sábado, 30 de diciembre de 2023

Hay un hombre que... (Cuarta parte de "Mi pueblo")

 Hay un hombre que...


            Amanece y una niebla que ha estado sumergiendo al pueblo durante la noche comienza a levantarse. Las torres de las iglesias son las primeras en asomar. El vetusto edificio de Los Escolapios se deshace de los jirones como de gasas. Cualquiera que estuviese en la ermita, a bastante más altura que nuestro hombre, cosa improbable por la hora, tendría una visión de postal. La niebla baja está a una cota, lo que permite que la sierra con su ermita y el castillo emerja como una isla de un mar de nubes. Por encima de aquel ensueño luce un sol y una luz que nada tenía que ver con la grisura y humedad que se traspira abajo y que convierte a los pocos transeúntes que van por las calles en seres fantasmales. Dentro de pocas horas, quizá a media mañana, el cielo estará ya despejado. Muchos buscarán las resolanas para calentarse. En este momento neblinoso, un hombre, de unos cuarenta años, que viste un buen traje, camisa, abrigo de lana… una indumentaria de categoría, se dirige a su oficina. La bruma no le permite aclarar sus pensamientos. Su oficina bancaria está siendo auditada. - ¿Cómo voy a salir de esta? -, va pensando.

         Al mediodía de la niebla no queda nada. El sol brilla más que cualquier día de invierno. A pesar del frío, en las esquinas muchos hombres con sus zamarras y las cabezas gachas sostienen apenas conversaciones. Algunos se han calentado el cuerpo con una copa de aguardiente. Como son las fiestas de Navidad, poco hay que hacer. Un perro se les arrima buscando el calor.

Para el hombre que viste un buen abrigo, a estas horas los auditores han terminado su trabajo. Existe un déficit de caja. La responsabilidad es definitiva. Se negocia, si la palabra puede ser negociar, una salida decorosa y el despido. Otra no queda.  

         Un día como este, las encinas no saben de frío, ni el romero, el brezo, el lentisco, la aulaga, el tomillo… Tampoco entiende de alambradas, de cotos, de guardas. Hay un hombre que pasea por el campo sin importarle la temperatura que haga. Pero ahora se le hace más difícil porque el camino ha sido cerrado por el dueño de una finca y lo ha adornado con un Prohibido el Paso. Indignado, no le queda otra que cambiar el recorrido y tener que pasar por el feo y desalmado polígono de naves comerciales que hay a las afueras del pueblo. Su ánimo cae en picado mientras cruza por esta fea estampa del progreso.

         La escarcha no tiene intención de desaparecer de las umbrías y lugares donde no pasa nadie. La humedad del ambiente se convertirá de nuevo en escarcha cuando llegue la noche y la temperatura caiga varios grados. Habrá zonas que tenga la apariencia de haber nevado. Si caminas sobre ella, el suelo cruje de cristales. El frío traspasa tus suelas. Las huellas de las pisadas quedan marcadas. Ha sido una noche que los termómetros han marcado tres grados bajo cero. El agua de las pilas en los patios de las casas aún sigue congelada.

 Hay un hombre al que no le importa este frío. Su calor viene desde dentro. Lo produce las ansias de ganar dinero. Compró unas tierras de secano lindando con el pueblo a precio de ganga. En el último plan de urbanismo se recalificaron como suelo urbanizable porque el pueblo necesita más espacio para edificar. Sabe que va a construir por poco y va a ganar mucho. -Bastante miseria pasé cuando niño-, piensa. -Voy a ser el más rico de este pueblo piojoso-, se reafirma.

         A pocos kilómetros del pueblo, en una llanura que parece una estepa de Siberia, se ha reacondicionado un cortijo en prostíbulo. Cuando pasas por la carretera, un desvío toma el camino. De noche, en la oscuridad, unas luces de sala de fiesta parpadean para que los clientes no se pierdan. A la caída de la tarde, un grupo de mujeres se bajan de una furgoneta. El local está arreglado para no pasar frío. Las luces, la barra del bar, los rincones con sus mesas bajas… hace que parezca que estás en un pub. Un hombre conduce por milésima vez camino de aquellas luces como la polilla ciega por la luz de una farola. Recuerda su primera visita. Sólo fue a tomarse una copa. Desde entonces su vida ha caído en picado. Ya sólo vive por la pasión ciega. Por el embeleso de sus pulsiones de hombre desaforado. –Hoy va a ser el último día que vengo-, se promete a sí mismo. Al poco tiempo se le vuelve a olvidar su promesa.

 

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Algo que me llama (Tercera parte de "Mi pueblo")

 

En aquella época fue cuando la gente comenzó a ir acelerada. Y como todo comienzo, empezó adueñándose de una parte del día.

Así, mi padre se apresuraba por llegar al colegio antes que nadie. Yo debía apresurarme para que no me esperase. En la calle iba la gente apresurada a sus quehaceres.

Por poner ejemplos, el director de la Caja de Ahorros se apresuraba y cuando llegaba, su misión era comprobar que los empleados iban y venían apresurados. El encargado del taller de reparaciones de automóviles abría el portón para que sus empleados se apresuraran en comenzar a trabajar. El médico iba al dispensario para recetarle a los apresurados enfermos, entre otras cosas, que dejasen de fumar y beber para poder seguir con sus apresuradas vidas…

           La vida en el pueblo se modernizaba y corría en pos del futuro, acelerada. Los cambios eran rápidos y los habitantes tenían que ir con los tiempos. La calma se fue desvaneciendo como la niebla. Daba paso a una época de nervio y empuje. Los archidoneses se transformaban por la mañana en seres vitalistas y briosos.

         Mi padre, con la presión de los tiempos, cuando le fallaban las energías en el colegio, buscaba el empuje tomándose un café a media mañana. El efecto que le producía no era el que buscaba. La cafeína lo alteraba. Iba de un lado a otro, abriendo y cerrando cajones, moviendo papeles… Se disponía a poner algo al día, y sin darse cuenta saltaba a otro asunto que le absorbía unos instantes para dejarlo y pasar a otro. Y así transcurría la mañana. Acelerado, activo, enérgico. Pero nada resolutivo. Sabía que era el efecto del café aquella inquietud que lo dejaba exhausto. Pensaba que lo mejor era no tomarlo.

         “La imagen que daba a los demás - me contó-, era la de un hombre muy ocupado. Pero mi mente discurría de un tema a otro como un torbellino. Si llegaba un maestro y me hablaba de algún asunto importante, le atendía y quedaba que lo arreglaría. Al poco rato ya no me acordaba de qué era lo que tenía que hacer. Entonces me ponía a buscar algo… Abandonaba porque tampoco sabía qué estaba buscando.”  

