sábado, 28 de agosto de 2010

El universo

El universo se está expandiendo. La luz recorre nueve y medio billones de kilómetros al año. Donde acaba la luz, termina el universo observable.


Una salida nocturna el día de mi cumpleaños a la Sierra de Gibalto a contemplar y divagar sobre nuestro firmamento. Vino mi amigo Juande desde Málaga para tan fantástico propósito y a las doce de la noche emprendimos la subida. Con luna llena, apenas nos servían las linternas. A las cuatro estaba de regreso de un paseo de licántropos.

Mi primo dice que nos hemos salvado de morir tiroteados por los de cazadores furtivos que aprovechan las noches de luna llena para hacer recechos a los jabalíes. “Si nos os pegaron un tiro es porque creerían que era la Guardia Civil, el Seprona, por las luces y el poco sigilo. Quién se puede imaginar que son dos majaras haciendo senderismo nocturno. Seguro que a la mañana siguiente más de uno comentó el miedo que pasó al ver a la pareja de la Guardia Civil montaña arriba y que por eso se metió de lleno en un zarzal, para que no lo pillasen cometiendo tan flagrante delito.”

Ya subimos otra vez a la Sierra de Gibalto, pero de día. Aquella vez si nos tirotearon, no a conciencia, sino porque la sierra es todo un coto de caza, y una partida de cazadores disparaban a diestro y siniestro sin saber que un grupo de senderista les espantaba las piezas. El encargado del coto se cruzó con nosotros y nos recomendó que la próxima vez pidiésemos permiso, por nuestro interés.

El caso es que ir a la Sierra de Gibalto, durante el día o de noche con luna llena, a contemplar las increíbles vistas que desde lo alto se ven de toda la comarca, es un peligro: cazadores con permiso o furtivos, da igual; un tiro es un tiro.

Manolo, un amigo que lleva años con el firme propósito de quitarse de fumar cuando terminan unas fiestas, la última la feria del pueblo, ha ido al médico de cabecera a pedirle consejo. El doctor le ha dicho esto:

-La vez que he estado más tiempo sin fumar fueron cinco horas, lo que tardó una conferencia médica.

-No viajo en avión, ya sabes la causa.

-Cuando hago guardia, me planteo fumarme un cigarro cada hora. A las cuatro horas me fumo cuatro cigarros seguidos.


Mi primo el naviero, el que está construyéndose un barco en mitad de la sierra de Archidona, un barco como los barcos que apoyan a los grandes balleneros del Mar del Norte, una nave auxiliar, de siete metros de eslora, con una cabina para el piloto como la de una atracción de un tiovivo, ha descubierto, según nos contó la otra noche, un negocio redondo: las palmeras. Parece ser que alguien le ha hecho ver que la palmera enorme que tiene en la terraza del bar situada a espaldas de la pequeña ermita de Santo Cristo vale tres mil euros. El valor en alza del árbol palmáceo a medida que sus palmas se elevan al cielo lo ha trastornado y ha vislumbrado el negocio del siglo.

-Primo, yo no sabía que valían tanto. Estoy reventado, pues he estado sembrando todo el día los hijuelos de la palmera –me dijo con los ojos brillándole de codicia.

Como persona exigente y de mente preclara, le ha pedido a su compañera que le dé todos los huesos de los dátiles que se coma, con o sin ganas, para aumentar la extensión del palmeral y los pingües beneficios. De salirle bien esta nueva empresa, la Sierra de Archidona, dentro de unas decenas años, tendrá una riqueza árborea comparable a la de un jardín de Elche. Hoy, solo unos esmirriados y enfermos pinos copan la ladera del cerro. “Años atrás -me contó- llegó a las puertas de mi casa un camión cargado de cientos de platones para la repoblación de una gran zona que no tiene ni un árbol. Los descargaron y dos semanas después llegó una compañía de trabajadores para plantarlos, pero aquellos vegetales estaban condenados de antemano, algunos se secaron en los semilleros y yo quise salvarlos regándolos pero el encargado me lo prohibió. No lo entiendo –me dice-, la sensación era de que se perdiesen para acarrear otro camión.” Eran los fondos FEDER, dineros de Europa que se vaciaban a jarrillos con la sensación de que muchos se despilfarraban y a las autoridades les importaba poco. Doce maravillosas especies de árboles que de haber agarrado por todo el cerro habrían conformado un paisaje nuevo. Por lo visto sólo se han salvado unos pocos algarrobos.

La otra noche, en ese alarde que tienen siempre los progenitores de hablarle a los hijos de la escasez en la que vivieron, de que sus tiempos fuero duros, pero más auténticos que los de ahora; mi amigo Juan y yo nos perdimos por los pasajes de la memoria y contamos cómo fue nuestra infancia de austera a diferencia del bienestar con el que se vive ahora. Varios ejemplos: ningún niño de Archidona tenía por aquel entonces una bicicleta; en todo el pueblo, como mucho, había dos balones de cuero; la marca universal de calzado deportivo eran unas zapatillas de lona con una suela de goma que en verano los píes se te picaban y en invierno se te congelaban. Entonces, uno de los jóvenes que nos escuchaban, dijo algo muy significativo: “Cuando tenga vuestra edad, le contaré las mismas batallitas a mis hijos –imitando nuestra afectación- , les diré: mis padres me compraron la Play II cuando ya estaba en el mercado la III, la bicicleta era del de Carrefour, los balones nunca fueron los oficiales de la liga y las zapatillas deportivas eran una marca del Decathlon”.

