jueves, 7 de noviembre de 2024

Misceláneas viajeras.

 


Misceláneas viajeras.

Capri

El viajero no debe de pasar más de un día en Capri.  

Partimos desde el puerto de Nápoles. Ves aparecer la isla como en una película: un barco que va la deriva que se encuentra con una montaña que emerge del mar con roncos acantilados y las cumbres cubiertas de nubes.

 Nada más desembarcar, una plétora de comerciales pretenden que compres un pasaje para darte un paseo en una barcaza alrededor de la isla. Es lo que menos apetece, bajarte de uno y subirte a otro. Capri es turística al cien por cien. Allí se va a hacer turismo. ¿Qué tipo de turismo? Depende del dinero que pienses gastarte. Pronto ves un bulle-bulle de gente de un lado para otro aflojando la cartera. Lo primero es pagar por llegar al pueblo desde el puerto. Tienes varias opciones y escoges la más típica y económica: subir en funicular. El dinero les cae como mamá del cielo a los nativos.


La vida es cara. Es territorio para millonarios, actores, políticos, empresarios… emperadores. Todo aquel que tenga el dinero por castigo.

 La miríada de turistas de medio pelo que desembarcamos no nos queda más remedio que contemplar los maravillosos acantilados al Mediterráneo, lo bien que están organizadas las villas en las laderas, la angostura de las calles, el sube y baja para llegar a cualquier sitio, los jardines, los escaparates de primerísimas marcas donde una chaqueta, pantalón, camisa… se lleva el sueldo de un mes.

Pero uno no va de viaje para coger complejos. Estés donde esté, y llegues a donde llegues, sabes valorar lo que ves sin que te afecte ningún sentimiento de inferioridad. Por algo uno ha desarrollado mecanismos de convencimiento. ¿A ver, qué sacaría uno de vivir en Capri? Si se necesita ser medio escalador para subir y bajar tanta cuesta por la que solo pueden circular vehículos estrechos que parecen tomados de un tiovivo. ¿Cómo te la apañarías para ir de compras al supermercado, suponiendo que des con alguno?  ¿Hay algún medio de escapar de esta famosa isla cuando el mar está embravecido? ¿Quién demonios es capaz de vivir en semejante encierro?

Estás cuestiones sólo se le plantean a los que nunca han vivido en la opulencia, o no son hijos de los nativos isleños; a los que llegamos en barco para hacernos fotos y nos marchamos al anochecer; a los que antes de sentarse en una mesa en la pequeña plaza para tomarse un simple capuchino deciden que no piensan que le tomen el pelo cuando ven lo que les van a cobrar; a los que disfrutan comiéndose un bocadillo contemplando los acantilados, sin la presión de un camarero que piensas que te ha calado.

Sí, uno tiene suficientes recursos para mantener la dignidad de clase trabajadora y no salirse de sus estándares de vida. Al fin y al cabo, lo mejor, prodigioso y gratis, son las fantásticas vistas con su puesta de sol, la misma que disfrutaría el emperador Tiberio, el viaje de ida y vuelta a Nápoles en barco y haber estado, en definitiva, en Capri.


Sorrento

Lo mejor de ir a Sorrento en tren es que vas y regresas sentado sabiendo que a la vuelta y pasar por Pompeya, decenas de turistas que esperan regresar a Nápoles, no tendrán más remedio que ir de pie apretados como ya te tocó a ti. Ahora son los otros los que te miran con rabia.


Cafeterías y restaurantes.

En Nápoles el café expreso está instaurado a cualquier hora del día. Los napolitanos están vacunados de los efectos insomnes de la cafeína. No se desayuna con pan, a no ser que quieras pizza. Los camareros cuando reciben propina te lo agradecen al límite de quererte abrazar.

En el restaurante que cenábamos, el camarero debía atender las comandas y a la vez captar comensales. El encargado lo vituperaba cada dos por tres porque la gente no se sentaba. Entonces decidimos echarle una mano. Cuando alguien miraba la carta expuesta dudando, le hacíamos señas de que las pizzas eran riquísima. Un americano que hablaba italiano se dejó convencer por nuestros gestos y se sentó a nuestro lado. El hombre viajaba solo y no paró de charlar.

Breve resumen de lo que contó el americano.

Hasta la fecha no había estado nunca en Nápoles. Viajaba de turista. Tenía un amigo en Roma. Era padre de tres lindas hijas. Estaba jubilado. Vivía en Bruselas. Las hijas, casadas, estaban por no darle nietos. Nápoles le parecía una ciudad caótica, pero interesante. A Pompeya no había ido ni pensaba ir. Cuando terminase su periplo en Nápoles se iría a casa de su amigo en Roma…

Nos despedimos como si nos conociéramos desde hacía una eternidad.

Marchamos para recogernos en el hotel. Como era ya costumbre teníamos que pasar por medio de la tribu de negros vociferantes que a esa hora estaba en plena juerga. Las cafeterías recogían las mesas y baldeaban el interior con cubos de agua jabonosa. El recepcionista nos recibió con un lacónico “buona notte”.



            Apuntes en el Museo Arquológico y Nápoles por el autor.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Pompeya. "Huir o quedarme"

 



Nápoles. La excursión más deseada: Pompeya.

De haber vivido dos días antes de la erupción del Vesubio, como ciudadano romano en Pompeya y siendo propietario de una buena villa, rodeado de las comodidades de la época, dedicando las mañanas a mis negocios, a ir al foro a participar de la vida política, con mis sirvientes, con mi abono al teatro y un buen lugar en el anfiteatro para ver las luchas de gladiadores…  Todo eso mientras el Vesubio comenzaba a dar muestras de que no se iba a andar con bromas. ¿Qué habría hecho? ¿Huir o quedarme?