         Y como si sonase una campana, a una señal imperceptible, todos nos desacelerábamos. Una legión de hombres, terminada la jornada de la mañana, se iban derechos a las tabernas y bares. De allí a sus casas. Las mujeres desaparecían de las calles esperándolos. Ir y volver. La tarde invitaba a estar más calmado. El director de la Caja de Ahorros podía reposar los pies en alto, dormitar con la televisión encendida. El jefe de taller se dedicaba a poner las facturas al día. Pedía que no le molestaran. El médico atendía por lo privado en su casa a los pacientes de manera más calmada…

A mi padre se le había pasado el efecto de la cafeína.

Caía la noche y la modorra invadía las calles. ¿Dónde estaba aquella pulsión por comerse el mundo? Las tabernas y los bares volvían a cobrar la inquietud. Pero ahora había menos fogosidad. Muchos ya no aguantaban más el día y optaban por irse a casa. A los niños el tiempo después del colegio era un visto y no visto. Quedaba poco para irte a la cama. Apenas quedaba nada para otro nuevo día y comenzar a apresurarte.

        

sábado, 16 de diciembre de 2023

Algo que me llama. (Segunda parte de "Mi pueblo")

 

        En aquel momento, mi padre se tomaba una yema con coñac que le preparaba mi madre para que tuviera fuerzas. Mientras, yo me tomaba el desayuno mirando por la ventana de la cocina los montes de Sierra Arcas. A los que aún le faltaban más de treinta años para tener aerogeneradores.

         Dos casas más abajo, en aquel momento, el tendero de la casa que hacía esquina, comprobaba que le faltaba harina y moyuelo. A escasos veinte metros, el panadero se acercaba con su furgoneta Renault 4 con las banastas de pan y cajas de bollos de azúcar.

         En aquel momento, en otra casa de la misma calle, en la cuadra aneja, el hombre y padre de cinco hijos, cinchaba la mula aparejándola para salir, como todos los días, salvo los días festivos, a su huerta en las afueras del pueblo. En la capacha llevaba el almuerzo y una cerveza el Alcázar. Del agua se servía del nacimiento que llenaba una alberca.

         Tres horas más tarde, el alcalde, en la alcaldía, atendería a un padre de familia y vecino, que le solicitaría una vivienda para su incontable prole. El alcalde le prometería que mandaría al Maestro de la Villa para que le acotara una parcela en unos terrenos baldíos del Ayuntamiento donde se podría construir su casa respetando los linderos que se le marcase. El hombre agradecido le regalaría un pollo. El alcalde llamaría al jefe de los municipales para que se lo llevase a su casa.

         Aquella misma mañana, mientras el alcalde despacharía otros asuntos. un grupo de jornaleros, tenían previsto reunirse con el cura del pueblo para organizar una cooperativa. Sería la primera de tantas que acabarían con el paro y pocos ingresos de muchas familias. El cooperativismo era una forma para que los trabajadores se hiciesen con los medios de producción y manejar ellos los ingresos de la fuerza del trabajo. Pocos años más tarde, no quedaría nada de las cooperativas que con tanta ilusión se crearon. Desaparecieron por la fuerza del capitalismo, decían algunos. Otros, mal pensados, opinaban que la causa fue que todos querían mandar. “Porque mandar nos gusta a todos”, aseveraban.

         Regresemos a las horas previas de aquella mañana. A mi padre, cuando disponíamos a subirnos en el 127, aparcado en una cochera, se daba cuenta de que había olvidado las llaves del coche. Él se lo tomó de buen humor gracias a la energía extra de la yema de huevo con coñac.

En aquel momento, uno de los autobuses que hacía la ruta por las pedanías recogiendo alumnado para llevarlo al colegio, permanecía averiado en el garaje, a veinte de kilómetros, y no había modo de sustituirlo. Niños y niñas esperaban inquietos en los caminos. Su ausencia la notamos en el comedor escolar. La jefa de las cocineras nos forzaba a repetir el segundo plato. Huevos con salchichas y tomate frito.

En aquel momento, todavía faltaba una hora, después de habernos marchado para el colegio, para que mi abuela entrara por la casa y colaborar en las faenas. Dos horas para que un chacho, tío de mi madre, se llegase. Cuatro horas para que “el tío de los huevos” dejara un cartón de huevos. Y ocho horas para que mi padre y yo regresáramos del colegio.

 

domingo, 10 de diciembre de 2023

Mi pueblo "Algo que me llama" (Iª Parte)

 

Tres de cada cinco casas están deshabitadas. De esas tres, una está a un paso de ser una ruina convertida en un palomar. Ves entrar y salir a las aves dueñas por una ventana sin cristales. De cada tres palomares, tres están en viviendas ruinosas.

De cada diez casas con moradores, ocho son de pensionistas. Las hay en las que viven parejas ya sin hijos o con algún hijo que la vida lo ha devuelto al seno familiar. Separado. Sin vivienda, al calor de la pensión, lo ves por la calle con las manos en los bolsillos. Va a echar una bonoloto. El premio es un montón de miles de euros.

Estos hogares tienen un zaguán alicatado de entrada. De cada diez, ocho, la puerta es una cancela metálica con cristales monolíticos y mates que dejan pasar la luz y el frío. Un timbre pulsador que suena justo encima de la puerta. Una anciana que te abre y te deja pasar. Todas tiene un recibidor donde puedes dejar el abrigo o el paraguas. El abrigo es mejor que no te lo quites hasta que llegues a la salita de estar. La más pequeña de la casa.

En el pueblo todas las casas tienen mesa camilla con un foco de calor cubierto con las enaguas de invierno. Un tapete de ganchillo. Ahora ya te puedes desprender del abrigo o cazadora y echarte las enaguas.

Una de cada cinco casas, la puerta de la salita no se puede cerrar bien. Una baldosa lo impide. Si quieres encajarla debes levantarla un poco, aunque es mejor siempre dejarla con una abertura por eso de la ventilación.

Las fotos de los hijos de la primera comunión en grandes marcos como si fuesen santos. La foto de la boda del hijo que ha vuelto separado ya no está. En su lugar está la imagen de la patrona, la Virgen de Gracia.

En una de cada tres falta un miembro de la pareja. Casi siempre es el hombre. La viuda es una mujer religiosa, aunque vaya a misa sólo cuando es de algún difunto. Le gusta hacer la compra y charlar con otras vecinas. Sus faenas más trascendentes es hacer la comida y ocuparse del hijo que ha regresado sin pena ni gloria después de veinte años de casado.

Las escaleras son tortuosas, así que se ha dispuesto de un dormitorio en una salita interior, aneja, estrecha igual que una celda de clausura, con una pequeña ventanita a ras del techo, como si fuese la entrada a una colmena. Apenas tiene sitio para moverse, pero evita subir las tortuosas escaleras.

Arriba quedan los dormitorios. Vacíos, con sus camas vestidas. Otra de las labores es repasarlos. Tenerlos al día. La última vez que se usaron la casa rebosaba de vida. Han transcurrido veinte años. El dormitorio desordenado es el del separado. A él no le gustan que le toquen “sus cosas”.

La cama de matrimonio, el armario ropero, la cómoda y dos mesitas de noche. El armario conserva la ropa del difunto. El traje que llevó de novia está bien empaquetado con unas bolas de naftalina. El de él, lo estuvo utilizando hasta que se le quedó estrecho. -Esto tiene la vida de casado-, decía cada vez que quiso ponérselo y tenía que desistir. Lo vistió para la boda de un primo y se pasó todo el tiempo incómodo con el botón de la cintura del pantalón desabrochado. Cuando se animó a bailar sudó porque estuvo en un tris que el botón saltara por los aires. –Esto tiene la vida de casado-, es una frase que colaba desde entonces en sus conversaciones.

En cada calle hay, al menos, un perro por cada tres personas. Un gato por cada dos. Diez palomas por cada una. El pueblo se ha convertido en un gran palomar. De los balcones de los grandes edificios, debajo de las ménsulas, los aviones comunes, de la familia de los vencejos, todas las primaveras hacen sus nidos. Algunos lo intentan en los aleros de las casas. Sólo prosperan en las que no haya una dueña que mande encalar la fachada aprovechando el verano.

Apenas hay un centenar de árboles en el casco urbano. No cabe división posible entre habitantes. Quien quiera árboles que pasee por las afueras. Por la sierra o la ribera del río. Pero sí hay fuentes. Fuentes sin agua potable. Decorativas. Crees que continúan para que a ti te evoquen la nostalgia de lo que fueron cuando el ganado abrevaba y los niños jugábamos en ellas.


  (A mi sobrino Antonio, amante incansable de Archidona)

domingo, 3 de diciembre de 2023

Crónicas de los 70

 

        Soltando las amarras de las nostalgias, dejándome llevar por las evocaciones y la de una querencia afectiva que tiene la memoria, era una época en la que el rango social estaba dictaminado entre tener coche o no tenerlo. Mis padres no tenían, mis amigos tampoco. Sólo había dos coches en la familia, un Seat 850 y un Simca 900. Un paseo en coche era la máxima aspiración de mi infancia desmotorizada. En el primero no me subí nunca, en el segundo sí, cuando los veranos mis tíos venían de Barcelona e íbamos a la venta “El Puente” a bañarnos en la piscina de aguas primigenias. Subirte y pasear en un radio de diez kilómetros, apretado con más niños, primos o conocidos, era por lo que estabas dispuesto a dar tu vida.

Como éramos tantos niños y niñas, cuando se disponía a ocupar las plazas siempre se sacrificaban unos cuantos. Los adultos no tenían remilgo; en el coche cabían tantos, y el que se quedara en tierra, allá él. La idea de consolación estaba ausente en estos casos.

Rezabas por estar entre los elegidos. Veías como los demás, acomodados entre empujones en el asiento trasero, ni siquiera se compadecían de ti en caso de quedarte en tierra. Te quedabas solo, acompañado de unos mocosos de menor edad que la tuya. Entre los que casi siempre había una niña que se sabía descartada de antemano. Por supuesto, pensabas, ellos sí debían de quedarse fuera, ¿pero tú, por qué? Al abandonarte un odio al mundo se exacerbaba en el interior de tu cuerpo. Cuando te elegían, te mostrabas igual de frío con los descartados. Tampoco sabías lo que significaba ser egoísta.

Era una época sin apenas coches. Las calles estaban tomadas por miríadas de gente y niños. Existía una pugna gregaria entre los barrios o zonas del pueblo. La mía colindaba con la plaza de las Pescarías, la medianía de la calle Salazar hasta el convento de Santo Domingo y la calleja que iba a la parte baja del pueblo y finalizaba en la carretera nacional. En cada una comandaba una patrulla de muchachos de afinidades e intenciones tan aviesas como las nuestras. Con todas nos llevábamos a muerte. En cualquier momento te veías asaltado por una pandilla que te apedreaba o perseguía. Los mayores no se metían en nuestros asuntos. Te adentrabas si ibas acompañado. Solo no te atrevías porque te exponías a que tuvieras que salir huyendo buscando amparo. Tramábamos razias de venganza. Asaltándolos por sorpresa. Las batallas se terminaban pronto, porque enseguida algún vecino decía que iba a llamar a los “municipales”. Entonces nos disolvíamos. Vivía con el temor de que tu padre se enterara.

En mi “territorio” no todos los niños eran unos callejeros irredentos. Los había a los que sus padres los tenían más “sujetos”. Estudiosos y labrándose desde la infancia un porvenir. Ayudaban en las labores familiares. Mis padres los ponían de ejemplo. Yo aspiraba a la libertad que daba el callejeo, sin estar sujeto a horarios, con mis primos y amigos, labrándome otro tipo de futuro. Urdiendo aventuras que la mayoría de las veces terminaban en un despropósito. Por suerte, nunca estuve en las más notables. Esas que terminaron con algún primo mío en el juzgado.  

Especial inquina se les tenía a los niños de la calle céntrica del pueblo. Estaban etiquetados de “señoritos” porque eran hijos de “señoritos” ya que sus familias eran, en la realidad o de apariencia, más pudientes. Sólo por aquella distinción merecían se castigados. Era un odio de clase. Iban al colegio más distinguido, “Jeromín”. El resto nos repartíamos por los colegios del “Molino Juan” y el mío, del que mi padre era director, “San Sebastián”, que recogía a todo el alumnado de las pedanías y cortijos de Archidona. En boca de un maestro de la época el alumnado se repartía del siguiente modo y orden: lo mejor a “Jeromín”, la chusma al “Molino Juan” y los cortijeros en el mío.

        

viernes, 17 de noviembre de 2023

Temas de los que hablar I

 

Guerra de Marruecos  

Mi abuelo Manuel cuando hacía el servicio militar, en 1921, se vio enredado en la guerra del Rif, la que provocó el desastre de Annual con miles de bajas en el ejercito español. En una foto se ve con su batallón, risueño y feliz. No tiene pinta de estar amargado. Su madre María Aranda fue a visitarlo junto con otro vecino del pueblo que también tenía a su hijo. En 1925 obtuvo un salvoconducto y regresó sano y salvo. Quizá se debiera al amuleto que le cosieron al uniforme y llevó toda la campaña.  El amuleto aún se conserva, lo guarda un hermano. 



