jueves, 28 de marzo de 2024

El Ventorro

 

He quedado de nuevo con Alonso Alcaide. Esta vez en la cafetería Oña, frente al hospital Carlos Haya. El trasiego de camareros, clientes, la mayoría gente que ha venido a algún asunto médico o tiene un familiar hospitalizado, lo sentimos como el murmullo de un mar de voces rompiendo contra las rocas.

Ambos tenemos casi la misma edad. Me sorprende la cantidad de vivencias y recuerdos. Cómo es capaz de señalar a cada familiar destacando lo más singular, lo anecdótico. Sus historias dan para escribir varias entradas en mi blog. Eso sí, con las libertades que me pueda tomar, sin ceñirme al pie de la letra. En broma le digo que no soy historiador ni biógrafo. Saco mi cuaderno que me compré expresamente en Amazon y mi pluma. Me gusta la pose de escritor que toma notas. ¡Ah, qué agradable sensación ser otro! Como en el cine. Él respeta mi postureo.

-Siendo niño –me cuenta- mi abuela, por parte de mi madre, Dolores, regentaba una venta. Estaba situada en la carretera que va a Comares desde Málaga, pasado el cerro Santo Pitar. Era conocida por Dolores la del ventorro.  

-Fíjate si era famosa, que a lo largo de mi vida, hasta hace unos años, todavía cuando conversaba y les hablaba de dónde me había criado con alguien ya muy mayor, me referían que de aquella zona habían conocido a un tal Dolores que tenía una venta. Ella estuvo con su negocio hasta 1965. Por entonces, yo tenía nueve años. Le pasaba como a mí, le gustaba hablar de su vida. Decía que daba para escribir mucho. Era inteligente y capaz.

Alonso me observa como tomo notas. De vez en cuando, tengo que preguntarle acerca de quién es la persona que ha introducido pues me estoy perdiendo entre familiares. Alcaide, por parte de padre, Cueto, por parte de madre, me aclara. Me dispongo a hacer un cuadro genealógico, para ir encajándolos, pero desisto. No caben los nombres en mi pequeño cuaderno con tapas de cuero y cierre de goma tan vistoso de aspirante a escritor. Dolores tenía ocho hermanos. El marido, su abuelo, “Frascoueto”, que es como se le conocía por aquellos parajes, combinación de su nombre Francisco con el apellido Cueto, otros tantos, así que lo mejor es centrarme en Dolores. Si tengo que echar mano de alguno, lo nombraré en su momento.

-Mi abuela, tuvo nueve hijos. Mi madre era la sexta. 

–No me nombres a más gente, por favor. Centrémonos en Dolores-, le pido. 

De acuerdo, me responde y continúa.

-Dolores era muy bajita, su marido, en cambio, era muy alto. Fue ella la que siempre disponía. Recién casada, al poco tiempo, le propuso, o mandó, mejor dicho, hacerse con el ventorro para instalar el negocio que sería una taberna, tienda de ultramarinos, casi hospedería, centro de información de todo lo que se cocía por la zona y más allá, todo a la vez.

-Dolores era conocida en la Axarquía por su buen corazón. Ayudaba a los estraperlistas a ganarse la vida. Llevaban tabaco desde de la vega de Granada. Sabían que la Guardia Civil no estaba cerca porque mandaba a un hijo a que dejase un pañuelo blanco en la fuente “Mañuña” avisándoles de si había peligro. La Guardia Civil paraba en la venta a sabiendas que Dolores estaba enterada de los movimientos y negocios a espaldas de ellos, pero que nunca los vendería. Les aplacaba los ánimos despachándole vino, aguardiente, o sirviéndoles un café de puchero.

-La venta tenía una puerta trasera tras un armario alacena que se corría y daba a un olivar en bancales, que era donde dejaban ocultas de la vista las bestias con la mercancía por si tenía que salir huyendo.

Alonso se queda pensativo, como si quisiera poner orden a sus recuerdos. Los cafés hace tiempo que los hemos terminado. A nuestro alrededor los camareros van de un lado a otro.

-Nadie se quedó con hambre. –continúa-. Cuando llegaban agotados, sin dinero, les disponía un tazón de leche y pan. Una mesa estaba llena de faroles de aceite con su torcía. Se los prestaba para el camino de noche. Al tiempo, a pasar por la venta, los devolvían. La relación era de confianza mutua.

 -Tuvo cuatro hijos. Cuando yo nací, mi madre tenía treinta y dos años. -A Dolores aún le quedaban por vivir nueve hasta los ochenta y dos. Francisco murió dos años después-  La veía moverse sin pesar. Desde que se hizo con la venta, ella era la encargada del negocio. Los hijos tenían que ocuparse cada uno de su labor, en especial de la piara de cabras. El marido tenía prohibido ponerse tras el mostrador. Él lo celebraba mientras se bebía un vaso de vino con los parroquianos diciéndoles que allí era un cliente más. Su pasión y modo de vida eran las cabras y la cacería. Al hacerse mayores los hijos, dijo que ya no trabajaba más. Que se dedicaría a su pasión: la cacería. Magnífico cazador, les vendía los conejos y perdices a los pudientes y a curas de Málaga cuando bajaban a comerciar lo que producían y traerse mercadería para la venta. La cacería de perdiz con reclamo lo tenía obsesionado. Sus perdices mantenían una sinfonía de “cuchichí” en las jaulas en los periodos de celo que a él le suponía como estar escuchando una sinfonía de la vida.

-Mi madre heredó de mi abuelo redactar los tratos. Cualquiera que quisiera vender o comprar una bestia, ganado... ella le escribía el documento, tal como hizo en su momento su padre.

-Todavía conservo –me dice- copias de los contratos, porque también actuaba de registradora. Un día te los traeré para que los veas.

No sé cuánto tiempo llevamos charlando, lo que sí presentimos es que no podemos seguir ocupando más la mesa. Una camarera ha retirado el servicio. Es el modo de decirte que te marches.

 Alonso mira alrededor. Ahora sabe que aquella vida, quizá no fuera mejor que la de ahora, pero tenía más gracia. Mientras nos levantamos, como si la historia se la contase a él mismo, le escucho decir:

-Como disfrutaría mi abuelo cuando llegaban los estraperlistas de noche camino ya de Granada. La alegría de que habían evitado a la Guardia Civil y del negocio terminado, lo celebraban hasta caer rendidos. Al amanecer, estoy seguro que  el “cuchichí” de las perdices les hacía levantarse. Unos emprenderían el camino y mi abuelo... 

Hace una pausa, como colofón y compendio de tanta añoranza.

-No me puedo imaginar mejor trabajo: coger un macho en su jaula dispuesto a satisfacer cazando con reclamo los gustos golosos de los curas y ricos de Málaga.

 

 

jueves, 21 de marzo de 2024

Nunca lo perdonaré

 

            Hoy ha estado esperando la “lechuza” de nuevo a que salga mi patrón por la puerta. Él me manda que me asome. “Avísame, si está que salga por el postigo que da a la calle de atrás”, me dice irritado por la molestia.

         La “lechuza”, que es como la motea don José, es una mozuela desesperada que ve cómo pierde la lozanía sin ganar un buen partido. Quién mejor que mi patrón que es señorito, veterinario y viudo sin hijos.

         Antes de nada, me presentaré. Mi nombre es José Martín Luna. Me críe en la Casa del Abuelo en Málaga en la calle Especerías. Estudié para veterinario, abandoné porque quería independizarme. Surgió la ocasión de trabajar de ayudante de veterinario en Archidona. Me enamoré. Puedo vanagloriarme de ser muy reconocido en toda la comarca por haber creado una fórmula magistral para curar los esparavanes en las caballerías. Sé de gente que habla de mí fórmula hasta en Velez-Málaga.

    Padre de cuatro hijos. En el bienio progresista me presenté a concejal en las elecciones municipales de abril de 1931 por la UGT. Fui el más votado. Mi mujer, Carmen, no era partidaria. Decía que la política no traería nada bueno a la casa. Tuvo razón. La gente me felicitaba, a pesar de que muchos opinaban que siendo tan religioso cómo podía ser socialista. Les respondía que el verdadero socialismo es el mensaje de Jesús Cristo, que lo demás era una mala imitación. Los domingos ayudaba a misa al párroco.

