He quedado de nuevo con
Alonso Alcaide. Esta vez en la cafetería Oña, frente al hospital Carlos Haya. El trasiego
de camareros, clientes, la mayoría gente que ha venido a algún asunto médico o
tiene un familiar hospitalizado, lo sentimos como el murmullo de un mar de voces rompiendo contra las rocas.
Ambos tenemos casi la
misma edad. Me sorprende la cantidad de vivencias y recuerdos. Cómo es capaz de señalar a cada familiar destacando lo
más singular, lo anecdótico. Sus historias dan para escribir varias entradas en
mi blog. Eso sí, con las libertades que me pueda tomar, sin ceñirme al pie de
la letra. En broma le digo que no soy historiador ni biógrafo. Saco mi cuaderno
que me compré expresamente en Amazon y mi pluma. Me gusta la pose de escritor
que toma notas. ¡Ah, qué agradable sensación ser otro! Como en el cine. Él
respeta mi postureo.
-Siendo niño –me cuenta-
mi abuela, por parte de mi madre, Dolores, regentaba una venta. Estaba situada
en la carretera que va a Comares desde Málaga, pasado el cerro Santo Pitar. Era
conocida por Dolores la del ventorro.
-Fíjate si era famosa, que a
lo largo de mi vida, hasta hace unos años, todavía cuando conversaba y les hablaba
de dónde me había criado con alguien ya muy mayor, me referían que de aquella zona habían conocido
a un tal Dolores que tenía una venta. Ella estuvo con su negocio hasta 1965. Por entonces, yo
tenía nueve años. Le pasaba como a mí, le gustaba hablar de su vida. Decía que
daba para escribir mucho. Era inteligente y capaz.
Alonso me observa como
tomo notas. De vez en cuando, tengo que preguntarle acerca de quién es la
persona que ha introducido pues me estoy perdiendo entre familiares. Alcaide,
por parte de padre, Cueto, por parte de madre, me aclara. Me dispongo a hacer
un cuadro genealógico, para ir encajándolos, pero desisto. No caben los nombres
en mi pequeño cuaderno con tapas de cuero y cierre de goma tan vistoso de
aspirante a escritor. Dolores tenía ocho hermanos. El marido, su abuelo, “Frascoueto”,
que es como se le conocía por aquellos parajes, combinación de su nombre
Francisco con el apellido Cueto, otros tantos, así que lo mejor es centrarme en
Dolores. Si tengo que echar mano de alguno, lo nombraré en su momento.
-Mi abuela, tuvo nueve hijos. Mi madre era la sexta.
–No me nombres a más gente, por favor. Centrémonos en
Dolores-, le pido.
De acuerdo, me responde y continúa.
-Dolores era muy bajita,
su marido, en cambio, era muy alto. Fue ella la que siempre disponía. Recién
casada, al poco tiempo, le propuso, o mandó, mejor dicho, hacerse con el ventorro para instalar el negocio que sería una taberna, tienda de ultramarinos, casi
hospedería, centro de información de todo lo que se cocía por la zona y más allá,
todo a la vez.
-Dolores era conocida en la Axarquía por su buen corazón. Ayudaba a los
estraperlistas a ganarse la vida. Llevaban tabaco desde de la vega de Granada.
Sabían que la Guardia Civil no estaba cerca porque mandaba a un hijo a que
dejase un pañuelo blanco en la fuente “Mañuña” avisándoles de si había peligro.
La Guardia Civil paraba en la venta a sabiendas que Dolores estaba enterada de los movimientos y negocios a espaldas de ellos, pero que nunca los vendería. Les aplacaba los ánimos despachándole vino,
aguardiente, o sirviéndoles un café de puchero.
-La venta tenía una
puerta trasera tras un armario alacena que se corría y daba a un olivar en
bancales, que era donde dejaban ocultas de la vista las bestias con la mercancía por si tenía que salir huyendo.
Alonso se queda
pensativo, como si quisiera poner orden a sus recuerdos. Los cafés hace tiempo que los hemos terminado. A nuestro alrededor
los camareros van de un lado a otro.
-Nadie se quedó con
hambre. –continúa-. Cuando llegaban agotados, sin dinero, les disponía un tazón
de leche y pan. Una mesa estaba llena de faroles de aceite con su torcía. Se los
prestaba para el camino de noche. Al tiempo, a pasar por la venta, los
devolvían. La relación era de confianza mutua.
-Tuvo cuatro hijos. Cuando yo nací, mi madre
tenía treinta y dos años. -A Dolores aún le quedaban por vivir nueve hasta los
ochenta y dos. Francisco murió dos años después- La veía moverse sin pesar. Desde que se hizo con
la venta, ella era la encargada del negocio. Los hijos tenían que ocuparse cada
uno de su labor, en especial de la piara de cabras. El marido tenía prohibido
ponerse tras el mostrador. Él lo celebraba mientras se bebía un vaso de vino
con los parroquianos diciéndoles que allí era un cliente más. Su pasión y modo
de vida eran las cabras y la cacería. Al hacerse mayores los hijos, dijo que ya
no trabajaba más. Que se dedicaría a su pasión: la cacería. Magnífico cazador,
les vendía los conejos y perdices a los pudientes y a curas de Málaga cuando bajaban
a comerciar lo que producían y traerse mercadería para la venta. La cacería de
perdiz con reclamo lo tenía obsesionado. Sus perdices mantenían una sinfonía de
“cuchichí” en las jaulas en los periodos de celo que a él le suponía como estar
escuchando una sinfonía de la vida.
-Mi madre heredó de mi
abuelo redactar los tratos. Cualquiera que quisiera vender o comprar una bestia, ganado... ella le escribía el documento, tal como hizo en su momento su padre.
-Todavía conservo –me dice-
copias de los contratos, porque también actuaba de registradora. Un día te los
traeré para que los veas.
No sé cuánto tiempo llevamos charlando, lo que sí presentimos es que no podemos seguir
ocupando más la mesa. Una camarera ha retirado el servicio. Es el modo
de decirte que te marches.
Alonso mira alrededor. Ahora sabe que aquella vida, quizá no fuera mejor que la de ahora, pero tenía más gracia. Mientras nos levantamos,
como si la historia se la contase a él mismo, le escucho decir:
-Como disfrutaría mi abuelo cuando llegaban los estraperlistas de noche camino ya de Granada. La alegría de que habían evitado a la Guardia Civil y del negocio terminado, lo celebraban hasta caer rendidos. Al amanecer, estoy seguro que el “cuchichí” de las perdices les hacía levantarse. Unos emprenderían el camino y mi abuelo...
Hace una pausa, como colofón y compendio de tanta añoranza.
-No me puedo imaginar mejor trabajo: coger un macho en su jaula dispuesto a satisfacer cazando con reclamo los gustos golosos
de los curas y ricos de Málaga.