Me libré del servicio militar por ser padre. Antes tuve que hacer incontables gestiones, y lo logré porque demostré que “sostenía económicamente” a mi familia, cosa incierta. Si no, imagino, para que no fuera una carga más, te ibas de soldado y ya el Estado procuraba tu sustento.

 

Luis XVI

         Luis XVI llevaba un diario. Un día, después de marearse sin saber qué escribir, anotó: “Hoy, nada”.

         Vaya, así que el monarca no encontró algo interesante de lo que dar cuenta. O era simple pereza.

         Llevo varios cuadernos empezados como diarios. En las primeras hojas me esmero por relatar lo que me ha ocurrido. Cuando llevo unas cuantas páginas, y no todos los días he escrito, me ocurre lo que al monarca: “hoy, nada”.

 

María Antonieta

         Puestos ya, hablemos de María Antonieta, reina y esposa del aburrido Luis XVI.

         Dicen las crónicas que las mujeres de París se sublevaron por el precio del pan. María Antonieta aportó su solución. Si no podían comer pan por su elevado precio que comieran pasteles.

         Hace unos días compré varias tabletas de turrón para la Navidad en oferta. Faltan dos meses, y ya apenas queda.

 Comer algo dulce se ha vuelto una actividad muy conflictiva. Los remordimientos de saber que estás atentando contra tu salud chocan con el imperioso deseo de gratificación.

 

Spuntik2

Un tío mío, cazador, tenía una perra pointer llamada Laika en honor a la perra que los rusos enviaron al espacio en 1957 y así intentar adelantar a los americanos en la carrera espacial.

Mi tío, y todo el mundo, siempre creyó que Laika regresó viva de la misión. Con aquella tecnología, cosa que estaba prevista que ocurriera, la nave se desintegró. Los rusos lo mantuvieron en secreto.  

De niño miraba en una enciclopedia un dibujo de Laika asomándose por la ventanilla del sputnik2. La ilustración siempre me produjo congoja. Qué podía hacer un animal allí encerrado dando vueltas alrededor de la Tierra.

 

Inquisición

Qué habría hecho yo en el caso de ejercer como maestro en el siglo XIX cuando la Inquisición aún te podía condenar por el simple hecho de no llevar a los alumnos a misa.

Seguro que los habría llevado, no me fuera a pasar lo que le ocurrió al último ajusticiado por la Inquisición en España, un maestro, al que le añadieron otros gravámenes entre los que se señalaba que les leía “libros malos a sus discípulos” (Se referían a los publicados por la Ilustración).

 

lunes, 23 de octubre de 2023

La casa número quince (trece).

 

           A mi madre no le gustaba el número trece, así que mandó cambiarlo por el quince. En la calle hay dos casas seguidas con el número quince.

Qué aspecto debe tener una casa abandonada. Es como la imagen de un perro sin dueño, una maleta tirada en un rincón, un mueble desvencijado… La verdad es que las hay para todos los gustos, de muchos sinsabores, porque en el fondo todas te transmiten la decadencia y soledad de lo material al que tanto nos apegamos. Es diferente contemplar una casa abandonada en tu infancia, la ves como algo curioso, llena de enigmas, un castillo de pasajes para vivir aventuras y sentir escalofríos por presencias agostadas en los rincones. Durante tu juventud ni te fijas. En la madurez sientes la misma emoción que te traslada una persona envejecida que ha perdido facultades de movimiento, vigor en el habla, encogida y llena de silencios.

         En el pueblo son legión las casas sin habitar. Paseas por las calles y ves las puertas cerradas. Apenas hay carteles anunciando la venta porque las inmobiliarias opinan que de poner todos los anuncios mandaría el mensaje de ser un pueblo en venta y los precios, ya de por sí bajos, estarían aún más tirados.

 La casa del pueblo que hemos heredado de mis padres, es un bastión en la nada. Los hermanos nos hemos aunado en mantenerla, en frenar su decadencia, en sacarla del letargo que los años de abandono le han dejado unas huellas que son difíciles y costosas de arreglar. La ilusión de lograr que sea habitable, ya era difícil cuando estaban mis padres, ahora, los esfuerzos a destiempo apenas cambia su fisonomía de desamparo. Terminas de quitar las hierbas del patio, cuando ya están saliendo otras. Las hay de todas las clases. Se aferran a la nada brotando entre las juntas de los azulejos y baldosas. Son pequeñas, pero de una terquedad vegetal que te hace pensar que la batalla la tienen ellas ganada de antemano.

         Lo último que ha brotado, después de varias semanas sin aparecer por la casa, es una higuera. Hace unos meses descubrí su incipiente nacimiento y la arranqué creyendo que ya terminé con ella. Cuando hemos regresado había crecido mi estatura. Parecía decirme que se lo había tomado como una afrenta y que por eso demostraba cómo era capaz de crecer. Sé que volverá con su tenacidad por ocupar un espacio que le pertenecía antes que a nosotros. La contumaz higuera parásita, de dejarla, se adueñará del patio. A diferencia del jazmín, éste sí goza de nuestro cariño, posicionado en su alcorque, lo plantó mi madre, así que disfruta de toda la protección que podamos darle. Por más que lo pode crece exuberante. Se nutre del abandono y quizá del agua subterránea que alimentaba un pozo que existía cuando la casa era de mi bisabuela.

La historia del pozo va pareja a otras como que también la casa tuvo una higuera. Ésta que ahora ha crecido es posible que sea la bisnieta de aquella que convivió con el desaperecido pozo cuya agua, según recoge la escritura de propiedad, se cedió al Ayuntamiento en la cantidad de siete plumas. En contrapartida la casa tendría agua en propiedad para siempre. Lo de las siete plumas de agua nos ha parecido tan romántico como medir el aire en pétalos de flores. 

El pozo fantasma, la chimenea oculta en una pared, el ventanal que daba al patio de la casa vecina a medio derruir lleno de oscuras oquedades que te servían para completar alguna que otra pesadilla nocturna. Asomarte a la tapia del patio para mirar la casa del Vichy con un solar al que se accedía por unas escaleras altas desde una terraza y que a la mitad desaparecían dándote la impresión que si bajabas por ellas caerías entre los hierbajos que lo cubrían todo y que tanto te enervaban porque nos sabías a ciencia cierta qué se movía entre ellos. La talega con el oro que no pudieron llevarse en su huida a Barcelona la bisabuela y su troupe de hijos para protegerlos del “lío” que se iba a armar con el golpe de Estado y que según mi madre había muchas posibilidades de que estuviese escondida en la casa.

