Día tercero.
Mantener un diario exige una gran dosis de disciplina. Sería cuestión de fijarse un horario; por ejemplo, a primera hora de la mañana o a última del día. Y por qué no durante la hora de la siesta. Lo peor es cuando crees que tienes poco que contar y encima te vence la pereza, la hermana perdida de la diligencia y laboriosidad.
Hoy tengo la sensación de que lo vivido es una repetición de lo otros días. Eso es lo bueno de estar de vacaciones, que caes en una rutina, en una especie de bucle del tiempo donde los sucesos vuelven a repetirse sin más. Y eres más feliz que una rana en una charca. Llegas a realizar diariamente lo mismo, hasta el punto que temes que aparezca el metepatas del azar y te fastide.
Hay que realizar un examen de conciencia llegado a este punto. ¿Están siendo provechosas las vacaciones a nivel personal? ¿Y a qué llamamos provechoso?
Siempre el mismo dilema. Te haces una idea de cómo debe de transcurrir el tiempo de vacaciones de forma relajada y entusiasta con tus aficiones, y bien por una bajada de glucosa o porque ves de cerca el borde de tus propias simas vitales, te amargas.
No cabe duda que la escritura terapéutica está surtiendo efecto, aunque me falta un poco de práctica para poder desentrañar detalles de los hechos que ocurren a mi alrededor. Me he dado cuenta que sin querer han comenzado varias historias que me mantendrán en vilo.
Mi suegra camina un poco más enérgica. Ahora nos enfrentamos sin miramientos; nos vemos más las caras, cualquier cosa que dice le doy la vuelta y le replico. Ella siempre ha tenido la debilidad de la dominación, yo la de la rebeldía frente a la dominación. Madita, la de la paciencia. Somos capaces de discutir por las banalidades más absurdas. La cuestión es quién queda por encima. Yo digo como dijo aquél: aguantaré a un dominante si me deja que lo domine. A pesar de todo, no tengo más remedio que contenerme pues estoy hablando de una persona de ochenta y tres años, y yo debería manejar mejor las situaciones para reforzar lo positivo que nos une.
A las nueve de la noche sale la procesión del miércoles. Es una cofradía que con el tiempo ha ido dotándose de un gran ajuar de Semana Santa, hasta tal punto que uno ya no sabe si lo que está pasando por la calle es una cofradía o una cabalgata de reyes. No me gusta ser irrespetuoso, pero el alarde semanasantero de Archidona raya en lo cómico. Un amigo, voluntarioso cofrade, me contó que dentro de unos años apenas quedarán penitentes ni gente que arrime el hombro en las cofradías. “La juventud no tiene ya ningún apego por trabajar por la Semana Santa”, me contó.
Llevo tres día sin apenas leer, a pesar de que me he traído lecturas y me he provisto de uno más en la biblioteca del pueblo.
A medida que avanza la Semana Santa van llegando familiares y mi ánimo se confunde, pues soy un apasionado amante de la tranquilidad. En casa hemos estado sólo tres personas, hoy ya somos siete y el viernes alcanzaremos el cenit con nueve inquilinos y hasta una decena de visitas. Lo peor que llevo es el viernes santo. Es un día extraño. Existe una bonita tradición que se mantiene gracias al tesón de las personas ascendientes, y que desaparecerá de ipso facto cuando tengamos que ser las generaciones descendientes las que tengamos que hacernos cargo de atender a los anfitriones. Tal día se preparan fuentes de comida, y los fijos más las visitas imprevistas pueden servirse y beber. Todo este despliegue requiere de una logística de aprovisionamiento, cocina y gastos. Cuando finaliza el día la frase más repetida es “que infierno de Viernes Santo”. Y el año siguiente Dios quiera que se repita lo mismo.
Día cuarto.
