domingo, 29 de agosto de 2021

Rosas de abril. II Parte "Diversión hasta las doce"

       

 A la primera fiesta que asistí, formaba parte de la organización.

                Un grupo de compañeros de primero de BUP le pedimos al director que antes de irnos de vacaciones de Navidad nos prestara un salón en desuso para hacer un baile y sufragar el viaje a la Sierra de Cazorla. Nos dijo que sí, que nos daba permiso, porque confiaba en nosotros al tiempo que nos advertía de la infinita responsabilidad que asumiríamos en caso de algún desmán.

 El salón que nos cedió tenía la entrada por un portalón enorme a espaldas del edifico en una tranquila calle. Una vez que lo traspasabas te encontrabas en una antesala que comunicaba con una cancela a un patio rodeado de arcadas que en su día fue el claustro por donde pasearían los escolapios hasta principios del siglo XX. Desde el patio tenías acceso al interior de las aulas y despachos por una escalinata que subía al primer piso. Por los vestigios que aún quedaban, insignias colgadas y un extraño billar para jugar a alguna modalidad rara, el último uso probable que había tenido fue de local de ocio de la extinta OJE.     

Un proveedor suministró las bebidas y el ajuar. Nos pidió una fianza, pero al ver la cara que pusimos, nos dijo en broma que le dejáramos los libros de texto. Se echó a reír. “Haré una excepción. Conozco a tu padre” y señaló con el admonitorio dedo a un compañero.

Limpiamos. Arrancamos las insignias de madera de la OJE clavadas a la pared, quedando trozos que tapamos con los pósteres prestados de Massiel y Miguel Ríos. Colocamos la barra hecha de pupitres, la nevera de las bebidas con hielo y la mesa de billar arrinconada para las botellas; el equipo de música, una pletina de discos y dos bafles eran de un repetidor del último curso del ya a extinguir bachiller laboral. También se hizo cargo de amenizarnos con la única condición de poder beberse gratis lo que deseara. Nos pareció un buen acuerdo. La pista de baile la ubicamos en un lugar esquinado y más opaco que el resto con las luces envueltas en celofán rojo y azul para ocultar la pátina de deslucido que emanaba desde todos los rincones.

Llegó el día, las nueve de la noche, todos en sus puestos: los bármanes, los porteros, los merodeadores sin funciones… y el pinchadiscos que llevaba un vaso en la mano con el primer cubalibre de la jornada. La entrada costaba veinte pesetas, lo que nos convertía en desleal competencia con la discoteca del pueblo que cobraban el triple. Comenzaron a llegar los primeros a los que no tuvimos más remedio que dejar pasar gratis argumentando que querían asomarse a ver el ambiente que había y decidir quedarse.  En la barra se servía y cobraba mediante tiques adquiridos previamente. Cada dos por tres el pinchadiscos se acercaba y pedía que le repusieran la bebida.

 A las dos horas el pinchadiscos nos dijo que estaba cansado y que se iba a tomar un poco el aire. La gente se había quejado de escuchar a Bor Marlye en bucle, así que nos pareció bien; otro se encargaría de la música. El cierre estaba previsto para las doce. Apenas quedaban unos cuantos rezagados, ninguna chica entre ellos, cuando nos llegó la noticia de que la cancela que daba al patio estaba abierta y que alguien se había colado con el propósito de cambiar notas de exámenes.

Tres de los organizadores fuimos en su busca. Cruzamos el patio a oscuras y subimos por la escalinata al primer piso. La poca luz que entraba creaba un ambiente lóbrego donde cualquier objeto, banco, papelera, extintor, tenía una remarcada insinuación de animal agazapado y acechante. Dimos algunas voces que retumbaban en la entenebrecida soledad de los corredores, reverberándose en las bóvedas como los lamentos de réprobos estudiantes. Sigilosos, pendientes de cualquier ruido, doblamos un pasillo cuando nos topamos con el pinchadiscos saliendo de la secretaría. El corazón nos dio un vuelco. Corrimos todos en desbandada a la salida. Cerramos la cancela.

Repuestos del susto y mientras hacíamos las cuentas de las parcas ganancias, el pinchadiscos eufórico, al tiempo que vaciaba los restos de una botella de ginebra, dijo “Este trimestre, las notas, fetén”

 

miércoles, 18 de agosto de 2021

Rosas de abril. I Parte. "Los hérores del día"

 

Los héroes del día. Primera parte de Rosas de Abril.

