesor le dijo que siguiera, pero que tenía un punto menos. Rodeó el potro y acometió la voltereta clavando la cabeza mientras que con las piernas daba como espasmos eternizándose en aquella grotesca postura. Los demás aguantábamos la risa porque el exlegionario acaba de expulsar a un compañero al vestuario señalándolo con “ya puedes coger la puerta y largarte”, así, sin más. Se dirigió al que estaba empeñado en dar la voltereta que acabó por hacer la croqueta y cambiando de humor le gritó “¿Qué has hecho todos estos años, hibernar como los osos?” Ahora sí se nos permitía reírnos, y vaya que lo hicimos.

A la vista de las sucesivas caídas y porrazos, cambió las normas y ya cada uno podía hacer lo que fuera capaz, saltándose lo que le diese miedo, pasando al siguiente, eso sí, penalizado por cada deserción.

Terminamos y saliendo en fila, marchábamos cabizbajos camino del vestuario con algún que otro moratón. El profesor repasaba nuestras puntuaciones moviendo la cabeza en un gesto que presagiaba que a la vista de las destrezas que demostramos sería de extrañar que la puntuación estuviese ni siquiera en la media de lo corriente.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Rosas de abril. III Parte. "Los lados del polígono"

 

Las vocaciones apuntaban ya sus formas en el grupo de primero de BUP. Los que lo tenían más claro era los que querían ser periodistas, y terminaron siéndolo. El resto conservábamos aprensivas dudas de si seríamos capaces algún día de salir de aquellas paredes por nuestros méritos, así que para qué íbamos a preocuparnos de lo que nos depararía el futuro.

Recuerdo como el tiempo se eternizaba en las aulas. Los exámenes entraban en torrente y cuando menos lo pensabas llevabas un retraso para ponerte al día insoportable que te mantenía en un estado de alerta, en una agonía que iba calándote gota a gota como un grifo averiado. El profesorado a veces comprensivo, como alguien que al salir de misa, henchido de gracia por tener a su cargo un grupo que salvaba su crédito de buen magisterio, sobrado de caridad, como si le diese al pobre de la puerta una limosna, gastaba con nosotros aquellos restos de benevolencia "sacándonos a la pizarra" para preguntarnos, pensando que aquel día nos sabríamos el tema, y le devolvíamos las gracias con cara de trapacera pena, mostrándole nuestros muñones de ignorancia y poca dedicación, de abulia y cinismo, de hipocresía y flojera mental, justificándonos que ese día por mil avatares no nos lo sabíamos, desesperándolo y notando como su cara se transformaba en ira al comprobar que de nada servía su caridad, que para qué ayudarnos, si al final nos íbamos a comportar como aquel pobre sentado en el escalón de la iglesia gastándose el limosneo en corrosivo vino.

Pasaban los días, encerrados entre aquellas paredes, mirando el horario y temblando porque la asignatura siguiente era la yuxtaposición de estar encadenado con un mazo partiendo piedras. Esperando el timbre que diera fin a aquel suplicio, veías las estaciones perderse por los grandes ventanales: el invierno con sus dulces lluvias y frescos vientos, la calidez de la primavera con el revoloteo de una pajarería en celo, la luz cálida sobre los tejados del pueblo donde arrullaban las palomas libres, las voces de la gente, los megáfonos de los automóviles de venta ambulante…  De pronto, un silencio presagiaba lo peor: el profesor acaba de entrar con mal gesto. 

Las tardes las consumías en el paseo del pueblo, tonteando con las compañeras que iban a la zaga de un historial académico penoso. Llegabas a casa con la sensación de que deberías poseer una máquina del tiempo que te permitiera volver al comienzo del curso con el propósito de no perderte ni un solo día de apuntes, de repasos, de llevar los ejercicios al día, de atender, preguntar y evitar agachar la cabeza y mimetizarte con el aire para que el profesorado no te dirigiera ninguna pregunta. Entonces serías sumamente feliz, tal como hacían los compañeros estudiosos, y te librarías de aquellas jornadas inagotables de horas fingiendo y disimulando, con el corazón destrozado, viviendo una agonía que te gastaban las energías perdiéndote en  laberintos mentales, en otra dimensión del espacio tiempo mientras el profesor explicaba y el resto, salvo tú, atendía.

Si había alguna máquina cerca, era la maquinaria de los reproches directos al principio y disimulados por agotamiento más delante de tus padres. Veteranos en criar hijos, sabían de mis pasos sólo con mirarme a la cara. Aquella torreta de libros encima de mi mesa de estudio, junto al flexo, que los barajaba según tocaban en clase al día siguiente y que devolvía a su larvado estado, señalaban la cantidad de horas que debía dedicarle frente a las largas ausencias desaparecido. Entrar a la habitación y verlos, era igual que mirar una montaña a la que se enfrenta un solo hombre con un pico para excavarla. Terminé por colocarlos en una pequeña mesita junto a mí, ocultándolos en la misma penumbra que escondía a mis padres cómo me iba en el instituto.

domingo, 29 de agosto de 2021

Rosas de abril. II Parte "Diversión hasta las doce"

       

 A la primera fiesta que asistí, formaba parte de la organización.

