domingo, 25 de febrero de 2024

Santopitar


 

Apenas veo la luz de una pequeña lámpara que dejan encendida para que todo esté en penumbra.

Llevo varios días en el Hospital Civil. Me trajo mi hija Paquita. Es el final.

 Heredé el título de marqués, Marqués de Santopitar. De todas las fincas que he tenido, algunas no llegué a visitar nunca, la de "pitar" era mi preferida. En los montes de Málaga, en plena Axarquía, he sido muy feliz. La cacería, los juegos de azar, mi familia, los aparceros, Paco el casero… Aquellos amaneceres con la bahía al fondo, las sierras de la Almijara, Tejeda, y a lo lejos, tornándose según las horas del día desde el rosa pálido al blanco hueso, Sierra Nevada.

Mi madre me decía que la vida había que celebrarla: siempre que tengas ocasión no te pierdas de disfrutarla. Y a eso me he dedicado. La suerte ha estado de mi parte. Nacer en una familia de dinero y con un marquesado, facilitaron las cosas. Deseaba que llegase la primavera para subir al caserón en el monte del Santopitar por aquel camino endiablado, hasta que dispuse con el gobernador civil que se trazara uno nuevo. Que terminara con el suplicio de ir a de Málaga a Comares tardando cerca de un día. La condición fue que pasara cerca del caserón, para ello tuve que regalar no pocos chivos y arrobas de vino. Mis apellidos me abrían muchas puertas: Cabeza de Vaca, sin olvidar las dádivas que solté a funcionarios y políticos.

La cacería y los juegos me volvían loco. Apostaba a todo. La vida era un juego y yo podía permitirme arriesgar algo del patrimonio. Paco, mi casero, siempre me ganaba. Sospechaba cómo podía un hombre con tanta suerte estar bajo mi mando. Era, sin duda, un hombre fuerte. Acostumbrado a pelear por la supervivencia de él y los suyos. Los días de fiesta, nos jugábamos un chivo a “tirar el gato”. Nos poníamos de espaldas uno contra el otro agarrando una cuerda larga, caminábamos unos pasos y comenzábamos a tirar hasta que caía agotado. Mis hijas reían de verme sulfurado. Perdía el chivo. Laurita me ha contado lo que ocurría. “Papá no divertíamos viéndote tirar hasta la extenuación sin darte cuenta de que el casero había atado la cuerda a un tronco. Y te diré más –ha seguido- Cuando te apostabas que cazarías más que él, cogía el día antes y mataba todos los conejos que podía. Los dejaba colgado en las ramas. A ti te hacía ir por donde había esquilmado la caza y él iba recogiéndolos a la vez que disparaba para hacerte creer que los mataba en aquel momento.”

“Demonio de hombre. Me ha estado tomando el pelo toda la vida en complicidad con mis amadas hijas” –apenas me quedan fuerzas para reír-

Cierro los ojos y veo el jardín. Qué será ahora de él. Hace tiempo, años, que dejé de ir porque el viaje me agotaba. Siento como el viento mece las hojas de los fresnos, el frescor bajo los castaños y nogales, la fuerza de los robles frente a las tormentas que descargaban en verano, la vigilancia de los cipreses, el huerto, la alberca, los setos, los rosales... Escucho las voces en el parque de recreo que hice construir para mis niñas y que los hijos de los aparceros disfrutaban.

Estoy de pie en el balcón corrido de la fachada. A mi lado está el gobernador civil y el obispo. Los cohetes que señalan por todos los montes que estamos de fiesta estallan en un cielo sin nubes. Es un día especial. Hemos celebrado la comunión de los niños de los colegios. Hay un enorme bullicio de fiesta. Gastaré lo que haga falta. Va a ser un día señalado. Mi madre me dijo que la vida había que celebrarla. Pues a celebrarla.

 De nuevo se ha hecho el silencio hasta que va surgiendo un corro de voces a mi alrededor. Son mis padres, mi abuelo que me aficionó a la cacería, mi esposa, mis hijas, las familias de aparceros, los perros, los chivos, las aves, los árboles, las viñas, las montañas, el sol… la luz que me envuelve.