        El caso es que esta muchacha quiere ennoviarse con don José y a mí me han situado en medio de la contienda sin quererlo. Siento pena por ella, pero también lo comprendo a él.

     Desde la proclamación de la República a raíz de las elecciones municipales, el ambiente en el pueblo está muy enrarecido. Desde que soy concejal no paro de escuchar disparates. Para colmo el único que defiende las tesis andalucistas soy yo. El resto de concejales se niegan a reconocerlas. Les digo que es la  forma de solucionar los problemas de pobreza y falta de derechos. En la correspondencia que mantengo con Blas Infante, me dice que no desista, que buscar la autonomía andaluza es esencial para conectar con la realidad, las tradiciones, problemas y necesidades del pueblo. La verdad es que puedo hacer muy poco por mis conciudadanos. El Ayuntamiento está en bancarrota, los pocos recursos que hay los destinamos a arreglar las calles y paliar tanto desempleo.

        -Carmen, como esposa realista, dice que todo se soluciona con dinero y no con palabras. “A ver cuándo mandas que quiten los socavones de la puerta, que va a ser lo único, aparte de complicaciones, que saquemos de provecho”, no deja de repetirme. 

   Julio del 36. Hace tres años que dejé la política. Hay auténtico miedo. Se ha desatado una ola de terror entre la gente. Esto se veía venir, pienso. Muchos están marchándose. Me avisan de que todos los que hemos dado la cara estamos en “listas negras”, que quedarse es muy peligroso. Les respondo que no tengo porque alarmarme. La conciencia la tengo tranquila.

         Agosto del 36. Llegan rumores de todos lados inquietantes. Hablan de que en Archidona hay gente organizada para cuando entren las tropas franquistas tomarse la venganza. No dejan de llegar noticias desgraciadas. Familias completas en los que algún miembro  se han significado huyen. Soy amigo de Salvador Jiménez Aranda y me ha contado que se marchan a Barcelona, y allí si la cosa sigue mal, pasarán a Francia. Mi hijo Francisco, a pesar de sus pocos años, me refiere cómo ha visto llegar una columna de soldados subiendo la calle Nueva. Las tropas han tomado Archidona y han continuado para Granada.

         En el pueblo, en voz baja, se habla de vecinos que se han ofrecido voluntarios están fusilando de noche en la tapia del cementerio a los que detienen. Se sabe quienes son los que lo hacen por propia voluntad. A mí me han llamado para que me presente en el cuartel. He ido y me han llevado a la cárcel detenido. Allí el ambiente es de auténtica desesperación. El guardia me ha dicho que no debo temer nada, que es para declarar y que al no tener ningún delito ni nadie que tenga nada contra mí que pronto me podré marchar. Carmen está muy asustada y ha ido a hablar con el cura Sánchez. Mi hijo José me ha traído una pequeña lechera con café.

        El cura Sánchez tranquiliza a mi esposa. Se pondrá en marcha. Declarará a las autoridades que soy un hombre de bien, cristiano. Él me aprecia y es lo menos que puede hacer: defender mi inocencia y deshacer el oprobioso mal entendido.

       En el camino se ha encontrado con el padre de la “lechuza”. El cura habla con él enfurecido por la injusticia que se está cometiendo. Mala suerte para mí. La familia de la “lechuza” me considera el obstáculo en sus pretensiones casamenteras. Ella me veía cuando me asomaba y daba por hecho que ese día no podría hacerse la encontradiza con don José. No había otro culpable de frustrar sus deseos que yo. El padre ha convencido al párroco para que desista. Le dice que no es necesario gastar las energías en algo que se da por hecho. 

    -“José, es un buen hombre, y no tienes que hablar por él. Seguro que esta tarde ya lo dejan marchar. Vuelve y no te molestes”, lo convence.

        Es de noche, madrugada, un camión se ha detenido en la puerta de la cárcel. Un vecino conocido nos ha ido señalando los que debemos subirnos al cajón. Rezo porque mi familia salga adelante. En la tapia del cementerio nos hacen volvernos de espaldas. Alzo la vista y lo último que veo es la luna asomando entre los cipreses.

     A la mañana siguiente, mi hijo Pepe ha venido a traerme la pequeña lechera con el café. El vigilante le ha dicho de mala manera: “A tu padre ya no le hace falta”. Su mente infantil no comprende a qué se puede referir. "Acaso mi padre ya ha desayunado", pensó.

