Pronto cambiarán de nuevo la hora y cuando
sean las ocho de la noche deberían ser las nueve.
La zona donde está el hotel Edén en Nápoles nos advirtieron de que no era segura. Al llegar de mañana, el taxi que cogimos en el aeropuerto nos dejó cayéndonos un agua torrencial a dos metros de un voladizo. Nápoles nos recibía con el diluvio universal. El taxista había cobrado a la partida. A los ocho ocupantes nos apremió a bajarnos. No podía perder tiempo.
El
hotel, próximo a la estación Garibaldi, es un edificio antiguo que da a una
avenida donde la circulación se atasca porque alguien aparca y cierra el paso
en la rotonda a los autobuses. La solución es dar marcha
atrás. Por un gran ventanal se deja ver el cielo. No ha vuelto a llover y luce un
sol de verano media hora después de llegar al hotel empapados.
En
la acera del hotel Edén se asientan unas mujeres enormes de raza negra.
Esperamos que el recepcionista del hotel las espantara porque se habían refugiado
de la lluvia con sus productos bajo la marquesina. Cuando descampó, abrieron
unos maletones enormes llenos de extrañas mercancías: bolsas con raíces, en otras unas "habichuelas" del tamaño del dedo pulgar, abalorios, unas
cajitas que a mí me da por pensar que contenían un meollo vigorizante…
El
hotel Edén tiene algo de paraíso venido a menos. La habitación es de techo
alto, un ventanal con postigos y celosías de madera, el cuarto de aseo con un
enorme lavabo y una bañera desportillada… Lo mejor es su localización: cerca de
la estación, del metro, cafeterías… y de una tribu de africanos que de noche se
emborrachan con la cerveza patria Peroni, fuman marihuana y gritan como
energúmenos.
Cerca
hay un gran parque para disfrute de actos vandálicos y grafiteros, por el que no nos atrevemos a cruzar. Pocos metros más allá, dos vehículos militares están aparcados. Un
grupo de soldados patrullan por las mediaciones. Llevan armas de asalto. Se les
ve tranquilos, como cumpliendo con una rutina, absortos en sus pensamientos. Les hago una
foto y no se molestan. Cada dos por tres te encuentras un montículo de basura
que recogen de noche y crece de manera espontánea en el mismo lugar durante el
día. A pocos metros están los contenedores para echarlas clasificadas. Los pasos
de cebra apenas se notan. ¿Dónde están los semáforos para los peatones? Cruzar
una calle es arriesgado. Te lanzas con el corazón sobrecogido. Es
cuestión de habituarte.
De
la estación Garibaldi parten los trenes para las próximas excursiones que
pensamos realizar: Pompeya y Sorrento. A la isla de Capri se va en barco.
Lógico. Cogemos el metro para descubrir Nápoles, regresamos en metro… La estación se
vuelve nuestra segunda morada.
Como debemos aprovechar el día, la primera salida la hacemos al Nápoles clásico; el original, el de cine, donde está el barrio del cuartel español “Quartieri Spagnoli” con una enorme pintura de Diego Maradona vestido con equipación del Nápoles. El dios para los napolitanos.
Las calles son empinadas, angostas. De cualquier callejón, en un instante, sale una Vespa pitando para que te apartes. Caminas de sobresalto en sobresalto. Aun así, es todo un espectáculo. Los edificios son altos de cinco y hasta siete plantas, imagino que la mayoría sin ascensor. Miras para arriba y ves balcones con tendederos abarrotados de ropa, mujeres que sueltan un canasto atado a una cuerda para que alguien les eche la compra. No hay ningún edificio nuevo o pintado, todo está desconchado, ennegrecido, mugriento, pero habitado. Los locales comerciales son pequeños. Se ven herrerías, carpinterías… autosuficientes. Muchos negocios viven del turismo. La marca es Maradona. Toda una infinidad de artículos desde las camisetas de fútbol, bebidas, refrescos y todo tipo de recuerdos. En el frenesí de gente haciéndose fotos frente al mural del astro del fútbol, están los motorizados napolitanos y napolitanas abriéndose paso con sus Vespas a todo trapo.
Con mi camiseta de Maradona bajo el brazo,
regresamos al hotel.
Abro
el ventanal en la habitación y observo el trajín napolitano que es como el
ajetreo malagueño o de cualquier gran ciudad. Lo mejor es que no hay que
calentarse la cabeza para buscar donde tomarse un café o comer. En la calle,
cruzando por la tribu de los bebedores de cerveza y fumadores de marihuana a la
vista, están los restaurantes. El olor a pizza está por todas partes. Todo gira
en torno a la pasta. ¡Menudo descubrimiento!
Pronto
nos hacemos habituales de la misma cafetería y restaurante. Si te atienden
bien, el precio es módico y la pasta está rica, para qué vamos a probar suerte en
otros. Así evitamos desengaños.
La noche cae y se llena de seres sospechosos. Los mismos que de día no te acongoja su presencia, a la escasa luz de las farolas piensas que tienen el propósito de atracarte. Es lo malo de haber leído antes de venir el libro de Roberto Saviano “Gomorra”. Vienes con le mente de una Nápoles delictiva, llena de drogadictos y en manos de la mafia. Puede ser. Imagino que la presencia del ejército y tanta policía pone coto a la maldad que imperaba. De todas formas, las caminatas te tienen agotado y la digestión de tanta pasta te adormece y pide cama.
(Continúa)