                Un grupo de compañeros de primero de BUP le pedimos al director que antes de irnos de vacaciones de Navidad nos prestara un salón en desuso para hacer un baile y sufragar el viaje a la Sierra de Cazorla. Nos dijo que sí, que nos daba permiso, porque confiaba en nosotros al tiempo que nos advertía de la infinita responsabilidad que asumiríamos en caso de algún desmán.

 El salón que nos cedió tenía la entrada por un portalón enorme a espaldas del edifico en una tranquila calle. Una vez que lo traspasabas te encontrabas en una antesala que comunicaba con una cancela a un patio rodeado de arcadas que en su día fue el claustro por donde pasearían los escolapios hasta principios del siglo XX. Desde el patio tenías acceso al interior de las aulas y despachos por una escalinata que subía al primer piso. Por los vestigios que aún quedaban, insignias colgadas y un extraño billar para jugar a alguna modalidad rara, el último uso probable que había tenido fue de local de ocio de la extinta OJE.     

Un proveedor suministró las bebidas y el ajuar. Nos pidió una fianza, pero al ver la cara que pusimos, nos dijo en broma que le dejáramos los libros de texto. Se echó a reír. “Haré una excepción. Conozco a tu padre” y señaló con el admonitorio dedo a un compañero.

Limpiamos. Arrancamos las insignias de madera de la OJE clavadas a la pared, quedando trozos que tapamos con los pósteres prestados de Massiel y Miguel Ríos. Colocamos la barra hecha de pupitres, la nevera de las bebidas con hielo y la mesa de billar arrinconada para las botellas; el equipo de música, una pletina de discos y dos bafles eran de un repetidor del último curso del ya a extinguir bachiller laboral. También se hizo cargo de amenizarnos con la única condición de poder beberse gratis lo que deseara. Nos pareció un buen acuerdo. La pista de baile la ubicamos en un lugar esquinado y más opaco que el resto con las luces envueltas en celofán rojo y azul para ocultar la pátina de deslucido que emanaba desde todos los rincones.

Llegó el día, las nueve de la noche, todos en sus puestos: los bármanes, los porteros, los merodeadores sin funciones… y el pinchadiscos que llevaba un vaso en la mano con el primer cubalibre de la jornada. La entrada costaba veinte pesetas, lo que nos convertía en desleal competencia con la discoteca del pueblo que cobraban el triple. Comenzaron a llegar los primeros a los que no tuvimos más remedio que dejar pasar gratis argumentando que querían asomarse a ver el ambiente que había y decidir quedarse.  En la barra se servía y cobraba mediante tiques adquiridos previamente. Cada dos por tres el pinchadiscos se acercaba y pedía que le repusieran la bebida.

 A las dos horas el pinchadiscos nos dijo que estaba cansado y que se iba a tomar un poco el aire. La gente se había quejado de escuchar a Bor Marlye en bucle, así que nos pareció bien; otro se encargaría de la música. El cierre estaba previsto para las doce. Apenas quedaban unos cuantos rezagados, ninguna chica entre ellos, cuando nos llegó la noticia de que la cancela que daba al patio estaba abierta y que alguien se había colado con el propósito de cambiar notas de exámenes.

Tres de los organizadores fuimos en su busca. Cruzamos el patio a oscuras y subimos por la escalinata al primer piso. La poca luz que entraba creaba un ambiente lóbrego donde cualquier objeto, banco, papelera, extintor, tenía una remarcada insinuación de animal agazapado y acechante. Dimos algunas voces que retumbaban en la entenebrecida soledad de los corredores, reverberándose en las bóvedas como los lamentos de réprobos estudiantes. Sigilosos, pendientes de cualquier ruido, doblamos un pasillo cuando nos topamos con el pinchadiscos saliendo de la secretaría. El corazón nos dio un vuelco. Corrimos todos en desbandada a la salida. Cerramos la cancela.

Repuestos del susto y mientras hacíamos las cuentas de las parcas ganancias, el pinchadiscos eufórico, al tiempo que vaciaba los restos de una botella de ginebra, dijo “Este trimestre, las notas, fetén”

 

miércoles, 18 de agosto de 2021

Rosas de abril. I Parte. "Los hérores del día"

 

Los héroes del día. Primera parte de Rosas de Abril.

    Me vestí con las prendas que estrenaba para causar una buena impresión, según mi madre, un pantalón vaquero, una camisa blanca y jersey. Las botas camperas “Valverde del Camino”, que aún estaban a medio domar, me daban un toque indócil que desapareció en cuanto me mezclé con el resto de compañeros para la ceremonia de apertura del curso del instituto.

    La masa de alumnado novato nos fuimos acumulando a la entrada como borregos a las puertas del redil. Se nos distinguía especialmente porque portábamos un cuaderno y bolígrafo, íbamos vestidos de invitados a un bautizo y los rostros contenían una expresión de pavor adornados de una sonrisa petrificada. Los veteranos nos rondaban como leones a una manada de cebras. Los veías reírse y señalarnos. Circulaban comentarios que nos ponían la piel de gallina de las cosas que pensaban hacernos. Lo ideal era no perderse del grupo, de la seguridad de estar apiñados y moviéndonos como un cardumen de peces en mitad del frío océano.