Cómo iba abandonar una villa que tanta felicidad me procuraba; con sus fuentes, pinturas, vistas a la costa. Aquel peristilo de columnas que se ve desde la calle como señal de posición... ni loco. Dos mil y pico años después aparecería mi molde para espanto de los miles de turistas que acudirían en masa a visitar lo que quedó de tanta opulencia. Los arqueólogos habrían retirado las montañas de escombros volcánicos que el malvado Vesubio arrojó con una fiereza y encono de mil demonios.




Y allí estábamos nosotros, y otros cientos de turistas venidos de todas las partes del mundo, contemplando lo que quedó de una ciudad tan organizada, de estatuas imponentes, con todo el equipamiento que los romanos la dotaron:  teatros, foros, templos, ingeniería, comercio... Solo quedaba el reflejo de aquellas pobres gentes, de su modo de vivir, sentir. Sombras bajo cientos o miles de toneladas de materiales volcánicos.

         Año 79 D.C. Horas antes de la erupción.

A medida que pasa el tiempo, solo, estoy tumbado en el triclinio. Ya no se escucha el rumor de la fuente en el centro del peristilo porque el agua ha dejado de manar. Tengo la vista puesta en la cima del Vesubio y las laderas incendiadas. En la penumbra, arden los candiles encendidos en las hornacinas de los dioses. Siento leves y continuos temblores de tierra. Los cortinajes de las dependencias que dan al patio se mueven con una brisa suave. En la calle se escucha el incesante tráfico de carruajes, voces, borrachos, ladrones.

Cerca, uno de tantos prostíbulos permanece abierto. La pintura de Príapo que mandé hacer a la entrada, después de traspasar el cubil del portero, se enseñorea con su gran pene. En el foro, por la mañana, escuché que en las cisternas quedaba agua para dos días porque una parte del acueducto que viene desde los Apeninos se había derrumbado; ya se había dispuesto para su reparación. Que no se aconsejaba beber agua porque salía sulfurosa.

Acaso, digo, ¿por qué me iban a abandonar mis dioses que tenía por todo el domus a los que había colmado de ofrendas?

 Sí, yo sería de los que se habrían quedado petrificados para la eternidad. La gente del futuro se preguntaría quién era aquel infeliz. ¿Por qué no huyó como habría sido lo oportuno? Los arqueólogos en su empeño de argumentar qué pintaba yo allí después de retirar los seis metros de ceniza volcánica, propondrían varias hipótesis: la más plausible, según ellos, era que fuese un esclavo que se quedó al cuidado por orden del  dueño; otra, que era un caco que aprovechando el lío le pillo una ola piroclasto; otra, que me torcí un tobillo; y así tantas como ocurrencias den para imaginar a alguien que su molde aparece solo, sin más nadie, porque mi familia, estoy seguro, más sensatos, se marcharon cuando presintieron el desastre que se avecinaba. ¡Ahí te quedas al cuidado! ¡Ya nos contarás!, me dirían mientras los veía trasponer junto con otros cientos de pompeyanos por una de las puertas de la ciudad.


Año 2024 D.C.

Los dioses cuando de verdad te abandonan es a la vuelta de Pompeya de regreso a Nápoles. Estamos desde las once de la mañana y aún nos quedan lugares por visitar, cuando suena un pitido en las ruinas que crees que es la alarma de un coche. Son las seis de la tarde Es para que vayas marchándote. Está añocheciendo. Una marabunta de turistas nos vamos agolpando en la estación. Llega el tren que viene de Sorrento ya cargadito. Entramos a empujones. No apto para quien sufra de claustrofobia, apretamiento o simplemente crea que viajar así no es humano. El tren para en cada estación, apeadero. Un regreso de pie de cerca de una hora. Miras con rabia a los que van sentados. Ellos desvían la mirada.

                            Continúa...

                 

miércoles, 30 de octubre de 2024

Nápoles. "Maradona"

 

El autor con Diego Armando Maradona. (Nápoles)

        Pronto cambiarán de nuevo la hora y cuando sean las ocho de la noche deberían ser las nueve.

    La zona donde está el hotel Edén en Nápoles nos advirtieron de que no era segura. Al llegar de mañana, el taxi que cogimos en el aeropuerto nos dejó cayéndonos un agua torrencial a dos metros de un voladizo. Nápoles nos recibía con el diluvio universal. El taxista había cobrado a la partida. A los ocho ocupantes nos apremió a bajarnos. No podía perder tiempo.


         El hotel, próximo a la estación Garibaldi, es un edificio antiguo que da a una avenida donde la circulación se atasca porque alguien aparca y cierra el paso en la rotonda a los autobuses. La solución es dar marcha atrás. Por un gran ventanal se deja ver el cielo. No ha vuelto a llover y luce un sol de verano media hora después de llegar al hotel empapados.

         En la acera del hotel Edén se asientan unas mujeres enormes de raza negra. Esperamos que el recepcionista del hotel las espantara porque se habían refugiado de la lluvia con sus productos bajo la marquesina. Cuando descampó, abrieron unos maletones enormes llenos de extrañas mercancías: bolsas con  raíces, en otras unas "habichuelas" del tamaño del dedo pulgar, abalorios, unas cajitas que a mí me da por pensar que contenían un meollo vigorizante…

         El hotel Edén tiene algo de paraíso venido a menos. La habitación es de techo alto, un ventanal con postigos y celosías de madera, el cuarto de aseo con un enorme lavabo y una bañera desportillada… Lo mejor es su localización: cerca de la estación, del metro, cafeterías… y de una tribu de africanos que de noche se emborrachan con la cerveza patria Peroni, fuman marihuana y gritan como energúmenos.