A mis amigos Juande, senderista, y Alonso, contador de añoranzas, gracias.

miércoles, 21 de febrero de 2024

El viaje astral

 

Me he escapado. Soy el espíritu de José Manuel y ando por el mundo libre y suelto.  

Todo empezó cuando por curiosidad compré un libro para realizar viajes astrales. Consiste en que logras dejar a tu cuerpo y tu espíritu, con todos los sentidos en funcionamiento, puede vagar por ahí. Eso es cuando has conseguido el nivel más alto. Al principio te tienes que conformar con elevarte y verte a ti mismo desde cerca.

Le vi grandes ventajas al viaje astral. Las primeras sesiones dieron pocos resultados. Me tumbaba en el sofá, aprovechando que estaba solo. Tenía que visualizarme de pie, observándome, desdoblarme. Mi cuerpo quieto e inmóvil y un gemelo tuyo inmaterial, tú, separado. Es un ejercicio duro. A la mente no se le engaña tan fácil. El caso es que lo conseguí en varias sesiones. Me concentraba y era como si dejase un muñeco orgánico que respiraba, dormido. Un día probé a alejarme más y no me dio resultado. Era como si el espíritu no se quisiera separar mucho del cuerpo. Como si temiese algo.

Conocía lo de la transmigración de las almas. Este no era el caso, porque yo seguía con vida. Además, mi salida del cuerpo era uniforme, sentía y no padecía. Acaso algo ha motivado más a la humanidad que evitar el sufrimiento y el dolor. Yo seguía siendo yo, pero dejando el cuerpo a un lado, sintiéndome una unidad, pero con la gracia de no tener masa: un ave que vuela sobre el oleaje del mar. Me miraba desde corta distancia como el que mira una reproducción exacta de él: veía un maniquí vivo.

Regresaba del trabajo y enseguida buscaba la ocasión para tumbarme. Concentrándome, salía de mí. Abandonaba aquella arca con su aparataje circulatorio, digestivo, respiratorio… sin olvidar el que tanto me estaba fastidiando: el aparato urinario con su ardores y molestias secuelas de una operación. Me liberaba de las dolencias, sin la piel rellena de vísceras, me sentía ágil y fuerte: etéreo. En aquella carcasa inmóvil se quedaban atrapadas todas las sensaciones incómodas, los malestares y angustias. Nada tiene que le fuera cogiendo gusto a estar más fuera que dentro.

El autor del libro advertía de ciertas precauciones. La principal es que se hiciera siempre con un ánimo de conseguir una relajación placentera; comprender las múltiples dimensiones que tenemos los humanos: desconocidas porque la ciencia empírica no puede demostrarlas tachándolas de psicoterapias fraudulentas. “El viaje astral por condicionamiento cultural lo rechazamos. Las capacidades de nuestro cerebro sólo las conocemos un porcentaje ridículo para lo que llegaríamos a descubrir de tener la mente más abierta”, argumentaba. También como toda actividad que requiere una energía extraordinaria tenía algunos peligros que venía por desconocimiento de hasta dónde llegaba su potencial al abrirse una puerta a un ámbito poco conocido de nuestra relación espacio-temporal con el mundo. Hasta dónde se podía llegar con el viaje astral: era una incógnita. El consejo, hasta que el autor no tuviese más certidumbres, atenernos a lo principal: relajarnos y conocernos mejor explorando otra dimensión de la que nuestra mente es capaz.

