Un
grupo de compañeros de primero de BUP le pedimos al director que antes de irnos
de vacaciones de Navidad nos prestara un salón en desuso para hacer un baile y
sufragar el viaje a la Sierra de Cazorla. Nos dijo que sí, que nos daba
permiso, porque confiaba en nosotros al tiempo que nos advertía de la infinita
responsabilidad que asumiríamos en caso de algún desmán.
El salón que nos cedió tenía la entrada por un
portalón enorme a espaldas del edifico en una tranquila calle. Una vez que lo
traspasabas te encontrabas en una antesala que comunicaba con una cancela a un
patio rodeado de arcadas que en su día fue el claustro por donde pasearían los
escolapios hasta principios del siglo XX. Desde el patio tenías acceso al
interior de las aulas y despachos por una escalinata que subía al primer piso. Por
los vestigios que aún quedaban, insignias colgadas y un extraño billar para
jugar a alguna modalidad rara, el último uso probable que había tenido fue de local
de ocio de la extinta OJE.
Un proveedor suministró las
bebidas y el ajuar. Nos pidió una fianza, pero al ver la cara que pusimos, nos
dijo en broma que le dejáramos los libros de texto. Se echó a reír. “Haré una
excepción. Conozco a tu padre” y señaló con el admonitorio dedo a un compañero.
Limpiamos. Arrancamos las
insignias de madera de la OJE clavadas a la pared, quedando trozos que tapamos
con los pósteres prestados de Massiel y Miguel Ríos. Colocamos la barra hecha
de pupitres, la nevera de las bebidas con hielo y la mesa de billar arrinconada
para las botellas; el equipo de música, una pletina de discos y dos bafles eran
de un repetidor del último curso del ya a extinguir bachiller laboral. También
se hizo cargo de amenizarnos con la única condición de poder beberse gratis lo
que deseara. Nos pareció un buen acuerdo. La pista de baile la ubicamos en un
lugar esquinado y más opaco que el resto con las luces envueltas en celofán
rojo y azul para ocultar la pátina de deslucido que emanaba desde todos los
rincones.
Llegó el día, las nueve de la
noche, todos en sus puestos: los bármanes, los porteros, los merodeadores sin
funciones… y el pinchadiscos que llevaba un vaso en la mano con el primer
cubalibre de la jornada. La entrada costaba veinte pesetas, lo que nos
convertía en desleal competencia con la discoteca del pueblo que cobraban el
triple. Comenzaron a llegar los primeros a los que no tuvimos más remedio que
dejar pasar gratis argumentando que querían asomarse a ver el ambiente que
había y decidir quedarse. En la barra se
servía y cobraba mediante tiques adquiridos previamente. Cada dos por tres el
pinchadiscos se acercaba y pedía que le repusieran la bebida.
A las dos horas el pinchadiscos nos dijo que estaba
cansado y que se iba a tomar un poco el aire. La gente se había quejado de
escuchar a Bor Marlye en bucle, así que nos pareció bien; otro se encargaría de
la música. El cierre estaba previsto para las doce. Apenas quedaban unos
cuantos rezagados, ninguna chica entre ellos, cuando nos llegó la noticia de
que la cancela que daba al patio estaba abierta y que alguien se había colado con
el propósito de cambiar notas de exámenes.
Tres de los organizadores fuimos
en su busca. Cruzamos el patio a oscuras y subimos por la escalinata al primer
piso. La poca luz que entraba creaba un ambiente lóbrego donde cualquier
objeto, banco, papelera, extintor, tenía una remarcada insinuación de animal
agazapado y acechante. Dimos algunas voces que retumbaban en la entenebrecida soledad
de los corredores, reverberándose en las bóvedas como los lamentos de réprobos
estudiantes. Sigilosos, pendientes de cualquier ruido, doblamos un pasillo
cuando nos topamos con el pinchadiscos saliendo de la secretaría. El corazón
nos dio un vuelco. Corrimos todos en desbandada a la salida. Cerramos la
cancela.
Repuestos del susto y mientras
hacíamos las cuentas de las parcas ganancias, el pinchadiscos eufórico, al
tiempo que vaciaba los restos de una botella de ginebra, dijo “Este trimestre,
las notas, fetén”