Es la temática desbordada de la que el imaginario en torno a la familia que habitó esta casa siempre alimentó nuestra percepción de la vida y experiencias de niños y adolescentes con sus singulares personalidades. Los hubo de todos los tipos. Parientes atrabiliarios, pendencieros, caprichosos, despilfarradores del patrimonio, finos en las manualidades, inteligentes, literatos, republicanos... Hombres y mujeres que el tiempo no logró borrar porque quedaron enlazados a los recuerdos que mi madre y mi abuela contaban como recurso para ensalzar o señalar cualquier conducta buena o reprobable. Si hacías una gamberrada ibas camino de convertiré en… Si eras mañoso habías salido a….  Vengativo como… Astuto como…. Ruin y mentiroso como… Listo y con buen porte como…  Así que uno nunca ha sido uno, sino todas las personas que componían aquella rama genética que pugna por seguir existiendo en tus modos y maneras.


miércoles, 20 de septiembre de 2023

Mi madre.

 

            Si hubiera sido por mi madre, me tendría que haber dedicado a curandero. Me dijo que había llorado en su vientre lo que me capacitaba para imponer las manos y aliviar el dolor o padecimiento de la persona que se prestara. He vivido con esa potencia y no le he sacado ningún partido salvo para presumir cuando llegado el caso en una conversación de tema esotérico he acaparado la atención acerca de mi don con las sencillas palabras: “lloré en el vientre de mi madre…” Lloré en el vientre de feto y fuera siendo niño, pero ocultándome de la vista de todos porque en mi casa no se les prestaba atención a los llantos. Éramos muchos y las circunstancias imposibilitaban dedicar esfuerzos a sentimentalismos, a no ser que las lágrimas las produjera alguna caída o golpe, entonces sí te socorrían y consolaban.

         Mi madre sí tenía especiales poderes y no porque llorara en el vientre de la suya. Su talento era indudable para pronosticar, anticipar o vaticinar sucesos. A dichas capacidades precognitivas o premonitorias me he acercado algunas veces con bastante atino quedando asombrado por el acierto. Otras he fallado, lógico. En una mente racional no caben supersticiones, todo obedece a una cuestión probabilística, matemática; pero era tan extraordinarias y tan determinantes que incluso me hacían dudar de si sería alguien especial. De existir mi madre, corroboraría que lo era porque creía en los dones. Ella sí dio muestras de tenerlos.

         Leía las caras de las gentes y afinaba en la psicología oculta por las falsas imposturas. Lo que mejor se le daba era tratar con los listillos, sabihondos, mujeres chismosas o envidiosas. En cualquier charla rápida y fugaz les dejaba claro que les había leído las intenciones, que se la podían pegar a otro, casi siempre a mi padre, pero nunca a ella y los ponía en su sitio. Estaba claro, con esta mujer, pensaban, negocias, te rindes, huyes o estás perdido.

         Defendía a ultranza a los de su sangre y en especial a los que creía más vulnerables. Qué nadie osara meterse con uno de los suyos y menos aún con los que ya no estaban en este mundo. Al maldiciente antes de que abriera la boca ya le había soltado una andanada que le dejaba estupefacto, porque sólo el que iba a hablar sabía lo que tenía en mente y mi madre se le había adelantado leyéndole el pensamiento antes de soltarlo. Su magnífica memoria y rapidez le permitía a la velocidad del rayo endilgarle algo turbio de su vida personal que le dejaba temblando con la conciencia apestada porque aquello el tiempo aún no lo hubiese borrado. Estaba claro, con esta mujer, pensaban, mejor no enfrentarse. Desparecían para el resto de la existencia y con ellos sus intenciones de hacer daño a la familia.

         Solía mi padre, hombre templado, reflexivo y atado a las correcciones, dejarla a su albur cuando algo se tenía que solucionar por la vía rápida y con métodos drásticos. Saltándose a la torera los convencionalismos y las esperas, sin reparo en hablar con quien fuese necesario, con su presencia de señora, correcta, era capaz de teatralizar en cualquier despacho, frente a cualquier autoridad o persona con tal conseguir lo que deseaba.

         Como en todos los pueblos y lugares la difamación es una actividad que se hacía sin base, por el simple placer de hacer daño. A la gente chismosa no les cuesta trabajo otorgarle carácter de verdad a un comentario cuando quien oye es de la misma calaña que el difamador. Alguien había extendido una calumnia a una prima hermana, mocita, bellísima, que pronto se casaría con un hombre mayor y de buena posición económica. El foco donde se cocía la deshonra era la taberna que frecuentaba mi tío, el padre. Por lo visto, entre sornas, los borrachines hacían risas e insinuaciones acerca de la malandanza de su hija. Lo puso en conocimiento de mi madre. Ella fue tirando del hilo de uno en uno. “Tú has dicho esto, ahora mismo me dices de quién ha partido”. La madeja se fue deshaciendo hasta que llegó al origen.

Una tarde invitó a una fulana a merendar. La mujer ajena a lo que le esperaba y chismosa por naturaleza aceptó. Delante de una taza de café con unas magdalenas en un plato, sin más preámbulos, la puso en antecedentes de lo que estaba ocurriendo y de cómo, nombrando desde el primero hasta el último, había ido desenredando el ovillo de las falsedades que circulaban sobre su sobrina hasta que dio con la única donde convergían los señalamientos.  La cara de la mujer se descompuso. No esperaba semejante encerrona. Mi madre, impasible, vio cómo se derrumbó. Aceptó la culpa y confesó que la había movido la envidia. Llorando y apelando a la sensiblería, dijo que lo había hecho porque no soportaba la suerte de mi prima cuando ella tenía una hija a la que los novios que le salían eran todos unos pelagatos.

Ya podía mi tío podía presumir de hija. Los falsos amigotes borrachines abandonaron las insinuaciones. Sobre mi tío se elevaba el manto protector de su hermana capaz de ponerlos de rodillas suplicando perdón si te metías con los suyos. Estaba claro, con esta mujer, pensaban, mejor no enfrentarse. Dejemos a este hombre en paz.

 

 

sábado, 9 de septiembre de 2023

Cháchara de verano

 

Todo empezó por un simple cruce de miradas cuando sentados en la barra de una cafetería, cercanos, ambos nos dimos cuenta como al descuido un señor bien trajeado frente a nosotros cogió el dinero que habían dejado abonando su consumición.