Estos días está haciendo verdadero calor. Que yo conozca, jamás a finales de agosto el termómetro ha estado por encima de los treinta grados.

¿Qué es un queso? Una agrupación de electrones, de energía. Su sabor, el olor, su textura, no son más que ideas mentales, no existen como entidades concretas. La materia es energía. Nosotros somos energía. Entonces, no nos podemos sorprender del grado de desconocimiento que tenemos de gran cantidad de fenómenos que ocurren a nuestro alrededor donde interviene esa fuerza constitutiva del universo; y no me extraña, porque antes de las vacaciones fui a una sanadora. Me palpó todo el cuerpo con las manos, sintiendo cómo estaban mis órganos. Aparte de algunas cosillas más, me dijo que a un riñón le faltaba energía. Al finalizar de aplicarme su técnica de desbloqueo, me dijo que poco a poco volvería a su normal funcionamiento. En dos años me habré realizado cinco analíticas y pruebas muy puntillosas que deberían haber cantado algo, y siempre dieron resultados normales. Nunca había sentido nada, hasta hace unos días, dos meses después, que empecé a echar arenilla por la orina.

El veinticuatro de agosto fue mi cumpleaños. Paseando con un amigo me encontré a una conocida que iba con su hijo, nos saludamos y me contó que cumplía ese mismo día trece años.
-Hombre –le dije al chaval-, llevo toda la vida queriendo conocer a alguien que haya nacido el mismo día que yo.
La madre, en broma, me dijo que si cumplía también trece.
-No –le contesté-, cumplo veinte más veintinueve, pero te puedo decir un motón de cualidades que tienen los que hemos nacido hoy y con la edad de tu hijo. Tú me dices si acierto o no.
Le enumeré las cualidades que tenemos los nacidos en el veinticuatro de agosto cuando tenemos trece años (contrastadas con la madre que dijo que sí a todas): somos madreros, habilidosos con las manos, observadores, aventureros, reservados…
Mi amigo, harto de tanto autopiropo, me dijo que también dijera algún defecto para ver si coincidíamos.
Le contesté que los defectos son exclusivo patrimonio de los adultos, que muy mal andaríamos si tachásemos a algún niño de trece años de defectuoso, entonces las consecuencias cuando fuese adulto serían imprevisibles.


Un amigo de mi hijo José Manuel se ha comprado un Corvette. "Desde niño -me contó- mi sueño era poseer uno, un icono de una época, un mito". Lo cuida como a un niño pequeño. Cuando lo saca de paseo para desentumecerle los pistones, el coche ronronea como una bestia del Jurásico.

El universo se expande y se sabe porque los telescopios han detectado que en el espectro de luz que emiten las estrellaa, a medida que se observa la misma estrella a más años luz, el azul se mueve hacia el rojo. Cuando se expanda hasta no poder más, implosionará.

lunes, 23 de agosto de 2010

Romerías memorables

El “Pienso, luego existo” de Descartes es una de las mayores patochadas. Eso es lo que nos amarga la existencia, creer que porque pensamos existimos. Pensar se ha vuelto una enfermedad. La mente se ha apoderado de nuestro cuerpo, y son los pensamientos los que nos dirigen, los que con su continuo runrún no dejan de agobiarnos la existencia.

Al final no subí a la romería, yo y un montón de gente más. Me han contado amigos que fueron que apenas había gente en comparación con otros años.

Cuando era niño subir de madrugada a la ermita lo vivías como una maravillosa aventura: la emoción de estar levantado hasta la madrugada, cometerte unos chumbos, los churros de la vuelta, elegir el regalo en la caseta de los turroneros, casi siempre una escopeta que te comprarían si te ponías lo suficientemente pesado. Te acostabas y al poco rato oías la música de una charanga callejera que hacía un pasacalle acompañada siempre por el mismo hombre simplón bailando como un oso, Miguelón. Hoy uno va a regañadientes a la feria y el rostro lo delata. Te dejas llevar por ese río de cosas que se hacen porque sí, que tenían un sentido cuando eras niño porque todo era nuevo, recién estrenado, pero que ahora son una carga repetida y agotadora. Entre huraño y un ser social, uno ha escogido el anodino camino de en medio, el peor, ser escéptico y no creer. Es feria, sí, pero por qué.

Siendo un preadolescente mis padres de mis andanzas sabían por el aspecto con el que regresaba a casa. Gracias a esa gran intuición que tienen nuestros progenitores, les bastaba mirarte para saber qué habías hecho y con quién. Era muy sencillo; que volvía a casa limpio y reluciente, no había hecho nada malo; que regresaba como un pordiosero, en algún lío me había metido; que regresaba más tarde de lo estipulado, entonces se encendían las alarmas de que tenían que actuar de forma contundente antes de que fuera demasiado tarde y me perdiese para siempre. Así que más de una vez, antes de pasar revista, he entrado como una exhalación al cuarto de aseo para quitar las huellas que me delatase de mis correrías.

Por entonces, ya podía subir a la ermita sin su compañía y podía regresar a casa de madrugada con la única condición que lo hiciese vivo. De haber sabido en qué nos entreteníamos un día tan señalado los mismos niños que antes jugábamos en la calle , me hubieran atado con grilletes a la cama.

