Hay un hombre que...
Amanece y una niebla que ha estado sumergiendo al pueblo durante la noche comienza a levantarse. Las torres de las iglesias son las primeras en asomar. El vetusto edificio de Los Escolapios se deshace de los jirones como de gasas. Cualquiera que estuviese en la ermita, a bastante más altura que nuestro hombre, cosa improbable por la hora, tendría una visión de postal. La niebla baja está a una cota, lo que permite que la sierra con su ermita y el castillo emerja como una isla de un mar de nubes. Por encima de aquel ensueño luce un sol y una luz que nada tenía que ver con la grisura y humedad que se traspira abajo y que convierte a los pocos transeúntes que van por las calles en seres fantasmales. Dentro de pocas horas, quizá a media mañana, el cielo estará ya despejado. Muchos buscarán las resolanas para calentarse. En este momento neblinoso, un hombre, de unos cuarenta años, que viste un buen traje, camisa, abrigo de lana… una indumentaria de categoría, se dirige a su oficina. La bruma no le permite aclarar sus pensamientos. Su oficina bancaria está siendo auditada. - ¿Cómo voy a salir de esta? -, va pensando.
Al mediodía de la niebla no queda nada. El sol brilla más que cualquier día de invierno. A pesar del frío, en las esquinas muchos hombres con sus zamarras y las cabezas gachas sostienen apenas conversaciones. Algunos se han calentado el cuerpo con una copa de aguardiente. Como son las fiestas de Navidad, poco hay que hacer. Un perro se les arrima buscando el calor.
Para el hombre que viste un buen abrigo, a estas horas los auditores han terminado su trabajo. Existe un déficit de caja. La responsabilidad es definitiva. Se negocia, si la palabra puede ser negociar, una salida decorosa y el despido. Otra no queda.
Un día como este, las encinas no saben de frío, ni el romero, el brezo, el lentisco, la aulaga, el tomillo… Tampoco entiende de alambradas, de cotos, de guardas. Hay un hombre que pasea por el campo sin importarle la temperatura que haga. Pero ahora se le hace más difícil porque el camino ha sido cerrado por el dueño de una finca y lo ha adornado con un Prohibido el Paso. Indignado, no le queda otra que cambiar el recorrido y tener que pasar por el feo y desalmado polígono de naves comerciales que hay a las afueras del pueblo. Su ánimo cae en picado mientras cruza por esta fea estampa del progreso.
La escarcha no tiene intención de desaparecer de las umbrías y lugares donde no pasa nadie. La humedad del ambiente se convertirá de nuevo en escarcha cuando llegue la noche y la temperatura caiga varios grados. Habrá zonas que tenga la apariencia de haber nevado. Si caminas sobre ella, el suelo cruje de cristales. El frío traspasa tus suelas. Las huellas de las pisadas quedan marcadas. Ha sido una noche que los termómetros han marcado tres grados bajo cero. El agua de las pilas en los patios de las casas aún sigue congelada.
Hay un hombre al que no le importa este frío. Su calor viene desde dentro. Lo produce las ansias de ganar dinero. Compró unas tierras de secano lindando con el pueblo a precio de ganga. En el último plan de urbanismo se recalificaron como suelo urbanizable porque el pueblo necesita más espacio para edificar. Sabe que va a construir por poco y va a ganar mucho. -Bastante miseria pasé cuando niño-, piensa. -Voy a ser el más rico de este pueblo piojoso-, se reafirma.
A pocos kilómetros del pueblo, en una llanura que parece una estepa de Siberia, se ha reacondicionado un cortijo en prostíbulo. Cuando pasas por la carretera, un desvío toma el camino. De noche, en la oscuridad, unas luces de sala de fiesta parpadean para que los clientes no se pierdan. A la caída de la tarde, un grupo de mujeres se bajan de una furgoneta. El local está arreglado para no pasar frío. Las luces, la barra del bar, los rincones con sus mesas bajas… hace que parezca que estás en un pub. Un hombre conduce por milésima vez camino de aquellas luces como la polilla ciega por la luz de una farola. Recuerda su primera visita. Sólo fue a tomarse una copa. Desde entonces su vida ha caído en picado. Ya sólo vive por la pasión ciega. Por el embeleso de sus pulsiones de hombre desaforado. –Hoy va a ser el último día que vengo-, se promete a sí mismo. Al poco tiempo se le vuelve a olvidar su promesa.

