jueves, 7 de noviembre de 2024

Misceláneas viajeras.

 


Misceláneas viajeras.

Capri

El viajero no debe de pasar más de un día en Capri.  

Partimos desde el puerto de Nápoles. Ves aparecer la isla como en una película: un barco que va la deriva que se encuentra con una montaña que emerge del mar con roncos acantilados y las cumbres cubiertas de nubes.

 Nada más desembarcar, una plétora de comerciales pretenden que compres un pasaje para darte un paseo en una barcaza alrededor de la isla. Es lo que menos apetece, bajarte de uno y subirte a otro. Capri es turística al cien por cien. Allí se va a hacer turismo. ¿Qué tipo de turismo? Depende del dinero que pienses gastarte. Pronto ves un bulle-bulle de gente de un lado para otro aflojando la cartera. Lo primero es pagar por llegar al pueblo desde el puerto. Tienes varias opciones y escoges la más típica y económica: subir en funicular. El dinero les cae como mamá del cielo a los nativos.


La vida es cara. Es territorio para millonarios, actores, políticos, empresarios… emperadores. Todo aquel que tenga el dinero por castigo.

 La miríada de turistas de medio pelo que desembarcamos no nos queda más remedio que contemplar los maravillosos acantilados al Mediterráneo, lo bien que están organizadas las villas en las laderas, la angostura de las calles, el sube y baja para llegar a cualquier sitio, los jardines, los escaparates de primerísimas marcas donde una chaqueta, pantalón, camisa… se lleva el sueldo de un mes.

Pero uno no va de viaje para coger complejos. Estés donde esté, y llegues a donde llegues, sabes valorar lo que ves sin que te afecte ningún sentimiento de inferioridad. Por algo uno ha desarrollado mecanismos de convencimiento. ¿A ver, qué sacaría uno de vivir en Capri? Si se necesita ser medio escalador para subir y bajar tanta cuesta por la que solo pueden circular vehículos estrechos que parecen tomados de un tiovivo. ¿Cómo te la apañarías para ir de compras al supermercado, suponiendo que des con alguno?  ¿Hay algún medio de escapar de esta famosa isla cuando el mar está embravecido? ¿Quién demonios es capaz de vivir en semejante encierro?

Estás cuestiones sólo se le plantean a los que nunca han vivido en la opulencia, o no son hijos de los nativos isleños; a los que llegamos en barco para hacernos fotos y nos marchamos al anochecer; a los que antes de sentarse en una mesa en la pequeña plaza para tomarse un simple capuchino deciden que no piensan que le tomen el pelo cuando ven lo que les van a cobrar; a los que disfrutan comiéndose un bocadillo contemplando los acantilados, sin la presión de un camarero que piensas que te ha calado.

Sí, uno tiene suficientes recursos para mantener la dignidad de clase trabajadora y no salirse de sus estándares de vida. Al fin y al cabo, lo mejor, prodigioso y gratis, son las fantásticas vistas con su puesta de sol, la misma que disfrutaría el emperador Tiberio, el viaje de ida y vuelta a Nápoles en barco y haber estado, en definitiva, en Capri.


Sorrento

Lo mejor de ir a Sorrento en tren es que vas y regresas sentado sabiendo que a la vuelta y pasar por Pompeya, decenas de turistas que esperan regresar a Nápoles, no tendrán más remedio que ir de pie apretados como ya te tocó a ti. Ahora son los otros los que te miran con rabia.


Cafeterías y restaurantes.

En Nápoles el café expreso está instaurado a cualquier hora del día. Los napolitanos están vacunados de los efectos insomnes de la cafeína. No se desayuna con pan, a no ser que quieras pizza. Los camareros cuando reciben propina te lo agradecen al límite de quererte abrazar.

En el restaurante que cenábamos, el camarero debía atender las comandas y a la vez captar comensales. El encargado lo vituperaba cada dos por tres porque la gente no se sentaba. Entonces decidimos echarle una mano. Cuando alguien miraba la carta expuesta dudando, le hacíamos señas de que las pizzas eran riquísima. Un americano que hablaba italiano se dejó convencer por nuestros gestos y se sentó a nuestro lado. El hombre viajaba solo y no paró de charlar.

Breve resumen de lo que contó el americano.

Hasta la fecha no había estado nunca en Nápoles. Viajaba de turista. Tenía un amigo en Roma. Era padre de tres lindas hijas. Estaba jubilado. Vivía en Bruselas. Las hijas, casadas, estaban por no darle nietos. Nápoles le parecía una ciudad caótica, pero interesante. A Pompeya no había ido ni pensaba ir. Cuando terminase su periplo en Nápoles se iría a casa de su amigo en Roma…

Nos despedimos como si nos conociéramos desde hacía una eternidad.

