sábado, 9 de septiembre de 2023

Cháchara de verano

 

Todo empezó por un simple cruce de miradas cuando sentados en la barra de una cafetería, cercanos, ambos nos dimos cuenta como al descuido un señor bien trajeado frente a nosotros cogió el dinero que habían dejado abonando su consumición.

-Sé lo que le pasa a ese individuo. Yo he vivido en ese infierno –escuché su voz al tiempo que la miraba por si le estaba hablando a otro.  

Aclararé que una de mis debilidades es conversar con desconocidos. En estos tiempos las conversaciones con extraños se han reducido al mínimo. Es difícil entablar una charla con alguien que va a compartir un breve momento de tu existencia, y a veces hasta delicado porque la gente suele estar crispada y terminas condescendiendo en algún asunto del que sales enfurecido y arrepentido. Soy de los que comienzan hablando de algo intrascendente y logro conectar. A veces me he equivocado de interlocutor y he recibido un desplante en forma de gesto o parcas palabras. Esta vez fue ella quien sentía el deseo de hablar y no yo.

-Algún día tendría que ocurrir- dijo dirigiéndose a mí.

Sorprendido, permanecí en silencio, observándola. Mujer de edad que ningún hombre se atreve a estimar por cortesía. Si te pasas o te quedas corto, en tu cara se va a notar tus cálculos para que no se note mucho que mientes. Las mujeres escuchan lo que le dice un desconocido, leen tu expresión de la cara, la confrontan con lo que oyen y te etiquetan sin equivocarse. Ella tuvo que notar que me incomodaba pues de manera rápida miré algunos detalles que me compusieran la clase de persona que me estaba hablando. 

Observé su café a medio beber. Arreglada y de buen aspecto, aunque no era momento de buscarle las señales que orientan la edad, de manera rápida calibré que no le iba mal en la vida. Eso me dio seguridad.

 Me apartó la mirada y se concentró en los restos del café y como una sibila que va a profetizar algo, comenzó a contarme su historia. Más rápida en la valoraciones, sabía que había dado con un resignado oyente.

 Siguió después de aquella pausa.

-Frente a mí sentados tras una mesa, el gerente y el jefe de seguridad. Un aparato reproductor de video y televisión esquinado en la mesa. El jefe de seguridad le dio al encendido. En las imágenes se veía cómo entraba en la habitación de las taquillas donde el personal que trabajaba en el laboratorio guardaba sus pertenencias. El carro de la limpieza lo dejé obstaculizando la puerta para evitar sorpresas. Aquellas taquillas siempre estaban abiertas. Sabía las que tenía que registrar. Donde más me entretuve fue en los bolsos, pues tengo pasión por las cremas y la pintura de labios. Las carteras las abría y sustraía parte del dinero, no todo. No era tonta, aunque viéndome en el vídeo ocupaba el primer puesto en el podio de las más imbéciles a la que iban a despedir sin ningún derecho, calladita o “ya sabes” como me dijo el gerente con una sonrisa de satisfacción de haber cazado por fin a la ratera, “firmas o vas a saber cuál va a ser nuestro siguiente paso”.

 Aquella confesión me parecía muy personal, delicada, propia para no ir aireándolola a los cuatro vientos y menos a alguien que la casualidad ha sentado a tu lado. A pesar de lo que he dicho antes de mi debilidad porque los desconocidos me cuenten y charlen conmigo,  debería haberle advertido que podía arrepentirse. Incómodo, aún así seguí mostrando interés por la confidencia.

-Después de tres años y pocos meses perdía el empleo. En una esquina estaba de pie en la penumbra el granuja de mi jefe responsable de la limpieza de todo el edificio y de supervisar el trabajo. Lo único que dijo es que se sentía muy dolido y afectado porque “había quebrantado su confianza” ¡El muy chorizo! Él sabía lo que estaba ocurriendo. Si hizo la vista gorda es porque lo único que le interesaba era quedarse con el dinero que se le facturaba a la empresa por servicios que el personal que estaba a mis órdenes hacía de manera extra por miedo a represalias.