Hay muertos vivos y vivos muertos. Madita notó ayer la presencia de mi madre. La madre de un alumno del colegio me dijo que una de mis abuelas miraba por mí y me hizo una descripción bastante aproximada de mi abuela Pura. Hace dos días nos pareció ver a mi tío Manuel, hermano de mi madre, en un lugar céntrico del pueblo donde era muy frecuente encontrártelo charlando y con una carpeta debajo del brazo en la que portaba sus bocetos de dibujos que mostraba al primero que manifestara una pizca de interés. La gente le apreciaba, con su aspecto de hombre bohemio y pulcro, de fina educación, pero obsesivo en temas recurrentes que le envenenaban y daban chispa a su vida. Nunca olvidaré la batalla contra una familia del pueblo que se había apoderado con malas lides de un nicho del cementerio cuyos propietarios legítimos eran los antepasados de mi tío Manuel. También portaba en aquella carpeta alguna hoja que otra amarillenta con sellos de registros que daban prueba de alguna que otra felonía a la que estaba dispuesto presentar batalla. Mi tío, por sí solo, podría formar parte de una voluminosa novela dickesiana.
Ya digo que hay muertos vivos que bajan a estar con nosotros, que nos ayuda, y que aparecen cuando menos los esperas, porque los has estado viendo tantas veces en el mismo lugar y quieren participar de lo que tú haces.
Esto que cuento no es del día cuarto sino del tercero, qué más da. Un diario es un acto de memoria que pretende recoger lo más relevante del parecer del momento en el que te coge escribiendo. El tiempo existe sólo en los calendarios.
Hemos saludado, Madita y yo, a unos vecinos. Ella, amiga de mi mujer desde la infancia, al marido lo conozco de vernos en la biblioteca del pueblo y hablar temas de escasa profundidad como son los repiques de los campanarios durante las fiestas, de cómo se dilapida el dinero en fastos dejando el cuidado del patrimonio del pueblo en el olvido… La cuestión es que ambos estamos de acuerdo en todo lo que hablamos y criticamos, y hoy, para colmo, me ha contado que padece prostatitis. Esto me ha hecho pensar: puede que en la base de todas nuestras concordancias se encuentre un padecimiento fisiológico. La mujer es de la opinión que su marido se apunta a todas las dolencias que escucha.
Esta en la calle la cofradía de Nuestro Padre Jesús del Nazareno. No soy ningún avezado en temas de Semana Santa. Ahora mismo está pasando la procesión, de una longitud esteparia, por delante del gran ventanal. La música de la banda de cornetas y tambores se mezcla con las arias de Mozart de mis auriculares. La distancia de donde yo escribo a la palpitante música es de dos metros, separado por lo que fue en su día un gran escaparate que a la vez servía de entrada al comercio de ultramarinos que mi suegra, su hermano y consabidos consortes regentaban. El local se ha reconvertido en una enorme y confortable sala de estar, la única, aunque parezca mentira en una casa que ocupa un solar de cerca cuatrocientos metros cuadrados, no hay una sala donde quepan cómodamente sentados al menos cuatro de los inquilinos. Lo curioso, yo que he vivido en el tráfago continuo de ir y venir de sus moradores, es que antes uno no reparaba en esta necesidad, éramos más conformistas o no disponíamos de referencias para poder comparar. Recuerdo que mi suegro cruzaba el patio con las mangas de la camisa hasta los codos en pleno invierno. A su paso dejaba la puerta abierta por la que entraba un aire que te hacía temblar. Esta casa nunca la debieron habitar pusilánimes y yo siempre he sido friolero y quejita.
Mi suegra a medida que pasamos los días va recuperando las fuerzas y su capacidad de desplazamiento. Su gran casa le da vitalidad. Es su vida. Aquí ha trenzado la mayoría de los días de su existencia y no entiende cómo podemos ponerle pegas a tan grandes espacios. La palabra incomodidad no existe en su argot, quizá, igual que el término felicidad, que se inventó con la revolución industrial, ella es anterior a su descubrimiento y por eso se desenvuelva con gran potestad entre sus destartaladas sillas, incómodos butacones, puertas que no debes de intentar cerrarlas porque no cierran, ventanas con rendijas de un dedo, un patio lleno de aspidistras donde asoman siempre unos palomos con ánimo invasor a los que le tiene declarada la guerra, y un sinfín de objetos que cargan con una pesarosa historia, sin olvidar, entre muchos olvidos, un solo cuarto de aseo donde en la última reforma se quito una bañera con asiento para gnomos.
