sábado, 17 de abril de 2021

Crecer hacia atrás (Parte XI) "La nevada"

 

De niño, en Estepa, la primera vez que vi nevar sentí la misma emoción que el día, pocos años después, cuando desde la carretera de los montes en dirección a Málaga, vi el mar.

Mi padre se había marchado al colegio en plena nevada. Toda la mañana estuvo nevando y no fui al colegio, motivado más en el peso de la decisión que el único calzado de invierno de la marca “Gorila” con las suelas de goma y de cordones, hacía pocos días que los había estrenado y si se empapaban perderían durabilidad. También corría el consiguiente riesgo de resfriarme. Me pasé todo el tiempo mirando ver caer aquellos copos a través de la ventana adormeciendo el paisaje. Saltaba y brincaba de emoción. A ratos salía al patio y cogía un puñado. La sensación era de quemarme las manos. Deseosos de salir a la nieve y hacer el consabido muñeco y arrojarnos bolas, mi madre aquel día se mantuvo vigilante para que no pillásemos una pulmonía, pero como siempre, era cuestión de insistencia para que lográramos que cediese.

Mi padre regresó con el traje arrugado y estuvo justificándose de que se había pasado varias horas en el colegio secándose frente a la estufa porque llegó calado hasta los huesos. Las nubes se fueron despejando y salió un espléndido sol dispuesto a derretir aquel manto blanco de apenas unos centímetros. Nos abrieron la puerta y escapamos a la nieve a correr como elfos. Entregado al juego y a las correrías, los pies mojados y ateridos de frío iban perdiendo la sensibilidad; entonces comenzaron a castañearme los dientes. Fue cuando me entró una risa nerviosa que venía de la quemazón que sentía. 

En casa, mi madre me sentó delante de la catalítica y comenzó a masajearme los pies. –Es porque has estado a pique de que se te congelen-, me dijo.

El resto de la tarde la pasé frotándome los pies y observando desde la ventana a mis amigas, las hijas de los maestros, que salían a jugar vestidas con aquellos gorros de lana, bufandas y guantes. Ninguna de esas prendas teníamos.  

A la mañana siguiente aún quedaba algún rodil de nieve mientras los tejados goteaban las canales. Los zapatos mostraban un aspecto de gurruño inservible, así que me calcé lo que me quedaba por ponerme para ir al colegio:  unos tenis “La Tórtola” de loneta de desvaído color azul y con las suelas ya de por sí enflaquecidas de tanto uso. A los pocos pasos ya estaban mojados. Temeroso de pillar otra congelación, regresé a casa y mi madre consintió que no fuese para evitar males mayores.