         Cerca hay un gran parque para disfrute de actos vandálicos y grafiteros, por el que no nos atrevemos a cruzar. Pocos metros más allá, dos vehículos militares están aparcados. Un grupo de soldados patrullan por las mediaciones. Llevan armas de asalto. Se les ve tranquilos, como cumpliendo con una rutina, absortos en sus pensamientos. Les hago una foto y no se molestan. Cada dos por tres te encuentras un montículo de basura que recogen de noche y crece de manera espontánea en el mismo lugar durante el día. A pocos metros están los contenedores para echarlas clasificadas. Los pasos de cebra apenas se notan. ¿Dónde están los semáforos para los peatones? Cruzar una calle es arriesgado. Te lanzas con el corazón sobrecogido. Es cuestión de habituarte.

         De la estación Garibaldi parten los trenes para las próximas excursiones que pensamos realizar: Pompeya y Sorrento. A la isla de Capri se va en barco. Lógico. Cogemos el metro para descubrir Nápoles, regresamos en metro… La estación se vuelve nuestra segunda morada.

         Como debemos aprovechar el día, la primera salida la hacemos al Nápoles clásico; el original, el de cine, donde está el barrio del cuartel español “Quartieri Spagnoli” con una enorme pintura de Diego Maradona vestido con equipación del Nápoles. El dios para los napolitanos.




Las calles son empinadas, angostas. De cualquier callejón, en un instante, sale una Vespa pitando para que te apartes. Caminas de sobresalto en sobresalto. Aun así, es todo un espectáculo. Los edificios son altos de cinco y hasta siete plantas, imagino que la mayoría sin ascensor. Miras para arriba y ves balcones con tendederos abarrotados de ropa, mujeres que sueltan un canasto atado a una cuerda para que alguien les eche la compra. No hay ningún edificio nuevo o pintado, todo está desconchado, ennegrecido, mugriento, pero habitado. Los locales comerciales son pequeños. Se ven herrerías, carpinterías… autosuficientes. Muchos negocios viven del turismo. La marca es Maradona. Toda una infinidad de artículos desde las camisetas de fútbol, bebidas, refrescos y todo tipo de recuerdos. En el frenesí de gente haciéndose fotos frente al mural del astro del fútbol, están los motorizados napolitanos y napolitanas abriéndose paso con sus Vespas a todo trapo.


 Con mi camiseta de Maradona bajo el brazo, regresamos al hotel.       

         Abro el ventanal en la habitación y observo el trajín napolitano que es como el ajetreo malagueño o de cualquier gran ciudad. Lo mejor es que no hay que calentarse la cabeza para buscar donde tomarse un café o comer. En la calle, cruzando por la tribu de los bebedores de cerveza y fumadores de marihuana a la vista, están los restaurantes. El olor a pizza está por todas partes. Todo gira en torno a la pasta. ¡Menudo descubrimiento!

         Pronto nos hacemos habituales de la misma cafetería y restaurante. Si te atienden bien, el precio es módico y la pasta está rica, para qué vamos a probar suerte en otros. Así evitamos desengaños.

         La noche cae y se llena de seres sospechosos. Los mismos que de día no te acongoja su presencia, a la escasa luz de las farolas piensas que tienen el propósito de atracarte. Es lo malo de haber leído antes de venir el libro de Roberto Saviano “Gomorra”. Vienes con le mente de una Nápoles delictiva, llena de drogadictos y en manos de la mafia. Puede ser. Imagino que la presencia del ejército y tanta policía pone coto a la maldad que imperaba.  De todas formas, las caminatas te tienen agotado y la digestión de tanta pasta te adormece y pide cama.   

                                            (Continúa) 

                 

domingo, 20 de octubre de 2024

Dichosos SEAT

 

Como está uno en la edad de padecer nostalgia -y digo padecer, porque se lleva en muchos momentos como enfermedad- le tenía que tocar a los vehículos familiares, aquellos que han significado algo en la vida del autor. Datos sobre el modelo, alguna especificación técnica que comprenda un niño de párvulos, el esfuerzo en su adquisición y poco más.

En 1973, mi familia aún seguía sin tener un vehículo. Mi padre llevaba con el carnet de conducir desde el 68. Se lo había sacado en la autoescuela del hermano de manera autodidacta. Le dejaba un SEAT 600. Yo le acompañaba de copiloto e íbamos por las carreteras locales de la comarca, sin dejar ninguna Villanueva por visitar.

Como todos los niños de la época, yo era un apasionado de los paseos en automóvil. Lo acompañé en aquellas prácticas. Para mí no había nadie que condujera mejor.

Se daba la circunstancia de que en Archidona el colegio estaba a las afueras. Cursaba séptimo de E.G.B. Dependíamos de la gracia de un maestro para llevarnos y traernos. Sacrificado ahorrador con la intención de que su familia siempre tuviese un colchón monetario, fue mi madre la que tuvo que poner el dinero para que se comprase el coche. ¿De dónde venía el capital si no había más ingresos que la nómina de un maestro de escuela? La sociedad que tenían mis padres siempre nos llamó la atención a los hermanos. Mi madre recibía una asignación para los gastos. Ella siempre se quejaba que no le llegaba con lo que le daba. Él le subía la cantidad, a sabiendas de que guardaba una parte. Era como depositarlo en la caja de ahorros. Que se hiciera el remolón para comprarlo, es correcto pensar que fue una estrategia para que ella, de condición espléndida, saliera al paso y de camino no tener que tocar "la cartilla".

