Eran las primeras colonias
de verano a las que asistía. Estaba en séptimo curso de EGB, y mi padre,
director del colegio, vio la ocasión para que el alumnado tuviese una
experiencia enriquecedora, divertida y poco costosa para las economías
familiares, imagino tal como detallaba la información que le llegó. El lugar
era en un pueblecito pintoresco de la Axarquía malagueña. Mi padre iba al
frente de la expedición. El grupo lo formábamos quince niños y tres niñas.
Estábamos becados por algún organismo con una aportación por parte de las
familias de trescientas pesetas.
El día de partida, las madres se despedían
de sus hijos. El autobús se puso en marcha. Íbamos a la aventura, pletóricos.
Ya de por sí, sólo el hecho de salir del pueblo lo iba a convertir en algo inolvidable. La
falta de costumbre hizo que durante el trayecto algunos se marearan. A las
pocas horas, el autobús se apartó de la carretera pareja al mar y comenzó a
subir por una más estrecha y con curvas. Ante nosotros apareció un edificio grande
con muchos ventanales alzándose en un promontorio.
Bajamos del autobús. Una
monja y dos hombres salieron a recibirnos. Mi padre habló con la monja. Terminada
la conversación mi madre me daba un beso advirtiéndome de que comiera. Ni
siquiera los vi irse porque mi atención estaba en cuanto me rodeaba, dándome
cuenta de que si mirabas al edificio principal te llegaba una sensación de que
iba a pasar unos días confortables. Girando la cabeza no me agradó tanto lo que
vi. Un edificio en obras y junto a él un pabellón alargado con la apariencia de
aulas de colegio. Del edificio en construcción se veía la estructura como una
osamenta. Una grúa se elevaba sobre él.
Seguía observando todo
cuanto había a mi alrededor y me fije en otros muchachos y muchachas compañeros
de colonias. Y me asaltaron algunos interrogantes. ¿Por qué no miraban de
manera tan penetrante y reían por lo bajini? Nosotros que vestíamos con la
mejor ropa que habían dispuesto nuestras madres para que causáramos buena
impresión nos parecía que estábamos haciendo el ridículo como un rebaño de
ovejas rodeado de famélicos lobos. ¿Por qué tenían ese aspecto diferente,
salvaje? Las pocas chicas que había si cruzabas la mirada con ellas te
mostraban la lengua. En esas estaba cuando sonó un silbato y escuchamos la voz
un joven dando la orden de que nos colocásemos en fila, cosa que sabíamos hacer
a la perfección. La soldadesca monja se dirigió a las chicas y les dijo “las
niñas conmigo” y enfilaron camino del edificio de grandes ventanales.
Se acercaron dos hombres, el joven con ademanes chulescos y otro mayor con pinta bonachona. Nos dieron la bienvenida y se presentaron.
El joven nos pidió que
hiciéramos una fila y acto seguido se puso a gritar las prohibiciones:
prohibido esto, prohibido lo otro, horarios del desayuno, almuerzo, merienda,
cena, siesta, acostarse… Tantas normas que lo único que retuve fue que había
que ir a misa los domingos. Terminó diciendo con cierta sonrisa irónica que el
resto de actividades ya las iríamos descubriendo sobre la marcha.
“Seguidme, pero sin romper la fila”, dijo.
Nos llevó a unas casas matas al solaz del
edificio en construcción y que eran simplemente aulas a las cuales las habían
despojado de los pupitres y sillas colocando literas de dos en filas. A mi
grupo se nos asignó la que quedaba vacía. Entramos sin rechistar. Estábamos tan
apabullados que hubiera dado lo mismo que nos instalasen al raso. Todos
llevábamos maletas como si nos fuésemos al extranjero. Habían colocado unas
taquillas que no se podían cerrar. Las maletas feas y deslucidas no había modo
de que entraran en las taquillas. Las colocamos debajo de las literas sin
molestarnos siquiera en sacar la ropa. El resto, unas sillas, algún pupitre que
se les olvidaría retirar, la mesa y sillón del profesor junto a un armario
vaciado del que se apropiaron los más rápidos para acoplar la infausta maleta.