Poco a poco fui tomando más seguridad. Hasta que un día, olvidado del cuerpo, estaba yo en mi deambular por la casa, mirando aquí y allá, cuando abrieron la puerta de entrada. Salí al rellano. Qué podía ocurrir. Dejaba mi cuerpo en un lugar seguro, cuidado por mi esposa. Procuraría no tardar. He de decir, aunque no soy materia, me es imposible cruzar las paredes. Que en ese aspecto me comporto como algo físico. Tengo que entrar y salir por donde lo hace todo el mundo. Bajé las escaleras. Esperé en el portal a que alguien entrara. Salí a la calle. Veía a la gente, los escuchaba acercándome sin que ellos se percatasen. -Esto es lo más increíble que te puede pasar-, pensaba. Un taxi paró, dejando la puerta abierta. Era ingobernable. Mi espíritu iba a su libre albedrío. Entré en el taxi. Desde entonces no he dejado de ir de un lado a otro.

Desconozco qué le ha podido ocurrir a al cuerpo que dejé allí esperando el regreso de su espíritu.

domingo, 18 de febrero de 2024

El porqué del "El escritor"

 

En el anterior relato de “El escritor” me baso en una experiencia que tuve unos días antes.

Me disponía a ir por mi mujer al trabajo. Es una caminata de cerca una hora. Intento sortear las calles que más tráfico tienen, evitando dar rodeos. Málaga es enorme. Sólo tienes que intentar ir de un lugar a otro para darte cuenta que todo está lejos y que está trazada en forma laberinto. Cruzo grandes avenidas, como alguien que vadea ríos tempestuosos. La de Manuel Azaña, que poca gente sabe que se llama así, es una autopista inundada de toda clase de vehículos como en las películas americanas. El desagradable ruido que producen te enerva. Si te paras a pensar es de locos. Cómo es posible que hayamos creado este infierno de vida en la ciudad.

El caso es que antes de llegar al lugar de trabajo hay un dédalo de calles con sus pasos de peatones regulados por semáforos. Con todos los que hay repartidos por toda la ciudad daría para un inmenso bosque, pienso. Los automovilistas a cualquier hora llevan una enorme prisa. La conducción en la ciudad altera el carácter. El conductor malagueño es un ser crispado e intransigente. Sé de una amiga que cuando se vino a vivir a Málaga tuvo que tomar clases de conducción para adaptarse al modo de hacerlo aquí. Me contó que el profesor de la autoescuela le enseñó algunos trucos para sobrevivir:  acelerar aprovechando el semáforo al límite cuando se ponía en ámbar para cambiar a rojo. También la llevó a zonas de Málaga a las que no se le debía ocurrir ir, la Palmilla, entre ellas. Le advirtió que corría el riesgo de que algún palmillero se le echara en el coche simulando un accidente.

-Estuve a pique de dejar de conducir. Le cogí pánico a Málaga. Todavía hay alguien que se mete conmigo, con la velocidad a la que voy o alguna maniobra que haga, y eso que procuro adaptarme a lo irracional de aquí-, me dijo.

Regresando al tema. Me disponía a cruzar una calle muy próxima al lugar de trabajo por el paso de peatones y en verde. Un automóvil de los que ahora se venden y que están hechos para lugares agrestes, giró deprisa en el cruce.  La conductora frenó, pero fui yo quien esquivé el golpe con mis reflejos. Es increíble de cuantos detalles te das cuenta en tan breves instantes y todo porque tu vida estuvo al límite de la supervivencia. Ella no me había visto. Su reacción se debió a que la compañera le avisó con un grito. Cuando reparó en lo que podía haber ocurrido se llevó las manos a la cabeza. Después del sobresalto que pasé para lo único que tuve ánimos, desde la acera, fue de llevarme los dedos a los ojos en señal de advertirle que debía mirar mejor. Otro se hubiera puesto a chillar como un energúmeno.

Recogí a Madi, se lo conté sin darle más importancia. Procuré olvidarlo. En definitiva, estaba sano y salvo, a qué venía regodearse en lo que podía haberme ocurrido. No se me iba de la cabeza. Había momentos en los que me sentía como un muerto con vida. Me imaginaba allí tirado. Mi esposa esperándome y yo sin aparecer. Para crearte angustias la mente es muy esforzada. Me propuse exorcizar la experiencia escribiendo.

