miércoles, 12 de junio de 2024

La carta: por qué me separé de Luisa.

 

        Querido amigo. Ya te advertí que tenía una buena provisión de sellos y sobres. No te queda más remedio que leer mis misivas. Con los amigos, te dije un día, hay que pagar ciertas servidumbres. La amistad se conserva cuando se hace de tripas corazón y aguanta los lamentos, las alegrías y los exabruptos con igual medida de perdón y caridad que un confesor se aplica con  los sueños pecaminosos de una beata.

         Acuérdate que mi matrimonio se fue a pique. A mi prima María José, de la que me había enamorado hasta el punto de quedar paralizado, le debía acabar de cónyuge con Luisa. Un inciso para satisfacer tu curiosidad: una de las raíces de la etimología de dicho nombre significa “la que va a la batalla”. A la batalla fuimos los dos con aquel despropósito de casorio. Cuando la efímera llama de la pasión se agotó, nos ocupamos de no perdernos el respeto. El estar solos uno al lado del otro nos provocaba tal hastío que siempre estábamos proponiendo viajar en grupo, salir con otras parejas, regresar tarde del trabajo… Habían transcurrido dos años y lo único que nos quedaba era mantener las formas el tiempo que nos quedara por permanecer en el mismo espacio. El pozo de los temas de conversación estaba seco. ¿Qué íbamos a decirnos? Ella andaba, imagino, enamoriscada de otro, alguien del trabajo, supongo. En cierta forma, me daba lo mismo. Sólo hacía falta la detonación para que todo volara por los aires. Llegó el día que propusimos cambiar la cocina.

         Es de risa, caro amigo. Sigue leyendo, te lo aconsejo, sacarás los conocimientos prácticos que siempre te han faltado por no haber tenido que enfrentarte a los azares e infortunios de un desencantado matrimonio. Qué suerte la tuya que estés jubilado con tiempo para leer estas letras de desahogo.

         Para el “arreglo” de la cocina, los azulejos, las tuberías, la instalación de la luz, podían haberse quedado como estaban, pero con los muebles nuevos, ya nada servía. Hicimos cuentas: marcas, modelos, electricista, fontanero… El presupuesto por las nubes. Para aflojar el gasto, se me ocurrió la idea de, si bien era incapaz de poner un tornillo, sí podía quitar los azulejos y las baldosas del suelo, dejarlo todo expedito para que los profesionales hiciesen su trabajo. Ella aceptó siempre que yo corriese con el empeño pues no era más que fruto de mi mezquina tacañería.

                   Me puse manos a la obra, o mejor dicho al destrozo.

                   Fui a un comercio y adquirí machota, cincel, mazo y una radial con la advertencia socarrona del empleado de que si no estaba ducho en su uso me podía amputar algún miembro. Sacos para descombrar. Una cuba que una empresa había depositado en la calle y a la que cualquiera, por deporte, arrojaba toda clase de desechos como si fuese del ayuntamiento.

                   Comencé por los marcos de las puertas, también se vio necesario cambiarlas. Fui bajando todo por el ascensor, con el consiguiente enfado de los vecinos por cómo lo dejaba de sucio. La encimera la tuve que trocear para poder manejarla. La cuba se llenó en un visto y no visto. Trajeron otra y dio para otra más. Con la radial, al principio con precaución, cortaba todo aquello que se resistía, azulejos cementados imposibles de despegar. Un polvo fino invadió todo el piso. Los libros, las camas, cortinas… se fueron cubriendo de una pátina grisácea que entró por todos los resquicios de armarios y cajones. Mi misión era romper, derribar y destruir. Y lo conseguí. No sólo dejé la concina echa ciscos, sino que Luisa dijo que el estropicio que había montado era la metáfora de nuestra relación: un desastre.

                   A los pocos meses, después de consumar el divorcio, logramos vender el piso. Había quedado inhabitable. La inmobiliaria a la que acudimos se hizo cargo de que la cocina estuviese destrozada, repercutiéndolo en el precio a la baja.

                   Amigo del alma, desde tu altura moral, si quieres sacar alguna moraleja, es que cuando dos se odian con ganas, una reforma doméstica se usa como Estados Unidos usó el Vietnam: para arrasarlo sin que quede ni una brizna. En la vivienda, junto con los cascotes por retirar, las paredes ulceradas de los mamporrazos y el insidioso polvo, quedaron para barrer las cenizas del matrimonio.

                   Espero que haya una próxima carta. Mientras, cuídate y sube esto, si te parece, a tu chispeante blog. Un abrazo.

3 comentarios:

  1. José, las parejas no pueden hacer obras en la casa, siempre hay desacuerdo.Y más siendo primos!!!

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  2. Siempre que se hace obra hay discusión,lo sabemos todos,no sé libra nadie,jiji.Me he reído un montón.Sigo pensando que eres un krak amigo,me eencanta tu lectura

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  3. Eres una persona vitaminas y escribes que es un primor amigo

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