viernes, 17 de septiembre de 2021

Rosas de abril. III Parte. "Los lados del polígono"

 

Las vocaciones apuntaban ya sus formas en el grupo de primero de BUP. Los que lo tenían más claro era los que querían ser periodistas, y terminaron siéndolo. El resto conservábamos aprensivas dudas de si seríamos capaces algún día de salir de aquellas paredes por nuestros méritos, así que para qué íbamos a preocuparnos de lo que nos depararía el futuro.

Recuerdo como el tiempo se eternizaba en las aulas. Los exámenes entraban en torrente y cuando menos lo pensabas llevabas un retraso para ponerte al día insoportable que te mantenía en un estado de alerta, en una agonía que iba calándote gota a gota como un grifo averiado. El profesorado a veces comprensivo, como alguien que al salir de misa, henchido de gracia por tener a su cargo un grupo que salvaba su crédito de buen magisterio, sobrado de caridad, como si le diese al pobre de la puerta una limosna, gastaba con nosotros aquellos restos de benevolencia "sacándonos a la pizarra" para preguntarnos, pensando que aquel día nos sabríamos el tema, y le devolvíamos las gracias con cara de trapacera pena, mostrándole nuestros muñones de ignorancia y poca dedicación, de abulia y cinismo, de hipocresía y flojera mental, justificándonos que ese día por mil avatares no nos lo sabíamos, desesperándolo y notando como su cara se transformaba en ira al comprobar que de nada servía su caridad, que para qué ayudarnos, si al final nos íbamos a comportar como aquel pobre sentado en el escalón de la iglesia gastándose el limosneo en corrosivo vino.

Pasaban los días, encerrados entre aquellas paredes, mirando el horario y temblando porque la asignatura siguiente era la yuxtaposición de estar encadenado con un mazo partiendo piedras. Esperando el timbre que diera fin a aquel suplicio, veías las estaciones perderse por los grandes ventanales: el invierno con sus dulces lluvias y frescos vientos, la calidez de la primavera con el revoloteo de una pajarería en celo, la luz cálida sobre los tejados del pueblo donde arrullaban las palomas libres, las voces de la gente, los megáfonos de los automóviles de venta ambulante…  De pronto, un silencio presagiaba lo peor: el profesor acaba de entrar con mal gesto. 

Las tardes las consumías en el paseo del pueblo, tonteando con las compañeras que iban a la zaga de un historial académico penoso. Llegabas a casa con la sensación de que deberías poseer una máquina del tiempo que te permitiera volver al comienzo del curso con el propósito de no perderte ni un solo día de apuntes, de repasos, de llevar los ejercicios al día, de atender, preguntar y evitar agachar la cabeza y mimetizarte con el aire para que el profesorado no te dirigiera ninguna pregunta. Entonces serías sumamente feliz, tal como hacían los compañeros estudiosos, y te librarías de aquellas jornadas inagotables de horas fingiendo y disimulando, con el corazón destrozado, viviendo una agonía que te gastaban las energías perdiéndote en  laberintos mentales, en otra dimensión del espacio tiempo mientras el profesor explicaba y el resto, salvo tú, atendía.

Si había alguna máquina cerca, era la maquinaria de los reproches directos al principio y disimulados por agotamiento más delante de tus padres. Veteranos en criar hijos, sabían de mis pasos sólo con mirarme a la cara. Aquella torreta de libros encima de mi mesa de estudio, junto al flexo, que los barajaba según tocaban en clase al día siguiente y que devolvía a su larvado estado, señalaban la cantidad de horas que debía dedicarle frente a las largas ausencias desaparecido. Entrar a la habitación y verlos, era igual que mirar una montaña a la que se enfrenta un solo hombre con un pico para excavarla. Terminé por colocarlos en una pequeña mesita junto a mí, ocultándolos en la misma penumbra que escondía a mis padres cómo me iba en el instituto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario