Todo empezó por un
simple cruce de miradas cuando sentados en la barra de una cafetería, cercanos,
ambos nos dimos cuenta como al descuido un señor bien trajeado frente a
nosotros cogió el dinero que habían dejado abonando su consumición.
-Sé lo que le pasa a ese
individuo. Yo he vivido en ese infierno –escuché su voz al tiempo que la miraba por
si le estaba hablando a otro.
Aclararé que una de mis debilidades es conversar con desconocidos. En estos tiempos las
conversaciones con extraños se han reducido al mínimo. Es difícil entablar una charla
con alguien que va a compartir un breve momento de tu existencia, y a veces
hasta delicado porque la gente suele estar crispada y terminas condescendiendo en
algún asunto del que sales enfurecido y arrepentido. Soy de los que comienzan
hablando de algo intrascendente y logro conectar. A veces me he equivocado de interlocutor y he recibido un desplante en forma de gesto o parcas palabras. Esta vez fue ella quien sentía el deseo de hablar y no yo.
-Algún día tendría que ocurrir-
dijo dirigiéndose a mí.
Sorprendido, permanecí
en silencio, observándola. Mujer de edad que ningún hombre se
atreve a estimar por cortesía. Si te pasas o te
quedas corto, en tu cara se va a notar tus cálculos para que no se note mucho que mientes. Las mujeres escuchan lo que le dice un desconocido, leen tu expresión de la cara,
la confrontan con lo que oyen y te etiquetan sin equivocarse. Ella tuvo que
notar que me incomodaba pues de manera rápida miré algunos detalles que me
compusieran la clase de persona que me estaba hablando.
Observé su café a medio
beber. Arreglada y de buen aspecto, aunque no era momento de buscarle las señales que orientan la edad, de manera rápida calibré que no le iba mal en la vida. Eso me dio
seguridad.
Me apartó la mirada y se concentró en los
restos del café y como una sibila que va a profetizar algo, comenzó a contarme su historia. Más rápida en la valoraciones, sabía que había dado con un resignado
oyente.
Siguió después de aquella pausa.
-Frente a mí
sentados tras una mesa, el gerente y el jefe de seguridad. Un aparato
reproductor de video y televisión esquinado en la mesa. El jefe de seguridad le
dio al encendido. En las imágenes se veía cómo entraba en la habitación de las
taquillas donde el personal que trabajaba en el laboratorio guardaba sus
pertenencias. El carro de la limpieza lo dejé obstaculizando la puerta para
evitar sorpresas. Aquellas taquillas siempre estaban abiertas. Sabía las que
tenía que registrar. Donde más me entretuve fue en los bolsos, pues tengo
pasión por las cremas y la pintura de labios. Las carteras las abría y sustraía
parte del dinero, no todo. No era tonta, aunque viéndome en
el vídeo ocupaba el primer puesto en el podio de las más imbéciles a la que
iban a despedir sin ningún derecho, calladita o “ya sabes” como me dijo el
gerente con una sonrisa de satisfacción de haber cazado por fin a la ratera,
“firmas o vas a saber cuál va a ser nuestro siguiente paso”.
Aquella confesión me parecía muy personal, delicada, propia para no ir aireándolola a los cuatro vientos y menos a alguien que la casualidad ha sentado a tu lado. A pesar de lo que he dicho antes de mi debilidad porque los desconocidos me cuenten y charlen conmigo, debería haberle advertido que podía arrepentirse. Incómodo, aún así seguí mostrando interés por la confidencia.
-Después de tres años y
pocos meses perdía el empleo. En una esquina estaba de pie en la penumbra el
granuja de mi jefe responsable de la limpieza de todo el edificio y de
supervisar el trabajo. Lo único que dijo es que se sentía muy dolido y afectado
porque “había quebrantado su confianza” ¡El muy chorizo! Él sabía lo que estaba
ocurriendo. Si hizo la vista gorda es porque lo único que le interesaba era quedarse
con el dinero que se le facturaba a la empresa por servicios que el personal que estaba a mis órdenes hacía de manera extra por miedo a represalias.
-Lo que más sentí en aquel momento –continuó- era
que ya no podría satisfacer aquel subidón de adrenalina que me producían registrar
los bolsos, aparte de que aquellas miserables de compañeras lo
celebrarían. Y con razón, pues las había tiranizado hasta los límites de la
servidumbre, en especial a las novatas que venían con contratos temporales.
