Misceláneas viajeras.
Capri
El viajero no debe de
pasar más de un día en Capri.
Partimos desde el puerto de Nápoles. Ves aparecer la isla como en una película: un barco
que va la deriva que se encuentra con una montaña que emerge del mar con roncos
acantilados y las cumbres cubiertas de nubes.
Nada más desembarcar, una plétora de comerciales pretenden que compres un pasaje para darte un paseo en una barcaza alrededor de la isla. Es lo que menos apetece, bajarte de uno y subirte a otro. Capri es turística al cien por cien. Allí se va a hacer turismo. ¿Qué tipo de turismo? Depende del dinero que pienses gastarte. Pronto ves un bulle-bulle de gente de un lado para otro aflojando la cartera. Lo primero es pagar por llegar al pueblo desde el puerto. Tienes varias opciones y escoges la más típica y económica: subir en funicular. El dinero les cae como mamá del cielo a los nativos.
La vida es cara. Es
territorio para millonarios, actores, políticos, empresarios… emperadores. Todo
aquel que tenga el dinero por castigo.
La miríada de turistas de medio pelo que
desembarcamos no nos queda más remedio que contemplar los maravillosos
acantilados al Mediterráneo, lo bien que están organizadas las villas en las
laderas, la angostura de las calles, el sube y baja para llegar a cualquier
sitio, los jardines, los escaparates de primerísimas marcas donde una chaqueta,
pantalón, camisa… se lleva el sueldo de un mes.
Pero uno no va de viaje
para coger complejos. Estés donde esté, y llegues a donde llegues, sabes
valorar lo que ves sin que te afecte ningún sentimiento de inferioridad. Por algo
uno ha desarrollado mecanismos de convencimiento. ¿A ver, qué sacaría uno de
vivir en Capri? Si se necesita ser medio escalador para subir y bajar tanta
cuesta por la que solo pueden circular vehículos estrechos que parecen tomados
de un tiovivo. ¿Cómo te la apañarías para ir de compras al supermercado, suponiendo
que des con alguno? ¿Hay algún medio de
escapar de esta famosa isla cuando el mar está embravecido? ¿Quién demonios es
capaz de vivir en semejante encierro?
Estás cuestiones sólo se
le plantean a los que nunca han vivido en la opulencia, o no son hijos de los
nativos isleños; a los que llegamos en barco para hacernos fotos y nos
marchamos al anochecer; a los que antes de sentarse en una mesa en la pequeña
plaza para tomarse un simple capuchino deciden que no piensan que le tomen el
pelo cuando ven lo que les van a cobrar; a los que disfrutan comiéndose un
bocadillo contemplando los acantilados, sin la presión de un camarero que
piensas que te ha calado.
Sí, uno tiene suficientes recursos para mantener la dignidad de clase trabajadora y no salirse de sus estándares de vida. Al fin y al cabo, lo mejor, prodigioso y gratis, son las fantásticas vistas con su puesta de sol, la misma que disfrutaría el emperador Tiberio, el viaje de ida y vuelta a Nápoles en barco y haber estado, en definitiva, en Capri.
Sorrento
Lo mejor de ir a Sorrento en tren es que vas y regresas sentado sabiendo que a la vuelta y pasar por Pompeya, decenas de turistas que esperan regresar a Nápoles, no tendrán más remedio que ir de pie apretados como ya te tocó a ti. Ahora son los otros los que te miran con rabia.
Cafeterías y restaurantes.
En Nápoles el café
expreso está instaurado a cualquier hora del día. Los napolitanos están
vacunados de los efectos insomnes de la cafeína. No se desayuna con pan, a no
ser que quieras pizza. Los camareros cuando reciben propina te lo agradecen al
límite de quererte abrazar.
En el restaurante que cenábamos, el camarero debía atender las comandas y a la vez captar comensales. El encargado lo vituperaba cada dos por tres porque la gente no se sentaba. Entonces decidimos echarle una mano. Cuando alguien miraba la carta expuesta dudando, le hacíamos señas de que las pizzas eran riquísima. Un americano que hablaba italiano se dejó convencer por nuestros gestos y se sentó a nuestro lado. El hombre viajaba solo y no paró de charlar.
Breve resumen de lo que
contó el americano.
Hasta la fecha no había estado nunca en Nápoles. Viajaba de turista. Tenía
un amigo en Roma. Era padre de tres lindas hijas. Estaba jubilado. Vivía en
Bruselas. Las hijas, casadas, estaban por no darle nietos. Nápoles le parecía
una ciudad caótica, pero interesante. A Pompeya no había ido ni pensaba ir. Cuando
terminase su periplo en Nápoles se iría a casa de su amigo en Roma…
Nos despedimos como si
nos conociéramos desde hacía una eternidad.
Marchamos para recogernos en el hotel. Como era ya costumbre teníamos que pasar por medio de la tribu de negros vociferantes que a esa hora estaba en plena juerga. Las cafeterías recogían las mesas y baldeaban el interior con cubos de agua jabonosa. El recepcionista nos recibió con un lacónico “buona notte”.
Apuntes en el Museo Arquológico y Nápoles por el autor.
