Una noche de romería hicimos acopio de una botella de ginebra y varias de refresco para el camino y ponernos a la altura del resto de las pandillas de jóvenes. Como todo, aquello era un juego, un juego que imitábamos a ser mayores. Superamos la revalida, algunos con nota, como mi primo Gaspar. No habíamos andado la mitad del camino cuando teníamos todos una descomunal borrachera, el que más mi primo que se puso malísimo y lo tuvimos que arrastrar a su casa. Lo dejamos encima de la cama de matrimonio convertido en una piltrafa. Su madre al ver el regalo no reaccionó hasta que descubrió la mancha de orina, entonces explotó maldiciéndolo, recriminándole lo guarro que era y asestándole golpes para que despertase. El resto asistimos a la escena estupefactos y con el temor seguro de que cuando mi tía terminase con mi primo la emprendería a golpes con sus solidarios amigos, nos escurrimos dejando al desdichado a su suerte. Mi primo dormía la mona del siglo, la prueba es que al día siguiente no se acordaba de nada, ni de cómo cogió la cogorza ni de por qué tenía la cara amoratada.

Otra vez, no me acuerdo del orden, no sé si fue antes o después de la peregrinación alcohólica, es lo de menos, lo interesante es que aquella noche de romería bien podría pasar a la historia como el último asedio que se vivió en el castillo después de que lo conquistasen los cristianos. Marchábamos y antes de llegar a coronar el cerro donde está la ermita hicimos una parada en el recinto amurallado, los restos del antiguo castillo árabe, en el que aún se conserva las barbacanas y torres homenaje, como la de la Puerta del Sol a la que trepamos subiendo por un muro semiderruido y muy peligroso. Nuestra intención era observar desde aquella atalaya a la gente que iba y venía por el camino, el firmamento, charlar amigablemente, pero uno de nosotros portaba una enorme linterna para alumbrarse y en plena oscuridad pronto descubrimos una actividad más emocionante y gratificante. Las mujeres entraban en un pasadizo debajo del torreón que se abría a espaldas del camino a orinar, nunca podían imaginar que por encima de ellas, a una altura de unos diez metros y de sus traseros al aire, había una cuadrilla de muchachos asomando sus cabezas con una enorme linterna esperando que se bajaran las bragas y que tranquilamente se aliviaran. Cuando ya estaba acomodadas, encendíamos el potente foco y veíamos cómo salían corriendo, chillando, con las bragas a medio subir y la meada cortada de la impresión al desconocer de dónde procedía aquella luz. Así estuvimos, espantando meonas y revolcándonos de la risa, hasta que empezaron a volar las primeras piedras sobre nuestras cabezas. Alguien había corrido la voz de que un grupo de gamberros molestaba a las novias y hermanas en sus privacidades. Nuestra salvación fue que podíamos tumbarnos a salvo detrás de un murete que bordeaba la terraza del torreón y esconder la cabeza para que no nos la abrieran de una pedrada. Bajamos cuando se cansaron del asedio. El enemigo se había replegado. Un mensajero nos dijo que se estaban organizando para darnos caza y escarmentarnos. Mientras el resto de las personas subían el camino, entraban en la ermita, le rogaban a la Patrona del pueblo y regresaban a sus casas con la paz del espíritu, unos cuantos lobatones con ganas de diversión, dos o tres años mayores que nosotros, daban batidas para encontrarnos. Así que nos pasamos toda la noche corriendo, abandonados a las risotadas, caídas, con el corazón, a veces, en un puño, escondiéndonos entre los pinos como una cuadrilla de maquis perseguidos por la Guardia Civil, soliviantando a las parejas que se estaban dando el lote en la oscuridad y con una pinta cada vez más zarrapastrosa.


Entre unas cosas y otras, las vacaciones vuelan. Quedan dos semanas para volver a Málaga y mi cuerpo comienza a manifestar los primeros síntomas de rebeldía.


El bar de la golondrina con patas apenas ha hecho negocio esta feria. Se las prometían felices y la clientela le ha dado las espaldas. Me da lástima porque es un matrimonio joven y aunque saben de hostelería lo que yo de micología, tienen mi apoyo. De los cuatro días, dos llovió e hizo frío. Unas tormentas de verano, como eran antes, tiraron los farolillos de papel al suelo, igual que el ánimo de los feriantes. Por la tarde se levantaba una rasca que invitaba a no asomar por la feria. La última noche, a la una de la madrugada, se lanzaron los fuegos artificiales, y al día siguiente hizo un sol radiante y de nuevo calor.


