lunes, 5 de abril de 2010

DIARIO DE SEMANA SANTA

Comienzo.
Aún no me he enterado de que escribir un diario provoca que el sistema inmunológico se refuerce, según estudios recientes de psicología positiva.
Tengo un ligero resfriado, lo suficiente para que haya tenido que echar mano del paracetamol. Mi idea hoy era otra, en lugar de poner en práctica la costumbre de escribir para fortalecer mi inmunidad a las infecciones, creía que podría ir a la Fuente de la Lana a ver cómo estaba el suelo después de las últimas lluvias. Después de hacer unos recados durante la mañana, me he ido indisponiendo y ahora, a las cuatro y treinta minutos, permanezco febrilmente sentado relatando todo cuanto ha acontecido.
En la farmacia me encontré con Isidora, maestra. Me ha contado lo que lleva pasado desde el verano con su enfermedad de corazón. Se va a jubilar por consejo de la inspección médica. La muchacha dice que quiere vivir el día a día, y yo le he reforzado en algo que ahora cala tanto en la gente. La gente, le dije, debería llevar un letrero donde anunciara cuáles son sus padecimientos. Estoy seguro de que nos sorprenderíamos de no encontrar a nadie de nuestra edad que estuviese completamente sano. Nos reímos un buen rato con la sospechosa mirada de la farmacéutica que no entendía a cuento de qué venían las risotadas.
Nos hemos venido a la casa del pueblo. Aquí reina la tranquilidad, tranquilidad y frío. Las lluvias de este invierno le han dado un buen repaso a la vivienda. Un análisis por encima de los daños quedaría así: la rotura del canalón de la calle ha provocado una mancha de humedad de uno tres metros cuadrados en el salón; la rotura del canalón del patio ha tenido un efecto parecido a lo largo del muro que va desde la fachada de la segunda planta hasta el patio. Las casas viejas se comportan como enormes esponjas. Uli, la mujer en la que ha delegado mi suegra la casa mientras pasamos el invierno en Málaga, nos ha contado cuando llegó y traía el pan, que el portón de la calle casi no logra abrirlo de lo hinchado que estaba. Ahora hay que esperar a que el tiempo seque para volver a pintar, reparar y restaurar lo que se pueda. Cada vez los desperfectos y el deterioro van aquilatando el sufrimiento de los tabiques, suelos, techos, maderas,… No queda más remedio que admitir que la casa no perdurará tanto como se esperaba, aunque aquí ocurrirá como con las pirámides de Egipto, será ella quien se quede aquí mientras nosotros desaparecemos.
Otros desperfectos: la electricidad se va ahora más veces debido a algún cortocircuito ocasionado por la humedad, ¡Dios sabe en qué recóndito lugar de la instalación! Un muro del patio ha desarrollado una sospechosa giba. En la leñera se ha desprendido una bobedilla. Aún así, mi suegra está feliz de estar en su casa a pesar de que su movilidad está enormemente reducida y apenas se puede desplazar.
La tranquilidad es absoluta. Aquí, con el soniquete del reloj de fondo, puede uno relajarse lo suficiente y dedicarse a contemplar los rudimentarios cuadros que decoran la sala.
Dentro de las previsiones para la tarde están las siguientes: comprar una funda para la lavadora del apartamento para evitar que se moje con la lluvia que entra en el lavadero. Ir a casa de mi primo Gaspar y echar allí el rato. Merendarme un dulce. Escribir.
Debo dejar constancia del tiempo: nublado, muy nublado, con rachas de viento frío y algo de lluvia.
Escucho las campanas del reloj del campanario, acaban de dar las cinco.
Madita ha salido a la peluquería y ha vuelto, no le han dado hora hasta las seis. Me ve escribir y se  lleva una agradable sorpresa pues sabe que me relaja y prefiere que esté ocupado en algo productivo y no pensativo o preocupado. Se ha echado en el sillón quedándose dormida. Continúo con mi experimento de escritura terapéutica.
Otras cosas que he hecho desde que me levanté:
-Pagar en la tienda de electrodomésicos “Hermanos Subi”
-Esperar en el apartamento que me lleven los electrodomésticos.
-Ir al taller de mi amigo Paco para que le cambie el aceite al coche.
-Visitar a mi amigo Juan en su casa.
La charla con uno de los hermanos Subi, amigo de mi hermano Valeriano, acerca de cómo un vecino lo quiere enredar con el solar donde se ha construido una casa en el campo. Según el vecino, ahora que ha terminado la construcción, el terreno le pertenece.
La conversación con Paco, el mecánico, nos cambiamos nuestras respectivas dolencias: dolor de rodillas, él; yo, molestias prostáticas. Ambos hemos practicado el ciclismo hasta la extenuación y nuestro cuerpo así nos lo agradece.
La visita a casa de mi amigo Juan. Me lo he encontrado en su cochera construyéndose una mesita para, según él, posar el vaso del güisqui tumbado en su patio. Hace tres semanas me contó que se había quedado parado, una víctima más de la crisis del ladrillo. Su empresa lo tenía contratado de camionero. El Jefe, hijo del hombre que había levantado una enorme fortuna a base de tratos, le ha estado atormentando durante los últimos meses relatándole lo mal que marchaba todo y para darle más énfasis utiliazaba incluso a su propio hijo delante de él, un vástago de apenas unos meses, al que se dirigía diciéndole “Qué daño ha hecho tu padre para merecerse esta ruina”. En el pueblo se le estima un patrimonio de varios cientos millones de euros. El caso es que ahora mi amigo Juan pasa el rato en su garaje haciendo pequeñas manualidades que le reconfortan tanto como si estuviese construyendo una catedral. Esta empresa es plausible, a pesar de las opiniones que se puedan erigir en contra porque alguien que se queda en paro pueda dedicar el tiempo a fabricarse una mesita para posar el vaso cuando esté tumbado a la bartola, y digo que es una labor factible porque ya es el segundo intento de construcción de mesita que acomete. Reconozco algunos restos reciclados de la primera que le están sirviendo.
