miércoles, 30 de octubre de 2024

Nápoles. "Maradona"

 

El autor con Diego Armando Maradona. (Nápoles)

        Pronto cambiarán de nuevo la hora y cuando sean las ocho de la noche deberían ser las nueve.

    La zona donde está el hotel Edén en Nápoles nos advirtieron de que no era segura. Al llegar de mañana, el taxi que cogimos en el aeropuerto nos dejó cayéndonos un agua torrencial a dos metros de un voladizo. Nápoles nos recibía con el diluvio universal. El taxista había cobrado a la partida. A los ocho ocupantes nos apremió a bajarnos. No podía perder tiempo.


         El hotel, próximo a la estación Garibaldi, es un edificio antiguo que da a una avenida donde la circulación se atasca porque alguien aparca y cierra el paso en la rotonda a los autobuses. La solución es dar marcha atrás. Por un gran ventanal se deja ver el cielo. No ha vuelto a llover y luce un sol de verano media hora después de llegar al hotel empapados.

         En la acera del hotel Edén se asientan unas mujeres enormes de raza negra. Esperamos que el recepcionista del hotel las espantara porque se habían refugiado de la lluvia con sus productos bajo la marquesina. Cuando descampó, abrieron unos maletones enormes llenos de extrañas mercancías: bolsas con  raíces, en otras unas "habichuelas" del tamaño del dedo pulgar, abalorios, unas cajitas que a mí me da por pensar que contenían un meollo vigorizante…

         El hotel Edén tiene algo de paraíso venido a menos. La habitación es de techo alto, un ventanal con postigos y celosías de madera, el cuarto de aseo con un enorme lavabo y una bañera desportillada… Lo mejor es su localización: cerca de la estación, del metro, cafeterías… y de una tribu de africanos que de noche se emborrachan con la cerveza patria Peroni, fuman marihuana y gritan como energúmenos.

         Cerca hay un gran parque para disfrute de actos vandálicos y grafiteros, por el que no nos atrevemos a cruzar. Pocos metros más allá, dos vehículos militares están aparcados. Un grupo de soldados patrullan por las mediaciones. Llevan armas de asalto. Se les ve tranquilos, como cumpliendo con una rutina, absortos en sus pensamientos. Les hago una foto y no se molestan. Cada dos por tres te encuentras un montículo de basura que recogen de noche y crece de manera espontánea en el mismo lugar durante el día. A pocos metros están los contenedores para echarlas clasificadas. Los pasos de cebra apenas se notan. ¿Dónde están los semáforos para los peatones? Cruzar una calle es arriesgado. Te lanzas con el corazón sobrecogido. Es cuestión de habituarte.

         De la estación Garibaldi parten los trenes para las próximas excursiones que pensamos realizar: Pompeya y Sorrento. A la isla de Capri se va en barco. Lógico. Cogemos el metro para descubrir Nápoles, regresamos en metro… La estación se vuelve nuestra segunda morada.

         Como debemos aprovechar el día, la primera salida la hacemos al Nápoles clásico; el original, el de cine, donde está el barrio del cuartel español “Quartieri Spagnoli” con una enorme pintura de Diego Maradona vestido con equipación del Nápoles. El dios para los napolitanos.




Las calles son empinadas, angostas. De cualquier callejón, en un instante, sale una Vespa pitando para que te apartes. Caminas de sobresalto en sobresalto. Aun así, es todo un espectáculo. Los edificios son altos de cinco y hasta siete plantas, imagino que la mayoría sin ascensor. Miras para arriba y ves balcones con tendederos abarrotados de ropa, mujeres que sueltan un canasto atado a una cuerda para que alguien les eche la compra. No hay ningún edificio nuevo o pintado, todo está desconchado, ennegrecido, mugriento, pero habitado. Los locales comerciales son pequeños. Se ven herrerías, carpinterías… autosuficientes. Muchos negocios viven del turismo. La marca es Maradona. Toda una infinidad de artículos desde las camisetas de fútbol, bebidas, refrescos y todo tipo de recuerdos. En el frenesí de gente haciéndose fotos frente al mural del astro del fútbol, están los motorizados napolitanos y napolitanas abriéndose paso con sus Vespas a todo trapo.