Las ventanas sin persianas por las que entraba toda la luminaria del día y que
desde la primera noche, experimentaríamos como el cielo estrellado y la luna
rociaría una pátina de brillo e irisaciones sobre unas cabezas de adolescente
maquinadores. Un cubo cuya función era para el que no quisiera salir al
descampado a hacer aguas menores.
Frente a las “auladormitorios” había una solar
que hacía de campo deportivo con una caseta de vestuario y servicios. Gran
parte del terreno baldío estaba ocupado por los materiales y herramientas de la
obra sin delimitar la separación por ninguna vaya ni señal hasta el punto que
muchas tardes jugamos entre los maderos, viguetas, hierros y nos colábamos en
el edificio asomándonos por los huecos, escondidos entre los pilares, los palés
de ladrillos y sacos, o revolcándonos en los amontonamientos de arena de obra.
Antes de entrar al
comedor para la cena, ya pudimos entablar conversación con alguno de los
muchachos. Eran de Málaga, de barriadas dispares, pues a pesar de que
destacaban los que estaban más corridos, también había inocentones que habían
ido a parar a aquellas colonias organizadas por unas monjas carceleras.
Llegó la primera noche. El
cuerpo, después del día, pedía descanso. Alborotamos hasta que una voz desde un
extremo dijo que ya no quería oír a nadie. Mientras, los malagueños vecinos de
dormitorio estaban al acecho de que todo estuviese en silencio para darnos el recibimiento.
Un grito de “¡A por los catetos!” nos sobresaltó al tiempo que recibíamos una
andanada de golpes con almohadas. Al instante entró el joven que estaba a
nuestro cargo dando pitidos. La turba corrió entre risas y caídas. Encendió las
luces y dando voces nos hizo formar fuera de pie en silencio. Un
escarmiento, tal como ya nos lo había advertido por la mañana. “Os voy a quitar
las ganas de juergas de noche”, dijo. No sabíamos el tiempo que íbamos a estar.
Aquel aspirante a guarda de campo de concentración quería demostrarnos que él
podía estar toda la noche sin dormir vigilando que no nos moviéramos de la
posición de firmes. No sé el tiempo que
llevaríamos allí como palos cuando la tristeza y el cansancio mezclado con las
decepciones formaron en mí la consabida amalgama en forma de llanto inconsolable
que hizo que el joven guardián se conmoviera y nos levantase el castigo a todos.
Al día siguiente,
después de la experiencia nocturna éramos más fuertes y nuestro rodaje de
muchachos de pueblo, de compañeros y amigos, hizo que la conciencia de grupo se
aquilataría para defendernos de aquellos malagueños que tenían más bagaje
callejero y que estaba claro que su aburrimiento lo íbamos a pagar nosotros con
sus gamberradas. También ellos iban a saber de lo que éramos capaces.
La otra persona
encargada de vigilarnos era un maestro bonachón, la antítesis de joven. El buen
hombre tenía unas palabras amables con todos. Ambos dormían en un aula solo
para ellos, y no es que tuviesen más comodidades, salvo que no eran literas y
que sus taquillas si se podían cerrar, en lo demás gozaban de las mismas comodidades
que el resto. Nadie quedó a salvo de nuestras tropelías, así que en algún
momento de taquilla abierta lo aprovechamos para hurgar en sus pertenencias y
robarles alguna fruslería.
De todos los malagueños, el único portador de
un tesoro era Baldomero, bautizado por nosotros como “deogordo”. Un
malagueño gigantesco que se pasaba la siesta leyendo los tebeos que guardaba
bajo la cama en un bolso de cremallera. A nadie se los prestaba. Los
disfrutaba él solo tumbado en su litera. Tomamos a diversión ir de noche cuando
ya todos los malagueños dormían, levantar la sábana por los pies y
observarle el tremendo dedo gordo del pie, mientras nos las arreglábamos
para contener la risa y que no despertase.
(Continúa)
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