Yo sigo subiendo a la ermita todas las tardes. Siempre encuentro a alguien con quien hago el camino y el recorrido se me hace cortísimo y ameno. Cuando no tengo a nadie, también somos dos los que subimos, mi parlanchina mente y yo. Entonces, hago una cosa, la observo, la dejo hablar, parlotear sin parar, decirme esto o aquello, prevenirme del futuro o recordarme el pasado, advertirme de alguna pequeña molestia que tengo y convertírmela en venidera enfermedad… Me canso de oírla y mi vista se pierde por el paisaje. Ella permanece callada unos instantes, lo que dura mi evasión.

miércoles, 18 de agosto de 2010

La era de las piscinas de aguas cristalinas





Fui con mi hermano y su familia a la alberca de las Lolas.
En la era de las piscinas de aguas artificiales, bañarse en una alberca es un lujo, un viaje en el tiempo a la edad de cuando tenía doce años y en el campo no existía el exacerbado instinto de propiedad cercándolo todo.
A las seis de la tarde y con cuarenta grados, el vehículo no puede seguir el camino, por lo que tenemos que andar un gran trecho polvoriento en plena solanera pasando junto a un aprisco de cabras y ovejas, cruzando un puente sin pretiles y sin la más mínima sombra hasta que alcanzamos la selvática fronda que crece alrededor de la alberca. El recinto presenta ese rústico abandono de los empeños cuyos comienzos están desbordados de proyectos, pero que declinan por agotamiento de las fuerzas o bien porque la ilusión se atasque o por el normal cansancio de todas las empresas humanas o porque te quedas sin dinero. Conserva el flemático abandono que nos habla del ocaso de su época dorada cuando las propietarias lo decoraron con piedras de molino, plantaron una vegetación frondosa y extraña, entre las que se haya un pinsapo de tres metros, se construyó una gran cubierta para dar sombra a una enorme mesa redonda de azulejos y de dos metros de diámetro, rodeada de bancos de mampostería. En un lateral se eleva una gran barbacoa con capacidad para asar un búfalo. Ahora las dueñas le prestan poca atención: cuidan las plantas, quitan los hierbajos y sacan los cadáveres de los pequeños animales que flotan en el agua.

Mis sobrinos están criados en el arrojo y el valor, así que no es de extrañar que mientras cavilaba si meterme en ese caldo primigenio, ellos ya llevaban un rato chapoteando.
Héctor, de tres años, con su lenguaje de gran verbosidad para su edad y a medio construir, hizo todo el camino de mi mano contándome que la tarde antes su padre había sacado un ratón ahogado.
Al llegar, su gran ilusión fue mostrarme el reseco cadáver. Me senté en el borde fijándome en todo lo que flotaba. Mi hermano, por la espalda, me empujó y caí al agua vestido. De no haber sido así, estaría todavía pensándomelo. Para que mi mente no hiciese conjeturas de qué se podía esconder en aquellas aguas abisales, me subía a un murete y me lanzaba haciendo la bomba.
¡Ah, qué felicidad! Volar, caer y tocar con los pies el suelo cubierto de un légamo resbaladizo para volver a impulsarme y salir del agua como un cohete. Un truco de cobardica, la mente la tenía distraída en el trajín de los saltos y no reparaba en lo que podía estar compartiendo al mismo tiempo aquella verdosa y aterciopelada sopa. Cualquier sensación en el cuerpo dentro del agua la amplificaba y la imagen del ahogado ratón bañista no dejaba de agobiarme.

El pueblo se está preparado para la feria. Durante la siesta –siempre en la siesta- han estado descargando sillas, mesas y mostradores exteriores para el bar de la golondrina con patas. Quiere esto decir que piensan montar una barra en la calle para aprovechar el invento de la feria de día. No van a ser días tranquilos.

En la biblioteca, uno de los investigadores del pueblo me mostró un documento del año 1581 cómo un archidonés dejaba en testamento un esclavo morisco.

Sobre las conversaciones en la biblioteca:
“En mi instituto, cuando una alumna quiere irse sin permiso, dice que va a abortar. No nos cabe más remedio que dejarla que se marche. La ley la ampara”
“Leerme el Ulises de Joyce, fue todo un reto. Creo que es lo más heroico que he realizado en mi vida”
“Es increíble que la biblioteca no tenga más dinero para ventiladores”
“Nadie dice que Blas Infante se convirtió al Islam”

Sobre películas:
Good Bay Lenin.
La vida de los otros.

Sobre escándalos del pueblo:
Una separación. En este caso es posible que ella le haya dejado a él por ser un tío tacaño. En mi pueblo hay muchos hombres que son abandonados por sus parejas no por machistas, sino por escatimosos.


Esta noche es la romería al Santuario de la Virgen de Gracia. Tradicionalmente a veces subo y otras no, depende de las ganas.
En casa de mi suegra estamos todos: mis hijos y sus invitados, mi cuñado con su familia y los asiduos. Como la tercera planta está enterrada en polvo debido a la obra, faltan camas.
En casa de mis padres se ha instalado mi hermano Valeriano y su numerosa familia. Llegan, viven, ensucian y se van. Después mi padre encarga que limpien y ordenen la casa, y el ciclo vuelve a empezar.
Volviendo a la romería, diré que todos los años es lo mismo. Al subirse de madrugada los dos kilómetros de empinada cuesta, soy hombre muerto. Hay tres noches al año en las que padezco un sueño terrible: la noche del veinticuatro y treinta y uno de diciembre, y la del catorce de agosto, el día de la romería. Son las tres noches que se supone que uno debe tener el cuerpo para lo que le echen, y yo no sirvo para nada. A raíz de la muerte de mi madre, las dos primeras las he suprimido definitivamente, me dan igual las tradiciones, la familia y las Pascuas. Sólo me queda la romería y pienso cumplir con ella. Dormiré una reparadora siesta y a eso de la doce de la noche, emprenderé la ascensión al cerro y le rogaré a la Virgen por todos.
Este año me detendré en la terraza que tiene mi primo el naviero en mitad de la sierra para prevenir que no me ocurra lo de todos los años que subía con los ojos medio cerrados de sueño y a rastras. Mi plan es tomarme alguna bebida energizante, con alcohol, que despabile y euforice.
Mañana contaré.

lunes, 9 de agosto de 2010

Un astillero en la sierra de Archidona



El viajero que suba caminando a la ermita de la Virgen, puede hacer una parada en una pequeño edificio que hay a mitad de camino, la ermita de Santo Cristo. Puede aprovechar el descanso para refrescarse en la terraza de un bar instalado detrás del edificio mientras contempla las maravillosas vistas de la vega de Archidona con la Peña de los Enamorados al fondo; pero el viajero, sin duda, quedará sorprendido por la presencia de un barco a semejante distancia del mar y al que le falta poco para su botadura.