    A una señal del conserje entramos y nos dirigieron al salón de actos. La sensación cuando crucé las puertas fue parecida a la que Alicia tendría al adentrarse en el espejo y caer dentro del pozo. Allí iba a tener lugar el solemne acto de inauguración del curso académico. Por una ley de la gravedad, la misma que hace que las partículas en un fluido se sitúen en diferentes planos, los de primer curso nos colocamos en las primeras filas prestos a oír al director, el cual dio la bienvenida a toda la concurrencia y en su pacato discurso entendí como vaticinaba un periplo largo y tortuoso, lleno de sufrimientos, incertidumbres y humillaciones para los malos estudiantes a los que más temprano que tarde irían a la calle convertidos en desechos de la sociedad, auténticos fracasados. Se refirió también al problema que habíamos planteado a la dirección los de primero al provocar por puro capricho nuestro un exceso de peticionarios de ciencias en lugar de letras, yo entre ellos. La culpa era nuestra, nos dijo, y nos amenazó veladamente al declarar que a más alumnado en ciencias más exigente se volvería el profesorado y difícil sería aprobar, así que estábamos a tiempo de cambiarnos a lo que presumiblemente era un bachiller de letras más llevadero antes de que se nos atragantaran las matemáticas, física, química y otras asignaturas tortuosas. Al final del acto podríamos desapuntarnos a los que nos daba igual. Mientras, desde el fondo del salón no paraban de llegar risotadas y voces por lo que le pidió al conserje que fuera para allá y que señalara quiénes eran los que estaban de pitorreo. Se dirigió a ellos, a los de las últimas filas, los veteranos, pidiéndoles que prestaran mucha atención, porque su paciencia tenía un límite y este curso pensaba ser menos transigente con algunos que merecían estar en un reformatorio. Los novatos escuchábamos pasmados. De vez en cuando una bola de papel nos pegaba en la cabeza y lo más que hacíamos era agacharla en el cuello como las tortugas. La voz cavernosa del director se sobreponía al murmullo tratándolos de indeseables, cambiando de registro para decir que de los nuevos esperaba más, que fuésemos mejores, más responsables y correctos. Una voz se elevó del fondo y gritó “niñatos”. El acto tocó a su fin. Los de primer curso debíamos esperarnos para recomponer la lista excesiva de solicitantes de ciencias y los pocos de letras. No me lo pensé y me cambié a letras.

    Al salir, presagiamos lo peor. Un gran corro de estudiantes se había colocado arremolinados en la salida. Los veteranos, cada uno portando una cachiporra hecha con un periódico, habían formado un pasillo. Esperaban divertirse a costa nuestra. Las chicas estaban eximidas. No tuvimos más remido que lanzarnos cubriéndonos con los cuadernos mientras éramos golpeados por todo el cuerpo. Ahí no terminó la cosa cuando ya creíamos que estábamos “bautizados”, que era como llamaban a las vejaciones, corrió la voz que patrullas de veteranos iban a la caza de los más infortunados para darles “maculillos”. Te agarraban cogiéndote entre varios de los brazos y de las piernas y buscaban la esquina de un edificio, póster o árbol, para golpearte al tiempo que espectadores y verdugos coreaban el número de veces. 

    Ya estaba bien. Escondí el cuaderno debajo del jersey y me marché con el corazón en un puño para que pareciera que no tenía nada que ver con aquellas razias de las que me sería imposible huir con mis botas camperas. Escurriéndome por las callejas como una sombra llegué a casa. Había comenzado el BUP.

sábado, 17 de abril de 2021

Crecer hacia atrás (Parte XI) "La nevada"

 

De niño, en Estepa, la primera vez que vi nevar sentí la misma emoción que el día, pocos años después, cuando desde la carretera de los montes en dirección a Málaga, vi el mar.

Mi padre se había marchado al colegio en plena nevada. Toda la mañana estuvo nevando y no fui al colegio, motivado más en el peso de la decisión que el único calzado de invierno de la marca “Gorila” con las suelas de goma y de cordones, hacía pocos días que los había estrenado y si se empapaban perderían durabilidad. También corría el consiguiente riesgo de resfriarme. Me pasé todo el tiempo mirando ver caer aquellos copos a través de la ventana adormeciendo el paisaje. Saltaba y brincaba de emoción. A ratos salía al patio y cogía un puñado. La sensación era de quemarme las manos. Deseosos de salir a la nieve y hacer el consabido muñeco y arrojarnos bolas, mi madre aquel día se mantuvo vigilante para que no pillásemos una pulmonía, pero como siempre, era cuestión de insistencia para que lográramos que cediese.

Mi padre regresó con el traje arrugado y estuvo justificándose de que se había pasado varias horas en el colegio secándose frente a la estufa porque llegó calado hasta los huesos. Las nubes se fueron despejando y salió un espléndido sol dispuesto a derretir aquel manto blanco de apenas unos centímetros. Nos abrieron la puerta y escapamos a la nieve a correr como elfos. Entregado al juego y a las correrías, los pies mojados y ateridos de frío iban perdiendo la sensibilidad; entonces comenzaron a castañearme los dientes. Fue cuando me entró una risa nerviosa que venía de la quemazón que sentía. 

En casa, mi madre me sentó delante de la catalítica y comenzó a masajearme los pies. –Es porque has estado a pique de que se te congelen-, me dijo.