Así que soy ese escritor famoso, con cuatro novelas, aciago porque le fama le ha llegado cinco meses antes de que un atropello acabara con su ilusión de haber alcanzado la gloria tanto tiempo buscada. La enseñanza, si es que se puede sacar alguna, la dejo al arbitrio de cada cual. Yo me quedo como estoy; con relatar en este blog lo que se me ocurre y su efecto sanador. Mi particular éxito es  tener amigos, amigas y familiares que se entretienen en leerme. Muy selectos. Si has llegado hasta aquí, tú te encuentras entre ellos, y si no has querido, te entiendo. La amistad y el cariño tienen sus servidumbres y algunas nos sobrepasan. Haces muy bien en no exigirte tanto. Gracias.

 

jueves, 15 de febrero de 2024

El escritor.

 

          Soy un muerto que no se resigna a estar muerto.

         Hace cinco meses en lo último que hubiera pensado es en mi muerte. Me había llegado el éxito gracias a la escritura. Después de buscarlo durante doce años, el cuarto libro que publicaba triunfaba. Corrían las ediciones y yo veía mi cuenta crecer.

         Mi agenda se cubrió de actos. Aparentaba la falsa humildad del que no le gustan los elogios. A alguien que elogian y lo rechaza es porque le gusta revivir con inmodestia de nuevo el halago. La vida era bella, antes también seguro que lo era, pero sólo vivía por la escritura y apenas lo percibía. La vida cuando te conviertes en una celebridad es más bella.

         Las publicaciones anteriores habían pasado sin pena ni gloria. Era un escritor de gran tesón. Amargado y lleno de rencor a los que triunfaban. Este era un país cochambroso que me negaba los laureles. El gesto se me fue haciendo osco. Cuando iba a las tertulias a codearme con otros escritores procuraba mantener la dignidad como alguien que continua a flote en un océano de indiferencia. Era uno más de tantos que sus esfuerzos no salían de la penumbra. Con la gloria, no paso desapercibido. Es como si un foco me alumbrase. Cualquier lugar a los que voy es un escenario de lucimiento. La gente me escucha. Los periodistas me escuchan. Entre tanta alabanza procuro no descomponer el rostro de afectada humildad.

         Volvía de mi quinta presentación. Todo un éxito. En el centro comercial me habían preparado una tarima donde firmaba. Antes de dar comienzo el responsable me previno de que se habían acumulado una enorme cantidad de lectores y que gracias a la editorial disponían de una buena remesa; todos tendrían la posibilidad de llevárselo firmado.

         Cuanto terminé tenía un taxi a mi disposición. Dije que me apetecía ir caminando. Me sentía ligero, pletórico. Llegar a casa era el paseo que alguien da para relamerse del júbilo de las alabanzas. Padecía una enfermedad. El éxito. La única medicina era más triunfos. Entonces fue cuando palidecí. ¿Llegaría a escribir algo tan acertado? La crítica se volvería a cebar con mi obra. La sensación fue que me había vaciado. Que todo lo había dado hasta ahora. Que me acaba de convertir en un escritor sin escritura.

Aún me quedaban varias calles para llegar al cruce donde cesaría.

De pronto, la gente comenzó a chillar y se arremolinaba en torno a alguien tendido en el suelo. Un todoterreno permanecía cruzado en la vía. El conductor intentaba explicar lo que había ocurrido.

Continué mi marcha. Notaba que ya no tenía ningún pesar por mi futuro. Volvía a creer en mi capacidad. Tenía una carrera literaria por forjarme. Que todo iría de modo satisfactorio. Entonces fue cuando sentí curiosidad por aquel infortunio que había visto. Regresé justo en el momento que la policía pedía a la gente que circulara. Escuché algo como que el hombre tendido era un escritor. La curiosidad me pudo más. Me acerqué. Allí estaba yo. Tirado con forma de garabato, sin vida, famoso.