 Con mi camiseta de Maradona bajo el brazo, regresamos al hotel.       

         Abro el ventanal en la habitación y observo el trajín napolitano que es como el ajetreo malagueño o de cualquier gran ciudad. Lo mejor es que no hay que calentarse la cabeza para buscar donde tomarse un café o comer. En la calle, cruzando por la tribu de los bebedores de cerveza y fumadores de marihuana a la vista, están los restaurantes. El olor a pizza está por todas partes. Todo gira en torno a la pasta. ¡Menudo descubrimiento!

         Pronto nos hacemos habituales de la misma cafetería y restaurante. Si te atienden bien, el precio es módico y la pasta está rica, para qué vamos a probar suerte en otros. Así evitamos desengaños.

         La noche cae y se llena de seres sospechosos. Los mismos que de día no te acongoja su presencia, a la escasa luz de las farolas piensas que tienen el propósito de atracarte. Es lo malo de haber leído antes de venir el libro de Roberto Saviano “Gomorra”. Vienes con le mente de una Nápoles delictiva, llena de drogadictos y en manos de la mafia. Puede ser. Imagino que la presencia del ejército y tanta policía pone coto a la maldad que imperaba.  De todas formas, las caminatas te tienen agotado y la digestión de tanta pasta te adormece y pide cama.   

                                            (Continúa) 

                 

domingo, 20 de octubre de 2024

Dichosos SEAT

 

Como está uno en la edad de padecer nostalgia -y digo padecer, porque se lleva en muchos momentos como enfermedad- le tenía que tocar a los vehículos familiares, aquellos que han significado algo en la vida del autor. Datos sobre el modelo, alguna especificación técnica que comprenda un niño de párvulos, el esfuerzo en su adquisición y poco más.

En 1973, mi familia aún seguía sin tener un vehículo. Mi padre llevaba con el carnet de conducir desde el 68. Se lo había sacado en la autoescuela del hermano de manera autodidacta. Le dejaba un SEAT 600. Yo le acompañaba de copiloto e íbamos por las carreteras locales de la comarca, sin dejar ninguna Villanueva por visitar.

Como todos los niños de la época, yo era un apasionado de los paseos en automóvil. Lo acompañé en aquellas prácticas. Para mí no había nadie que condujera mejor.

Se daba la circunstancia de que en Archidona el colegio estaba a las afueras. Cursaba séptimo de E.G.B. Dependíamos de la gracia de un maestro para llevarnos y traernos. Sacrificado ahorrador con la intención de que su familia siempre tuviese un colchón monetario, fue mi madre la que tuvo que poner el dinero para que se comprase el coche. ¿De dónde venía el capital si no había más ingresos que la nómina de un maestro de escuela? La sociedad que tenían mis padres siempre nos llamó la atención a los hermanos. Mi madre recibía una asignación para los gastos. Ella siempre se quejaba que no le llegaba con lo que le daba. Él le subía la cantidad, a sabiendas de que guardaba una parte. Era como depositarlo en la caja de ahorros. Que se hiciera el remolón para comprarlo, es correcto pensar que fue una estrategia para que ella, de condición espléndida, saliera al paso y de camino no tener que tocar "la cartilla".

Así fue como entró el primer vehículo en la familia. Un SEAT 127 de dos puertas, color verde lago, básico en lo fundamental, con un precio de 132.000 pesetas. Con esa cantidad se podía comprar otro caserón en la misma calle donde vivíamos.