El resto de la tarde la pasé frotándome los pies y observando desde la ventana a mis amigas, las hijas de los maestros, que salían a jugar vestidas con aquellos gorros de lana, bufandas y guantes. Ninguna de esas prendas teníamos.  

A la mañana siguiente aún quedaba algún rodil de nieve mientras los tejados goteaban las canales. Los zapatos mostraban un aspecto de gurruño inservible, así que me calcé lo que me quedaba por ponerme para ir al colegio:  unos tenis “La Tórtola” de loneta de desvaído color azul y con las suelas ya de por sí enflaquecidas de tanto uso. A los pocos pasos ya estaban mojados. Temeroso de pillar otra congelación, regresé a casa y mi madre consintió que no fuese para evitar males mayores.

 

sábado, 27 de marzo de 2021

Crecer hacia atrás (Parte X) Tropelías de verano

 

La primera señal fue que mi abuela se vino del pueblo con nosotros a echarnos una mano. Otras señales fueron que mi padre de nuevo se vestía con unas camisas de safari fresquitas, hacia horas extras llevando la contabilidad de dos fábricas de mantecados y aporreaba la máquina de escribir cuando no tenía nada mejor que hacer; que a mi hermana la subieron en el autobús y la enviaron con su prima a Archidona y que yo tenía toda la libertad que podía disfrutar un niño de ocho años delgado como un cordel con una mente empírica. Las dos amigas, Rosa María y Amparito, se habían marchado. Sus familias eran de Granada y la otra un extremo de España. No quedó nadie, salvo nosotros, en aquella desolada barriada de maestros.

Por encima del patio de mi casa, separada por un seto había una guardería infantil y residencia de comunidad de desabridas monjas que lo dirigían. Yo tenía paso franco a sus instalaciones que hacían frontera con nuestro patio separado por un seto al que las monjas pretendieron colocar un alambre de espinos y mi madre no consintió. La superiora o directora o lo que fuera aquella monja bigotuda, la escuché decir a su empleado para todo: “vamos, con esta mujer no hay quien pueda”. El buen hombre era padre de un mocetón límite que le ayudada en sus tareas de jardinería. Cuando me veía, casi siempre con su carrillo de mano trasladando tiestos de macetas, me invitaba a subirme, me agarraba a los bordes y él hacía los ruidos de un motor mientras arrancaba a todo correr.  Las religiosas también echaron la llave y cerraron por vacaciones quedando todo el recinto a mi disponibilidad.

Mi obsesiva obsesión era entrar dentro de su residencia. Revisaba todas las ventanas, trepaba a los tejados, entraba a los patios… nada. Aquello era un fortín, seco del gasto de energía me recuperaba sentado en el suelo de la vacía piscina y masticaba de golpe todas las pastillas de regaliz que me habían dado por un duro.

Regresaba a casa de mi deambular. Pero antes afinaba mi puntería intentando colar una piedra por unos ventanales voladizos.

 Durante unas pocas semanas las fábricas de mantecados se dedicaban a preparar las cajas de madera para el envasado para tenerlas listas cuando empezara la campaña en septiembre cara a la Navidad. En su mayoría eran obreras que encolaban unas tablillas de madera al papel e iban dándole forma de caja con lindos papeles festoneados y la tapa decorada con una rústica imagen de la marca. Las apilaban en grandes torres que iban llenando los laterales del recinto como un bosque. Los grandes ventanales del techo estaban abiertos para que se aireara la atmósfera y un mejor secado. Por allí era por donde lanzaba la piedra que se colaba y acto seguido escuchaba como una torreta de cajas caía al suelo.

Cuando descubrieron el estropicio, vi como uno de los dueños, un joven con cara de rabia, se escondía y se puso de guardia durante varios días para dar con el gamberro. Pasé al lado de él y me miró con cara de pocos amigos. Sabía que era el hijo del director del colegio y que vivía cerca. En su ladina mirada, asomó la sombra de la sospecha cerniéndose sobre mí, así que hice por evitarlo. Cuando le veía desde lejos me volvía sobre mis pies. Creía que había desistido en su misión cuando un día sin saber de dónde había salido me agarró del brazo. –Amiguito, ahora sí lo sé. Tú eres el que arroja las piedras y tiras las cajas- me dijo. Convencido de mi culpabilidad, mientras me retorcía el brazo no dejaba de repetir “lo sabía, desde que te vi el primer día acercarte” Presa del pánico, lo único que pude balbucear fue un entrecortado ¡mamá! Mi apagado grito se perdió en aquella soledad de estío. Me soltó, pero antes me tiró de una oreja advirtiéndome que si volvía a ocurrir me diera por muerto.

Llegué a casa con las orejas disparejas y un hondo rencor.

domingo, 14 de marzo de 2021

Crecer hacia atrás (Parte IX) "El guateque"

 

La joven de melena rubia era la sobrina de José Antonio, maestro, amante de las aves, que vestía confortable, trajeado con chaqueta de pana, de color beis claro, y su esposa, de pelo escardado como una esfinge, pantalones acampanados y estampados con trazados psicodélicos. Sin hijos, tenían un flamante automóvil, un Simca 900. Podía decirse que era la avanzadilla del europeísmo adelantado a los planes de desarrollo de la época en aquella barriada de maestros. Su vivienda estaba situada en medio de un grupo de tres y cercadas cada una por un gran patio rodeado de un murete al que trepaba y accedía cuando sabía que no había nadie y me colaba en un cobertizo donde criaba palomos en cautividad, cuidando de cerrar la puerta para que no escaparan, para observar a las aves empollar unos pequeños huevos blancos en los nidos repartidos por casilleros hechos en el testero como un bloque de viviendas pajariles. 