Así fue como entró el primer vehículo en la familia. Un SEAT 127 de dos puertas, color verde lago, básico en lo fundamental, con un precio de 132.000 pesetas. Con esa cantidad se podía comprar otro caserón en la misma calle donde vivíamos.

No sé cómo, quizá por tanto tiempo en letargo, pero a mi padre se le había atascado la conducción. Un hombre con dedicación plena a su trabajo, entusiasta con todo lo que guardase relación con la dirección de la escuela y tuviese que ver con la docencia, conducía de manera tan mecánica que cualquier inconveniente e imprevisto sobre la marcha lo ponía nervioso transmitiéndole los nervios a los ocupantes. Esperaba que se fuese soltando a medida que conducía. En plenitud de facultades, "para coger práctica", decía, los domingos se aventuraba a dar paseos con mi madre. Yo iba de acompañante. Circulábamos por las carreteras menos seguras de la comarca y se supone con menos tránsito. Uno de los destinos predilectos era ir al pantano de Iznájar. Carretera local tortuosa, de curvas y terraplenes por los que podías ir directo al agua. Encontrarnos con un obstáculo, casi siempre un tractor, nos subía las pulsaciones. La conducción era colegiada. Todos participábamos porque mi padre nos "invitaba" a que colaboráramos a decidirse por tal o cual maniobra.  Agarrado al volante, miraba y preguntaba si debía adelantar al tractor porque no veía venir a nadie. Mirábamos atrás, delante, a los lados. ¡No viene nadie!, gritábamos. Reducía la velocidad para coger potencia. Aquellos 42 C.V. se desgañitaban en un ruido ronco y de motor cabreado. Nos agarrábamos a los asientos como si fuésemos a despegar.

Con el tiempo no es que llegase a ser un as del volante, pero cogió soltura y mi madre le levantó el veto de ir con él.

 

Corría el año 1981. Padre de familia, con un hijo de dos años, trabajo, hipoteca al 16 por ciento... con el dinero de la beca para continuar los estudios, 84.000 pesetas, compré un el 124 D de color azul marino, matrícula de Gerona, a un compraventa amigo de un amigo.

Mi primer vehículo en propiedad. Su anterior dueño había sido un inspector de policía. Como no sabía por qué estaba aquel agujero redondo y pequeño en una puerta trasera, a quien me preguntaba le decía en broma que era de una bala perdida en alguna trepidante acción de anterior propietario.

Cuando se tiene poco, lo poco es demasiado. Era la época de robar a mansalva. La droga hacía estragos. Una horda de drogadictos mangantes arramblaban con lo que pillaban a mano. Tener un coche aparcado en la calle te sumía en un estado de recelo. Esperabas levantarte y no encontrarlo porque te lo habían robado. Cada dos por tres, las puertas aparecían abiertas. Buscaban el radiocasete. Los documentos los guardaba en casa. Circulaba por Málaga indocumentado. Cuando iba a hacer algún viaje a Archidona tenía que cuidarme de cogerlos. Un compañero del trabajo me enseñó a cambiarle el aceite y el filtro, hacerle el reglaje de válvulas con un juego de galgas… No hacerte cargo del mantenimiento del coche era algo mal visto, aparte del dinero que te ahorrabas. Cuando la batería daba de corto, arrancar a la racha era una práctica deportiva de fuerza y habilidad. Podías pasar varias semanas hasta que le instalabas una nueva.

Mi primer hijo se enseñó a andar en el asiento de atrás. Conducía con una mano, la otra agarrándolo para que en un frenazo no cayese delante. Podía embragar y frenar con el mismo pie, al tiempo que aceleraba con el otro con tal de que no se parara el motor porque no había ajustado bien el encendido. Temía que se calase cuando la batería estaba al límite de vida útil.

Está claro que de la necesidad nace la habilidad y pericia, también las paranoias porque una noche me levanté sonámbulo,  miré a la calle y vi el hueco donde se supone que debía estar el coche. Me fui otra vez a la cama con el convencimiento de que me lo habían robado. A la mañana siguiente, el coche permanecía en su sitio. 

Pocos años después lo entregué a cuenta de un Seat Panda. Fue dárselo al concesionario y una familia de gitanos de Loja quedarse prendados de él y comprarlo.

Con el pasar de los años vinieron más automóviles, cada uno con su singular gracia, traiciones y recuerdos.

No volví  más a tocar ningún motor.

miércoles, 9 de octubre de 2024

María "la coscurrona"

 

Bisabuelos del autor, por parte de madre. 

Muchos años después, tenía la curiosidad de conocer el cortijo donde mi bisabuela, María Aranda Cano, por parte de madre, le dejó a resguardo una talega con todas las joyas de oro y dinero a su prima María “la coscurrona”.

En la zona del Endrinar, entre Archidona y Villanueva de Tapias, hay un altozano rodeado de sierras y montes. El camino, una vez te desvías de la carretera, va a mano de un arroyo. Pasa al lado un pozo del que se surte un lavadero y un pilón para el ganado. Al subir una pendiente, el cortijo aparece a la vista. Deshabitado, pero se mantiene conservado lo suficiente para evitar el derrumbe.  No hay nadie, salvo las huellas de la cabreriza que se sigue utilizando. A estas horas, la caída de la tarde, las cabras estarán triscando por los secarrales.

Bebo un poco de agua, pues la solana me ha castigado bien. Busco acomodo en un pedrusco debajo de una enorme encina. No muy lejos escucho un soniquete de cencerros de los machos cabríos.

