Estuvimos todos los hermanos y mi padre en la notaría para el testamento de mi madre. Mientras el notario daba lectura, escuchábamos serios, pues no deja de ser penoso que para beneficiarte de algo una persona ya no esté, a pesar de que nuestro rostro delataba cierto orgullo por haber tenido unos padres tan ahorrativos y que todas sus privaciones reviertan ahora sobre sus hijos. Después de oír lo que se testaba, mi hermano Valeriano me dijo: “Me apetece subirme a la mesa y ponerme a cantar bailando si yo fuera rico”.
Cuando terminamos nos fuimos a reponer fuerzas a la terraza de un bar. Pedimos unas tapas. Llegó el rumano con el acordeón y mi hermano Valeriano le pidió que tocase “si yo fuera rico”, y accedió gustoso. Valeriano, ni corto ni perezoso, se puso a danzar entre las mesas. Mi padre preguntaba a qué venía todo esto. La verdad es que no lo sabíamos bien. Quizás fuese mi madre la que estuviese detrás de nosotros alterando el curso de los actos serios para colocarlos en el punto que tiene que tener todo en la vida: convertirlos en un feliz sueño.
Terminamos todo por reírnos y el rumano feliz con su propina.
Se acerca el mes de junio, y al igual que los perros olfatean a la presa, yo venteo el horizonte de mi pueblo.
Cuando terminamos nos fuimos a reponer fuerzas a la terraza de un bar. Pedimos unas tapas. Llegó el rumano con el acordeón y mi hermano Valeriano le pidió que tocase “si yo fuera rico”, y accedió gustoso. Valeriano, ni corto ni perezoso, se puso a danzar entre las mesas. Mi padre preguntaba a qué venía todo esto. La verdad es que no lo sabíamos bien. Quizás fuese mi madre la que estuviese detrás de nosotros alterando el curso de los actos serios para colocarlos en el punto que tiene que tener todo en la vida: convertirlos en un feliz sueño.
Terminamos todo por reírnos y el rumano feliz con su propina.
Se acerca el mes de junio, y al igual que los perros olfatean a la presa, yo venteo el horizonte de mi pueblo.
Mis propósitos para este verano son muy loables: escribiré hasta cansarme, pasearé hasta la extenuación, conversaré con mis amigos hasta hartarlos…
Otros propósitos loables pero que requieren un gran sacrificio:
Arreglar las sillas para el apartamento y así ahorrarme comprarlas en el Ikea. Han sido un regalo del profesor de yoga. Hasta las vacaciones permanecerán amontonadas en la casa de mi suegra.
Indicios para saber que se avecinaba la crisis:
El albañil que me reformó el cuarto de baño, en plena burbuja zapatera, me hizo una chapuza digna de una choza. Lo único que quería era cobrar cuanto antes, pues le urgía irse a relajarse a un spas con su señora. ¡Ojalá se hubiera ahogado en el jacuzzi!
Mi primo, con toda su ilusión y con la indemnización que le dieron a raíz de un tiro que le pegaron en el talón del pie y que le permitió librarse de seguir ganándose el sustento en un trabajo de esclavos, comenzó su proyecto en el que tanto había soñado: reformar su perrera en un centro bien acondicionado de cría de perros de caza. Hizo notables reformas: de seis perreras pasó a diez, al año siguiente ya podía atender cincuenta, y en plena cima económica, el doble. Un día me dijo, o se va Zapatero o tengo que empezar a comerme los perros.
La golondrina con piernas, dueño del bar de enfrente de la casa de mi suegra, se jubiló y el bar cambió de dueño. Las consumiciones se volvieron caras e incomestibles; da igual el orden.
El bar de la casa de enfrente ha vuelto a ser arrendado; lo ha alquilado una familia que quiere probar en el mundo de la hostelería. Le han dado otro enfoque al negocio. De local donde se tapeaba bien y se podía charlar, ahora se practica el cante. Es durante la siesta cuando los borrachos se desgañitan cantando. La especialidad de la casa se ha convertido en el grito pelado, atrayendo a una colosal clientela cantarina, vocinglera y de erráticas costumbres.
Mi suegra considera que es mejor así, pues un local abierto le da vida a la calle.
Desviarse del tema es un oxímoron.
Frases antológicas.
“Yo hago ventanas, no magdalenas” (Antonio Montero, herrero y especialista en carpintería del aluminio)
“No soy capaz de pegarle un tiro ni a un cura en un motón de cal” (Mi primo, cazador, con un tratamiento fortísimo para la hernia discal que le adormece el dolor y le nubla la puntería)
“Cuando me peleo con mi marido, en vez de castigarlo sin sexo le obligo a que cumpla el doble. Ese es el castigo que le impongo” (La Elo, mujer de mi amigo Alonso, que tamibén padece de prostatitis, como yo)
Otros propósitos loables pero que requieren un gran sacrificio:
Arreglar las sillas para el apartamento y así ahorrarme comprarlas en el Ikea. Han sido un regalo del profesor de yoga. Hasta las vacaciones permanecerán amontonadas en la casa de mi suegra.
Indicios para saber que se avecinaba la crisis:
El albañil que me reformó el cuarto de baño, en plena burbuja zapatera, me hizo una chapuza digna de una choza. Lo único que quería era cobrar cuanto antes, pues le urgía irse a relajarse a un spas con su señora. ¡Ojalá se hubiera ahogado en el jacuzzi!
Mi primo, con toda su ilusión y con la indemnización que le dieron a raíz de un tiro que le pegaron en el talón del pie y que le permitió librarse de seguir ganándose el sustento en un trabajo de esclavos, comenzó su proyecto en el que tanto había soñado: reformar su perrera en un centro bien acondicionado de cría de perros de caza. Hizo notables reformas: de seis perreras pasó a diez, al año siguiente ya podía atender cincuenta, y en plena cima económica, el doble. Un día me dijo, o se va Zapatero o tengo que empezar a comerme los perros.
La golondrina con piernas, dueño del bar de enfrente de la casa de mi suegra, se jubiló y el bar cambió de dueño. Las consumiciones se volvieron caras e incomestibles; da igual el orden.
El bar de la casa de enfrente ha vuelto a ser arrendado; lo ha alquilado una familia que quiere probar en el mundo de la hostelería. Le han dado otro enfoque al negocio. De local donde se tapeaba bien y se podía charlar, ahora se practica el cante. Es durante la siesta cuando los borrachos se desgañitan cantando. La especialidad de la casa se ha convertido en el grito pelado, atrayendo a una colosal clientela cantarina, vocinglera y de erráticas costumbres.
Mi suegra considera que es mejor así, pues un local abierto le da vida a la calle.
Desviarse del tema es un oxímoron.
Frases antológicas.
“Yo hago ventanas, no magdalenas” (Antonio Montero, herrero y especialista en carpintería del aluminio)
“No soy capaz de pegarle un tiro ni a un cura en un motón de cal” (Mi primo, cazador, con un tratamiento fortísimo para la hernia discal que le adormece el dolor y le nubla la puntería)
“Cuando me peleo con mi marido, en vez de castigarlo sin sexo le obligo a que cumpla el doble. Ese es el castigo que le impongo” (La Elo, mujer de mi amigo Alonso, que tamibén padece de prostatitis, como yo)
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