       El párroco acaba de enterarse que José estaba en la "saca" de la noche. A partir de ese día, no deja de escuchar una voz que le dice que nunca le perdonará a aquel hombre que se cruzara en su camino cuando iba a salvar a José.

    “Nunca lo perdonaré”


         En recuerdo de mi tía Conchita, Q.P.D., hermana de mi padre, y a su imborrable memoria.  

 

viernes, 15 de marzo de 2024

La espera.

 

        De los cuatro hermanos, Francisco, en la Guerra Civil, de la Comandancia Militar recibió un telegrama, el primero y único en su vida. Se lo trajo con urgencia el operador de telefonía y telégrafo que pasaba el día de sol a sol en la cima del cerro Santón Pitar en una casita conectada por postes con Málaga. No había otro modo de comunicarse con el mundo, cuando el mundo era un lugar que no abarcaba mucho más de la provincia. El telegrama venía a decir que pasaba a jurisdicción militar y dejaba de ser civil. Cualquier acto sería observado bajo las leyes marciales de estado de guerra. Se debía incorporar al hospital militar en la barriada de Capuchinos, y allí permanecer a la espera para en caso de que alguno de los tres hermanos que estaban ya en el frente, Alonso, Pepe y Antonio, cayera, él tendría que sustituirlo o atenerse a un consejo de guerra. Según la ley no podía haber más de tres hermanos en el frente, por lo que él sería quien sustituyese al primero que se declarase inútil, temporal o de manera definitiva, para la causa.

         Al finalizar la guerra todos regresaron. Cada uno la había vivido de un modo diferente, a pesar de que las penurias eran comunes: el hambre, la miseria, las enfermedades… Francisco, en cambio, según contaba, pasó los mejores años de su vida en el hospital militar. Los recordaba con la ilusión de a quien se le había presentado por vez primera la suerte. Las monjas lo trataban con mimos. Sabían que no era más que carne de cañón. Que cualquier día desaparecería porque partiría a la desventura. La caridad cristiana se le mostraba como al enfermo que espera exhalar su último hálito para irse de este mundo. Todos los que allí había en su situación, ninguno se lo tomó igual que él. Sufrían de ansiedad y temblaban pensando en lo que el destino les iba a deparar. La falta de perspectiva de lo que le podía venir y verse liberado de los agotadores trabajos en el campo, de aquellas jornadas de siega, trilla, podar… ventiscas, calor, aguaceros, fríos… y sobre todo hambre, siempre el hambre y buscar la manera de sofocarla, le hacía sentirse como un afortunado.

“El tiempo que esté aquí, no me lo quita nadie del cuerpo. La comida, la ropa, el baño, la tengo asegurada sin hacer nada. Lo que tenga que venir ya vendrá.”, se decía para sí.

Logró deshacerse de la funesta idea de que era el sustituto de una venidera calamidad. A pesar de llevar una vida cuartelera, los mandos permitían cierto relajo y podía pasear por Málaga. Fue la primera vez que se bañó en el mar. Su padre se llegaba a verlo cada vez que podía cuando bajaba a vender el vino desde Santopitar. Le traía pan de higo que compartía con los acuartelados. De su madre recibía siempre la misma nota. “Cuídate hijo” que copiaba en la hoja de un calendario. En aquellas dos palabras se condesaba todo el amor y la frustración de no poderle escribir más. Arrepentida por la reacción que tuvo siendo niña el día que el maestro la ridiculizó delante de todos y en un acto de rebeldía se negó a volver a escribir.

Con veintitrés años, finalizada la guerra, regresó a sus quehaceres. Se incorporó a la cuadrilla de aparceros del marqués de Santopitar. Se enamoró, casó y también tuvo cuatro hijos. Le emocionaba la música y los verdiales, llegando a ser el “alcalde” de una panda tocando los platillos.