La calle Carrera, donde está situada la casa, está en el centro histórico del pueblo. Tener el domicilio en ella es un signo de identidad pues en ella han vivido hasta hace una década los médicos, abogados, y familias de notables rentistas. Los negocios abundaban: bancos, cajas de ahorro, gestorías, bares,… Hoy las grandes casas de familias señaladas están cerradas o a lo sumo viven un par de inquilinos; otras, permanecen en una espera sorda de olvido por sus herederos. Pocas han sido readaptadas en pisos manteniendo la peculiar arquitectura que tanto se afana el Ayuntamiento por conservar para solaz del patrimonio histórico artístico.
Se acerca el día infernal o Viernes Santo. La paz y el sosiego desaparecerán hasta bien entrada la noche cuando caiga uno rendido y estupefacto en la cama. Por experiencia sé que es un día en el que me hallo muy confuso. No puedes encontrar un mínimo sosiego en ningún sitio y tienes que mostrarte con las visitas cortés. Ya he hecho esfuerzos otros años de este tipo y sé que me están pasando factura psicológica. Una experiencia que no volveré a repetir fue la de salir de horquillero en el trono del Dulce Nombre la pasada Semana Santa. A mitad de camino abandoné y dejé en el encargo a mi hijo mayor. El motivo no era otro que no alcanzaba con el hombro y por poco no me lo disloco de llevarlo subido para alcanzar la almohadilla atada al varal que se supone que me debía proteger del peso.
Puedo hacer un cálculo de lo que ocurrirá mañana, aunque lo mejor que debo hacer es visualizarlo de manera positiva para que todo fluya.
Día quinto.
Ya ha comenzado el viernes santo. Una patrulla de campanilleros anuncian la salida de la procesión de Nuestro Señor del Dulce Nombre. Pronto una banda de la Legión desfilará con su singular paso por las calles para levantar a los pocos remisos que aún estén acostados. La gente sale en tropel y se vive una auténtica fiesta. En casa, mi suegra imparte órdenes a Madita y mi cuñada. A lo largo de todo el día no dejarán de llegar familiares y amistades.
Yo, hasta el momento, estoy cumpliendo mi programa. Espero la llegada de José, amigo senderista, y me relajo escribiendo. Hoy es un día para dejarte llevar como si te lanzases a una corriente de tumultuosa agua.
Los viernes santos, desde que tengo uso de razón, se deben caracterizar por una gran voluptuosidad. El aire se afina y el cielo es azul al comienzo del día para ir dando paso a pequeñas ventrudas nubes que presagian agua al final de la tarde, refrescando la temperatura al mediodía y hasta no poder soportarse. Suele ser un tiempo primaveral por la mañana, otoñal de tarde y glacial de noche. La última procesión la acompaña poca gente, sólo a la salida y en la Plaza Ochavada es donde se aglomeran. Las fuerzas ya comienzan a flaquear y el frío ayuda poco, lo normal es que busques el cobijo del brasero y veas por el canal de cable local los tronos.
La visita que esperábamos ha llegado después del almuerzo, son José, senderista quincenal, y su mujer. Hemos dado una vuelta por el pueblo y se han maravillado del ambiente que se respira. A las nueve de la noche les he pedido que me disculpen, no aguanto el frío y me quedo en pegado a la mesa camilla.
Aprovecho y recojo las impresiones de este quinto día. Estoy cansado. Tomo un medicamento para la prostatitis que me baja la tensión, a lo que tengo que unir que no bebo alcohol e ingiero pocas calorías; aún así, puedo evaluar el viernes santo como uno de los más tranquilos de mi biografía. ¿A qué se debe? Una notable diferencia con el año pasado es que vivía mi madre. Mis padres venían a primera hora del día a ver pasar las procesiones y desfilaban todos mis hermanos por la casa. No es de extrañar que con semejante carga sentimental me pronosticase que iba a estar algo sensible y huidizo, tanto que al mediodía no tuve más remedio que escaparme a la Fuente de la Lana con mi primo Gaspar y regresar algo más tranquilo para almorzar, hacerme una foto con mi hijo Francisco que salía portando un trono y vagabundear por el pueblo hasta que la visita me centró en algo determinado.
Sexto día.
Las huellas del Viernes Santo están por toda la casa. Mi suegra, Magdalena, sigilosamente deja el cepillo y el recogedor a la vista. Es una invitación a lo que va a dar el día: limpiar, recoger… Son tareas que en esta casa no tienen fin. Puedes dedicarte toda tu vida a limpiar que nunca acabarías. La casa sobrepasa las fuerzas del común de los seres: a las rutinas normales que conlleva una familia, se unen un montón de faenas que periódicamente deben de acometerse. No puedo enumerarlas bien porque como ya se sobreentiende yo no doy un palo al agua, pero me conmueve ver a cuanta mujer entra por la puerta limpiando cobres, los llamadores de las puertas, fregando persianas, dando bajeras, sacando y metiendo amazónicas aspidistras y costillas de adán, portando cubos de fregar, bayetas. Con su laboriosidad germánica, de vez en cuando me piden que preste ayuda cuando se necesita algo de fuerza, equilibrio o algún don de manitas, pero ya digo, mi especialidad es el escaqueo continuo, aparecer a la hora del almuerzo y descansar de mi descanso.
Metereológicamente estamos otra vez en invierno. La primavera sólo ha durado la mañana del viernes. Hoy sábado el tiempo es desabrido, como le gusta llamarlo a mi padre.
José y su mujer se sorprendieron de cómo había cambiado la temperatura cuando llegó la noche. Buscaban refugio en el brasero perdiendo todo el interés por ver la última procesión del día que como colofón presenta un espectáculo en la Plaza Ochavada digno de un circo.
Nos hemos vuelto a quedar solos. Ayer hubo momentos que se alcanzaron la cifra de hasta veinte personas en la casa, hoy, solo quedamos tres. Mis dos hijos, José Manuel y Francisco, se han marchado para Málaga. Un éxodo de personas deja el pueblo y el clima se une para crear un velo de frío silencioso que te trae el recuerdo de la calidez de Málaga. Puedes querer más o menos la Semana Santa, disfrutar viendo por millonésima vez sus trabajosos tronos y cómo la gente pone un encomiable empeño en pasearlos, pero de lo que no tienes la menor duda es de que odias el frío, levantarte, asearte, desayunar… pensando cómo puedes entrar en calor. Aquí las sombras son más sombras, y el Sol cuando aparece lo tienes que buscar en acotados espacios, esquinas donde siempre encontrarás a alguien que lo ha colonizado antes que tú. Aunque la percepción de la temperatura es muy relativa. Mientras yo voy con cuatro mangas, el archidonés porta dos. Si yo siento un enorme frío, el archidonés lo más que percibe es que el tiempo está cambiando. A mí Málaga me ha maleado hasta el punto de que o recibo una buena dosis de sol diario o hiberno como un oso.
Acaba de entrar una prima de mi mujer. Una de las ramas de primos del pueblo, por parte de mi suegra, está peleada con todos sus parientes. No están en sus cabales, y el motivo de que se hayan enemistado con toda la parentela siempre ha sido de índole material. Bastaba que alguien fallezca y sea pariente para que ellos reclamen posesiones o bienes que según derecho mental le corresponden sin más. Como la familia es muy numerosa, a ellos, con su tesón y enfermiza codicia, le han calentado la sesera a sucesivos dolientes acusándolos de apropiarse de lo suyo, sembrándolos de injurias y falsedades por todo el pueblo, hasta el punto de que ya no les queda primo, tío, sobrino… a los que acusar y se acometen entre ellos. A esta prima la acusaron de apropiarse del oro de una tía. Oro que no sobrepasaba más de cuatro anillos y poco más, cuyo valor no sostendría a una familia ni una semana, pero lo suficiente para que hayan delirado pidiendo imaginarias pulseras engarzadas de piedras preciosas.
Magdalena, blanco de sus infundios, no les hace el más mínimo caso, para desdicha de su belicoso espíritu.
Proyectos para hoy:
-Irme ya a dar un paseo.
-Ir esta tarde a Ikea a Málaga para comprar una estantería para el apartamento.
El libro que saque el otro día de la biblioteca va a volver por donde ha venido. Tengo libros de sobra para leer y este me resulta aburrido.
Séptimo y último día.