 -Lo que más sentí en aquel momento –continuó- era que ya no podría satisfacer aquel subidón de adrenalina que me producían registrar los bolsos, aparte de que aquellas miserables de compañeras lo celebrarían. Y con razón, pues las había tiranizado hasta los límites de la servidumbre, en especial a las novatas que venían con contratos temporales.

La historia me disgustaba. Era la confesión de una ladrona y mis juicios de valor tendría que callármelos. Soy muy complaciente, pero tengo un límite y hay temas que me desagradan vengan de donde vengan. Estaba por despedirme cuando me miró y sonriendo me dijo que aquello lo había superado como alguien que te cuenta una película convertida en historia pasada. ¿Algún mensaje o propósito escondía dándome a entender que tuviera  paciencia pues sólo era una larga introducción al núcleo del tema principal?

 -Una veterana avisaba a las nuevas de que cómo me las gastaba. La desmesura que tenía por guindar –paró un momento y sonriendo aclaró- Esta palabra era la que utilizaba mi pareja de entonces cuando me recogía del trabajo y me preguntaba qué había guindado hoy.

-Alguna vez, me serví de la novata de turno para que vigilara. Le decía que me avisara si venía alguien. Se quedaba de piedra.

Se dirigió esta vez mirándome y me preguntó qué cómo llegó a tener esa impunidad a pesar de que ya era vox populi su comportamiento. La gente es muy extraña. ¿Sabían lo que hacía y me dejaban? -Como era una pregunta retórica esperé a que ella me diera las razones, y continuó- Es la relación jefe trabajador corrompida en la pirámide de los más afortunados, arriba, los más desafortunados, abajo.  El encargado, yo, el contrato con la empresa a la baja… y miedo; miedo a señalarse, delatar, verse comprometida… eso les pasaba a todas: la maldita supervivencia de mantenerte y no caer.

La interrumpí y le dije que sabía lo que me quería decir. Que ambos habíamos actuado como cobardes por no haberle llamado la atención al tipo que se ha llevado el dinero dejándolo que se marchara. Aunque lo que me cuentas no es lo mismo que llevarte unas monedas de una cafetería.

-Es posible, pero creo que no me equivoco si te digo que ese sujeto padece el mismo problema y a saber lo que estará haciendo en otros lugares-  y continúo.

-El dichoso papel de renuncia ni siquiera lo leí. Para qué, sé que no podía negociar nada. Defenderme habría sido un absurdo. El encargado de seguridad mostraba una sonrisa de satisfacción por un trabajo que le valdría un reconocimiento a nivel profesional. Me mostró una carpeta que, según él, contenía la confesión de algunas empleadas que habían estado a mi cargo. Era un farol, allí no tenía nada.

-Cuando finalizó y apagaron el vídeo, ensoñé que me daba un desmayo, un infarto, y me tenían que me ingresar en la UVI. Era la forma que se me ocurría de devolverles el mal rato que estaba pasando. En el colmo de mi ensoñación me vi hurgando en sus pertenencias mientras ellos se empeñaban en salvarme la vida. Mi avatar les limpiaba los bolsillos y me entró la risa.

- ¿Qué podía decir yo en mi defensa? Que también había sufrido. Que durante días tuve retortijones porque les dio a aquellas malditas por ponerme Evacuol en mi comida para que tuviera las tripas sueltas y tener que cambiarme de bragas varias veces. Y lo peor aquel retardante que utilizaron para que me hiciera efecto horas después y un día le puse el coche a mi expareja para tirarlo a la basura. Me llegaron a poner de cebo una crema para el cutis de la cara de una marca carísima. La habían rellenado con Nivea mezclada de azafrán. Tuve la cara amarilla una semana. Decía que era una reacción de mi piel a unas pastillas cuando me preguntaban por aquella amarillez.

-El encargado de seguridad enumeró lo que le constaba que me había llevado: artículos de limpieza, de higiene, batas, montañas de papel higiénico… Con sorna me preguntó si en mi casa teníamos las tripas tan sueltas, o es que tenía negocios con un chino para vendérselo al por mayor- y continuó enumerando, basándose, eso sí, en las inexistentes acusasiones que tenía por escrito. Terminó. Lo sentí algo abatido, porque sabía que la única prueba era aquel vídeo donde no se veía que me guardase nada y en el que parecía estar buscando algo perdido.

Firmé.

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