    Me vestí con las prendas que estrenaba para causar una buena impresión, según mi madre, un pantalón vaquero, una camisa blanca y jersey. Las botas camperas “Valverde del Camino”, que aún estaban a medio domar, me daban un toque indócil que desapareció en cuanto me mezclé con el resto de compañeros para la ceremonia de apertura del curso del instituto.

    La masa de alumnado novato nos fuimos acumulando a la entrada como borregos a las puertas del redil. Se nos distinguía especialmente porque portábamos un cuaderno y bolígrafo, íbamos vestidos de invitados a un bautizo y los rostros contenían una expresión de pavor adornados de una sonrisa petrificada. Los veteranos nos rondaban como leones a una manada de cebras. Los veías reírse y señalarnos. Circulaban comentarios que nos ponían la piel de gallina de las cosas que pensaban hacernos. Lo ideal era no perderse del grupo, de la seguridad de estar apiñados y moviéndonos como un cardumen de peces en mitad del frío océano.

    A una señal del conserje entramos y nos dirigieron al salón de actos. La sensación cuando crucé las puertas fue parecida a la que Alicia tendría al adentrarse en el espejo y caer dentro del pozo. Allí iba a tener lugar el solemne acto de inauguración del curso académico. Por una ley de la gravedad, la misma que hace que las partículas en un fluido se sitúen en diferentes planos, los de primer curso nos colocamos en las primeras filas prestos a oír al director, el cual dio la bienvenida a toda la concurrencia y en su pacato discurso entendí como vaticinaba un periplo largo y tortuoso, lleno de sufrimientos, incertidumbres y humillaciones para los malos estudiantes a los que más temprano que tarde irían a la calle convertidos en desechos de la sociedad, auténticos fracasados. Se refirió también al problema que habíamos planteado a la dirección los de primero al provocar por puro capricho nuestro un exceso de peticionarios de ciencias en lugar de letras, yo entre ellos. La culpa era nuestra, nos dijo, y nos amenazó veladamente al declarar que a más alumnado en ciencias más exigente se volvería el profesorado y difícil sería aprobar, así que estábamos a tiempo de cambiarnos a lo que presumiblemente era un bachiller de letras más llevadero antes de que se nos atragantaran las matemáticas, física, química y otras asignaturas tortuosas. Al final del acto podríamos desapuntarnos a los que nos daba igual. Mientras, desde el fondo del salón no paraban de llegar risotadas y voces por lo que le pidió al conserje que fuera para allá y que señalara quiénes eran los que estaban de pitorreo. Se dirigió a ellos, a los de las últimas filas, los veteranos, pidiéndoles que prestaran mucha atención, porque su paciencia tenía un límite y este curso pensaba ser menos transigente con algunos que merecían estar en un reformatorio. Los novatos escuchábamos pasmados. De vez en cuando una bola de papel nos pegaba en la cabeza y lo más que hacíamos era agacharla en el cuello como las tortugas. La voz cavernosa del director se sobreponía al murmullo tratándolos de indeseables, cambiando de registro para decir que de los nuevos esperaba más, que fuésemos mejores, más responsables y correctos. Una voz se elevó del fondo y gritó “niñatos”. El acto tocó a su fin. Los de primer curso debíamos esperarnos para recomponer la lista excesiva de solicitantes de ciencias y los pocos de letras. No me lo pensé y me cambié a letras.

    Al salir, presagiamos lo peor. Un gran corro de estudiantes se había colocado arremolinados en la salida. Los veteranos, cada uno portando una cachiporra hecha con un periódico, habían formado un pasillo. Esperaban divertirse a costa nuestra. Las chicas estaban eximidas. No tuvimos más remido que lanzarnos cubriéndonos con los cuadernos mientras éramos golpeados por todo el cuerpo. Ahí no terminó la cosa cuando ya creíamos que estábamos “bautizados”, que era como llamaban a las vejaciones, corrió la voz que patrullas de veteranos iban a la caza de los más infortunados para darles “maculillos”. Te agarraban cogiéndote entre varios de los brazos y de las piernas y buscaban la esquina de un edificio, póster o árbol, para golpearte al tiempo que espectadores y verdugos coreaban el número de veces. 

    Ya estaba bien. Escondí el cuaderno debajo del jersey y me marché con el corazón en un puño para que pareciera que no tenía nada que ver con aquellas razias de las que me sería imposible huir con mis botas camperas. Escurriéndome por las callejas como una sombra llegué a casa. Había comenzado el BUP.