-Sé lo que le pasa a ese individuo. Yo he vivido en ese infierno –escuché su voz al tiempo que la miraba por si le estaba hablando a otro.  

Aclararé que una de mis debilidades es conversar con desconocidos. En estos tiempos las conversaciones con extraños se han reducido al mínimo. Es difícil entablar una charla con alguien que va a compartir un breve momento de tu existencia, y a veces hasta delicado porque la gente suele estar crispada y terminas condescendiendo en algún asunto del que sales enfurecido y arrepentido. Soy de los que comienzan hablando de algo intrascendente y logro conectar. A veces me he equivocado de interlocutor y he recibido un desplante en forma de gesto o parcas palabras. Esta vez fue ella quien sentía el deseo de hablar y no yo.

-Algún día tendría que ocurrir- dijo dirigiéndose a mí.

Sorprendido, permanecí en silencio, observándola. Mujer de edad que ningún hombre se atreve a estimar por cortesía. Si te pasas o te quedas corto, en tu cara se va a notar tus cálculos para que no se note mucho que mientes. Las mujeres escuchan lo que le dice un desconocido, leen tu expresión de la cara, la confrontan con lo que oyen y te etiquetan sin equivocarse. Ella tuvo que notar que me incomodaba pues de manera rápida miré algunos detalles que me compusieran la clase de persona que me estaba hablando. 

Observé su café a medio beber. Arreglada y de buen aspecto, aunque no era momento de buscarle las señales que orientan la edad, de manera rápida calibré que no le iba mal en la vida. Eso me dio seguridad.

 Me apartó la mirada y se concentró en los restos del café y como una sibila que va a profetizar algo, comenzó a contarme su historia. Más rápida en la valoraciones, sabía que había dado con un resignado oyente.

 Siguió después de aquella pausa.

-Frente a mí sentados tras una mesa, el gerente y el jefe de seguridad. Un aparato reproductor de video y televisión esquinado en la mesa. El jefe de seguridad le dio al encendido. En las imágenes se veía cómo entraba en la habitación de las taquillas donde el personal que trabajaba en el laboratorio guardaba sus pertenencias. El carro de la limpieza lo dejé obstaculizando la puerta para evitar sorpresas. Aquellas taquillas siempre estaban abiertas. Sabía las que tenía que registrar. Donde más me entretuve fue en los bolsos, pues tengo pasión por las cremas y la pintura de labios. Las carteras las abría y sustraía parte del dinero, no todo. No era tonta, aunque viéndome en el vídeo ocupaba el primer puesto en el podio de las más imbéciles a la que iban a despedir sin ningún derecho, calladita o “ya sabes” como me dijo el gerente con una sonrisa de satisfacción de haber cazado por fin a la ratera, “firmas o vas a saber cuál va a ser nuestro siguiente paso”.

 Aquella confesión me parecía muy personal, delicada, propia para no ir aireándolola a los cuatro vientos y menos a alguien que la casualidad ha sentado a tu lado. A pesar de lo que he dicho antes de mi debilidad porque los desconocidos me cuenten y charlen conmigo,  debería haberle advertido que podía arrepentirse. Incómodo, aún así seguí mostrando interés por la confidencia.

-Después de tres años y pocos meses perdía el empleo. En una esquina estaba de pie en la penumbra el granuja de mi jefe responsable de la limpieza de todo el edificio y de supervisar el trabajo. Lo único que dijo es que se sentía muy dolido y afectado porque “había quebrantado su confianza” ¡El muy chorizo! Él sabía lo que estaba ocurriendo. Si hizo la vista gorda es porque lo único que le interesaba era quedarse con el dinero que se le facturaba a la empresa por servicios que el personal que estaba a mis órdenes hacía de manera extra por miedo a represalias.

 -Lo que más sentí en aquel momento –continuó- era que ya no podría satisfacer aquel subidón de adrenalina que me producían registrar los bolsos, aparte de que aquellas miserables de compañeras lo celebrarían. Y con razón, pues las había tiranizado hasta los límites de la servidumbre, en especial a las novatas que venían con contratos temporales.

La historia me disgustaba. Era la confesión de una ladrona y mis juicios de valor tendría que callármelos. Soy muy complaciente, pero tengo un límite y hay temas que me desagradan vengan de donde vengan. Estaba por despedirme cuando me miró y sonriendo me dijo que aquello lo había superado como alguien que te cuenta una película convertida en historia pasada. ¿Algún mensaje o propósito escondía dándome a entender que tuviera  paciencia pues sólo era una larga introducción al núcleo del tema principal?

 -Una veterana avisaba a las nuevas de que cómo me las gastaba. La desmesura que tenía por guindar –paró un momento y sonriendo aclaró- Esta palabra era la que utilizaba mi pareja de entonces cuando me recogía del trabajo y me preguntaba qué había guindado hoy.

-Alguna vez, me serví de la novata de turno para que vigilara. Le decía que me avisara si venía alguien. Se quedaba de piedra.

Se dirigió esta vez mirándome y me preguntó qué cómo llegó a tener esa impunidad a pesar de que ya era vox populi su comportamiento. La gente es muy extraña. ¿Sabían lo que hacía y me dejaban? -Como era una pregunta retórica esperé a que ella me diera las razones, y continuó- Es la relación jefe trabajador corrompida en la pirámide de los más afortunados, arriba, los más desafortunados, abajo.  El encargado, yo, el contrato con la empresa a la baja… y miedo; miedo a señalarse, delatar, verse comprometida… eso les pasaba a todas: la maldita supervivencia de mantenerte y no caer.

La interrumpí y le dije que sabía lo que me quería decir. Que ambos habíamos actuado como cobardes por no haberle llamado la atención al tipo que se ha llevado el dinero dejándolo que se marchara. Aunque lo que me cuentas no es lo mismo que llevarte unas monedas de una cafetería.

-Es posible, pero creo que no me equivoco si te digo que ese sujeto padece el mismo problema y a saber lo que estará haciendo en otros lugares-  y continúo.

-El dichoso papel de renuncia ni siquiera lo leí. Para qué, sé que no podía negociar nada. Defenderme habría sido un absurdo. El encargado de seguridad mostraba una sonrisa de satisfacción por un trabajo que le valdría un reconocimiento a nivel profesional. Me mostró una carpeta que, según él, contenía la confesión de algunas empleadas que habían estado a mi cargo. Era un farol, allí no tenía nada.

-Cuando finalizó y apagaron el vídeo, ensoñé que me daba un desmayo, un infarto, y me tenían que me ingresar en la UVI. Era la forma que se me ocurría de devolverles el mal rato que estaba pasando. En el colmo de mi ensoñación me vi hurgando en sus pertenencias mientras ellos se empeñaban en salvarme la vida. Mi avatar les limpiaba los bolsillos y me entró la risa.