Este verano, con el atardecer, uno de mis paseos favoritos es subir el cerro y contemplar la puesta de sol. Son cerca de dos kilómetros de empinada cuesta. Suelo hacer la primera parada en Santo Cristo y echarle la vista al pueblo. Es una pequeña ermita con la casa del santero adosada a sus espaldas. Desde hace bastante tiempo es la vivienda de un familiar. La casa, al principio, fue cedida como estudio de pintura a mi tío Manuel. Un hijo suyo, Manolo, que por circunstancias de la vida la necesitó como vivienda para su recién creada familia, se instaló y acometió una reforma de ampliación, pues el espacio era ínfimo. Con el paso del tiempo acotó más terreno como patio y montó un bar con terraza. Ayer, mi primo estaba regando las plantas cuando vio que subía con dos amigos más y nos invitó a tomar algo.
Manolo tuvo un accidente de tráfico del que salió con un collarín y que lució hasta que cobró una indemnización. Invirtió todo el dinero cobrado en el sueño de su vida: poder navegar. Como no le alcanzaba para costearselo, con su definido carácter autodidácta, se puso manos a la obra. El barco lo ha hecho sin ayuda, con planos y su práctica de marinero de sierra, empleando todo el tiempo en soldar y en adquirir piezas de desgüaces: motor, ojos de buey... El diseño, según él, se basa en un tipo de barco que se utiliza en el Mar del Norte como barco de apoyo para la pesca de la ballena, por eso tiene un proa muy alta y con doble casco, para las embestidas de las grandes olas. La sala del timonel da la impresión de ser un poco estrecha, allí no cabe un marinero de pie, a no ser que el patrón vaya sentado o de rodillas. Con una eslora de unos cuatro metros, se da por sabido que no sirve para cargar con una ballena. Han sido unos cuantos años dedicado en cuerpo y alma a su empresa, achicharrándose con la soldaduras. Ahora, permanece encallado sostenido por maderos, como si fuese un motivo de decoración, sin más, a la sombra de unos pinos. Uno se pregunta si ese barco, de llegar a estar terminado, podría navegar; si los someros croquis utilizados en su construcción son fiables; si se han realizado los oportunos cálculos de resistencia de materiales y estructuras. Cuando le pregunté si pensaba terminarlo me contestó que por supuesto y me hizo ese gesto tan universal tipo mudra que menciona el dinero sin nombrarlo. Entonces es preceptivo preguntarle cómo lo va a sacar de allí, ¿volando?
-Qué va, primo. Con una grúa tipo pluma lo sacas. Quizá tenga que talar algunos árboles, pero nada más. También puedo esperar que las aguas suban por el calentamiento del planeta y lleguen hasta aquí.


De la vida errante de mi primo no puede dar cuenta ni él mismo. Ayer, antes de verlo, creía que el actual propietario no era él, pues me han llegado noticias de que el negocio lo había traspasado; seguramente por el método primitivo del apretón de manos, coger el dinero y metérselo en el bolsillo, ya que ni la casa es de su propiedad, ni las obras que ha realizado han contado con los permisos pertinentes, ni las ampliaciones posteriores, ni el bar, amén del barco. Él es un auténtico antisistema, vive de manera única y hace lo que le da la gana. El anterior alcalde quiso doblegarlo al imperio de la ley, con es prurito que le pica a los que ejercen la autoridad en contra de los rebeldes, tampoco es que le cayera muy simpático, así que procuró amargarle la vida echándole a los municipales encima y quién se la amargó fue mi primo a él. Cuando la policía subía a acosarlo, él se defendía en su bastión con la Constitución en la mano y alguna que otra pedrada. No tuvo más remedio que defenderse de semejante atropello y emprender una campaña informativa en todo el pueblo en descrédito del alcalde y del partido que representaba llenando de frases las fachadas. El pintaba de noche, cuando el alcalde estaba en los brazos de Morfeo y por la mañana ya podías leerlas si te dabas prisa, porque más prisa se daban los empleados del Ayuntamiento en taparlas con las escobinas y la cal. Un día, cuando la plaza estaba a rebosar de gente sentada tomando copas, apareció él con varios amigos vestidos de luto, portando un ataúd y simulando un entierro. La gente asistió atónita a la escena, y allí, en mitad del bullicio, mi primo pidió silencio a toda la concurrencia porque iban a proceder a dar sepultura al alcalde y sus bellacas maquinaciones. Leyó un manifiesto en contra de la represión, del abuso de autoridad y demás felonías cometidas por el alcalde y recibió los aplausos de la concurrencia. Aquello fue sonadísimo y mi primo consiguió fama, admiración y un inmenso odio.
Desde el entierro de mi madre no lo he vuelto a ver. Lo vi acercarse con su melena y su barba de náufrago, me abrazó y no dijo nada. Se había vestido de traje, camisa blanca y corbata.