Marchamos para recogernos en el hotel. Como era ya costumbre teníamos que pasar por medio de la tribu de negros vociferantes que a esa hora estaba en plena juerga. Las cafeterías recogían las mesas y baldeaban el interior con cubos de agua jabonosa. El recepcionista nos recibió con un lacónico “buona notte”.



            Apuntes en el Museo Arquológico y Nápoles por el autor.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Pompeya. "Huir o quedarme"

 



Nápoles. La excursión más deseada: Pompeya.

De haber vivido dos días antes de la erupción del Vesubio, como ciudadano romano en Pompeya y siendo propietario de una buena villa, rodeado de las comodidades de la época, dedicando las mañanas a mis negocios, a ir al foro a participar de la vida política, con mis sirvientes, con mi abono al teatro y un buen lugar en el anfiteatro para ver las luchas de gladiadores…  Todo eso mientras el Vesubio comenzaba a dar muestras de que no se iba a andar con bromas. ¿Qué habría hecho? ¿Huir o quedarme?

Cómo iba abandonar una villa que tanta felicidad me procuraba; con sus fuentes, pinturas, vistas a la costa. Aquel peristilo de columnas que se ve desde la calle como señal de posición... ni loco. Dos mil y pico años después aparecería mi molde para espanto de los miles de turistas que acudirían en masa a visitar lo que quedó de tanta opulencia. Los arqueólogos habrían retirado las montañas de escombros volcánicos que el malvado Vesubio arrojó con una fiereza y encono de mil demonios.




Y allí estábamos nosotros, y otros cientos de turistas venidos de todas las partes del mundo, contemplando lo que quedó de una ciudad tan organizada, de estatuas imponentes, con todo el equipamiento que los romanos la dotaron:  teatros, foros, templos, ingeniería, comercio... Solo quedaba el reflejo de aquellas pobres gentes, de su modo de vivir, sentir. Sombras bajo cientos o miles de toneladas de materiales volcánicos.

         Año 79 D.C. Horas antes de la erupción.

A medida que pasa el tiempo, solo, estoy tumbado en el triclinio. Ya no se escucha el rumor de la fuente en el centro del peristilo porque el agua ha dejado de manar. Tengo la vista puesta en la cima del Vesubio y las laderas incendiadas. En la penumbra, arden los candiles encendidos en las hornacinas de los dioses. Siento leves y continuos temblores de tierra. Los cortinajes de las dependencias que dan al patio se mueven con una brisa suave. En la calle se escucha el incesante tráfico de carruajes, voces, borrachos, ladrones.

Cerca, uno de tantos prostíbulos permanece abierto. La pintura de Príapo que mandé hacer a la entrada, después de traspasar el cubil del portero, se enseñorea con su gran pene. En el foro, por la mañana, escuché que en las cisternas quedaba agua para dos días porque una parte del acueducto que viene desde los Apeninos se había derrumbado; ya se había dispuesto para su reparación. Que no se aconsejaba beber agua porque salía sulfurosa.

Acaso, digo, ¿por qué me iban a abandonar mis dioses que tenía por todo el domus a los que había colmado de ofrendas?

 Sí, yo sería de los que se habrían quedado petrificados para la eternidad. La gente del futuro se preguntaría quién era aquel infeliz. ¿Por qué no huyó como habría sido lo oportuno? Los arqueólogos en su empeño de argumentar qué pintaba yo allí después de retirar los seis metros de ceniza volcánica, propondrían varias hipótesis: la más plausible, según ellos, era que fuese un esclavo que se quedó al cuidado por orden del  dueño; otra, que era un caco que aprovechando el lío le pillo una ola piroclasto; otra, que me torcí un tobillo; y así tantas como ocurrencias den para imaginar a alguien que su molde aparece solo, sin más nadie, porque mi familia, estoy seguro, más sensatos, se marcharon cuando presintieron el desastre que se avecinaba. ¡Ahí te quedas al cuidado! ¡Ya nos contarás!, me dirían mientras los veía trasponer junto con otros cientos de pompeyanos por una de las puertas de la ciudad.


Año 2024 D.C.

Los dioses cuando de verdad te abandonan es a la vuelta de Pompeya de regreso a Nápoles. Estamos desde las once de la mañana y aún nos quedan lugares por visitar, cuando suena un pitido en las ruinas que crees que es la alarma de un coche. Son las seis de la tarde Es para que vayas marchándote. Está añocheciendo. Una marabunta de turistas nos vamos agolpando en la estación. Llega el tren que viene de Sorrento ya cargadito. Entramos a empujones. No apto para quien sufra de claustrofobia, apretamiento o simplemente crea que viajar así no es humano. El tren para en cada estación, apeadero. Un regreso de pie de cerca de una hora. Miras con rabia a los que van sentados. Ellos desvían la mirada.

                            Continúa...