- ¿Qué podía decir yo en mi defensa? Que también había sufrido. Que durante días tuve retortijones porque les dio a aquellas malditas por ponerme Evacuol en mi comida para que tuviera las tripas sueltas y tener que cambiarme de bragas varias veces. Y lo peor aquel retardante que utilizaron para que me hiciera efecto horas después y un día le puse el coche a mi expareja para tirarlo a la basura. Me llegaron a poner de cebo una crema para el cutis de la cara de una marca carísima. La habían rellenado con Nivea mezclada de azafrán. Tuve la cara amarilla una semana. Decía que era una reacción de mi piel a unas pastillas cuando me preguntaban por aquella amarillez.

-El encargado de seguridad enumeró lo que le constaba que me había llevado: artículos de limpieza, de higiene, batas, montañas de papel higiénico… Con sorna me preguntó si en mi casa teníamos las tripas tan sueltas, o es que tenía negocios con un chino para vendérselo al por mayor- y continuó enumerando, basándose, eso sí, en las inexistentes acusasiones que tenía por escrito. Terminó. Lo sentí algo abatido, porque sabía que la única prueba era aquel vídeo donde no se veía que me guardase nada y en el que parecía estar buscando algo perdido.

Firmé.

sábado, 26 de agosto de 2023

Mi padre

 

No supe nada hasta el día siguiente. La llamada anunciándolo se había producido cuando dormía momentos antes de entrar a quirófano. Desperté y le conté a Madi lo que acababa de soñar: “Mi padre ha estado aquí conmigo. Lo he visto cómo te veo ahora a ti. De pie, observándome y sin decirme nada, acompañándome". Le dije. Ella asintió y cambió de conversación. “El abuelo acababa de fallecer”, fue lo que le había dicho mi hijo por teléfono.

  Lo vi y sigo viéndolo tal como se presentó aquel día sin la sonda ni el deterioro que su enfermedad le había producido a lo largo de cinco años. Conservo aquellas imágenes como de cualquier visita que me hicieron después amigos y familiares. No habló. Yo le miraba esperando que dijera alguna palabra, una premonición favorable que me hiciera mantener la esperanza de que la operación iba a salir bien; el comportamiento que se espera de todo el que visita a un enfermo. Quizá eso fue lo que hizo que abriera los ojos con las ganas de escucharle un “Tranquilo, pronto estarás recuperado, no tienes nada que temer”, o un simple “Ya mismo estarás bien”.

Después de contarlo, lo interpreté motivo por la salud y el deterioro que llevaba soportando desde que le detectaron el cáncer de garganta. Pensé que estaría en su casa preocupado por no poder estar allí conmigo, lo que me producía, unido a la incertidumbre de lo que me esperaba, más desasosiego a las puertas de la operación.

Nadie puede medir el tiempo una vez despierto que dura un sueño, pues sólo nos vienen estelas, fragmentos desbaratados que en la conciencia intentamos dar sentido y que son apenas el reflejo de lo que experimentamos de manera inconsciente.

Lo vi y sigo viéndolo. Vestido a su estilo, un pantalón beig y una camisa. Más joven, era como si se hubiera desprendido de treinta años. Su cuerpo estaba liberado de los ingenios médicos que habían ido facultando funciones para su supervivencia que lo convirtieron en un hombre limitado, dependiente de una asistencia continua con dolores y controles médicos.

A la mañana siguiente, ya operado, sin apenas molestias, sondado y con la vía en vena por la que entraba en mi cuerpo un río de calmantes, Madi, me dio la noticia. Estuve un tiempo en silencio, sin saber qué expresar, emoción, dolor…La cortisona me evitaba el dolor físico también atenuaban el emocional. Vagaba sobre una nube con el recuerdo, ahora ya determinante en su desenlace, en el que un pesimismo me envolvía por todo lo que me estaba ocurriendo. Le otorgué a aquel silencio de mi padre la carga de no querer comunicarme que allí no se iban a terminar las dolencias como si en su nuevo estado de hombre que aparece en sueños él no pudiera hacer nada más de lo que hizo: venir a despedirse.

 El entierro fue esa mañana junto con los restos de mi madre en el pueblo.

Como una conciencia que vela del estado inconsciente, en alerta por lo que pudiera ocurrir, me deslicé por una cascada de imágenes y vivencias entremezcladas en lugares y tiempos. Cerré los ojos y me dormí.

Soñé que mi padre conducía su Seat 127 acompañado de mi madre y yo atrás. Los dos más jóvenes que yo, como si estuviesen en plenitud de sus vidas llevando de paseo a su hijo mayor que ellos. No hablamos, pero por el trazado de la carretera, el abrupto paisaje, vi que estábamos camino del pantano de Iznájar. Mi padre mostraba una conducción suelta y ligera, de alguien con seguridad y experiencia. Todo lo contrario de lo que fue en su vida. Los precipicios por los que te podías despeñar y caer al pantano me producían malestar y pasé de los peligrosos barrancos para adentrarnos en una carretera recta por una larga planicie bordeada de hileras de frondosos árboles que dejaban pasar una luz primaveral, clara y agradable. El coche sigue su camino. Ya no es el Seat 127, es otro más grande, amplio y cómodo. A lo lejos comienza a dibujarse una gran ciudad: Sevilla. Cruzamos un enorme puente sobre un río de aguas parduzcas y profundas. Lo siguiente estamos mi madre y yo sentados en una plaza tomando un refresco esperándolo. El motivo del viaje está justificado por la necesidad de resolver algún asunto administrativo de la dirección del colegio de Estepa. Sin continuidad, lo veo sentado en el sofá de la entrada de la casa del pueblo. Lee el periódico. Miro y reparo en una foto en la que está dando una charla de pie tras una mesa alargada sobre un entarimado con una mano a medio alzar que da realce a su exposición en un salón lleno de gente. Sentados a ambos lados están las personalidades del pueblo: el alcalde, el vicario… Mi padre es un hombre joven rebosante de vida y de proyectos. Yo aún no existo, ni siquiera como idea futura, sólo soy el hombre mayor que le mira sin saber qué dice sentado entre el público en el que reconozco caras conocidas, todas ya desaparecidas. En el sueño ha entrado un cansino tac-tac-tac. Es el sonido del teclado de la máquina de escribir. Las copias de los listados de alumnos para entregárselos a los maestros al comienzo del curso escolar se apilan a un lado. El tac-tac se hace más fuerte.

Madi es quien me ha despertado anunciándome que le ha dicho la enfermera que me va a visitar el doctor porque está haciendo la ronda a sus pacientes.

