miércoles, 15 de diciembre de 2021

Rosas de abril VII "El subversivo"

 

            Los últimos rescoldos del régimen, antes de la llegada de la democracia, se apagaban en la asignatura de Formación del Espíritu Nacional de primero de BUP. A punto de extinguirse, como se extinguió el trilobites, el profesor intentaba por todos los medios aleccionarnos con los dogmas de la falange, de las bonanzas de aquella ideología que se había impuesto por la fuerza y que, según él, había traído tanta paz y prosperidad a los españoles. En fin, qué otra cosa podía decir el hombre.

Para hacernos una idea objetiva del ambiente estudiantil, decir que éramos una generación idealista; en aquella época se consumían los ideales como ahora las zapatillas deportivas. La avanzadilla de todos los cambios que vendrían a los que ya no se le podía imponer por la fuerza las ideas porque habían aprendido a preguntar y cuestionar lo que nunca fue opinable. A los adolescentes no les gusta el mundo que les toca. En aquella época para cambiarlo existía un abanico de corrientes socio políticas que voceaban en nuestras cabecitas que estaban limpias, bien conservadas y dadas a las ensoñaciones. Alguno que otro se envalentonó, levantó el puño y se puso de lado del proletariado, sin ser proletario se pasaba el día hablando de la lucha obrera y luciendo la hoz y el martillo como luciría un beato un escapulario; otros venteaban ideas más comunitarias con la ilusión de formar una comuna en la que todos arrimaban el hombro, todo era compartido y practicando el amor libre -sin duda ya sabíamos cuál iba a ser nuestra ocupación predilecta- sería el germen de una sociedad más justa; siempre era mejor ser revolucionario de algo, aunque también quedaba un grupo no definido de chicos y chicas que no tenían ningún interés por pensamientos “políticos”, aleccionados, imagino, por sus familias para no señalarse y sobrevivir en lo que deparasen los tiempos.

El profesor, un hombre fornido, que no paraba de fumar Winston, con un anillo en forma de sello, con el que golpeaba la mesa para apuntalar la idea que tenía acerca de algo, intentaba imponerse en aquel batiburrillo ideológico con su visión política del trabajo, de la familia y señalando quiénes eran los enemigos de todo esto. ¿Cómo conseguimos que aquella asignatura se convirtiera en un debate sobre los usos y costumbres sexuales, oprobiosos para el profesor, que nada tenían que ver con el programa? El valiente que se autoinmoló fue un compañero protocomunista y liberal sin emancipar que hablaba y cuestionaba sin pelos en la lengua de cosas que nos encendían las mejillas al tiempo que tapábamos con las manos nuestras bocas para que no se nos escaparan las risas nerviosas. El profesor con ánimo peleón y de no aburrirse explicando lo mismo de siempre se envalentonaba y cogió la costumbre de polemizar con el protocomunista, encajando e intentando responder las preguntas más inverosímiles, atrevidas y procaces que se pudieran hacer en aquellos tiempos por muchachos de quince años sobre la libertad y prácticas sexuales. Su dogma era que aquel libertinaje lo habían traído los degenerados “rojos” infestando el matrimonio, institución sagrada y que estábamos corrompidos si todos teníamos las mismas ideas que el compañero. Sobre las prácticas sexuales permitidas solo en el matrimonio,  decía que "las guarrerías no se le hacen a la esposa, la madre de tus hijos”, a la vez que golpeaba con su sortija la mesa y remataba que todo lo que no fuera lo "clásico" eran “cochinadas” y que eso era el comunismo, “hacerle guarrerías a las mujeres”

Como tenía enfilado al desvergonzado compañero al que dejaba que preguntara cuanto quería; pero que de buena gana lo habría convencido con otros métodos, un día, a la entrada del instituto, mientras permanecíamos aletargados esperando que llamaran para entrar en clase, los vimos que se dirigía con paso enérgico hacia nosotros. Directo para el “libertino” le arrancó de las manos un libro de Marta Marta Harnecker que estaba muy de moda en los estudiantes de izquierdas y que era literatura “subversiva”. Mirándole a la cara mientras lo hacía pedazos, le advirtió de no lo viese más leyendo guarrerías. El protocomunista se amilanó, pues estaba claro que de haberle replicado su cabeza bien podía haber sido el tablero de la mesa del aula contra la que descargaba el anillo.

 

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