Viajo a mil novecientos treinta y siete. Veo a mi bisabuela caminar acompañada de uno de sus cuatro hijos que han regresado del exilio de Francia, dos se han quedado allí y nunca volverán.

Una mujer dispuesta, coqueta, con la vestimenta de luto. A pesar de la distancia, no se ha descalzado de unos botines con medio tacón, impropios para tan larga caminata desde Archidona. Presumida, manirrota con los hijos, todos varones, con un fabuloso patrimonio que heredó de su padrino don Manuel Pavón, que la adoptó como hija. En la casa familiar, comprada por mi padre cuando nos vinimos de Estepa, su padrino le había dejado también una mercería donde vendía telas, productos de costura, punto y lencería.

Pienso en la herencia. ¿Qué habría sido de nosotros, la familia Jiménez, si esta mujer no hubiese dilapidado tanta heredad? Mi padre me mostró un día el testamento, sólo se conservaba la mitad, y con la mitad ya nos hubiera bastado a todos a día de hoy si en vez de mermarlo hasta el cero absoluto lo hubiesen incrementado como suelen hacer las familias sensatas. A medida que pasaba las hojas, muchas, sentí orgullo, frustración y pena a la vez. ¿Qué había sido de tanta casa y finca? Sé, por mi primo aficionado a la cacería, que aún se conocen asas y montes con el mote de “los canaos” –derivación del apellido Cano-.

La bisabuela con su prole de seis varones, enviudó joven del bisabuelo Manuel Jiménez Aranda. “Otro gallo habría cantado con el patrimonio, si en vez de enviudar ella hubiese sido él”, decía mi madre con su buen sentido pragmático y realista después de vez la desafortunada vida que se les vino encima. Con tanta riqueza caída del cielo, los hijos se aficionaron a la buena vida, tal como la entienden las malas cabezas: vivir de las rentas y echarse a las espaldas todos los disfrutes. La bisabuela, madraza sobreprotectora, llegó hasta pagarles guardaespaldas para evitar lo peor de sus malandanzas. ¡Vaya, como en el cine!

Temerosa por sus hijos cuando Franco se alzó contra la República, puso tierra de por medio y se fue con todos a Barcelona. Allí vivieron en un piso en el Paseo de Gracia. Pasaron a Francia. Cuando las aguas se calmaron, regresaron a Archidona. Antes de salir para Barcelona, la bisabuela hizo dinero dando las escrituras a cuenta. “Si no te devuelvo la cantidad, te quedas con la propiedad”, les decía a los prestamistas. Parte de las joyas y dineros, se lo dio a su prima María “la coscurrona” para que se lo guardase en el cortijo.

Terribles tiempos aquellos. En un país en guerra civil hizo que se desatase una furia sangrienta de venganzas y odios en el pueblo. Entre tanto, la susodicha prima, apartada del huracán, se apropió de lo que tenía que guardar  como si fuese suyo y compró fincas al tiempo que se amancebaba con un hombre casado y padre de un hijo.

Un día, terminada la Guerra Civil, mi bisabuela apareció en su puerta. ¿Quién se podía pensar que regresarían? La prima inventó una excusa peregrina imposible de creer. Le dijo que unos bandoleros, ni siquiera maquis, la habían asaltado robándoselo todo. Así que nada. Todo perdido. La tienda había sido desvalijada en el desenfreno de los primeros días de guerra. Dos hijos habían quedado para siempre en Francia, los otro cuatro se buscarían la vida. La rueda de la fortuna los había aparcado en la casilla de salida: la más completa ruina.

Es tarde y pronto va anochecer. Me dispongo a irme. La piara de cabras está regresando a recogerse. No puedo quitarme de la cabeza la visión de mi bisabuela desesperada y a “la coscurrona” en la puerta del cortijo soltándole la misma trágala porque ya es la enésima vez que va a pedirle que le devuelva lo que es suyo. Veo al cazurro del amante mirando por el ventanuco, con una taimada sonrisa mientras masculla entre dientes: “aviada vas”.

 

sábado, 5 de octubre de 2024

Estampas de un jubilado. Cinco: Tiranosaurio Rex

 


            Lo suyo es que tuviera un avatar, igual que en los videojuegos. Adoptar el papel que prefieras: guerrero, aventurero, soldado, de energía y vigor infinito, rodeado de amazonas de melenas y cuerpos de fuego, personajes fantásticos, incluso dragones y unicornios. El espejo te devolviera ese nuevo ser, y no como está siendo lo habitual: te cuesta reconocerte. ¿Me habré convertido en un vampiro y por eso no me reflejo en ellos?

Llevo sesenta y tres años portando mi yo.  A veces cargando con él; otras, simplemente me he dejado llevar en modo automático. Una conciencia milagrosa que toma decisiones sin gasto apenas de energía, por mera intuición. Me dan pena los cerebros de adoquín. Los que alardean de que son de tal o cual forma y se mantienen firmes a sus creencias de papanatas. Cuando se equivocan, cambian de opinión como los lagartos de camisa, pero nunca dirán que estaban equivocados. ¡Allá ellos!

 Igual que los pelos van desertando del lugar donde más lo necesitas: la cabeza, muchos sentimientos se caen provocando una calvicie emocional. Te haces más cínico, en el sentido filosófico. Duro, hasta el punto de que si lloras no es porque te duela el mundo, sino porque te duele tu cuerpo y de camino por el descampado que se te está formando en la coronilla.

