La primera señal fue que mi abuela se vino
del pueblo con nosotros a echarnos una mano. Otras señales fueron que mi padre de
nuevo se vestía con unas camisas de safari fresquitas, hacia horas extras llevando
la contabilidad de dos fábricas de mantecados y aporreaba la máquina de
escribir cuando no tenía nada mejor que hacer; que a mi hermana la subieron en
el autobús y la enviaron con su prima a Archidona y que yo tenía toda la
libertad que podía disfrutar un niño de ocho años delgado como un cordel con
una mente empírica. Las dos amigas, Rosa María y Amparito, se habían marchado.
Sus familias eran de Granada y la otra un extremo de España. No quedó nadie, salvo
nosotros, en aquella desolada barriada de maestros.
Por encima del patio de mi casa, separada
por un seto había una guardería infantil y residencia de comunidad de desabridas
monjas que lo dirigían. Yo tenía paso franco a sus instalaciones que hacían
frontera con nuestro patio separado por un seto al que las monjas pretendieron
colocar un alambre de espinos y mi madre no consintió. La superiora o directora
o lo que fuera aquella monja bigotuda, la escuché decir a su empleado para todo:
“vamos, con esta mujer no hay quien pueda”. El buen hombre era padre de un mocetón
límite que le ayudada en sus tareas de jardinería. Cuando me veía, casi siempre
con su carrillo de mano trasladando tiestos de macetas, me invitaba a subirme, me
agarraba a los bordes y él hacía los ruidos de un motor mientras arrancaba a
todo correr. Las religiosas también
echaron la llave y cerraron por vacaciones quedando todo el recinto a mi
disponibilidad.
Mi obsesiva obsesión era entrar dentro de
su residencia. Revisaba todas las ventanas, trepaba a los tejados, entraba a
los patios… nada. Aquello era un fortín, seco del gasto de energía me
recuperaba sentado en el suelo de la vacía piscina y masticaba de golpe todas
las pastillas de regaliz que me habían dado por un duro.
Regresaba a casa de mi deambular. Pero
antes afinaba mi puntería intentando colar una piedra por unos ventanales
voladizos.
Durante
unas pocas semanas las fábricas de mantecados se dedicaban a preparar las cajas
de madera para el envasado para tenerlas listas cuando empezara la campaña en
septiembre cara a la Navidad. En su mayoría eran obreras que encolaban unas
tablillas de madera al papel e iban dándole forma de caja con lindos papeles
festoneados y la tapa decorada con una rústica imagen de la marca. Las apilaban
en grandes torres que iban llenando los laterales del recinto como un bosque.
Los grandes ventanales del techo estaban abiertos para que se aireara la
atmósfera y un mejor secado. Por allí era por donde lanzaba la piedra que se
colaba y acto seguido escuchaba como una torreta de cajas caía al suelo.
Cuando descubrieron el estropicio, vi como
uno de los dueños, un joven con cara de rabia, se escondía y se puso de guardia
durante varios días para dar con el gamberro. Pasé al lado de él y me miró con
cara de pocos amigos. Sabía que era el hijo del director del colegio y que vivía
cerca. En su ladina mirada, asomó la sombra de la sospecha cerniéndose sobre
mí, así que hice por evitarlo. Cuando le veía desde lejos me volvía sobre mis
pies. Creía que había desistido en su misión cuando un día sin saber de dónde
había salido me agarró del brazo. –Amiguito, ahora sí lo sé. Tú eres el que
arroja las piedras y tiras las cajas- me dijo. Convencido de mi culpabilidad, mientras
me retorcía el brazo no dejaba de repetir “lo sabía, desde que te vi el primer
día acercarte” Presa del pánico, lo único que pude balbucear fue un
entrecortado ¡mamá! Mi apagado grito se perdió en aquella soledad de estío. Me
soltó, pero antes me tiró de una oreja advirtiéndome que si volvía a ocurrir me
diera por muerto.
Llegué a casa con las orejas disparejas y un
hondo rencor.
