Las vocaciones apuntaban ya sus
formas en el grupo de primero de BUP. Los que lo tenían más claro era los que
querían ser periodistas, y terminaron siéndolo. El resto conservábamos
aprensivas dudas de si seríamos capaces algún día de salir de aquellas paredes
por nuestros méritos, así que para qué íbamos a preocuparnos de lo que nos
depararía el futuro.
Recuerdo como el tiempo se
eternizaba en las aulas. Los exámenes entraban en torrente y cuando menos lo
pensabas llevabas un retraso para ponerte al día insoportable que te mantenía
en un estado de alerta, en una agonía que iba calándote gota a gota como un
grifo averiado. El profesorado a veces comprensivo, como alguien que al salir
de misa, henchido de gracia por tener a su cargo un grupo que salvaba su
crédito de buen magisterio, sobrado de caridad, como si le diese al pobre
de la puerta una limosna, gastaba con nosotros aquellos restos de benevolencia "sacándonos a la pizarra" para preguntarnos,
pensando que aquel día nos sabríamos el tema, y le devolvíamos las
gracias con cara de trapacera pena, mostrándole nuestros muñones de ignorancia
y poca dedicación, de abulia y cinismo, de hipocresía y flojera mental,
justificándonos que ese día por mil avatares no nos lo sabíamos, desesperándolo
y notando como su cara se transformaba en ira al comprobar que de nada servía su
caridad, que para qué ayudarnos, si al final nos íbamos a comportar como aquel pobre
sentado en el escalón de la iglesia gastándose el limosneo en corrosivo vino.
Pasaban los días, encerrados
entre aquellas paredes, mirando el horario y temblando porque la asignatura siguiente era la
yuxtaposición de estar encadenado con un mazo partiendo piedras. Esperando el
timbre que diera fin a aquel suplicio, veías las estaciones perderse por los
grandes ventanales: el invierno con sus dulces lluvias y frescos vientos, la
calidez de la primavera con el revoloteo de una pajarería en celo, la luz
cálida sobre los tejados del pueblo donde arrullaban las palomas libres, las
voces de la gente, los megáfonos de los automóviles de venta ambulante… De pronto, un silencio presagiaba lo peor: el profesor acaba de entrar con mal gesto.
Las tardes las consumías en el paseo del
pueblo, tonteando con las compañeras que iban a la zaga de un historial
académico penoso. Llegabas a casa con la sensación de que deberías poseer una
máquina del tiempo que te permitiera volver al comienzo del curso con el
propósito de no perderte ni un solo día de apuntes, de repasos, de llevar los
ejercicios al día, de atender, preguntar y evitar agachar la cabeza y
mimetizarte con el aire para que el profesorado no te dirigiera ninguna
pregunta. Entonces serías sumamente feliz, tal como hacían los compañeros
estudiosos, y te librarías de aquellas jornadas inagotables de horas fingiendo
y disimulando, con el corazón destrozado, viviendo una agonía que te gastaban
las energías perdiéndote en laberintos mentales, en otra
dimensión del espacio tiempo mientras el profesor explicaba y el resto, salvo tú,
atendía.
Si había alguna máquina cerca,
era la maquinaria de los reproches directos al principio y disimulados por
agotamiento más delante de tus padres. Veteranos en criar hijos, sabían de mis
pasos sólo con mirarme a la cara. Aquella torreta de libros encima de mi mesa de estudio, junto al flexo, que los barajaba según tocaban en clase al día
siguiente y que devolvía a su larvado estado, señalaban la cantidad de horas que debía
dedicarle frente a las largas ausencias desaparecido. Entrar a la habitación y
verlos, era igual que mirar una montaña a la que se enfrenta un solo hombre con
un pico para excavarla. Terminé por colocarlos en una pequeña mesita junto a mí, ocultándolos
en la misma penumbra que escondía a mis padres cómo me iba en el instituto.
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