Los héroes del día. Primera parte de Rosas de Abril.
Me vestí con las prendas que estrenaba para causar una buena impresión, según mi madre, un pantalón vaquero, una camisa blanca y jersey. Las botas
camperas “Valverde del Camino”, que aún estaban a medio domar, me daban un
toque indócil que desapareció en cuanto me mezclé con el resto de compañeros
para la ceremonia de apertura del curso del instituto.
La masa de alumnado novato nos fuimos acumulando a la
entrada como borregos a las puertas del redil. Se nos distinguía especialmente
porque portábamos un cuaderno y bolígrafo, íbamos vestidos de invitados a un
bautizo y los rostros contenían una expresión de pavor adornados de una sonrisa
petrificada. Los veteranos nos rondaban como leones a una manada de cebras. Los
veías reírse y señalarnos. Circulaban comentarios que nos ponían la piel de
gallina de las cosas que pensaban hacernos. Lo ideal era no perderse del grupo,
de la seguridad de estar apiñados y moviéndonos como un cardumen de peces en
mitad del frío océano.
A una señal del conserje entramos y nos dirigieron al salón
de actos. La sensación cuando crucé las puertas fue parecida a la que Alicia
tendría al adentrarse en el espejo y caer dentro del pozo. Allí iba a tener
lugar el solemne acto de inauguración del curso académico. Por una ley de la
gravedad, la misma que hace que las partículas en un fluido se sitúen en
diferentes planos, los de primer curso nos colocamos en las primeras filas
prestos a oír al director, el cual dio la bienvenida a toda la concurrencia y en
su pacato discurso entendí como vaticinaba un periplo largo y tortuoso, lleno
de sufrimientos, incertidumbres y humillaciones para los malos estudiantes a
los que más temprano que tarde irían a la calle convertidos en desechos de la
sociedad, auténticos fracasados. Se refirió también al problema que habíamos
planteado a la dirección los de primero al provocar por puro capricho nuestro
un exceso de peticionarios de ciencias en lugar de letras, yo entre ellos. La
culpa era nuestra, nos dijo, y nos amenazó veladamente al declarar que a más
alumnado en ciencias más exigente se volvería el profesorado y difícil sería
aprobar, así que estábamos a tiempo de cambiarnos a lo que presumiblemente era
un bachiller de letras más llevadero antes de que se nos atragantaran las
matemáticas, física, química y otras asignaturas tortuosas. Al final del acto podríamos
desapuntarnos a los que nos daba igual. Mientras, desde el fondo del salón no
paraban de llegar risotadas y voces por lo que le pidió al conserje que fuera
para allá y que señalara quiénes eran los que estaban de pitorreo. Se dirigió a
ellos, a los de las últimas filas, los veteranos, pidiéndoles que prestaran
mucha atención, porque su paciencia tenía un límite y este curso pensaba ser
menos transigente con algunos que merecían estar en un reformatorio. Los
novatos escuchábamos pasmados. De vez en cuando una bola de papel nos pegaba en
la cabeza y lo más que hacíamos era agacharla en el cuello como las tortugas. La
voz cavernosa del director se sobreponía al murmullo tratándolos de
indeseables, cambiando de registro para decir que de los nuevos esperaba más, que
fuésemos mejores, más responsables y correctos. Una voz se elevó del fondo y gritó
“niñatos”. El acto tocó a su fin. Los de primer curso debíamos esperarnos para
recomponer la lista excesiva de solicitantes de ciencias y los pocos de letras.
No me lo pensé y me cambié a letras.
Al salir, presagiamos lo peor. Un gran corro de estudiantes
se había colocado arremolinados en la salida. Los veteranos, cada uno portando
una cachiporra hecha con un periódico, habían formado un pasillo. Esperaban
divertirse a costa nuestra. Las chicas estaban eximidas. No tuvimos más remido
que lanzarnos cubriéndonos con los cuadernos mientras éramos golpeados por todo
el cuerpo. Ahí no terminó la cosa cuando ya creíamos que estábamos
“bautizados”, que era como llamaban a las vejaciones, corrió la voz que
patrullas de veteranos iban a la caza de los más infortunados para darles
“maculillos”. Te agarraban cogiéndote entre varios de los brazos y de las
piernas y buscaban la esquina de un edificio, póster o árbol, para golpearte al
tiempo que espectadores y verdugos coreaban el número de veces.
Ya estaba bien. Escondí el cuaderno debajo del jersey y me marché con el corazón en un puño para que pareciera que no tenía nada que ver con aquellas razias de las que me sería imposible huir con mis botas camperas. Escurriéndome por las callejas como una sombra llegué a casa. Había comenzado el BUP.
Aquellos tiempos de las novatadas...
ResponderEliminarAl final ese miedo te hacia más fuerte!!
Pero se pasaba mal en el momento, hoy en cambio, la violencia es más sutil y psicólogica entre adolescentes,las redes sociales...
Creo que hoy el daño psicológico que se infringe tiene consecuencias más graves que las novatadas de antaño...
Una opinión 😊😊
Estoy de acuerdo
Eliminar