Hace unos días, subiendo a la ermita, cuando ya había pasado por donde está el astillero de mi primo, escuché una voz que me llamaba a grito pelado. Volví la cabeza y vi a un hombre que subía como un poseso la cuesta en ropa deportiva. Por la forma de gritarme, por su paso y por ser quien es, intuí que algo le pasaba. Y vaya que le pasaba.
-Salgo a caminar porque me voy a volver loco –me dijo.
Conozco su historia personal. Trabaja en Málaga. Se levanta a las seis todos los días y regresa a Archidona en torno a las siete de la tarde. Está exasperado de conducir. Apenas duerme y vive amargado, pues ya se siente sin fuerzas para continuar con esa forma de vida que le ha tocado. Que su vida da pena, él da cuenta de ella.
-Yo sé que tú me entiendes. Contigo puedo hablar. Tú no eres como la gente de aquí que le dices lo que te pasa y se ríe en tus narices –me dice compungido.
Empezó a narrarme cuál era su sueño de cómo sería feliz: tener una casa en mitad del campo, viviendo con su familia, cultivando un huerto, con animales… Pero no tengo dinero, todo lo he invertido en una casa aquí en el pueblo. Dejar el trabajo por otro menos esclavizante. Tener tiempo… Poder dormir.
-Los domingos por la noche, cuando veo que tengo que madrugar sabiendo lo que me espera ya toda la semana: el tráfico, el jefe… mi cabeza está a pique de estallar y me invade un estado de ansiedad que me lleva pensar en cosas desagradables –habla de manera atropellada, en parte porque estamos subiendo la cuesta y le falta la respiración- Pienso que las personas que se han suicidado son auténticos héroes, unos valientes.
-No –le contesto-, de valientes nada. Nadie puede juzgarlos, pero de valientes nada. Aquí viene uno a vivir. Estamos programado para desear vivir y es un privilegio y un disfrute poderlo hacer –qué otra cosa le podía decir.
Me acordé de mi promesa de no intervenir en la vida de nadie durante el verano, que quien lo necesitase que leyese libros de autoayuda, pero cómo lo que menos me importan son las promesas que me hago a mí mismo, me la salto y santas pascuas. Así que le dí unos sabios consejos de manual:
-La solución está en ti: nadie viene con un maletín cargado de euros y te lo da para que cumplas tus sueños.
-Tus sueños son una creación de escape a tu también creada infelicidad.
-Detén el discurso que tienes en el cerebro dictándote que eres un desgraciado a todas horas y cámbialo. ¿Cómo? Pues igual que has hecho con el que tienes, hablándote a ti mismo. Lo escribes, me lo enseñas y te diré si te va a servir. Lo repites como un mantra.
Y así estuve hasta que se convenció que todo era cuestión de enfoque.
El hombre me dio la mano para despedirse y me dijo sentirse muy aliviado. Su cara así lo manifestaba, al menos eso me pareció.
Mi primo, que lo conoce, dice que me ha engañado como a un pardillo. Que malgasté mi tiempo con él y me contó algunas excelencias suyas que no vienen al caso pero que no lo dejan muy bien parado.
La mujer de mi primo ha estado varios días con su hija en la costa, bañándose y descansando. Mi primo dice que él es como el indio Jerónimo, capaz de sobrevivir con un cuchillo en medio de la naturaleza, que no necesita a nadie, que él solo se basta. Ha coincidido el regreso de su mujer estando yo en su casa. La primera frase que ha dicho mi primo, después de saludarla y darle la bienvenida, es propia de un indio: “la nevera está vacía”.

viernes, 6 de agosto de 2010

Notas veraniegas


Mi tío me ha dicho que el apartamento lo ha alquilado. Eso quiere decir que la lista de los enseres que me dejó para que se la pasase al ordenador, no sé cuántos días hace ya, debería estar en sus manos, pero no me ha dicho nada. Él es un hombre prudente. Es posible que aún piense que no la he hecho porque he tenido asuntos más importantes.

El saber no ocupar lugar, pero menos ocupa el no saber. Esta sentencia me la dijo el otro día un amigo en contradicción con lo que quería expresarme de verdad: con su edad y teniendo la subsistencia asegurada no pensaba preocuparse de estudiar nada más.

He vuelto a ver la película “El tercer hombre”. Todos los fotogramas son auténticas joyas. La escena del comienzo y el final transcurre en el camino de un cementerio de Viena, con los árboles perdiendo las hojas.

Listado para hoy:
-Renovarme el carnet de conducir, llevo seis meses con él caducado.
-Huir lejos del polvo.

Los albañiles que están haciendo un cuarto de aseo más accesible para ser usado este inverno por mi suegra, han subido a las cámaras a retirar un escayola del techo que se había resquebrajado y han descubierto, para horror de los moradores, que una viga del tejado está partida. Ya empezamos. Lo sabíamos. Cuando en una casa como esta entran para un arreglillo, lo que era para pocos días, termina convirtiéndose en una reforma de varios miles de euros. Que se lo digan a la vecina o al farmacéutico o al abogado o…
Mientras, la tila se hace por barriles para mi suegra.

