La asignatura se llamaba por las siglas EATP (Educación Artística Técnico…)
Un compendio de saberes prácticos y teóricos
de la enseñanza profesional que nos no sirvió para nada, pues solo ojeamos el libro, salvo
para sopesar que más allá de los vastos conocimientos que debíamos acaparar en
BUP, se abría un océano de ignotos conocimientos que eran los que realmente
necesitaba el mundo para que no se parase y de los que nos distanciaríamos,
cada vez más, navegando en una balsa de contenidos inútiles.
Tampoco es que diéramos muchas horas de
clase; completas, pocas. El profesor de la asignatura era el director y
aprovechaba el único momento de la semana para vernos las caras y apostrofarnos
acerca de la manada de salvajes que éramos, con razón o sin ella. Su discurso
favorito decía algo así como que individualmente le caíamos bien, pero en grupo
nos convertíamos en detestables, auténticos hijos de madres desconocidas. “Una
pena, porque conozco a vuestros padres y no entiendo cómo habéis salido así”,
decía con una falsa aflicción dejando entrever la clase ínfima de seres que
éramos. Y en eso transcurría casi siempre la clase, mejor dicho, la media
clase, porque incontables veces en pleno apoteosis de regañinas venía el
conserje y le avisaba de que le llamaban con urgencia. Entonces nos dejaba bajo
la amenaza de que aún no había terminado y que esperáramos a ver qué querían de
él. Con mucha astucia se dejaba el paquete de Winston y el encendedor encima de
la mesa del profesor para hacernos creer que no tardaría en regresar. “Ahora
vuelvo. Poneros a estudiar, banda de vagos. A ver qué tripa se le ha roto ahora
al que sea”, decía saliendo por la puerta.
Las primeras veces picamos. Hasta que nos
dimos cuenta que formaba parte de su manera de enseñar y aprovechando la
ocasión, el más valiente rompió el silencio y nada más irse se levantó, asomándose
a la puerta a ver si era un truco y estaba allí agazapado para pillarnos, la
cerró, se subió a la tarima del profesor, cogió el paquete de tabaco,
sirviéndose un pitillo y arrimándole fuego con el encendedor, comenzó, al
tiempo que exhalaba el humo con gran vigor, a imitar al director. “Lo que yo os
digo, sois un asco, unos niñatos de mierda, hijos sin padres; pero
colectivamente aún peor: una manada de viciosos a los que les voy a echar las
muelas abajo a hostias” Pronto, en las
siguientes clases, no faltaron voluntarios para arrendarlo, por lo que se llegó
a establecer un reglamento: todo aquel que saliera a imitarlo tenía derecho a
servirse un cigarro y un comité de compañeras puntuaría quien era el que mejor
lo hacía y el más divertido, mientras, uno permanecía vigilante para dar el
aviso por si aparecía; hecho que nunca ocurrió.
En
el cambio de clase se llegaba el conserje a por el paquete, al que apenas le
quedaban cigarrillos, y el encendedor. Los cogía y nos dedicaba una sonrisa
cómplice.
Las pocas clases que dimos, el libro tenía temas para todos los gustos, lo que nos propuso fue que los "aparcáramos" y comenzáramos abriéndolo por el que según él era el más importante e interesante, y más adelante ya veríamos el resto. Así pues, el día que venía cargado de energía pedagógica porque su reserva de improperios estaba seca, lo dedicaba a explicarnos su monotema que dominaba con profusión: el motor de explosión de un vehículo con sus distintas partes, bielas, válvulas, pistones, tiempos, bujías… Sin llegar a verlo, sin más conocimientos, y sólo imaginando aquello de lo que nos hablaba por los recuerdos que teníamos cuando nos habíamos asomado al capó abierto de un coche y habíamos vito un amasijo de bloques, cables y piezas inextricables, asentíamos como futuros mecánicos en ciernes cuando lo que realmente hacíamos era dormitar con los ojos abiertos, reservando fuerzas y con el deseo de que el conserje nos librara de una vez por todas del aburrido motor y poder desahogarnos de aquella pesadilla de asignaturas y profesorado en la que se había convertido nuestra vida.