  La llegada de una capital lejana de la sobrina que venía a pasar una temporada a casa de sus tíos lo habían vivido mi hermano y hermana con entusiasmo y anhelos diferentes. Presentí que  aquel gracejo de melena y las pronosticadas maneras de muchacha de ciudad, despabilada y adelantada a nuestras costumbres a la fuerza algo iban al alterarnos la vida. Lo cierto es que de la noche al día los juegos inocentes de correrías mutaron por conversaciones donde ella era el centro de atención y de las que yo, menospreciado por la edad, era expulsado. Mi misión fue de espía: llevarle a mi madre puntualmente la información de lo que tramaban, lo que me valió ante las sospechas de que estuviese rondándolos que ella me leyese mis intenciones y me amenazara con matarme a pellizcos por chivato. Así fue como escuché que les proponía hacer un “guateque” y con el éxito anticipado que tiene cualquier propuesta que a esa edad te lleva a hacer cosas que no entiendes muy bien el porqué, pero que las haces por el simple hecho de responder a la energía y al atavismo de la especie a pesar de que aún tienes tus juguetes rociados por el dormitorio, se entusiasmaron y convinieron en hacerlo con la apariencia de una reunión de amigos para pasar el rato. 

Lo tramaron para un domingo por la tarde con el beneplácito de sus modernos tíos, mis hermanos y sus amistades, se estuvieron aprovisionando toda la semana. El día señalado fui a mi madre y la guié para que viera lo que estaba pasando. La anfitriona nos abrió la puerta y fuimos recibidos con educación  mientras escuchábamos ruidos de carreras y puertas cerrándose. Pasamos al salón donde se habían sentado todos. En un pick up sonaba un disco melódico; en la mesa había dispuestas botellas de refrescos y unos boles llenos de golosinas y palomitas.  Se delataban por el brillo de los ojos y las risitas histéricas que se les escapaban que aquello era una pantomina.

-Mamá, que te enseñen lo que hay allí- le dije señalándole la portezuela de un mueble e inmediatamente noté en la nuca un tirón del pelo cortándome la respiración. Miré a ver de dónde venía y la chica de melena rubia me taladró con los ojos.

Nos marchamos madre e hijo. Mi madre tranquila de lo que había visto y yo humillado y muy dolido por el correctivo le declaré a mi malhumorada sombra que aquella afrenta sería vengada.

Anochecía cuando volví sobre mis pasos y salté al patio. Ya dentro, escuchaba las carreras, las risas y los gritos por toda la casa.  Las luces de los cuartos apagándose y encendiéndose. En un momento alguien abrió la puerta al patio, asomó la cabeza y volvió a desaparecer. Dejé pasar un tiempo camuflado y me dispuse a entrar en el cobertizo de los pájaros dejando abierta la portezuela. Las aves me observaban con la desconfianza de siempre.  Bracee hasta que algunas se fueron removiendo en sus cómodos cubiles y saliendo con muy pocas ganas de la pajarera. Apenas quedaba ya la luz del atardecer por lo que ninguna se aventuró a ir más allá del tejado o de la tapia.

A la mañana siguiente vi al tío y a la sobrina corretear echando pestes e intentado coger los palomos que por suerte seguían donde se posaron cuando escaparon la tarde antes.

Desde aquel día, tuvo que pasar un tiempo para que dejara de sobresaltarme creyendo que la chica de melena rubia podía estar a mis espaldas.

sábado, 6 de marzo de 2021

Crecer hacia atrás (Parte VIII)

 

Mi traje de primera comunión fue el de mi hermano mayor que me estaba grande, a pesar de que mi abuela lo había arreglado. Lo que me conformó a llevar la ropa usada era que me habían hecho unas estampas para que las repartiese a los allegados a cambio de una retribución. Las imágenes eran de cuatro clases en las que un niño que vestía distintos trajes con pasamanería y bordados, elegantes y decorativos, y que no tenían nada que ver con el que yo portaría, chaqueta y pantalón corto de color marfil y en el que sentía que había sitio para otro como yo. Al reverso se reseñaba lo típico: José ….. Su primera comunión…. En la Parroquía…. Estepa.

Meses antes me había preparado en la catequesis. Falté el primer día. Me perdí por los arrabales del pueblo con unos mellizos a los que creía que mi padre se refería cuando me dijo que fuera con ellos al salir del colegio a su casa porque allí iba a ser donde me esperaban para la catequesis. Como ellos vivían cerca del castillo, nos pasamos la tarde jugando y escalando las murallas.