A los sesenta y seis años, aún trabajaba en las faenas del campo, hasta que un día su mulo “pajarito”, un animal bronco, cuando intentaba montarlo desde un balate, dio un respingo y cayó al suelo lesionándose la columna. El dolor le acompañó hasta el final de sus días. Su vida la contaba como una suerte de acontecimientos desde que su bisabuelo y gran parte de la familia apellidada Alcaide, hubiesen tenido el buen tino, allá por el 1814, terminada la guerra con los franceses, venirse a repoblar desde Córdoba estos cerros dejados de la mano de Dios, instalándose en la villa de Totalán. Cuatro generaciones posteriores, la familia, numerosa donde las haya, se había extendido por toda la Axarquía.

-Esta es una tierra dura, pero los Alcaide hemos sido capaces de sacarle, con tesón y esfuerzo, cuantos frutos, provecho y felicidad está destinada a un hombre de bien en esta vida- les repetía a sus hijos con orgullo.

sábado, 9 de marzo de 2024

Estampas de jubilado. Uno.


 

Estampas de un jubilado.

La noche antes dispuse la ropa preparada. Dieron las seis y media, y salí a correr. Apenas circulaban coches. Di unos saltos, moví los brazos, levanté las piernas, un poco de tobillos a los glúteos, todo muy disparejo. Comencé por un trote suave. Sentía que una plenitud recorría mi cuerpo. Aún era de noche. Apenas se veían luces encendidas en las ventanas. Cogí la avenida hacia arriba. Una ambulancia con las luces de emergencia entraba por urgencias del hospital.

Los semáforos seguían cortando el tráfico, a pesar de que no había circulación. Crucé en rojo. Mi intención era ir por unas calles que aún conservan casas de cuando el Camino de Antequera era un lugar para familias pudientes. Viviendas con patios, de tejas y adornos modernistas. Alguna que otra reformada y convertida en residencia de ancianos. De todas, una me llamaba la atención. Podías contemplarla a la altura de la acera, no estaba parapetadas tras un muro dejando que sólo pudieras ver la parte alta. Un caminito de piedras arrancaba desde la cancela. No tenían perro guardián. Así que te podías asomar.

En la oscuridad de la noche resplandecía con su intemporalidad. Dos palmeras respetadas por el destructor picudo la custodiaban. Estaba habitada. Los setos, su sostenido cuidado de ventanas, puertas y voladizo de vigas de madera del tejado. Sus habitantes afrontarían la conservación con un buen respaldo económico. Me gustaban las rejas de las ventanas. Durante mis paseos me había fijado que estaban hechas con filigranas de flores: artesanía caprichosa. Paré para tomar un respiro. Llevaría menos de veinte minutos de carrera, descontando el fugaz calentamiento. Los gemelos empezaban a endurecerse, colapsarse. Tendría que bajar la marcha.

Pasé por un solar lleno de coches. Desemboqué en una calle con casas tapiadas y letreros de próxima construcción de viviendas. Comenzaba a ver movimiento de gente. Trabajadores, mujeres y hombres, que se subían a sus vehículos y antes de arrancar miraban el teléfono o se ponían escribir wsaps.

Continué la marcha. El día comenzaba a clarear; fue cuando uno de mis gemelos paró en seco. Un dolor agudo hizo que me detuviera. Estiré. Parecía que mejoraba, pero no. La carrera había terminado. El regreso lo hice despacio, cojeando. Un jubilado derrotado por un simple colapso en la pantorrilla. En la entrada de la vivienda me encontré con una vecina que salía con el perro. “¿Qué, de hacer deporte?”, me dijo ufana. Otro vecino subió conmigo en el ascensor. “Hay días que no me cruzo con nadie y hoy se han puesto de acuerdo para verme llegar arrastrándome”, cavilé ofuscado. Aparenté que me conservaba en forma. Y en gran manera no mentía. Conservaba las energías intactas, otro asunto era el músculo. No tenía ganas de ser la comidilla y el hazmerreír del bloque. Dejé de cojear e imposté una sonrisa falsa. Cualquiera se habría dado cuenta de que algo no marchaba bien por la rigidez de mi rostro. Es la expresión de alguien que sufre un dolor, muscular y en el alma. No dejé de moverme dando la sensación de que quería evitar enfriarme. El dolor me subía ya hasta la rodilla.

Entré en casa.

-¿Ya has regresado? –la voz de mi esposa desde el dormitorio-. ¿Cómo te ha ido? –preguntó-.

- Bien,–contesté-.