         No sabía que me tocaría morir dentro de cinco meses. Que en aquel fatídico cruce un Nissan 4x4 me arrollaría como si fuese hojarasca del otoño. Dicen que te das cuenta que vas a morir porque te da tiempo a que tu vida pase por tu mente como una compilación de las mejores escenas. No vi nada y tanto que continué caminando. Pienso que si no me hubiera vuelto seguiría con vida. Que al verme allí tumbado es cuando dejé de existir.

 Resignarme a morir es injusto.

martes, 13 de febrero de 2024

El maestro de Olías

 

Mi maestro no llegó a tener hijos. Cuidaba su caballo como a un hijo.

El maestro de Olías nos dijo que lo podíamos llamar don Lorenzo, aunque su verdadero nombre era José. El día que el padre fue a Vélez a apuntarlo en el registro, cinco años más tarde de su nacimiento, porque era mejor no moverse mucho debido a la Guerra Civil, y cuando todo el mundo le llamaba por Lorenzo, el padre lo cambió por su nombre, José. –Mejor que el del abuelo materno-, pensó.   

Por aquel entonces, y estoy hablando de los años cincuenta, yo iba al colegio un día sí y otro no. Vivíamos en un pequeño cortijo, en la carretera antigua de Málaga a Comares. Mi padre me levantaba a las cinco de la mañana. Le ayudaba a cargar la mula con los pellejos de vino para dirigirse a Málaga. En el camino emplearía seis horas en ir y ocho en volver. Partía de noche y regresaba de noche. Mientras esperaba la hora de ir al colegio, tenía que echarle de comer a las gallinas, al cerdo y ordeñar a Felisa, la cabra que nos había amantado a todos los hermanos.

La escuela no estaba en un lugar fijo. Como era un maestro ambulante, cobraba a cada alumno una cantidad, que la mayoría le pagaban en especies. Aunque era abstemio y pretendía inculcarnos que lleváramos una vida sana e higiénica, mi padre le pagaba con vino.

En casa de Candelaria la de Parras, en la ventilla del barril o en Goino, iban rotando las clases según la época del año. Cualquiera de ellas la pillaba lejos. Muchos de mis sueños son caminatas. Eternas caminatas. Me pasé mi infancia gastando suelas y alimentándome por los caminos para sobrevivir y no llegar exhausto. A la vuelta estaba rendido.

Don Lorenzo llegaba con su caballo “Moro”. Antes de hacerse cargo del grupo, procuraba darle todas las comodidades. Le quitaba las alforjas y la montura. Lo cubría con el capote que le había servido a él para guarecerlo del frío y de la humedad. Llenaba la forrajera de un pienso compuesto de habas mojadas para cuidarle la dentadura.  Sí allí había alguien con suerte, ese era seguro el caballo del maestro.

Los alumnos esperábamos sentados en las banquetas a que el maestro desayunara su tazón de leche migada que los dueños de la casa estaban obligados a servirle como estipendio. También almorzaría con ellos.

Era un hombre bueno. Solía comenzar preguntándonos qué nos habíamos encontrado por el camino. Le mirábamos sin entender a qué se refería. Qué íbamos a ver. Tan temprano, no veíamos, sentíamos hambre. Mi atención, tengo la impresión, que giró siempre en torno al apetito que no me dejaba vivir. En buscar qué me podía llevar a la boca. Muchos de mis sueños eran pantagruélicos. Quería que amaramos la naturaleza. Que valoráramos nuestra suerte por vivir en pleno campo, rodeados de animales, por contemplar los amaneceres, las puestas de sol, ver el cielo inmenso con sus constelaciones… Nos enseñaba los nombres de las plantas, de los árboles. Cogía insectos y nos explicaba su respiración y lo importantes que eran en algo que se llamaba la pirámide alimenticia. En lo alto de aquella pirámide estaban los humanos. Sería en otros sitios. En aquellas sierras los niños podían ponernos juntos a los insectos. Según la edad y el tiempo que llevábamos asistiendo, nos enseñaba los rudimentos esenciales para que nos defendiéramos. Sus bolsillos iban siempre surtidos de almendras, castañas, algarrobas y, de tarde en tarde, caramelos. Los utilizaba para reforzarnos y premiar nuestros parcos aprendizajes.