La historia me
disgustaba. Era la confesión de una ladrona y mis juicios de valor
tendría que callármelos. Soy muy complaciente, pero tengo
un límite y hay temas que me desagradan vengan de donde vengan. Estaba por
despedirme cuando me miró y sonriendo me dijo que aquello lo había
superado como alguien que te cuenta una película convertida en historia pasada. ¿Algún mensaje o propósito escondía dándome a entender que tuviera paciencia pues sólo era una larga introducción al núcleo
del tema principal?
-Una veterana avisaba a las nuevas de que cómo
me las gastaba. La desmesura que tenía por guindar –paró un momento y sonriendo
aclaró- Esta palabra era la que utilizaba mi pareja de entonces cuando me
recogía del trabajo y me preguntaba qué había guindado hoy.
-Alguna vez, me serví de
la novata de turno para que vigilara. Le decía que me avisara si venía alguien.
Se quedaba de piedra.
Se dirigió esta vez mirándome
y me preguntó qué cómo llegó a tener esa impunidad a pesar de que ya era vox
populi su comportamiento. La gente es muy extraña. ¿Sabían lo que hacía y me dejaban? -Como
era una pregunta retórica esperé a que ella me diera las razones, y continuó- Es
la relación jefe trabajador corrompida en la pirámide de los más afortunados,
arriba, los más desafortunados, abajo. El encargado, yo, el contrato con
la empresa a la baja… y miedo; miedo a señalarse, delatar, verse comprometida…
eso les pasaba a todas: la maldita supervivencia de mantenerte y no caer.
La interrumpí y le dije que sabía lo que me quería decir. Que ambos habíamos actuado como cobardes por no
haberle llamado la atención al tipo que se ha llevado el dinero dejándolo que
se marchara. Aunque lo que me cuentas no es lo mismo que llevarte unas monedas de una cafetería.
-Es posible, pero creo que no me equivoco si te digo que ese sujeto padece el mismo problema y a saber lo que estará haciendo en otros lugares- y continúo.
-El dichoso papel de
renuncia ni siquiera lo leí. Para qué, sé que no podía negociar nada. Defenderme
habría sido un absurdo. El encargado de seguridad mostraba una sonrisa de
satisfacción por un trabajo que le valdría un reconocimiento a nivel profesional.
Me mostró una carpeta que, según él, contenía la confesión de algunas empleadas
que habían estado a mi cargo. Era un farol, allí no tenía nada.
-Cuando finalizó y
apagaron el vídeo, ensoñé que me daba un desmayo, un infarto, y me tenían que me
ingresar en la UVI. Era la forma que se me ocurría de devolverles el mal rato
que estaba pasando. En el colmo de mi ensoñación me vi hurgando en sus
pertenencias mientras ellos se empeñaban en salvarme la vida. Mi avatar les
limpiaba los bolsillos y me entró la risa.
- ¿Qué podía decir yo en
mi defensa? Que también había sufrido. Que durante días tuve retortijones porque les dio a aquellas malditas por ponerme Evacuol en mi comida para que tuviera las tripas sueltas y tener
que cambiarme de bragas varias veces. Y lo peor aquel retardante que utilizaron
para que me hiciera efecto horas después y un día le puse el coche a mi
expareja para tirarlo a la basura. Me llegaron a poner de cebo una crema para el
cutis de la cara de una marca carísima. La habían rellenado con Nivea mezclada de azafrán. Tuve la cara amarilla una semana. Decía que era una reacción de
mi piel a unas pastillas cuando me preguntaban por aquella amarillez.
-El encargado de
seguridad enumeró lo que le constaba que me había llevado: artículos de limpieza,
de higiene, batas, montañas de papel higiénico… Con sorna me preguntó si en mi
casa teníamos las tripas tan sueltas, o es que tenía negocios con un chino para
vendérselo al por mayor- y continuó enumerando, basándose, eso sí, en las inexistentes acusasiones que tenía por escrito. Terminó. Lo sentí algo abatido, porque
sabía que la única prueba era aquel vídeo donde no se veía que me guardase nada
y en el que parecía estar buscando algo perdido.
Firmé.
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