Quién le iba a decir a mi padre que en mi clase había dos parejas de mellizos y está claro que se refería a la otra que vivían en una de las principales calles en una enorme casa. Las sucesivas tardes, después de terminar el colegio, marchaba con los auténticos a su casa y allí una señorita nos enseñaba a rezar y nos explicaba algún arcano religioso. Teníamos una libreta en la que copiábamos los mensajes y los adornábamos con dibujos. Fue la primera vez que me enfrenté a la perspectiva al querer dibujar a un cura dando misa y no lograr colocarlo de pie tras el altar y dibujarlo como si estuviese levitando por encima de  una mesa.


El día señalado, la comitiva salió de casa para la iglesia. Papá, mamá, la abuela, mis hermanos... todos en procesión y cuesta arriba a la parroquia. Un día luminoso y primaveral donde la naturaleza bullía caminamos por una calle con naranjos en flor de los que se escapaban unos insectos atraídos por la blancura de mi inmaculado y holgado traje. Los fui aplastando dejando unos pequeños lunares verdes que a mi madre no les hizo gracia cuando los descubrió. Mientras, mi amiga y compañera de juegos Rosa María iba subida en el coche con su familia, un Renault 8, todo un lujo. En la ceremonia nos tocaba recibir la comunión emparejados, ella como una novia y yo como si me hubiese apeado de una diligencia. La verdadera cuestión es que yo no paraba, estuve dando saltos antes de entrar, durante y después. Cuando llegué a casa me quité la ropa. No había ágape, así que como estábamos invitados nos fuimos a la casa de mi amiga Rosa María que continuaba con su vestido igual y nos unimos a su celebración. Su padre nos grabó con un tomavistas a los dos. En el colmo del descaro me puse a repartir mis estampas entre la concurrencia de su comunión para sablear a los invitados.

Al día siguiente aún quedaban estampas. Entonces mi madre dispuso que mi hermana me acompañara por el vecindario repartiéndolas. Los dos fuimos llamando de casa en casa. “Hola, tome, es que ayer hizo mi hermano la Primera Comunión”, se explicaba mi hermana ante la perpleja mirada del señor o la señora con una sonrisa y admirados de tanta inocencia y desfachatez buscaban un duro.

 

sábado, 20 de febrero de 2021

Alma de estudiante

 

Crónicas del futuro

                Alma de estudiante.

                Estamos en los comienzos de los 80. La democracia está recién estrenada. Soy joven y estudiante, por lo que vine a Málaga. El primer año lo pasé con dos compañeros del instituto al que se había unido el hermano mayor de uno de ellos y otro que era como el descarte de los pisos de estudiantes, Ramírez.

                Alquilamos un piso especialmente preparado para la vida estudiantil cerca del Ejido. En la sexta planta contemplábamos unas vistas rácanas: una calle sólo con aceras, sin pavimento, cosa muy común en la Málaga de aquellos años; los bloques de enfrente, en uno de cuyos sótanos había un obrador de confitería que se convertiría, aquel primer año de mi vida fuera de la familia, en el sustituto de muchas meriendas imaginarias cuando desde la terraza contemplaba cargar las furgonetas con bandejas de dulces.

La vivienda estaba amueblada con los restos de un naufragio. Los dueños habían conseguido que la decoración fuese lo suficientemente espartana y residual para provocarte un sentimiento de pertenecer a un estamento social que no se merecía más comodidades, algo así, como un liberto en la antigua Roma.  Las habitaciones se repartieron tras varias invalidaciones de los sucesivos sorteos. A nadie le gustaba la habitación que le tocaba. Todas, salvo una, daban a un patio interior donde podías olismear la vida vecinal y entraban los olores de todos los condumios de las cocinas. La mejor y preferida era la del matrimonio. A mí, personalmente, la imagen de una cama de matrimonio con su cabecero pretencioso de falsas maderas, con un colchón hundido por el medio como si aquella oquedad fuese una fosa a medio cavar, me producía angustia. Un mueble ropero de tres cuerpos asfixiaba el poco espacio que quedaba al que se le añadía dos mesitas de noche desamparadas.

Resuelto el asunto de las habitaciones, yo compartía cuarto con un compañero y Ramírez dormitorio individual, y los dos hermanos compartirían la cama de matrimonio hasta que nos hiciéramos con otra cama, pasando Ramírez a la de matrimonio y los dos hermanos a un dormitorio con dos camas. Al día siguiente, los dos hermanos le pidieron al dueño otra cama más y el asunto de los dormitorios se arregló definitivamente.

Sólo habían pasado dos días conviviendo y la desconfianza había arraigado con la fuerza de una planta parásita en un jardín abandonado. Organizado la intendencia: las compras, comer, la limpieza… El tiempo demostraría el autoengaño tan evidente cuando llegamos al acuerdo de que  todo lo común que fuese utilizado se dejase tal como se había encontrado, es decir, limpio. Aceptamos porque la cláusula implícita era que si necesitabas, por ejemplo, la cocina, y no estaba limpia, llamarías al último en usarla y éste sin rechistar la limpiaría. Respecto a la comida, cada uno se la procuraría. Se estableció como norma inviolable que el frigorífico sería territorio sagrado. Bajo ningún pretexto podíamos coger la comida de otro sin su permiso, ni tan siquiera prestada con ánimo de devolverla.