Don Lorenzo se había casado con una maestra rural. No pudieron tener hijos. Con nosotros ya tuvo bastante.


A mi amigo Alonso, por contarme vivencias de su infancia.

sábado, 10 de febrero de 2024

Sesión de meditación

 

Sesión de meditación.

La sala está en penumbra. Al lado del maestro, en posición perfecta del loto, hay un bol de resonancias del Tíbet que emite cuando se golpea, según nos explicó en su día, sonido del universo, una manifestación física de la radiación de fondo que todos escuchamos y nadie oye. Dos luminarias parpadean creando una sensación de caverna. El maestro de meditación toca con el palo el bol para dar inicio a la sesión. Una vibración telúrica recorre la habitación. Nos acomodamos en nuestros cojines: un bolster de yoga relleno de lana apelmazada. Antes cantamos tres veces el “OM”. Inhalamos y exhalamos. Procuramos estabilizar el pecho abriéndolo y elevándolo, con los hombros hacia atrás. Las palmas de las manos hacia arriba descansan sobre los muslos.  

La postura del loto o medio loto marca la diferencia entre los que hemos empezado hace poco a adquirir consciencia y los que llevan un buen camino espiritual recorrido. La simple postura es un motivo de empeño y esfuerzo. Yo opto por el medio loto, en mí es un progreso considerable que he alcanzado a base de horas estiramientos y algún que otro dolor en las rodillas. El loto completo lo dejaré para cuando me reencarne en yogui.

El maestro da las primeras indicaciones.

“Vamos a adquirir la conciencia de estar presentes. Comenzamos sintiéndonos cómodos, pero a la vez que nos permita estar receptivos. Cerramos los ojos. Realizamos unas respiraciones profundas. Vamos a llevar la atención a diferentes partes…Los pies, los tobillos… Qué sensación nos produce… Nuestro cuerpo vibra…”

Me concentro y llevo la atención a mis pies. Al momento se me va a mi bajo vientre. Me arde. Cambio. Lo mejor es centrarte en la exhalación. Inhalo y exhalo. Escucho al maestro que no ha dejado de hablar dirigiéndonos a dónde teníamos que mirar con la consciencia. Pienso: si se callara, en silencio, me concentraría mejor. Así no hay forma de centrarte. El ardor continúa. Focalizo en él. Envío mis respiraciones a esa zona fastidiosa. Ahora ya está el ardor en su plena salsa. Me doy cuenta de que llevo un rato aguantando un incordio de espalda. Mantenerme rígido con los hombros bajos sentado me está agotando. Abro los ojos entornándolos y veo que todo el mundo está muy concentrado. El maestro nos está mirando y enseguida nota que ando perdido. Disimulo. Vuelvo a la meditación.

“Respirar lenta y profundamente”, continúa el maestro.

Eso sí lo he escuchado bien. Cuánto tiempo llevo, me pregunto. No creo que hayan pasado más de cinco minutos y estoy deseando terminar. Siento que me estoy entumeciendo. He sobrepasado el umbral de aguante en la postura de semiloto. Las piernas son ahora el centro de importuna atención.  He arqueado la espalda para que descanse. Me alivia. En este ir y venir de movimientos disimulados siento que mejoro. Quizá la meditación esté haciendo su efecto.

Focalizo la atención en los ruidos, no en los míos, los del exterior. Escucho la gente que pasa por la calle. El ruido de un motor. Es el extractor de humos en el tejado de enfrente. Unas voces. Son mujeres hablando. Están en la escalera. Han dado un portazo. ¡Dios mío, estoy perdido! Vuelvo a la respiración.  Las piernas apenas las siento, se me han dormido. Mejor, así ya no me duelen. El ardor sigue. La espalda ya no aguanta más. Cuánto va a durar este suplicio.