 El doctor entra en la habitación y lo primero que hace es darme el pésame. La enfermera le había puesto en antecedentes del fallecimiento. Le conté la experiencia del día antes, la visita de mi padre en el momento justo de terminar su vida.

 Sin mostrar sorpresa, como alguien que ha sido testigo de fenómenos que son habituales en pacientes, a pesar de lo sorprendente para quien lo ha vivido, de manera profesional y objetiva, respondió que lo que le había contado era algo muy frecuente en la conexión entre padres e hijos.

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lunes, 14 de agosto de 2023

La verbena

 

   El parque, conocido por "el paseo", con su forma trapezoidal, un acceso en cada lado, arranca desde lo alto de la calle a ras del suelo para ir ganando en altura de más de dos metros al final. Rodeado de una jardineras de las que con regularidad se elevan unos pilares que sostienen las farolas y maceteros decorativos, bancos de madera, palmeras y árboles en dos hileras: lugar ideal de encuentro para jugar, las parejas y cualquiera que no tenga prisa. Núcleo de confluencia de la gente, un espacio que se aprovecha para festejos y celebrar las verbenas durante los días de feria.

En él se instalaba un escenario con sus luces y atrezo de aparatos, altavoces y focos; los farolillos de papel, las banderitas, las luminarias, el servicio de bar… Todo el recinto se cercaba con una valla de rejillas de madera en la que te podías agarrar muy bien para saltarla. Los policías municipales hacían ronda por el alrededor para que nadie se colase trepando. El único acceso de entrada y salida era vigilado por los porteros que cogían la entrada y si alguien quería salir se la devolvían. Había un continuo entrar y salir. Llegado el caso, si alguien tenía una urgencia podía usar el servicio de los bares de los alrededores o en una calleja cercana. La verbena era la culminación de cada día de feria, el gran broche. Junto con la romería a la Virgen, lo más deseado y celebrado. El éxito de público siempre estaba asegurado tanto que con la venta de entradas el Ayuntamiento sufragaba los  gastos del resto de festejos.

 A las diez se desalojaba el parque para que los camareros dispusieran las sillas y las mesas. Sólo los músicos que llegaban con la suficiente antelación para ir probando el sonido podían entrar. Dos conjuntos musicales la amenizaban hasta cerca del amanecer.  Algún que otro músico aprovechaba el telón de fondo para cambiarse en privacidad. Comenzaban a tocar a las doce. Una hora antes, podías acceder con tu  entrada a reservar un buen sitio para familiares o amigos. Padres con sus hijos, parejas de novios y grupos que se formaban como peñas solo para disfrutar de las verbenas iban colonizando todos los espacios.

 Mi primera verbena por libre, con trece años, tres horas antes, me uní al grupo que comandaba un primo que planeó ahorrarse la entrada ocultándose bajo el escenario en estoica espera. Con sigilo nos deslizamos en aquella oscuridad, acomodándonos en el suelo sucio y cuidando de no darte en la cabeza con el armazón que sostenía los tablones. Así nos dispusimos a pasar el tiempo, tres horas,  hasta que pudiéramos salir sin ser descubiertos.

Mi primo, como era el mayor de todos y creía que él era el que había ideado algo tan brillante no se mostró nada contento de que nos juntásemos pasando la decena. Éramos muchos, según él. “Verás cómo alguno mete la pata”, dijo desanimado.

 Llevábamos apenas media hora escondidos y ya sabíamos que toda nuestra suerte dependía de que alguien le diese por chivarse o que alguno de nosotros tirase la toalla presa del nerviosismo. Mientras mi primo fumaba como un carretero, los demás hablábamos a susurros y sentíamos que el tiempo se había parado para siempre demostrándose que la eternidad existía y se manifestaba bajo los escenarios de las ferias de los pueblos a los que intentaban colarse sin pagar. Cuando escuchábamos a alguien hablando cerca enmudecíamos con el corazón a mil por hora. De vez en cuando, alguno asomaba la cabeza entre el cortinaje y daba noticias de lo que veía.

El autoproclamado jefe dijo que tenía sed. ¿Sed? Fue decirlo y padecerla todos a la vez. Desesperado asomó la cabeza y logró llamar a un camarero amigo suyo. Le pidió tabaco y una cerveza, que ya se la pagaría. El camarero vislumbró los ojos de los que nos ocultábamos.

-¡Sois demasiados! Se van a dar cuenta cuando salgáis- dijo sorprendido.

-No he podido hacer nada. Cuando yo entré ya estaban todos estos. –respondió mi primo, señalándonos enfadado.

El tiempo transcurría con la misma angustia que si estuviésemos atrapados en un pozo.

Por fin, los músicos comenzaron a probar sus instrumentos y hacer pruebas de voz. Los primeros en llegar, los encargados de coger los mejores sitios, arrimaban mesas y sillas. Sólo era cuestión de esperar un poco más. Mi primo asomó la cabeza y dijo que todavía no, que se notaría mucho.

Un músico se puso a nuestra altura. Empezó a desvestirse. En un bolso de mano llevaba la ropa de gala. Se agachó y lo que vio le hizo exclamar riéndose: “¡Madre mía! Aquí hay más gente que fuera”

 Pensamos que todo se acababa de ir al traste. Ya sólo cabía esperar que avisasen a los policías municipales para hacernos salir doblados por la cintura del tiempo que llevábamos sentados, deslumbrados por la luminaria y a la vista de todo el mundo como pobretones que no se pueden pagar una entrada, además de descarados gorrones. ¡Menuda vergüenza!, pensé.  La gente arremolinada para entrar a la verbena, mi hermana con su novio y la familia de mi cuñado. Conocidos y familiares testigos preguntándose de cómo podía ser yo hijo de un hombre tan honorable como mi padre. ¿Qué culpa podía tener él de que su hijo le hubiese salido un pillo?

La orquesta comenzó a tocar. Habría una media entrada de público. Mi primo dio la orden cómo debíamos de salir: primero él, después, de uno en uno y cada vez por un lado diferente, nunca cuando los músicos parasen.

 Salí, respiré y acto seguido, sin mirar nada ni a nadie, me dirigí a los porteros y pedí mi entrada. Cuando la tuve en la mano, ya daba por hecho que las horas de sacrificio iban a dar un buen fruto con su venta a precio de competencia.

Al día siguiente, un policía municipal tuvo la precaución de asomarse antes de que se cerrasen las puertas y comprobar que no había nadie escondido bajo el escenario. 

Sólo quedó el remedio de poner a prueba el método de saltar la valla de manera olímpica para seguir con el negocio.