De Ramírez, el descarte, el compañero que nadie conocía y que iba a formar parte por de nuestra comunidad de estudiantes, iríamos descubriendo facetas suyas como en una novela por entregas. Ya el primer día, cuando nos presentamos puso sobre la mesa unas condiciones singulares: que era del Real Madrid y que por eso iba a poner en el salón un póster del Club de Fútbol del Castilla, aquel equipo donde se formó la cantera del Real Madrid, “la quinta del buitre”; que era árbitro de fútbol en tercera regional y que se bañaba diariamente. Era el más desconfiado y el que exigía las normas más estrictas, y ya puestos, sancionar al quien se las saltase. 

Comenzaron las clases y todos animosos nos prestábamos a cumplir con nuestra principal obligación: sacarnos la carrera, salvo el hermano del compañero, Cipriano, que iba a hacer el bachiller nocturno porque a su provecta edad y por circunstancias de la vida no lo tenía y albergaba la ilusión de que con el bachiller se le abrirían las puertas de mejores trabajos.

En Málaga descubrí que mis hábitos y habilidades domésticas eran más bien de hombre de casino de pueblo. El desayuno lo hacía en la calle con Cipriano. Él desuyanaba con cerveza porque decía que era la menor manera de limpiar el organismo. Acostumbrado a encontrarme el almuerzo ya puesto, cansado de una dieta de improvisada y cuando estaba ya al límite de la inanición, vistiendo la talla treinta y seis de pantalón, conseguí colarme en la comisión de becas de comedor para universitarios y me otorgué la primera. Por la noche iba a un puesto de bocadillos a por la cena. 

A los dos meses de almorzar en los comedores universitarios, casi me ahogo con las patas de un calamar. Fue la señal para que dejara de una vez aquella aborrecible comida y vendí a un precio rebajado los tiques que me quedaban por consumir. Para entonces ya tenía cierta maestría en los huevos fritos, tortillas y arroz a la cubana.

 Mientras, la vida en el piso discurría con las típicas posibilidades que ofrece la convivencia: risas, carcajadas y discusiones peregrinas. 

De Ramírez iríamos descubriendo otras facetas, pero ya en la siguiente entrega.

domingo, 7 de febrero de 2021

Crecer hacia atrás (Parte VII)

 

            Doña Adela, una maestra oronda, soltera y a la que le encantaban los niños, tuvo la idea de organizar un bautismo de muñecas. Se celebraría en su casa y a ella podían acudir todas las hijas de los maestros y maestras; niños solo dos, curiosamente, no había más: mi hermano mayor que haría de oficiante y yo como monaguillo.

Aquel día, por la tarde, el tiempo amenazaba lluvia. Fueron llegando las niñas con sus muñecas para recibir el bautismo. Se había colocado una mesita como altar en el salón y a mi hermano le habían puesto algo como una túnica para su papel estelar de párroco. Yo iba tal cual, como monaguillo de cuatro perras. Doña Adela no paraba de dar órdenes como una niña mandona: disponía a los actuantes, describiendo los pasos para que cada uno supiese qué tenía que hacer y así la ceremonia fuese armoniosa y respetuosa con las formas. A mí me parecía algo extraño sin atisbo de diversión, soso, a pesar de que mi papel, poco relevante, era sostener un platito con sal y escuchar a mi hermano metido en el papel de cura soltar una retahíla de frases mientras mojaba la cabeza de la muñeca dándole el nombre que se había elegido para la ocasión.

Todo iba saliendo como se esperaba. La pepona de mi hermana y las demás muñecas iban siendo bautizadas, doña Adela feliz y risueña, el cura cada vez más cura y yo, aburrido como un pez, acercando el platito de sal para que le hiciesen la señal de la cruz sobre la frente de la muñeca y deseando que terminase de una vez para acometer la merienda que nos tenían prometida, que era por lo único que aguantaba.

Entonces un tremendo rayo descargó cerca. Tembló toda la casa. Doña Adela se puso lívida y la palangana con el agua bautismal se desparramó por el suelo. Todos comenzamos a chillar, unos de susto y otros de emoción. Sin saber qué hacer nos pusimos a correr sin rumbo, hasta que una voz se levantó por encima del griterío y nos conminó a seguirla, era la del falso cura ensotanado que se había erigido en el salvador del rebaño.  Corrimos tras él a refugiarnos en una habitación, las niñas con sus muñecas sacramentadas y doña Adela despavorida. Cuando estábamos todos dentro viendo por el ventanal el enorme aguacero que descargaba en esos momentos y esperando otro rayo semejante que nos hiciese temblar de emoción, doña Adela gritó que en aquel cuarto no, que un rayo podía entrar por la ventana. Vuelta a correr, a chillar y a reírnos tras los pasos de la maestra de ceremonias.

La merienda no se hizo; o bien se suspendió por que las circunstancias la imposibilitaron o simplemente fue un invento de mi imaginación con el deseo de que existiera.

jueves, 4 de febrero de 2021

Crecer hacia atrás (Parte VI)

 

La autoescuela estaba dos casas más arriba. El propietario era mi tío Pepe, que ni tenía carnet de conducir ni pensaba en ello. En las vacaciones de verano, le dejaba un coche de prácticas a mi padre, un Seat 600, y salíamos por aquellas carreteras secundarias, aún sin asfaltar, para que pudiese coger la pericia suficiente y sacarse el carnet. El coche estaba preparado con otro juego de embrague y freno en el asiento del copiloto para el profesor. Me sentaba con la advertencia de no tocarlos, pero aquel esfuerzo podía con mi incipiente voluntad y más de una vez le frené o embragué provocando la estupefacción de mi padre al no encontrarle explicación al repentino cambio de comportamiento del auto.  Tampoco es que corriéramos grandes riesgos dada la lentitud con que avanzábamos camino de alguna Villanueva. En un radio de quince kilómetros no quedó ninguna pedanía a la que no llegáramos después de un viaje por unas vías de zahorra, levantando un polvazal como si fuésemos una de aquellas piaras de cabras con las que nos cruzábamos y debíamos esperar a que se apartaran con su indolencia de herbívoros intransigentes.