Escucho el gong. La meditación ha terminado. Respiro y hago un esfuerzo por estirar las piernas. Veo una expresión de calma y felicidad en todos.

El maestro nos da las gracias. Cantamos el OM. Recogemos. También me muestro feliz y contento; sobre todo por haber terminado. La conciencia apenas la he doblegado. Lo de estar presente, en el aquí y ahora, será cuestión de entrenamiento. Para mí es un triunfo haber aguantado hasta el final.

 Camino de casa, en la calle, me siento relajado y calmado. Quizá más consciente.

martes, 6 de febrero de 2024

El más allá. (Novena parte de "Mi pueblo")

 

Los espíritus existen. No hay duda. Que aún no haya podido contactar conmigo no significa nada. Es cuestión de tiempo. En la misa de cuerpo presente de un familiar, el sacerdote contó que los veía. Estaban allí entre nosotros. Todos miramos a un lado y a otro. El buen hombre lo decía en serio. Nadie hizo un comentario aparte. Por qué no iban a estar allí, entre los vivos, merodeando. Sí un sacerdote dice que los ve, es que los ve.

Acordamos que el primero que se marchara de esta vida, regresaría, si había posibilidades. Por leyes de la edad, le tocaría a él. A no ser que algún designio se cruzara y yo tomara la delantera. El acuerdo tenía visos de ser en broma, pero no, era en serio. A ninguno nos gustaba jugar con el más allá.

Cada cierto tiempo, charlando, salía nuestro acuerdo. “Cuando yo me marche, no creas que me he olvidado de lo que acordamos. Quédate tranquilo, si existe la posibilidad de volver, vendré” –me decía-  Mantenía el mismo anhelo de curiosidad por comprobar qué había después de la vida y dar parte. Nunca creyó en lo que no veía por sus propios ojos. Que el hombre había llegado a la Luna, era una pura mentira de los americanos. Cuando le explicabas que antes la sierra de la ermita estuvo bajo el mar y que su formación era a causa de la acumulación de restos marinos hace millones de años, te miraba cómo preguntándose quién me había metido en la cabeza esas fantasías. Su afán mayor era cuidar de dos canarios, cada uno en una jaula, regar las plantas de las macetas; el empeño por llegar a la jubilación para liberarse del trabajo en la tienda y ya poderse dedicar en cuerpo y alma a sus dos canarios y las macetas.

Yo sigo aquí. Él se machó. De manera triste una enfermedad lenta e insidiosa lo fue apagando. Las conversaciones tenían un tinte sombrío, de desenlace fatal. Volvía sobre el mismo tema. No sabía cómo decirle que la promesa a mí me producía pena. “Tú haz lo que te parezca. Pero si de verdad regresaras para darme muestras de que hay un más allá, de que podemos mantener la esperanza, va a suponer un enorme cambio en mi de vida. Te imaginas que lo cuente. Quién me va a creer”, le decía.

 Le seguía el juego, procurando desviarle la atención. Que si descubría el origen y misterio que había tras la creación del universo, ya se podía dar por satisfecho. El cielo, no el universo, lo veía de una manera infantil. Era un lugar donde estaban los santos, los ángeles, Dios; allí se encontraría con sus padres, abuelos, amistades…  Le hablaba de la infinitud del cosmos, lo que él llamaba cielo, de los billones de estrellas, de galaxias, de las distancias y lo que tardaba en llegar la luz desde la estrella más cercana. Que estábamos hechos de la misma materia de las estrellas. Asentía. Pero en el fondo me escuchaba como el que pone la radio para coger el sueño. Su reduccionismo era una salvaguarda para llevar la vida tranquila, sin ajetreos ni preguntas que le complicaran el final de su existencia. Lo que creía era la realidad, lo demás cuentos chinos. El valor y la determinación que mostraba era una máscara para sobrellevar el abatimiento y menguar la aflicción que teníamos.

Han pasado varias decenas de años. Cualquier día es bueno para sentir que ha podido cumplir su promesa.