No sé cómo, quizá por tanto tiempo en letargo, pero a mi padre se le había atascado la conducción. Un hombre con dedicación plena a su trabajo, entusiasta con todo lo que guardase relación con la dirección de la escuela y tuviese que ver con la docencia, conducía de manera tan mecánica que cualquier inconveniente e imprevisto sobre la marcha lo ponía nervioso transmitiéndole los nervios a los ocupantes. Esperaba que se fuese soltando a medida que conducía. En plenitud de facultades, "para coger práctica", decía, los domingos se aventuraba a dar paseos con mi madre. Yo iba de acompañante. Circulábamos por las carreteras menos seguras de la comarca y se supone con menos tránsito. Uno de los destinos predilectos era ir al pantano de Iznájar. Carretera local tortuosa, de curvas y terraplenes por los que podías ir directo al agua. Encontrarnos con un obstáculo, casi siempre un tractor, nos subía las pulsaciones. La conducción era colegiada. Todos participábamos porque mi padre nos "invitaba" a que colaboráramos a decidirse por tal o cual maniobra.  Agarrado al volante, miraba y preguntaba si debía adelantar al tractor porque no veía venir a nadie. Mirábamos atrás, delante, a los lados. ¡No viene nadie!, gritábamos. Reducía la velocidad para coger potencia. Aquellos 42 C.V. se desgañitaban en un ruido ronco y de motor cabreado. Nos agarrábamos a los asientos como si fuésemos a despegar.

Con el tiempo no es que llegase a ser un as del volante, pero cogió soltura y mi madre le levantó el veto de ir con él.

 

Corría el año 1981. Padre de familia, con un hijo de dos años, trabajo, hipoteca al 16 por ciento... con el dinero de la beca para continuar los estudios, 84.000 pesetas, compré un el 124 D de color azul marino, matrícula de Gerona, a un compraventa amigo de un amigo.

Mi primer vehículo en propiedad. Su anterior dueño había sido un inspector de policía. Como no sabía por qué estaba aquel agujero redondo y pequeño en una puerta trasera, a quien me preguntaba le decía en broma que era de una bala perdida en alguna trepidante acción de anterior propietario.

Cuando se tiene poco, lo poco es demasiado. Era la época de robar a mansalva. La droga hacía estragos. Una horda de drogadictos mangantes arramblaban con lo que pillaban a mano. Tener un coche aparcado en la calle te sumía en un estado de recelo. Esperabas levantarte y no encontrarlo porque te lo habían robado. Cada dos por tres, las puertas aparecían abiertas. Buscaban el radiocasete. Los documentos los guardaba en casa. Circulaba por Málaga indocumentado. Cuando iba a hacer algún viaje a Archidona tenía que cuidarme de cogerlos. Un compañero del trabajo me enseñó a cambiarle el aceite y el filtro, hacerle el reglaje de válvulas con un juego de galgas… No hacerte cargo del mantenimiento del coche era algo mal visto, aparte del dinero que te ahorrabas. Cuando la batería daba de corto, arrancar a la racha era una práctica deportiva de fuerza y habilidad. Podías pasar varias semanas hasta que le instalabas una nueva.

Mi primer hijo se enseñó a andar en el asiento de atrás. Conducía con una mano, la otra agarrándolo para que en un frenazo no cayese delante. Podía embragar y frenar con el mismo pie, al tiempo que aceleraba con el otro con tal de que no se parara el motor porque no había ajustado bien el encendido. Temía que se calase cuando la batería estaba al límite de vida útil.

Está claro que de la necesidad nace la habilidad y pericia, también las paranoias porque una noche me levanté sonámbulo,  miré a la calle y vi el hueco donde se supone que debía estar el coche. Me fui otra vez a la cama con el convencimiento de que me lo habían robado. A la mañana siguiente, el coche permanecía en su sitio. 

Pocos años después lo entregué a cuenta de un Seat Panda. Fue dárselo al concesionario y una familia de gitanos de Loja quedarse prendados de él y comprarlo.

Con el pasar de los años vinieron más automóviles, cada uno con su singular gracia, traiciones y recuerdos.

No volví  más a tocar ningún motor.

miércoles, 9 de octubre de 2024

María "la coscurrona"

 

Bisabuelos del autor, por parte de madre. 

Muchos años después, tenía la curiosidad de conocer el cortijo donde mi bisabuela, María Aranda Cano, por parte de madre, le dejó a resguardo una talega con todas las joyas de oro y dinero a su prima María “la coscurrona”.