Acabo de leerle lo que llevo escrito a Madita, mi mujer, y se ha reído. Quizá esperaba que estuviese escribiendo algún relato. Sé que a la gente le gusta escuchar su nombre enredado en alguna peripecia. El problema es que estamos fabricados de una sustancia que lleva a partes iguales la irresistible curiosidad por saber qué dicen de nosotros y la absoluta decepción al escucharlo.
Mi suegra Magdalena tiene ochenta y tres años. Se ha despertado de la siesta y acto seguido ha comenzado a llamar a su hija. Su movilidad desde la Navidad hasta la fecha se ha ido reduciendo cada vez más, desesperándola unas veces y amargándola el resto. A pesar de todo intenta hacer un esfuerzo por sobreponerse, resignándose al punto que es capaz alguien cuya cabeza sería capaz de dirigir los designios del mundo y cuya vitalidad nos ha inundado desde que la conozco. Es capaz de dar veinticinco órdenes por minuto. Se ha compuesto para ir a visitar a la vecina Sra. Conchita, amiga y buena persona, vitalista, risueña y de enorme apetito, aunque la mujer lleva varios años sin poderse mover de su habitación. Este verano le hice el favor de arreglarle los mangos del andador colocándole una cinta de manillar de bicicleta. La mujer estuvo agradeciéndomelo toda la tarde mientras yo me afanaba. Habló de la enorme importancia que para ella tenía que en cada casa hubiese un hombre que hiciese los trabajos manuales. Es una mujer agradecida y simpática que solía ir cogida del brazo de su esposo, médico del pueblo, con unos tacones finísimos, empaquetada en ceñidos vestidos y muy recargada de pintura. Le gustaba llamar la atención, de eso no cabe la menor duda.
Madita me ha recordado que tenemos que comprarle flores a mi madre. Mi madre lleva enterrada desde el dieciséis de diciembre del año pasado. Su nicho es de los más altos y cuesta un enorme esfuerzo poner las flores. Aún no me hago a la idea.
La proximidad de las personas en los pueblos es algo prodigioso. Acaban de salir por la puerta para ir a ver a la vecina y se han encontrado con el hermano de mi difunto suegro que va a darse un paseo al Molino de don Juan. Lo está consumiendo un cáncer. Los hijos lo mantienen engañado. Él camina porque sabe que le sienta bien, en su propósito está restablecerse y vencer la enfermedad. A Paco, el tío de Madita, recuerdo como le cambiaba los informes del médico por otros más soportables. Me había comprado un ordenador AMSTRAD PCW 256 y con su procesador de textos componía los diagnósticos con la mejor intención. Paco no era tonto y cuando iba al hospital en Málaga el letrero de donde se encontraba no lo llevaba a engaños. He conocido hombres resignados, pero nadie como Paco. Nunca se quejó de nada, ni siquiera cuando el abrieron la cabeza porque querían coger una muestra de tejido para analizar qué clase de tumor tenía. Volvieron a cerrarla y a los pocos meses falleció sin hacer ningún ruido. Paco cuidaba de un canario como su mayor responsabilidad en la vida. En lo demás él se dejaba llevar, a pesar de que era un escéptico y de la máxima que de entrada había que dudar de todo. Nadie le pudo convencer de que el hombre había puesto un pie en la Luna. Aquello era una patraña más inventada por los americanos, decía.
Sé que un diario de este tipo termina por ponerte triste, pero es imposible venir al pueblo y no acordarte los primeros días de tanta gente que ya no está. Muchas veces, cuando estoy en algún acto religioso, intento recordarlos a todos, procuro hacerlo por generaciones, empezando por mis abuelas, y la lista se me desordena sin poder hacer nada. Ahora me esperan para ir a comprar las flores.

1 comentario:

  1. Tengo la fortuna de ser muy poco envidiosa, pero debo decirte, amigo mío, que cada vez que te leo siento por un lado la envidia de no llegar nunca a tener tu talento y por otro la rabia del poco aprecio que te tienes.
    No puede haber un minuto de aburrimiento en una vida que sabe convertir en poesía la gotera del tejado de su suegra o el caminar inquieto de Ali.
    Incansablemente, amigo mío te digo que tienes mucho talento y que deberías buscar un camino que te de a conocer a todos.
    El estilo de literatura realista de la que eres tan apasionado, se refleja claramente en tus escritos, los cuales, me hacen sentir que se hermanan con los de Galdós o Clarín.
    Son muchas las frases de tus escritos que subrayaría como brillantes, otras como geniales.
    Que no te abrace la pereza y que sigas con este blog del cual me inscribo desde ahora como una de tus fieles seguidoras.
    Un abrazo de tu relajada compañera y amiga Rosa.

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