 Mi profesor de yoga decía que nos dejáramos de espiritualidad y otras florituras. El cuerpo es el espíritu y la materia. Lo entendía muy bien y a las claras, porque si el cuerpo está contento, relajado, tú ya puedes elevarte y pensar en el destino de hermandad de las almas. Posees alma. El resto del tiempo es un insidioso y complejo artefacto de funciones biológicas esperando llamar la atención con alguna disfunción.

Por asociación, me viene a la cabeza cómo la evolución pudo hacer que el depredador más grande, agresivo y enfurruñado animal desapareciera de un plumazo: el tiranosaurio rex. Me recuerda a esos hombres y mujeres que van por la vida a dentelladas, iracundos como un cocodrilo perdido en un campo de golf. Como paleontólogo de ciudad sé descubrirlos. ¡Peligro un rex!, y me escabullo como hicieron los mamíferos; a fin de cuenta, ellos, nosotros, hemos llegado hasta aquí. Los dinosaurios que quedan son aves, simples pavos comestibles.

Volviendo a mi yo, si tengo que recriminarle algún exceso son los propios que se cometen cuando llevas poco andado y te conduces como un barquito de papel en un arroyo. La desidia nunca. Quizá una falta de guía, de brújula; pero eso es fácil, muy fácil, verlo con sesenta y tres años. La vida tiene sólo una opción. Ojalá fuera como las novelas para jóvenes que estuvieron de moda en los ochenta. En cada capítulo había varias alternativas para seguir y si no te gustaba la escogida, volvías y tomabas otra. Para eso están los universos paralelos, según la teoría de cuerdas -que no entiendo- donde habrá tantos yo posibles como momentos, configurando tantas realidades que en uno de ellos soy el físico que echa por tierra la misma teoría.

Con sesenta y tres años descubres que la vida tiene malas intenciones. Te das cuenta porque cuando menos te lo esperas el ADSL se cae, la lavadora no centrifuga, el coche sin batería, un estridente pitido de alarma suena lejano en la noche que concentra toda tu atención… Sí, la vida es perversamente mala contigo cuando cumples sesenta y tres años.

sábado, 28 de septiembre de 2024

Con solo diez años (Segunda parte)

Natalia (2021)

 

Llevo sesenta y tres años aquí en la tierra. Pronto seré un fantasma, uno más de tantos. Están aquí, a mi alrededor. Me hablan repitiendo una y otra vez lo que hemos vivido juntos, recuerdos que muchos se están disolviendo en el tiempo como brumas.

Mi madre los fantasmas también los tenía a su alrededor. No les hacía mucho caso porque siendo una mujer práctica decía que no aportaban nada a una familia numerosa. “Venir solo a hablar y a contar lo que ya sabemos, mejor que os quedéis donde estéis. En esta casa se viene a traer algo: un queso, chocolate, dulces... cualquier cosa apetecible.”, les recriminaba.

 Ahora soy yo quien los tiene a su alrededor. También, como mi madre, suelo cansarme de oír cómo se repiten. Les invito a que se marchen, y escucho alzarse alguna molesta voz para que no se me despinte que tengo sesenta y tres años y que estoy cada vez más cerca de convertirte en uno más. Se enfadan y me dan donde más me duele cuando me dicen que vivir de los recuerdos está muy bien, pero que la vida sigue, que les haga caso y salga a buscarla. “¿Acaso piensas que dentro de otros cincuenta años vas a escribir de lo que te ocurre ahora, ingrato?”, me reprochan. Desaparecen, por un tiempo, enfadados dejándome en paz. Pasado el tiempo, regresan. Me querían dar una lección por mi desapego, pero “mis fantasmas” son olvidadizos y nada rencorosos.

Con mis padres la relación cambia. Ellos están cuando menos te lo esperas. Te quedas mirando una foto y los sientes a tus espaldas. Abres la puesta de la casa y los ves sentados, uno al lado del otro, esperándote. Apagas la luz, y en el silencio notas su presencia. Como estás acostumbrado, algunas veces les comentas algo intrascendente porque no quieres preocuparlos. Procuras quitar hierro a las penurias. Ellos asienten y te dan la razón. Mi padre está igual, con la misma compostura, pulcro, afeitado y peinado. Sus frases son cortas con profundo sentido. Las hago mías hasta el punto de procurarme el pisto de ser alguien de experiencia y sabiduría cuando las coloco en una conversación.

Hoy, sigo siendo el niño con sesenta y tres años que llevaba de paseo al arroyo Marín al atardecer. Creo que en el fondo de su corazón pretendía sentir igual que su padre, mi abuelo José, cuando hacía lo mismo con él. Soy el niño sexagenario que le acompañaba al colegio en el Seat 127, a aquel colegio desabrido de “El Llano” que tanto hizo por recrearme en un personaje digno de una novela de Dickens. Soy el niño perpetuo convertido en un hombre mayor atrincherado en la memoria del pasado.

Se introduce en mis ensoñaciones y le pregunto acerca de alguien que forma parte de las vivencias comunes. Una vez le pregunté por aquel maestro de Estepa que me dio clase en cuarto de E.G.B. Un hombre bueno. Los niños nos portábamos con él regular. Hicimos un mapa de España de escayola en un molde, con sus montañas, valles y las costas. Su ilusión era que cada niño tuviese el suyo. Tengo la sensación de que no hicimos nada más en todo el curso.

También aparecen personajes perturbadores. Algunos que ni siquiera he llegado a conocer, pero que en los relatos de mi madre los dibujaba con las vesanias que coleteaban en la rama de los Jiménez. Un tal Vicente, primo segundo o tercero, de ira incontrolada hasta el punto de descerrajarle un tiro al suegro por una desavenencia. Lo “veo” como si me observase desde la distancia oportuna para que no pueda ponerle rostro. Tampoco es que le haga mucho caso, pero ahí se mueve, entre ellos: inquieto y molesto.