La casa de mis padres, otra que igual baila. Mi padre llamó por teléfono desde Málaga para decirnos que había una tubería rota y que avisásemos a Paquillo, el albañil de confianza.

Estuve con mis compañeros de senderismo, Juande y José Antonio, en Sierra Nevada y subimos al el Elorrieta, el tercer pico más alto. El sendero había desaparecido debido a los neveros que este extraordinario año de lluvias hace que aún, a finales de julio, persistan. Cruzamos por una empinadísima vereda abierta en la nieve por senderistas con cierto peligro clavando los bastones y cuidando dónde pisábamos. Lo bautizamos como el barranco de la muerte (nos gusta darle un toque de emoción a nuestros paseos), porque cuando te parabas y mirabas dónde caías si resbalabas, de allí te tendría que sacar un helicóptero y no precisamente vivo. Los tres lo salvamos con el corazón en la boca. El caso es que nos cruzamos con un grupo de jóvenes equipados como si fuesen al instituto, con zapatillas deportivas, sin mochilas, sin nada que tuviese que ver con los pertrechos mínimamente necesarios que se suelen llevar cuando uno va a una agreste sierra. Trocharon por nuestro recién bautizado precipicio de la muerte como si fuesen gamos en estampida, tan seguros que les daba igual lo que había en la hondonada del despeñadero, groseros peñascos o mullidos colchones.





Me encontré con una antigua profesora de cuando cursaba el bachiller. Se acordaba perfectamente de mí y me nombró por mi nombre. Después de tantos años y de tantísimos alumnos, me agradó el detalle, a pesar del enorme cargo de conciencia que tengo con ella. Con una extraordinaria capacidad para enseñar, de enorme paciencia, lo único que recuerdo es que me pasé todas sus clases riéndome a mandíbula batiente con el compañero de pupitre. De qué me reía. De todo. Creo que acumulé risotadas para el resto de mi vida. Cuando la clase terminaba yo no me había enterado ni pizca. Aprobé, como tantas cosas, con una nota que no se correspondía con mi minúsculo esfuerzo, inflada más bien por su carácter bondadoso que por los conocimientos que demostré.
Aquel compañero de pupitre padece hoy una extraña enfermedad, según me refirió un amigo común que al verme en ropa de deporte me dijo que así es cómo le gustaba que estuviesen sus amigos, sanos y fuertes. Lo saludé y le contesté que se trataba más de cuestión de imagen que de estado. Me comentó lo que le ocurría a mi compañero de risas: algo andaba trastornándose en su cerebro y estaba de baja laboral, pues le había incapacitado para conducir. ¡Uf!

Que el universo comenzó y que tiene que finalizar es el producto de nuestra construcción sintáctica de las cosas, de cómo nuestra inteligencia entiende que todo es un proceso de nacimiento, desarrollo y fin. Como el universo, la obra en casa de mi suegra se inició y terminó. Como el universo, esta obra no es más que una fluctuación en la variedad de intensidades de lo que no tiene fin; pero al menos, en nuestra observación podemos decir que: ¡La obra ha terminado! Hoy, viernes, con la última cuba de escombro se han marchado los albañiles. La casa está como un patatal. Todos tenemos una pátina blanca del polvo. Mi suegra no deja de manosear la cartilla de sus ahorros viendo cómo han menguado. Lo mejor de todo ha sido que una pequeña rata que se coló por el caño ha sido exterminada, pues no hay nada que te vuelva más paranoico que un bicho de semejante mala calaña.

En Archidona faltan estudios de antropología urbana. Aquí debería venir un antropólogo y estudiar por qué la gente se emborracha tanto. El estudio sería pagado por la Diputación, y el investigador, aparte de coger alguna que otra borrachera de campo, confeccionaría inútiles estadísticas.

lunes, 2 de agosto de 2010

La calle

Hubo una pelea en la puerta del bar de la golondrina con patas. Era lo más previsible cuando a las cuatro de la tarde, en plena canícula y hora de la siesta en toda España, los clientes que desde las doce del mediodía se han quedado pegados a la barra están encendidos como antorchas. Me asomé al balcón, pues la disputa era de tipo dialéctico entre dos hombres que siempre se les ve acodados y con un vaso en la mano. Uno, a grito pelado, le oí decir al otro: con esa cara que tienes, si fueras un cochino, te afeitaba el culo para que caminases para atrás. El otro le contestó con una expresión local: pega un barrigazo, mientras se alejaba, imagino, camino a su casa. Si es que a este bar con esa clientela no se le puede pedir más. Cualquier día se monta un tiroteo y saldrá la calle en las noticias de la televisión. Si me ponen el micrófono por delante diré lo que dice todo el mundo cuando le preguntan por un percance: “Jamás se escuchó una disputa. Los clientes eran normales. Es un local como otro cualquiera. Es increíble que hayan matado a cinco personas”.

