Como está uno en la edad
de padecer nostalgia -y digo padecer, porque se lleva en muchos momentos como
enfermedad- le tenía que tocar a los vehículos familiares, aquellos que han significado
algo en la vida del autor. Datos sobre el modelo, alguna especificación técnica que comprenda un
niño de párvulos, el esfuerzo en su adquisición y poco más.
En 1973, mi familia aún seguía sin tener un vehículo. Mi padre llevaba con el carnet de conducir desde el 68. Se lo había sacado en la autoescuela del hermano de manera autodidacta. Le dejaba un SEAT 600. Yo le acompañaba de copiloto e íbamos por las carreteras locales de la comarca, sin dejar ninguna Villanueva por visitar.
Como todos los
niños de la época, yo era un apasionado de los paseos en automóvil. Lo acompañé en
aquellas prácticas. Para mí no había nadie que condujera mejor.
Se daba la circunstancia de que en Archidona el colegio estaba a las afueras. Cursaba séptimo de E.G.B. Dependíamos de la gracia de un maestro para llevarnos y traernos. Sacrificado ahorrador con la intención de que su familia siempre tuviese un colchón monetario, fue mi madre la que tuvo que poner el dinero para que se comprase el coche. ¿De dónde venía el capital si no había más ingresos que la nómina de un maestro de escuela? La sociedad que tenían mis padres siempre nos llamó la atención a los hermanos. Mi madre recibía una asignación para los gastos. Ella siempre se quejaba que no le llegaba con lo que le daba. Él le subía la cantidad, a sabiendas de que guardaba una parte. Era como depositarlo en la caja de ahorros. Que se hiciera el remolón para comprarlo, es correcto pensar que fue una estrategia para que ella, de condición espléndida, saliera al paso y de camino no tener que tocar "la cartilla".
Así fue como entró el
primer vehículo en la familia. Un SEAT 127 de dos puertas, color verde lago, básico
en lo fundamental, con un precio de 132.000 pesetas. Con esa cantidad se podía
comprar otro caserón en la misma calle donde vivíamos.
No sé cómo, quizá por
tanto tiempo en letargo, pero a mi padre se le había atascado la conducción. Un
hombre con dedicación plena a su trabajo, entusiasta con todo lo que guardase
relación con la dirección de la escuela y tuviese que ver con la docencia,
conducía de manera tan mecánica que cualquier inconveniente e imprevisto sobre
la marcha lo ponía nervioso transmitiéndole los nervios a los ocupantes. Esperaba
que se fuese soltando a medida que conducía. En plenitud de facultades, "para coger práctica", decía, los domingos se aventuraba
a dar paseos con mi madre. Yo iba de acompañante. Circulábamos por las
carreteras menos seguras de la comarca y se supone con menos tránsito. Uno de los destinos predilectos era ir
al pantano de Iznájar. Carretera local tortuosa, de curvas y terraplenes por
los que podías ir directo al agua. Encontrarnos con un obstáculo, casi siempre
un tractor, nos subía las pulsaciones. La conducción era colegiada. Todos
participábamos porque mi padre nos "invitaba" a que colaboráramos a decidirse por tal o cual maniobra. Agarrado al volante, miraba y preguntaba si
debía adelantar al tractor porque no veía venir a nadie. Mirábamos atrás, delante,
a los lados. ¡No viene nadie!, gritábamos. Reducía la velocidad para coger potencia.
Aquellos 42 C.V. se desgañitaban en un ruido ronco y de motor cabreado. Nos
agarrábamos a los asientos como si fuésemos a despegar.
Con el tiempo no es que
llegase a ser un as del volante, pero cogió soltura y mi madre le levantó el
veto de ir con él.
Corría el año 1981. Padre de familia, con un hijo de dos años, trabajo, hipoteca al 16 por ciento... con el dinero de la beca para continuar los estudios, 84.000 pesetas, compré un el 124 D de color azul marino, matrícula de Gerona, a un compraventa amigo de un amigo.
Mi primer vehículo en
propiedad. Su anterior dueño había sido un inspector de policía. Como no sabía
por qué estaba aquel agujero redondo y pequeño en una puerta trasera, a quien
me preguntaba le decía en broma que era de una bala perdida en alguna
trepidante acción de anterior propietario.
Cuando se tiene poco, lo
poco es demasiado. Era la época de robar a mansalva. La droga hacía estragos. Una horda de drogadictos mangantes arramblaban con lo que pillaban
a mano. Tener un coche aparcado en la calle te sumía en un estado de recelo. Esperabas
levantarte y no encontrarlo porque te lo habían robado. Cada dos por tres, las
puertas aparecían abiertas. Buscaban el radiocasete. Los documentos los
guardaba en casa. Circulaba por Málaga indocumentado. Cuando iba a hacer algún
viaje a Archidona tenía que cuidarme de cogerlos. Un compañero del trabajo me
enseñó a cambiarle el aceite y el filtro, hacerle el reglaje de válvulas con un
juego de galgas… No hacerte cargo del mantenimiento del coche era algo mal
visto, aparte del dinero que te ahorrabas. Cuando la batería daba de corto, arrancar a la racha era una práctica deportiva de fuerza y habilidad. Podías
pasar varias semanas hasta que le instalabas una nueva.
Mi primer hijo se enseñó
a andar en el asiento de atrás. Conducía con una mano, la otra agarrándolo para
que en un frenazo no cayese delante. Podía embragar y frenar con el mismo pie,
al tiempo que aceleraba con el otro con tal de que no se parara el motor porque
no había ajustado bien el encendido. Temía que se calase cuando la batería
estaba al límite de vida útil.
Está claro que de la necesidad nace la habilidad y pericia, también las paranoias porque una noche me levanté sonámbulo, miré a la calle y vi el hueco donde se supone que debía estar el coche. Me fui otra vez a la cama con el convencimiento de que me lo habían robado. A la mañana siguiente, el coche permanecía en su sitio.
Pocos años después lo entregué
a cuenta de un Seat Panda. Fue dárselo al concesionario y una familia de
gitanos de Loja quedarse prendados de él y comprarlo.
Con el pasar de los años vinieron más automóviles, cada uno con su singular gracia, traiciones y recuerdos.
No volví más a tocar ningún motor.
Efectivamente, el tener un coche suponía un lujazo, mi padre siempre decía que era como dejar dinero en la calle. Desde luego seguimos estando expuestos a extorsiones pero hay mafias mucho más organizadas, hace poco me llegó la noticia que un Porche lo habían robado y éste no estaba para nada a l v
ResponderEliminarista
Sigo: la Guardia Civil logró atraparlos, el coche en bien estado
EliminarJajajaj me encanta José Manuel, yo nunca tuve esa sensación porque mi padre nunca tuvo coche , siempre nos movíamos por mi Barcelona querida en transporte público , pero lo he visto reflejado en alguna parte de mi familia y hasta en mi Andrés , que todavía se aventura a tocar el aceite, la batería…
ResponderEliminarMe he partido de risa con lo del adelantamiento!😂😂😂😂
ResponderEliminarEl 124.. aquella imborrable sensación de libertad de viajar tumbado en la bandeja del maletero mirando las nubes del cielo
ResponderEliminarEstupendos recuerdos
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