Estando mi madre cerca no tengo porque tenerle aprensión.

En Estepa, era asiduo visitante del practicante para coserme alguna descalabradura. Mi madre de lo primero que se aseguraba era de tener a sus hijos vacunados del tétanos. Cuando entraba por la puerta, el buen hombre exclama, ¡otra vez aquí! No sólo curaba, ponía inyecciones y hacía pequeñas cirugías, sino que era compañero de mi padre en la escuela. Nunca me dio clase. Un hombre recto, que imponía con su presencia, dueño de un Renault 8 y padre de dos hijas; una de mi edad, con la que pasaba muchos ratos de juego. Mi esfuerzo por aparentar que no sufría, se debía a que no soportaba la idea de que pensara que el amigo de su hija era un ser debilucho y llorón.

Hoy, sigo siendo el niño de sesenta y tres años que no para de herirse. Que salta y arranca un postigo con la cabeza; un punto de sutura. Juega con sus hermanos, tropieza, cae y se corta la rodilla con el único cristal que hay; tres puntos de sutura. Soy el hombre sexagenario del que la madre piensa que se va a desarmar, que es un peligro para él mismo por lo atrevido y carecer del sentido del riesgo. Un hombre mayor, como aquel niño de energía inagotable, con un cuerpo menudo, esquelético, del que sobresalían las orejas como apéndices a la espera que el resto se emparejase.


Francisco (el mayor), Puri y el autor. (Estepa, 1964)

domingo, 22 de septiembre de 2024

Con solo diez años (Primera parte)

 

De aquel tiempo de niño enfermizo, aún conservo los ramalazos de hipocondría que me asaltan. Con doce años solía ir al médico de familia sólo con el recetario. Aducía que me dolía el pecho, por decirle algo al médico. No padecía de nada. Quizá de falta de peso. El buen doctor cansado de auscultarme me recetó que comiese chorizo. Poca enfermedad era aquella que se curaba con embutidos.

Todo arranca desde unos años antes, cuando vivíamos en Estepa y mi madre padeció una fuerte depresión. Acostada, iba y me tumbaba junto a ella cuando regresaba del colegio. La abuela Pura pasaba el año cuidando de todos los hermanos y llevando la casa. No había forma de que se recuperara hasta que se decidió comprar la casa de Archidona. Mi padre pidió el traslado. Ni que decir que a la abuela era la promotora principal arguyendo que era lo que más convenía para la salud de su hija.

Nos mudamos a Archidona un verano. Tenía diez años recién cumplidos. Mi madre sanó al tiempo. El ambiente de la calle, las vecinas, la familia y sus continuas historias, trifulcas... la rejuveneció. Recuperó su extraordinario desparpajo, energía. De nuevo era la mujer presumida, batalladora y defensora a ultranza de sus seres queridos. Ya no había más pesadumbres que las propias de sacar adelante a una familia numerosa

Para mí las cosas fueran muy distintas. Con solo diez años aquel ambiente que solo conocía de pasar las vacaciones se volvió extraño. Me sentí como un expatriado. El colegio, los maestros, los amigos… echaba de menos todo lo que dejé en Estepa, hasta el punto que enfermé. Gran parte del curso de quinto de E. G. B me lo pasé en la cama, maravillosamente atendido por mi madre y mi abuela. En un dormitorio para mí solo, sin necesidad de ir al colegio. Alimentado con yogures, sesadas y unas ampollas bebibles que mi madre consiguió que una vecina sacase del seguro médico sin que le costase un céntimo. Tanta atención y cuidados me dejó con la sensación equívoca de que estaba yo solo, que no tenía más hermanos, hasta que llegó el día que sané y caí de bruces en la jungla. Adiós a tanto cuidado, adiós a los mimos. Aquel tiempo fui un niño muy feliz, enfermo pero feliz.  

Mi madre aún tenía preocupaciones sobre mi capacidad de existencia en este mundo. En sus conversaciones me dijo que ya había pasado lo malo y si lograba sobrepasar los treinta y tres años no tendría que preocuparme el resto de mi vida. Que llegaría a viejo. ¡Próxima estación: treinta y tres años! El motivo de su desconfianza en mis esperanzas de vida después de verme siempre tan delicado.

En las fotos de aquella época, se ve a mi madre muy guapa: recién salida de la peluquería, vestida estilosa y radiante. Mi padre a su lado está orgulloso y risueño. No éramos ricos ni pobres. Estábamos en la categoría de clase media trabajadora, de familia numerosa con los hijos encarrilados en los estudios. Criados en un ambiente sin prejuicios. La prueba es que los temas de coqueteo, las conversaciones picantes, los relatos donde la seducción con sus dobles sentidos, la presencia del sexo como parte de la vida, se trataba con total naturalidad.

         A aquel talante tan abierto, contribuía también mi abuela Pura. Su viudez siempre estuvo presente en su vestimenta de negro. Viuda desde joven. Madre de cuatro hijos; una hija fallecida a la que portó en brazos desde Málaga a Archidona en el autobús de línea para evitar los engorrosos y costosos trámites del sepelio fuera de su localidad. La vida la había tratado con dureza, demostrando una ejemplar capacidad para sobreponerse a los sufrimientos y penalidades. Tenía un especial talento para disfrutar los pequeños momentos del día a día. Sus hábitos ordenados en pequeños rituales le reportaban paz y plena felicidad. Creyente, su casa estaba repleta de imágenes de santos. Un cuadro del Corazón de Jesús te recibía nada más entrar. Poseía una silla para el rezo. Nunca la vi rezar. Se persignaba, escuchaba misa algunos domingos televisada y aquello era más que suficiente para redimirse de su falta de pecados.

