Querido amigo. Ya te
advertí que tenía una buena provisión de sellos y sobres. No te queda más
remedio que leer mis misivas. Con los amigos, te dije un día, hay que pagar
ciertas servidumbres. La amistad se conserva cuando se hace de tripas corazón y
aguanta los lamentos, las alegrías y los exabruptos con igual medida de perdón
y caridad que un confesor se aplica con los sueños pecaminosos de una beata.
Acuérdate que mi matrimonio se fue a pique. A mi prima María
José, de la que me había enamorado hasta el punto de quedar paralizado, le
debía acabar de cónyuge con Luisa. Un inciso para satisfacer tu curiosidad: una
de las raíces de la etimología de dicho nombre significa “la que va a la
batalla”. A la batalla fuimos los dos con aquel despropósito de casorio. Cuando
la efímera llama de la pasión se agotó, nos ocupamos de no perdernos el
respeto. El estar solos uno al lado del otro nos provocaba tal hastío que siempre
estábamos proponiendo viajar en grupo, salir con otras parejas, regresar tarde
del trabajo… Habían transcurrido dos años y lo único que nos quedaba era
mantener las formas el tiempo que nos quedara por permanecer en el mismo
espacio. El pozo de los temas de conversación estaba seco. ¿Qué íbamos a
decirnos? Ella andaba, imagino, enamoriscada de otro, alguien del trabajo,
supongo. En cierta forma, me daba lo mismo. Sólo hacía falta la detonación para
que todo volara por los aires. Llegó el día que propusimos cambiar la cocina.
Es de risa, caro amigo. Sigue leyendo, te lo aconsejo, sacarás
los conocimientos prácticos que siempre te han faltado por no haber tenido que
enfrentarte a los azares e infortunios de un desencantado matrimonio. Qué
suerte la tuya que estés jubilado con tiempo para leer estas letras de
desahogo.
Para el “arreglo” de la cocina, los azulejos, las tuberías,
la instalación de la luz, podían haberse quedado como estaban, pero con los
muebles nuevos, ya nada servía. Hicimos cuentas: marcas, modelos, electricista,
fontanero… El presupuesto por las nubes. Para aflojar el gasto, se me ocurrió
la idea de, si bien era incapaz de poner un tornillo, sí podía quitar los
azulejos y las baldosas del suelo, dejarlo todo expedito para que los
profesionales hiciesen su trabajo. Ella aceptó siempre que yo corriese con el
empeño pues no era más que fruto de mi mezquina tacañería.
Me
puse manos a la obra, o mejor dicho al destrozo.
Fui
a un comercio y adquirí machota, cincel, mazo y una radial con la advertencia
socarrona del empleado de que si no estaba ducho en su uso me podía amputar
algún miembro. Sacos para descombrar. Una cuba que una empresa había depositado
en la calle y a la que cualquiera, por deporte, arrojaba toda clase de desechos
como si fuese del ayuntamiento.
Comencé por los marcos de las puertas, también se vio necesario cambiarlas. Fui bajando todo por el ascensor, con el consiguiente enfado de los vecinos por cómo lo dejaba de sucio. La encimera la tuve que trocear para poder manejarla. La cuba se llenó en un visto y no visto. Trajeron otra y dio para otra más. Con la radial, al principio con precaución, cortaba todo aquello que se resistía, azulejos cementados imposibles de despegar. Un polvo fino invadió todo el piso. Los libros, las camas, cortinas… se fueron cubriendo de una pátina grisácea que entró por todos los resquicios de armarios y cajones. Mi misión era romper, derribar y destruir. Y lo conseguí. No sólo dejé la concina echa ciscos, sino que Luisa dijo que el estropicio que había montado era la metáfora de nuestra relación: un desastre.
A
los pocos meses, después de consumar el divorcio, logramos vender el piso. Había quedado inhabitable. La inmobiliaria a la que
acudimos se hizo cargo de que la cocina estuviese destrozada, repercutiéndolo en
el precio a la baja.
Amigo
del alma, desde tu altura moral, si quieres sacar alguna moraleja, es que
cuando dos se odian con ganas, una reforma doméstica se usa como Estados Unidos
usó el Vietnam: para arrasarlo sin que quede ni una brizna. En la vivienda,
junto con los cascotes por retirar, las paredes ulceradas de los mamporrazos y
el insidioso polvo, quedaron para barrer las cenizas del matrimonio.
Espero
que haya una próxima carta. Mientras, cuídate y sube esto, si te parece, a tu
chispeante blog. Un abrazo.
José, las parejas no pueden hacer obras en la casa, siempre hay desacuerdo.Y más siendo primos!!!
ResponderEliminarSiempre que se hace obra hay discusión,lo sabemos todos,no sé libra nadie,jiji.Me he reído un montón.Sigo pensando que eres un krak amigo,me eencanta tu lectura
ResponderEliminarEres una persona vitaminas y escribes que es un primor amigo
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