Hoy acaban las vacaciones. Esta tarde volveremos a Málaga y nos sacudiremos el frío. Aún tengo algunas cosas pendientes por hacer, pero la que más pereza me produce es entrar en la ducha. Es necesario realizar un protocolo para no quedarte helado y cuando terminas salir como los perros a buscar un pedazo de sol.
Ayer, por la tarde, me llegué a casa de mi amigo Juan y lo convencí para ir a Málaga al Ikea a por unas estanterías para el apartamento. Una infinita cola de unos dos kilómetros a la entrada del parque comercial nos anunciaba lo que nos esperaba. En Ikea no cabía un alma. Después de dos días de comercios cerrados la gente necesitaba gastar. Él compró una mesita económica tipo como la que se está fabricando para posar su vaso de güísqui mientras descansa un su patio, yo cargué con dos estanterías y alguna que otra fruslería.
Durante el viaje me estuvo contando lo que le ocurrió con el alquiler de un piso suyo. “Se lo tenemos alquilado a una joven, y ésta coge y mete una familia de argentinos. Yo monto en cólera porque no sé qué clase de gente es. Bastante ha visto uno ya por la televisión como los inquilinos burlan al propietario y se quedan a vivir de gorra. El caso es que le estoy planteando que se marchen todos y se busquen otra vivienda, y va el sujeto y me dice que soy un racista, que ya le habían informado en el pueblo de mi racismo. La cuestión es que he logrado que se vayan, pero antes me he tenido que tragar un montón de amenazas porque el sujeto decía que mi actuación era racismo puro y duro y que me iba a denunciar. Imagínate que va con ese cuento al juez y el juez se traga el rollo. Me veo sin piso y con una orden de alejamiento mientras todo se aclara.”
Juan está decepcionado porque creía que este ilusorio crecimiento del país no se iba a frenar como lo ha hecho. Vela por sus ahorros, pero no se fía ya ni de los bancos. “Tanto se está escuchando a la dirigente alemana que a los países calamitosos hay que expulsarlos del euro, que quién no nos dice que volvamos a la peseta y los ahorros depositados en los bancos se esfumen. Cualquier cosa es posible y lo último es creernos a salvo de lo que pueda venir”. Un hombre con cerca de cincuenta años que se queda en paro con enormes cargas familiares es una persona reflexiva a la que no hay forma, aunque aparente calma, de evitar que su ánimo vea un huracán donde otros consideran que se ha levantado una brisa.
Después de la cena fuimos a casa de mi primo. Lo encontramos navegando por Internet. Cuando no está en el campo entrenando sus perros, el tiempo que pasa en su casa lo dedica a una de estas tres actividades: comer, dormir y navegar por Internet. Cuando llegamos estaba consultando su correo electrónico, después de haber cenando y antes de irse a dormir. Loly, su mujer, lleva dos semanas sufriendo unas enormes molestias intentando expulsar una piedra del riñón, y para colmo está la incertidumbre de los resultados de la biopsia del bulto del pecho de su hija. La preocupación la sumerge en fuertes crisis de ansiedad. Mi primo desvía su angustia escribiendo en foros de Internet acerca de los perros.
Estos primos míos, por parte de mi madre, dan infinidad de anécdotas. La última está en torno a la colecta que han hecho entre todos para mandar a un sobrino con su hermana a Argentina. El tal sobrino, desquiciado, paranoico, en tratamiento psiquiátrico, fuente de innumerables problemas, tiene una pequeña paga que puede ser la causa del anhelo de su compañía por la hermana en tan lejanas tierras. La hermana aduce que ella lo puede curar con naturopatía, y aquí han visto el cielo abierto. Lo llevaron a Barajas, lo subieron al avión y un incordio menos. Lo que si tienen todos claro es que la colecta para pagarle el avión de regreso será algo imposible.
Todas las vueltas que dé son para nada. Son las once y veintisiete. Tengo que levantarme del braser y entrar en la ducha. Ya se escuchan los campanilleros que anuncian que pronto estará la última procesión en la calle, el Cristo Resucitado, cuando termine, todos volverán a sus ocupaciones, a sus esperas, y en las calles los neumáticos de los automóviles chirriarán durante varias semanas hasta que vaya desapareciendo las gotas de cera de las velas que han acompañado a las procesiones. Para entonces yo estaré calentándome en Málaga.