Los abuelos Pura y Manuel.

 Sano, fuerte e hipocondríaco, me incorporé el siguiente curso a la escuela. En mi nuevo colegio, donde mi padre era el director, a mi generación se les enseñaban sin pretensiones los rudimentos básicos para sobrevivir entre adultos a base humillaciones. La sensación es que los maestros veían en los niños de mi generación zopencos a los que había que desbastar. A las muchachas las trataban de manera más suave, nunca como “burras hartas de paja". Aunque también eran presas fáciles cuando salían a la pizarra y se quedaban en blanco. Nadie disfrutaba con el sufrimiento ajeno. ¿Si te pasabas todo el día en el colegio cómo pretendían que el tiempo que te quedaba para vivir lo pasases delante de los libros? Algunos lo hacían. Sobresalían entre el resto con un aura de luz como ángeles. El resto éramos réprobos condenados a prolongar una vida de “apedrea perros”, que era lo que vaticinaban, porque, casi seguro, que a eso nos dedicábamos por las tardes cuando regresábamos del colegio a la vista de nuestro bajo rendimiento.

 

                                                         (Continuará)

Francisco (el mayor), Puri y el autor. (Estepa 1967)

viernes, 13 de septiembre de 2024

Viaje portugués (Final)

 

          


        Creer genera que las experiencias sean reales. El no creer aboca a que algo real deje de existir. Ojalá hubiese vivido nuestro amigo viajero en aquellos tiempos en los que de vuelta podía haber dicho que había visto gentes extrañas en sus viajes; inventarse que tenían un ojo solo y dormían de pie. 

        A él lo que le importa es mantener el espíritu abierto, la mente ensanchada para que cuanto vea pierda la ordinariez y sacar algo de provecho. Le interesa creer en lo positivo de salir a otros lugares porque generará experiencias más vivas. Sus viajes están llenos de realidad; sabe que el mundo es muy semejante en todas partes, y lo agradece porque su nivel de aguantar incomodidades deja mucho que desear. Matices es lo que busca, aunque se lleve decepciones como la que soportó en la "noble y antigua" Bragança al ver el mercado municipal reconvertido en franquicias de comida rápida.

         No debe perder la esperanza. Seguir con el ánimo alto. Creer que el viaje está lleno de sorpresas. Que encontrará  diferencias entre la vida que lleva y la que llevan otros seres por el simple hecho de que los separa una enorme distancia.

             Mejor que hubiera sido viajero en el siglo XIX.

     Aquella sí que fue una época de descubrimientos, de dar con tesoros, pueblos, paisajes… Ahora que todo viene en Internet, que en el lugar más remoto hay un espabilado que está esperando al pardillo para darle un sablazo, qué le van a contar. El viajero del mundo occidental es un elemento más de la sociedad de consumo. ¡Menudo descubrimiento! Como tal, le tienen preparado toda una suerte de productos. Piensa que va a encontrar mundos nuevos porque quiere seguir creyendo que aún los hay, pero no queda un rincón donde al llegar te topes con el tinglado, el montaje para que su experiencia sea "enriquecedora" a la vez que colectiva; uniforme para las masas.

Toca desenmascarar a nuestro amigo de una vez. A otros con ese rollo. ¿Cuándo se creyó el infeliz que era un viajero, si no ha dejado de ser turista? Prueba de ello es como ha echado mano del método luminoso de tragarse de una tacada setecientos kilómetros plantándose en Ayamonte. Allí, junto a unos amigos, ha alquilado un apartamento. El plan es visitar los lugares más pintorescos del Algarbe portugués en excursiones diarias.


                                   

         Lo primero que nota es que si el norte de Portugal aún tiene lugares en los que la gente, el paisaje, los pueblos… conservan las reminiscencias del tiempo que se fue; en el sur, es lo que está acostumbrado a ver. Todo está volcado para el turismo; la inmensa mayoría es española. El pueblo con el castillo, la ría, el café, los comercios, la plaza, lo bien que lo trató la dependiente… le hace suponer que está haciendo algo tan original como si estuviese navegando por el río Congo. Nuestro viajero-turista sabe sacarle partido: al creer en lo positivo del viaje crea una realidad, si no creyese, mejor se hubiese quedado en Málaga. Con el simple hecho de respirar otro aire siente como su experiencia vital se ensancha. 

        Esperar que relate lo que más le gustó de los pueblos del Algarve, sería lo normal. Pero no. Lo que le impresiona, y desea dejar constancia, es la archiconocida voracidad de los humanos. La ambición por transformar los paisajes, las mega construcciones, los campos de golf hechos en la orilla de la ría drenada y como se han alicatado cerros, colinas y valles en aras de un pernicioso egoísmo. Desde su terraza, en mitad de unas fabulosas vistas, ve todo eso. Su atención no deja de encasquillarse en un inmenso mamotreto que se quedó a medio construir en la crisis del dos mil ocho.

         La urbanización donde está el apartamento, más de la mitad, está vacía, cercada y vigilada para evitar robos. Ya se ha producido la migración del verano. Apenas queda gente en los apartamentos. En la piscina, él con sus amigos son los únicos bañistas. La soledad y tranquilidad le reconforta. Por un momento, se entretiene imaginando que el mundo ha padecido una catástrofe y que ha quedado aquí varado, libre del sofocante calor. Que no le quedará más remedio que pasar el resto de su vida bajo este cielo azul donde unas nubes viajeras anuncian que se acerca el cambio de estación.