sábado, 12 de diciembre de 2020

Crecer hacia atrás (Parte III)

 

             Muy de mañana, mi padre ya llevaría un buen rato en el colegio. De mis dos opciones de ir al colegio: caminando por el filo de la tapia o por el borde de la carretera nacional, había escogido la segunda, más sensata y no menos peligrosa para un niño de tercero de EGB.

Subía la cuesta y estaba dispuesto a entrar al recinto escolar cuando me quedé remoloneando entre un grupo de alumnos mayores, todos de mi padre, que ese día estaban planeando no entrar y hacer la rabona. Me uní a ellos no porque tuviera ganas ni porque en el colegio me lo pasara mal, simplemente por cierto magnetismo al pandillaje. El líder era mi amigo Mancha, el carbonero, que apenas ya iba al colegio porque tenía que ayudar en el negocio de vender carbón. La madre, viuda con siete hijos, preconizaba el futuro tan negro que le esperaba si se volvía un analfabeto obligándolo a asistir con una intermitencia que de nada servía, pues Mancha, autodidacta callejero, la mayoría de los días torcía el camino en el último momento en el parecía que se dirigía diligentemente al colegio y ponía una muesca más en su bastón de ignorante irredento.

Amparado por mi amigo logré que me admitieran en el grupo malhechor. Ni siquiera se me pasó por la cabeza pensar que mi padre me echaría de menos, o que el maestro, don Andrés, preguntaría por mí. Desconocía cómo se podía organizar una escapada, hacer novillos. Me pegué a mi amigo que tramaba en voz baja. Sólo entendí que había que esperar agazapados tras el muro de entrada a que los niños cantaran el himno para huir. Despertaríamos sospechas si alguien viese a una tropa de zangolotinos escamoteándose de la escuela, así que nos escabulliríamos calle abajo, cruzaríamos la carretera nacional, que era la frontera entre el pueblo y el campo, la línea que nos separaba del sometimiento y la anhelada libertad, hasta llegar a los andurriales donde ocultarnos de nuestra deserción.

                Nos asentamos en mitad de un sembrado de trigo aplastando la siembra, sentándonos en círculo como si fuésemos una tribu de indios. El objetivo era perder la mañana y no hacer nada; cosa fácil de lograr. Mancha sacó un paquete de tabaco y repartió un pitillo a todos, salvo a mí. “Tú no, que luego te huele tu madre y te chivatas”, me dijo. Quedaban tres horas por cubrir de jornada extraescolar. Me habían excluido de fumar porque no soportaría un interrogatorio de novel fumador y porque los delataría, lo más seguro. Mancha, implacable conversador, mientras exhalaba el humo, comenzó a contar una de sus historias.

-Ya tengo más datos del amigo encerrado en la cueva de Garabato- dijo y añadió esperando que alguno le preguntara.

Nadie le preguntó temiendo la que se avecinaba.

-Es Fumanchú -y continuó - Por lo visto estaba de tratos con él. Robaba a las extranjeras en Sevilla, las engatusaba y cuando se dejaban, él les limpiaba el dinero y las joyas.

Iba a continuar con su disertación cuando uno le espetó -Pero si a Fumanchú lo veo todos los domingos en la puerta del cine cogiendo las entradas.

Mancha, molesto por la interrupción, se quiso imponer subiendo el tono de voz y con aspavientos, señalándose el brazo, gritó -Ese es su hermano gemelo, que estás tonto, o no te has dado cuenta que no tiene los tatuajes en el brazo de cuando se fue a la legión porque lo buscaba la Guardia Civil. El auténtico, al que tiene en la mazmorra del castillo que se llega desde la cueva de Garabato, es el legionario y ya se va a quedar como esos esqueletos que sale en los libros. Lo más seguro que Garabato lo haya matado ya de hambre atado con cadenas y pesas en los pies.

Después cayo en un silencio de meditación y con la mirada perdida en sus cavilaciones propuso -Debemos ir a rescatarlo.

A partir de ahí, la controversia y las bromas de cómo íbamos a liberarlo se alzaron en una algarabía de risas y voces quedando en suspenso por la sobrecarga de propuestas y disparates para otro momento.

Y yo encantado.

            Aquella mañana provechosa llegó a su fin y todos no esparcimos como gorriones de campo en busca de nuestra casa. Era la hora del almuerzo.

             Se repetía la escena. Mi madre nos llenaba el plato uno a uno a todos los hermanos, mientras mi padre no reparaba en la existencia de ninguno porque como casi siempre estaba con la mente puesta en los asuntos del colegio, a no ser que alguno masticara haciendo ruido, entonces no lo soportaba. Y allí estaba yo, rumiando en un silencio espeso. Mi padre levantó la cabeza del plato, mirándome. Lo que yo hubiese hecho esa jornada, daba igual, pero que masticase como un herbívoro, lo sacaba de sus casillas.

           ¿O se estaría preguntando si se le habría pasado escolarizarme?

 

 

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