Solía yo presumir de ser un niño de mundo; de conocer tierras y pueblos enumerando todas las Villanuevas a mis amigos. Ni siquiera había visto el mar con siete años. Tenía mucha vida por delante, pero ya sentía tener un bagaje de indómito viajero.

También contaba en mis credenciales de mundano el viaje de Estepa a Archidona para pasar las vacaciones de verano. Mi tío Pepe enviaba a por nosotros un Renault Dauphine con un empleado, un señor que apenas veía por un ojo y que escoraba la cabeza a un lado para ampliar mejor la visión dando la sensación de que en lugar de atender la carretera estaba pendiente de lo que decía el de al lado. Te acostumbrabas cuando divisabas un camión Pegaso de frente y veías que él no se inmutaba y que todos seguíamos vivos.

Una familia como la mía necesitaba de una logística especial para trasladarse. Mi padres se repartían, uno iría en el Renault Dauphine con el equipaje y mis dos hermanos mayores; el resto, en la Alsina Graells de gorra. Subíamos al autobús y mi madre llevaba en brazos a mi hermano Ramón y yo llevaba de la mano al pequeño. El conductor ya la conocía y bufaba como un toro sabiendo la que se le venía encima al ver el carnet de familia numerosa por el que mi madre pedía todas las prerrogativas para rebajar el precio.

- “Señora, decía el chófer, son cuatro y usted apenas paga un billete”

Mi madre le había expuesto claramente que el niño que iba en brazos no pagaba, que el pequeño se sentaba entre ella y yo, y que a mí me tenía que aplicar la tarifa infantil porque tenía de golpe y porrazo dos años menos; y para ella, la única que pagaría el billete ordinario, le correspondía la rebaja que le otorgaba ser familia numerosa tal como mostraba el documento con la foto de todos vestidos con los mismos jerséis   El buen hombre tenía que poner en marcha el autobús y no eternizar la discusión, entre otras cosas, porque los viajeros se habían posicionado a favor de mi madre y en contra de los abusos tarifarios de las empresas de línea con las familias numerosas.

domingo, 3 de enero de 2021

Crecer hacia atrás (Parte V)

 

              La distancia de Estepa a Sevilla capital era de 110 km, según rezaba el indicador en el arcén de la carretera a pocos metros de las viviendas de los maestros.

 Cada cierto tiempo, mi padre, como director del colegio, debía de ir a hacer gestiones a la delegación de educación en Sevilla. Entonces, él, junto con la directora del anexo femenino, mujer muy amigable, pero a la que mi madre le había puesto los puntos, cogían el Seat 124 de ella, pues en mi familia el automóvil tardaría aún años en llegar. A la “excursión” nos apuntábamos mi madre, en calidad de acompañante, y yo, no tanto porque que fuese un niño observador, tranquilo y fácil de conformar, cuando no se me perdía de vista, sino más bien porque me había labrado cierta fama de que era mejor de que me llevara. También obraba a mi favor la posibilidad de utilizarme como un ardid para recordarle a mi padre que tenía una familia y que se anduviese con mucho cuidado; era como si a modo de recordatorio portase el libro de familia en el asiento trasero.  La abuela se quedaba a cargo del resto de hijos. Ella era la principal en otorgarme el salvoconducto cuando ponía como única condición que si querían algo de ella, debían de obedecer al requisito de -a éste os lo lleváis-.

Llegábamos a Sevilla. Mientras mi madre y yo los esperábamos en una cafetería, ellos resolvían sus trámites a todo correr, ya que estaba la promesa de aprovechar la excursión y cumplir con la ilusión de darse un paseo por la calle Sierpes o ir al Corte Inglés.

 Un día lo vimos volver con el rostro encendido. En su frenesí por realizar las gestiones deprisa -contaba- y no hacernos larga la espera, había dado un traspié y rodado por varios tramos de las escaleras.  -Según decía- no había quedado nadie en la delegación que no saliera del despacho asomándose a ver qué ocurría. Hasta el propio inspector, con el que había estado minutos antes departiendo, se maravillaba de que estuviese vivo y con la cabeza en su sitio para los golpetazos que había escuchado. El conserje, al público congregado en la planta baja, mientras lo asistía y al ver que apenas era nada, exageraba narrando que él había creído que  aquellos testarazos los producía algún bulto en vez de una persona. 

Aquel día, mi padre, ofuscado por su peripecia, adelanto el regreso con la intención de estar a la hora del almuerzo en casa.  Durante el trayecto, mientras los demás callábamos, le reprochaba a los zapatos que estrenaba la culpa del resbalón.