viernes, 8 de octubre de 2021

Rosas de abril. V Parte "Todo quedará atrás"

 

            Un camello decapitado con unas alforjas y un hueco en las jorobas donde se introduce un mechero: un camello encendedor, de unos quince centímetros de altura, con la cabeza y parte del cuello partidas, es el recuerdo del profesor de religión. Un cura de sotana, hombre afable y paciente, con un magisterio de homilía y una bonhomía que desperdiciaba entre tantos adolescentes a los que su didáctica y evangelio solo les servía para polemizar, cuestionándole todos los misterios religiosos, “que qué hicieron Adán y Eva en el paraíso para enfadar a Dios” “que por qué los curas no se casan” “que por qué había que llegar virgen al matrimonio”. Hablase de lo que hablase, siempre conducíamos la clase a aquellas polémicas para reírnos y de reojo observar con concupiscentes miradas a las chicas.

            El camello me lo dio para que se lo arreglara. No sé cómo le llegó a él la información que tenía buenas manos para reparar objetos. Me encomendó la tarea advirtiéndome de su importancia pues era un recuerdo al que le tenía especial aprecio. “Sí, le prometí. Tenía fácil solución. Como el camello estaba hueco se trataba de introducirle un vástago que uniera la cabeza con el resto y taparlo con escayola y pintarlo” El hombre admirado de mi capacidad teorizante de arreglarlo me lo dio con una bendita confianza. Hice un solo intento de arreglo. Le coloqué un trozo de madera corto encajándole las partes separadas. Cogí un pegamento y le vacié una buena cantidad. El adhesivo corroyó el material que debía ser algún tipo de plástico duro que imitaba el metal. Rápidamente lo limpié antes que el daño fuera mayor y lo dejé en la repisa junto a otras figuras decorativas avisando a mi madre de por qué estaba aquel maltrecho objeto allí.

            El buen sacerdote iba a ir perdiendo la confianza en recuperarlo a medida que me preguntaba cuando me pillaba desprevenido que para cuándo estaría el arreglo. Le contestaba siempre que estaba ya en fase de devolvérselo. Entonces llegaba a casa y contemplaba el estropicio. Tan fácil no era. Aquello sólo se arreglaría chapuceramente, y yo no era ningún chapuzas. Con la imaginación veía cómo quedaría un trabajo bien terminado, pero era incapaz de ponerme manos a la obra. Maldita sea. ¿Acaso no iba a ser capaz? Prometiéndome que le metería mano y que en cuestión de poco tiempo volvería a su dueño, fue pasando el curso entre meditaciones y angustias. El profesor me suplicó que se lo devolviese, que me liberaba de la empresa. Le mentí y le dije que ya estaba casi terminado. En su mirada relampagueó el brillo de la ilusión cuando alguien cree que le hablan desde el noble corazón.

            El profesor tuvo una idea acogida con enorme ilusión por todos. La clase iría a la ermita a rendirle culto a la Virgen, rezar y hacerle una ofrenda, un pergamino del que me encargué en copiar un texto y adornarlo. Una excursión campestre que nos libraría de dar clase por la tarde. Como estaba en aquel empeño, el hombre no me atosigó con el camello y al ver que respondí con el trabajo y quedar satisfecho por el resultado, sentí como aún la planta marchita de su deseo tuvo un brote de esperanza de que recobraría su ansiado objeto. Gracias a Dios se jubiló el siguiente curso.

            El colmo es que mientras viví en casa de mis padres la figura se interponía en mi camino como una pesadilla y me la quitaba cuando me mentía a mí mismo de que en cualquier momento la dejaría nueva y se la llevaría a su domicilio. Se la daría, cuándo, ¿después de dos, tres… años?  Imaginaba cómo me miraría. La decepción con que la cogería reprobándome haberle privado tanto tiempo de su querido camello encendedor. Definitivamente, era mejor olvidarla.

            Cuarenta y siete años después, ya mis padres no están. En la casa familiar la huella del descuido de todos los hermanos sigue acumulándose en el polvo, desconchones, maderas rotas… Hay grietas que piden una rápida reparación. La misma desidia que tuve por el camello del que solo he encontrado el cuerpo. La cabeza anda perdida.

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