En la zona del Endrinar, entre Archidona y Villanueva de Tapias, hay un altozano rodeado de sierras y montes. El camino, una vez te desvías de la carretera, va a mano de un arroyo. Pasa al lado un pozo del que se surte un lavadero y un pilón para el ganado. Al subir una pendiente, el cortijo aparece a la vista. Deshabitado, pero se mantiene conservado lo suficiente para evitar el derrumbe.  No hay nadie, salvo las huellas de la cabreriza que se sigue utilizando. A estas horas, la caída de la tarde, las cabras estarán triscando por los secarrales.

Bebo un poco de agua, pues la solana me ha castigado bien. Busco acomodo en un pedrusco debajo de una enorme encina. No muy lejos escucho un soniquete de cencerros de los machos cabríos.

Viajo a mil novecientos treinta y siete. Veo a mi bisabuela caminar acompañada de uno de sus cuatro hijos que han regresado del exilio de Francia, dos se han quedado allí y nunca volverán.

Una mujer dispuesta, coqueta, con la vestimenta de luto. A pesar de la distancia, no se ha descalzado de unos botines con medio tacón, impropios para tan larga caminata desde Archidona. Presumida, manirrota con los hijos, todos varones, con un fabuloso patrimonio que heredó de su padrino don Manuel Pavón, que la adoptó como hija. En la casa familiar, comprada por mi padre cuando nos vinimos de Estepa, su padrino le había dejado también una mercería donde vendía telas, productos de costura, punto y lencería.

Pienso en la herencia. ¿Qué habría sido de nosotros, la familia Jiménez, si esta mujer no hubiese dilapidado tanta heredad? Mi padre me mostró un día el testamento, sólo se conservaba la mitad, y con la mitad ya nos hubiera bastado a todos a día de hoy si en vez de mermarlo hasta el cero absoluto lo hubiesen incrementado como suelen hacer las familias sensatas. A medida que pasaba las hojas, muchas, sentí orgullo, frustración y pena a la vez. ¿Qué había sido de tanta casa y finca? Sé, por mi primo aficionado a la cacería, que aún se conocen asas y montes con el mote de “los canaos” –derivación del apellido Cano-.

La bisabuela con su prole de seis varones, enviudó joven del bisabuelo Manuel Jiménez Aranda. “Otro gallo habría cantado con el patrimonio, si en vez de enviudar ella hubiese sido él”, decía mi madre con su buen sentido pragmático y realista después de vez la desafortunada vida que se les vino encima. Con tanta riqueza caída del cielo, los hijos se aficionaron a la buena vida, tal como la entienden las malas cabezas: vivir de las rentas y echarse a las espaldas todos los disfrutes. La bisabuela, madraza sobreprotectora, llegó hasta pagarles guardaespaldas para evitar lo peor de sus malandanzas. ¡Vaya, como en el cine!

Temerosa por sus hijos cuando Franco se alzó contra la República, puso tierra de por medio y se fue con todos a Barcelona. Allí vivieron en un piso en el Paseo de Gracia. Pasaron a Francia. Cuando las aguas se calmaron, regresaron a Archidona. Antes de salir para Barcelona, la bisabuela hizo dinero dando las escrituras a cuenta. “Si no te devuelvo la cantidad, te quedas con la propiedad”, les decía a los prestamistas. Parte de las joyas y dineros, se lo dio a su prima María “la coscurrona” para que se lo guardase en el cortijo.

Terribles tiempos aquellos. En un país en guerra civil hizo que se desatase una furia sangrienta de venganzas y odios en el pueblo. Entre tanto, la susodicha prima, apartada del huracán, se apropió de lo que tenía que guardar  como si fuese suyo y compró fincas al tiempo que se amancebaba con un hombre casado y padre de un hijo.

Un día, terminada la Guerra Civil, mi bisabuela apareció en su puerta. ¿Quién se podía pensar que regresarían? La prima inventó una excusa peregrina imposible de creer. Le dijo que unos bandoleros, ni siquiera maquis, la habían asaltado robándoselo todo. Así que nada. Todo perdido. La tienda había sido desvalijada en el desenfreno de los primeros días de guerra. Dos hijos habían quedado para siempre en Francia, los otro cuatro se buscarían la vida. La rueda de la fortuna los había aparcado en la casilla de salida: la más completa ruina.

Es tarde y pronto va anochecer. Me dispongo a irme. La piara de cabras está regresando a recogerse. No puedo quitarme de la cabeza la visión de mi bisabuela desesperada y a “la coscurrona” en la puerta del cortijo soltándole la misma trágala porque ya es la enésima vez que va a pedirle que le devuelva lo que es suyo. Veo al cazurro del amante mirando por el ventanuco, con una taimada sonrisa mientras masculla entre dientes: “aviada vas”.

 

sábado, 5 de octubre de 2024

Estampas de un jubilado. Cinco: Tiranosaurio Rex

 


            Lo suyo es que tuviera un avatar, igual que en los videojuegos. Adoptar el papel que prefieras: guerrero, aventurero, soldado, de energía y vigor infinito, rodeado de amazonas de melenas y cuerpos de fuego, personajes fantásticos, incluso dragones y unicornios. El espejo te devolviera ese nuevo ser, y no como está siendo lo habitual: te cuesta reconocerte. ¿Me habré convertido en un vampiro y por eso no me reflejo en ellos?

Llevo sesenta y tres años portando mi yo.  A veces cargando con él; otras, simplemente me he dejado llevar en modo automático. Una conciencia milagrosa que toma decisiones sin gasto apenas de energía, por mera intuición. Me dan pena los cerebros de adoquín. Los que alardean de que son de tal o cual forma y se mantienen firmes a sus creencias de papanatas. Cuando se equivocan, cambian de opinión como los lagartos de camisa, pero nunca dirán que estaban equivocados. ¡Allá ellos!

 Igual que los pelos van desertando del lugar donde más lo necesitas: la cabeza, muchos sentimientos se caen provocando una calvicie emocional. Te haces más cínico, en el sentido filosófico. Duro, hasta el punto de que si lloras no es porque te duela el mundo, sino porque te duele tu cuerpo y de camino por el descampado que se te está formando en la coronilla.

 Mi profesor de yoga decía que nos dejáramos de espiritualidad y otras florituras. El cuerpo es el espíritu y la materia. Lo entendía muy bien y a las claras, porque si el cuerpo está contento, relajado, tú ya puedes elevarte y pensar en el destino de hermandad de las almas. Posees alma. El resto del tiempo es un insidioso y complejo artefacto de funciones biológicas esperando llamar la atención con alguna disfunción.

Por asociación, me viene a la cabeza cómo la evolución pudo hacer que el depredador más grande, agresivo y enfurruñado animal desapareciera de un plumazo: el tiranosaurio rex. Me recuerda a esos hombres y mujeres que van por la vida a dentelladas, iracundos como un cocodrilo perdido en un campo de golf. Como paleontólogo de ciudad sé descubrirlos. ¡Peligro un rex!, y me escabullo como hicieron los mamíferos; a fin de cuenta, ellos, nosotros, hemos llegado hasta aquí. Los dinosaurios que quedan son aves, simples pavos comestibles.

Volviendo a mi yo, si tengo que recriminarle algún exceso son los propios que se cometen cuando llevas poco andado y te conduces como un barquito de papel en un arroyo. La desidia nunca. Quizá una falta de guía, de brújula; pero eso es fácil, muy fácil, verlo con sesenta y tres años. La vida tiene sólo una opción. Ojalá fuera como las novelas para jóvenes que estuvieron de moda en los ochenta. En cada capítulo había varias alternativas para seguir y si no te gustaba la escogida, volvías y tomabas otra. Para eso están los universos paralelos, según la teoría de cuerdas -que no entiendo- donde habrá tantos yo posibles como momentos, configurando tantas realidades que en uno de ellos soy el físico que echa por tierra la misma teoría.

Con sesenta y tres años descubres que la vida tiene malas intenciones. Te das cuenta porque cuando menos te lo esperas el ADSL se cae, la lavadora no centrifuga, el coche sin batería, un estridente pitido de alarma suena lejano en la noche que concentra toda tu atención… Sí, la vida es perversamente mala contigo cuando cumples sesenta y tres años.