 

domingo, 3 de marzo de 2024

La tórtola

 


Cómo he llegado a encontrarme bien en la empresa que trabajo, cuando era un empleado con todas las cartas del paro, sin ánimo. De sentirme un ser desvalido y sin energías, he pasado a ver a mi jefe como alguien al que puedo pisotear cuando me dé la gana. Él presiente algo. Su actitud ha cambiado de manera radical. Ahora me respeta, valora y, lo más importante, he subido de sueldo y categoría. Quizá es que crea que me he vuelto loco y tema alguna acción contra él.

A causa de lo mal que estaba en la empresa, haciéndome la vida imposible, llevaba varios días sintiéndome raro. La tensión se me había descontrolado. El médico me dijo que era cuestión del estrés.

         Una mañana, sin ánimo de levantarme de la cama, escuché un “sss”. La ventana del dormitorio estaba entornada. Allí estaba la tórtola turca como era habitual, con su costumbre madrugadora, arrullando supongo, picoteando el trigo que tomé la costumbre de dejarle siempre la noche antes. De dónde venía ese maldito siseo. Los aparatos domésticos hacían el ruido de siempre.

          El pájaro aleteó, se coló en la habitación posándose en la lámpara.

 -“Sss”. Escucha de una vez. Sí, soy yo. La tórtola que alimentas con tu generosidad, poco vista, después de que nos hayan estigmatizado como especie invasora y dañina.

“Lo que me faltaba. Ahora tengo alucinaciones y las aves me hablan” –pensé-.

Como si me leyera mis pensamientos, el pájaro continuó. –Estás bien. Bueno, dentro de lo que cabe. Deberías hacerle caso a tu médico y bajar la tensión. El ejercicio te vendrá bien. Con el trabajo te puedo echar una mano. Sé que tu jefe te está haciendo la vida imposible. Es un psicópata. A ese tipo de personas sé cómo hay que tratarlas- dijo.

-A ver… -permanecí un rato en silencio. ¿Acaso me proponía mantener una conversación con un ave? Definitivamente estaba perdiendo el juicio.

-Estoy esperando, no tengo todo el día –dijo con ímpetu-

-Partiendo de que no creo que esto se esté produciendo. Lo más seguro es que sea un sueño. Es cierto, mi jefe me está amargando la existencia. Debería dejar la empresa, pero es un mal momento en mi vida. No pierdo nada con hablar. –recapacité- Y dirigiéndome a ella, le pregunté:

- ¿Qué solución propones? Si es que la tienes, y si esto es una pesadilla, por favor, quiero despertar. No tengo ganas de darle vueltas todo el día a un maldito sueño.

-Es fácil –continúo la tórtola-. Tengo una familia enorme. Estamos por toda la ciudad. Hemos colonizado todos los parques, calles, plazas. Escuchamos cualquier conversación. Despistamos, pues nos ven como simples pájaros que les ensuciamos los vehículos aparcados bajo los frondosos árboles que nos cobijan. Por naturaleza, y cualquier especie animal lo hace, incluidos los humanos, vamos a nuestros intereses. En tu caso te puedo echar una mano. Sabía de tu problema. Con el afán de ayudarte, le dije a mi banda que estuviese atenta, que vigilara a tu jefe y le siguiera los pasos. La información es fuerza, es poder, si se sabe utilizar. Ahora te puedo decir que lo tenemos pillado. Le vas a cobrar tu silencio si no quiere exponerse a un desastre.

La tórtola me expuso todos sus bajos secretos. Cumplían con el perfecto manual del sinvergüenza: tejemanejes en la empresa, vicios…

Cuando llegué a mi puesto, tarde, como nunca me había pasado, el jefe me llamó a su despacho. Entré con energía. Mi postura corporal delataba la transformación. Los hombros ya no los tenía caídos. Mi mentón apuntaba a aquel individuo que se fue sumiendo en el sillón. Apoyé las manos sobre la mesa y mirándolo a la cara, le dije se me ha había hecho tarde porque una tórtola me entretuvo contándomelo todo sobre él.

Ahora tengo la tensión normalizada. El médico está contento de que haya seguido sus recomendaciones. Hago ejercicio. Si le llego a decir que un pájaro, una tórtola, habla conmigo, me manda de cabeza al loquero.