Ya dije que mi suegra se había contagiado de la epidemia que corre por la calle de hacer reformas en sus casas. Primero fue el farmacéutico. Hablé con él y me dijo lo arrepentido que estaba pues es la tercera vez que entran los albañiles por la puerta. Primero fue el tejado; luego, la tercera y segunda planta. Ahora, la planta baja donde está instalada farmacia.
-Yo si que empecé la casa por el tejado cuando lo que debería de haber hecho es echarla abajo y hacerla nueva. Que arrepentido estoy –me dijo, mirando con rabia a la casa.
Le sigue la casa de la señora Conchita, colindante con la nuestra. Los albañiles llegaron para hacer unos arreglos. Llevan ya dos meses y han gastado dos camiones de materiales. El abogado, actual propietario de la casa que en su día fue de mis tíos, se ha propuesto acabar con la humedad. Los albañiles, con martillos neumáticos, están echando toda la fachada abajo. Hay otras obras en la misma calle, pero me niego a dar cuenta de ellas. Mi suegra ha dispuesto de hacer un cuarto de aseo para su uso y no tener que subir las escaleras a la primera planta. El maestro de obra nos explicó que sus albañiles trabajan desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde porque el convenio les prohíbe otro horario diferente en verano. Es lógico, se aprovecha el fresco de la mañana, los trabajadores no mueren de calor y nosotros, a las seis y media, cuando el sol aún no ha salido, estamos levantados dispuestos a huir del polvo y del ruido. La suerte es que es una obra menor y en pocos días va a estar despachada, a no ser que nos pase como a la vecina y se complique la cosa. Por cierto, los albañiles de la señora Conchita no se rigen por el mismo convenio que los nuestros, trabajan desde el amanecer hasta que anochece, sábados incluidos, aporreando las paredes colindantes con nuestro dormitorio.


En la imagen podemos observar cómo en casa de la señora Conchita (la nuestra es la de abajo) se arrojan objetos inútiles por el último balcón, concretamente van a tirar un carrito de bebé. Después de decenas de años acumulando trastos ha llegado la hora de tirar algunos. En la panorámica se ven las numerosas obras veraniegas.

Mi tío Miguel, que viene a pasar las vacaciones a un piso que tiene cerca de nuestra casa, me pidió que le pasase al ordenador un listado de objetos que tiene en un apartamento para cuando lo alquile. Con mis deseos de servirle le dije que sí y ahora corro cada vez que lo veo, pues aún no he tocado la lista porque cuando la cojo me sale sarpullido y siempre me monto una excusa para hacerla más adelante –ahora mismo podría estar escribiéndola, y no que ando divagando con el blog-. Ya van ocho días que me la entregó. Son cuatro folios por las dos caras donde se hace una relación tan pormenorizada de lo que contiene el apartamento que no sé cómo le ha faltado poner la cantidad de baldosas con las que está enlosado.
A mi tío no le van los cantamañanas, y yo, que represento para él la imagen de un sobrino servicial y formal, me la estoy ganando. Cuando nos vemos no me dice nada, pero hay silencios muy elocuentes. ¡Ah!, por cierto, dónde he puesto la maldita lista con tanto follón de obra. ¡Cómo se haya perdido, adiós!

Por la noche, Madita y yo salimos a dar un paseo. Solemos ir a visitar a mi primo. La escena suele variar de los siguientes modos acerca de lo que está haciendo el matrimonio cuando llegamos.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo navega en Internet.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo cena.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo despotrica contra alguien.
-Su mujer ve la tele mientras mi primo me dice que me va a pegar dos hostias como escriba mal de él en el blog.

A mi amigo Joaquín le gusta venir a visitarme cuando le apetece. Se desplaza desde Antequera en su moto y caminamos charlando por las calles del pueblo. Para él, Archidona es una ciudad muerta. No tiene vida. Hubo un alcalde, el último del franquismo, que cuando le preguntaban cómo estaba Archidona, se refería: Archidona, Archidona está muerta, moría y matá. Así que esto viene de muy atrás.

Mi padre se ha quedado solo en Málaga. No quiere venir al pueblo, dice que está más cómodo en su piso, con el aire acondicionado y teniéndolo todo a mano. De vez en cuando llama y nos cuenta que está melancólico. Normal, el verano pasado lo pasó con mi madre aquí en su casa. Ahora, permanece cerrada. Ningún hermano mío asoma por ella. Me he dado cuenta que yo procuro también evitarla. Mi subconsciente siempre me ha demostrado que es muy listo, mucho más que mi conciencia, pues sabe trazar un itinerario por donde mi estado emocional no llegue a quebrarse.

Ayer hubo casting. Mi suegra quiere contratar a una mujer que la cuide en el invierno y no tener que venirse con nosotros a Málaga. La comprendo, y es lo mejor, pues yo me quedaría aquí también. Iría a Málaga a trabajar y a mis clases de yoga. Durante todo el día acudieron mujeres para presentarse y negociar las condiciones. Todas extranjeras, todas paraguayas. No sabía que hubiese una colonia tan grande de paraguayos en mi pueblo. Educadas, agradables y vistosas, mi suegra, agotada, a la última le dijo que de ser posible las contrataba a todas, que todas le habían parecido estupendas. Hoy anda agotada, y sin saber por quién se va a decidir. Yo no puedo opinar porque incluiría un sesgo como hombre nada conveniente. Mi mujer me observó cuando ella estaba conversando con una y dice que la miré de arriba abajo. Le expliqué, para que aprendiese algo más de los hombres, que cuando miramos de esa manera no es que nos seduzca, sino todo lo contrario, miramos porque algo no nos encaja; así, cuando no miramos, es cuando verdaderamente miramos porque nos atrae. Total, un embrollo verbal que no acabó de creerse.

Y ahora, en lugar de confeccionarle la lista del apartamento a mi tío, para despejarme, me iré a caminar.